Muchisisisimas gracias a todos y todas las que me habeís dejado un comentario, que creo que ya están respondido por cierto... Wiiii... Bueno este es la segunda y penúltima parte de esta historia. Sería la visión de Harry de todo lo acontecido en esos años. En fin espero que os guste.
Parte II
Harry James Potter tiene 25 años, la saeta de fuego con la que Jefferson Mountain ganó la primera copa de EuroQuidditch para los Chudley Cannon, un bonito apartamento en el centro de Londres y un puesto fijo como buscador de la selección inglesa. Ha ganado en belleza con el paso de los años, no es que antes no la tuviera, es que ahora destaca mucho más, es más alto, más fornido y sobre todo ha perdido esa expresión infantil de su rostro. Es un hombre, un macho, un Don Juan de poca monta. Su vida ha cambiado y está feliz por ello, porque ya no es perseguido por hordas de mortifagos y magos oscuros que quieren destruirle, machacarle y hacerle pequeños pedacitos. Cambia mortifagos por fans, y destrucción por gloriosas sesiones de sexo, ahora sus perseguidores aspiran como mucho a que el héroe se meta entre sus piernas. No es que no le guste, para nada, es que está empezando a cansarse de ello. Pero¡ey! es Harry Potter, el niño-que-vivió, el niño-que-resucitó y el niño-que-mató-a-quien-tú-ya-sabes tiene que poder con todo eso y mucho más.
La guerra marcó su vida como a todos los que la vivieron, pero a él más que ningún otro; no todos habían tenido que morir para volver a la vida y acabar con Voldemort pero él sí, y lo había hecho gustosamente pues era su destino, de ese del que tanto le habían hablado desde los once años. Pero una vez hubo terminado todo, se encontró perdido, porque ¿qué tenía que hacer ahora? Ya no había mago al que destruir, ni mortifagos a los que perseguir; realmente durante aquellos primeros meses tras la caída de Voldemort se sintió francamente solo y perdido, ahora podía olvidar todos aquellos miserables acontecimientos, y bien sabe Merlín que estaba dispuesto a ello; solo uno de todos aquellos sucesos acaecidos durante la guerra no pudo olvidarlo. Y como siempre él, tenía que estar en medio de todo.
Draco Malfoy
Obsesión primaria y fundamental durante gran parte de su estancia en Hogwarts, el hurón, el cobarde lo había sido una vez más. No solo lo sacó de aquella sala en llamas, sino que algo en su interior sentía que le debía algo más, algo por haber intentado matarle — sin intención claro, y en defensa propia como decían los abogados muggles — en aquel baño un año antes de que la gran batalla hubiera tenido lugar; era cierto que le había salvado la vida una vez más, pero Harry no podía olvidar aquella expresión de angustia, el temor en sus ojos cuando aquella mano, delicada y pálida se había extendido hacia él en una suplica muda; tampoco podía olvidar los dedos crispados entorno a su cintura, el rostro hundido contra su espalda, y los débiles sollozos cuando Draco tuvo que dejar atrás a uno de sus más fieles amigos. Quizás por ese complejo de héroe del que tanto intentaba zafarse, o porque la expresión angustiada del rubio, tuvo que salvarle una vez más, testificando a su favor en el juicio que el Ministerio había levantado contra él; salvar a Narcissa había sido mucho más fácil, solo era una madre velando por su familia.
Terminado su nuevo acto de heroicidad, Harry tenía a su merced toda una vida, podía por fin dirigir las riendas de su destino. Estaba aterrado, sin un apoyo firme a su lado como Sirius, Remus o el propio Dumbledore, era la primera vez en su vida que tenía y podía decidir por propia voluntad lo que hacer con ella, y era bastante difícil cuando estás acostumbrado a eso, a que alguien maneje los hilos de tu vida con total impunidad; pero era joven, guapo y tenía dinero ¿Qué podía hacer?
Simple: vivir la vida.
Harry pasó varios años sin hacer nada más que derrochar su fortuna, nadie en su sano juicio hubiera pensado eso de él; era un niño bueno, uno de esos muchachos que toda madre quería para sus hijas — si restábamos el hecho de que Harry probablemente hubiera desechado a todas las hijas y se hubiera decantado por el hermano, el primo o el tío — un buen amigo, y una mejor persona, pero estaba cansado de eso, y estaba dispuesto a disfrutar de la vida como no lo había hecho nunca. Viajó y volvió a viajar, recorrió el mundo completamente solo, se mezclo entre los muggles, regresó al mundo mágico para abandonarlo nuevamente, hasta que vivir la vida se convirtió en demasiado poco para él. No era de esa clase de personas, por mucho que lo hubiera intentado, Harry era amigo de sus amigos, y ese muchacho que las madres querían para sus hijas.
Trato de convertirse en alguien sereno, tranquilo y seguro de sí mismo y aunque desechó casi todas carreras y trabajos que le proponían — incluso el cargo de primer ministro — volvió a vivir cerca de sus amigos, se ocupó del hijo de su añorado Remus Lupin, regresando al mundo mágico y reencontrándose con una de sus mayores pasiones. El Quidditch. Harry era endemoniadamente bueno sobre la escoba, nadie dudaba de eso, pero era el niño que vivió, y verlo convertido en una estrella del deporte rey no era algo que todo el mundo aceptase; tuvo que lidiar con el disgusto de Molly Weasley que esperaba verle al frente del ministerio, fracaso en el intento de consolar a Minerva por rechazar educadamente la dirección de Hogwarts y sintió un deje de envidia en la voz de Ron cuando le felicito tras fichar por sus amados Chudley Cannon.
Con 20 años recién cumplidos Harry se convirtió en toda una estrella deportiva, batió records inamovibles, como la captura más rápida en un partido de la liga inglesa. La prensa deportiva estaba entusiasmada con él, no todos los días un mago como Harry Potter se subía a una escoba y se dejaba la piel — y los huesos en más de una ocasión — en conseguir la preciada bola dorada. Había pasado un corto periodo de tiempo, en un equipo de la segunda división pero su brillante actuación y la llamada del seleccionador inglés le proporcionaron, tras el mundial, un puesto en los Chudley Cannon. Con Harry en el equipo los Chudley volvieron a recuperar las glorias de antaño, ganaron su primera liga y se clasificaron para las competiciones europeas. Pero todo eso pasó mucho después de su primer mundial, mucho después de que su vida volviera a cambiar para siempre.
Harry había viajado casi dos años en completa soledad, había visitado multitud de países, pero había algo en Francia que le volvía loco, pero sobre todo París; quizás era ese aire bohemio del barrio de los artistas, o lo bucólico de los Campos Eliseos en pleno mes de Diciembre; o simplemente que había algo en el ambiente, algo que podía respirarse que no había en su Londres natal. Descubrió en aquella visita para los mundiales, que había algo más por lo que adoraba aquella ciudad, los parisinos, con ese acento, esa forma de pronunciar su nombre "Hagy", paladeándolo, degustándolo como poca gente sabía hacer. Durante el partido de cuartos de final que les enfrentaba contra Polonia, Harry estaba más pendiente de las gradas que de buscar la snitch, pero había tanto chico guapo entre los espectadores, que era realmente difícil fijarse —tenía 20 años, la gente debía entender que a veces meterla en caliente era más importante que una pelotita dorada—; sobre su escoba se dio cuento de lo frívolo que se había convertido para tales menesteres, pero se suponía que así debían actuar, además buscaba polvos, no amantes y mucho menos novios. Mientras tenía su propio debate interno acerca de su actitud con respecto hacia el sexo y las relaciones, el buscador polaco puso rumbo a la snitch que aleteaba frente a una de las tribunas privadas, maldiciendo por lo bajo, y por lo alto, condujo su escoba hacia el lugar, y con el Quidditch corriéndole por las venas consiguió alcanzar a su rival e incluso adelantarlo, estiró la mano y la cerró sobre la pelota dorada; en aquel mismo instante todo el universo desapareció, solo quedaron brillantes, deslumbrantes y hasta casi resplandecientes los ojos grises más hipnóticos que había visto en su vida. Por un momento se le cortó la respiración, el aliente se le atoró en la garganta y la boca se le secó; quiso acercarse hasta aquella tribuna, quiso encontrar al dueño de aquella visión mágica pero el resto del equipo le abordó dispuesto a felicitarle. Minutos después cuando consiguió zafarse de sus compañeros, el fruto de su perplejidad y atontamiento momentáneo había desaparecido.
Aquel verano, previo a su fichaje por los Chudley Cannon, tuvo más sueños eróticos que en toda su vida, casi ni recuerda las veces que se había levantado completamente pegajoso con las sabanas empapadas. Lo curioso para Harry, es que hubiera jurado que aquellos ojos le eran familiares, que había algo en ellos que ya había visto, pero por más que lo había intentado no había conseguido averiguar a quien le recordaban. Con los primeros entrenamientos en su nuevo equipo pareció que su obsesión por la búsqueda de aquellas orbes grises había desaparecido; pero entonces Harry conoció a Brad. El medimago suplente, era un muchacho realmente divertido con gustos similares a los suyos por lo que congeniaron con gran rapidez.
—¿Te apetece que vayamos a tomar algo para ver el partido del Arsenal? —preguntó Harry entrando en la consulta de Brad.
—¡Oh, mierda! —exclamó—. Me encantaría, pero un amigo de Josie nos ha invitado a cenar, me pasaran a recoger en un rato.
—Vaya… bueno para la vuelta. Nos vemos, Brad.
Harry pasó por los vestuarios a recoger las cosas de su taquilla dispuesto a pasar una aburrida noche de fútbol y cerveza en su casa; con lo que no contaba era con reencontrarse con aquellos ojos grises que le habían enloquecido durante varios meses. Con la bolsa de deporte cargada al hombro Harry descendió los escalones de la entrada principal al campo de entrenamiento de los Chudley Cannon cuando todo su mundo se vino abajo. Allí parado frente a él, apoyado sobre el capo de un deportivo rojo y manteniendo una, por lo que parecía, animada conversación con una preciosa rubia, estaba el dueño, el poseedor de aquellos maravillosos ojos, la obsesión de varios meses, de sus sueños más húmedos.
—¡Mierda, coño, joder! —refunfuñó—. ¿Por qué? —preguntó clamando al cielo—. ¿Por qué a mí?
Draco, Draco Malfoy. No podía ser otro hombre, ni siquiera una mujer —por mucho que le pusieran menos que meterla en un cactus— pero no, el mundo, el puto destino tenían que ponerse en su contra. Volvió sobre sus pasos sin ser visto y se encerró en el vestuario, hundiendo la cabeza entre las piernas. ¿Cómo podía ser aquello¿Cómo es que su maldito grano en el culo, el pedante, el arrogante, el asqueroso Malfoy había acabado siendo el fruto de sus pasiones más bajas? Después de intentar sacárselo de la cabeza a golpes contra una de las taquillas, Harry consideró la opción de que ahora que conocía la identidad del dueño de aquellos hermosos ojos todo terminaría, porque a él no le ponía cachondo el puñetero y estirado Malfoy.
Craso error.
Sus sueños se volvieron muchos más vívidos, más calientes, más pegajosos. Se despertaba todas las mañanas cubierto de su propio semen como si de un quinceañero se tratara, la imagen de Draco le acompañaba a todas partes, se imaginaba a si mismo arrinconando aquel cuerpo contra cualquier lugar, poseyéndolo, haciéndolo suyo. Se pasaba las mañanas, tardes y noches, en fin las veinticuatro horas del día, cachondo; intentó desfogarse con otros, buscar en otras camas lo que quería del rubio, pero fracasó estrepitosamente.
—Josie, por favor —Brad hablaba por teléfono paseándose de un lado a otro—. Ya, ya se que es tu mejor amigo, pero… bueno… pues que se lo busque él. ¡Oh, vamos!... venga Josie, es el único fin de semana que no viajo por el equipo. ¡Pues que se quede en casa…! —bramó—. Vale, bien… como quieras —colgó el teléfono con rabia—. Oh, Harry, perdona ¿querías algo?
—Nada en realidad, solo te oí gritar. ¿Todo bien?
—¡Qué va a ir bien! —protestó—. Quería quedar a solas con mi nena, y por culpa de su amiguito… ¡Joder! Draco me cae genial, de verdad, tan cínico, tan arrogante e irónico, es genial….
—¿Draco?
—Sí, Draco Malfoy, creo que fuisteis juntos al colegio.
—Oh, sí… —La sonrisa perversa que apareció en sus labios fue indescifrable para Brad—. Claro que fuimos juntos a clase. Compañeros de curso, compartíamos varias clases.
—¿De verdad? Draco nunca nos ha hablado de ti.
—Bueno, tampoco éramos íntimos —se sentó en la mesa—. ¿Y sigue tan arrogante como siempre, verdad?
—Claro, es parte de su encanto.
—¿Y cómo es que… bueno, que sale con vosotros y no con su novia o novio?
—Si tuviera sería novio, pero el muy cabrón es demasiado exigente, y no hay manera de encontrarle uno —se quejó—. Encima nos tiene a Josie y a mí de celestinos.
—¿Sí?
—Sí, le he presentado a varios amigos, pero nada. Demasiado poca cosa para él. Busca a un… —rememoró las palabras de Draco— a un hombre, guapo, inteligente, culto, divertido, con dinero, con gustos similares, ni muy blando ni muy duro, nada de locazas. A poder ser joven y moreno, aunque no le haría ascos a un castaño, para rubio ya está él. —Harry se carcajeó por lo bajo—. No quiere un polvo pasajero, esos los puede conseguir con solo chascar los dedos. Está buscando al chico perfecto.
—Tienes a tu hombre —los ojos de Harry centellearon brillantes de deseo y lujuria.
—¿Tú?
—Sí, yo.
—Pero creía que tú… bueno, que no te apetecía tener pareja.
—Y no lo hacía —se levantó dispuesto a salir del despacho—, hasta ahora.
No le hizo falta mucho más para convencer a Brad de que era el chico perfecto para Draco, solo tuvo que presionar lo justo para que evitara desvelarle su identidad y todo iría sobre ruedas. Estaba claro que no buscaba una relación sería, solo necesitaba tirárselo, y borrar esa enfermiza obsesión de su cabeza, pero no había contado con quedarse completamente prendado de él una vez hubo traspasado el umbral de la puerta del restaurante donde habían quedado. Malfoy estaba simplemente perfecto, con aquel traje gris marengo, y esa camisa negra resaltando su palidez natural, y esos ojos —malditos y perfectos ojos— llenos de vida, de expectación. Tuvo que tragar saliva y calmar sus nervios antes de poner rumbo a la mesa.
—Potter. —¡Dios! Como había echado de menos esa manera de pronunciar su nombre, ese pequeño desprecio impregnando cada letra de su apellido. Ahora todo estaba más claro.
—Buenas noches, Malfoy —paladeó su apellido, disfrutando de su expresión de asombro, de la boca entreabierta y esa mueca de incredulidad.
—¿Qué coño de broma es esta? —Los músculos de su rostro se tensaron, apretando la mandíbula mientras fulminaba a la pareja que estaba sentada en la mesa.
—¿Broma?
—¿Qué hace él aquí? —preguntó a su amiga.
—Es el chico del que te hablé. —Pobre de Brad, debería invitarle a una ronda de cervezas la próxima noche que salieran, había sido un pequeño cabrón con él, pero en lo único en lo que podía pensar era en tener a Draco bajo su cuerpo, jadeando y gimiendo su nombre.
—¡Oh, mierda santísima¿Por qué no me dijiste que era él?
—Porque no preguntaste —se defendió su amiga—. Bueno, él nos dijo que os conocías pero que sería divertido que… ¡Joder! De todas formas es su culpa – protestó señalando hacia Harry.
—¡Tú! —por fin volvía a tener toda su atención— ¿Qué te parece tan divertido?
—Tú —Harry sonrió de esa forma que sabía que tanto gustaba a sus ligues.
—Eres, eres… ¡agh! —chilló enervado por lo disparatado de la situación—. No pienso desperdiciar una reserva tan cara como esta con alguien como tú, Potter.
—Nadie quiere desperdiciar, nada. —Draco alzó una ceja ante lo que aquellas palabras dejaban traslucir.
—Será mejor que te largues, porque… ¿Qué haces? —preguntó mientras Harry se sentaba.
—Hemos venido a cenar¿no?
—Sí —respondió la pareja al unísono
—No, claro que no.
—Entonces, Malfoy¿para que me has traído a un restaurante?
—Yo no te he traído a un restaurante.
—Me has invitado.
—Si hubiera sabido que…
—No lo habrías hecho, lo sabemos. Pero es demasiado tarde, ahora¿te importaría sentarte y dejar de llamar la atención?
Para su completo y absoluto asombro Malfoy le había obedecido, se había sentado frente a él, con la mandíbula tensa, la mirada clavada en su rostro y los dedos crispados entorno a los cubiertos. La cena transcurrió en una tensa calma, aunque Josie y Brad intentaron distender el ambiente, estaba claro que Draco estaba a punto de usar la varita para cruciarle el culo, eso o el tenedor que aferraba con inusitada fuerza entre sus dedos. Pero Harry estaba disfrutando tanto de aquello, de verle irritado, a punto de perder el control que empezaba a excitarse solo con dejar asomar por su cabeza aquellos pensamientos que le atormentaban noche tras noche.
Los amigos de Malfoy huyeron —literalmente— del lugar mientras Draco y él esperaban por el coche del rubio.
—¿Podrías acercarme a mi casa? —preguntó inocentemente
—¿Qué¿Te has vuelto gilipollas o que? —preguntó más cabreado aún— ¿Voldemort te frío el cerebro, verdad?
—Vamos, no es para tanto, solo vivo unas calles más abajo —explicó—. No puedo aparecerme en el apartamento porque Ron está con Hermione, lo que probablemente signifique sexo por cualquier lugar de la casa.
—¡Oh, joder, Potter! —gimió—. No necesito saber de los detalles sexuales de la comadreja y la sabelotodo.
—Bueno, entonces ¿me llevas? — Harry batió sus pestañas un par de veces mientras sonreía de oreja a oreja; minutos después ambos viajaban a bordo del coche del rubio—. Baja por esa calle… Oye, Malfoy.
—¿Qué? —gruñó.
—¿Te apetece ir a tomar una copa? —El frenazo seco catapultó a Harry contra el salpicadero.— ¡Joder, coño! —gritó llevándose la mano a su reventada ceja— ¿Qué pretendías, matarme?
—Puede —siseó— ¿Qué es lo que pretendes tú? —preguntó mirándole por fin, Harry rebuscaba en el interior de su chaqueta, Draco le tendió un pañuelo.
—Gracias.
—¿Qué pretendes con esto, Potter?
—Nada —intentó mover el retrovisor pero no lo consiguió Draco bufó irritado y arrebatándole el pañuelo, tomando su mentón con sus dedos y lo giró para limpiar la herida.
—Potter¿qué pretendes?
—Ya te he dicho que nada¡au! —Se quejó cuando Draco presionó con fuerza los dedos contra su ceja—. Solo pensé que sería divertido volver a vernos.
—Claro, como si tú y yo hubiéramos hecho algo divertido juntos en el pasado.
—No, pero… las cosas cambian¿no? —Harry se encogió de hombros y sonrió de nuevo.
La presión entorno a su barbilla descendió, y Harry comprendió que lo había logrado, no tenía ni idea ni cómo ni porqué, pero las defensas, los muros que podían separarle de Draco Malfoy habían caído; aquel primer beso fue tan asfixiante, mareante, cargado de tantos sentimientos y de emociones encontradas, que Harry siempre ha sabido que le resultara imposible olvidarlo, y mucho más conseguir uno mejor que ese. Aquella misma noche la pasaron juntos, revolcándose en cada rincón del apartamento de Draco, gozando del mejor sexo que ambos habían tenido; cuando Harry se dejó caer sobre la cama, abrazándolo, exhausto por el ejercicio y con la sensación de haber conseguido lo que se había propuesto, no se imaginó que al despertase por la mañana las cosas serían completamente distintas.
Abrir los ojos y encontrarse con un peso sobre su pecho, unas piernas enroscadas a las suyas, no era algo a lo que no estuviera acostumbrado, a lo que no podía estar acostumbrado era a aquel cosquilleo entorno a su estomago, aquella paz, aquel bienestar que parecía rodear cada milímetro de su piel. Se sentía completo, por primera vez en la vida, sentía que lo tenía todo. Draco se removió contra él, estirándose perezosamente.
—Buenos días —le dijo con voz rasposa.
—Vale, no ha sido un sueño —murmuró Draco contra su pecho, apoyando la barbilla sobre él, mientras intentaba enfocar la vista, y sobre todo dejar de ver borroso.
—¿Lo hubieras preferido?
—¿El que? —preguntó aún medio dormido.
—Qué hubiera sido un sueño - Draco cerró los ojos un segundo, casi eterno para Harry, abriéndolos para fijar su mirada en la del moreno.
—No.
Y ahí empezaron los tres mejores años de su vida; no es que creyera en la perfección, ni en el destino, ni en que dos personas estuvieran hechas la una para la otra, es que Draco y él estaban hechos el uno para el otro. Discutían, claro que sí, como todas las parejas, y a veces por las cosas más tontas, más estúpidas, pero habían algo en esa forma en la que se peleaban que también era perfecto. Y las reconciliaciones¡Merlín!, a veces buscaba sacar al rubio de sus casillas para conseguir un polvo de reconciliación, porque el sexo con Draco, era el mejor sexo del mundo. Por eso establecieron esa relación de casi completa dependencia, por eso Harry le había propuesto matrimonio en mitad de una discusión por el desorden al que el moreno estaba sometiendo al armario de Draco. Por eso estaba feliz, simplemente y perfectamente feliz.
Pero recordó entonces que la perfección no existe, y que Draco no lo era, que más bien era egoísta y estirado, que primero se preocupaba de si mismo y luego si tenía tiempo de él, por eso los fallos que durante tres años le habían parecido nimios ahora eran garrafales, por eso las pequeñas manías que antes le habían resultado adorables, ahora eran insalvables. O eso es lo que quiso creer cuando dejó a Draco, porque la realidad era otra, bien distinta.
Estaba asustado, aterrorizado, porque cuando todo aquello había empezado lo había hecho como un juego, como una relación —que nunca pretendió serlo— donde él solo buscaba quitarse esa enfermiza obsesión, donde el sexo debía ponderar por encima de lo demás; pero las cosas cambian, como bien le había dicho al rubio, y si además el propio Draco lo había hecho para convertirse en aquel adorable ser al que Harry no hubiera podido nunca dejar de amar, algo tenía que estar mal. Porque el era Harry Potter, y Draco, Draco era un Malfoy, hijo de mortifagos, defensor a ultranza de la sangre pura y de un montón de tonterías más, que era imposible que algo les uniera; ni siquiera aquel amor que se profesaban, ni siquiera aquella perfección que habían logrado. Por eso rompió la relación, porque aquello no estaba bien, porque él no podía amar a todo lo que había odiado, todo contra lo que había luchado, aunque Draco ya no fuera el mismo, aunque hubiera cambiado.
Por primera vez en la vida, el pasado pesó demasiado para Harry.
Que había sido el mayor error de su vida lo supo en el instante en que lo vio quebrarse, sin ningún tipo de barrera, sin miramientos, sin esconder las lágrimas que resbalaban por sus mejillas, ni el temblor de sus manos, o sus labios intentando contener suspiros y sollozos. Cuando rompió con Draco supo que todo lo que le había aterrado, que todo lo que le había echado para atrás, no era nada con lo que venía a continuación; sin sentido, sin razón, había terminado con el hombre al que amaba, porque había supuesto que era lo correcto; pero había errado, se había equivocado y aunque quiso enmendar su error, volver atrás no lo hizo, porque ya le había hecho daño, y ahora ya no tenía ningún derecho sobre él.
Ni sus amigos, ni sus compañeros pudieron hacerle cambiar de opinión, aunque muchos de ellos sabían que había errado y que era consciente de ello, no pudieron ayudarle para volver atrás y arreglar aquel entuerto. Harry había tomado una decisión —errónea sí, pero suya— y no iba a volver atrás. Dejó el equipo, y abandonó no solo el país, sino el mundo mágico.
Se refugió en una propiedad de los Black cerca de Milán, en un pueblecito con apenas doscientos habitantes, aislándose del mundo en aquella casa, regodeándose en su propio dolor por más de seis meses, dejándose comer por la angustia, por la pena. Era un fantasma, un pobre reflejo de lo que un día había sido y lo hubiera seguido siendo de no ser por una castaña cabezota.
—Mírate Harry —Hermione le arrastró frente a un espejo—. Esto es lo que eres ahora. —Se vio, demacrado, delgado con los ojos tristes, y el dolor grabado en ello—. Tienes que volver, Draco te quiere.
—No…
—Sí, lo hace. Está destrozado, si vuelves…
—No, puedo. Hermione no puedo volver.
—¿Por qué? Pero sí le quieres, y no me digas que no. Has cometido un error, estás a tiempo de enmendarlo.
—No, no…. Le he destrozado, tú lo has dicho. No puedo hacerle más daño.
—Pero no se lo harás, si vuelves será feliz. Y tú también.
—No tengo derecho, no después de las cosas horribles que le dije. Le eche la culpa, le dije que me iba, que le dejaba por su carácter… cuando era yo el egoísta, a quien no le importaron sus sentimientos. Cuando era yo el equivocado.
—Pero Harry…
—Draco merece a alguien que le pueda demostrar lo maravilloso que es, que pueda mirarle a los ojos y ver solo amor, y nada más. Ni dudas, ni miedos.
—Harry…
—Merece algo mejor. Mucho mejor que yo.
—¡Pues convierte en esa persona! —gritó—. Deja de compadecerte, y busca dentro de ti todo lo que Draco necesita —suspiró—. Porque ninguno de los dos, ni Draco ni tú, seréis felices si no estáis juntos.
Las palabras de Hermione habían calado en Harry, no de golpe, sino poco a poco, cada día que se levantaba y se miraba en el espejo se daba cuenta de que él nunca podría ser feliz sin Draco, y que quizás su amiga tuviera razón, que él tampoco podría serlo. Cuando fue consciente de que aquello más que un deseo podía ser un realidad, se prometió a sí mismo ser esa persona segura de sí misma, de lo que sentía por Draco, para darle todo lo que merecía, demostrarle que su amor era de verdad y que si le daba una nueva oportunidad esta vez no habría dudas.
Tardó bastante en sentirse seguro de sí mismo, más de un año, y varios meses más en atreverse en dar el siguiente paso, en reencontrarse con Draco. Había estado los dos últimos meses observándolo desde la distancia, parecía mucho más maduro, más sereno y decidido, como si el brutal golpe que le había asestado a su corazón le hubiera obligado a madurar, a cambiar a marchas forzadas. Harry amó mucho más a ese Draco que había renacido de sus propias cenizas, que había seguido adelante pese a todo el dolor que sabía que le había causado.
—Buenos días
—Buenos días —respondió sin levantar la vista de los documentos que tenía que firmar—, si espera un segundo le atenderé.
—Por supuesto —las manos le temblaba y estaban sudorosas, las pasó por encima de la pernera del pantalón, le vio dejar las gafas que casi nunca mostraba en público sobre la mesa del escritorio.
—¿Harry?
— Hola, Draco.
—¿Qué…? —su voz sonó más aguda que nunca y tuvo que carraspear, tratando de tragar saliva al mismo tiempo— ¿Qué haces aquí?
—Estaba haciendo unas compras y recordé que habías trasladado la galería aquí, así que bueno, pensé que estaría bien volver a verte.
—Ya… —el corazón no le latía, galopaba como un corcel brioso, como si estuviera a punto de ganar el Gran National.
—¿Todo bien? —Draco asintió—. He ido leyendo algunos artículos, parece que has conseguido hacerte hueco dentro del círculo de los mejores marchantes del país.
—¿Acaso lo dudabas?
—No, claro que no —respondió con una sonrisa—. Creo que… ¿tu cumpleaños es la semana que viene verdad?
—Sí —la pregunta pareció extrañarle, como si considerara que Harry tenía que haberse olvidado de aquella fecha. Pero la recordaba, esa y todas las demás, su cumpleaños, su aniversario, el día que viajaron juntos, cuando se mudó al apartamento.
—Ya… —estaba nervioso, había preparado un discurso, algo bonito que decirle pero tenerle frente a él le había dejado completamente descolocado, había olvidado lo que decir, asustado y nervioso se pasó la mano por la nuca— ¿Te apetecería tomar algo ese día? Bueno, si no tienes otros planes… claro.
—Yo… —No se merecía una respuesta afirmativa, lo único que merecía es que Draco le sacara a patadas de la galería—. Claro, bueno… tengo una cena con unos amigos, pero mmm… sí creo que podemos… tomar algo antes.
—¡Estupendo! Puedo pasar a recogerte por aquí, si te parece bien. —si no hubiera echado mano a todo su autocontrol habría saltado el mostrador y le habría besado como antaño.
—Por supuesto.
—Bueno, pues tengo que seguir de compras —levantó la bolsa que llevaba en la mano—. Nos vemos la semana que viene.
—Claro, hasta la semana que viene.
La semana no fue larga, fue eterna; los días parecían no querer terminar, las horas se tornaban interminables y los minutos y segundos parecían estancados en el reloj; intentó distraerse, salir a volar por los terrenos de la mansión que el Ministerio se había empeñado en regalarle tras la guerra y de la que no había querido saber nada hasta su vuelta a Londres. Pero incluso montado sobre su Saeta, con el viento azotando contra su rostro, no podía dejar de pensar en él, en qué iba a decirle, en todo lo que pasaría si Draco decía que sí, y también en lo que ocurriría si decía que no. Alternó noches de sueño profundo en las que Draco decía que sí, que le amaba, que nunca lo había dejado de hacer, con otras en las que el rubio se carcajeaba, se mofaba de sus sentimientos y se encargaba de dejarle claro que ni muerto volvería con él.
La última noche fue horrible, tanto que no pudo conciliar el sueño, por lo que decidió salir a volar; en mitad del vuelo hacia ninguna parte una tromba de agua le sorprendió calándole hasta el último de sus huesos. Cuando regresó a la casa una lechuza le esperaba parada sobre el alfeizar de su ventana, tomó la nota y la leyó.
Si no te importa¿podemos quedar directamente en el bar? Tengo una reunión y realmente no sé a que hora voy a terminar.
Miró la nota mientras intentaba aplacar el fuerte ataque de tos que le había sobrevenido. Un poco decepcionado por lo informal de la nota, y sobre todo por tener que cambiar sus planes aceptó el cambio de punto de encuentro, confiando que pese a los pequeños contratiempos todo saldría bien.
A la mañana siguiente, los ataques de tos eran constantes, la fiebre le había subido un par de grados, y aunque hubiera debido de guardar cama, de recuperarse, esa mañana salió a comprar los bombones más caros que había en el mercado y a recoger el regalo perfecto para Draco. Cuando se apareció en casa, tuvo suerte de haber perdido solamente una ceja en el trayecto, porque podría perfectamente haberse escindido. Pero aquello no mermó sus ganas de encontrarse con Draco, el entusiasmo que iba a poner en sus palabras, lo arrepentido de su disculpas iban a devolverle su cariño, su amor. Y todo volvería a ser perfecto. Era Harry Potter, héroe de guerra, el mago más poderoso sobre la faz de la tierra, y Draco le quería, estaba seguro —bueno casi— era un Gryffindor valiente dispuesto a luchar por lo que era suyo.
¿Qué podía salir mal?
Gracias a Carita por su comentario decirte que para mí también es Potter cuando me pongo dura con él XD. Besis y gracias
