I
Pistas

Leipzig, 18 de noviembre de 1960

Ya habían pasado quince años desde que la Segunda Guerra Mundial hubo terminado y Saori Müller tenía dieciocho años, lo que la convertía en una mujer mayor. Sin embargo, casi no tenía amigos y jamás había tenido un novio en lo que iba de su vida, pero nada de eso le importaba.

Tampoco tenía padres que se preocuparan por ella. Su padre había muerto en la Segunda Guerra Mundial y su madre había corrido la misma suerte, con la diferencia que ella había fallecido en un hospital a manos de un sujeto que trabajaba para uno de los colaboradores del Führer. La encargada del orfanato en el que Saori había crecido le había dicho en una oportunidad que ella tenía menos de treinta semanas de embarazo cuando su madre fue atacada y tuvieron que hacerle una cesárea de emergencia. Claro que Saori tenía nueve años cuando oyó la historia y desde entonces ya no fue la misma.

También había escuchado que su madre venía de Japón y que su padre era alemán y que eso explicaba lo raro que era su nombre. No obstante, aquello le daba lo mismo. Era mayor de edad y podía decidir sobre qué rumbo tomaría su vida. Y opciones no le faltaban, pues desde los nueve años que comenzó a madurar más rápido que el resto de los huérfanos del orfanato, como si oír la verdadera historia de cómo fue a parar allá le hiciera cobrar conciencia que estaba sola en el mundo y que llorando no iba a conseguir nada.

También sabía que las cosas se estaban complicando rápido. Allí y en todas partes.

Saori sabía que permanecer en Alemania era un riesgo que no estaba dispuesta a correr. Por eso había trabajado como mecánica por unos meses para poder viajar fuera del país. Pudo haber ganado más dinero como prostituta, pero Saori no quería comprometer su dignidad por nada del mundo y someterse a la lujuria incesante y descarada de los hombres. Le había costado trabajo obtener el empleo, pues los estereotipos de género impedían a las mujeres trabajar en puestos de hombres, pero su dedicación y esfuerzo impresionaron a alguien y obtuvo el sustento que necesitaba.

Sin embargo, el hecho mismo de salir del país fue lo más problemático para ella. Tuvo que superar varias trabas (y muchas de ellas las consiguió romper gracias a su perseverancia) y, después de seis meses de burocracia y demás trampas políticas, Saori iba en camino a Estados Unidos. No era la mejor opción, pero al menos tenía garantizadas algunas libertades que le iban a servir de mucho.

Aterrizó en la ciudad de Nueva Orleans y su primera prioridad fue obtener una visa de trabajo, para empezar. Era como mucho pedir que el gobierno le otorgara la nacionalidad norteamericana solamente por pisar suelo estadounidense. No obstante, Saori se sintió aliviada por la agilidad del sistema burocrático del país, aunque eso podía deberse a sus rasgos faciales más que a cualquier otra cosa. Si no fuese por la amalgama entre la ascendencia aria y la oriental, seguramente estaría contestando preguntas bastante incómodas en alguna oficina del FBI.

Saori no esperaba que alguien con una visa de trabajo que llevara válida unas pocas horas pudiera acceder a una casa o por lo menos a un arriendo. Al final, decidió ir a una residencial con restaurante y vivir allí por un tiempo. Se trataba de una casa de dos pisos con varias piezas con baño privado y camas de una plaza y Saori estaba más que complacida con su nuevo hogar. Además, la dueña de la residencial era una mujer muy amable y tenía muchos temas de conversación y Saori, pese a que era una mujer fuerte, firme y con un carácter marmóreo, era capaz de ablandar un poco su personalidad para lidiar con gente más tranquila y educada.

Tuvo que pasar una semana para que Saori pudiera encontrar un trabajo que valiera la pena. Tal parecía que en Estados Unidos había una mayor pasión por los autos que en Alemania, aunque en ese momento fuera un pasatiempo propio de los hombres (o al menos eso es lo que algunos historiadores querían hacernos creer). Saori tenía muchas habilidades para la mecánica automotriz y, aunque le costó sangre y sudor, obtuvo el empleo.

Saori lucía como una mujer delicada, frágil y femenina, pero a nadie le convenía meterse con ella en alguna pelea, pues ella siempre salía ganando. Sin embargo, Saori se preguntaba a veces por qué tenía tanta fuerza y habilidad en el combate, como si en una vida pasada fuese una guerrera entrenada por años y curtida en decenas de batallas. Por supuesto, había otras cosas que le causaban extrañeza, como por ejemplo, cuando viajó de Leipzig a Nueva Orleans se sintió curiosamente alegre, como si el mismo hecho de volar fuese una experiencia de lo más gratificante para ella. Le gustaba subir edificios altos y pararse en la azotea para mirar en lontananza, sentir la caricia femenina del viento en su cara, sintiendo como si pudiera lanzarse hacia el vacío sin miedo ni vacilación.

No obstante, pese a todas las virtudes de Saori, ella solía ser bastante tosca cuando se trataba de entablar una simple amistad. Aquello era justificable por el tiempo que había pasado en el orfanato, donde estaba más ocupada tratando de vivir sin sus padres que de hacer buenas amigas. Por extraño que pareciese, le costaba menos trabajo lidiar con hombres que con mujeres, pero nunca tuvo la necesidad de acercase a uno de ellos más de la cuenta. Varias veces trataron de emborracharla para aprovecharse de su evidente atractivo físico, pero aquello tampoco dio resultado. Y la razón era simple: Saori Müller comprendía el arte de beber como pocos.

Pese a su carácter, Saori nunca perdió de vista que era una mujer. Era sólo que quería demostrar que las chicas no necesariamente tenían que ser débiles, lloronas o que tuvieran una inclinación casi suicida por el romanticismo. Necesitaba creer que las mujeres a menudo eran forjadas en el mismo crisol que los hombres y que podían ser fuertes y valientes, pero a la vez suaves y emocionales. Claro que Saori no era ni suave ni emocional, pero quería serlo, quería sacarse de encima todos esos años que pasó en el orfanato y convertirse en la mujer que le habían dicho que era su madre.

Si tan sólo supiera quién era en realidad su madre…

Saori había pasado un mes en Nueva Orleans cuando un hombre golpeó a la puerta de su habitación. Saori abrió los ojos y se levantó de su cama, preguntándose quién diablos quería algo de ella a las dos de la mañana (o quién podría tener alguna relación con ella) y atendió al hombre.

—¿Qué desea?

—¿Usted es Saori Müller?

—Sí, ¿por qué?

—Fui instruido para remitirle este paquete a usted.

¿Instruido? Saori no entendía nada.

—¿Por quién?

—Por alguien que dice conocer a su madre.

—¡Pregunté por un nombre!

—Lo siento, no puedo revelar la identidad del remitente.

—Entonces no recibiré el paquete. Adiós.

Y Saori dio un portazo, pensando en que quizá había reaccionado mal, pero también tenía sentido comportarse de ese modo. Eran tiempos difíciles y ese empleado bien podía ser un espía trabajando para quién sabe qué agencia.

—¡Por favor, señorita Müller! ¡Es un asunto de suma importancia!

Saori exhaló aire en señal de exasperación y abrió la puerta otra vez.

—¿Podría irse de aquí, por favor?

—Lo siento, pero no puedo hacer eso. El remitente realmente quiere que usted tenga este paquete.

Vaya que es insistente pensó Saori.

—¿Y tanto trabajo le cuesta decirme quién me envió el paquete?

—Es necesario el secretismo. ¡Hay vidas en juego!

—¡Está bien, está bien! ¡Déjeme el paquete y lárguese de mi vista!

El hombre dejó el paquete cuidadosamente en el suelo y se fue sin decir ninguna palabra más. Saori cerró la puerta con más fuerza de la necesaria y tomó el paquete, dejándolo en la mesa, pensando en si debía abrirlo o no. ¿Qué contendría? ¿Los restos de su madre? ¿Alguna reliquia familiar? ¿El testamento quizás?

No tenía sentido elucubrar. Tenía que averiguarlo.

Saori arrancó el envoltorio con poca sutileza y abrió la caja.

Cuando vio lo que había en ella, Saori apenas pudo ocultar su decepción. Había un broche redondo, casi como un medallón, con una luna creciente tallada en ésta. Sin embargo, para sorpresa de Saori, el relieve cambió y ahora se podía ver una nube siendo empujada por corrientes de aire, representadas por líneas horizontales. Aquello no era lo que Saori esperaba, en absoluto. ¿Un medallón metamórfico? ¿Acaso eso era un asunto de vida o muerte? No obstante, mientras Saori pensaba en qué podría significar todo eso, notó que, aparte del medallón y una flor tallada en piedra, había un rollo de pergamino en el fondo de la caja. Con curiosidad, Saori tomó el rollo y leyó su contenido.

Había una vez una mujer que soñaba con volar por los cielos y sentir el viento en su cara. Tal era su deseo que un hechicero le dio un medallón con una nube en relieve. Y él le dijo: para tener los vientos bajo tu control, sólo tienes de invocar el poder del aire. Ella hizo lo que el hechicero le había dicho y pudo cumplir con su sueño.

—¿Qué? Esto no tiene sentido —dijo Saori en voz alta, pero notó que la mujer del cuento tenía algo en común con ella. O quizás fuese solamente una coincidencia que la mujer del cuento sintiera el deseo de volar por los cielos sin necesidad de drogarse. Por último, pensó que el medallón podía ser un buen pendiente y se lo colgó al cuello. Era bastante ligero para estar hecho de oro sólido.

Saori, después de mirarse en el espejo con el pendiente puesto, fijó su atención en la flor tallada en piedra. La tomó, pero no le dio la impresión que fuese piedra, pues la escultura era muy liviana. La dejó caer y, como era de esperarse, no se rompió ni se hizo ninguna clase de abolladura. A Saori no le gustaban mucho los misterios así que tomó la flor y la dejó en el velador a modo de decoración. Si iba a encontrar su feminidad, conservar esa flor de piedra podría ser un buen comienzo.

Eran las tres de la mañana cuando Saori decidió que el sueño era lo más importante en ese momento, así que se quitó el pendiente, apagó la luz y volvió a la cama, pensando en qué relación tendrían todos esos objetos con su madre.

Se quedó dormida sin saber que mañana iba a ser el día en que todo cambiaría para ella.