II

La llamada de un ángel

Hali estaba demasiado nervioso para contestar. Myyk y Karu junto con Sajyid fueron corriendo al castillo, con la firme intención de proveerse de armas. El teniente se quedó solo, frente al viejo árbol; su cara estaba muy tensa, por lo que solo se limitó a hacer una mueca desagradable, mientras que los caballos del carruaje piafaban inquietos, moviendo el transporte que tenían atrás de ellos. Y aunque todavía Karu no se recuperaba del todo, ella corrió vigorosamente como si estuviera en una maratón; Myyk jadeando estaba detrás de ella, casi pisándole los talones; y por último, Sajyid dejaba mostrar su poco talento al deporte y la razón de porque tenía un cuerpo flacucho. Al alcanzar la puerta que comunicaba la ciudad con el edificio, entraron más rápido que un correcaminos, y abordaron por el largo pasillo, donde al final de éste, se hallaba la habitación de Myyk. Pero justo a unos tres metros de la entrada a la pieza, Karu cayó al suelo, provocando que su amigo casi la aplastara; por suerte, Myyk pudo frenar a tiempo, pero entonces al pisar con sus pies el suelo, estos perdieron el equilibrio, tambaleándose peligrosamente enfrente de la sacerdotisa; entonces el joven monarca prefirió hacerse a un lado para no caer encima de Karu y, así fue.

―Estuvo cerca―expresó aliviado, hablando con una voz atemorizada; se levantó y jaló a Karu con un brazo, para cargarla a sus espaldas. Sajyid lo alcanzó, al tiempo en que Myyk tenía a la sacerdotisa en su espalda―. Apenas estas llegando―expresó impresionado, por la lentitud de su chofer.

―Si, discúlpeme, señor―su voz se escucho jadeante―. Tal vez le parezca que soy más lento que una oruga.

―No te preocupes, eso no importa―lo tranquilizó―. Vamos a mi habitación, es ésa de allí―señalo con su dedo índice de la mano derecha, la cual tenía libre, ya que era con la otra era con la que se apoyaba para sostener a su amiga.

― ¿Se desmayó? ―preguntó al ver a Karu, otra vez dormida.

―Si―afirmó, triste; entonces empezó a caminar.

― ¡Ah! ―gritó―. ¡Espéreme!

―Sajyid, necesito de toda la ayuda posible; y tú eres un buen elemento―le confesó al chofer, cuando éste último entró al cuarto―. Es probable que requiera de tus servicios como arquero―fue hacia la entrada, y la cerró rápidamente.

―Su majestad―le confesó perplejo―. Este… ¿Cómo sabe…?

―No soy tan olvidadizo con los trabajadores del reino―interrumpió abruptamente, ante la sorpresa de Sajyid―. Sé que antes de todo esto fuiste uno de los mejores arqueros que he visto. De hecho, tú me ayudaste a salvar a los sobrevivientes de ciudad Arcoíris.

― ¿Se acuerda de eso? ―preguntó con curiosidad, ante el impacto que recibió. El chofer nunca se esperó tanto de su rey, no podía creer que se acordará de aquellos días.

―Perfectamente, nunca se me va olvidar esa noche―su voz expresaba un dejo de amargura por tal recuerdo―. Mi hermano murió en esa batalla, claramente lo recuerdo.

Esa noche, aquella extraña población nos invadió, aprovechándose de nuestra desgracia. No sé a ciencia cierta que querían, pero parecía como si esperaran a que estuviéramos debilitados para poder atacar. Suena lógico, ¿no? Lo que no me suena congruente era su verdadero objetivo, dudo mucho que solo quieran el reino porque sí.

―Sí, su majestad―asintió, moviéndose con suavidad y tristeza al recordar aquel momento tan penoso―. Yo lo vi… ―respiró hondo―. Morir. Trate de ayudarlo, pero cuando llegue a él, no podía hacer nada―movió sus ojos, hasta que estos se toparon con el suelo―. Fue por eso por lo que deje de ser un soldado, me sentía tan decepcionado de mi mismo al no ayudar a un hombre para salvarle la vida.

―No tienes porque sentirte culpable, de alguna forma yo soy el responsable de su muerte―se sentó en el respaldo de su cama y descanso sus brazos al dejar a Karu a lado de él―. Si yo no hubiera requerido de su ayuda, si yo hubiera sido más fuerte como ahora. Tal vez esté vivo, en fin él era el que tenía que ser el rey y no yo.

―Pero también pudo haber muerto en el cargo de rey, así que no se culpe, señor―anunció y tomo asiento en una silla vacía que estaba a su izquierda.

―Entonces, ¿me vas a ayudar? ―cuestionó al hombre, fulminándolo con la mirada.

―Su majestad, no es por ser pesimista―comenzó a decir―; pero llevó más de dos años fuera de ese puesto, no tengo condición. ¿No me vio como estaba hace un momento? Un arquero necesita ser fuerte en ese sentido; para poder correr, esquivar, y dar golpes a los enemigos…

―Eso no importa―le espetó, Sajyid dejó de balbucear―. Ahora es más importante la seguridad del reino. Karel nos necesita, Sajyid. Por favor, ayúdame a mantenerlo a salvo.

Sajyid se quedo callado por unos infernales segundos, después abrió la boca para hablar, pero no articulo sonido alguno; simplemente asistió, resignado.

―Gracias por confiar en mí―por primera vez desde que llegó a ciudad Celestial, Myyk mostró su sonrisa.

―Señor, usted piensa…―empezó a decir para cambiar de tema de conversación―. Que fue uno de los nuestros quien les abrió las puertas a esos invasores para que nos atacaran, de improviso. Quiero decir que se me hace raro que en ciudad Victoria no haya nadie, y según le reportaron sobre la existencia de una pequeña comunidad de personas habitando todavía el lugar; en pocas palabras, lo querían era tenerlo lejos para empezar con su jugada.

―Sí, eso mismo pienso yo―su cara se contorsiono a una mueca de enojo―. Alguien me vio la cara, pero ¿Por qué? ¿Quién es ese traidor?

― ¿Qué piensa hacer? ―cuestionó― ¿Cómo va a mantener a la población a salvo?

―Eso voy a ver ahora, pero primero tenía que hablar contigo y con Karu―se fijo en la sacerdotisa algo decepcionado―; pero por lo visto, con ella hablaré después―se levantó y fue a su viejo armario para vestirse―. Tengo que salir, Sajyid. Puedes cuidar de ella―le pidió amablemente a su servidor, el aceptó. Terminó de ponerse una playera gruesa y apretada de color negro; después se reforzó su armadura y se dirigió a la salida; con espada en mano.

Pero justo cuando estaba a unos palmos de la puerta de madera vieja y gruesa, ésta se abrió inesperadamente, Myyk tuvo que retroceder para no estrellarse contra ella. Hali entró agitado, caminando lo más rápido que le permitía su uniforme.

― ¡La puerta está abierta, la han forzado! ―exclamó desesperado.

― ¿QUÉ?

El grito del rey sonó como si hubiera sido una explosión; Karu despertó de un brinco al oírlo y se dio cuenta de lo que pasaba al instante.

― ¡ESTÁS BROMEANDO, HALI! ¡ESO NO ES POSIBLE, SABES PERFECTAMENTE QUE TIENES QUE CUIDAR LAS ENTRADAS CUANDO OCURRE ALGO DE ESTA MAGNITUD!

―Lo siento, su majestad. No estuvo a mi alcance.

― ¡POR SUPUESTO QUE ESTUVO A TU ALCANCE! ¡TÚ ERES EL JEFÉ DE TODA MI GUARDIA!

Karu nunca había visto tan enojado a su amigo; con ella siempre se enfadaba y, de hecho tal gesto era común en él, era como su forma de demostrarle su cariño; pero no tanto como lo que estaba viendo. Pasmada, sin producir ningún sonido, mirando asustada al también perplejo Sajyid.

―Señor, no se enoje conmigo―pronunció con nerviosismo.

Pero la cólera de Myyk llegó a un punto peligroso de tratar; pues empuño su mano derecha y la dirigió a una velocidad increíble a la cara del teniente. El hombre cayó estrepitosamente al suelo, su brazo izquierdo se escucho crujir cuando la armadura morada del hombre se estampó ruidosamente contra el empedrado.

― ¡TU ERROR ES IMPERDONABLE, HALI! ¡AUNQUE SEAS TATARANIETO DE ANA, NO VOY A TOLERAR OTRO EQUIVOCACIÓN COMO ÉSTA! ¡ESTÁS DESPEDIDO! ―gruño con una voz tan potente como un cañonazo.

El rey salió de la habitación a grandes zancadas, rumbo a la puerta principal del castillo. Hali siguió chillando de dolor, puesto que tenía la nariz y el brazo izquierdo rotos. Karu se apresuró a alcanzar a Myyk; no paraba de pensar lo que pasaría, si se dejaba llevar de esa manera con los enemigos. Corrió (aunque estaba débil para hacerlo) y visualizó de cerca a los invasores, quienes iban entrando uno a uno por un pequeño hueco que había en la puerta derecha de la entrada principal. Apretó más el paso, alcanzándolo por fin en el pasillo que los separaba de la puerta de salida del castillo, y que cruzaba con el pasillo que los llevaba a Ciudad Celestial.

― ¡Poder del fuego, ilumíname! ―exclamó al tiempo que corría para estar pareja con Myyk; y un lazo de fuego salió de su mano, lo azotó lo más fuerte que podía; alcanzándole a dar a tres bandidos―. ¡No hay nadie que nos apoye!

Su compañero no le contestó, simplemente apuntó a su izquierda:

― ¡Scutum foris! ―gritó, Karu comprendió que estaba sellando la puerta que conducía a la ciudad para que nadie saliera ni entrara.

Karu volteó la cabeza para ver la puerta principal, donde más gente entraba por el agujero. Triste y con los ojos llorosos, se volvió otra vez a Myyk, pero él no la miraba: estaba muy atento a los movimientos del enemigo; entonces ella también lo hizo. Su entrecejo se frunció y al verlos fijamente, su rostro expresaba repugnancia (por el aspecto que tenían; pues eran más parecidos a una rata muerta que a un ser humano).

―Yo puedo solo, Karu―confesó, ella no le hizo caso; porque rápidamente atacó a otro con una flecha de luz (que se accionó de un arco invisible que sostenía con sus dos manos).

Myyk se distrajo al darse cuenta que realmente no le prestaba atención.

― ¡Vete, Karu! ¡No quiero verte mal! ―ésta continuó sin hacerle caso a sus advertencias, pues tuvo que defenderse de un hechizo de fuego con una oleada de agua que salió de sus dos manos (posicionadas en el pecho).

Otra flecha, ésta vez común y corriente, se unió a la batalla. Era Sajyid, quien tenía un reluciente arco de plata y un carcaj color bronce puesto en su hombro derecho. El proyectil le dio directamente en el corazón a un demonio, quien murió instantemente. Lo que demostraba que aun tenía talento como arquero. Karu se impresionó, pues no sabía que el chofer del rey tuviera habilidad alguna con un arco y una flecha.

―Señor, vine a ayudar. Ya que usted me lo acaba de pedir, no puedo dejarlo solo por nada del mundo―le explicó; su flacucho cuerpo se dirigió a su jefe.

―Quédate ahí―le ordeno―. Tú eres hábil disparando de lejos, por eso no quiero que te expongas; por ahora es preferible estar alejados de ellos.

―De acuerdo―comentó y paró bruscamente.

Vio a Karu y con una expresión de resignación, no le dijo ni una palabra más; el monarca tenía que admitir que la sacerdotisa, era de mucha ayuda en esos momentos; pues no tardarían en entrar más y más invasores al castillo. Al menos estaba tranquilo de haberse asegurado de que los habitantes estuvieran encerrados en la ciudad.

― ¡Cuando dé la orden, atacan! ―les gritó tanto a Karu como a Sajyid―. ¡Tres! ¡Dos!... ¡Ya! ―al decir esto, tres hechizos salieron disparados; Karu repitió el del lazo de fuego; mientras que Sajyid volvió a proyectar otra flecha al aire, dándole de nuevo a otro, esta vez en el ojo derecho. Por su parte, Myyk se dedico a mandarles ondas de aire para alejarlos lo más que pudiera.

Por más que los tres intentaban repeler al bando enemigo, pareciera como si éste tuviera con más fuerza la intención de invadirlos. Myyk estaba desesperado, en poco tiempo iban a caer; su mente se estaba frustrando al no poder pensar en nada lo suficientemente bueno, para que resultaran victoriosos. Sajyid y Karu seguían atacando a los otros, mientras que éste dejo de hacerlo; para su desgracia, los bandidos notaron este detalle y decidieron lanzarse contra él.

― ¡Myyk, reacciona! ―desesperada le dijo al rey, que todavía estaba sumido en su ensimismamiento―. ¡MYYK! ¡MYYK!

Pero para cuando éste le hizo caso, era demasiado tarde. Karu se apresuró a estar frente a él, dispuesta a recibir el daño que los otros le querían hacer a Myyk con flechas y piedras. Pensó en tres segundos lo que debía hacer, y actuó: agarró a Karu por los hombros, la empujó hacia él, y se volteo con ella, dándole la espalda al enemigo para recibir el impacto; mientras que la sacerdotisa estaba bajo su inmenso y fornido cuerpo, solo sintiendo el latir de su corazón que se convertía en una bomba, entonces puso sus ojos en los de él, lo miró, notó que estaba sudando y que sus mejillas estaban un tanto encendidas. Él tenía el mismo aspecto, sólo que en esa ocasión no le dirigió una mirada de reproche (como acostumbraba cuando la salvaba en anteriores ocasiones, en su infancia), esta vez parecía dispuesto a no permitir que nadie más muriera por su culpa. Tras momentos angustiosos, en los que Myyk le sirvió de escudo a Karu; se oyeron varios golpes de flecha en la espalda del chico. Ella lo miró horrorizada y tocó su mano derecha, como si con eso le fuera a salvar la vida; en cambio Myyk empezó a echarse para adelante.

― ¡MYYK! ―gritó desgarradoramente la sacerdotisa― ¡NO!

―Karu no te preocupes, no es nada grave… ―y cayó encima del hombro derecho de la chica, que sollozaba como una loca.

―Señorita Karu―comenzó Sajyid―. No se preocupe, no es mortal.

Un monstruo con pústulas en las manos y en los pies descalzos, se alzó al aire encima de Karu y de Myyk; ella se vio forzada a defenderse con su mano izquierda.

― ¡Lux totalis! ―conjuró, una gran esfera de luz del tamaño de su cuerpo rebotó en contra de aquella cosa negra, que no tenia rostro definido y que destilaba un aura negra. De inmediato, salió corriendo del lugar y, no fue la única; la gran bola de un blanco amarillo se extendió por todo el vestíbulo del castillo. Todos se fueron despavoridos, como si esa cosa fuera mortal para ellos. Sajyid, impresionado, fue hacia la sacerdotisa (que tenía a Myyk encima de ella).

― ¡Fue una suerte de que haya lanzado usted ese hechizo! ¡Tarde o temprano nos iban a vencer! ―admitió; sorprendido en lo que retiraba cuidadosamente el cuerpo inerte de Myyk, sin embargo la chica aún tenía lágrimas en los ojos.

― ¡Myyk! ¡Myyk! ¡Myyk! ―exclamó, cuando el chofer le quito de encima a su amigo, poniéndolo a su lado, acostado en el piso; entonces se enderezó para quedar sentada al lado de él.

―Le repito que no le paso nada grave, nada mortal―comentó Sajyid, exasperado; para hacerse notar.

―Entonces, ¿Por qué no reacciona? ―desesperada, le alzo la voz al chofer.

―Es que esta vez, recibió muchos proyectiles. Y debo admitir, que el rey Myyk no resiste tanto―un dejo de pesadez expresó su cara.

― ¿Ah, sí? ―dijo sin poder creerlo―. Sé más explicito―las lágrimas recorrían sus delgadas mejillas, aunque lo miró con ojos desafiantes.

―Me refiero a que el rey Myyk posee un talento natural, un don con el que ha nacido; usted debería saberlo. Su piel… señorita. ¿Ha notado que es más dura de lo normal? ―Karu lo afirmó con un gesto de la cabeza, de repente su cara se puso roja―. Su piel es tan dura como una roca, evitando que él pueda sufrir alguna herida por esa vía. Por lo cual, si alguien quiere matarlo, no podrá hacerlo de esa forma: lanzándole cualquier cosa que implique contacto con su piel. Aunque como acaba de ver, su don tiene ciertos límites.

Karu se relajó ante la explicación. ¿Cómo pudo no darse cuenta antes de que esa piel dura tuviera sus ventajas? A parte de las que ella creía e imaginaba. Después de lo que Sajyid le menciono, la chica no volvió llorar, pero si se encargo de Myyk. Entre ella y Sajyid lo trasladaron a su cuarto, aún inconsciente.

Mientras lo que ocurría en el mundo exterior se tornaba preocupante, pues estaban a un punto de invadir Karel; en los sueños de Myyk era otra cosa, ese mundo era el que más anhelaba, lleno de paz y felicidad, sus seres queridos estando con él: su hermano, sus padres y sobre todo Karu, por supuesto que Sajyid no se quedaba atrás. Era perfecto, y de querer, no volvería a despertase jamás con tan solo probar de aquella sensación tan grande e incuantificable que le fue quitada, a partir de la muerte de sus padres.

Entonces mientras todos esos reflejos se posaban ante él, hubo otro más; pero éste, no era conocido por Myyk. No había visto nunca a un ángel tan hermoso como aquel; el ser vestía una túnica larga de color blanco y sus alas doradas se posaron frente al rey: eran tan deslumbrantes que Myyk creía quedarse ciego después de haberlo visto. Su cara reflejaba rasgos tanto de hombre como de mujer; se le quedo mirando por un largo tiempo, hasta que la divina criatura habló:

― ¡Myyk Shitsureina! ―comenzó aquella voz suave, tan legible y potente como una nota musical― ¡Encuentra el equilibrio a los turbios momentos que el universo experimentará! ¡Un peligro mortal amenaza a tu mundo junto con los demás y, únicamente tú puedes traer a las personas correctas a salvarlo! ¡Ve y encuentra a los tres Elegidos! ¡Ellos están en una dimensión paralela a está, da con ellos…! ¡No sólo protegen Karel, por un motivo especial lograron atravesar su poder…! Myyk… ―un sonido distinto al de su extraordinario canto, se escuchó salir de su boca. Entonces…

Todo se desvaneció, al oír nuevamente a esa voz decir su nombre. Pero el rey seguía sin contestar; a pesar de que no había sueño alguno y consciente de que estaba tumbado en una cama. Decidió seguir teniendo los ojos cerrados, meditando lo que acababa de presenciar.

"Piensa―se dijo mientras se adentraba a su mente, sin abrir los ojos―. ¿Qué quiere decir esto?"

―Myyk…

― "¿Quién era ese ángel?" ―se preguntó así mismo, sin mover los labios―. Entonces, puede ser esa la razón del porque estamos tan mal, un peligro mortal vendrá a amenazarnos, y… no sólo a nosotros. En cambio, los tres Elegidos encarnaron en otro lugar, pero… ¿Por qué? ¿Por qué allá y no aquí en donde se supone que es su casa?

― ¡Myyk! ¡Despierta, por favor! ―decía la misma voz que lo sacó de sus sueños―. ¡Ves, Sajyid! ¡Es más grave de lo que piensas!

―Señorita, por favor; trate de no alterarse y dejémoslo descansar―anunció una voz de hombre, temerosamente. Entonces Myyk al escuchar lo que decía aquella voz, abrió los ojos; se fijo que estaba acostado en su cama y que Sajyid y Karu rodeaban su cama de la parte de adelante (en ambos lados). Karu estaba muy nerviosa y alterada; el rey pudo percibir que había llorado durante el tiempo en el que permaneció desmayado―. ¡Señor! ¡No despierte, necesita descansar un poco! ¡Últimamente ha estado muy cansado! ―Le dijo inmediatamente, al notar a su jefe consciente.

―Nada de eso―dijo débil, apenas podía hablar―. ¿Qué paso con todas las flechas que me impactaron? ―los cuestionó al recordar como defendía a su amiga―. Tengo la sensación de que no causaron ningún daño, simplemente hicieron que perdiera el equilibrio―explicó lentamente, aquella nota de debilidad se reflejaba todavía en su voz.

―Sajyid te las quitó cuando nos dispusimos a traerte―Karu se seco las lagrimas con la manga de su imperioso vestido.

―No llores, Karu―contestó Myyk, impasible―. Estoy bien―al decirlo, taladró con su mirada a los ojos de la sacerdotisa; quien se quedó petrificada al darse cuenta de eso―. Díganme, entonces… ¿Qué paso con Hali? ―preguntó con pesadez. El vivo recuerdo de su incompetente trabajador, le causaba una sensación de ira en el estomago.

―Se fue, señor―comentó Sajyid, antes de que Karu se atreviera a decirlo―. No puso objeción alguna a su despido; pero debo comentar que aunque se retiro del castillo tranquilamente, había una cosa en él que no me gusto nada.

―Dos paladines lo ayudaron; pues como sabrás le rompiste la nariz, un brazo y es probable que también una pierna―reprochó―. No debiste tratarlo de esa forma, Myyk. Solo fue una equi…

― ¡No, Karu! ―la interrumpió con enfado―. Dudo mucho que haya sido un error. Además si lo fue o no, no tiene perdón. Hali nos expuso a todos.

― ¿Qué estás insinuando? ―exclamó la chica con una cara de reprobación―. ¿Quieres decir que Hali nos traicionó? ¡Eso es imposible, Myyk, no lo creo tan cobarde como para hacerlo!

―No seas tan ingenua―ahora su voz expuso la rabia que tenía adentro, disimulándola con esfuerzo―. Tú sabes muy bien que las personas no siempre pueden comportarse de la misma manera; hay situaciones que los incitan a actuar de manera distinta a lo habitual. Cada persona puede cambiar de bando cuando le dé la gana.

―Aunque por suerte no lo sabemos con certeza―Sajyid intervino y alzo las cejas―. Por lo menos le podemos dar el beneficio de la duda.

―En eso tienes razón, no sabemos si realmente nos traicionó―concluyó Myyk, resignado―. Pero de todas formas, alguien nos quiso despistar para dejarle el camino libre al enemigo.

―Eso también está en duda, Myyk―comento Karu.

―Pero no pueden negar que es probable.

Sus amigos compartieron miradas afligidas con su suposición; con el fin de cambiar de tema, su chofer habló con tono de suplica:

―Por favor, trate de descansar, señor. Todo esto lo ha agobiado mucho.

―Por el momento no pasa nada, trata de relajarte, Myyk.

―Nosotros lo cuidaremos. De hecho ya pedimos permiso a los paladines para que nos dejen estar aquí.

Karu embozó una sonrisa, como si tales palabras la reconfortaran.

―En ese caso, debería considerar la decisión de convertirlos también en mis paladines―dijo con sarcasmo, Myyk―. Serían la guardia personal del rey perfecta.

―Si como no―contestó la sacerdotisa, imprimiendo una cara de resignación que acompañaba con sus ojos entrecerrados.

― ¡Si, señor! ―exclamó Sajyid, alegre, con la intención de darle un poco de alegría a toda esa situación.

Myyk también sonrió por el hecho de ver a su chofer muy contento y a su amiga un poco enfadada al ver la "inmadurez" de aquellos dos. Después de horas de conversación con sus dos mejores amigos y aliados, el rey decidió volver a recostarse; pero ni Sajyid ni Karu se fueron. Preocupados tal vez porque recayera, por lo cual parecían haber decidido cuidarlo todo el tiempo. ¿Era por qué sentían que los volverían a atacar y de esa forma avisarle? Aquella duda lo carcomía por dentro, haciendo que no conciliara el sueño.

―Myyk, duerme―ordenó, Karu, que seguía en el mismo asiento junto a su cama―. Tienes que descansar―entonces posó una mano en su hombro izquierdo; pues el chico estaba recostado sobre su costado derecho, dándole la cara a Karu y la espalda a Sajyid. Myyk no hizo gesto alguno ante la acción de la sacerdotisa, gracias a la cual le aportaba su cariño y apoyo―. Myyk, por favor, no hagas que me preocupe más―Karu parecía estar aterrorizada por su comportamiento inerte, porque tenía los ojos muy abiertos.

―No te preocupes, es que no tengo sueño―dijo Myyk cuando vio tan preocupada a la chica―. Sólo es que… ¿Por qué no se van? Yo voy a estar muy bien―se volvió a acostar boca arriba para verlos a los dos. Karu quitó su mano de su hombro; pero después la volvió a posar en su cabeza, frotándola suavemente.

―Ya te dijimos que es porque queremos cuidarte, nada más. Por eso les pedimos permiso a los paladines.

―Y a parte, también por otro problema; no debemos negárselo.

― ¡Sajyid! No creo que sea la ocasión.

―Si, dilo―ordenó Myyk.

―No creo que sea lo más prudente, tal vez te si…

―Continua, Sajyid―interrumpió sin prestarle atención.

―Bueno, señor. No quiero que se ofenda, pero la puerta de entrada a ciudad Celestial sigue estando sellada por el hechizo que le aplico. Nadie puede entrar ni sa…

― ¡Ya basta! ―espetó Karu―. ¿Acaso quieres hacerlo sentir mal?

―No, señorita; pero debemos ser completamente sinceros.

―Al decir la verdad también se procura hacerlo en la mejor forma posible―aclaró la sacerdotisa―. Además a mi no me importa quedarme en el cas…

―Si ese es el problema―volvió a interrumpir cortantemente a Karu―, pues deja abrir y fin de la discusión―empezó a levantarse, pero las manos de Karu y Sajyid lo retuvieron por el pecho―. ¿Qué ocurre? ¿No es ese su problema? Por eso están aquí, ¿no?

Myyk hubiera preferido no haber hecho ese comentario, pues la respuesta claramente le dolía. El quería hacerse a la idea de que estaban con él, porque lo estimaban y se sentían preocupados por su estado. Aquel comentario lo hizo sentir culpable de obligarlos a cuidarlo; pero más que esa culpa venenosa y maldita, se sentía herido. ¿Realmente les importaba a ellos él, como él a ellos?

― ¡No voy a permitirlo! ―Karu había aferrado tanto su mano en el pecho del chico que a éste se le empezó a dormir―. ¡Gracias, Sajyid, por confesarle! ―se volvió hacia el chofer, después regresó su mirada al rostro de Myyk― ¡Myyk, en verdad no importa! ¡De hecho a mi no me importa regresar al Santuario esta noche! ¡No te sientas culpable, créeme que estando aquí me sentiré mejor que en ningún otro lado! ―su mirada siguió chocando con la del rey―. ¡Así que si es eso lo que te molesta y por eso no duermes; vételo quitando de la cabeza!

―Señor, perdóneme. Fui un imprudente, no debí decírselo―confesó, el chofer―. Mi intención no era hacerle sentir mal, simplemente tenía que informárselo. Además concuerdo con la señorita Karu, prefiero estar aquí con usted que en mi casa.

Aquellas palabras hicieron que Myyk desistiera de su esfuerzo para salir de la habitación, en sí, fue el mejor antídoto para quitarle aquel veneno que había invadido su cuerpo; Karu y Sajyid estaban ahí por su cuenta, porque estaban preocupados por él y no porque se vieran obligados. Y poco a poco las manos de los dos chicos se fueron alivianando hasta que Myyk volvió a caer en la cama.

― ¿Y ustedes en donde van a dormir?

―No te preocupes también por eso. En este mismo momento vamos a traer dos camas de los cuartos de huéspedes.

―Esperemos que cuando regresemos, usted ya este dormido.

―Así que… ―Karu se levantó de su silla y fue hacia su amigo―. Buenas noches―la chica seguía agitada, todavía se veía alterada por lo ocurrido momentos atrás; pero continúo y se agachó. Le dio un beso en la dura y picosa mejilla; yéndose poco después.

El rey cerró los ojos y, esta vez no le costó mucho trabajo dormirse.

A la mañana siguiente, Myyk se despertó exaltado; había tenido el mismo sueño que el de la tarde anterior. Al despegarse de la almohada, se incorporó y miró a sus amigos acostados en dos camas alrededor de la de él. Estaba lleno de un sudor frio, que lo recorría de pies a cabeza, haciendo que su ropa se pegara a su cuerpo como si acabara de salir del agua. Se descobijo y dispuso a levantarse, cuando hubo alcanzado los zapatos negros del lado derecho de la cama; al ponérselos, fue en dirección a la vieja puerta de madera de la entrada. Antes de llegar a los pies de su lecho, volteo a la derecha: Karu dormía plácidamente de costado, dándole la cara a donde hacía unos minutos, Myyk estaba acostado; rápidamente éste advirtió que la chica lo había cuidado durante la madrugada. Avanzó y al llegar a la salida, se acordó del sello que tenía la entrada al pueblo; por lo que de forma veloz, caminó a grandes zancadas por el gran pasillo que conectaba la entrada principal con la de ciudad Celestial. Estando enfrente de la puerta, sus manos fueron hacia el duro roble y conjuró de nuevo el hechizo para deshacerlo. Sigilosamente abrió las puertas; al terminar, se encontró con decenas de personas ansiosas que estaban apiñadas frente a la entrada; muchas otras, asomaron sus cabezas por las ventanas de sus casas, cuando repararon en que la salida se encontraba desbloqueada. Todos estaban impresionados ante el hecho, Myyk sabía que ellos comprendían la situación y el hecho de haberlos dejado encerrados, fue una medida de seguridad que se vio obligado a efectuar para que nadie saliera lastimado.

Y tuvo razón, porque poco después cada uno de los habitantes que estaban atentos a la puerta (fácilmente tres cuartos de la población) le aplaudió al momento de entrar.

―Gracias, pero no, de verdad no tienen que hacerlo―los habitantes seguían aplaudiendo, mientras que Myyk hablaba fuerte y claro para que todos los escucharan―. De verdad… ―la gente se fue callando, hasta que solo se oyeron a lo lejos unos débiles vítores―. Les debo una disculpa, pues debo confesar que debí de haber abierto la puerta desde hace horas; pero fui atacado, lo que me imposibilitó el venir tras la retirada de los invasores―la población hizo sonidos de preocupación y de alegría que unos continuaron con una leve ovación. Muchos gritaban también sus dudas acerca de lo que ocurrió la tarde anterior―. Les contestare todo lo que quieran, antes déjenme decirles que por el momento todo peligro ha pasado. Eso sí, me veo obligado a decirles que deben tener la mayor precaución; ayer tuvimos suerte, pero nadie sabe cuándo volvería a pasar.

Con esa breve explicación y más que nada consejo, empezó a dar detalles de lo sucedido el día anterior. Todo el pueblo, absolutamente todos los habitantes escucharon atentos; de hecho los que todavía estaban haciendo sus trabajos, pararon un poco para escuchar a su rey. Al concluir, se alejo de los puestos cercanos a la puerta que unía el castillo con la ciudad amurallada; despidiéndose de cada persona en cuanto pasaba, atravesó el umbral para meterse de nuevo al cálido recibidor. Entonces corrió a su habitación, tenía que saber si Karu y Sajyid estaban despiertos. Pero al avanzar por los pasillos del castillo, visualizo al ángel de sus sueños; paró en seco y lo vio por unos segundos, sus ojos se fueron adormilando, aquella figura se hacía cada vez más borrosa hasta que se oscureció por completo.

Ahora Myyk alcanzó a visualizar no sólo al ángel de alas doradas; sino a otro con un aspecto muy distinto (parecía como una especie de general o soldado por la armadura que cubría su cuerpo, debajo de la túnica blanca): su cabello era castaño, tenía la misma combinación de rasgos varoniles y femeninos en la cara, la belleza que reflejaban sus ojos cafés era idéntica a los azulados del ángel dorado; la diferencia más pronunciada de aquella mística criatura eran sus deslumbrantes alas plateadas, tan reflejantes como un espejo.

―Joven Myyk Shitsureina… ―inició el ángel plateado que estaba posado al lado derecho que el otro―. ¡El mal que se avecina es realmente duro, por favor ve y encuentra a los Elegidos; no estás solo siempre tendrás ayuda de uno de nosotros! ―exclamó con la misma voz musical, característica de un ángel― ¡No solo tú te veras obligado a luchar, el Ejercito del Ci…! ¡Myyk…! ―una voz atronadora salió de la nada, haciendo que inmediatamente aquel sueño desapareciera.

Volvió a ver oscuro, significado de que simplemente estaba con los ojos cerrados; abriéndolos inmediatamente después de que la visión de los dos ángeles desapareciera. Fijo su mirada al techo del castillo, y velozmente se dio cuenta de que estaba tumbado boca arriba en el piso del pasillo donde había visto a el ángel dorado. A lo lejos, justamente por el pasillo que daba a su cuarto, dos personas se acercaban a él; una de ellas no paraba de gritar su nombre con un tono de voz muy alterado y horrorizado.

― ¡Myyk…! ¡Myyk!

― ¡Humm! ―Myyk se incorporó y, pudo observar con claridad que las personas que se acercaban, era ni más ni menos que Karu y Sajyid; que al parecer habían notado que estaba en el suelo― ¿Karu? ¿Sajyid?

― ¡Myyk!

― ¡Su majestad, vamos para allá! ¡No se levante!

― ¡Myyk! ¡Sigue allí!

― ¡Esto ahora si es preocupante, señorita! ¡El rey Myyk no suele desmayarse de esa forma!

― ¡Si, me preocupa! ―las palabras que los dos intercambiaban se podían escuchar mas allá de donde se encontraba Myyk, por lo que él pudo escuchar claramente.

― ¡Buah! ―Myyk lanzo un prolongado bostezo; sus ojos no aguantaban más, estaban tan pesados que sentía que los parpados se le caían―. Chicos, no es necesario; puedo levantarme por mi cuenta―dijo, harto de esperarlos; y lo hizo. Al estar de pie, fue a paso firme hacia ellos; pero tambaleo, sus pies fueron perdiendo equilibrio, los parpados estaban tan pesados que no los soportaba, cerrando los ojos para no sufrir tal agonía.

Alcanzó a oír un grito de terror, pero no le importó; solo sintió como el aire se lo llevaba de nuevo por las nubes. ¿Estaba volando? No lo sabía, pero así parecía. Paró en seco, y de nuevo los visualizo; eran los dos ángeles: el de alas plateadas y el otro de doradas.

―Veo que hubo un inconveniente que nos interrumpió―aclaró el de alas doradas―. Sentimos mucho hacerte esto más seguido, pero es necesario―su voz resalto como una nota musical. Tal belleza cautivaba a Myyk que los miraba ansioso.

― ¡Myyk Shitsureina! ¡Para ser más breves y evitar interrupciones, iremos al grano! ―continuó el otro de alas plateadas con armadura― ¡Simplemente, insiste en buscar a los Elegidos, ese es tu deber si quieres proteger todo lo que te rodea! ¡Hay un método que tu raza sabe para ir a ese lugar!

― ¿Qué lugar? ―pregunto al fin Myyk, pues desde ayer quería hacerlo―. ¿A que se refieren con que el universo está en peligro? ¿Qué es ese mal? ―su voz grave resonó en el cielo.

―El planeta azul, fuente de toda vida, en donde hay cosas extraordinarias que su población se niega a ver con facilidad. Sigue el método de tu gente para llegar a ese maravilloso mundo―intervino el ángel dorado, pero Myyk continuo sin entender.

―Y hablando de ese mal, es como su nombre lo dice, eso―el ángel militar hizo un gesto de desesperación―. Lo peor que te puedas imaginar.

―Te pedimos de favor que vayas lo más rápido.

―El mal acecha a tu raza, y perseguirá también a la de los chicos Elegidos.

―Ve, muy pronto nos encontraras.

―En tu viaje, quizá encuentres a uno de los nuestros―guiño un ojo, el ángel con aspecto de soldado; aleteo sus alas junto con el otro, marchándose, haciendo que el ruido que provocaban sus alas al agitarlas en el viento también sonara como una sonora canción. Myyk pudo escuchar que tal melodía era cantada por aquellos ángeles:

"Una voz lejana me guía, como si sonriera…"

Todo volvió a aclararse, los ojos los tenía muy llorosos y notó que el sudor que había padecido al despertarse había regresado. Consideraba que era demasiado tener cuatro visiones en menos de dos días, eso indicaba que era muy urgente ir a aquel pueblo o planeta. Karu estaba echada encima de él, y no paraba de sollozar, lo apretaba tanto que a Myyk le costaba hablar para anunciar que está perfectamente.

―Señorita Karu ¡Ha despertado!

― ¿Eh? ―la sacerdotisa se alejó un poco para verlo y, efectivamente comprobó que estaba consciente―. ¡Ay, Myyk! ¡Pensaba que te había ocurrido algo malo! ―sus lágrimas se asomaron por sus ojos― ¡Esta es la tercera vez que desmayas y esto nos preocupo mucho!

―Ya estoy bien, Karu―contestó para que su amiga se calmara―. Gracias por preocuparte por mí, pero ahora estoy bien.

―Señor, déjeme levantarlo―Sajyid intervino y se acerco más a su rey―. Estoy seguro que todavía no está muy dispuesto.

―Esta bien―una disimulada sonrisa asomo por sus labios―. Y aprovecho la oportunidad para contarles algo muy importante.

―Pues inmediatamente te llevamos―se apresuro Karu.

―No, señorita―negó Sajyid cuando Karu se dispuso a también ayudar a Myyk.

―Karu, por favor, solo me va a ayudar para apoyarme y caminar―Myyk expreso una mirada de preocupación y compasión a la chica.

―Si, solo lo apoyare. No es necesario que me ayude a cargarlo.

― ¿Cargarlo? Preguntó Myyk sin dar crédito a lo que decía su chofer.

― ¿No le comentamos, señor?

―Entre los dos te cargamos para acostarte en tu cuarto―Karu expresó rubor―. Antes que nada para no dejarte ahí, claro; además no había nadie, estábamos solos―se excuso.

―No importa, más bien yo debería de disculparme contigo―en eso, se levanto con la ayuda de la mano izquierda del chofer―. No debiste haber soportado mi peso, ¡qué pena! ―exclamó avergonzado.

― ¡Ah, se me olvidaba! ¡Supongo que ya abrirse la puerta para tener de nuevo acceso a la ciudad! ¿Verdad?

―Si, ¿Por qué?

― ¡En un momento regreso, tengo que hablar con mi jefe!

― ¡Ah! ―exclamó Myyk, que parecía impresionado―. Se me olvidaba que no has ido con ella desde que fuimos a ciudad Victoria.

― ¡Pero esta vez también es por otra cosa! ¡He tomado una decisión!

― ¿Cómo que has…? ―preguntó apesumbrado el chico.

―Ya te lo contare mas tarde. Nos vemos―y después puso sus ojos en el chofer que ayudaba a Myyk a caminar―. Nos vemos, Sajyid.

―Adelante, señorita―asintió―. Más tarde tendremos ocasión de discutir.

― ¿Discutir qué? ―Myyk estaba ansioso por saber que traían entre manos aquellos dos―. ¿Qué ocurre, Sajyid?

―Vera, señor. Yo y la señorita Karu hemos discutido acerca de un tema que por el momento no quiere que le digamos―explicó lentamente―. Pero eso sí, le puedo asegurar que le va a interesar mucho; además tiene que ver con lo que la señorita va a hacer ahora.

―Espero que no sea nada grave―el chico adoptó un tono de decepción al no saber lo que iba a hacer Karu con su jefe.

―Por supuesto que no lo es, señor. Tengo la intuición de que por lo menos lo impresionara.

―Bueno, ya casi llegamos. Podre comentarle lo que me ha estado pasando.

― ¿Y la señorita Karu?

―Ya se lo diré cuando llegue.

Los dos viajaron por el largo y amplio pasillo, lleno de habitaciones, salas y demás pasillos que se conectaba a escaleras para subir a la planta alta. Entraron, se sentaron en dos sillas de madera que estaban alrededor de la mesa (la cual Myyk usaba muy poco, ya que normalmente en ella era en donde comía) y el rey con un aspecto un poco temeroso empezó a contarle toda la historia a su chofer, quien oía atento.

―Señor, eso es muy impresionante―opinó el empleado cuando Myyk hubo terminado.

―Creo más bien que es extraño―aclaró haciendo una mueca de completa resignación―. A nadie le ha ocurrido algo parecido, no creo que en toda esta ciudad haya una persona que sueñe con ángeles.

―Yo pienso que debería de tomárselo en serio―aseguró―. Créame que es importante, si insisten tanto debe de serlo.

―Pues si lo creo muy importante, pero no sé cómo responder―se levantó de su silla y fue hacia su ventana con aire pensativo y vago.

―Dice usted que aquellos ángeles le dijeron que fuera a otro mundo, ¿cierto? ―Sajyid también se levanto, pero se fue en sentido contrario a la de su jefe, ya que él se dirigía a la puerta.

―Si, según ellos hay un método para salir de este mundo y llegar al otro―respiró hondo y continuó―: Esto se debe a que este planeta está en una dimensión paralela a la otra, creo yo―apartó su mirada del cristal de la ventana y la dirigió hacia Sajyid―. Sé que te he pedido mucho, Sajyid; pero también ahora requiero de tu ayuda. ¿Podré contar contigo de nuevo?

―Claro que sí, señor―afirmo impasible el hombre―. Con gusto lo ayudaré, solo dígame que hacer y lo haré―condicionó y, en ese preciso instante la puerta se abrió lentamente.

― ¿Si…? ―preguntó Myyk hacia la persona que había abierto la entrada y todavía no demostraba su identidad―. ¿Puedo ayu…? ―la puerta se abrió completamente y Karu salió del pasillo, venía con un mejor aspecto que una hora antes, y parecía que tenía algo que cargaba detrás de ella en el piso.

―Ya llegue, espero que no haya tardado tanto.

―No, señorita. Siéntese, tenemos que hablar con usted―ordenó Sajyid, que ya se había sentado a los pies de la cama de Myyk; con un ligero movimiento de mano, le señalo generosamente la silla que había cerca de la mesa.

―Karu, puedo preguntarte que es esa cosa que tienes atrás de ti―señaló por detrás de su espalda―. ¿Puedes decírmelo?

―Esta bien, lo mejor será que yo empiece―se excuso y miró al chofer―. Ya se lo había contado a Sajyid. En sí, pienso que es la decisión más acertada que he tomado en años…

― ¿Por qué no vas directo al grano? ―aseveró Myyk, parecía enfurecido―. ¿Qué te pasa?

―Ya no voy a vivir en el Santuario Místico―recitó de manera rápida, que le faltaba aire cuando termino―. Es mi maleta, tendré que decirte con más detalle mi decisión―tocó el objeto que tenía arrastrando y se lo enseñó; pero el rey no podía creer lo que veía, la noticia lo conmocionó demasiado.

―Señor, no se lo vaya a tomar a mal―intervino su trabajador―. Pero la señorita Karu ha estado muy preocupada por como usted está…

―Solo quiero ayudarte, Myyk; por eso me salí―la mirada de la chica se veía desafiante y triste a la vez.

―Te agradezco que quieras ayudarme―Myyk le lanzó una mirada asesina a su amiga, con el entrecejo mas fruncido que nunca―. Aunque no considero que hubiera sido necesaria esta medida.

―Claro que lo fue, en cierta forma presiento lo que ocurrirá―le aclaró―. Tarde o temprano tendremos que irnos de aquí, y yo iré contigo. Lo mejor de esto, es que a pesar de que ya no viva en el santuario, voy a poder ejercer mi labor de sacerdotisa afuera.

―Karu, en el santuario estas más segura que aquí en el castillo―explicó, se fue acercando a Karu que todavía seguía de pie en la puerta―. Pasa, por favor. Has de estar cansada.

―Si―accedió y entró; atendió a las indicaciones que le hizo Sajyid dos minutos atrás y se sentó en la misma silla que le señaló.

―Yo esperaré afuera, ustedes tienen que hablar a solas―interrumpió Sajyid, que se paró de un brinco y salió precipitadamente―. Voy a dar un paseo por el castillo―apuntó.

― Me preocupa que vivas aquí, Karu―continuó el rey que seguía mirando con reproche a la sacerdotisa―. Una, porque estabas más segura allá, aquí nos podrían invadir en cualquier momento y tu correrías peligro; la otra, porque no sé si seré capaz de controlar mis…

― ¡Ya basta, Myyk! ―gritó― ¿Cuántas veces tengo que oírte decir lo mismo? ―Karu se levanto exaltada de la silla, pero el brazo de Myyk la empujo de nuevo para que se sentara.

― ¡Tu no entiendes nada! ―exclamó el rey enfadado―. No sabes que se siente perder a un ser querido. Si volviera a repetir esa experiencia, no sé si podría soportarlo―el chico le lanzo una mirada penetrante a la sacerdotisa, que se quedo como una roca.

―Entonces, no…―la chica se quedo sin habla, en parte para no decir alguna palabra que ofendiera a su amigo.

―Puedes quedarte en este cuarto―argumento con indignación―. Los demás no están disponibles y, no te voy a dejar sola en ningún momento de ahora en adelante…

―Se cuidarme sola… ―protesto Karu, de sus ojos salían dos destellos que parecían llamas de color negro y café.

―No me importa, no te dejare sola―interrumpió el chico de forma tajante. Y mientras ella lo veía con la cara contorsionada del enojo; él fue hacia el rincón donde estaba su viejo armario y, empezó a desvestirse―. Por ahora, me veras más seguido que de costumbre; si quieres prepararte, vamos a salir a la ciudadela.

― ¡Que insoportable te puedes volver! ―chilló, mientras iba a la cama donde durmió la noche pasada y se dispuso a desocupar las cosas que tenía en su maleta―. ¡Eres detestable!

―Pues a mí me importa un comino lo que pienses―le sentenció, al mismo tiempo que se quitaba la playera que tenía puesta para ponerse una sin mangas―. Aquí se va a hacer lo que el rey diga, y esto te lo estoy ordenando. Así que si no estás contenta con mi manera de llevar las cosas, puedes regresarte al santuario.

― ¡Me salí del santuario por ti! ―aventó un lindo collar al suelo y este se hizo añicos―. ¡Para ayudarte, y de esta manera me lo pagas!

― ¡No debiste, primero hubieras hablado conmigo! ―le apuntó, sosteniendo en su mano derecha la playera sin mangas que aun no se ponía―. ¡Sabes que esta clase de sorpresas no me gustan en absoluto!

― ¡YA ESTOY HARTA DE TU ACTITUD! ―la chica parecía una fiera, pues tiro todas sus cosas al suelo, más aparte las que tenía Myyk regadas en todas su habitación―. ¡TE JURO QUE POR MAS QUE TRATO YA NO PUEDO MAS! ―se marcho del cuarto con lágrimas de coraje.

― ¡Oye, espera! ―Myyk cambio su aspecto al ver a Karu tan enojada con él; en el fondo no soportaba que lo viera de esa forma, pues ese era su mayor miedo, ganarse el odio de aquella chica, eso si podía acabar por completo con él― ¡Karu no reacciones así, podemos hablarlo de otra forma! ―salió corriendo con tal de alcanzarla, dejando tirada su playera en el suelo de su pieza, mientras corría para alcanzarla.

Karu, por su parte, se apresuró a salir del pasillo, para que Myyk no la viera y la perdiera de vista. Llorando, se echó al suelo que estaba en frente de la puerta principal, en el vestíbulo. Myyk no podía avanzar tan rápidamente como él deseaba, pues estaba a medio vestir; y en lo que lo hacía, dos collares que tenía en su torso desnudo agitaban gravemente en el aire. Los ojos del chico apuntaban en todas direcciones para dar con la sacerdotisa, pero no había nada en ningún lado; entonces llegó al pasillo que daba con la salida, y a lo lejos, sus ojos de felino la vieron.

― ¡Karu, ahí estas! ―gritó, desesperado y preocupado.

La sacerdotisa se fijo en Myyk que corría tras ella y, salió de inmediato por la puerta principal hacia los terrenos de Karel. El rey se impresiono de tal huida, ahora su preocupación incremento. Y él también salió del castillo para dar con ella.

― ¡Karu! ¡Karu, tenemos que hablar! ―se echo a correr por todo el campo que había enfrente de la ciudad.

― ¡Déjame! ―alcanzó a gritar la chica, entonces al decirle perdió el equilibrio y cayó al suelo, tocando el pasto con su cara.

― ¡KARU! ―exclamo al ver como se caía, y empezó a correr con más fiereza. Entonces, algo completamente inesperado para los dos sucedió; un gran monstruo surgió de la tierra.

― ¿Eh? ¿Qué es eso? ―comentó, todavía en el piso. Su cara parecía atónita, entonces apoyo sus brazos para levantarse.

― ¡No te levantes! ―exclamó Myyk, de forma estridente. Su voz grave resonó por todo el campo― ¡Quédate en donde estas! ―entonces flexiono sus piernas para trotar sigilosamente en lo que hablaba.

― ¡ESTOY HARTA DE TENER QUE OBEDECERTE! ―Karu recobro su ira, y empezó a pararse del césped.

Entonces, al estar de pie; el monstruo reacciono violentamente y ondeado sus garras en contra de ella.

― ¡TE DIJE QUE NO LO HICIERAS! ―gritó, al borde de la locura; y se lanzó en contra de Karu, lo que provoco que la tumbara de nuevo al pasto, evitando el ataque de aquella serpiente―. ¿Por qué siempre quieres llevarme la contraria? ―pregunto, molesto; estando de cuatro patas con las piernas y los brazos apoyados a los pies del pasto. Karu estaba acorralada por el cuerpo de Myyk, parecido al día anterior, cuando la defendió; por lo que sus caras volvieron a cruzarse; y a pesar de que estaban enojados el uno con el otro, no pudieron evitar un ambiente de incomodidad entre ellos. Los dos collares del rey chocaron contra el pecho de Karu, causando una sensación desenfrenada por salir de aquella escena.

―Porque no siempre tienes la razón―dijo, acalorada con las manos apoyadas firmemente a sus costados. Sabía perfectamente que no le agradaba aquella situación, pero también había algo en ella que la hacía cambiar un poco de opinión.

―No te muevas, en esta posición no puede hacernos nada―explico, con sus firmes ojos de jaguar apoyados en la chica―. Este monstruo solamente ataca a seres en movimiento.

―De todos modos, esta cosa no va a hacer que me contente contigo―Karu miro con el ceño fruncido. Y para su sorpresa, él sonrió.

―Si, eso lo dices ahora―aceptó sinceramente, acentuando aun más aquella sonrisa tan agradable y refrescante―. Pero, después te contentas. Siempre… ―empezó a decir entrecortadamente, acercándose cada vez más a la cara de la sacerdotisa. Los dos collares que cargaba del cuello fueron sintiéndose de forma más fuerte en el pecho de Karu―. Siempre… terminas haciéndolo―sus ojos fueron cerrándose, y sus labios fueron abriéndose poco a poco.

El corazón de Karu se fue volviendo más violento, mientras más se acercaba Myyk a ella, sus mejillas fueron haciéndose evidentemente mas rosadas que antes. Su nerviosismo no la dejaba pensar claramente, no podía hablar, era como si la reacción de Myyk la hubiera bloqueado por completo; pero entonces se escucho un ruido sordo detrás de ellos, al oírlo, los dos se exaltaron, incluso la sacerdotisa soltó un grito de horror.

― ¿Qué fue eso? ―volteo Myyk, viendo al monstruo que construía otro grande agujero en el piso; y al darse la vuelta hacia el castillo, pudo entender lo que quería hacer aquella bestia― ¡Karu, quiere entrar! ¡Quiere meterse dentro del castillo!

― ¡Tenemos que ir! ―los dos se pusieron de pie, y corrieron hacia la entrada del castillo.

En lo que se apresuraban por entrar al edificio, vieron a lo lejos, como una silueta se hacía visible y parecía en movimiento. Tenían la sensación de que se dirigía hacia ellos, se miraron por un segundo, esperando a que no fuera ningún enemigo y; la cara de Sajyid, se vislumbro por los fuertes rayos de sol.

― ¡Oigan! ¡Algo raro está pasando en la ciudad, por eso fui a buscarlos a la habitación; pero no los encontré! ―menciono el chofer― ¡Qué bueno que se me ocurrió salir!

―Si, vamos adentro―comento Myyk, mientras él y Karu llegaban a la altura de donde estaba en ese momento Sajyid.

―Esta bien―accedió de buena gana, Karu; que estaba más contenta con su amigo, por lo que su enojo optó por esfumarse.

―Ojala no sea nada malo―deseó Sajyid. De repente, miro hacia arriba y observó el cielo azul con el sol por encima de sus cabezas, indicando que ya era medio día.

― ¡Corran más rápido! ―Myyk llego a la puerta principal, mientras los otros dos estaban más atrás.

― ¡Ve entrando, nosotros no corremos tan rápido! ―Karu corría agitada; mientras que Sajyid apenas trotaba, jadeante.

Myyk le hizo caso y, entró. Fue a la entrada de la ciudad, entonces la forzó para ahorrarse tiempo. Lo primero que recibió fue un impacto en el corazón, pues al abrirla se percató de lo inevitable; la serpiente de aspecto de dragón estaba saliendo de la tierra cerca del gran árbol por donde Myyk entro el día anterior. Su preocupación fue tal, que al ver tal escena, avanzó entre las pequeñas calles de la ciudadela; cruzaba entre decenas y decenas de personas que se hallaban paradas enfrente de sus casas, quienes al verlo, respiraban aliviados; pero Myyk no se encontraba tan calmado.

―Con permiso, déjeme pasar ¡Por favor! ―desesperado avanzo a zancadas, entonces se paró en seco cuando llego al milenario árbol.

― ¡Su majestad, ayúdenos! ―Myyk notó que era un aldeano quien le hablaba, pero no le respondió, creía no tener cabeza para hacerlo.

― ¡Con que éste señor es su rey! ―un hombre de aspecto malvado salió de la criatura; era bajo de estatura y su cara parecía a la de un cuervo o buitre, pues tenía una nariz muy picuda y afilada―. No sabía que el rey de los monos, también podía dirigir a un pueblo―aclaró con sarcasmo.

― ¿Quién es y qué quiere? ―preguntó nervioso.

―Todos sabemos que es lo que queremos―el hombre camino a paso lento hacia Myyk.

―Acaso usted es el que ha provocado mucho alboroto últimamente―el rey arqueo las cejas; mientras que la criatura avanzaba, mostrando una repugnante sonrisa.

―Si―contestó quedamente―. En parte, sí; no debo negarlo, nosotros tenemos que hacerlo, son órdenes de nuestro superior―paró; entonces sacó un cuchillo y se corto el dedo índice de su mano izquierda―. Este reino tiene algo que perseguimos y no nos vamos a ir hasta encontrarlo―la mano del tipo empezó a teñirse de rojo; las gotas de sangre caían estrepitosamente al suelo.

― ¡Entonces todo ha sido culpa suya! ―grito Myyk, con una mueca de asco en la cara― ¡Fueron ustedes quienes ocasionaron este cataclismo!

―Piensa muy rápido, al parecer no es tan gorila como lo imaginé―el hombre se agacho al dorado piso de la ciudad, embarrándolo con su mano sangrienta―. Era necesario, teníamos que causar un caos de esta magnitud para que los Elegidos aparecieran; pero por lo visto, no sucedió lo que planeábamos y nos vimos obligados a atacarlos constantemente hasta que llegara el momento.

―Ellos no están aquí―empuño sus dos manos―. No aparecieron nunca.

― ¡Exacto! ―afirmó―. Nosotros sabemos la manera de hallarlos, pero para eso necesitamos el Santuario Místico; esa es la razón que nos motivo a invadirlos. Solo que la vez pasada corrieron con mucha suerte―alzó la cabeza picuda para ver el cielo azul, razón por la cual dejó de embarrar sangre al piso.

― ¡Myyk!

― ¡Su majestad!

Karu y Sajyid llegaron jadeantes hasta donde se encontraba el rey; éste no les hablo, seguía tan ocupado viendo a aquel hombre, que se percató de su presencia con dificultad.

―Ya llegaron―sus azulados y feroces ojos se desviaron para verlos―. Karu, ve al santuario, lo necesitamos integro.

―Pero…

― ¡Vete ahí, corre peligro! ¡Sajyid, acompáñala!

―Sí.

―No va a servir de nada―añadió el hombre, que se había parado, señalando con su mirada a su mascota―. Persíguelos―le ordenó al monstruo, éste reacciono violentamente, agitando dos alas que salieron de su cuerpo de serpiente.

― ¡No les voy a permitir que le hagan daño a mi pueblo! ―sus manos empuñadas emitieron una luz roja― ¡Malditos! ―la luz que salía de sus manos apuntaron a la gigantesca serpiente que aleteaba por los aires; entonces aquel destello se escapo de sus manos y salió disparado hacia la criatura; que chilló cuando los proyectiles la alcanzaron.

― ¡Snakey! ―el animal cayó, ocasionándole la muerte por las heridas más que por el golpe a que se sometió.

― ¿Snakey? ¿Estás hablando en serio? ―Myyk se enderezó, su salvaje mirada vio cuidadosamente el cuerpo inerte de aquella cosa. Pasado unos minutos, sus ojos regresaron al hombre, que chillaba descontrolado enfrente de lo que era su mascota―. Lárgate inmediatamente de mi aldea―atajó sin miramientos―. No quiero ver tu repugnante cara paseando por las calles de mi ciudad.

― ¡Cuidado con lo que dice, simio! ―esta vez la tristeza del hombre fue sustituida por un profundo odio,

―Te digo que te largues―insistió; era consciente de los riesgos que implicaban hablarle de esa manera al enemigo, pero prefería correrlos que pasar como un cobarde. Llego a la conclusión de que esa seria quizá la prueba más difícil que ha enfrentado.

― ¡No lo haré! Aunque la mató, no me iré; si eso es lo que quiere.

―Piénselo muy bien. Le estoy dando la oportunidad de que se vaya sin usar la fuerza.

― ¿Me va a forzar?

―Si usted lo desea, sí; pero le estoy perdonando la vida, eso no se da todos los días, ¿o sí? ―aseguro con descaro, mirando como el otro se consumía en rabia.

―Veo que su inteligencia es mucho mayor que a la de un mono y, debo admitir que superó mis expectativas―el hombre hurgo el bolsillo de su pantalón; y de él, sacó una pequeña flauta―. De verdad me veré obligado a hacerlo, no me dio usted opción. ¿Se da cuenta que el que está en condiciones para poner las reglas soy yo? ―se acercó la flautilla a la ancha rajadura que correspondía a su boca; y la accionó, soplando en ella muy fuerte.

El ruido que el instrumento musical emitió fue muy potente; resonando más allá de los horizontes. Myyk, curioso por saber que era lo que tramaba ese hombre, prefirió no imaginarse nada antes de tiempo; pues a juzgar por el rostro de aquel señor, no podía ser nada bueno.

―Usted y todo su pueblo se va a arrepentir de haberse metido en nuestro camino―la arrogancia con la que decía tales palabras hicieron enojar al rey; que iracundo, no resistió más y…

Un puño salió como estampida, estrellándose en la cara del viejo; éste grito de dolor, al mismo tiempo que se agarraba con la mano derecha la nariz (que comenzó a sangrarle). Aun así, sonrió lo más que su mano le permitió.

―Ni con cien golpes va a hacer que me rinda.

―Eso ya lo verá.

―Solo fíjese en el cielo―señalo con un dedo, apuntado con él la parte de arriba.

― ¡Eh! ―el chico se cayó, no podía creer lo que estaba observando. No sabía si estaba soñando, no podía diferenciar lo real de lo irreal, en sí, de lo único que estaba seguro era que Karel caería en manos del mismísimo infierno; pues miró a un centenar de criaturas oscuras por encima del castillo.

―Es bueno sorprenderse―balbuceo el hombre―. Al final de cuentas, su reino junto con usted caerá. A menos que… nos supliquen.

― ¡Eso nunca! ―atajó, hablando entre dientes a causa de la frustración―. Primero muerto a rendirme. ¡Son una basura!

―Escupa todo lo que quiera―advirtió extraordinariamente el sujeto con una risa repugnante, a pesar que momentos atrás estaba hecho una furia―. No podrá, no nos hará nada con eso, y mucho menos con esa estúpida espada que lleva en su espalda.

― ¡Dígame quien es usted! ―gritó como un loco, pareciera como si la histeria de aquel tipo se le hubiese transferido al rey, que ahora adoptaba un tono más temerario. Tanto así, que los propios ciudadanos empezaron a asustarse por la actitud de su gobernante.

― ¡Ja! ―rió―. Espera de verdad que le diga ese tipo de información. No soy un idiota―aseveró―. Lamentó decepcionarlo, pero le repito es una orden de mis superiores.

―Deja de hacer tonterías―dijo tranquilamente una voz que se le acercaba―. Nuestro jefe te envió a invadir el santuario, no a pedirnos ayuda―una mujer salió de la masa oscura que simboliza a los cien monstruos, entonces aterrizó en el suelo―. Mammon, no te aproveches de esa apariencia para no decirles a tus adversarios realmente con quien están peleando; como cualquier otro tiene el derecho. Así que… ―agitó suavemente la mano, haciendo que Mammon se tirara al piso.

Sin embargo, el sujeto no se quejo al caer; con pesar se levantó y, mostró su verdadera apariencia; era más feo de lo que Myyk se pudo imaginar, tenía una cara llena de arrugas y una piel de color rojo intenso, de su frente salían dos grandes cuernos y, lo único rescatable de su anterior cuerpo era su figura rechoncha y baja. La mujer le sonrió sarcásticamente y después, se dirigió a Myyk; ésta al contrario que Mammon era bella, de buen cuerpo, pero con dos enormes alas que la hacían ver como un vampiro, se quito el pelo rizado y pelirrojo que se le había encimado en su cara, y admitió:

―Es una idea absurda de Mammon, el rehusarse a mostrarse tal y como es―señalo, con una sonrisa maligna―. No te preocupes, aún estas a tiempo de ceder tu fuerza ante nosotros.

― ¡No! ―sin embargo, algo había en la mujer que no hacía pensar bien a Myyk.

―Por supuesto que lo harás―la mujer empezó a acercase a Myyk, agitando con fuerza sus alas.

― ¡Deja de hacer esa clase de trucos asquerosos, Lilit! ―exclamó Mammon, que había adoptado una expresión de asco―. Solo es una pérdida de tiempo.

―Si, admito que pierdo tiempo; pero es muy efectivo―el bello rostro de la mujer se volviéndose cada vez más brusco.

El aire que respiraba el rey Myyk se fue haciendo más denso e irrespirable. Parecía como si la belleza siniestra e inquietante de esa mujer, lo estuviera drogando; ya que solo sentía una profunda sensación de ensueño y de felicidad total. Entonces, se dejo caer; la chica lo controlaba, era totalmente suyo y él no podía hacer nada…

―Ya verás que lo disfrutaras y, como premio me… ―empezó a decir, mientras Myyk caía en sus brazos, tentado seductoramente su espalda―. Darás este reino.

― ¡Para! ―gruño Mammon, a la vez que miraba a las demás criaturas a escasos metros de él.

― ¡No! ―gimió Lilit, entonces se acercó a la cara de Myyk dispuesta a besarlo, llenando en el monarca una sensación de lujuria― ¡La pasaremos muy bien! ―pero cuando sus labios estaban a milímetros de la cara de Myyk, alguien bramó a lo lejos:

― ¡Myyk! ―Karu avanzaba corriendo a grandes zancadas, viendo a todo el siniestro ejército―. ¡Myyk, te está manipulando! ¡No te dejes!

Fue la voz de la sacerdotisa, lo que reactivo los sentidos de Myyk; inmediatamente y sin pensarlo dos veces, aventó a Lilit. Ésta gritó de dolor, al llevarse la reacción por sorpresa, terminando estampada en el suelo.

― ¡Nadie me ha negado! ―bufó, histérica. Se levantó con aire de indignación, y miró ferozmente a la causante de su rechazo. Karu, sudorosa, llego al punto donde Myyk estaba parado; y lo abrazó al instante―. ¡Esto no se quedara así! ¡Yo soy más bella que ésta!

― ¿Ah, sí? ―exclamó bruscamente Karu, separándose de su amigo para ver con más claridad a Lilit. El desprecio fue mutuo, cosa que no le hizo gracia al rey―. Y dime tú, te crees más bella por ser una prostituta, ¿o acaso estoy equivocada?

Al oír la palabra "prostituta", Lilit aleteo ferozmente sus alas y corrió dispuesta a golpear a la sacerdotisa; pero Myyk evitó la confrontación, agarrando con fuerza a Karu para cubrirla con su cuerpo.

― ¡Maldita! ¡Tienes suerte de que este gorila te proteja! ―balbuceo descontrolada, cuando se dio cuenta de que Myyk se había interpuesto.

― ¡Mira, al él no le hablas así! ―exclamó, iracunda―. Por lo menos, ni él ni yo somos como tú, una cortesana de segunda―aclaró, a través vez del torso desnudo de su amigo.

―A mí nadie me habla de esa forma―la bella cara de Lilit adopto una forma más salvaje, parecida a la de Mammon.

― ¡No te distraigas, Lilit! ―refunfuño el otro demonio―. ¡Los demás te estamos esperando! ¡No perdamos tiempo, es ahora o nunca!

―Vamos, Myyk―dijo en voz baja, Karu; el chico la soltó y la miró reprobatoriamente―. No me veas así, sé una forma de llegar antes que ellos―susurró, mientras los demás demonios junto con Lilit y Mammon marcaban el paso, rumbo al Santuario Místico―. Agárrate de mi hombro… ¡Agilitatis! ―pronunció, una vez que Myyk hubiera agarrado su hombro izquierdo.

Entonces, el joven monarca sintió que todo giraba en torno a él, que empezó a marearse; lo único que pudo percibir alrededor de él y de su amiga, fue un remolino de colores, que cada vez se movía con más rapidez. Para cuando pararon, aquel torbellino desapareció y volvió a la realidad. Sorprendentemente estaban de pie enfrente de la majestuosa puerta del templo. Karu toco ruidosamente a la puerta, pronunciando su nombre con la intención de que se les abriera el paso.

― ¡Por favor, Odaya, ábrame! ¡Soy Karu! ―gritó por enésima vez, esperando a que alguna sacerdotisa abriera.

―Creo que ya los estoy viendo―señalo, desesperante―. ¿Dónde está Sajyid?

―Adentro, pero no sé por qué se demoran en abrirnos.

De pronto, la puerta se abrió sigilosamente. Una mujer asomo su ojo por el hueco que había abierto:

― ¡Karu! ¡Me espanto, pensé que eran ellos!

―Déjenos pasar, Odaya―aclaró―. Yo y el rey Myyk necesitamos de su ayuda, además otro amigo está adentro.

―Si, ya lo sé. Me lo dijeron las demás. Adelante―y la puerta se abrió lo suficiente para que los dos pasaran. De inmediato, Odaya cerró con cautela, poniendo un conjuro sellador en la puerta―. Vengan, el joven Sajyid los espera.

― ¿Espera? ―preguntaron al mismo tiempo, Karu y Myyk.

―Me contó sobre sus sueños, su majestad―añadió, viéndoles perplejidad en sus caras―. E indudablemente es un llamado. También me dijo que los arcángeles le habían hablado sobre un método para ir al mundo paralelo. Ese modo solo nosotras lo sabemos.

―Pero, ¿por qué Karu no conocía tal manera? ―argumentó con curiosidad.

―Es una buena pregunta, mi rey. Eso se debe a que no todas las sacerdotisas lo saben―contestó, en lo que tocaba la perilla de una puerta que se hallaba en frente del pasillo principal―. Solo las más veteranas y eruditas lo conocen; y como es lógico, siendo el jefe de esta orden, tengo que saberlo. Pasen―los miró, y le dio vuelta a la perilla―. En esta cámara se encuentra su amigo.

Y efectivamente, Sajyid se encontraba en el centro de la cámara, sosteniendo con una mano el resto de la ropa junto con la espada de Myyk y, con la otra la pequeña maleta que Karu había llevado al castillo esa misma tarde. Les sonrió al verlos más claramente. Myyk se percato que aquel cuarto era muy distinto a lo que se imaginaba, en el se hallaban escritos antiguos símbolos en las rocas de mármol que rodeaban la cámara ovalada; mientras que el centro era de forma circular. Tenía la impresión de que siglos atrás en ese mismo lugar se festejaban diversas ceremonias, pues se veía descuidado y sucio, por lo cual dedujo que no se usaba en años.

―Señorita, señor; que bien que ya llegaron―dijo con una sonrisa que expresaba alivio―. Tomen, una sacerdotisa nos hizo el favor de ir al castillo; mientras ustedes se enfrentaban a los demonios―señaló las pertenencias y se las devolvió respectivamente.

―Gracias, no debiste molestarte―agrego amablemente, Karu―. Bien, ya estamos listos.

― ¿De qué manera vamos a irnos?

―El ancestral método era usado en la cámara principal―Odaya respiró hondo, con aire frustrado―; pero éste tenía un inconveniente, solo servía en la noche con el poder de la Luna. Aunque debido a nuestra experiencia como sacerdotisas, sabemos otros métodos alternativos, pero no tan efectivos. Éste, sin embargo, es igual de poderoso que el ancestral, y probablemente fue el que te comentaron esos dos arcángeles.

― ¿En qué consiste? ―cuestiono, Karu.

―Abriremos un portal que proviene de la dimensión paralela―comentó una sacerdotisa, que estaba a la izquierda Odaya―. Manipularemos por unos momentos el espacio y el tiempo de diversas dimensiones.

―De esa forma, irán al otro mundo; lo malo de esta alternativa es el tiempo que disponemos para abrir el portal…

―Pues una vez abierto, solo tendrán diez segundos para transportarse―advirtió otra sacerdotisa que se hallaba atrás de Karu.

―No hay problema―inquirió Myyk―. Con eso nos basta.

―Entonces, todo quedo claro―concluyó Odaya―. Empecemos, chicas.

Todo fue tan rápido para Myyk; en tan solo sesenta segundos, las sacerdotisas rasgaron el espacio, formando un portal. Lo más complicado fue controlarlo, pues solo podían hacerlo en diez segundos, por lo que de inmediato los tres fueron entrando al portal de uno en uno. Cuando solo quedaba Myyk, éste se percato que algo extraño ocurría; un ruido lejano lo hizo preocuparse, pero solo faltaban dos segundos, no podía esperar más… Escuchó una explosión detrás de él, pero no se distrajo para entrar en el agujero azul… Algo había pasado, pero para su frustración ya no había nada de Karel en esos momentos…

No sintió nada… En un abrir y cerrar de ojos, percibió que estaba acostado en el duro suelo de una vieja habitación; al igual que Karu y Sajyid. Se dio cuenta de que no se había soltado de sus pertenencias, cosa que a los otros también les había sucedido. Se paró, observando con claridad todo lo que lo rodeaba.

Sin duda, habían emigrado a otro planeta; uno muy parecido al de ellos, pero muy distinto en esencia.