Despertó aturdida.

Le dolía la cabeza como si hubiera tomado una botella de whisky de fuego ella sola, aunque nunca había hecho algo parecido. Respirar le dolía y una terrible sensación de ser perseguida la obligó a incorporarse. Su corazón comenzó a latir con menos fuerza al reconocer las familiares paredes de la enfermería. Por el ventanal escurrían los últimos rayos del día. Rojos, como si la tarde misma se desangrará hacia su muerte. Ese fúnebre pensamiento la acompañó mientras se recostaba nuevamente y caía en un sueño profundo.

Supo que había algo extraño a la mañana siguiente. Despertó con el reconfortante sonido de la señora Pomfrey haciendo sus labores y las lejanas voces de los demás estudiantes.

- Ya despertaste, niña, le habló la voz amable de la enfermera, ella respondió con una sonrisa pero de inmediato la miró boquiabierta.

- ¿Te duele algo? – preguntó preocupada ante el repentino cambio de expresión.

- Ah.. no, sólo… se ve tan joven, - murmuró, la mujer rió marcando así las primeras arrugas en su rostro, las cuales se volverían más profundas con el paso de los años.

- Soy una anciana al lado de una jovencita como tu, - respondió risueña.

- Buenos días, Poffy, - la profunda voz del director llenó la habitación. Relajada la joven lo miró, sintiéndose protegida por aquella mirada sabia, sus gestos suaves.

- Buenos días, profesor Dumbledore, - contestó la mayor, - los dejo todavía tengo pociones por clasificar, - y sin decir más desapareció hacia otro lugar de la enfermería.

El director no habló hasta que se esfumaron los suaves pasos.

- ¿Quieres una? – le ofreció acercándole una pequeña bolsa con grageas de distintos colores. Ella negó con una sonrisa sabía muy bien que tipo de sorpresas podían tener esos dulces, - Sabia decisión, - comentó, - bueno, señorita ¿sabe usted como llegó aquí?

- Profesor yo.. – guardó silencio, en realidad no sabía que decir, su mente se confundía con imágenes vagas, sin ningún orden cronológico recordaba su primer día en Hogwarts, el baile del Torneo de los Tres Magos, a su gato jugando con un estambre mientras ella tejía; - No estoy segura…

- Me sorprendió que apareciera tan repentinamente en mi chimenea, - la castaña sacudió la cabeza sorprendida. - No es una forma muy común de presentarse, - continuó el otro de buen humor, - por cierto mi nombre es Albus Dumbledore, ¿tú como te llamas querida?

- Está bromeando, - dijo con una risita nerviosa.

- ¿Porqué estaría bromeando? – cuestionó siendo él el confundido ahora.

- No es gracioso, profesor, - insistió la enferma nerviosa. Se miraron el uno al otro en silencio. Ella estrujaba las sábanas blancas en sus manos, esperando que en cualquier momento el director riera y le recordará que era una bruja bastante suspicaz. Pero eso no sucedió. El anciano la miraba con la misma atención que ella lo hacía.

- De verdad no lo sabe… - murmuró incrédula, tragó saliva incómoda, sabiendo que su silencio era una invitación a que continuará, - Yo… yo soy Hermione Granger, - soltó finalmente y las lágrimas se agolparon en sus ojos y rápidamente empaparon su delicado rostro.

xXxXx

Dos días más tarde Hermione dejó la enfermería. No por decisión propia, ya que de haber sido así se hubiera ocultado entre las sábanas para alejarse de ese nuevo mundo.

El director estaba tan confundido como ella, Hermione le contó todo lo que recordaba y él era suficientemente viejo para saber que todo era posible. Juntos dedujeron que Hermione había viajado en el tiempo, específicamente al pasado. La situación de la castaña era bastante incierta ya que sus últimos recuerdos parecían haber sido eliminados de su memoria.

Caminaba por los corredores que tan bien conocía y se dirigía al Gran Comedor. Vestía un uniforme y una capa nueva, regalo de Dumbledore, pero no llevaba ningún color de alguna de las casas. Esa noche sería su selección, y aunque Hermione insistiera en que pertenecía a Gryffindor, el mago le indicó que era un protocolo necesario.

- Debes ser una estudiante más, - le había explicado, - hasta que podamos saber que sucederá contigo.

La realidad de esa afirmación la hizo aceptar sin rechistar.

Ya se encontraba frente a las enormes puertas del comedor. Tomó aire un par de veces y con paso decidido entró.

Todas las miradas se centraron en ella.

Se esforzó por no temblar. Nunca había sido el centro de atención y se sorprendió cuando un chico de Huffelpuff comentó en su mesa que "La nueva es linda", fingió no escucharlo. Recordó como en su Hogwarts estaban tan acostumbrados a ella y su mote de sabelotodo, que nadie se percató de los cambios que la edad le habían provocado, aquí en cambio era una desconocida, una persona nueva. Se sentó en el banquillo que había sido colocado para tan extraordinaria ocasión. Una versión más joven de la profesora McGonagall le sonrió antes de poner el Sombrero Seleccionador en su cabeza.

- Vaya, tu eres nueva, - le dijo el sombrero al oído, Hermione se mordió el labio inferior nerviosa, - No perteneces aquí y lo sabes, tienes confusiones en tu mente pero aún así estás dispuesta a enfrentarte a cualquier reto, podrías ser una excelente Gryffindor… -

Hermione sonrió, ella lo sabía.

- Tienes mucha inteligencia por desarrollar y la determinación para obtener conocimientos, también Ravenclaw te acogería… pero… veo cansancio en tu corazón, estás harta de pelear por los demás y olvidarte de ti misma, muy en el fondo sabes que quieres vivir sólo por ti y ese sentimiento parece ser cada vez más fuerte…

La castaña escuchaba conteniendo la respiración.

- Así que te enviaré a… ¡SLYTHERIIIIN!

La mesa de la casa aplaudió, con el orgullo de verse victoriosos sobre los demás. Ella permaneció congelada observando a todos los estudiantes.

- Pasa a tu mesa, - le dijo McGonagall amablemente.

- No, - bajó la voz para que nadie más la oyerá, - debe haber un error, yo no puedo… no soy… ¡soy hija de muggles!

- Lo siento, señorita, pero el sombrero nunca se equivoca.

Desarmada miró hacia la mesa de Gryffindor, donde en algún momento estuvo sentada junto a Harry y Ron. Se encontró con un par de ojos castaños, casi negros la observaban como si pudieran leer su mente. Suspiró resignada.