Ever After High no me pertenece
Madeline Hatter
Maddie era alguien excéntrica, aunque no se podía esperar menos de la futura Sombrerera. A veces, y aunque le doliera, Alistair debía confesar que era complicado seguirle el ritmo. A pesar de haber convivido con ella tanto tiempo en Wonderland, seguía sorprendiéndose de la joven que podía sacar cualquier cosa de su pequeño sombrero. Cuando Maddie lo asaltó en los pasillos, supo que la chica planeaba algo y quisiera o no, él terminaría envuelto.
Caminaban por los pasillos los cuales estaban vacios, la campana había sonado hace poco y todos estaban en sus clases; si el director Grimm los encontraba fuera del aula, les tocaría un buen castigo. Observó la espalda de Maddie, con cada pequeño salto que daba sus rizos se mecían; parecían resortes de colores. No tenía idea de lo que harían, la chica solo lo reclutó y comenzaron a avanzar a una dirección desconocida para Alistair.
–¿A dónde vamos? –.
Maddie rió y meció su mano, negando. –Ya lo veras–.
Siguieron avanzando, salieron de la escuela y caminaron hasta llegar al estadio de los dragones. Estaba prohibido ingresar sin la supervisión de un profesor y todos en la escuela lo sabían. Alistair se mantuvo en silencio, olvidando la norma y disculpándose mentalmente con Bunny, a la conejita le daría un ataque de saber que el rubio estaba violando las reglas. Llegaron a los establos, Maddie abrió la enorme puerta de madera y Alistair la cerró.
Cada dragón estaba en su establo, algunos comiendo, otros simplemente dormidos. Maddie corrió hasta un dragón de color verde y morado, el cual al solo verla comenzó a golpear el piso con sus enormes garras, creando un estruendo. Maddie rió y acarició el escamoso hocico de la criatura, Alistair se mantuvo en el centro del pasillo, evitando acercarse a alguna de las bestias. Se detuvo detrás de Maddie y la observó un rato.
–¿Vinimos solo a que vieras a tu dragón? –. Preguntó, masajeando sus brazos cuando el animal le miró.
Maddie volvió a reír. –¡Claro que no, tontito! –. Dijo. –Venimos a que tengas la hermosa experiencia de volar en un dragón–.
El rubio abrió los ojos de más, levantó las manos y las agitó de un lado a otro. ¿Subirse a una de esas cosas? No, gracias. No temía a las alturas, temerle a las alturas en Wonderland podía ser lo más estúpido de todo el mundo, pero si le temía a esas enormes bestias. Eran preciosas, no lo negaba, pero después de ver como Nevermore había quemado el estadio aquella vez, se le quitaron las ganas de acercarse a los dragones.
–¿Subirme? ¿A eso? –. Preguntó alterado y miró fugazmente a la bestia. –No. Nunca. Jamás–.
La chica infló las mejillas molesta y se tiñeron de rosa, se llevó las manos a la estrecha cintura. Sin importar que tan adorable se viera, Alistair no iba a subirse a ese dragón, ni hoy, ni nunca. Y al parecer Maddie lo entendió al instante, una maliciosa sonrisa se posó en sus labios y con un movimiento grácil, abrió la jaula de su dragón y Alistair soltó un chillido lleno de pánico al ver al animal acercarse a él.
–¡Oow! ¡Le agradas! –. Exclamó la chica, al ver como su dragón pegaba su rasposa lengua en el rostro del chico. –¡No pasara nada! ¡Vamos a volar! –.
Sin darle tiempo para quejarse, Alistair fue tomado por el cuello de su camisa por las fauces del dragón y los tres salieron del establo. El animal no lo soltó hasta que Maddie colocó la silla de montar en el lomo de la bestia. A regaña dientes, Alistair subió, siendo lo suficientemente precavido de no tocar la rugosa piel. Maddie tomó las riendas de cuero y Alistair apenas y tocaba la cintura de la chica.
–¿Estas listo? –.
–Maddie, realmente pienso que…–.
Alistair terminó la frase con un grito, el dragón levantó el vuelo, sus fuertes alas crearon una ventisca en el suelo. Ya sin pena, porque el miedo era superior, abrazó a Maddie desde la espalda. Escuchó la estruendosa risa de la joven y escondió su rostro en la mata de rulos coloridos. Realizó un testamento mental y se disculpó hasta con Daring, de aquella vez en la que le colocó una goma de mascar en el asiento.
–¡Mira esto, Alistair! ¡La vista es hermosa! –. Exclamó Maddie.
Aún reacio, Alistair separó el rostro y abrió los ojos poco a poco; le picaron al sentir el aire golpearlo. Observó primero el cielo azul, para después bajar la mirada y observar Ever After. La monumental escuela se veía pequeña, los bosques se extendían como pequeños arbustos y la gente de la cuidad parecían hormigas que se dispersaban de un lado a otro. Observó troles salir de los puentes, observó carruajes moverse, observó las aves volar cerca suyo.
–Es… precioso–. Susurró y Maddie rió triunfante.
