Estoy re oxidada, por favor entender!


I

Había dicho que las veces en las que nos cruzábamos eran tan escasas que apenas y las podía contar con los dedos de una de mis manos.

Creo que fue una vez cuando la vi llorar de rabia y de impotencia porque el papanatas de Weasel no se había acordado de su aniversario.

Y yo sí.

Lo sabía porque hacían ya tres años de la guerra, el mismo día en que decidieron declararse su amor. Yo lo recordaba perfectamente, creo que todo el mundo lo hacía. Todo el mundo mágico celebraba ese día como uno de victoria, de júbilo y felicidad por un nuevo comienzo, pero yo, como muchos otros, lo recordaba como una derrota, con amargura.

Era imposible olvidarlo. Incluso el Ministerio hacía de ese día una fiesta nacional, con baile y orquestas. Todos estaban invitados, y por supuesto, ellos tres eran los de honor. Así que era inconcebible que alguien olvidara ese día.

Y más si significaba tanto para ella y el imbécil de Weasley.

Yo me emborrachaba con Whisky de Fuego, como hacía cada año, en la larga barra que había sido colocada en los jardines de la mansión donde se celebraba El día en que el Señor Tenebroso cayó. Ella, furiosa e indignada, caminó a zancadas hasta el tabernero, y, sin reparar en mí, ordenó un trago.

Apenas se lo sirvieron, se lo acabó de una sola y pidió otro de reemplazo, con el que hizo lo mismo. Yo parpadeé, ligeramente sorprendido. La verdad sus asuntos no eran de mi incumbencia así que me dediqué a echarle más cubitos de hielo a mi whisky, pero a su quinto trago, su hipo llamó mi atención.

Suspiré con amargura.

-"Detesto tener que dirigirte la palabra, Granger, pero si sigues así, voy a tener que aguantar tus lamentos y vómitos, así que ahorrémonos el suplicio a los dos y llama a tu novio para que te lleve a casa, donde sea que eso sea."

-"Oh, te gustaría eso, ¿cierto, Malfoy?"

-"Mucho."

-"¡Pues qué pena por ti!"- al inclinarse, tuvo que sostenerse de la barra para no estrellarse contra el suelo y mi mirada se perdió en el largo de sus piernas. Traía ese vestido escarlata escotado, corto y ceñido, tacones del mismo color y el cabello castaño suelto y alborotado.- "Estoy harta de complacer a los hombres y no recibir n-nada… el mismo trato. ¿Por qué tienen que ser unos imbéciles?"

Chasqué la lengua. A eso me refería.

-"No tengo el más mínimo interés en tener esta plática contigo, Granger."- coloqué otro puñado de hielo en mi trago y me puse de pie dispuesto a marcharme, pero ella me detuvo posando una mano en mi hombro. Me di la vuelta, asqueado.

-"¡Huye, huye como siempre, Ronald! ¿Cuándo estarás listo para una relación de adultos? Eres un maldito imbécil."

-"Granger…"

-"¡Idiota!"- gritó, y me proveyó una bofetada que hizo que mi rostro virara. Gruñí, la tomé de los hombros y la pegué contra una pared, sin importarme sus gemidos y reproches.

No sé qué me había dolido más, su golpe o que me hubiera confundido con Weasel.

-"Me importa un cuerno si la comadreja olvidó su aniversario, pero no voy a soportar esto, maldita sea. ¡No vuelvas a ponerme un dedo encima!"

-"Lo… lo recuerdas."- susurró ella, aparentemente lúcida. Sus ojos me atravesaban de una manera placenteramente dolorosa.

Odiaba a las mujeres y a su complicada forma de ver las cosas. Y odiaba más verme involucrado en sus conflictos de emociones, yo sólo quería seguir bebiendo, por Merlín.

Así que rompí el contacto visual y dejé caer mis brazos a ambos lados de mi cuerpo, me dispuse a marcharme otra vez, pero ella soltó lo que pareció ser un suspiro de excitación y cuando me pude dar cuenta, había enroscado sus piernas en mi cintura y me besaba con desesperación.

Desapareció arrastrándome con ella.

Yo apenas tuve tiempo de procesar mentalmente todo lo que estaba sucediendo, pero ella fue más rápida y se dejó caer en su cama, jalando mi corbata para seguir besándome. Yo nunca había sido lento, sin embargo, en ese momento me sentía como una víctima del Confundus.

Paredes color marfil, cortinas color vino, Granger besándome la boca. Chimenea con permiso para usar Polvos Flu, Granger atacándome el cuello. Muebles estilo victoriano y una gran alfombra persa, Granger ahora con su lengua en mi garganta. Cuadros al óleo, abstractos y modernos, Granger torpemente desabotonando mi camisa. Cama mullida con doseles y lámparas de papel, Granger encontrando el zipper de mi pantalón.

Recuerdo vagamente en qué momento le rompí el vestido y ella se quejó, luego recuperé el control y nos perdimos uno en el otro como un juego de consolación.

*º*º*

Era la primera vez que llegaba tarde al trabajo y estaba de mal humor. Tomé el ascensor del Ministerio, cerré los ojos y fruncí el ceño, de pronto escuché su voz chillar que esperaran por ella. Otro mago detuvo el ascensor antes de que las rejas se cerraran y ella entró, alborotada y agitada por la carrera que había dado.

El ambiente se tensó inmediatamente cuando cruzamos miradas. Yo la vi, impasible y fríamente, pero ella se sonrojó y me miró con enojo, como si yo hubiera sido el culpable de su infidelidad. Se cruzó de brazos y estuvo taconeando el suelo todo el recorrido hasta su planta, para cuando llegó, salió furiosa del elevador y ni siquiera le dijo buenos días a su asistente cuando éste pasó por su lado.

Su enojo enervó mi sangre. ¿Quién se creía que era ella para estar enojada conmigo? En todo caso, debería ser yo el indignado. Ella me había usado como había querido y luego, cuando se dio cuenta de lo que había pasado, me había echado a patadas de su apartamento, como si yo lo hubiera planeado.

Aunque, valgan verdades, también estaba enojado conmigo mismo por haber dejado que pasara. Yo, Draco Lucius Malfoy, con una impura. Inaceptable.

Y por más que me esforcé en concentrarme en el trabajo, su imagen desnuda asaltaba mi mente a momentos inesperados, haciendo imposible que concretara algo de lo que andaba escribiendo.

Así pasé una semana, inventando excusas para postergar la fecha de entrega de mi próximo informe, reduciendo al mínimo mis viajes en ascensor y a la planta superior, imaginándola a ella en el lugar de Astoria cada vez que teníamos sexo. Enloqueciéndome.

Fue uno de esos días en los que se apareció en mi despacho, furiosa e indomable como siempre.

-"¿Quién te crees que eres para juzgarme? No creas que no he notado la forma en que me tratas, cretino. No soy la primera ni la última mujer que ha hecho eso… así que puedes dejar de… de jugar a lo que sea que estés jugando y dejarme en paz, porque no voy a aguantar tus insultos, ni tus miradas, ni tus…"

-"¿De qué demonios estás hablando, Granger? ¿Te volviste loca? Ni siquiera te he dirigido la palabra en los últimos días como para que digas que te he insultado."

Esto era demasiado. Nos ignorábamos cruelmente si acaso nos cruzábamos y ahora ella venía a mi despacho, en horas de trabajo, a quitarme el tiempo diciendo que yo la estaba insultando. La insultaba, sí, pero estaba seguro de que ella no podía oírme, así que no tenía bases ni fundamentos para acusarme.

-"Por eso mismo, ni siquiera me has dicho buenos días. ¿No te enseñaron modales?"

-"¿Qué mierda quieres, Granger?"

-"¡Quiero que dejes de hacerme sentir como si fuera una cualquiera!"

-"Me importa un carajo lo que sientas, en serio, pero deberías relajarte; otra en tu lugar estaría disfrutando y no se sentiría culpable por esto. Deja de ser una mártir que no es atrayente."

-"¡Eres un canalla!"

Y fue la segunda vez en esa última semana que me abofeteó. Protesté de dolor y me preparé para insultarla, esta vez en voz alta, pero volteó mi rostro con ambas manos y me besó con culpa. No me lo podía creer.

Ese era su juego: iniciar una pelea, golpearme y luego besarme hasta terminar revolcándonos en cualquier rincón.

Esa vez fue encima de mi escritorio. Me encargué de desaparecer cualquier papel y la apoyé con fuerza, buscando bajo su falda y ella bajo mi pantalón. Sus gritos se mezclaron con mis gruñidos, el sudor con el deseo y eso con la excitación.

Aprendimos a insonorizar las puertas las veces que siguieron, bien si era la mía o la suya, o la de cualquier armario e incluso la de los tribunales del Wizengamot. La atracción sexual entre los dos era casi palpable, algo que no se podía ignorar. Ya no más.

Weasley sí que era un imbécil.