Mi cara es un gazpacho de sangre y de lágrimas y no entiendo nada de lo que está ocurriendo. ¿Está muerta la señora? Dios mío, que bien sabe… pero quiero más. Mi cabeza no para de darle vueltas a lo que acaba de ocurrir. Pero el subidón de adrenalina no me permite preocuparme demasiado. La verdad es que me siento muy bien y quiero que esta sensación se repita. No quiero cargarme a nadie pero ahora me da un poco igual lo que ocurra a mi alrededor. No recuerdo nada de mi vida pasada pero estoy segura de que nunca antes había sido tan egoísta, probablemente nunca haya experimentado esta sensación.
Como me siento fuerte decido probarme un poco e intento saltar a una ventana. Tengo una agilidad increíble y alardeo de ella frente a las ratas y cucarachas que se esconden detrás de un montón de basura. Trepo por los balcones de los edificios hasta llegar al tejado. No es demasiado difícil porque son de barrote ancho y rugoso, de forma que hay hueco para apoyar los pies. Voy de balcón en balcón y en el tercero encuentro un par de macetas medianamente cuidadas. La primera tiene algo que creo que es Caléndula y, la segunda; unas florecillas violetas muy graciosas que no reconozco. Les doy una patada fuerte para que salgan disparadas hacia la calle y un poco de tierra salta a mis piernas mientras los jarrones destruyen el silencio de la noche. En ese momento me doy cuenta de que mis piernas estás desnudas (a decir verdad, lo único que llevo por ropa es un vestido de flores rasgado por todas partes) porque hay algo en esa planta que me provoca una especie de reacción alérgica muy dolorosa, como si se quemase mi piel. Del susto vuelvo a pegar un salto al siguiente balcón y así, de uno a otro, llego hasta el tejado. Una vez arriba el dolor de la pierna ha cesado y yo grito de furor y de impotencia, pero también de euforia por todo lo que me está pasando. Aunque todavía no logro comprender nada. Vuelvo a llorar creyéndome sola y un olor a sangre caliente me nubla los sentidos. Hay alguien detrás de mí que probablemente se haya asustado al oír mis gritos. Esta vez no me lo pienso y salto a su aorta: la sangre me da fuerza y ahora mismo esa es mi única gran fuente de placer. Cuando termino vuelvo a observar el rostro desfigurado de mi víctima y el arrepentimiento llega sin haber sido llamado. Parece una chica de entre veinte y treinta años. No sé su nombre, ni si tiene familia, ni si era una buena persona… Entonces me echo a llorar y busco en sus bolsillos para dar con algo que me de alguna pista sobre su identidad. En el bolsillo de su cazadora de cuero encuentro una foto en la que aparece una mujer con la misma blusa que la que lleva ella junto a un hombre rubio de su misma edad, un chico de unos diez años pelirrojo y con sonrisa de pillo, y una niña también morena que ríe muy sinceramente. Yo he destrozado esa familia. Vuelvo a introducir la fotografía en el bolsillo, tomo la cazadora "prestada por tiempo indefinido" y me la pongo. No sé si es para recordar en lo que me he convertido, o simplemente porque me gusta, porque la verdad es que es bastante bonita. Con la cazadora puesta, el vestido roto y sucio de tierra y sangre, y la cara completamente mojada me voy a una esquina de la azotea y lloro hasta que consigo quedarme dormida. Esta noche sueño con esa misma azotea, esta vez limpia y llena de gente. Está la familia de la foto: sonríen y disfrutan de una barbacoa junto a sus vecinos mientras observan las maravillosas vistas de una grandiosa catedral gótica que este edificio ofrece. Yo soy una de las gárgolas de la catedral y sonrío orgullosa mientras miro a toda esa gente pasándolo bien en una agradable tarde otoñal. Hay sueños de los que nunca deberíamos despertar…
