Capítulo 1: Victor Nikiforov y el misterio.
Era una mañana del 6 de enero de 1482, que al primer son de las campanas anunciando un nuevo día, puso en movimiento a los burgueses de París, más aquel inusual tumulto de gente no era debido a ninguna manifestación de estudiantes, tampoco la inesperada presencia del muy temido y respetado Señor, el Rey, mucho menos, para tristeza de algunos más que menos, de alguna entretenida ejecución pública en el patíbulo de algún pillo ladrón o hereje desafortunado al caer en las manos de la justicia de París. Ni siquiera la llegada de alguna exótica y extravagante embajada, pues ya hacía dos días que la última visita de estas había acontecido, siendo la embajada flamenca, con el motivo de concertar el matrimonio entre el Delfín y Margarita de Flandes, hecho que por cierto, suscitó el enojo del Cardenal de Borbón, quien por temor a perder el buen favor del Rey se vio en la terrible necesidad de hacer uso de su mejor esfuerzo para tragarse la amarga hiel de su boca y fingir agrado ante la burda cantidad de burgomaestres flamencos. No paraba allí su sacrificio, pues también tuvo que ofrecerles una atractiva representación y una entretenida farsa en su palacio de Borbón.
Más, dejando de lado los infortunios de dicho personaje, volvamos a lo que realmente interesa, que es la verdadera razón del porque aquella mañana del 6 de enero levantaba los ánimos del pueblo de París, y no era si no la coincidencia de dos celebraciones: El día de Reyes y la fiesta de los locos.
Aquel día habría que encender una gran hoguera en la Plaza de Grève, plantar el mayo en el cementerio de la capilla de Braque y representar un misterio en el Palacio de justicia.
Fue por tales motivos, que desde horas bien tempranas, gran cantidad de burgueses y burguesas acudía de todas partes hacia alguno de los tres lugares ya mencionados, escogiendo según su preferencia la fogata, el mayo o la representación del misterio. Se debe mencionar, el buen juicio con el que contaban los parisinos de dicha época, quienes en su mayoría escogían la fogata debido al frío ya usual de la temporada o el misterio ya que al ser representado en la gran sala del Palacio de Justicia, representaba el refugio perfecto que daría abrigo hasta al más desafortunado mendigo, de las inclementes heladas que surcaban las calles de París. Era una lástima que el mayo no tuviera ninguna de estas virtudes y por ende permanecía casi desierto y abandonado en el cementerio de la capilla de Braque.
El efluvio de gente se concentraba sobre todo en el Palacio de justicia, dado que los embajadores flamencos asistirían para presenciar la representación del misterio y la elección del Papa de los locos, ambos, tomando lugar en esa misma sala.
Podrán imaginar entonces la extrema dificultad a la que tenían que enfrentarse para entrar en la Gran Sala, ya que esta se encontraba abarrotada de gente al punto en que sobrepasaba la capacidad de la que era considerada en esa época la sala cubierta más grande del mundo. La plaza del Palacio también estaba inundada de extensas mareas que representaban las cabezas de los parisinos, la mayoría decía haber llegado desde muy temprano, siendo azotados por el frío que calaba en sus huesos hasta hacerlos tiritar, había incluso quienes afirmaban haber dormido en la intemperie, tumbados en el gran portón, con la esperanza de ser de los primeros en entrar.
La representación del misterio tenía que comenzar tras la última campanada de las doce del mediodía en el gran reloj del palacio. Bastante más tarde que lo habitual para una representación teatral pero se había tenido que ajustar al horario de los embajadores flamencos.
Fue por tal que la multitud no dudó en lanzar quejas e improperios a todo aquel que creyeran culpable de su desgracia, aquel cansancio y aburrimiento de la larga espera y la incomodidad que representaba lo apretados que tenían que estar entre ellos. El ambiente tan encajonado que otorgaba el sofoque de la masa, el dolor de un pie siendo más apretado de lo usual en su zapato, los empujes, las duras pisadas, no hacían más que encender a un nuevo nivel el desagrado y mal humor del publico ya impaciente por ver la llegada de la embajada y que con ello, por fin se dignaran a comenzar el espectáculo que vinieron a buscar.
Después de un rato, con la multitud acomodada y lista para la obra, no hacían más que levantar sus cabezas y fijar sus miradas en el estrado que estaba reservado para los ya condenados flamencos, más la puerta seguía cerrada y el estrado vacío. Sólo debían esperar a que la legación flamenca llegara para dar inicio al misterio pero esperaron hasta el cuarto de hora y la situación seguía igual. Hecho que dio lugar a la impaciencia, y todos sabemos que la impaciencia no puede llevar sino a la cólera misma, que produjo protestas aún en voz baja pero con ese tono irritado difícil ya de arrancar, igual que el cansancio en sus pies. Todos ellos, aclamando por el dichoso misterio que no tenía a bien de comenzar para aliviar al menos un poco del malestar general del público.
— ¡Queremos el misterio, al diablo los flamencos! — Grito uno de los espectadores que ya había hecho ebullición en ese mismo instante. Lo que le siguió un gran furor de aplausos de todos los que hasta este punto les valía ya un reverendo rábano lo que los condenados flamencos pudieran pensar.
— ¡El misterio! — Repitieron los demás, envalentonados por aquel grito que incitó la explosión de todo el público.
— Exigimos el misterio ya mismo. — Dijo otro. — ¡O juro que no seré el único en colgar al bailío a modo de representación!
— ¡Así se habla! — Aclamó la muchedumbre, cada vez más enardecida con la idea de tomar el espectáculo de sus propias manos. — Y empecemos colgando a los guardias.
Los pobres guardias no pudieron más que verse los unos a otros, pálidos e incrédulos por la locura colectiva que comenzó a abalanzarse sobre ellos cual león hambriento después de un largo periodo famélico. La débil cerca de madera que los separaba amenazaba cada vez más con ceder ante el populacho sediento de un poco de acción que saciara el hastío ya acumulado por horas.
— ¡Silencio! ¡Silencio!
De pronto toda cólera desapareció y dio lugar a la curiosidad general al ver salir al escenario a un personaje con extrañas ropajes, gran barba y el rostro lleno de extravagante maquillaje, el cual, tembloroso por el terror de enfrentar el descontento comenzó a dar reverencias a diestra y siniestra.
— Señores y señoritas, vamos a tener el honor de presentar ante su eminencia el Señor Cardenal, un bellísimo paso que lleva por nombre "El recto juicio de Nuestra Señora la Virgen María" en el cual yo tengo el placer de representar el papel de Júpiter. Su eminencia acompaña ahora a la muy honorable embajada del monseñor el duque de Austria que se encuentra en estos momentos oyendo el discurso del Señor Rector de la Universidad.
Gracias a la aparición de este personaje, quien se dio a conocer como Júpiter, fue que los guardias pudieron suspirar aliviados al ver restablecida la calma, dejando sólo el tenue murmullo que siempre se forma en una multitud.
— En cuanto llegue su eminencia el Cardenal, daremos comienzo a la representación.
Y tan rápido como llegó la calma, esta se fue huyendo al escuchar dichas palabras, quienes trajeron de regreso el enojo del público y ahogaron la voz de Júpiter entre gritos y abucheos.
— ¡Poco nos importa quien tenga que llegar! ¡Empezar ahora mismo! ¡Queremos el misterio! - Gritaba el populacho, unidos en un mismo sentimiento: Obtener su entretención al precio que fuese.
— ¡Ya sé! ¡Bajemos a ese maquillado charlatán y colguémoslo en la Plaza de Grève, y de paso nos refugiamos del frío con el fuego de la hoguera! ¡Todos ganamos! — Exclamó uno de los espectadores.
— ¡Sí, sí, vamos a la horca!
Pronto le siguió la aprobación de todo el gentío, quienes amenazaron con volver a moverse hacía el escenario para raptar a su presa y saciar su aburrimiento de una vez por todas. En aquel tiempo, jugar con la paciencia y el tedio del pueblo de París, era un juego en que no muchos se atrevían a participar, sin mencionar también, la escasa posibilidad de terminarlo con vida.
— P-Pero el Cardenal... Los embajadores... N-No han llegado... — Balbuceó nervioso Júpiter, quien pálido y temblando, se miraba cada vez más cerca de encontrarse con el verdadero Júpiter si la situación continuaba tal como ahora.
¡Qué muerte más miserable! ¡Colgado por el populacho embravecido! La peor de las suertes fue destinada para el pobre de Júpiter. Saludando la áspera soga si no comenzaba, y besándola de todas formas si lo hacía sin haber llegado aún el Cardenal. La resolución en cualquiera de los casos era la misma: Una horca.
Al menos sería calentado por la hoguera en sus últimos momentos.
No obstante, la fortuna no es tan cruel como a los filósofos les gusta pensar, ya que alguien fue a sacarle del apuro para manejar la situación. Más preocupado por el hecho de que la obra se volviera un fracaso incluso antes de comenzar que de la desdichada vida del actor.
Se trataba de un joven hombre, quien por su altura y delgada figura nadie había reparado antes en él, allí escondido detrás de uno de los grandes pilares de la sala en los que se apoyaba, hasta hace unos momentos, despreocupado; Este nuevo individuo a quien nadie le había puesto su atención hasta ahora, tenía un platinado cabello que llegaba hasta la altura de su mentón, unos ojos tan azules como vivaces y una boca que portaba una gran sonrisa, tan desfachatada como si no estuviese el salón en ciernes de una revuelta contra quien se le pusiera en frente. Vestía una larga ropa negra, muy gastada por el uso pero llena de brillo.
Se acercó al pobre cómico para hacerle una seña, pero este se encontraba tan ocupado imaginando a manos de quien quedarían sus pocas pertenencias después de ahorcado que ni siquiera lo notó.
— ¡Júpiter! — Le llamó. — ¡Oh, mi querido Júpiter!
El nervioso comediante quien ya estaba a punto de colapsar no pudo reparar ni un poco en la voz que le llamaba, lo que suscitó que la paciencia de aquel joven hombre (que ya era poca de por sí) se acabara y terminara casi gritándole en la cara.
— ¡Emil Nekola! ¡Por un cuerno que te estoy hablando!
— ¿Qué? ¿Quién? — Preguntó Júpiter desconcertado y dando vueltas sobre su eje buscando de donde provenía la voz, hasta que ubicó al hombre de platinado cabello que lo miraba con una mueca de molestia.
— Yo. — Le respondió el personaje vestido de negro, aún con el entrecejo arrugado.
— ¡Ah! — Se acercó rápidamente a su encuentro.
— Comienza ahora mismo, complace a nuestro muy selecto público. — Ordenó con una facilidad que a Emil le pareció tremenda.
— P-Pero...
Iba a replicar, pero pronto su compañero le cortó la inspiración.
— Emil ¿Quieres morir hoy? Nos ha despertado un esplendido día si me permites decir, y en tu lugar yo no querría morir en un día como este... Aunque en ningún otro tampoco. — Masculló para sí esto último. — En fin, — Prosiguió con rapidez antes de que el otro tuviese el descaro de interrumpirlo con sus quejas. — Tranquilo hermano, que tampoco soy el verdugo mismo que te guiará a las puertas del infierno. Yo calmaré a los oficiales, confía en mí y ellos se encargaran de tranquilizar la ira del Cardenal.
Fue después de ese ofrecimiento casi traído de las manos de los mismos ángeles que Júpiter por fin pudo respirar tranquilo sin temerle a la presión de la soga alrededor de su cuello.
— ¡Señores! — Regresó con reiterado animo al centro de la sala para llamar la atención de todos por sobre sus abucheos. — ¡Vamos a comenzar ahora mismo!
Eso fue más que suficiente para cambiar el humor de todo el populacho, quien seguía enardecido pero ahora por la emoción de darle fin al suplicio de la espera. Mismo jubilo que expresaron con incesantes y atronadores aplausos.
Habiendo cumplido su cometido de salvar la obra y... Ah, la vida de Júpiter, regresó al pilar que le otorgaba la penumbra necesaria para hacerlo invisible hasta que este decidiera que ya era suficiente. Sin embargo, lo despojaron de su escondite dos jóvenes chicas que se encontraban en primera fila, quienes habían reparado en todo el intercambio de palabras entre nuestro personaje y el comediante.
— ¡Maestro! — Una de ellas le hizo señas para que se acercara.
Después de una corrección de su compañera, Mila, quien le dijo a su amiga Sala, que él no era letrado sino seglar, por lo que había que llamarle Micer y no Maestro. La joven retomó su llamado.
— ¡Micer! — Dijo Sala.
El desconocido de negro ropaje se acerco a la balaustrada, aquel cerco formado de pilares de madera que los separaba, y el que casi una horda de multitud enloquecida había tirado hace unos momentos atrás.
— ¿En qué puedo servirles, señoritas? — Preguntó con reiterada cortesía, bastante ajena al fastidio con que antes había tratado al comediante.
— ¡Oh, nada, nada! — Dijo Sala, al comprender de golpe que tenía al hombre frente a ellas tal como ambas habían querido, pero sin saber ahora como hacerle frente a su travesura. — Es que mi amiga Mila deseaba hablarle. — Explicó rápidamente para deshacerse de toda vergüenza causa de la culpa de sus impensadas acciones.
— N-No, yo... — Le siguió Mila, ruborizada. — Sucede que mi amiga le llamó Maestro y yo la corregí al decirle que era Micer.
Ambas jóvenes, víctimas de la vergüenza ante el escrutinio del ojo del joven hombre no pudieron más que bajar la mirada. Pero nuestro personaje no pecaba de tonto, y sería considerado tonto el dejar pasar la oportunidad de entablar conversación con dos jóvenes tan bellas. Por lo que con una sonrisa surcando sus labios decidió picar un poco su interés.
— ¿Seguras que no tenían nada que decirme, señoritas?
— ¡No, no, nada más! — Respondió Mila.
— Nada más. — Le siguió Sala.
El apuesto joven comprendía bien esa actitud tan usualmente arraigada en las jóvenes señoritas de París, y por ello jugó al hacer un ademan de retirarse, de forma lenta, perezosamente lenta. Esto tuvo el efecto deseado, pues la curiosidad siempre peca en el corazón de la humanidad, y más si se trata de una mujer atraída por un apuesto hombre.
— Micer — Dijo con premura Mila, en su desesperación por encontrar una excusa que abriera el camino a una conversación. — ¿Conoce a ese soldado que hará el papel de Nuestra Señora la Virgen, en la representación del Misterio?
— ¿Te refieres al papel de Júpiter? — Pregunto el hombre.
— ¡Ese mismo! ¡Mire que es un poco tonta mi amiga! — Exclamó Sala, en su arrebato por vengarse de su amiga después de haberla puesto en ridículo primero. —¿Lo conoce?
— ¿A Emil Nekola? ¡Claro! Señorita.
— Si que se miraba nervioso el pobre hombre de ser colgado. —Repuso Mila.
— Será tan sólo en el día del juicio cuando encontremos a alguien alegre por ser colgado, señorita. — Expresó con una juguetona sonrisa.
— ¿Será bonito lo que van a decir?
— Muy bonito. — Respondió sin dudar ni un segundo.
— ¿Cómo decía que se llamaba la obra? — Preguntó Sala.
— "El buen juicio de Nuestra Señora la Virgen". Una obra que les aseguro les gustará. Tiene moraleja al final. — Agregó, pues sabía lo mucho que a las mujeres les gustaban esas cosas.
— No será como la obra de hace dos años ¿Verdad? Esa en la que intervenían tres muchachas que hacían de...
— Sirenas. — Completó, Mila.
— Y salían desnudas del todo. — Respondió el joven con una sonrisa y brillo en los ojos al rememorar dicho espectáculo.
Ambas jóvenes bajaron los ojos con el pudor digno de una señorita, pero el joven continuó, aún sonriente.
— Una esplendida obra, bonita y bastante agradable a la vista. — Expresó, tal y como si se estuviese refiriendo al manto de la propia Virgen María. — Pero la obra de hoy es, por lejos, mucho mejor que esta.
Después de estas palabras, ambas jóvenes se enfrascaron en una intensa charla donde intercambiaban sus opiniones referentes a representaciones antes vistas. Nuestro personaje, fastidiado por no ser el misterio de hoy el protagonista de su parloteo, siguió parado frente a ellas, viéndolas a los ojos, y sonriendo con encanto más dejó de prestar atención a la plática para que su mente se fuera a pensamientos mucho más agradables, pensamientos que sí iban dirigidos a la presentación de hoy.
No fue hasta que sus oídos captaron a una de ellas hablando de lo bonito que había sido quien sabe qué cosa, que el joven hombre de cabellos platinos volvió a su realidad y las interrumpió en algo que bien podría considerarse como una falta de educación, pero que para ambas jóvenes no fue más que gratificante al recordar que no estaban frente a una estatua sonriente.
— Pues lo de hoy será aun más bonito que todo lo que ustedes hayan visto jamás. — Declaró, permitiendo que la seguridad en su voz, ocultara el fastidio que sentía de tanto escucharlas.
— ¿Nos promete que lo será? — Pregunto Sala, envuelta en la ilusión que ofrecía dicha declaración.
— ¡Pero por supuesto! — Respondió, y continuó ahora con mayor énfasis. — De hecho, señoritas, están hablando con el autor.
— ¿De verdad? — Respondieron ambas, asombradas por la revelación.
— De verdad. — Respondió el poeta, complacido desde lo más profundo de su ego como escritor de poder pavonearse a sus anchas. — El misterio de hoy lo he escrito yo; Me llamo Victor Nikiforov.
Y no hay que ser muy tonto u obtuso como para no comprender entonces el grado de orgullo con que nuestro poeta se presentaba ante los ojos asombrados de las dos ingenuas jovencitas. Y mientras aquel joven se pavoneaba satisfecho ante la encarnada admiración de su pequeño público, todos fueron sorprendidos por el son de la música quien le dio la bienvenida a los actores sobre el escenario, comenzando así el prologo, guiados por los designios en puño y letra de su autor.
El público estaba absorto ante lo que tenían frente a ellos, admirando sí, más no escuchando. En aquel entonces era bastante normal que el público reparara mucho más en el extravagante vestuario de los actores que en el alma misma de la obra, su trama. Pero nada de esto podría importarle menos al poeta, quien pronto había caído en la ensoñación de un dulce hechizo, llevado de la mano por las metáforas que tiraban los extremos de su corazón para luego hacerlos chocar contra sí y provocar semejante temblor en éxtasis que lo mantenía vibrante en orgullo y satisfacción propia. Había regresado a su refugio en aquel pilar, donde nadie podría molestarlo en su tarea de saborear el fruto de su inspiración cobrando vida misma.
Los sonoros aplausos que recibió el inicio de su prologo, aún resonaban en su interior, avivando en su alma la llama de emoción, y llenando de júbilo al corazón. Observar como sus ideas son expresadas por boca de los actores ante el silencio abismal del auditorio era la más grande felicidad para un poeta. ¡Pero qué dichoso que era!
Pero como hemos dicho antes, aún si la suerte no es siempre una desgraciada, hay quienes nacen con mala estrella sobre su sino, y es lamentable el decir que Victor iba a descubrir esto de la forma más amarga posible. Apenas y sus dedos habrían de tocar el cielo del éxito rumbo al renombre que todo autor busca, cuando la desgracia lo sacudió vehemente, tomándolo sin aviso e impactando todo su triunfo en el suelo hasta destrozarlo en miles de pedazos.
Un mugroso mendigo, a quien nadie parecía interesarle, mucho menos para darle una limosna por mísera que fuese, decidió que ni él ni su estomago estarían satisfechos con tal ganancia, y sin miramiento alguno subió al escenario, en un punto que lamentablemente era bastante visible para el público. Ya situado en este, comenzó a hacer ademanes con las manos rogando la caridad de algún parisino.
Quizás la sublime obra de Victor no hubiese besado el suelo del fracaso si no hubiese sido porque un divertido estudiante, gritara a todo pulmón lo siguiente para mofarse.
— ¡Pero miren nada más! ¡Observen a ese sucio tullido que se ha subido para pedir limosna!
Y ahí, fue en ese preciso instante que la gran armonía de silencio en la sala se destruyó por completo, llevándose consigo el triunfo que Victor ya se creía estar saboreando.
Ese grito había sido suficiente para que el prologo se detuviera y todas las cabezas se volvieran hacia aquel mendigo, quien ni lento ni perezoso aprovechó la atención para comenzar a pedir limosna en un tono lastimero, mientras mostraba las llagas supurantes de su brazo, en busca de la compasión a los ojos de su público, aun si lejos de esto, sólo evocaba el asco y desagrado en general.
— ¡Una caridad por el amor de dios!
Pobre de Victor, siendo su obra maestra mutilada y relegada de toda atención por un mendigo ¡Un mendigo sucio y harapiento!
La gente no dudó en comenzar las habladurías, haciendo trizas el silencio que ya no reinaba más el ambiente, mientras que un grupo de estudiantes, reían y aplaudían, embriagados por tal divertido giro en los hechos.
El poeta descubrió gracias a eso, que aquel mendigo, se trataba de Celestino Cialdini, un pobre marginado que era más que conocido por todos en el pueblo.
Victor, lejos de lanzar improperios al mendigo, a los estudiantes, o al cielo mismo por su maldita intervención, comenzó a gritarles a los actores sobre el escenario.
— ¡Sigan, maldita sea! ¡No se queden ahí parados! — Se negaba a dejar morir la flama de su éxito, aun si esta se había extinguido tan pronto como se encendió.
De pronto, sintió como alguien tiraba de su capa. Se volteó, aún con el gesto algo malhumorado, pero se empeño en sonreír al ver que se trataba de una de las jóvenes que le habían elevado el orgullo antes de comenzar la presentación.
— Señor ¿Continuaran la obra? — Preguntó Sala.
— ¡Claro! — Expresó, algo confundido por la pregunta.
¿Por qué habría de dejar que un mugroso harapiento destruyera sus noches de esfuerzo, soportando el hambre, el frío, y uno que otro grito de la vieja a la que le rentaba vivienda? Gritos que por cierto eran reclamos por todos esos meses acumulados que ya le debía de arriendo.
— Entonces, tendría la gentileza de explicarme...
— ¿Lo que van a decir? — Le interrumpió. — Pues sí, sólo debes escuchar.
— No, eso no... Todo lo que han dicho hasta ahora.
Y ese fue el golpe de gracia que Victor necesitó para dignarse al fin a probar la amarga hiel del fracaso. ¡La joven que tenía tan admirada, ni siquiera le había prestado atención a su obra, ni antes, ni después de que el mendigo apareciera!
— ¡Lo que tuviste que haber oído en un principio! Niña tonta. — Masculló entre dientes, con el deseo de no haber sido escuchado, y a la vez de haber llegado a sus oídos.
No hay que decir que después de ese momento, a Victor dejó de importarle en lo más mínimo aquella joven. Que si bien era bonita, no servía de nada si no podía admirar en su totalidad aquellas obras que su inspiración y mente creaban.
Los actores retomaron la presentación, lo que hizo que el publico callara y se pusiera a escuchar, pero ya no existía más ese mismo interés con el que había nacido dicha obra. No después de ese corte tan brusco debido a la intervención del mendigo, quien por cierto en este momento se encontraba muy ocupado contando en silencio su pequeño tesoro.
Eso había valido el éxito de su obra... Sólo unas cuantas monedas. Victor pensó que quizás debería exigirle parte de su botín al mendigo, al fin y al cabo se había obtenido a expensas de su representación. Tal vez esas míseras monedas podrían menguar la ira de su malhumorada casera por esta noche y así tendría donde dormir.
Posiblemente nuestro poeta pensó que el destino no era tan mezquino como para probar su capacidad de hacerlo aun más desgraciado de lo que ya era, pero para desdicha suya descubrió que cuando retas al destino las cosas siempre pueden tornarse peor de lo que ya eran.
La puerta del estrado se había abierto, resonando consigo una voz anunciando la llegada del Cardenal de Borbón.
¡Hola! Espero les haya gustado el primer capítulo y se entretuvieran con la desgracia de Victor, misma que aunque sea difícil de creer va a seguir empeorando en el próximo capítulo. Para quien recuerde la novela, se dará cuenta que omití muchas cosas, como descripciones, detalles, e infinidad de nombres y conversaciones que no venían mucho al caso, y me avoque a lo principal, que es el infortunio del poeta en su anhelada obra.
Al final vendré llenando esos espacios con sucesos de mi propia mano. Habrá un punto en que serán cosas nuevas que nunca sucedieron en la novela, buscaré darles muchos buenos "momentos de felicidad" antes de retomar el curso natural de la novela y entrar a la parte escabrosa de esta.
Supongo que en este punto, quien no ha leído la novela, comprende mejor porque le di ese papel a Victor, quien a mí parecer le calza bastante bien esa actitud dramática y hasta algo egolatra, pero sin llegar a ser molesto. Les aseguro que muchos de los momentos cómicos vendrán de su mano debido a esto.
Abriré una sección de glosario, con las palabras que he ido marcando en negrita. Quisiera no verme en la necesidad, pues no me gusta que el lector tenga que consultar tantas palabras, pero les aseguro que son las mínimas que tuve que poner para el entendimiento de la historia.
Patíbulo: estructura con una plataforma donde se ejecuta a una persona condenada a la pena capital.
Burgomaestre: primer magistrado municipal de algunas ciudades europeas.
Plaza de Grève: escenario de festejos, de revueltas y también de ejecuciones y suplicios -que incluían apaleamientos, descuartizamientos, muerte en la hoguera, entre otros- desde la Edad Media.
Misterio: drama religioso medieval que pone en escena pasajes de las Sagradas Escrituras y, con preferencia, de la vida, pasión y muerte de Jesucristo.
Bailío: agente de la administración real o señorial en un territorio determinado.
Seglar: individuo que pertenece a la sociedad laica y no al estamento eclesiástico o religioso. Se vincula de cierto modo a la religión más no la dirige ni organiza.
Micer: procede del catalán misser, la cual a su vez procede del italiano messer, mi señor.
Eso sería todo por ahora, cualquier duda, comentario, sugerencia, no duden en hacérmela llegar. ¡Saludos!
Próximo capítulo: El papa de los locos.
WindowSlayer: Por un momento pensé en darle ese papel, pero no lo hice por 2 motivos. El primero, es debido al físico de Victor, de piel muy blanca y ojos de color, cuando Esmeralda es una gitana de piel morena y ojos oscuros. No lo hubiera sentido "correcto" poner a Victor en ese papel por esa razón, cuando a leguas se ve de ascendencía europea. La otra, es que debido a mi deseo de hacer un Victuuri con esta obra, hubiera tenido que darle a Yuri el papel de alguno de los pretendientes de Esmeralda, y siendo sincera, yo no puedo imaginar a Yuri en alguno de ellos, no en el de Gringoire que le queda perfecto a Victor por su personalidad, y mucho menos el de Febo que es... Bueno, se van a dar cuenta más adelante. Aunque de todas formas, por más androgino y hermoso que se vea un hombre, en esa época no perdonaban inclinaciones homosexuales, menos que estas se muestren a plena luz del día con total libertad. Pero te aseguro que por mi cabeza si que pasó la idea de ponerlo a él, sólo que al final por lo que te menciono no lo hice. ¡Gracias por tu comentario!
