N/A: Okas. El primer capi, o algo así. Bueno, de antemano advierto que este fic va a ser Romántico (muuuuy romantico, a mi estilo, o lo que digo yo que es romance XD), lento (ofensivamente lento) y lindo (pffff.... digo lindo pq me gusta, si no me gustara ni un poquito no dijese que es lindo xD) Ueno, solo me resta q alguien lo disfrute al menos. Acias x leer y x comentar (a quienes lo hacen nOn).
II. ROSAS
Sus lustrosos zapatos ni se sintieron por sobre el suelo pulido. Gaara saludó con un leve movimiento de cabeza a su asistente, quien le sonrió formalmente y le tendió una carpeta de considerable tamaño con los casos que tenía para la semana. La verdad ni a ella ni a nadie le extrañó verle en el hospital a esa hora.
-Debería descansar, Sabaku-san- comentó la muchacha casi sin querer hacerlo pero no pudiendo evitarlo.
Los sagaces ojos del médico se posaron en ella.
Sus pupilas variaban entre el verde y el azul. Tenían un color hermoso pero cuando miraban fijamente podían llegar a resultar intimidantes.
-Los que escogemos mi profesión nunca descansamos, Sakura-chan- su voz era rasposa y grave, varonil aunque sonara cansada.
-¿Ni siquiera en sus días libres?
Sonrió.
-¿Qué días libres?
Sin decir más ni esperar respuesta se adentró a su oficina. Las luces se prendieron nada más poner un pie adentro.
La oficina era pequeña, reducida pero cómoda. Tenía todo lo que necesitaba. Un pulido escritorio, varias repisas llenas de libros y un enorme ventanal con una hermosa vista de la ciudad. Era apenas media mañana y Gaara se acercó a su escritorio, tomó asiento y dejó descansar la cabeza en el respaldar de su silla. Estaba cansado, pero entonces él siempre estaba así. El insomnio que padecía se hacía peor con cada día que pasaba. Antiguamente había sido capaz de conciliar al menos un par de horas al día, pero ya iban dos semanas seguidas en las cuales no pegaba ojo ni por cinco minutos.
Este hecho no le molestaba, porque de igual forma dormir no era algo que hubiese apreciado nunca hacer.
Era más porque siempre andaba agotado, su humor se hacía cada vez más negro, su cuerpo comenzaba a sentirse pesado y ya ni siquiera tenía ánimos para fingir estar bien. Todos sus colegas habían notado el cambio e incluso la directora del hospital le había mandado a llamar, preocupada por la salud de uno de sus médicos más brillantes, pero Gaara tan sólo había descartado el asunto como una mera molestia pasajera. Y las cosas se habían quedado de ese tamaño.
Ahora, con menos horas de sueño y más tiempo libre, Gaara pasaba todo el día en el hospital. Atendía diariamente sus casos y cuando terminaba simplemente se enfrascaba en atender a otros, en estudiar o leer algún libro de medicina, o simplemente yacer dentro de su oficina escuchando algo de música, esperando que por algún milagro sus ojos se cerraran y él pudiera descansar. Pero eso nunca pasaba. No había ocurrido ni el primer día ni el segundo ni ninguno de los que llevaba cuenta.
Definitivamente estaba destinado a permanecer despierto.
-Demonios- gruñó el doctor al notar que no podía relajarse.
Detestaba estar de perezoso, así que abandonó su postura tan cómoda y dio un vistazo a la laptop que descansaba sobre su escritorio.
Estuvo contemplando el pequeño aparato por espacio de cinco minutos. Al sexto minuto su corazón comenzaba a palpitar más rápidamente. Supo de inmediato que no era más que la emoción al poder preveer lo que encontraría allí dentro. Con manos casi temblorosas sus dedos se movieron hasta abrir el correo electrónico. Sus ojos se achicaron al ver un mensaje no leído.
Cuando dio 'click' sobre el nombre que tan bien conocía ya, ni se percató de la ínfima sonrisa que surcaba su rostro.
"Sabaku-san:"
"No quiero parecer molesto. No quiero que piense que lo estoy acosando- sí, claro que no iba a pensar eso. Ese hombre de repente comenzaba a llenarlo de e-mails pidiendo su ayuda y lo menos que Gaara iba a pensar era en acoso-. Si insisto en pedirle ayuda es porque realmente no tengo otra opción. Mi enfermedad me consume día con día, y yo ya no puedo soportar estar así. No puedo dormir, y al mismo tiempo, despierto siento que duermo. Me desgasto, Sabaku-san, terriblemente. Por favor, ayúdeme. Se lo suplico, tiene que ayudarme."
"Rock Lee."
Gaara hizo un gesto, y el lugar donde debía aparecer una ceja se curvó graciosamente. La misiva no lo sorprendió como habría esperado en un comienzo. Y más que asustarle comenzaba a ganarle la curiosidad. ¿Quién sería este Rock Lee? ¿Cómo había obtenido su correo electrónico? ¿Cuál sería la enfermedad que le aquejaba de tal modo? Casi sin pensarlo, el médico se vio a sí mismo respondiendo, por primera vez...
"Rock-san:"
"No puedo decir que sus cartas me hayan resultado agradables. Sí, considero un poco ruda su insistencia. Agradecería, por favor, si pudiera dejar de enviarme estos e-mails que consumen mi valioso tiempo. Gracias de antemano."
"Dr. Sabaku."
Pensativo, su dedo se detuvo a medio camino entre enviar o arrepentirse. Finalmente decidió que lo mejor era acabar con esas cartas, así que oprimió el "SENT" y mandó el mensaje.
De vuelta dentro de su silenciosa oficina, Gaara se sintió como un muchacho de nueva cuenta. Como si se hubiese introducido dentro de uno de los libros de ficción que solía leer de niño y pudiese vivir todas las aventuras que antes le emocionaban. No, negó con la cabeza repetidas veces. Allí no había emoción. Simplemente alguna persona con algún tipo de trastorno psicológico y nada más. Lo que vendría a continuación sería la simple y llana decepción al darse cuenta de que los mensajes se detendrían.
Lo cual era bueno de todos modos.
Él tenía demasiadas cosas que hacer como para perder su tiempo de esa forma.
Pensando en esto, enfocó su atención en la carpeta de pacientes que le entregara Sakura al llegar. Su ceño se frunció levemente al pensar en el primer paciente. Un hombre saludable, joven, sin ningún historial clínico de ningún tipo, y de repente estaba muriendo.
"Me pregunto si..."
XxXxX
Un potente chorro de agua fría le hizo despabilarse. Gaara juraría que iba a desmayarse a causa del agotamiento. Contemplando fijamente el reflejo de su rostro en el espejo, se dio cuenta de qué tan grave era su problema. Su piel normalmente era pálida, pero comenzaba a tomar una tonalidad grisácea, enferma, como demacrada. Su cabello, antiguamente de un tono rojo muy vivo y parecido a la tonalidad de la sangre se veía opaco y sin vida, como hebras muertas sobre un cuerpo igual de muerto. Pero entonces el cambio más radical eran sus ojos. O, propiamente dicho, lo que eran las ojeras alrededor de sus ojos, las cuales se habían acentuado considerablemente hasta darle una apariencia casi demoníaca. En más de una ocasión le habían preguntado qué tipo de maquillaje usaba, pero él había estado demasiado extenuado como para responder con un comentario mordaz.
Pero no podía continuar así, hasta convertirse en un cadáver ambulante.
Porque no sólo sus horas de sueño se habían visto mermadas, sino que su apetito también. Eran raras las oportunidades en las que podía permitirse una comida decente, y no era por falta de dinero en realidad. Su estómago parecía no poder tolerar algo más que un sandwich ligero o una que otra cosa inservible; todo lo demás acababa en el lavabo dentro del baño de caballeros. Esto hacía que su energía decayera considerablemente, y su fuerza también.
Suavemente, como con temor, sus dedos se pasearon por sobre el tatuaje en su frente, justo encima de donde debía estar la ceja izquierda.
Todas las pruebas que se había hecho habían arrojado resultados estables. No estaba enfermo, al menos no en el sentido literal. Todos sus amigos habían coincidido, sin embargo, en que algo faltaba en la vida del serio médico.
La yema de sus dedos recorrió la inscripción japonesa.
Algo faltaba en su vida.
"¿Amor tal vez?", se preguntó.
En lo que llevaba trabajando en el hospital ninguno de sus colegas le había visto una pareja, ni hombre ni mujer. Aunque la verdad es que las cosas se habían desarrollado simplemente así. Gaara no había intentado buscar pareja y por lo tanto estaba siempre solo. No tenía nada de qué quejarse. Y no, no era que tuviese estándares demasiado altos sino que simplemente nadie había logrado captar su atención. No podía ser tan malo ni tan extraño, ¿o sí?
Pues al parecer los otros médicos del hospital no pensaban lo mismo. Internamente deseaban ver al pelirrojo con algún compañero sentimental que les hiciese saber, de una vez por todas, que el doctor era un ser humano y no una especie de androide.
Pensar en esto le hizo reír.
Pero entonces su rostro volvió a ponerse serio, casi lúgubre.
No era cosa de bromas. Su salud era un asunto importante. Las personas de su profesión no podían darse el lujo de descuidarse.
"Ya debo salir", pensó no sin cierta molestia. Terminó de lavarse las manos, se secó un poco el rostro y salió del baño. Un largo suspiro abandonó sus labios al percatarse de la figura que le esperaba fuera.
Tsunade le miró de forma reprobatoria y sin embargo no pudiendo esconder la lástima que sintiera al verl su estado. Este Gaara no era ni remotamente parecido al chico que llegara a su oficina no pidiendo sino exigiendo empleo, porque iba a ser una adquisición tremenda para el hospital. Lo cual había sido, tal cual, pues era uno de los mejores médicos en su rama. Pero de aquel joven de aspecto cuidado y enérgico, este no era ni la sombra.
-¿Vomitando de nuevo?- preguntó la mujer con la confianza que le confería su rango.
Gaara se vio imposibilitado de mentirle.
-No me cae muy bien la comida de la cafetería- respondió comenzando a caminar rumbo a su oficina.
No sin cierto pesar pudo sentir a la mujer retomar camino a su lado. Si Gaara tenía que tolerarla todo el trayecto, estaba seguro de que terminaría suicidándose. La mujer, cuando quería, era peor que un dolor en el trasero. Y ese día parecía estar más insoportable de lo usual. Caminó junto a Gaara, todo el tiempo observándole con ojo crítico, controlándole hasta la respiración.
-¿Te has hecho pruebas?- inquirió Tsunade, aunque ya sabía de antemano la respuesta.
-Todas negativas. Y a pesar de la baja posibilidad hasta me he chequeado en busca de enfermedades venéreas- la mujer alzó una ceja a modo de asombro-, para placer de mis 'amigables' compañeros.
Gaara recordó el rostro de Naruto, uno de sus mejores amigos dentro del hospital, cuando le dijese lo de las pruebas. El chico había estado riendo largo rato y aún de vez en cuando le veía y soltaba una larga carcajada. Era una de las pocas personas que realmente se preocupaba por el bienestar del pelirrojo, y siempre, siempre le repetía que tenía que buscarse una chica y tener sexo de una vez por todas. Claro que Gaara nunca había discutido su vida sexual con él ni con nadie, pero lo suficientemente molesto todo el mundo asumía que él no mantenía relaciones con nadie, lo cual era cierto pero no reducía su molestia en lo más mínimo.
Según tenía entendido 'vida privada' era justamente eso, privada.
Aunque en ese hospital había de todo menos verdadera privacidad.
-Creo que debes descansar- dijo Tsunade a lo último una vez llegaran a la puerta de la oficina de Gaara. El pelirrojo rezó para que a la mujer no le diera por pasar.
-Justamente ese es el problema, pero descuida, ya veré como solucionarlo- y le miró un par de segundos más, como esperando su contestación, pero viendo que la otra no tenía intenciones de añadir nada más, entró a su oficina.
A punto de cerrar la puerta escuchó la voz de Tsunade:
-Eso espero, Gaara. Por tu propio bien eso espero.
Y el pelirrojo no supo si lo que había escuchado era una amenaza o verdadera preocupación en su tono. En cualquiera de los dos casos no tenía los ánimos ni la fuerza necesaria para ponerse a pensar en ello. Lo único que quería era, seriamente, despejarse un poco, porque para colmo un horrible dolor de cabeza comenzaba a formarse. ¿Es que no podía estar peor?
Al ver a Sakura dentro de su oficina, supo la respuesta.
-Lo siento, Gaara-san, pero el paciente de la habitación trescientos cuatro ha muerto.
Sí, podía estar peor.
XxXxX
Maldijo por lo bajo y sus dientes castañetearon de frío. Estaba jodido, literalmente jodido. No sólo su cabeza parecía iba a reventar en cualquier segundo, sino que además de eso uno de los pacientes con los que trabajaba, al cual se suponía debía salvarle la vida, había perecido esa tarde. Y para colmo una muy enojada Tsunade le había prohibido pasar la noche en el hospital. En ese momento Gaara se sentía como un perro apaleado por su dueño. No era la primera vez que perdía a un paciente, pero siempre resultaba duro y casi insoportable.
Entró a su departamento y lanzó la gabardina negra lo más lejos posible.
No se detuvo en su recorrido al estudio. Cerró la puerta con un fuerte 'BAN' y hasta los cuadros de las paredes temblaron. Sentía una súbita ola de calor y coraje. Estaba ardiente, como un volcán, y con ganas de destruirlo todo. Entre los sucesos del día y el dolor de cabeza, tenía unas tremendas ganas de halar sus largas hebras de pelo rojo y tirar de ellas hasta desgarrarse el cuero cabelludo y cubrir todo de sangre, desde las blancas paredes hasta la suave alfombra bajo sus pies.
Se dejó caer sobre su asiento y cerró los ojos brevemente, esperando a que la sensación pasara. Un latigazo de fuego le lamió los nervios, uno a uno, desde la cabeza, descendiendo por la columna hasta decantar por sus brazos, manos y dedos. Su respiración se hizo forzosa y trabajada, su pulso se tornó errático y él tuvo que contar hasta diez para tratar de hacer que las reacciones de su cuerpo volvieran a la normalidad. Estaba harto, sinceramente hastiado de su vida diaria.
Realmente nadie sabía lo que era su existencia, ni Naruto con sus constantes bromas acerca de su nula vida sexual ni Tsunade, con ese falso aire de maternidad que buscaba reconfortarlo cuando no había caso. Estaba harto de todo. De llegar a su casa y encontrar todas las luces apagadas, de acostarse a dormir sin poder despedirse de nadie, de tener que ir a trabajar sabiendo que todos sentían lástima de él, de ver morir a sus pacientes porque no ha podido salvarlos a tiempo y, más que nada, harto de fingir que nada de eso le importaba.
Toda su vida no era más que una farsa, y Gaara odiaba toda esa falsedad que lo rodeaba y de la cual no podía desprenderse ni aunque quisiera. En momentos como esos deseaba algo que acabara con su ininterrumpida monotonía. Algo, cualquier cosa, hasta...
Hasta la carta de un extraño.
Abrió los ojos rápidamente. Con una expresión casi frebril, sus dedos sudorosos abrieron la laptop que mantenía en el estudio de casa. Estaba nervioso, demasiado nervioso. Se sentía como un niño al cual le han adelantado el regalo de Navidad. Sus ojos escanearon la pantalla una y otra vez, de arriba hacia abajo, y Gaara supo al momento lo que era ese vacío en la boca del estómago: decepción. Revisó una vez más para constatar que no estaba pasando nada por alto, pero no.
No había ningún mensaje.
Con un gruñido de frustración cerró la pantalla y contuvo las ganas de lanzar el ordenador contra la pared.
"No más cartas molestas que me desconcentren..." pensó con cierta amargura.
Gaara supo también que esa noche volvería a ser un tormento. Y extrañó, sino es que en lo más recóndito de su mente, a ese intruso llamado Rock Lee.
XxXxX
Era primera hora de la mañana. Tras un intento de desayuno, una despejada carretera y una que otra maldición mascullada por lo bajo, Gaara salió del estacionamiento del hospital y se dirigió a su oficina. Por el camino no pudo evitar notar algo extraño. Por donde quiera que pasaba, se le quedaban mirando fijamente. Y no eran miradas de aversión, lo cual era extraño de por sí, sino que le observaban con algo de curiosidad, burla, ¡y algunos hasta reían al verle pasar!
Gaara rodó los ojos con sumo fastidio.
Tras pasar a la quinta persona con la misma reacción, a la siguiente le dedicó su peor mirada asesina, lo cual le garantizó una expresión tornada temerosa.
Sonriendo para sus adentros, se acercó a Sakura y le saludó brevemente.
-¿Es mi imaginación o todos están actuando más raro de lo normal?- preguntó tomando la carpeta de pacientes.
-Es su imaginación- contestó la chica con la sonrisa más grande que el doctor le hubiese visto hasta el momento.
Inmediatamente el pelirrojo supo que algo realmente extraño estaba pasando. Aún con un mal presentimiento trepando por su espinazo Gaara se fue a su oficina. Nada más abrir la puerta tuvo la creciente sensación de que había ido a parar a una dimensión desconocida. Asimismo tuvo que reprimir la necesidad de salir corriendo sin mirar atrás, tomar su auto y devolverse a su casa. No lo hizo porque la inmovilidad era más fuerte que su instinto y porque, a pesar de todo, había algo en toda la escena que parecía llamarle, invitarle casi.
Tras una honda inhalación dio un par de tentativos pasos hacia su escritorio, donde yacía el más adornado, colorido y hermoso ramo de rosas rojas que hubiese visto nunca.
Porque allí estaba, como salido de la nada, invitante y casi insultante de toda la sobria y casi sombría decoración de la pieza.
Con la boca abierta de la impresión y un rostro simplemente indescifrable, Gaara se acercó al gigantesco ramo que debía contar con varias docenas de rosas rojas, todas abiertas y perladas de aparente rocío artificial. Al lado del fastuoso ramo descansaba una pequeña tarjeta de color también rojo. Gaara la estuvo mirando por contados segundos, como asegurándose de que realmente estaba ahí. Finalmente la tomó, con delicadeza como si fuese a desintegrarse ante el más mínimo contacto, y aunque el mensaje era más bien breve, estuvo largo rato contemplando lo que decía.
Un simple, sencillo y corto: "Lo siento".
Gaara miró la limpia caligrafía y releyó las dos palabras sin descanso.
Había algo que no terminaba de entender, como si hubiese armado un intrincado rompecabezas para ver al final que aún falta una pieza.
-Han llegado esta mañana- avisó Sakura asomándose por el resquicio de la puerta, gratamente sorprendida al ver a su jefe junto al ramo de flores-. Me he tomado el atrevimiento de ponerlas en agua, son muy hermosas.
No obtuvo respuesta. El médico se hallaba demasiado concentrado en buscarle una explicación lógica al mensaje recibido. ¿'Lo siento'? ¿Por qué alguien se disculparía con él?
Sakura, sin embargo, tomó el silencio como una mala señal. Carraspeó con nerviosismo para atraer la atención de su superior y añadió:
-Si no le gustan las puedo sacar- a lo que Gaara esta vez sí le miró.
-N-No, no es necesario. Está bien así, Sakura, puedes irte.
La chica hizo un corto puchero de protesta antes de dejarle solo. Estaba más que curiosa por saber quién le habría dejado las flores a su serio empleador. La verdad es que nunca le había comentado en lo más mínimo, ni a ella ni a nadie. Aunque a decir verdad el propio Gaara estaba igual de sorprendido que los demás. Él menos que nadie había previsto algo como esto. Y lo cierto es que además de incómodo le resultaba mínimamente agobiante. Ahora comprendía las miradas burlonas del resto del personal. Ellos sabían del ramo...
¿Lo habría enviado alguno de ellos acaso? ¿Una especie de broma? Pero entonces... ¿por qué 'lo siento'?
"No tiene sentido", pensó Gaara colocando el ramo en una de las repisas, lo suficientemente cerca de la ventana como para que le diera el sol y lo suficientemente lejos como para que no distrajera su vista. Se sentó en su silla y contempló fijamente la ciudad que se extendía a sus pies. Aún era demasiado temprano y las calles aún no se veían abarrotadas de gente. El pelirrojo buscó, entre los transeúntes, alguna persona sospechosa, alguna mirada hacia su oficina, cualquier cosa.
Entonces sonrió al darse cuenta de lo que hacía.
Estaba siendo demasiado paranoico.
Encendió su laptop y, como costumbre suya, lo primero que hizo fue dirigirse a revisar el correo. Entonces se detuvo, como paralizado.
Su corazón palpitaba a mil por hora cuando contempló aquel remitente que comenzaba a asaltarlo. Flor de Loto. El apodo lo tenía grabado a fuego en la memoria, porque durante muchas noches había revisado sus cartas una y otra vez buscando algún indicio de insanidad mental. Pero todo lo que había hallado en las cortas misivas era a un hombre desesperado. Un hombre que suplicaba como un niño por algo de ayuda.
"Querido Sabaku-san:"- ah, incluso el comienzo era diferente. Gaara tembló de forma visible, pero sabía que era a causa de la emoción.
"Espero que haya recibido mi regalo, y espero que le haya gustado. Son rosas rojas, mis favoritas, a todos les gustan las rosas rojas. Son, en parte, para pedir disculpas por todas las molestias ocasionadas, y también para pedir perdón por todas las que le causaré en el futuro."
"Sabaku-san, por favor, no me pida que deje de intentar pedirle ayuda. Si usted supiera cuánto lo necesito sería un poco más solícito conmigo. ¿No ve que estoy muriendo? Soy un hombre joven. Apenas tengo veintiséis años, y no quiero morir. Nadie quiere morir. Por favor, ayúdeme. Sólo usted puede hacerlo."
"Rock Lee."
Gaara tomó una larga bocanada de aire, un enorme peso siendo depositado sobre sus hombros y un trancón horrible dentro del pecho. Ahora, para colmo, se estaba sintiendo culpable. Completamente culpable ante un sujeto que había invadido su vida y su privacidad. Un sujeto que, sin embargo, estaba muriendo. Gaara conocía ese sentimiento, sabía lo que era no desear morir, y por lo mismo se veía en una encrucijada.
Como médico no estaba bien abandonar a alguien en apuros, iba en contra de todo código de ética y moral y, más importante que eso, iba en contra de todas sus reglas y principios. ¿Pero cuántas veces no había recibido ese tipo de e-mails, ciertamente no tan insistentes, los cuales resultaban ser una completa tontería o, mucho peor, una simple broma? Bastantes problemas se había buscado ya el pelirrojo a causa de esas cartas, a las cuales había prestado demasiada atención, como para caer de nueva cuenta. Ya bastante mal estaba su relación con Tsunade como para colmo darle una excusa para despedirle o mandarle a unas vacaciones forzadas.
No, no podía arriesgar su trabajo, ni por Lee ni por más hermosas que fuesen las rosas.
"Rock-san:"
"El ramo ha estado muy hermoso. Por favor, deje de enviarme e-mails. Si insiste con su acoso voy a llamar a la policía."
"Dr. Sabaku."
Después de esto trató de despejar la mente. No podía dejar que el asunto con Rock Lee lo desviara de su curso. Por más que una parte de él agradeciera profundamente su incursión en su vida, su lado más racional le instaba a no prestarle demasiada atención, no tener muchas esperanzas. Ese tal Lee debía ser como todos los otros: un ocioso sin nada mejor que hacer. Y él no volvería a repetir los errores del pasado.
No de nuevo.
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CONTINUARA...
