Disclaimer: Frozen no me pertenece. ;n; Jamás.
Vi caer los copos de nieve en mi mano, lentos y sútiles. Tan cautivadores, tan suaves, tan hermosos..., y terribles. Sentí encogerme, y el pequeño dolor que tiempo atrás se alojó en mi pecho volvió a recordarme la culpabillidad que me corroe. Me hace temblar, me hace llorar. Me hace querer gritar.
Recorrí la habitación con la vista, sonriendo para mis adentros. Ana estaba esperándome en el comedor, junto a Kristoff. Después de lo ocurrido con Hans, el príncipe de las Islas del Sur, Ana y Kristoff se volvieron inseparables, mi relación con ella también se reforzó en niveles insospechados, claro, pero me llenaba yo de una especie de amargura que por mi bien prefería ignorar. Kristoff la había besado, y yo desvié la vista de un espectacúlo que para el pueblo fue tan agradable; un romance juvenil. Un amor verdadero para otros. Me aterrorizé cuando él colocó sus manos en la cintura de mi hermana, ya todos sabíamos lo que significaba, y en ese instante sonreí aún sin querer hacerlo. Ana me había salvado, le debía todo a mi hermana. Todos eso sentimientos amargos que en ocasiones me superaban tenía que hacerlos a un lado. Por ella. Por ella, y su felicidad.
Quizás sólo era mi ansiedad de recuperar el tiempo perdido lo que me volvía más posesiva. Si, tal vez.
Sentí algo jalarme por el vestido, así que me incliné quedando a la misma altura de Olaf.
-Hola, Olaf.-
-¡Elsa! Deberías venir abajo a comer, Ana ha dicho que te la vives ahora en el despacho. ¿Es cierto eso?- Preguntó Olaf, confundido.- ¿Te has mudado a tu despacho? ¿Por qué? ¡Tu habitación es gigante!-Exclamó. Yo reí.
-No, Olaf, es sólo que he tenido mucho trabajo, dile a Ana que ya bajo, ¿si?-
-¡Claro!-
Olaf se fue dando saltitos alegres, miré un poco más la puerta antes de suspirar y sentarme en la silla del escritorio. Quería retrasar un poco más el momento. De igual forma no mentí con el trabajo, estoy repleta de pergaminos y alianzas para unirse a Arendelle. Con el invierno que dejé, lamentablemente, arruinó parte de la producción del reino. Lo que me obligaba a aceptar ciertas peticiones de otros reinos, y sus ofrendas como vecinos dispuestos a ayudar. Analicé por un momento todo lo que estaba encima del escritorio, y un papel en especial llamó mi atención, era un pergamino. Me sorprendí al ver que provenía de las Islas del Sur.
El rey Alexander pedía autorización para visitar Arendelle y presentar sus disculpas por lo ocurrido con Hans. Y yo no sabía si aquello sería lo correcto. Dudaba, no me daba confianza. Pero tendría que pensarlo y darle una respuesta inmediata. Creo que debía dejarlo venr.
Así que baje al comedor. Encontré a Ana, haciendo gestos con la comida y a Kristoff tratando de que se mantuviera en paz. Alcé una ceja, divertida por lo que estaba viendo.
-¡Ana! Comportate en la mesa.- Fruncí el ceño, y Ana se acomodó en el asiento rápidamente. Con cara de espantada.
-Lo siento, Elsa.-susurró. Apenada. Yo sonreí, aligerando el ambiente. Kristoff miraba sorprendido al saberme a mí la única capaz de tranquilizar a la princesa.
-Hora de comer entonces- Dije, sentandome en la silla de aquella alargada mesa. Y Ana con una gigantesca sonrisa empezó a atascarse de comida. Lo pensé unos minutos, decidí contarle.- Ana, tengo que comentarte algo urgente.-comencé. Ana volteó a verme curiosa, con las mejillas infladas por la comida. Eso era gracioso. Ana era graciosa. Iba a decir algo, pero la detuve.
-Ah, ah. Cómete eso primero.-Ordené. Ella asintió y proseguí.- Autoricé la visita de el padre de Hans, viene a visitarnos para expresar sus disculpas.- Ana abrió bastante los ojos, claramente sorprendida.
-No lo sé, Elsa.- Dijo una vez se tragó la comida.- ¿Y si es una jugarreta para supuestamente 'limpiar' el nombre de su hijo? ¿Y si pasa algo raro en él?- Se mostró preocupada, suspiré, Ana lograba hacerme dudar también.
-No podemos de desconfiar de todos los que provengan de las Islas del Sur, démosle una oportunidad.- Kristoff que se mantenía al margen de la conversación habló.
-No lo sé, tal vez sería lo correcto limar asperezas con ese reino.-Yo asentí, y Ana expulsó el aire que contuvo hace unos segundos.
-Uh, tengo un mal presentimiento sobre esto, pero está bien.- Sonrió, y yo pensé que quizás sus intuiciones no eran tan buenas. Un claro ejemplo era Hans, pero supongo que puedo dejarlo pasar porque Ana estaba por demás emocionada ese día. Quedamos de acuerdo entre los tres y continuamos comiendo entre sonrisas.
Kristoff observaba a Ana en ocasiones, la miraba de reojo con ternura y alegría, me hermana poseía una sonrisa deslumbrante y Olaf jugaba con Sven al otro lado. Todo era un ambiente cálido. Por un momento me sentí feliz, pero por ellos. Aquí no encajaba, y lo que veía sólo me causaba una gran nostalgia. Así que esperé un poco más para retirarme e irme a mi habitación. Deseé por un momento que papá estuviera aquí, él me habría hecho sentir normal, me hubiera hecho sentir apreciada. Y mamá, ella me habría sonreído, y hubiera dicho; -Elsa, el momento llegará, lo prometo. Serás feliz.-
Tengo que admitir que en ocasiones, pierdo la fe en sus palabras.
Momentos después me despedí de Ana y Kristoff para irme a mi habitación. Y Olaf como siempre, se vino a mi lado.
Platicamos muchas cosas absurdas que al menos me sirvieron para olvidar mis inseguridades, y como él no duerme y yo duermo pocas horas aprovecha para estar el tiempo que pasa de día con Ana a pasarlo conmigo. En la noche. Ese era nuestro momento, libre de tantas diversiones y cansancio. Hasta que antes del amanecer escuché sollozos del cuarto contiguo. Me alarmé, fui rápidamente a la habitación de Ana, diciendole a Olaf que se quedara callado y se quedara en mi habitación. Hace demasiado tiempo que no escuchaba a Ana llorar, y eso, me partió el corazón, no sabía que era lo que aquejaba a mi hermana. Entreabrí la puerta discretamente, y me asomé a un sin mostrarme en su totalidad. Tragué saliva al ver a mi hermana sentada en la cama, con la mirada abajo. Seguía llorando. Me acerqué un poco, para que supiera de mí. Y es que ver a una persona como Ana llorar era horrible, te hace querer asesinar al que arruinó tan sincera felicidad. Incluso con el frío que significó el que yo entrara, ella no se dio cuenta de mi presencia. Estaba tan ensimismada en su dolor, que
Pero yo no sabía por aquel entonces que el causante de su congoja era yo.
-¡Elsa!- Gritó al verme entrar, se limpió de forma inútil sus lágrimas. Yo hice mi mejor esfuerzo por sonreírle sin que pareciese una mueca extraña por mi preocupación.
-Ana, ¿qué pasa? Por qué no me habías dicho que te sentías mal. Hermana, sabes que de ahora en adelante contigo siempre estaré.- Le dije con sinceridad, me senté a un lado de ella, haciendo chirriar un poco la cama. Ana me vió sorprendida, sentí sorpresa y cálidez en su mirada.
-Yo... -balbuceó, dudó un poco, pero respondió.- Estoy melancólica, Elsa.-Rió de forma extraña, podría decirse que amarga. Yo me tensé, mis puños se apretaron y deseé no volver a ver a mi hermana de está forma. Era horrible. Tanto como para ella como para mí.-Extraño a papá y a mamá...-susurró con la mirada perdida.-Pareciese como si todo el peso de mi soledad antes de ustedes me hubiera caído ahora.- Ana trató de no soltar una risita seca.- Y es que estoy tan feliz. De verte, de volver a tenerte. Me hace feliz.
No dijé nada sobre eso, Ana intuía lo que yo opinaba. La abracé, quizás con un poco de presión, pero ella no mencionó nada, se limitó a esconder su rostro en mi cuello, sentí que se humedecía por sus lágrimas. Así que me recosté en la cama sin soltarla. Atrayendola a mí. Besé su cabeza y aspiré su aroma tan fresco. Sentí su calidez, y la envolví en un protector abrazo.
-Te amo- dije al fin.
Y unas ganas bestiales se apoderaron de mí. Quise besarla, con fuerza. Que sintiera que estaba ahí, que jamás me separaría. Ella debía sentirme, anhelaba que lo hiciera. Y yo no me di cuenta, pero una ventisca fría entró al cuarto. Volviendome a recordar, -a detenerme de mis sucios deseos-, toda sensación de culpabilidad.
Las heridas de todo lo que ocurrió, al fin de cuentas, aún no se curan del todo.
Sentí un ardor en el cuello, cálido y reconfortante. Me estremece. Es un calor tan intenso, que por un momento tengo que cerrar los ojos por la sensación. Los labios de Ana reposan en mi cuello por unos segundos para luego darme una pequeña mordida.
-Buenas noches, mi reina.- Y vuelvo a estremecerme. ¿Qué es está situación tan extraña e inesperadamente placentera? La respiración de Ana se calmó, su pecho subía y bajaba de forma suave. La aprete más a mí. Ella se había dormido. Y yo me había envuelto en una neblina de incertidumbre, ¿qué le pasaba a Ana?
Ana tenía las piernas enredadas en las mías, y su cara escondida entre mis pechos. La imagen era graciosa, su aliento chocaba en mi camisón de seda, caliente. Emitía leves ronquidos, lo que me daba más gracia aún. No había amanecido por completo, por lo que me levante con cuidado para no despertarla. Sin moverla tan bruscamente. Ana soltó un quejido pero no desperto. Fui al baño, me di una ducha, arreglé mi cabello. Con mi magia me coloqué el vestido azul que tanto me gusta, e hice mi trenza. En el pasillo vi a Gerda dirigirse a mi habitación dispuesta a cumplir su tarea y despertarme.
-Gerda, buenos días. Dormí en la habitación de Ana. ¿Podría hacerme un favor?- Mi sirvienta me vio sorprendida, pero asintió con amablilidad.-Tráigale el desayuno a la cama, y dígale que volveré dentro de unos minutos. Gracias.- Gerda se retiró a la cocina.
Recorrí el pasillo hasta llegar a mi despacho, tome asiento, y acomodé los papeles de la manera más organizada que encontré. Tomé el pergamino del Rey Alexander, y lo firmé. Kai, mi consejero, que apareció diez minutos tocando mi puerta lo tomó para mandárselo al mensajero, y entregar la autorización.
El rey Alexander de las Islas del Sur, llegaría alrededor de tres días.
Fui a la habitación para pasar la mañana con Ana, abrí la puerta. Expectante de cómo la encontraría, y es que está mañana, amanecí feliz. Deslumbrante. Como si yo estuviera bien. ¡No había amanecido así desde nunca! Empujé la puerta y con una sonrisa observé como Ana comía con un toque de despreocupada flojera. Ella alzó el rostro para verme alegre.
-¡Elsa! Deberíamos dormir más seguido juntas, ¿sabes? Me hace tan bien a mí como de seguro a ti. Te veo muy tranquila y alegre, hermanita.-Rió. Tomé la bandeja de comida y la coloqué en el tocador. Hecho esto, me aventé a mi hermana. La envolví en una abrazo de oso para luego atacarla con cosquillas. Ella reía, y yo me maravillaba. Siempre tan hermosa, siempre tan alegre.
Es tu hermana.
No sé cuándo, no se cómo, pero de repente las risas y el parloteo habían cesado.
Ana me miraba con fiereza, transmitía intensidad. Por un momento me quedé sin palabras. Sin saber que era lo qué debía entender de su mirada. Su ojos azules eran dignos de poder ser comparados con el mar embravecido. Y apesar de esto no quite mi agarre de sus muñecas ni me baje de ella. Tal vez era la curiosidad de saber cuál era el desenlace de esa mirada.
-Ana-susurré. A la espera, atenta a incluso su respiración que poco a poco se aceleraba.
-Basta.-Dijo ella, sin mover ni un ápice su mirada. La miré confundida, y algo nerviosa. Basta, qué.
-Basta, basta, basta.-Volvió a repetir. Ansiosa y desesperada.
-¡Ana! ¿qué pasa?- Inquirí con el ceño fruncido. Ella cerró los ojos con fuerza, quería llorar. Pero se le veía con ganas de gritar. Logró deshacerse de mi agarre y me tomó de los hombros con brusquedad. Ella me volteó, dejandome abajo de su cuerpo. Estaba atónita.
-¡Basta, Elsa!-Gritó, me asusté. No entendía lo que quería decirme a menos que...- ¡Estoy harta! Me vuelvo tan desesperada, y es que tú me ves Elsa. Me ves de reojo siempre, me cuidas a lo lejos. Soy la persona por la que vives, eres como mi protectora. Y me ves, con amor y con deseo. Con anhelo y con dolor. Seré despistada, pero noto tu mirada celosa hacia Kristoff. ¿Sabes por qué lo noto? Porque sólo te veo a ti. A ti, y a nadie más que a ti. Duele mucho el hacerlo...-
Cuando tenía alrededor de quince años fantaseaba mucho. Imaginaba a mi hermana con el hombre elegido, la imaginaba formando una familia, y yo siempre me preguntaba. ¿Qué será de mí? Todos habrían de odiarme por está magia tan cruel y espantosa. ¿Me quedaría sola por el resto de mi vida? sin embargo, Ana jamás dejó de tocar mi puerta, siguió cantándome. Esperando por mí hasta el final. Hasta el día de mi coronación, el día que conoció a Hans y decidió querer casarse con él. Era un extraño, por Dios, era evidente que no le daría la bendición pero no era solo eso. Aquel era el indicio de que habría más hombres; más y más hasta dar con el indicado. Y yo no lo aguantaría. No quería que Ana tuviese a alguien. Ella debía estar conmigo. Nadie más. Lamentablemente, debía anteponer la felicidad de mi hermana antes que a mis deseos posesivos.
... No te das cuenta, Elsa. Jamás. Eres, en ocasiones, mucho más despistada que yo, y ya es demasiado decir.-
Y aquellos deseos eran que fuera sólo mía, después del incidente de cuando éramos niñas esperé tanto tiempo para volver a verla de nuevo. No de reojo, no sólo de salidas furtivas. Tenerla entre mis brazos. Por siempre. Era consciente de que lo que deseaba yo no era posible, y no era debido. Era sucio, e incestuoso. Prohibido y asqueroso. Pero el secreto, algunos decían, residía en hallar la belleza en donde no debía hallarse. Y la verdad es que amaba a Ana, y podía yo verla más hermosa que cuaquier cosa que pudiese existir. Las ventajas de un enamorado, eh. No era ni asqueroso, ni prohibido, ni sucio. Era vislumbrar un simple nosotras. Y eso, podía ser más bello que cualquier cosa.
Y esa tal intensidad que me abrumaba me embargaban de deseos carnales. Verla hablar poseyendo tal mirada fiera, adornada de ese sonrojo, lograba que perdiera mi tan alabado control.
-Elsa no estás prestandome atención. Trato, de verdad, de decirte algo importante. No me estás escuchando. ¿Desde cuando no me escuchas?-Me reprochó. Le brindé una sonrisa coqueta.
-Desde que entendí de que querías hablarme.-Ella me miró desconcertada. La besé tímidamente, estremeciéndome. Se sintió como mi primera vez viendo el amanecer. Fresco y fascinante, me había llenado de una felicidad triste. Era feliz pero por dentro la sensación amarga se quedaba ahí. No era malo, no. Al contrario, aquello te recordaba que al final, lo que pase siempre vale la pena. Mis manos reposaron en su pecho, y Ana siguió con su agarre en mis muñecas, ahora menos fuerte. Su lengua se adentro a explorarme de forma tímida y torpe. Era nuestra primera vez. Era mi primer beso. Solte un pequeño gemido. Los besos eran emocionantes.
La respiración de Ana se aceleró un poco más, abrió sus ojos y me miró conmocionada.
-¡Elsa!- exclamó.- Podremos repetirlo todas las veces que quiera, ¿cierto?-
-Si, por supuesto.- En cierta forma, era incapaz de ocultar mi emoción. No me veía ahora, pero sentía mi sonrisa como una descomunal. Ana sería mía. Ya no más Kristoff, ya no más príncipes a la espera de su mano. O quién sabe, las cosas que pasan jamás son las que espero.
-¿Era por esto la causa de ese estado en el que te encontrabas ayer por la madrugada?-Indagué. Ella suspiro con amargura.
-Traicioné a Kristoff, Elsa. Él me ama tanto, tanto. Y yo no. Todo ese amor se dirige a ti. No lo veo mas que como un gran amigo. ¿Cómo te imaginas que reaccionará una vez se lo diga? Yo no sé, y tengo miedo. Lo quiero y tampoco quisiera perderlo. Él me ayudó a llegar ti después de todo. No contemplo la idea de no verlo nunca más y, evidentemente, tampoco remplazarte por él, no quiero que más adelante me digas que vaya con él por mi bien. No podría vivir con eso. Engañándome a mí, a él y a ti.- Sus ojos llenos estaban de tormento.
Ella tenía razón. Yo tampoco quería saber aún cómo reaccionaría. Ni siquiera sabía si estábamos haciendo lo correcto. Era muy dudoso lo que seguiría. Lo que más me preocupaba era qué pasaría cuando fuéramos desenmascaradas, por un momento contemplé ignorar nuestras emociones. Pero ya no era posible. Nos condenaba cada día y poco a poco. Lo último que necesitaba era ver a mi hermana sufrir. ¿Qué debía hacer? debía protegerla, de todo y de todos. Y no veía ningún final feliz de cuento para solucionarlo. O en realidad no había tal dichoso final. Tenía tanto miedo. No queria perderla. Estábamos envueltas en una neblina de incertidumbre. Fría y cruel incertidumbre.
Copos de nieve caían en la habitación, los vi curiosa, y Ana siguiendo mi mirada se bajo de mí para acomodarse a un lado. Los miró fascinada. Mi vista era la misma, llena de terror. Por mí y por Ana. Por el futuro incierto,
-Sigo sin entender cómo puedes considerar espantoso esta maravilla.-
De la misma forma en que una reina y una princesa pasarán a ser rechazadas. Ana.
[XX-XX]
Nota: El capítulo no fue hecho en las mejores condiciones, mis disculpas por las fallas ortográficas. Esto, shavos, salió del mismisimo WordPad. 'n' Lo sé, lo sé. 3 meses, guau. xdd No soy tan constante como se dieron cuenta. Duh. Pero hice lo que pude tomando en cuenta que me borraron algunos archivos. (No es excusa :v en serio) xd El siguiente capítulo agarrará la verdadera trama. Claro :v
Capítulo corto, prometo alargarlo.
Thankius, review.
