Hola mis niños!
Gracias por sus comentarios, en verdad!
Espero que lo q se viene logre cautivarlos y atraparlos en este mi primer fanfiction AU, he escrito antes un two shot dramático que creo conocen ya, pero éste es mi primera historia extensa. Ojalá me sigan acompañando y sientan el crecimiento gradual y sutil de la relación entre un Harry neoyorquino y una Hermione londinense. Esa es mi intención, q se vayan enamorando poco a poco como ellos.
Un besote y buen viaje a NY ;)


Capítulo dos: "La asignación"

La llamada que Hermione había recibido acabó por amargarle el día. Su novio, Cormac McLaggen, había conseguido el número telefónico gracias a sus padres en Londres. Se recriminó a sí misma no haberles advertido que no lo hicieran. Después de platicar unos minutos con él, su insistencia en salvar la relación la llenó de presión que no estaba dispuesta a pasar. Discutieron fuertemente llevándola a llorar de la rabia, incluso de culpa infundada. Aquel joven era un próspero jugador de fútbol inglés, tenía un futuro brillante al igual que talento en el deporte, pero resultaba ser tan engreído y presuntuoso que la muchacha no veía ningún futuro junto a él. Sólo hablaba de lo bueno que era en el campo de juego y de las anotaciones que salvaban a su equipo de las derrotas inminentes. Pláticas vacías, sin sentido. Hermione no necesitaba un narcisista que se amara por sobre todas las cosas de esa forma tan desagradable.

Una semana pasó tranquila y sin novedades en la atestada ciudad de Nueva York. Hermione destacaba en las clases y era conocida por los pasillos de la universidad como la mejor del Departamento de Arquitectura. Kingsley Shacklebolt estaba encantado con ella y le agradeció a Remus J. Lupin el hecho de haberla convencido de becarse en la Universidad de Columbia. Eso significaba que el nivel de exigencia y calidad académica iba en aumento. La joven, por otra parte, disfrutaba de las materias como niña en una tienda de dulces. Siempre alzaba la mano primero que todos y respondía a cualquier pregunta que un profesor pudiera realizar. Harry, sentado atrás del aula, sólo la observaba con fastidio. Estaba convencido de que para esa chica no existía respuesta desconocida. No obstante, a pesar del hastío, se había hecho costumbre para él observarla desde su apartamento. Resultaba extraño. Durante las clases no le caía para nada bien, además sabía que el sentimiento era mutuo ya que después de lo sucedido en el seminario sólo recibía de Hermione miradas asesinas que podían hasta derretirle la piel; pero por las noches, no podía evitar espiarla en sus quehaceres. Lo hallaba fascinante. En siete días ya conocía algunos aspectos suyos como su gusto por la lectura después de las diez de la noche sentada en la escalera de incendios, la taza de té que se servía luego de llegar de clases, su total indiferencia hacia la televisión y su interés por la prensa escrita gracias al New York Times que compraba en las mañanas. Tenía la viva curiosidad sobre quién la había hecho llorar por teléfono la otra noche, quién tenía el poder de vulnerarla ya que parecía ser alguien en extremo fuerte y controlada pero… ¿Cómo saberlo si apenas la conocía?

Tratando de alejarse de esa nueva actividad que sentía ilícita, Harry aprovechó que su moto estaba totalmente restaurada gracias a su padrino y salió con ella en dirección sur. A no mucha distancia de allí, varios motociclistas se reunían en masa para demostrar sus proezas como corredores. Las apuestas en dinero terminaban siendo excesivas, hasta intimidantes, sin embargo, todo amante de la velocidad se dirigía a ese punto de encuentro para medir las agallas. El mejor en el circuito, para molestia del moreno, era Cedric Diggory. Ese muchacho de cabello color cobre y sonrisa seductora, poseía un manejo fantástico. Cada vez que participaba de una carrera resultaba vencedor por varios segundos de ventaja. A Harry le ardían las entrañas cuando veía que Cho Chang le aplaudía sentada a un costado de la calle.

- No eres el único que se siente así por alguien- comentó Neville Longbottom con las manos enterradas en sus bolsillos. Harry, al oírlo tan amargado, comprendió que estaba hablando muy en serio. Neville era uno de sus más entrañables amigos. Un botánico de vocación y profesión. Siempre mostró una enorme admiración por Harry, sobre todo a la hora de competir en aquellas carreras ilegales en donde soñaba participar algún día. Sin embargo, el moreno se lo prohibía tajantemente. Sabía que sus intenciones apuntaban en impresionar a la hermana menor de Ron, Ginny Weasley. Y no sólo él. Neville tenía una competencia ardua en conquista de su corazón.
- Draco Malfoy no te llega ni a los talones, amigo- le dijo Harry para levantar sus ánimos. El aludido ni siquiera le sonrió. Malfoy era hábil sobre una motocicleta, casi tan bueno como Cedric Diggory y Harry juntos. Sólo el pensar que también pretendiera a Ginny, le retorcía las entrañas. A sus propios ojos, estaba en completa desventaja.

Tocó el turno de Harry en la pista. Entre la muchedumbre que animaba con alaridos y aplausos mientras que la policía no daba señales de arruinar la noche, el joven distinguió a sus amigos y su padrino, quien lo miraba con orgullo desde la distancia. Sirius también competía en carreras años atrás hasta que un serio accidente le dañó su rodilla derecha para siempre. Harry se calzó el casco negro, montó su Yamaha haciéndola rugir al girar la velocidad y notó de reojo que Cho lo miraba atentamente. Se sonrió sintiendo la adrenalina invadir su cuerpo. Ya nada más le importó fuera del pañuelo rojo que sostenía una chica frente a él y los demás corredores. Ella lo agitó para dar la partida y Harry espoleó la máquina saliendo como un rayo por la pista despoblada. El vértigo le apretó el estómago junto con el viento que golpeaba todo su cuerpo. Ignorando a los otros competidores, el moreno maniobró la motocicleta con tal destreza que parecían uno sólo, fusionados en la sed por ganar. Consumiendo metros como un enajenado, apuró su carrera chillando las llantas y ganó en pocos segundos. Pudo adivinar sin problemas los gritos de celebración de quienes iban a apoyarlo. La noche se tiñó de festejo y Harry invitó las rondas de cerveza en el CoffeHouse de Nymphadora Tonks. El agasajo duró hasta altas horas de la madrugada.


Hermione Granger despertó gracias al sonido de la alarma de un automóvil a poca distancia de su apartamento. Reparó para su horror que había olvidado programar su celular a la hora acostumbrada. Se desperezó de un salto y realizó los típicos preparativos matutinos en menos de una hora. Al salir rumbo a la universidad, no anticipó que el tráfico de Nueva York jamás resultaba expedito en hora pico. Con el tiempo corriendo en contra, la castaña abordó un taxi para así llegar más rápido siendo en esa oportunidad un grave error. El embotellamiento que la atrapó la hizo retrasarse más de lo que esperaba. Cuando llegó al frontis de la universidad, descendió casi corriendo del automóvil en dirección al salón de clases. La inmensidad del inmueble la llevó a perder otros valiosos diez minutos. Al cruzar la puerta, reparó que el profesor Snape discutía con ese chico Potter casi a voz en cuello. Debió de suceder algo importante como para sentir la tensión viva bajo ese altísimo techo. No alcanzó a llegar a su pupitre cuando el académico la miró con los ojos encendidos de algo que parecía burla. Hermione frunció el ceño por instinto.

- De acuerdo, señor Potter- dijo sonando más triunfante que resignado- Como no es el único que llega atrasado a mi clase el día de hoy, deberá realizar el proyecto con la señorita Granger, quien acaba de honrarnos con su presencia.- Hermione creyó que había escuchado mal o era una broma de pésimo gusto. Se detuvo en seco y abrió sus ojos de par en par, cambiando su mirada desde el profesor hacia el moreno quien la observaba con la misma impresión y desagrado.
- ¿Disculpe?- preguntó la joven entre las risitas disimuladas de sus compañeros.
- Este proyecto más que ser una tarea vital en este curso, es una dinámica de trabajo en equipo- sentenció Snape duramente- Fueron los últimos en llegar, por lo tanto, sólo ustedes faltaban para la asignación. Espero que aprendan a trabajar coordinados.
- No, no, no, no- instó Harry, poniéndose de pie- No me parece que sea una idea de lo más acertada, señor…
- No pretendo trabajar con ese holgazán que se duerme en los seminarios- intervino Hermione como si el aludido no estuviera presente para escucharla. Harry quiso devolverle la ofensa pero Snape cortó el asunto de raíz.
- ¡Si quieren aprobar esta clase deberán trabajar juntos!- bramó de pronto- Si no pueden actuar como adultos entonces les sugiero que olviden su diploma. No siempre trabajarán con quien les agrade en el mundo real.- Harry pudo detectar una leve sonrisa de malicia en los labios del profesor. Estaba claro que disfrutaba de la situación. A sus ojos, el descuidado perezoso con la aplicada extranjera no harían más que causarse problemas. Snape sabía que ni siquiera en clases podían coincidir en sus opiniones. Siempre debatían fuertemente sin llegar a ningún consenso. Era su forma retorcida de matar dos pájaros de un sólo tiro.

La clase finalizó entre el bullicio de mesas y sillas. Harry reparó que le dolía la cabeza sabiendo de antemano que era debido a la cerveza y al desvelo de la noche anterior. Trato de enfocarse solamente en su rabia dirigiendo sus pasos hacia la chica castaña que se escabullía por los pasillos, abrazada a sus gordos libros de mil hojas. Era algo extraño para él. Observarla desde la ventana de su apartamento lo llevaba a pensar que se trataba de otra persona, no esa muchacha inglesa, estudiosa, de excelentes referencias académicas que por lo visto estaba más devastada que él ante la asignación. No la culpó. Ni siquiera él mismo se habría escogido como compañero de proyecto. Cuando le dio alcance al fin, Hermione se volteó con rapidez, casi como un contrincante en duelo que temía dar la espalda. Harry no pudo evitar recular un paso antes de hablar.

- Oye, sé que es una mierda el que nos hayan asignado juntos- comenzó tratando de sonar tan fastidiado como lo reflejaba ella en su rostro- Pero no tienes por qué ser tan grosera.
- Debe ser conveniente para ti, ¿no?- recriminó injustamente. Harry alzó ambas cejas- Ni te creas que trabajaré por los dos mientras que tú pierdes el tiempo como un vago al que no le importa graduarse.
- Claro que me importa- al defenderse, Hermione no le creyó ni por un segundo- Mira, Snape me odia y a ti sólo quiere importunarte porque crees que soy un incompetente. Quiere que nos llevemos pésimo y así ambos reprobar.- la chica lo oía sin bajar la guardia. Suspiró, contrariada.
- Hasta el momento, parece que no se equivoca- Harry dejó caer sus hombros. Esa extranjera parecía una muralla impenetrable. Inesperadamente, un brillo de estoicismo cruzó su mirada por un segundo y alzó su mentón antes de romper la breve pausa- Si esto no resulta, no dudes en que iré directamente con el rector Dumbledore a exigir una reasignación.
- ¿Con el rector? ¿Nada más?- rebatió el moreno, irónico- Esperaba que sólo me cortaras las bolas.- a Hermione aquello no le hizo gracia alguna.
- Te aconsejo que desde hoy tomes mucho café- y sin más que decir, ella giró sobre sus talones caminando hacia la salida de la universidad.

Hermione estaba hecha una furia. No debió quedarse dormida, no debió permitirse un paso en falso. ¿Cómo era posible que ese profesor pudiera ser tan condenadamente injusto? Ella no había hecho más que demostrar que era la mejor en el Departamento y la asigna en un proyecto con ese moreno irresponsable. ¿Acaso Severus Snape odiaba la excelencia en un alumno? Tuvo ganas de golpear a alguien en ese preciso momento, no estaba dispuesta a desperdiciar una calificación bajando su promedio. Cierto, no conocía muy bien a ese tal Harry Potter, no sabía mucho de sus capacidades ni nivel de compromiso, pero podía oler a kilómetros de distancia a los estudiantes mediocres. Con sus pasos perdidos, dio la vuelta en Amsterdam Avenueencontrándose con un pintoresco Coffehouse. La castaña no acostumbraba a beber pero necesitaba una cerveza. Ingresó al antro bajo un semblante hastiado, como quien hubiera recibido la noticia de su pena de muerte. Se acercó a la barra, dejó sus libros en el taburete vecino y llamó a la tabernera. Nymphadora Tonks la atendió, destapando una botella de Corona para su primera clienta del mediodía. Efectivamente, Hermione miró a su alrededor reparando que estaba sola. Ningún otro comensal ocupaba una mesa.

- ¿Una mañana de mierda?- le preguntó Tonks sin rodeos. La joven la miró deteniéndose unos segundos más en su colorido cabello violeta. Asintió bebiendo un trago.
- Si el que un profesor me asignara como compañero de proyecto a un pelmazo incompetente, entonces sí, fue una mañana de mierda.
- Eres británica… ¿Estudias en la Universidad de Columbia?- Hermione volvió a asentir.

La conversación entre ellas se desató con total espontaneidad, como si se conocieran de toda la vida. Tonks adoraba su acento remarcado, le hacía una pregunta tras otra sin cansarse de oírla. Fue así como se enteró que estaba en Nueva York gracias a un intercambio con la Universidad de Cambridge y que había dejado un corazón roto en Londres llamado Cormac McLaggen. Hermione se sólo se limitó a decir que era un jugador de fútbol bien acomodado, sin capacidad de amar a nadie más que a sí mismo. Tonks supo que era un tema del cual no quería hablar, por tanto lo respetó. A mitad de la plática, el pelirrojo Ron Weasley acompañado de su novia Luna Lovegood, irrumpió en el local con una ancha sonrisa colgando de sus labios. Aquel estudiante de Administración llevaba dos años de noviazgo con la muchacha de dorado cabello a su lado y al parecer tenía muy buenas noticias. Luna era una practicante de medicina. Había egresado hacía tan sólo un semestre y ya cumplía turnos exhaustivos en el hospital Lenox Hill ubicado al este de la ciudad. Al ver a Hermione sentada en la barra y presentarse, una extraña sensación de familiaridad la azotó, no dudó en que se convertirían en grandes amigas en poco tiempo.

- ¿Y Harry? ¿No ha venido?- quiso saber Ron. Tonks negó con la cabeza.
- ¿Harry? No se apellida Potter ¿verdad?- preguntó Hermione enarcando sus cejas.
- Sí, el mismo, ¿por qué?- la tabernera con sólo ver la descomposición en su rostro supo la respuesta. Comenzó a reír- ¿Él es el pelmazo incompetente del que me hablaste?- la castaña rodó sus ojos, fastidiada. Ron y Luna se contagiaron de las carcajadas.
- Es un vago, se durmió en el seminario de Remus J. Lupin justo cuando yo estaba hablando. Es un impertinente, maleducado.
- Harry ha estado distraído últimamente, pero no es un mal alumno, de hecho es bastante talentoso y dedicado- lo defendió el pelirrojo.
- Ver para creer- sentenció Hermione pagando la cerveza y despidiéndose de los jóvenes tras agradecer la charla.


Ginny Weasley era una chica atrevida y sin pelos en la lengua. A un año de graduarse de periodismo, la muchacha de encendido cabello rojo daba muestras de verdadera vocación a la hora de ser aguda y analítica. A ella, al igual que al resto de sus amigos, le atraían mucho las carreras en motocicletas. Siempre asistía para animar a Harry y ver a los corredores que participaban. Tenía la intención de escribir sobre aquellos encuentros pero como aún no eran legales no podía ponerlos en evidencia. Soñaba con ser cronista de esas carreras y esperaba algún día sacarlas a la luz plasmadas en páginas de un periódico o alguna revista para aficionados. Esa pasión que llenaba su cabeza era una de las cosas que a Neville Longbottom le encantaban. Adoraba su ímpetu y nivel de entrega. La joven, por otra parte, no tenía idea de sus sentimientos, cada vez que lo veía lo trataba como a cualquiera de sus amigos, con la misma simpatía y desenfado. Neville quería decirle lo mucho que la amaba, quería encerrarla en sus brazos y hacerla suya para siempre. Sin embargo, se consideraba poca cosa al lado de quien también buscaba enamorarla, Draco Malfoy.

- ¿Realmente crees que conduciendo una motocicleta llamarás la atención de Ginny?- le preguntó un día Harry cuando le pidió que le enseñase conducir una. Neville enrojeció.
- He visto cómo le brillan los ojos en cada carrera- argumentó- No quiero que me vea como un aburrido botánico sin emoción en su vida.
- Si a mi hermana le gustaran los motociclistas ya estaría con Malfoy ¿no te parece?- le rebatió Ron pero Neville no le hizo caso alguno. No descansaría hasta lograr su cometido.

Draco Malfoy era un joven de cabello rubio platinado y ojos grises como el metal. A diferencia de los demás corredores que veían esa actividad como un pasatiempo, él buscaba perfeccionarse para un día convertirse en un verdadero profesional. También era estudiante de la universidad de Columbia en la carrera de Ingeniería y vivía en un hermoso apartamento obsequio de sus padres con vista a Central Park. Todo un niño mimado. Harry lo conocía desde la infancia y no le caía muy bien, menos cuando se enteró que al igual que Neville el rubio pretendía a Ginny. Harry quería que su amigo lo venciera pero no arriba de una motocicleta, era estúpido y arriesgado. Malfoy era demasiado bueno como para que un novato lo desafiara en la pista. Cualquiera podía darle la razón en ello.

Por otra parte, el blondo deseaba un enfrentamiento con ese rival fanático de las plantas. Sabía perfectamente que buscaba ganarle a la pelirroja y qué mejor que ridiculizarlo en una carrera. Era lógico que Longbottom anhelaba ponerse un casco y quemar llantas para salir de su imagen de nerd aburrido ante Ginny, no había otra razón. Si tenía agallas aceptaría el reto pero antes Draco tenía que organizar el enfrentamiento como era debido. No quería ganar tan fácilmente o no habría diversión alguna. Esa misma tarde, al ver que Harry terminaba de hablar con la chica nueva de Inglaterra en uno de los pasillos de la universidad, se acercó para ponerlo al tanto de sus intenciones y así involucrarlo como intermediario. Como era de esperarse, no sería fácil convencerlo.

- ¿Quieres competir contra Neville?- preguntó el moreno sin creer lo escuchado- Pero si él no sabe ni conducir una motocicleta.
- Por eso estoy hablando contigo- le respondió Malfoy bajo su aire altivo y soberbio- Enséñale, prepáralo y que gane el mejor. Sé que Longbottom también quiere competir contra mí y tú eres su amigo.
- ¿Buscas avergonzarlo?
- Puede ser, todo depende de cómo le enseñes- Harry frunció más el ceño.
- No lo haré.
- Entonces espero que no se enfade contigo cuando lo desafíe y le gane enfrente de todos- agregó con cizaña para después marcharse caminando sin prisa.

Malfoy siempre había sido así de arrogante. Como hijo único de un matrimonio adinerado, sólo tenía que abrir la boca para obtener todo lo que deseara. Por eso mismo, cuando Ginny Weasley se le metió entre ceja y ceja no hubo forma de hacerlo cambiar de parecer. Y aunque lo negara, ella se había convertido en algo más que un mero capricho. La deseaba desde el primer momento en que la vio presenciando su tercera carrera. Fue una de sus derrotas más humillantes debido a la desconcentración que la pelirroja le había significado. Supo que era la hermana menor de Ronald Weasley y lo lamentó de inmediato. Ambas familias no se soportaban. Su padre, Lucius Malfoy, era el propietario de una importante empresa de comunicaciones. A su cargo, había más de mil empleados que debido a una abrupta caída en el mercado, fueron despedidos como medida de apalear la crisis. Arthur Weasley, padre de Ron y Ginny, era uno de los socios de la empresa y no estuvo de acuerdo ante tal radical decisión. La mesa directiva, encabezada por supuesto por Lucius Malfoy, optó por prescindir también del pelirrojo despidiéndolo al poco tiempo. Desde ese momento, las relaciones de amistad y tolerancia se habrían de romper definitivamente.

- ¡Es un maldito desalmado!- bramaba Arthur con los ojos desorbitados de la rabia. Su esposa, Molly, trataba de calmarlo como en tantos otros ataques de furia contra su enemigo.
- No te pongas así, querido, las cosas pasan por algo.
- Las cosas no pasan por "algo", pasan por "alguien"- insistía.

Ginny estaba acostumbrada a esos arrebatos que su padre tenía de vez en vez. Luego de su despido hacía algunos años atrás, había conseguido salir adelante emprendiendo su propio negocio pero no existía día en que no maldijera a su ex socio cuando recordaba la injusticia. Ron se contagió de ese venenoso sentimiento llevándolo incluso a odiar a Draco como si hubiese sido él el responsable, en cambio, la joven tuvo la madurez suficiente como para separar las cosas. Sabía de la existencia de Draco pero no lo detestaba ni nada por el estilo, sólo lo evitaba lo más que pudiera. No quería problemas. En las carreras de motocicletas, trataba de ignorar el hecho de que admiraba su técnica y precisión, se mentalizaba con especial ahínco en que no era más que un pedante hijito de papá con cual esperaba jamás tener algo que ver, pero la vida daba demasiadas vueltas. Ron, al igual que Harry, soñaba con verla de la mano de Neville. Aquel chico era humilde, inteligente, bondadoso y caballero, todo lo que se podía querer de un buen cuñado. Él le insistía a su amigo en que se apresurara en declararle su amor a Ginny pero el botánico estaba aterrado. Tenía la idea fija de que la pelirroja buscaba alguien tan bravío como ella. Y no la culpaba. No tenía nada de emocionante estar con un científico encerrado en su laboratorio. Eso lo desmotivaba incluso antes de iniciar alguna táctica de cortejo. La solución para él sólo estaba en sorprenderla ganando una carrera.

Debido a esa plática molesta con Malfoy, Harry no quiso ir al Coffehouse de Tonks, prefirió visitar a su padrino, quien estaba limpiando algunos cilindros con un mugriento paño amarillo cuando entró a su taller. Harry se sentó a escasos metros para observarlo en su trabajo sin decir una palabra. Sirius sonrió. Desde que tenía quince años que hacía lo mismo. Lo acompañaba en ese lugar como si fuera un universo paralelo a la vida diaria. El silencio entre ellos no era incómodo ni insolente, sino más bien tranquilizante, una forma magnifica de compartir y perderse un rato de la locura de la ciudad. Todo lo que Harry sabía sobre motocicletas lo había aprendido de ese hombre, el mejor amigo de su padre. Se incorporó y lo ayudó en sus quehaceres. El moreno rompió el silencio gracias un bufido que soltó desde sus labios mientras sacaba la grasa de algunas bujías. Recordó la asignación de Snape, el proyecto que debía emprender y más encima con la sabelotodo inglesa que lo consideraba un desastre. Ese semestre empeoraba cada día que pasaba. Harry le contó a Sirius sobre todo eso al tiempo que apretaba un par de tuercas con más fuerza de la necesaria.

- Si quieres ser un buen Arquitecto como lo fue tu padre, deberás dejar de rezongar y ponerte a trabajar en serio- le aconsejó su padrino apuntándolo con sus dedos sucios. – No le des motivos a esa chica para que menosprecie tu esfuerzo. Demuéstrale que eres lo mejor que pudo pasarle.

Aquellas palabras finales de Sirius tendrían un significado completamente diferente al pasar de los meses, pero en ese momento Harry asintió sabiendo que su padrino tenía toda la razón. Tenía que ser un estudiante modelo. Luego de horas de conversación, el joven se fue a su apartamento entrada la noche. Debía pensar en ideas geniales para el proyecto y así avanzar en lo más complicado. Tenía varios conceptos y modelos inconclusos que podían servir como comienzo. Buscó entre sus planos tomando asiento en su enorme mesa de dibujo. Los desenrolló frente a él y los estudió con dedicación. Cuando tomó su regla para hacer mediciones, la luz que llenó la ventana al otro lado de la calle lo sacó de su concentración. Era Hermione Granger. Harry apagó su propia luz al reparar que la muchacha abría un poco las cortinas. El moreno nuevamente dejó lo que estaba haciendo por espiarla. La siguió con la mirada viendo cómo encendía el equipo de música y se servía una taza de té. Eran cerca de las diez y media por lo que eso se traducía en su diaria lectura sentada en las afueras de su apartamento. Así lo hizo. Harry notó que estaba terminando la novela que tenía entre sus manos preguntándose qué le apetecería leer después. ¿Y a ti qué te importa, idiota?, se reprochó provocando que su perro lo mirara, confundido.

No pudo negar que la chica extranjera era linda. Quizás no tenía esa hermosura abrumadora de Cho Chang, pero era linda, delicada y enigmática. Un soplo de interés lo llevó a ansiar reunirse con ella para conocerla mejor. Sin embargo, el sólo saber que era la niña mimada de uno de los mayores arquitectos de Inglaterra, lo hizo corregirse con el fastidio trepado en la espalda. De seguro se trataba de una británica de actitudes protocolares, hielo en las venas y vanidad del tamaño del mismo Big Ben. Por más que lo pensaba, no veía cómo saldrían exitosos siendo tan diferente el uno del otro. El recuerdo de Cho lo invadió por un momento. Haberla recordado lo hizo sentir una amargura conocida. Aún no entendía cómo la había perdido, tal vez no luchó por ella como debió, tal vez había sido un cobarde… la única vez que la besó seguía siendo el mejor día de su vida…

Se veía tan vulnerable empapada y con frío. Harry se quitó la chaqueta para cubrirla por los hombros y así tener la excusa de tocarla. Cho sonrió y miró la lluvia caer fuera del puente en donde se habían refugiado. Sin planearlo, ella buscó cobijo entre sus brazos sorprendiendo al muchacho. Él sintió el perfume que usaba inhalando a todo pulmón. La alejó un poco y buscó sus labios, como sediento un trago de agua. Después de unos instantes, ella se apartó notablemente arrepentida.
- No podemos hacer esto- dijo fríamente.
- ¿Por qué no?
- Porque estoy con Cedric- Harry creyó que un agujero se había abierto bajo sus pies y caía hacia un abismo interminable…

El recuerdo de Harry que mezclaba la felicidad con el dolor, fue interrumpido por Hermione, quien dejó de leer para entrar por la ventana y quitarse la camiseta que llevaba puesta. El joven quedó boquiabierto ante ese cuerpo tan bien formado. Se acercó más al vidrio sintiendo el frío del cristal en su frente. Era evidente que su vecina se preparaba para darse un baño comenzando a desvestirse en el camino y aquello lo tomó desprevenido. Tragó saliva cuando rodó su mirada por cada curva descubierta en ella. Le resultó increíble que tras ese manto de la estudiosa extranjera, se ocultaba una mujer bastante atractiva y tonificada. Fue la primera vez que algo se interponía en sus recuerdos de Cho de manera efectiva. El típico calor de macho en celo lo tenía postrado frente a la ventana temiendo que en sus noches solitarias acudiera a esa imagen para desahogarse. Se burló de sí mismo al pensarlo. Cuando Hermione se disponía a quitarse el sujetador, cerró la puerta del cuarto tras ella. Fue todo. Harry se sintió tan decepcionado que maldijo golpeando la mesa.

- Bueno, mejor… así no tendré por qué desconcentrarme al trabajar con ella ¿verdad?- dijo, resignado, consiguiendo un ladrido de Max como respuesta.