Holaa ¿Que tal estasi? sentimos mucho haber tardado tanto en actualizar, el caso es que se nos ha borrado dos veces todos losd capitulos que tenimos escritos de todos los fics y cuando escribimos todo por tercera vez Se nos estropeo el disco duro y perodimos Todooooooo una tercera vez , y no sabeis lo que frustra eso , bueno seguramente muchas de vosotros/as si , el caso es que entre eso y varios problemas familiares de cada una respectivamente ... no hemos podido actualizar antes perdon de verdad , en recompensa publicamos dos capitulos ya nos direis que tal esta esperamos vuestros comentarios
Segundo Capitulo
Desde que ambos llegaran de nuevo a la cabaña cada uno había permanecido en un lugar diferente. Seto actuaba como si nada hubiera pasado pero al rubio todavía le angustiaban sus palabras… Aun así una parte de él lo echaba de menos.
Joey entró en la habitación guiado por aquella extraña luz titilante que se veía desde el pasillo. La estancia estaba repleta de velas que proyectaban una luz rojiza. Por instinto, probó a darle al interruptor. A la luz no le pasaba nada. En el momento en el que volvió a apagarla notó como alguien lo sujetaba por la espalda.
—¿Qué haces Seto?—Peguntó Wheeler.
—¿Necesitas
que te lo explique?—Los labios del joven Kaiba rozaron su oreja.
Con cada palabra le hacía notar como si el calor de su aliento
lo acariciara. Demasiado atónito Joey no pudo más que escucharlo. —Rodeo tu cuello con mis brazos.—Le anunció con un deje
juguetón. —Mis manos se colocan sobre tu pecho y mis dientes muerden… tus hombros. Mi cuerpo…—Seto hizo una pausa para
morderlo otra vez.— se acopla al tuyo con tal perfección que
podríamos ser dos piezas del mismo puzzle, las únicas que
encajan.
—Suel… suéltame.—Tartamudeó Joey.
—¿A caso
me lo estas ordenando?—Las manos de Seto no detuvieron su avance
subiendo y bajando sobre su pecho. Al poco tiempo el rubio notaba
calor en su torso por la fricción.—Me perteneces.
Como si esas palabras tuvieran poder para romper un hechizo Joey se soltó dispuesto a encararse a él. Seto lo contempló como el cazador que admira una pieza. Sus ojos tenían un extraño brillo alimentado por aquella sonrisa retorcida que adornaba su rostro en todo momento. Un instante después Kaiba lo sujetaba por las muñecas y lo hacía caer al suelo. Al tropezar contra la mesa una de las velas se volcó dejando caer la cera derretida en el dorso de la mano de Kaiba. Para sorpresa de Joey no solo no profirió ninguna protesta sino que Seto tuvo que ahogar una exclamación de placer.
—Me perteneces.—Repitió Kaiba. Su voz sonó rasposa, demandante.
Seto invadió la boca del rubio con su lengua. El hombre se obstinaba en resistirse como si tuviera elección. Al principio eso divirtió a Kaiba hasta que su revoltoso esclavo decidió terminar aquel beso desesperado de un mordisco. Pillado por sorpresa el joven millonario retrocedió dejando espacio suficiente a su compañero para que pudiera ponerse en pie. Aun de rodillas no apartó sus ojos del rubio mientras retiraba la sangre de sus labios con el dorso de su camisa. Apoyándose en una pierna se levantó y a Joey se le antojó, muy a su pesar, que era un ser formidable. Sus retinas brillaban pero no supo decir si por la luz de las velas o por su espíritu. Pensó en huir de su captor pero para cuando sus pies le obedecieron el cuerpo de Seto descansaba sobre la única puerta de salida. El empresario chascó la lengua en señal de reprobación.
—¿Voy a tener que volver a educarte? Eres un mal esclavo.—Los dedos de Seto jugaron con una de las llamas.
–La broma ya ha ido muy lejos. ¿Qué? ¿Qué haces?
Los labios de Seto se curvaron en una sonrisa sórdida que heló la sangre del otro muchacho. Sujetando una de las velas en su mano se aproximo de nuevo hacia Joey. Cada paso que daba hacia él su invitado lo daba hacia atrás demasiado asustado para darle la espalda. Cuando ya no hubo más cuarto que recorrer Joey quedó pegado a la pared. Sus parpados se abrieron de par en par al observar como su demente anfitrión derramaba con deleite la cera caliente sobre sí mismo. Más que el hecho de verle hacer algo así lo que realmente le sorprendió fue ver aquella expresión de sumo placer que apareció en su rostro hasta que…
Seto pareció perder el equilibrio y necesitó asirse a la pared para no caer. Joey tuvo que sujetarlo.
—¿Dónde…? ¿Qué…?—Comenzó a preguntar Kaiba. Una de las manos del joven asió su cabeza como si le doliera muchísimo mientras la otra se agarraba a Joey para no caer. Sentía calor y por un instante pensó que sería por estar tan cerca del rubio. De pronto comenzó a gritar. —¡Quema! ¡Quema!—Exclamó sacudiendo el brazo en el que el mismo se había vertido el liquido caliente.
Si en algún momento Joey había dicho que quería marcharse en aquel momento lo reiteró.
—Dios… quiero irme.
Wheeler cogió en brazos a Kaiba cuando se desmayó y cargó con él hasta su habitación. La frente del millonario estaba empapada en sudo y su cuerpo se movía como si sufriera. Al pasar un dedo para apartar el flequillo de su rostro se dio cuenta de que ardía en fiebre.
Sumido en un sofocante sopor Seto Kaiba comenzó a tener un sueño demasiado real.
—Seth contempló a su esclavo, que aguardaba encadenado de rodillas, antes de volver la atención. Sus consejeros hablaban.
No llegaba a entender por qué alguien podía venderse por salvar a otros. No entendía, como aquel hombre de cabellos rubios había aceptado ser su esclavo para proteger a la muchacha. En toda su vida solo su hermano significaba lo suficiente para hacer algo así pero nadie era como Mokuba. De nuevo sus ojos azules se posaron en su piel. Tenía moratones por la mitad del cuerpo y su labio estaba partido.
Lo que más le dolió ver era ese par de ojos perdidos en la nada. Era como si se refugiara dentro de él.
—¿Qué debemos hacer, Sumo Sacerdote?
Seth estuvo a punto de preguntar de qué hablaba hasta que volvió a darse cuenta de donde se encontraba y de quien era. Joune solo tenía aquello que se había buscado.
—Construir el templo donde los astrónomos han indicado y sí no se retiran del asentamiento los sepultáis bajo el.
—Sí, sumo sacerdote.
Al terminar se puso en pie para abandonar la estancia. Joune no tenía nada que no se hubiera buscado se repitió. Como iba a consentir que le hablara así delante de todos. No quiso castigarlo de aquella manera, como tampoco quiso matar a su hermana, pero ser el sumo Sacerdote le ataba más a su deber que a sus deseos.
No había tenido nada que no se hubiera buscado.
Antes de abandonar la estancia uno de los guardias le preguntó.
—¿Seguimos con el castigo señor?
Los puños de Seth se apretaron hasta casi parecer blanco y a pesar de que sus sentimientos querían que aquello parase su honor y su deber contesto por él – Sigan con el castigo, terminen y déjenlo luego encerrado en mis aposentos— terminó de decir entre dientes, antes de desaparecer en la oscuridad del pasillo.
