Disclaimer: Inuyasha, Sengoku O Togi Zoushi es propiedad intelectual de Rumiko Takahashi.

Cantidad de palabras: 3,771 (según Word).


Hide & seek

por Onmyuji


Dos.


Acababa de meter a Ichiro y a Izayoi a la cama.

Cuando los veía compartiendo el mismo futón, sabía que la chispa entre ellos se había encendido en algún momento de su más tierna infancia y era irremediable ver lo inseparables que eran. Incluso costaba pensar que Inuyasha (luego de mucho convencimiento por parte de Kagome), terminó por aceptar (muy horrorizado) que ese par estaba, de alguna forma, destinado a estar juntos.

La sonrisa en su rostro se tornó triste y miró hacia la estera de bambú que daba al corredor de la cabaña, nostálgica. Tuvo la sensación amarga de la envidia subiendo por sus venas, aunque la parte más racional de su mente le recordó que se trataba de su hermano y que debía estar feliz por él.

Era porque algo le faltaba, ¿no era verdad?

Cuando Miyu volvía a las memorias de su pasado, todo se volvía un recuerdo difuso y peculiar del que no tenía la más mínima noción. En diversas ocasiones preguntó a su madre, pero ella siempre evadía el tema. Como si hubiera algo prohibido en aquellos recuerdos, como si se tratara una suerte de tabú que ella no podía digerir.

—Miyu. —Escuchó que la llamaban desde el pasillo principal de la cabaña y, al asomarse, vio perfectamente las siluetas oscuras de sus padres que finalmente ingresaron a la cabaña y la observaron, siempre usando esa expresión ausente que la caracterizaba de toda una vida.

—Bienvenidos, papá, mamá. —Habló ella suavemente con una ligera sonrisa, mientras se sacudía el kimono y se acercaba a los adultos—. ¿Qué tal estuvo el viaje?

—Cansado. Esto de las cacerías de monstruos ya no es lo nuestro —Acotó su madre mientras se daba pequeños golpecitos en un hombro, tratando de disminuir su tensión acumulada en el día—. ¿Los niños?

—Duermen ahora. Creo que el tío Inuyasha tendrá que esperar a que Izayoi despierte y regrese mañana a casa.

Su padre suspiró, agobiado—. Supongo que mañana tendré que hablar con él antes de que quiera echar abajo la cabaña otra vez.

Y los dos adultos y la joven de 16 años soltaron pequeñas risas, antes de que la más joven se encogiera de brazos y con el rostro sereno, pero ausente, hablara.

—Yo-... creo que iré a la cascada que está río arriba, a meditar.

Sus padres la miraron asintiendo con la cabeza, dejándola ir sin mucho más que decirse entre ellos.

Para los dieciséis años de edad que tenía, Miyu era lo suficientemente autosuficiente para valerse por sí misma, y lo hacía muy bien. Encima, se había acercado a Kagome para ser instruida en las artes espirituales y ya perfilaba para ser su sucesora en algún punto del futuro.

Ellos insistían en que buscara otra vida: una pareja, una familia, que viajara, que buscara aquello que le hiciera feliz, pero ella siempre lo rechazaba.

De alguna forma entendían.

Porque Miyu se sentía incompleta.

—Miroku. —Habló Sango en voz baja mientras veía a su esposo con el gesto lleno de angustia, igual o quizás más tensa que al llegar.

Desde el incidente, nada era igual para Miyu.

—Tranquila, querida. Es sólo una etapa. Ya se le pasará.

¿Y si no?

La pregunta resonó angustiada como un eco mudo en la cabaña a la que ninguno de los dos encontró respuesta alguna.


El agua fría le ayudaba a calmar los funestos pensamientos en su cabeza. Esos que alimentaban la envidia a su hermano, el aborrecimiento a la plenitud del tío Inuyasha y la tía Kagome y la sorna a la eterna melancolía de sus padres, cada vez menos vivarachos.

En medio de la oscuridad, con la luz de la luna iluminando tenuemente las ondas de agua que se formaban en el río que seguía su cauce tras caer, podía verse el brillo de mil estrellas refulgiendo en el cielo oscuro. Podía ver otras cosas también.

A veces tenía la extraña sensación de que algo en su cabeza estaba mal, que algo en sus recuerdos había sido borrado o bloqueado; y que su forma de sentir y ver cosas diferentes, esos entes que la tía Kagome podía sentir a kilómetros, que su madre cazaba, de los que provenía el linaje del tío Inuyasha; era forzando aquello que no estaba ahí, desarrollado en su cabeza.

Pero luego había días en que era demasiado fácil. Como si hubiera un espacio disruptivo y frágil en el entorno que le facilitara acercarse a ese mundillo al que se había inmerso con mucho esfuerzo. Aquel que servía de alimento a las fatales emociones que la contaminaban y de las que ya le había advertido la tía Kagome.

Los pensamientos en su mente acabaron en blanco cuando, al abrir los ojos mientras sacaba la cabeza de la pesada caída de la cascada, pudo verlo.

Kimono verde. Cabellos castaños cortos, por encima del hombro. Y unas manitas pequeñas jugueteando con el agua del río, a unos metros de ella.

Y un nombre atorado en la base de su estómago que urgía salir, desesperado.

«Miyu».

Y el nombre se gestó en su cabeza. Y cuando miró sus manos y sus ropas de meditación blancas, toda ella y el río estaban manchados de sangre.

Su gritó horrorizado sonó por todo el bosque.


Sango se mordió el pulgar con insistencia mientras caminaba alrededor de la cabaña con pesadez. Las semillas de la angustia que alguna vez habían marchitado su triste corazón de madre, comenzaron a brotar de nuevo, con mejor vida, con mayor vitalidad.

Era el gesto de una madre acongojada que había perdido algo muy valioso en el camino y que ahora le decía que algo malo acechaba de nuevo, muy cerca, pero a la vez muy lejos.

Miroku llegó pronto, en compañía de Inuyasha y Kagome. Estos lucían tan angustiados como el padre de la joven; como si se tratase de algo que ellos intuían y que ella, como madre de Miyu, no podía comprender.

—¿Has podido hablar con ella? —Kagome se acercó a la Taiji-ya y la abrazó, tratando de confortarla. Pero, ¿qué iba a saber Kagome se confortar a una amiga que sufre por sus hijos, si ella misma no había pasado por ello? Sango se dejó abrazar por la miko, enjugándose torpemente las lágrimas que salían de sus ojos y negando torpemente con la cabeza.

Entonces ambas mujeres entraron en la habitación de la joven castaña, sin mediar ninguna palabra.

Y ahí, en el rincón más oscuro de la cabaña, empapada por el agua de la cascada, con el gesto ausente y las lágrimas brotando sin control de sus ojos, la escucharon sollozar, abrazándose a sí misma.

—M-Miyu-...

Entonces la aludida guardó silencio sin dejar de llorar, girando el rostro de manera torcida y desagradable en torno a la puerta y una mueca de fatal desagrado se instaló en sus labios

—¿Miyu? ¡Yo no soy Miyu, mamá! ¿Qué no ves? ¡Esta es su sangre! ¡Soy yo, Yuki! —Y entonces Sango salió al instante de la habitación, sin decir una sola palabra más, se derrumbó en el suelo en un amargo llanto del que nadie pudo consolarla.


Ya no podía llamarla sin que respingara, aludiendo que su nombre era Yuki y no Miyu. Esto trajo consigo que la salud mental de Sango decreciera velozmente tras ese pequeño evento de una semana atrás, que parecía ya olvidado de su cabeza pero que cada que su hija aparecía en su campo de visión, retumbaba furioso en su cabeza.

Les tomó todo un año a marchas forzadas recuperar medianamente la cordura de su pequeña hija cuando era pequeña, perdida luego de aquel terrible accidente del que ni ella, ni el ya difunto monje Mushin, pudieron dar explicación para justificar la ausencia de su hermana.

Luego un día, simplemente, Miyu pareció volver en sí y comportarse medianamente bien, de nuevo, como si aquel terrible y amargo episodio jamás hubiese ocurrido. Y fue como si todas las memorias sobre su hermana pequeña desaparecida parecieran bloqueadas de sus recuerdos, aduciendo a que ella sólo tenía un hermano y nada más.

Pero Sango y Miroku sabían la verdad. Y aunque Kagome e Inuyasha se esmeraban en evitar comentarios (particularmente Inuyasha con muchas dificultades, ya que era apegado a las dos niñas y hasta la fecha le costaba relacionarse solamente con una de ellas); así como se aseguraron de que Ichiro no hiciera comentarios que turbaran su delicada psique, Miyu parecía intuir que algo andaba mal desde siempre.

El segundo año tras la desaparición de Yuki, los episodios de Miyu llorando al sentirse bañada en la sangre de su hermana se repitieron con frecuencia, desgastando emocionalmente a sus padres que, siempre amorosos, no la abandonaron. Hasta que lentamente la pequeña fue recuperándose y volviendo a ser ella misma.

O al menos una versión de lo que quedaba de ella.

Ellos sabían que echaría en falta la ausencia de Yuki (a pesar de que ella insistía en que el nombre no sólo no le sonaba de nunca, sino que no recordaba ni un ápice el haber tenido una hermana, mucho menos una gemela), pero no pensaban que tanto.

Por eso cuando ella comenzó a mencionar que era Yuki y no Miyu, Sango comenzó a angustiarse de verdad. Porque no correspondía a los recuerdos de su hija, a los que ella creía que tenía.

—Hey, Yuki, —Ichiro incluso se había resignado a darle gusto a su turbada hermana que movía el hilo y aguja torpemente entre las telas que llevaba en las manos, miró a su hermana zurcir—, ¿qué estás haciendo?

—Un muñeco. ¿Te gusta?

—No. ¡Es muy feo! —Criticó el ya casi no tan niño de 13 años mientras veía a su hermana haciendo muecas desagradables de indignación y luego terminando sus últimas puntadas—. ¿Cómo se llamará?

Sango, que en ese momento doblaba la ropa en la misma habitación que sus hijos, detuvo su labor, para ver a su hija rematar los puntos de aquello que remendaba de manera poco limpia y una idea asaltó su mente.

Miyu desde pequeña siempre había sido buena con la aguja y el hilo. ¿Qué era diferente esta vez?

—Miyu.

Y luego su rostro se contorsionaba en una mueca de terror.

Porque había visto de nuevo a la misma pequeña, del mismo kimono, que le recordaba muchísimo a su reflejo en el río cuando era pequeña, asomándose entre risas bobas y traviesas a través de la estera de bambú.


Los recuerdos se habían alborotado en su mente y sus padres no parecían entenderlo. Podía ver el gesto paciente de su padre, tratando de ser condescendiente con ella. Pero tampoco podía culparlo al apoyar a su madre.

Simplemente ambos estaban preocupados.

Todo seguía siendo confuso y las memorias recientes le causaban desazón. Porque le aterraba esa niña, esa copia idéntica a sí misma que la rondaba cuando menos lo esperaba, que le recordaba que estaba manchada para siempre de la sangre de un condenado.

Y luego escuchó las risas de nuevo, mientras lavaba las hierbas medicinales encargadas por la tía Kagome, en el río.

Tembló mientras veía el río manchado de sangre y saltó hacia atrás, cayendo de sentón en el suelo. Un sudor frío apareció en su frente, copioso.

Mientras veía a la réplica suya de la infancia chapotear con el agua justo frente a ella, sonriente e inocente, como si nada en este mundo fuera malo o quisiera hacerle daño.

De una manera dolorosa y nostálgica.

—¡Miyu! —El rostro aterrado de la joven muchacha reaccionó al llamado sin perder de vista a la pequeña, cuyo rostro se endureció al instante ante el llamado.

Y pudo jurar que la maldad se asomó de sus ojos.

—Miy-... quiero decir, ¡Yuki! —Y entonces, de los arbustos a sus espaldas, emergió Ichiro, que se quedó impávido mientras veía a su hermana mayor haciéndose ovillo lentamente, entre sollozos fuertes y descontrolados, temblando.

Y a ella.

Estaba exactamente igual a la última vez que la vio. En su kimono verde, con el mismo cabello; pero sin la expresión sonriente. Ichiro podía tener tres años en aquel entonces, pero tenía buena memoria. Y aunque sus padres creían que lo había olvidado todo al tener tan tierna edad, Ichiro era un pequeño muy listo. Y muy prudente y mesurado.

Recordaba mucho a Miroku en su juventud.

Y mientras la niña se levantaba, secando sus pies y alisándose las faldas del kimono, siempre con el gesto sombrío, se dio la vuelta hasta los arbustos, donde desapareció tras ellos.

Entonces corrió a su hermana.

—Yuki, ¿estás bien? —Y entonces ella se volvió a su hermano y lo abrazó, bañada en lágrimas. Y el pequeño castaño le devolvió el gesto, confundido.

—Ella viene. Ella viene por mí. —Lloró ella, mientras apretaba el agarre de su hermano, como si fuera el único puente a su cordura nuevamente nerviosa y perdida—. Quiere su sangre de vuelta. Ella viene por mí.

—¿Miyu? —Y entonces la mayor contuvo la respiración, el temblor y las lágrimas y lo miró; un encuentro de miradas que pareció conectarlos de nuevo, como cuando eran pequeños. Y entonces mil preguntas y mil respuestas se gestaron con ese simple contacto, pero la pregunta obligada de su hermana se quedó en sus labios enmudecidos—. Sí. Igual a la última vez que la vimos, atrapada en ese tonto libro.

Los recuerdos volvieron a alborotarse y pudo recordar claramente el rostro alegre de esa niña que había estado en el río unos instantes antes, primero absorto en un viejo libro que la alejó de todo, luego bañado en lágrimas y sangre, llamándole, alguna vez en el tiempo.

«Yo-... no quiero que te lleve a ti por mi tontería. Por fav-... vor... No me sigas...»

En el viejo templo abandonado del ya difunto abuelo Mushin.

—Yuki, ¿estás bien? —A estas alturas, la extraña conexión entre ellos dos parecía proveerle más información a él de lo que su hermana sentía y a la mayor más información acerca de aquello que estaba bloqueado en su cabeza.

Y cuando la mayor se levantó del césped, tomando con determinación la cesta de hierbas medicinales, le acarició la cabeza y caminó de vuelta por el sendero que llevaba a la aldea sin decirle una sola palabra; dejándolo a solas en ese lugar que apestaba a una maldad tan antigua como entrañable, pero que poco a poco se alejaba del lugar.

—¡Ichiro! —Escuchó un llamado unos instantes después de que su hermana se hubiese marchado, en dirección al mismo sendero que ella había tomado. De vuelta, los azabaches cabellos de Izayoi se asomaron por uno de los arbustos, acercándose a él y al río—. ¿Qué demonios te pasa? ¡Acordamos que volveríamos luego de encontrar la presencia maligna para llamar a mi papá y mi mamá! —Acusó la niña mientras se cruzaba de brazos con indignación, en una postura muy común a la de su padre.

—Lo siento, yo... vi a mi hermana aquí en el río y...

—¿A Miyu? —Entonces la pequeña de ojos dorados pareció hacer memoria y conectó algo en su mente—. Es verdad. Vi a Miyu pasar hace nada de vuelta a la aldea con la cesta de hierbas que le encargó mamá, pero al llamarla no contest-... —La pequeña cayó al ver a su amigo tan angustiado, sin quitar ojos del sendero que su hermana había tomado y aquello llamó terriblemente su atención—. ¿Sucede algo?

—Yo... ¿Te conté alguna vez que no siempre tuve una hermana, sino dos?


No admires la luz de la esperanza. No busques la luz de la esperanza.


Inuyasha se había negado en rotundo que ella se fuera de la aldea sola en el estado en que se encontraba, pero Sango y Miroku insistieron en que era un viaje que consideraban prudente hacer.

Sango la armó de su vieja máscara de gas y unas cuantas armas de Taiji-Ya, jurando que no escatimaría en lo que fuera necesario para que estuviera a salvo. Y luego la atrapó en un férreo abrazo, pidiéndole que se cuidara y que la esperaban de vuelta pronto.

Pero la esperanza que los ojos de Sango trataban de alimentar no brotaba de la mirada de su hija, que ya volaba lejos hacia otro lugar.

Luego pasó a los brazos de su padre—. No importa lo que pase, sé que nada de esto es tu culpa. Yo estoy y siempre estaré orgulloso de ti... Yuki. —A la aludida se le aguaron los ojos al escuchar a su padre y guardó el sollozo en la garganta, acunándose en él.

¿Hace cuántos años él había dejado de llamarle así?

Abrazó a su hermano una última vez y luego montó a Kirara, con la instrucción de volver apenas la dejara en su destino. Luego, la mononoke emprendió vuelo y se alejó, mientras su madre era consolada por Kagome, bañada en lágrimas.

Miroku lanzó una plegaria al cielo mientras intercambiaba miradas con el hanyou, que ceñudo y cruzado de brazos, vigiló a la muchachita alejarse, con una resolución en el pecho. Luego vio al ojiazul, igual de ceñudo que antes.

—Esto no ha sido una buena idea y lo sabes. —Los instintos de Inuyasha no mentían, pero no trataron de convencerlo de detener a su hija. Por el contrario, el hanyou se alejó tras su mujer y su hija, que ya tomaban camino de vuelta a su casa.

«—Pensé que ustedes eran sus padres y podían diferenciarlas. —Miroku alzó la cabeza de la miseria en la que se había sumido luego de salió de la cabaña. Donde Kagome trataba de consolar a Sango de su llanto, luego de que la jovencita castaña hablara de su otra hermana.

De esa que se suponía que no recordaba nada.

Demandando más de parte de Inuyasha, el hanyou apuró—. Kagome me pidió que fuera cuidadoso porque ustedes estaban... tristes por la pérdida de la otra gemela. —Y se rascó una oreja, tratando de aliviar la tensión que se había creado entre ellos en apenas un instante.

Sango estaba rota y él, desesperado.

Ella nunca olió como Miyu. Es decir, lo olió, un tiempo. Cuando usaba sus ropas. Pero poco a poco su aroma natural se encargó de borrar las huellas del olor de la otra gemela.

Los ojos de Miroku se abrieron enormes mientras Inuyasha explicaba y luego sintió un calambre en la espina dorsal. Trémulo, habló—. ¿Quieres decir q-...?

Esa niña nunca ha sido Miyu. Siempre ha sido Yuki.»


El templo era tan majestuoso como lo recordaba, pero claramente los signos del poco mantenimiento recibido en esos diez años, comenzaban a pasarle factura.

Sintió una extraña nostalgia levantando suavemente el polvo de sus recuerdos mientras ingresaba al recinto, sorprendida de gravedad al ver que nadie se había instalado o adueñado del inmueble de ese abandonado lugar.

Ni siquiera su padre, pese a que la tumba del abuelo se encontraba cerca, visitaba ese lugar. Nunca en mucho tiempo.

Paseó por entre los pasillos y miró con cariño lugares que recordaba de alguna época distante. De esa época en que ella y Miyu jugaban por los jardines o hacían que el abuelo Mushin cayera.

Miyu.

Inmediatamente recordó a qué se había tomado la libertad de volver a ese funesto lugar que ahora ya no le transmitía paz, sino perturbación. Y caminó hasta el recinto donde guardaban los cachivaches y en su paso dio a la librería (su verdadero objetivo).

Y de inmediato ingresó.

Rebuscó entre los viejos y olvidados libros, husmeando estantes y cada rincón hasta que lo encontró. Oculto bajo un viejo estante que estaba caído, el libro café atrajo su atención de inmediato; no porque la llamara, sino porque lo reconocería perfectamente en cualquier época, bajo cualquier circunstancia.

Al tocar el libro y tratar de alzarlo, descubrió que el libro era pesado para cargarlo con facilidad. Pero dado que de alguna forma estaba habituada a llevar el Hiraikotsu de su madre para ayudarla; cargarlo, pese a las molestias, no le causó tanto problema. Así que salió al pasillo y se sentó en él, poniendo el viejo libro entre sus piernas y decidida a hojearlo.

Pero estaba en blanco. O al menos, eso fue lo que pensó. Porque luego de acariciar las páginas en blanco, las letras parecieron manifestarse como si se tratase de magia y sus ojos se abrieron enormes mientras leía lo que tenía frente a sus ojos.

«Yo-... no quiero que te lleve a ti por mi tontería. Por fav-... vor... No me sigas...»

Y sus ojos se aguaron mientras lo entendían todo.


Advertencias

1. No usar un muñeco con figura humana o no abandonará su cuerpo.

2. No usar el propio nombre o una maldición le azotará para la eternidad.

3. No usar la propia sangre o el demonio que habita el muñeco le perseguirá hasta reclamar tu cuerpo.


Pero era demasiado tarde para dar vuelta atrás.

Lo pensó cuando, encerrada en el abandonado templo principal, mirando fijamente el muñeco mal zurcido con hilo rojo y manchado de sangre que trataba de asemejar a su perdida hermana mayor, apuntó el cuchillo oculto entre sus ropas, repitiendo lo que una vez, diez años atrás, su hermana invocaría.

—Te encontré, Miyu. Te encontré, Miyu. Te encontré, Miyu. Ahora es turno de Yuki de esconderse. Ahora es turno de Yuki de esconderse. Ahora es turno de Yuki de esconderse.

Luego dejó el cuchillo enterrado en el cuerpo de su hermana mayor y caminó resuelta y con paz al corredor, sin mirar una sola vez por detrás de su hombro.

Llegó hasta el final del pasillo, donde se sentó en la habitual postura para meditar que le había enseñado su padre y su tía Kagome, ignorando el ardor en la herida de su mano sangrante; siempre con los ojos abiertos, y esperó.

Con un segundo cuchillo oculto entre las ropas, listo para atacar a la menor provocación y la boca llena de agua con sal.

Pero entonces un terrible trueno sonó en las afueras del templo, iluminando poderosamente el interior del inmueble; ese donde Yuki pudo apreciar las paredes de papel de arroz y los añejos pisos de madera pulida bañados de marcas de manos y cuerpos arrastrándose, dejados por la sangre.

Y en el eco de los truenos, pudo escuchar una risa alegre y cantarina que podía recordar perfecto para toda la vida, que le traía recuerdos dulces, pero que ahora se convertían en su tormento.

Porque en el extremo opuesto del pasillo, apareció. Con su tierna presencia de seis años, kimono verde, piel nívea, cabello castaño oscuro arriba de los hombros. Mirada macabra, llena de sangre y cuchillo en mano.

«Te encontré».

Era hora de recuperar a su hermana.


El juego apenas está comenzando.


Fin.


PS. Bueno, pensé que no iba a poder hacer esto y que me quedara medianamente bien (no puedo considerar estos fics completamente de miedo, aunque a mí me espanten un montón XD), considerando que muchas segundas partes siempre son malas :P pero bueno, aún queda la tercer fase y creo que sí habrá tercera parte después de todo :3 (sino, simplemente haré algo diferente para la tercera fase, pero confío en que no será necesario).

Bueno, quizá es un poco más o menos claro este segundo capítulo, pero quise manejarlo como un descenso a la pseudo locura de la gemela, alborotado por su hermana muerta/desaparecida (ni siquiera yo lo tengo del todo claro, pero si se acomoda con la tercera fase, tal vez podamos atrevernos a desentrañar lo que sea que está ocurriendo :3)

Y no sé si lo notaron, pero Yuki hizo todo lo que se suponía que no debía de hacer (Léase: seguir a su hermana y omitir todas las jodidas advertencias que me tomé la molestia de investigar xD), así que ahí se cumple el requerimiento de la fase 2 owo

Y ya por último, quiero anunciar las canciones que de alguna forma han servido de inspiración la elaboración de este fic (y mi trauma por el hitori kakurenbo):

Hide & Seek - SeeU

Hide & Seek - 9mm Parabellum Bullet

Monochrome Ward - Kagamine Rin y Len

Que bueno, sirvieron un montón para espantarme y ponerme en mood mientras escribía (sí, las usé en las dos fases y aquí están los resultados xD).

Sus comentarios me ayudan a mejorar (y hacer mejores fics de miedo, supongo xD), así que cualquier comentario, reclamo, observación sobre la trama o todo aquel punto que encuentren flojo, lo apreciaré bastante :D

Onmi.