—Las pistolas son lo de ahora —declaró Arthur a mitad del desayuno.
—¿Se supone que eso debe tener algún sentido para mí? —preguntó Merlin.
—Es solo que he estado pensando... Ahora no se usan las espadas. Nadie carga una en la calle; y de verdad que extraño una. Me siento como... Como si...
—¿Vulnerable? —ayudó Merlin.
Arthur le miró como indignado, como si la simple idea de debilidad le ofendiese.
—Como sea, quiero un arma. Ocúpate de eso.
Arthur hizo una seña con la mano. Algo que hace mil años hubiese significado algo como "Ya puedes retirarte de mi vista, ve a hacer lo que te he mandado". En vista de que estaban en su casa, Merlin no se molestó en moverse y siguió mordiendo su tostada. Tampoco se molestó en explicarle a Arthur que la gente no portaba armas con la misma normalidad que las espadas en su tiempo, ni que conseguirle un arma no sería tan fácil como cuando Arthur quería de pronto un chocolate con nueces y bastaba que Merlin hiciera un viaje de diez minutos a la tienda. Una vez más, Merlin se dijo a sí mismo que estaba malcriando a Arthur y que era tiempo de detenerse.
Pero también era cierto que hacía extrañado tanto al hombre frente él, que mil veces se había dicho que si tenía la oportunidad de volver a verlo, le haría tremendamente feliz, y darle en el gusto era una forma de lograrlo. Y después de todo, no era como si Arthur fuese de verdad un niño, aunque a veces lo pareciera. No era como si de verdad lo estuviese malcriando... Sólo quería hacerlo feliz, y si necesitaba usar sus poderes, dinero o influencia, pues, cielos, valía la pena. En estos momentos podría darle un castillo a Arthur si este se lo pidiera. El mundo, el Sol y las estrellas.
Claro que le daría una pistola si eso le hacía sentir feliz.
Al final resultó que hacerlo, no fue tan difícil (aunque podría haber sido aún más fácil si Arthur escuchara a Merlin de vez en cuando). Le habían hecho una prueba psicólogica a Arthur y le habían hecho contar por qué necesitaba una, a su parecer. Merlin había explicado a Arthur que debería decir cosas "normales", como que la quería por protección personal y esperaba que jamás necesitara dispararla. Merlin no había estado durante la cita con el psicólogo, pero algo había salido mal, pues había que tenido que pagar más para que dejaran a una persona "anormalmente ansiosa de recibir un arma de fuego". No quería pensar que había sido un soborno, pero quizás sí lo había sido. Si no fuera porque confiaba que Arthur usaría su pistola con tanta sabiduría como había usado alguna vez su espada, no se habría tomado las molestias.
Pero ahora Arthur tenía su pistola (a la que Merlín debería referirse como Excalibur, según el rubio), y aunque ya le habían explicado que la funda se colocaba en el lado derecho de su cinturón, de forma paralela a su mano, él insistía en ponerla al revés, en el lado izquierdo. Así, para usarla, la desenvainaría de la misma forma que una espada.
Por supuesto, tampoco era necesario que disparara al techo cada vez que quisiera llamar a Merlin. Arthur lo sabía, pero no hacía caso.
Merlin había tenido que reparar, reemplazar y usar magia en varios objetos y partes del apartamento; lo peor era el ruido, que asustaba a los vecinos. Así que después de darse por vencido en explicar a Arthur lo que sí podía y lo que no podía hacer con su arma, había optado por poner barreras mágicas en la casa, para que nadie escuchara.
—Ahora cuando seas incompetente podré dispararte y nadie vendrá a ayudarte —había dicho Arthur con humor. Merlin esperaba que fuera humor, de todas formas.
—Después de verte disparar al microondas porque "había quemado tu sandwich", no me sorprendería. Aunque fue bastante estúpido de tu parte confundir treinta segundos con treinta minutos. Sólo debías derretir el queso, treinta segundos ya era exagerado...
—Fue tu culpa.
—No, no lo fue y lo sabes.
Arthur lanzó esa mirada con ojos muy abiertos y boca semiabierta con incredulidad, negando ligeramente con la cabeza, como si no pudiera creer las barbaridades que estaba diciendo Merlin.
—Yo ni siquiera debiera ser el que debe calentar la comida, en primer lugar. Tú eres el que...
—Como sea —dijo Merlin, tratando de ser indulgente—. He puesto las barreras. Aunque no quiero que sigas disparando, al menos si lo haces no le darás un infarto a los vecinos.
—Así que... Ahora nadie puede escuchar lo que hacemos acá. —Arthur comenzó a quitarse el cinturón donde llevaba la pistola. La dejó con cariño en la mesita de centro.
Merlin vio una chispa de maldad en los ojos de Arthur, empezó a alejarse en dirección a su habitación.
—¡Eh, Merlin, no huyas!
Tan rápido como un vampiro, Arthur llegó hasta el otro y comenzó a morder su cuello.
—Arthur, me haces cosquillas. —Aunque pronto la sensación empezó a ser más de dolor y placer.
—Tenemos que probar qué tanto ruido podemos hacer sin que nos escuchen, ¿hmm?
