Disclaimer: Por mucho que me gustaría serlo, no soy dueña de Corazón de Melón, Eldarya ni de sus personajes. Ayer trate de comprar los derechos pero no me alcanzo con los $20 que llevaba. (xD)
Advertencias: Lemon (Sexo Gráfico, en el futuro), lenguaje vulgar, violencia y muerte. Mención de violación y tortura. AU- Si eres sensible a estos temas abstente de leerlo. Historia ambientada en el siglo XVIII (1700-1800).
Summary completo: Una época donde las clases sociales se adueñan del camino del corazón, ellos se atrevieron a desafiar las reglas. Contra engaños y verdades ocultas entre familias, ¿serán capaces de sobrevivir con un corazón sangrante?... La tenía en un infierno y él sólo quería hundirla más.
...Habla/Habla... —pensamientos de los personajes durante la narración o dentro de los diálogos.
Capítulo Dos:
Entrada al Infierno
Siempre supo que era un sinvergüenza. A pesar de que los niños de la familia Bourgeois tenían todos el mismo parentesco y habían crecido en la misma casa, eran, sin lugar a dudas, muy diferentes.
Su hermano menor, Erya, era introvertido; sensible y callado. Incluso con un aura oscura rodeándole en ciertas ocasiones.
La princesa de la casa, Ámber, era chillona, hermosa y una malcriada.
En cuanto a Nathaniel…
Nathaniel era el vivo retrato de su madre. Sí, era igual a su madre, no sólo físicamente –había heredado la claridad cristalina de sus ojos, que brillaban como dos topacios iridiscentes; las facciones exquisitas y equilibradas, su sedoso pelo dorado, si no que… bueno, heredó otras cosas también. De hecho, él estaba convencido de que lo había heredado todo de ella.
Todavía recordaba aquellos primeros y breves años que siguieron a la locura de su madre. Aunque él siempre supo que su madre había tenido ciertos fallos. Por supuesto, ésta es una de las cosas de las que no se pueden hablar abiertamente, pero que se dicen por lo bajo, cómo aquellos susurros callados que las señoras mayores comentaban en los opulentos rincones de las fiestas de alta sociedad. Y siendo un niño dotado con gran inteligencia, Nathaniel fue capaz de reparar en cada palabra cuchicheada por el servicio y la comunidad, en esas agudas miradas que compadecían la manera en la que los dos gemelos habían sido arrastrados con la duquesa a su locura, dejados a merced de su despiadado padre y un hermano bastardo, culpable de la desgracia que abatió a la familia Bourgeois.
Después de todo, su padre no quería al mundo y, muy seguramente, el mundo tampoco lo quería a él. No quería a Nathaniel. Podía tolerar el mal genio de la muy consentida Ámber, pero bueno ¿Quién no la soportaba tantito? Y, especialmente, no quería a Erya, el siempre estorbo Erya.
Pero era a él al que sus tutores decían que era una causa perdida.
Carecía de disciplina y le consideraban perjudicial, maldoso y rebelde. Capaz de sobresalir en sus lecciones, no tuvo fallos como su hermana o hermano (que apenas y una decente educación le proporcionaron).
Desde su más temprana edad, supo bien que había sido una suerte que él hubiese nacido antes que Erya. Si bien sabía que su procreación no fue planeada, eso no quitaba el alivio que sentía. Nathaniel sabía que él tampoco era una muy buena opción, tal vez no llevaría de manera correcta el título de Duque de Bourgeois, pero era mucho mejor él que Erya; quién sólo traería más desgracias y habladurías.
De alguna forma, siempre estaba haciendo cosas que no debía. Pensando en cosas que no debía, diciendo lo que quizás era mejor callar… especialmente frente a su padre.
No podía quedarse quieto sentado durante horas en el mismo sitio. Se retorcía en su silla. Miraba cada tanto por la ventana y deseaba con todo su corazón estar en cualquier otro sitio.
Y un día sin nada especial, Nathaniel se escabulló de la clase sin decírselo a nadie. Debió de haber sabido que su tutor, el señor Farres, se lo diría inmediatamente a su padre. Probablemente, lo hizo al saber que se lo dirían.
Lo que si no imaginó es que su padre dejara sus ocupaciones para ir a buscarle. Para un chico de ocho años, era bastante divertido ver cómo todo el mundo salía en su búsqueda. Encaramado en lo alto del árbol dispuesto en el jardín principal, Nathaniel veía a los sirvientes correr por los establos y por los dominios de Bourgeois Hall. Rió por lo bajo al observar a su padre pasar una y otra vez a un palmo del árbol. Hasta que se detuvo… y miró en su dirección.
Por el centello de su mirada, quedó claro que el duque no aprobaba el comportamiento de su hijo.
— ¿Qué haces? ¿Por qué no estás en clase? —preguntó entre dientes Francis.
— ¿Qué hago? —preguntó incrédulo, después una sonrisa escapó de sus labios— Estoy divirtiéndome un poco. Y no estoy en clase porque estoy aquí, ¿ o es que no lo ves? —el niño comenzó a soltar carcajadas.
— ¡Baja de ahí ahora mismo, pequeño delincuente!
El chico dejó de reírse. Apretó la mandíbula, sus ojos ámbar brillaron.
— No. —dijo contundente.
Los puños del duque se cerraron con fuerza.
— ¡Que bajes! ¡Ya!
La ira de su padre no hizo mella en él, al contrario, parecía divertirle el hecho de verlo desenvuelto de sus obligaciones y su contante cara amarga. Era… refrescante ver una expresión diferente en el rostro de su progenitor.
Se limitó a verlo desde su ventajosa altura.
— ¡No! —rugió el hombre— ¡No!
— ¿No qué? —la calma con la que preguntó aquello, no hizo más que enfadar a Francis.
— ¡No me mires de esa manera!
— ¿De qué manera?
— ¡De la manera en que ella me mira!
Esas palabras encendieron algo en el interior del joven, un torbellino de emociones negativas que al dispersarse dejaron libre al resentimiento. Justo en ese momento, Nathaniel odió a su padre. Le odió por su mal carácter. Le odió por la atizada diaria que descargaba en la blanca espalda de Erya. Le odió por ignorar a la solitaria Ámber. No importaba si su padre le encerraba en los establos…Nathaniel lo odió, así como su padre lo odiaba a él.
— ¿Quién es ella? —preguntó fríamente— ¿Habla de mi madre, padre?
Una fugaz confusión surcó los ojos de su padre.
— ¡Calla, chico! ¡Calla… no sabes de lo que hablas! —gritó y en su furia cegadora tiró del pie de su hijo, llevando al niño hasta el duro piso. Su cabeza hizo un desagradable sonido al chocar contra el adoquín.
Nathaniel se levantó, impulsado por su propio enojo. Se irguió frente a su padre y le miró con furiosos ojos topacio.
— ¡No lo haré! —gritó— ¡Ella no le quiere! ¡No le reconoce!... Y nunca lo va a volver a hacer.
— ¿Cómo te atreves a hablarme así, muchacho? Eres malvado, incluso más que Erya. ¡Un demonio! —replicó el duque con furia.
Cientos de maldiciones habían caído sobre él siendo cortesía de su padre, pero nunca le había comparado con Erya.
«Erya»
Tks. Que molesto hermano menor.
— ¿De verdad, padre? —preguntó interrumpiendo la perorata del mayor— Padre, creo que soy mucho peor que Erya.
Sonrió.
El silencio se hizo profundo, incluso denso. La hostilidad era palpable, casi respirable en el aire. Ambos pares de ojos tan parecidos en color se retaban con fuerza, buscando al débil entre ellos.
Francis no reconocía el pequeño ser frente a él. «Nathaniel. Es Nathaniel, tu hijo» sí, parecía ser su hijo, el pequeño niño al que le había enseñado a ser el mejor. A no dejarse ganar, ni ganar por encima de los demás, pero ¿realmente era hijo suyo? ¿Su brillante y puro niño de cabellos dorados?
Se adentró en las aguas cristalinas del ser humano pequeño y lo que vio en ellos le hicieron bullir en rabia.
«No. Él no es Nathaniel. Es el bastardo de Erya»
No había equivocación. La oscuridad que se ocultaba en esos orbes sólo podía ser heredara de aquél desgraciado que le arruinó la vida. Adélaida era tan dulce y buena que en su interior no había espacio para el rencor, la malicia ni el odio.
Finalmente, Francis no distinguió que esos ojos eran del mismo tono que los suyos, y no carmesí. No reparó en las delicadas facciones casi idénticas a las de su esposa. Y mucho menos pensó en el profundo daño psicológico que iba a causar cuando levantó la palma y la estrelló contra el rostro blanco y pequeño, tirando el delgado cuerpo al piso y dejándolo inmóvil durante los segundos que transcurrieron.
No supo que él muchacho tirado en el piso era su hijo. Su Nathaniel.
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El duque resopló y se llevó a su esposa por el brazo, ejerciendo la fuerza necesaria para que en su catatónico estado pudiera reaccionar por reflejo.
Malvado.
Francis no dejaba de insultar a su hijo. Lo hacía a la más mínima ocasión, tan a menudo como le fuera posible. Se lo decía en voz alta, incluso gritando. Y si no había nadie más alrededor, se lo susurraba al oído.
Ni una sola vez durante su infancia recibió Nathaniel Bourgeois una palmada de reconocimiento de su padre, tampoco una mirada de orgullo. No valía la pena intentarlo, el desdén que le provocaba al duque hablaba por sí mismo.
El tiempo pasó. El chico de piernas y cuerpo delgado se convirtió en un hombre alto, firme y atractivo. Su etapa en Paris estuvo plagada de incidentes y cartas al duque. La desaprobación de su padre se multiplicó en paralelismo con la actitud desafiante de Nathaniel.
Sí Erya había traído la ruina al apellido familiar, él se había propuesto cubrirlo de amargura. Sus hazañas eran atroces, su comportamiento espantoso. Todo lo que disgustaba a su padre, era para él motivo de satisfacción. Por pura rebeldía. Bebía, jugaba, frecuentaba centenares de burdeles. Y si su padre lograba esconder toda su desfachatez y tragarse el coraje… bien, mejor para él.
El verano que cumplió diecisiete años, llegó a casa unos cuantos minutos antes del amanecer de una fresca noche de agosto. Acababa de pasar una agradable velada metiendo temor a unos pobres diablos que se habían atrevido a tocar a su mujer. No es que le importara la chica realmente pero le desagradaba por sobre todas las cosas que tocaran lo que era suyo, ya fuera si ese algo sólo le pertenecía por una noche.
Esa combinación de malicia y lujuria, le habían dejado exhausto. La chica resultó tener una creatividad que nunca hubiese imaginado. En verdad, su talento con la boca era… alucinante.
— ¿Dónde diablos has estado?
Francis se interpuso en su camino. Los labios de Nathaniel esbozaron una sonrisa.
— Eh, ¿Padre deseas una crónica pormenorizada de mis actividades nocturnas? —ni siquiera se molestó en dirigirse a él directamente. Había dejado de tomarle importancia a la presencia de su padre al cumplir los once años.
Hizo un gesto con la mano, invitando a su padre a entrar al estudio, cuya puerta estaba abierta.
Francis achicó los ojos.
— Quizás deberíamos sentarnos. Dado el interés, esto podría llevarnos un par de horas. Ahora bien, es justo que te prevenga que el relato podría… digamos, sonrojarte.
— ¡Calla! —gruño el duque— ¡No tengo el más mínimo interés de estuchar tus obscenidades! —observó a Nathaniel de arriba abajo— Jesús, estás borracho, ¿no es cierto?
Nathaniel hizo una cortés reverencia ante su padre, tan cortés como su estado de embriaguez se lo permitió.
— Gran observación, no ausente de astucia.
Francis rechinó los dientes.
— ¡Cómo deseo que te vayas, te marches y no regreses nunca más!
Sin perder la sonrisa, contestó:
— Razón de más para quedarme.
Y otra vez, las maldiciones empezaron junto a una nueva tanda de bofetadas. Aunque cada palabra y golpe le estuviesen atravesando el corazón, su alma más profunda, no se inmutó ni se permitió una muestra de debilidad. Cuando por fin el pesado silencio hizo nuevo hueco entre los dos, Nathaniel se limitó a inclinar la barbilla por donde se deslizaba un delgado hilo de sangre.
— ¿Debo entender, señor, que ha terminado?
El desdén y la frialdad se escaparon junto a su tono de voz, una frigidez que le recorrió las extremidades le hicieron sentir listo para lanzar el primer golpe.
Con un gruñido, el duque volvió a elevar el puño.
De repente, apareció Erya. Interponiéndose entre los dos gritando:
— ¡Deténgase! Mire la cara de Nathaniel… ¿no ha sido suficiente ya? ¿Acaso su ego herido y la perdida de su vanidad no son suficientes? ¡Su nariz parece seriamente lastimada, por favor!
— ¡Tú, largo de mi vista! —gritó el duque mirando al rubio menor con asco. Luego pasó su mirada de su hijo a Erya adquiriendo su rostro una mueca de confusión.
« ¿Qué era lo que estaba pasando ahí?»
Francis se repitió la pregunta tres veces, y en esas mismas tres veces no encontró la respuesta. Recordaba haber esperado hasta altas horas de la madrugada a Nathaniel, el muchacho tenía una pésima conducta y debía de hablar con él. Sin embargo, no había llegado a su encuentro y él se encontró a Erya. El muy bastardo venía borracho y un horrible aroma a perfume barato le rodeaba por completo. Tenía quince años ¡Por Dios Santo!, ¿qué joven sano y decente se involucraba en nefastos negocios como el alcohol y prostitutas?
Erya, por su puesto. El hijo de una maldita bestia. Un bastardo.
Miró a ambos jóvenes y su mirada adquirió un brillo maniaco. Si todo era como lo recordaba, entonces ¿por qué Nathaniel estaba tambaleante y con la cara empapada en sangre, aparte de esa horrible torcedura que decía que su nariz estaba rota?
El bastardo parecía inmaculado. Sus ropas en su lugar a excepto de cierta agitación en sus hombros y tórax, pero fuera de eso parecía normal, medio adormilado y sano.
Como si fuera inocente, incapaz de cualquier crimen.
La voz de su hijo lo sacó de sus cavilaciones.
— No te metas, Erya. —dijo entre dientes Nathaniel lanzando miradas fulminantes a su hermano menor— De los dos, él que tiene que perder más eres tú.
— Pero… —insistió el menor dudoso.
— Pero nada… lárgate.
El mocoso bajó la cabeza, su cuerpo temblaba. Nathaniel no le dio otra mirada, toda su atención recayó en la inmóvil figura de su padre.
Cielo Santo, su hijo tenía la cara hecha un desastre. Su antes perfecta nariz ahora parecía un pico con la punta hacia abajo e inflamado. Sus caras ropas carecían de la finura con la cual las portó esa misma mañana. Y de él provenía ese desagradable aroma a incienso y sexo.
Como un halo de luz iluminando utópico el cielo nocturno, la comprensión llegó a Francis en un segundo.
« No puede ser… ¿A caso yo…?»
¿Era verdad? ¿Él había puesto una mano sobre su hijo, sobre Nathaniel? Si bien no era la primera vez que le golpeaba, jamás había rebasado la fina línea de la corrección y el abuso. ¡Era impensable! ¡Él amaba a su hijo! ¡Jamás podría llegar a lastimarlo de tal forma! Usar la violencia contra sus hijos –a menos que sus actos fueran irrespetuosos y dejaran en peligro el honor de la familia– no era algo que Francis Bourgeois aprobara ni encontrara correcto.
Empero… No entendía. Joder, no sabía lo que estaba pasando ahí.
— Nathaniel. —llamó con una voz neutral, carente de emociones. El mencionado le miró fijo— Aléjate de…él, sabes que no me gusta que tengas comunicación con él.
Y sin más, el duque se alejó. Encerrándose en su estudio con llave.
El rubio menor miró a su hermano.
— Nathaniel…
— Vete a dormir, mañana tienes que salir de la ciudad, ¿verdad? —preguntó más afirmando, su tono de voz había cambiado a uno suave, cuasi amigable. Se enderezó y se encaminó a las altas escaleras de mármol— Olvida lo que has visto, Erya. No seas una carga más para mí.
Con total parsimonia subió los peldaños, ignorando la rabiosa mirada carmesí que dejaba atrás.
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Nathaniel dejó la pistola sobre el escritorio de roble.
— Has dejado de ser una carga, Jhones. —dijo con una pequeña sonrisa, mientras observaba el cuerpo del hombre que alguna vez le había ensañado todos sus trucos. Con tan solo diecinueve años lo mató e hizo lo que quería; apoderarse de su poder y todos sus escabrosos negocios.
Esa fue la primera vez que se ensució las manos.
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Los años siguieron pasando y, aunque sólo tenía veinticuatro años y era un joven de hermosa apariencia con atractivos rasgos, ya era uno de los hombre más temidos en su mundo, aunque su delicada imagen no demostraba lo que en verdad era, sólo bastaba con mirar un poco más allá de las sonrisas amables y descubrir que el dorado de sus ojos, no era tan luminoso como podía parecer.
Sólo bastaba con detenerse en sus topacios para querer temblar del miedo.
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Lo que había pasado había sido tan jodidamente estúpido que le daban ganas de reírse, de hecho, eso es lo que había estado haciendo durante las primeras horas de la noche. Reírse. Carcajearse como un puñetero maniaco con aquella risa sin alegría que ponía los pelos de punta. Incluso a sus oídos sonaba desquiciante, pero le era imposible parar. La ridiculez del asunto le superaba.
No acostumbraba ensuciarse las manos con alimañas, pero esa noche decidió encargarse personalmente del malnacido que había intentado robarle y del que le debía hasta su vida, o eso le habían dicho sus hombres de confianza.
La puerta se abrió y por ella pasaron dos hombres fornidos y de aspecto desalineado.
— Señor, ya los hemos traído. El rubio se llama Dakota Courtenay, sobrino del conde Adam de Courtenay. —informó el tosco hombre sin mirar a los ojos de su jefe— Parece el típico niño rico orgulloso que aparenta no tenerle miedo a nada. ¿Quiere que nos encarguemos de él? —preguntó con una sonrisa sádica expandiéndose por su mugroso rostro.
Normalmente no se ocuparía de esas cosas, no eran importantes pero el apellido del joven había despertado su curiosidad.
— No, esta vez me encargaré personalmente.
El hombre asintió, para salir de la habitación momentos después. Nathaniel se quedó un rato a terminar de ojear los papeles de propiedad por los que su primo, Ezarel, hacía reclamo. Según las estipulaciones en 1701, las fértiles tierras al sur de Francia junto al Castillo de Carcasona habían sido entregadas a la familia Belcastel en un papel firmado por sus abuelos, padre y tío. No obstante, el contrato sería anulado si en un lapsus de cuatro años el heredero Belcastel no contraía nupcias con una joven cercana a ambas familias.
Después de ese primer contrato se habían escrito y aprobado otros dos más, prácticamente con las mismas condiciones y reglas. Lo curioso era que el último contrato se había perdido y en él se definía al verdadero dueño del catillo y las propiedades. Nathaniel había buscado por cielo, mar y tierra los dichosos documentos restantes pero no logró dar con ellos. Sin querer aplazar más el asunto, había contratado a un experto en leyes de propiedad y testamentos. Sin embargo, hasta el momento el hombre no le había dado una respuesta muy favorecedora.
Con la intuición de tener un muy posible dolor de cabeza, Nathaniel dejó a un lado el asunto de su familia segunda y salió de su estudio. Alzó los dobladillos del cuello de su chaqueta negra y se adentro en la habitación donde provenían varios gemidos y chillidos de terror.
Se sentó en el lugar habitual, desde su ubicación podía ver todo perfectamente sin ser visto. Luego de unos minutos de ver a los hombres siendo mutilados, tomó su pistola y disparó. El joven rubio le miró desde su posición en el suelo. Sus ojos esmeralda brillando en ferocidad y altanería, inmutable a la verdad de saberse muerto.
Le habló sobre lo que les pasaba a aquellos que le traicionaban. Divertido, apuntó entre ceja y ceja rubia esperando ver una reacción diferente. Aburrido se dio cuenta que el joven realmente no tenía miedo a la muerte, pero la codicia de seguir viviendo era evidente en su mirar, por lo que se definía como su debilidad.
Sonrió, esto comenzaba a tornarse divertido.
— Tengo algo que le puede interesar… juguemos, usted y yo. —persuadió intentando levantarse, pero el hombre detrás de él lo empujó nuevamente al piso. No le importo. Había logrado lo que quería; llamar la atención del hombre. El hombre rubio bajo el arma y le miró fijamente, la señal para que siguiera hablando— Tengo una joya… es única en su especie, no es como ninguna otra.
Nathaniel le miró con interés.
— Ella es la mujer más hermosa del pueblo.
— ¿Ella? —preguntó rompiendo el pesado silencio con su voz suave y baja— Una mujer, ¿qué podría hacerla tan interesante para que la ofrezcas?... Quiero creer que eres consiente de que puedo conseguir a la que yo quiera, no me costaría nada. —añadió burlón, hizo una seña con la mano y pronto los cadáveres desaparecieron por las puertas traseras.
Le había dado la oportunidad de apelar por su vida porque, bueno, quería confirmar si al fin rogaría por el perdón de su triste existencia.
Pero… ¿Una mujer? ¿De verdad?, que gran estupidez. Él no era un hombre que se dejara llevar por sus bajas pasiones. Se levantó, estaba más aburrido de lo que ya lo estaba antes y sinceramente, no deseaba llegar tarde al cumpleaños de su madre.
Dakota sintió el pánico en forma de un gigantesco nudo atorado en su garganta. Carraspeando para aclarar su voz, llamó al alto hombre vestido de negro:
— Ella no es como las otras, señor. Se lo aseguro.
Se detuvo, tal vez sería divertido ver que tan patético podía ser por conservar su vida.
Le dirigió una mirada sobre su hombro, la poca iluminación y su atuendo oscuro provocaron que el brillo singular de su mirada, resplandeciera de forma amenazante.
— Bien, te daré una oportunidad. —sin voltearse le habló a uno de sus sirvientes— Eripov, juega por mí.
Un chico castaño y de contextura algo enclenque se aventuró a dar el paso hacia Dakota. Rompió el lazo que encarcelaban sus manos y se dirigieron a una pequeña mesa en medio del salón. Las cartas fueron repartidas, el juego comenzó.
Dakota perdió.
—Parece que me he ganado una noche de placer con una joya única. —musitó tranquilo, la sorna bailando entre sus palabras— Espero recibir mi premio mañana por la noche. —musitó acercándose al joven. Dakota se quedó mudo, observando al hombre frente a él.
En su interior se preguntó si una persona con tal aspecto podía tener una personalidad tan malvada y miserable. Al conectar sus esmeraldas con los topacios, todas las dudas desaparecieron.
La crueldad en las aguas doras no podía mentir. No cuando leías en ellas a la muerte misma.
-:-
Esa mañana, se levantó fastidiada.
Ahora bien, no sólo tendría que aguantar a su hermana todo el santo día, sino que además le tocaba dormir con ella. Miró a su lado y resopló con molestia, bueno, al menos la cama era grande y podía abarcarlas a ambas completamente. Y si miraba el lado positivo de la situación, Dakota no se atrevería a entrar a su habitación. Está bien que fuera un sinvergüenza pero nunca se dejaría al descubierto por conseguir una noche de placer. No era tan estúpido.
Sin hacer ruido, dejó que sus pies se deslizaran fuera de las cálidas mantas, tocando el suelo frío. Su camisón blanco cayó hasta sus tobillos, resguardándola de la pequeña brisa que se adueñaba del cuarto. Nadie había encendido la chimenea. A veces, en momentos como ese, deseaba tener un ama de llaves que se encargara especialmente de mantenerla caliente en las heladas noches de noviembre, pero tampoco quería lidiar con la responsabilidad de un ama de llaves. A parte de que no lo encontrara realmente útil, si ella podía hacerlo ¿por qué no dejarla?
Se giró al comprobar que la diminuta llama no tardaría en transformarse en una esfera roja y grande. Lo suficientemente eufórica para mantener el lugar a una temperatura adecuada.
Caminó hasta detenerse a dos pasos de la enorme cama con doseles y en dónde una delicada joven descansaba de un largo y agotador viaje hasta Vannes, Francia.
Se aproximó hacia la joven durmiente y acarició con cuidado sus hebras marinas. El color de su cabello era hermoso y sin igual, completamente parecido a los cabellos de su padre. Brillaba con la misma intensidad que su dueña tenía para vivir. Inclinó su cuerpo hacia la menor, permitiendo que sus fanales marrones se dieran un paseo por las facciones ajenas.
Veía a su hermana y podía ver a su padre también. Sin duda, Laeti había sido la afortunada en heredar sus rasgos, sólo que estos mucho más finos pero igual de atractivos que los de su progenitor. Y también, había heredado su personalidad jovial e ilusa.
Retuvo un jadeo y las puntas de sus dedos se arrastraron por la frágil curvatura de los parpados de Laeti. Ella tenía unas facciones de muñeca y, así inconsciente en el mundo de Morfeo, se podría hacer pasar por el retrato de algún apasionado artista pintando a su musa complacida.
La menor profirió un suave ronquido girándose sobre su cuerpo hasta quedar boca abajo. El sonido despertó a Yale de su ensoñación y miró a la muchacha con renovado fastidio.
Se alejó de Laeti y le miró una vez más, suspirando esta vez. Nadie sabía el secreto. Jamás se lo confiaron a alguien y seguramente nadie lo sabría. No sabrían que ella y Laeti no eran del todo hermanas, que no compartieron vientre y mucho menos que Laeti era hija de la criada y amante de su padre, Demitri.
Salió de la habitación y caminó por el amplio pasillo mientras levantaba el camisón de mangas largas, sus delicados pies quedaron descubiertos y se propuso andar sobre las puntas.
— ¿Adónde va tan temprano, señorita?
Pegó un bote en su lugar y refunfuñó por lo bajo girándose hacia la jovencita que le había llamado.
— Tengo un poco de hambre. —fue lo único que contestó. Y retomó su camino siendo seguida por la curiosa chica de mata blanca.
— Con gusto le prepararé lo que usted ordene.
Y sin más se adelantó a la cocina a la vez que balanceaba su cabeza de un lado a otro, en aparente felicidad.
Lena suspiró y se repitió mentalmente que era justo por eso por lo que no deseaba un ama de llaves, aunque eso no había impedido que su abuela decretara que ya era tiempo de que tuviera una dama de compañía. Y ahí estaba, Fantine preparándole su madrugador desayuno.
No lo admitiría nunca pero la comida que siempre le llevaba Fantine tenía un dulce sabor. Un sabor que le recordaba a su padre y los veranos soleados junto a éste y su hermana en el río cercano a la playa de Vannes. Lady Courtenay sospechaba que su joven dama preparaba personalmente todas sus comidas. Era un misterio saber como le alcanzaba el tiempo para tener sus alimentos listos y en un perfecto orden. Apetitosos a la vista y el olfato, por no mencionar que sus papilas gustativas hacían fiesta cada vez que probaba alimento alguno.
Estaba agradecida de que esa joven se encontrara en su casa. Incluso, se podía permitir admitir su satisfacción a que la muchacha no le reprochara sus extrañas e indecentes maneras de comportarse.
Una infusión de lavanda y dos bollos de crema eran el desayuno de hoy. Los exquisitos aromas le obligaron a cerrar los ojos e imaginarse el esplendido sabor. Abrió los ojos y le regaló una inconsciente sonrisa a la muchacha que le veía tímida.
— Gracias.
Fantine inclinó la cabeza con respeto y se colocó atrás de su señorita. Silenciosa. Pendiente a cualquier cosa que su joven ama le pidiera.
Con cautela observó a la joven que comía gustosa su comida y una incorrecta alegría le calentó el corazón. Nadie antes había mostrado gusto por sus acciones o por su simple presencia, sólo Margaret, la anciana encargada de su educación. Pero, su señorita no ocultaba su gozo por sus comidas y mucho menos le miraba de una forma desagradable. Cómo el pueblo acostumbraba a hacerlo.
Fantine estaba feliz de servirle a una joven tan amable como Lady Yalena.
Con su delicado cuerpo sostenido por la silla de terciopelo rojo, Yalena terminó de desayunar, y como si no le importase otra cosa, se esmeró en observar a la pequeña estatua humana escondida en uno de los rincones de la cocina.
Fantine elevó sus orbes amatistas cuando la intensidad de los ojos oscuros fue demasiado fuerte para soportarla.
— ¿Necesita algo más, damita?
Los ojos de Yalena se dirigieron a la silla vacía situada junto a ella e ignoró deliberadamente el fastidioso apodo por el cual su abuelo, y al parecer Fantine, solía llamarla.
— Siéntate.
Los ojos de Fantine se ensancharon como dos platos.
— ¿Disculpe?
— Siéntate, Fantine.
La albina boqueó como un pez fuera del agua.
— P-pero yo…
Esta vez, Yalena la miró directamente y pronunció con advertencia— Fantine, siéntate. Ahora.
La chica asintió sumisa y se aproximó hacia ella. Apunto de tomar el lugar a su derecha, ambas fueron interrumpidas por la quejumbrosa voz de la dueña del hogar.
La condesa irrumpió en la habitación seguida por su nieto. La sorpresa se plasmó en su rostro al ver a su nieta junto a su dama de compañía. Reparó en los platos sucios y suprimió una mueca desagradable, pero para su espanto su nieta llevaba aún las ropas interiores de noche.
Oh, esa niña nunca se comportaría como una verdadera dama.
— Buenos días, querida, jovencita. —saludó lo más serena que pudo. Algo imposible si pensaba en lo indecente e incorrecto que era que su propio primo la viese en tales fachas— Por favor, Fantine, lleva a Lena a su habitación. Y asegúrate de dejarla impecable para la salida que daremos por el pueblo en un par de horas.
— Sí, señora.
Yale se mantuvo inexpresiva todo el tiempo, aguantado valientemente la libidinosa mirada de Dakota sobre ella. Él hizo un gesto con la mano. Era la señal. Le indicaba que antes del paseo de esa tarde, ellos dos debían de hablar. Se enderezó con dignidad y salió por la puerta de la cocina seguida de su dama.
Le importó muy poco el agotador peso de la mirada de Dakota en su espalda.
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La noche anterior había llegado en la madrugada. Hubiese querido visitar a su prima, pero recordó que su abuela había comentado que Laeti estaría pasando las noches en compañia de Yale. Y todo por el simple hecho de que la mocosa anhelaba pasar más tiempo junto a su hermana.
Amargado se la pasó el resto del día. Y no sonrió hasta que la vio traspasar el umbral del estudio.
— ¿Qué necesitas? —preguntó de forma suave pero sin dejar su impasibilidad.
— Tienes un trabajo esta noche. —respondió de manera seria, lo que extrañó a la joven— Iras a ver a alguien ésta noche.
— No lo haré.
— Yalena, no es un favor lo que te pido sino una orden, ¿entiendes? —se acercó a ella— En la noche te llevare ante él. Es sumamente importante y espero que colabores, querida.
La dama no dio su brazo a torcer.
— No iré… la última vez uno de esos viejos intento besarme y tocarme. —informó seca. Intentó girarse pero él la tomó por el brazo, impidiendo su escape. Ella se limitó a mirarlo a él y luego a su brazo, Dakota suspiró y lentamente la soltó.
— Perdí la casa y creí que la podía recuperar ayer, pero casi me matan, prometerle tenerte era la única solución. —se separó de él apretando los puños, su cara no abandonó la expresión inmutable de siempre— Comprende, si no lo haces él no nos devolverá la casa… ¿Quieres que el abuelo se enfrente a él? ¿Qué la abuela enferme y tu madre y hermana caigan en desgracia? Además no es un vejestorio como los anteriores… te prometo que será la última vez. No me agrada que ellos quieran tocarte, amor, pero no hay otra opción. —concluyó acariciando la mejilla de la chica, quién apartó su mano con brusquedad— No te tocará. Harás lo mismo que has hecho con los demás e inmediatamente saldrás de ahí. —de su bolsillo delantero sacó un pequeño frasco y lo depositó dentro del escote de la joven— Estaré afuera, esperándote.
Ella le miró una vez más y él dejo escapar una sonrisa suave.
— Todo va a estar bien. Lo prometo.
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El ambiente que se respiraba en Vannes no era particularmente diferente al de cualquier otra noche. Un grupo de elegantes caballeros rodeaban la mesa de juego. El aire se sentía cargado con el olor a brandy y tabaco. Con reticencia, Fleur se adentró en la escena siendo rápidamente el blanco de esos buitres que hoy rondaban la casa de sus señores.
— ¡Que Dios nos ampare de la belleza de las mujeres!
Fleur evitó mirar al regordete hombre noble que había proferido tal insolencia. A veces, se preguntaba por que el destino había mandado a tales muestras de decadencia humana poseer tanto y a los humildes dejarlos caer en enfermedades y una pobreza que dividía familias.
— Por favor, Lord Berdbergott, le pido que se abstenga de levantar la voz, aun más si ese tipo de comentarios pueden incomodar a las damas.
Desde una de las sillas principales, Nevra Lefevre, recién nombrado Duque de Wiltshire, Inglaterra, miró a Lord Berdbergott con paciencia y una inusual reprimenda. El Lord se sonrojó bajo la mirada burlona y socarrona de sus colegas. Acomplejado por el porte del inglés, respondió con tal vez un poco de tirantez:
— Le pido mis más sinceras disculpas, duque Lefevre.
El moreno extranjero alzó la copa de vino en su dirección.
— Absuelto de sus erros, Lord. Es un gusto saber que convivo con gente cauta.
El murmullo no tardó en expandirse, seguramente mañana por la mañana todo el pueblo sabría que el inmaculado y contencioso Lord Berdbergott había sido el inesperado flanco de un mal comportamiento, siento esta acción corregida por el encantador invitado inglés que parecía no tener prisa en volver a su país.
Fleur despegó rizados mechones cobrizos de su frente y al alzar la vista sus bonitos ojos turquesa chocaron con una mirada plateada.
Desde el otro lado de la habitación, Nevra le guiño un ojo a la chica, un gesto cómplice. Ella por su parte se coloreo hasta las orejas y dio una inclinación respetuosa.
Bien, quizá no todos los nobles eran horribles y arrogantes.
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— ¡Capitán! —gritó el primer oficial entrando al camarote más grande el navío. El líder de la tripulación se levantó para poder acercarse.
— ¿Qué sucede?
— Está sobre ha llevado, enviado desde el mismísimo plació real. —dijo mientras le tendía el sobre blanco con un valeroso escudo rojo en el centro. Aún con la imperfección de la cera, el escudo de la realeza no dejaba de verse noble y valeroso.
El hombre abrió el sobre y se dedicó a leer su contenido. A medida que leía su rostro iba adquiriendo distintas emociones, entre ellas se destacaba el triunfo.
El oficial atentó a las reacción de su líder, se acercó a él; curioso por el contenido del sobre.
— ¿Sucede algo, capitán?
Alzó la cabeza y largas hebras rojas enmarcaron su rostro de facciones duras y apuestas. Sus ojos acerados brillaron y una complaciente sonrisa se expandió a lo largo de su cara.
Miró a su oficial y palmeó su hombro con fuerza, no cabía en sí del regocijo.
— Perecer, Kentin, que hemos sido invitados a la real fiesta de su majestad; el príncipe Lysandro.
Sin creérselo del todo volvió a mirar al pelirrojo.
— ¿Acaso eso es…?
— La invitación al palacio real. —le enseño el emblema de oro— Es hora de prepararnos para tal conmemoración.
Esta vez, ambos compartieron la sonrisa ecuánime.
— ¿Deseas algo más, Castiel?
— Sólo hazle recordar a toda Francia por que somos el barco más temido de los siete mares. Me encargaré del resto.
— Será un honor, capitán. —haciendo un gesto parecido al de los militares, el castaño salió por la puerta de madera. No pasó mucho tiempo para que el gritó de jubilo de su tripulación llegara hasta sus oídos.
Se aproximó hasta la ventana de su camarote y sonrió hacia las aguas salvajes. En menos de cinco días sería el cumpleaños de su majestad y ellos estarían listos para asistir a palacio.
Por fin, la deuda sería saldada.
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— He de admitir, Dakota, que es sumamente hermosa.
Yalena miró al hombre frente a ella y la respiración se cortó a mitad de su faringe. Se parecía a él. Dorados cabellos enmarcando un rostro alevoso y masculino. Porte orgulloso y un semblante aristocrático envidiable. Y por último unos ojos tan ámbar como los campos de trigo.
«Dorados. No carmesí.»
Unos ojos que, sin restricciones, le gritaban que esa noche sería una que recordaría por el resto de su vida.
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Continuará~
¡Hola, hola, mis amores!
Antes de sus tomatazos debo decir que tuve un pequeño bloqueo que gracias a todo lo misericordioso en el mundo, se la esfumado ya :D
¿Qué les pareció el capítulo? Ya saben, dejen sus respuestas y sino pues, ni modo. ¿Qué se le va a hacer? No se puede obligar a nadie ;):
En lo particular creo que ha sido bastante revelador. No sean impacientes que mientras más lento vaya mejor será la verdad cuando se descubra ;)
Parejas del fic:
Nevra – Fantine.
Lysandro – Fleur.
Kentin – Michelle.
Ezarel – Cielo.
Valkyon – Xyne
Armin – Ekaterina.
Leifthan – Selyse.
Castiel – Guinevere.
Disculpen la tardanza, pero las responsabilidades son duras de ignorar DX y también las faltas ortográficas.
¡Espero hayan disfrutado del capítulo! ¡Gracias por leer!
¡Hasta la próxima! Saben que los amo, ¿verdad?
Precioso inicio de semana laboral.
Preguntas, dudas, comentarios. Toda crítica es bienvenida, sí y sólo si es constructiva.
Geraldine
Escuchado " More Blood " – Diabolik Lovers More Blood OST.
06/03/17.
