2. La perdición.

–Ah senpai, ¿para eso me despertó? En el sillón hay más mantas.

Deidara no podía aguantar más. El muy despreocupado se iría a dormir de nuevo murmurando estupideces sobre su "senpai". Explotó.

–¡Si digo que tengo frío, es porque me tienes que calentar, discípulo idiota!

No, no. Volvería atrás, un buen golpe en la nuca le quitaría los recuerdos a Tobi.

Lo peor fue sentirse arrastrado al futón vecino, y escuchar esa voz chillona llena de empalagamiento:

–Aaw, el senpai es como un gatito enojado, pero sólo quiere protección.

Tobi le sobó con fuerza la cabeza, despeinándolo más, apretándolo contra ese pecho cálido y duro. Mierda, sus brazos eran fuertes.

–¿Le canto una canción de cuna para que duerma bien esta noche?

Se terminó. No iba a aguantar más eso. Lo peor era sentir atracción sexual por un niño en cuerpo de hombre, y seguir soñando que era tocado por ese cuerpo sin rostro todas las noches.

–¡Púdrete, hm! ¡Yo puedo dormir perfectamente bien solo!

Airoso, pateó las sábanas del futón para volver al suyo.

–¿Seguro, senpai? ¿Y por qué gime por las noches?

A Deidara se le heló hasta el alma. Bien, había salida. Su gran estrategia frente al tonto de Tobi. Negación total.

–¿Perdona?– su tono de voz fue excesivamente masculino –. ¿Gemir, dices? Tú eres u-

–Así es senpai, creo que siempre tiene pesadillas, ¿qué le atormenta? Tobi puede ser su confidente y ayudarle.

Había creído encontrar cierto tono extraño cuando le dijo que gemía, lo había asustado, lo había excitado, lo había alterado. Pero ahora sólo resultaba que el idiota le quería servir de psicólogo, como si fuese un niño con miedos nocturnos.

–Me atormenta tu existencia, pedazo de mierda. ¡Déjame salir, hm!

Vuelta a su futón. No, primero quedarse parado descalzo sobre el frío piso; le serviría para ordenar sus ideas. No quería que nada se diera como se estaba dando. E inexperto como era, no le encontraba una solución digna de shinobi. Deidara no sabía que para el sexo no era necesario tener el protocolo o el cuidado de un ninja. Una tela de cuero muy familiar intentó hacerle cosquillas en su tendón desnudo. El pisotón fue rápido y certero.

–¡Senpai! ¿Por qué es tan malo con Tobi?– de nuevo el lloriqueo. Deidara se interrogó por última vez: ¿de verdad le ponía un retrasado como ese?

Maldición, sí que le ponía. Porque escuchar esos chillidos agudos y exagerados, ese humor tan troll, esa supuesta inocencia que matizaba pequeñas maldades de diablillo, lo ponían. Y muy fuera de sí. Porque ese niño que se retorcía y chillaba no era un niño, Deidara nunca dejó de sospechar sobre qué se ocultaría detrás de esa máscara. ¿Tan malo es lo que hizo, para proteger su cara de aquella forma? Era el único criminal de Akatsuki que no mostraba su rostro. O era un idiota, o era el peor. Y en una organización como Akatsuki, no había lugar para ese tipo de idiotas inútiles.

Quizás ese tipo era el ninja perfecto. O quizás, esa espalda clara y con la otra mitad blanca y resto de extrañas cicatrices, al igual que su brazo derecho, eran puro arte a sus ojos. Se le abalanzó encima y escupió, furioso como casi siempre:

–¡Que me des calor de una jodida vez en lugar de sólo calentarme, hm!

Más directo de lo que le hubiera gustado. Aun así, ese era el límite comunicacional de Deidara para con el enmascarado.

El hombre debajo torció su cabeza de esa manera tan característica, pero lo que vino no se lo esperaba. Sintió como dos pulgares enguantados se colaban por las bocas de sus manos, abriéndolas y trabándolas, impidiéndoles morder o masticar arcilla en defensa propia. Dos pulgares que eran tan fuertes como para hacerle doler la dentadura de sus bocas secundarias. Y de nuevo, apareció la voz que una vez escuchó.

–Deidara senpai pudo ser más claro todo este tiempo– de repente, esas piernas grandes habían anudado a las suyas –. Pero, no es que a su discípulo le moleste mucho.

Un escalofrío le recorrió la espalda. Sí, la oyó sólo una vez hacía casi un año, pero era esa misma voz que entonces se le había escapado. Suave, rasposa, profunda. Era la voz de un hombre, y no la de un niño. Y Deidara supo que estaba perdido al pensar en lo sexy que era y en como ese cambio de actitud le hizo mojar levemente su ropa interior.

–Antes de empezar, quiero aclarar que soy tan inexperto como tú. O bueno, quizás no tanto, al menos no soy un crío saliendo de la adolescencia. Me gustaría que esta noche tomes el lugar de discípulo– un aura extraña y un chakra desconocido y oscuro se sintieron levemente –, porque, aunque no lo creas, se me ocurren varias ideas divertidas…– Deidara, paralizado, sintió un leve empujón de unas caderas ajenas–. Mientras que, a ti, no se te viene ninguna a esa brillante cabecita. ¿Es porque siempre eres un niño impaciente?

La suave risita sarcástica no era esa gritona que se burlaba de él. Aunque siempre se burlaba de él de todos modos. Deidara decidió rendirse sólo por esa vez. Para Tobi sería una victoria pírrica, ya que el artista por fin se libraría de esas hormonas alteradas que llegaron a desconcentrarle de su arte.

Sin saber lo que hacía, se inclinó sobre la máscara, su instinto le decía que empezara buscando la boca de su compañero. Cuando éste lo dio vuelta, impidiéndoselo, su mente empezó a ponerse en blanco.

–Me gustaría empezar encima de ti, pero podría lastimarte así que mejor primero iremos de costado– una respiración cálida le erizó los pelos de la nuca. Quiso voltear a ver la cara de Tobi, pero este se lo volvió a impedir con algo de brutalidad. Estaba mal.

–Me mostrarás tu cara al final– no supo cómo, pero los dos se habían desnudado sin darse cuenta. Y fue entonces cuando sintió abajo…– ¡Oye, yo voy arriba, hm!

–Deidara, es obvio que el penetrado serás tú.

¿Qué…? Muchos cambios. Esa voz, esa fuerza, esas intenciones, el abandono de la tercera persona, llamarle directamente por su nombre… ¿Qué no era él el senpai? Deidara no había pensado que las cosas irían así. Sólo quería satisfacerse.

¿Iba a acostarse con alguien que resultaba ser otra persona, más enigmática aún que el Tobi cotidiano?

Las preguntas se nublaron cuando una lengua recorrió toda su espina dorsal. Iba a quedarse sin aliento. Y cuando esos guantes de cuero se deslizaron por su pecho, sus pezones y su ombligo, sus ojos se cerraron dando protagonismo al sentido del tacto.