II –

Creo que no entiende. –dijo el hombre acomodándose el pelo que había escapado de su trenza, detrás de la oreja. Sacó una tarjetita del pantalón. —Me llamo Ranma Saotome, –deslizó la tarjeta por la mesa hasta ella. —Terapeuta sexual.

Simplemente no cabía en ella la sorpresa.

Un hombre sentado en la cafetería durante horas había resultado ser el temido, por lo menos para ella, terapeuta sexual. Aquel que ella había llamado la noche anterior. Justamente ese que le había provocado los extraños sueños llenos de figuras danzantes que le apuntaban hacia donde estaba él.

Daría lo que fuera por que alguien le dijera que era cosa de su imaginación; que nuevamente se encontraba en ese sueño de la noche pasada. Pero el dinero en la mesa y el restante aroma a colonia le indicaban que no era así.

Al recoger la taza vio que sus manos temblaban; estaban húmedas. Ese hombre confundía sus sentidos. La forma de moverse y su aterciopelada voz la sacaban de balance. Tenía el porte de un hombre sensual y la voz de un verdadero caballero. Profunda y ambiciosa. Justo lo que quería. Excepto por la parte de su profesión.

Llegó hasta su apartamento en un estado autómata. Cada movimiento, desde abrir la cerradura hasta el de ir hasta su cama y despojarse de la ropa, eran sombras de las costumbres que se había formado a lo largo de una vida de solitud.

Se acurrucó en la cama con los cobertores hasta la barbilla. Una armadura de algodón y plumas contra la oscuridad. Ni bien cerró los ojos, cuando la masculina y profunda voz la llamó. Abrió los ojos inmediatamente. Debía de estar soñando, o loca.

No volvió a cerrar los ojos para no escucharlo. No necesitaba intercalar una cita con un psiquiatra entre su apretado horario. Mañana seguramente tendría ojeras oscurísimas y bostezaría durante todo el día; más daría las noches de insomnio necesarias por no tener el leve presentimiento de estar perdiendo la cordura. Eso de escuchar voces cuando se está sola no es un buen indicio de una mente sana. Aunque no dormir a solo dos días de San Valentín no era una idea a la cual calificar como buena.

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La afluencia de clientes aumentó increíblemente. Las nerviosas muchachitas fueron dando paso a unas neuróticas y apresuradas mujeres que maniobraban con bolsos de comida, sus bolsas de mano y lo que habían elegido. Parecía que el 14 de febrero no era una buena fecha para todos. Entre los preparativos para esa fecha y las compras apresuradas y de última hora, se producía un pequeño fin del mundo en cada persona.

—Buenos días. –dijeron desde el otro lado del aparador. La típica y prolija coleta de lado, los conocidos zapatos que indicaban que prefería la comodidad al glamour, la cestita colgándole del brazo. Ese aire materno rodeándola como un halo protector. Nunca había nada nuevo en su aspecto y sin embargo la gente la encontraba igual de encantadora que siempre. —Un día bastante ocupado, no?

—Kasumi. –suspiró aliviada. —No podría esperar menos en estas fechas. ¿Un regalo para tu padre? –comentó Akane al ver el par de bolsitas llenas de chocolatinas que llevaba.

Mujeres como Kasumi no necesitaban dar regalos para espera algo de regreso en el día blanco. Los detalles y pequeños presentes le llovían todos los días. Las amas agradecidas por algún favor le llevaban lo que habían preparado de cenar; los hombres le sonreían cándidamente al verla pasar. Mujeres como ella eran las que siempre tenían un felices para siempre escrito al final de sus historias. Mujeres como Akane, bueno, ella no tenía aún ninguna historia que contar, mucho menos un final.

—Así es. Papá se deprime por estas fechas, ya sabes, desde que murió mi madre no ha dejado de suspirar. Espero que con esto, –dijo mostrando la bolsita —se alegre un poco.

—Con dos estoy segura de que no tendrá de que quejarse.

—Oh no. –exclamó Kasumi, que por alguna extraña razón se mostró turbada. —Éste es para el Dr. Tofú. Siempre ha sido tan bueno con nosotros que pensé que sería un bonito detalle.

Akane sabía que era lo que el doctor Tofú pensaba de Kasumi. Lo sabía porque desde pequeña lo miraba y veía como es que él seguía con la mirada a Kasumi. Siempre con los ojos ligeramente empañados, ojos de enamorado; lo sabía porque ella lo miraba de la misma manera. Así como también sabía que ese simple e inocente gesto, a los ojos de su amiga, solo confundiría al ya nervioso doctor. Recibir chocolates el día de San Valentín de la chica de la que estaba perdidamente enamorado podría confundir a cualquiera. Kasumi lo hacía de manera tan familiar que no pensaba que darle un presente fuera algo malo.

—Me alegra que pienses en él.

—Siempre ha sido muy amable con papá y conmigo por lo que una pequeña muestra de agradecimiento sería muy conveniente. Además de que cada vez que lo visito en el consultorio actúa de una manera muy extraña, tirando cosas y golpeándose con todo. Espero que con esto se sienta un poco mejor.

—Es muy considerado de tu parte.

—En lo absoluto. Y dime, Akane–chan, ¿tienes cosas que hacer el 14 de Febrero? Oh, pero que torpe. Estoy segura de que tendrás a muchos muchachos deseosos de salir contigo.

—Sí, es verdad. –sería verdad si le quitaban la parte de muchos y muchachos. —¿Eso sería todo?

—Perdón. Aquí estoy hablando sin parar y he detenido la fila. –tenía tan coloradas las mejillas que cualquier sabría que decía la verdad.

Akane masculló a medias una excusa. Le deseo un buen día. Las mujeres como Kasumi lo tenían todo. En cambio ella tenía que pasar el día de San Valentín en su apartamento. En su apartamento, sola. En su apartamento, sola, viendo esas películas que parecía que solo sacaban cuando era esa fecha.

Aunque pocas, aún habían personas que iban solo a tomar un poco de té. Unas muchachas de la preparatoria cercana que habían decidido descansar de esas arduas búsquedas por el regalo perfecto; una mujer de mediana edad acompañada de lo que Akane presumía era su hijo; y un hombre joven leyendo una novela de pastas gruesas. A primera vista todo parecía de lo más normal y común, pero si una decidía enfocar más la mirada en esos pequeños detalles, habría notado que un par de ojos azul grisáceos la miraban fijamente. La boca del dueño de esos ojos se tornaba hacía arriba, mostrando una hilera de blanquísimos dientes que harían enorgullecer al dentista encargado.

—Buenos días. –comentó dejando su libro en la mesita.

—Buenos días. –le respondió Akane, tratando, aunque fallidamente, de no mostrar lo molesta que se encontraba de verlo nuevamente.

—Es increíble el número de gente que aún cree en el día de los enamorados, ¿no lo crees?

¿De donde demonios había sacado que podía tratarla con tanta familiaridad? Apenas lo acababa de conocer, y no de una manera agradable, y ya creía él tener el poder, o la confianza, como para andar tuteándola. —¿Usted no cree? –respondió con educación. Si en él no cabía la decencia, en ella ciertamente sí.

—En lo absoluto. –respondió con animada franqueza. —Podré sonar como esos amargados que dicen que no necesitan una fecha para celebrar el amor pero mi opinión no es diferente. Mucho más teniendo en cuanta la línea de mi trabajo. –terminó. Sus labios se curvaron en una divertida mueca que haría envidia al gato Cheshire de Alicia.

Las mejillas de Akane se pintaron de rojo. Justificó su comportamiento pensando que encontraba inapropiado que un hombre, mucho más siendo él, estuviera pregonando por las calles de Nerima su deshonrosa profesión, y no porque sus ojos y boca la hubiera hipnotizado.

—Entonces eso es ser un hipócrita. No cree en el amor y dice semejante barbaridad. Prácticamente lo vende. Debería de sentirse avergonzado por mencionar su impropia profesión frente a mí.

—Nunca he dicho que no creo en el amor; solo que no creo que sea para compartirlo solo con una persona. Yo me dedico a repartir amor; ayudo a las personas que no saben como sentirlo, o que simplemente no saben si están enamoradas. Mi trabajo es como el de cualquier otra persona, les doy a mis clientes lo que quieren.

—Menciona usted a personas, y no solamente a mujeres. ¿Quiere decirme que también trabaja con hombres?

—Tú haces lo mismo. –alegó. —No veo que andes discriminando a hombres y mujeres. He ayudado a muchas personas con sus problemas.

—¿Y supongo que eso justifica el que venda… usted sabe… sexo?

—Yo no soy ningún gigoló, si es eso lo que piensa. –replicó molesto. Intercalaba la forma educada de manejarse con ella con la descortés. —Mi trabajo consiste en hacer que la vida amorosa, o sexual si es el caso, sea lo más disfrutable posible. Personas como usted creen que hacer el amor es solo cuestión de estar uno encima del otro y penetraciones. Es mucho más que eso. –agregó entusiasmado. —El ser humano posee diferentes zonas erógenas que pasan inadvertidas creyendo que solo hay 2 o 3 cuando mucho pensando que eso es todo. ¿No es acaso el deber de alguien que sabe el enseñarlo? Eso es justamente lo que hago yo. Soy el amante perfecto. Amante no es solo en la cama.

—Lo hace sonar casi como un deber público. –le respondió Akane tratando de simular una calma que hacía mucho ya no sentía.

Si él notó que ella ya no se paraba tan erguida como cuando empezó la plática, nunca lo hizo notar. —Yo lo considero como tal. Noblesse oblige. Es un verdadero desperdicio tener pleno conocimiento de algo y no hacer partícipe a la humanidad de eso.

Akane moría por decirle lo que pensaba, más creía poco prudente mandarlo al demonio, con un infante cerca que podía oírla.

Recuperando su sarcástico y ligeramente burlón sentido del humor, Ranma Saotome le guiñó el ojo,

—¿Entonces que es lo que hace aquí, en esta pequeña tienda, cuando podría estar dando conferencias y escribiendo libros sobre como es que siendo un terapeuta sexual puede salvar a la humanidad? –poco a poco sentía que la cuerda de su sentido común empezaba a tensarse.

—Podrás creerme o no, pero las guerras solo son frustraciones sexuales expresadas a su máxima potencia. Si todos disfrutáramos del sexo como es debido no habría esas estúpidas excusas para liberar energía.

¿El sexo como es debido? –pensó ligeramente contrariada.

—¿Quiere que le enseñe cómo? –dijo socarronamente. Por segunda vez en esos pocos minutos de conversación le guiñó el ojo.

—Pervertido. –murmuró. Para hacer las cosas peores, sentía como es que no solo las mejillas sino toda su cara estaba en llamas.

La respuesta de Ranma había sido una risa fuerte y divertida.

Se burlaba de ella. ¿Cómo podía decir cosas como esas y después reír como si hubiera sido un comentario normal?

—Váyase. –dijo Akane apretando los dientes.

—Me temo que eso no es posible. ¿Qué mejor lugar para observarla que aquí?

—¿Observarla? ¿A quién?

—Por Dios, mujer. No sé si llamarte despistada o simplemente tonta.

—Retírese. –la cuerda de su auto–control empezaba a debilitarse. En una clara muestra de sus intenciones por golpearlo había apretado la libreta con la que tomaba órdenes hasta hacerla una bola. Si tan solo pudiera tomar el pesado libro que él había estado leyendo y estrellárselo en esa estúpida cara con su estúpida sonrisa y sus estúpidos ojos que la atraían hacía ellos.

—¿Porqué? Mi trabajo recién comienza; o ¿no confía en mí? Muchas mujeres son así al principio. Creen que es natural estar solas y se conforman con pensar que probablemente no han encontrado al indicado. Cómo si pudiera haber algo que nos dijera quien es el indicado. –se burló. —Y cuando creen haber encontrado a la persona con la que quiere pasar el resto de sus días piensan que nadie es perfecto por lo que en realidad se enamoran de lo que podría ser y no de lo que es. Lo ven casi como un reto el convertirlos en lo que ellas quieren.

—¿Dice que entonces debemos conformarnos con lo que nos toco?

—No. Llega el momento en que sus energías y entusiasmo por terminar el proyecto de convertir a nuestra pareja en lo que queremos termina por cansarlos y es ahí cuando empiezan los divorcios. ¿Sabes cuantas veces he oído decir que "esa no es la persona con la que me casé"? Cientos de veces. Pero lo que sucede es que no comprenden que lo que ellos querían ver en sus parejas nunca existió. Nunca se está conforme queriendo tener lo de los demás.

—Es lo mismo. –refunfuñó Akane.

—No. La diferencia es mínima pero existe. Uno cambia por propia iniciativa para agradar a nuestra pareja; lo que les da la falsa sensación de haber logrado algo. Pero cuando alguien llega a querer cambiarnos a la fuerza es cuando empiezan los problemas. En vez de querer por como es en realidad queremos lo que podría llegar a ser. Entonces nos damos cuenta de que entonces nunca hubo ese amor incondicional que nos convenció en un principio.

La mujer acompañada por su pequeño hijo carraspeó molesta. Llevaba más de 10 minutos esperando por su café irlandés y por lo que se veía, la señorita mesera no lo recordaba.

La fila de consumidores estaba más larga y más molesta. ¿En donde se había metido la señorita? ¿Es que ya no iban a cobrar más? ¿Qué es lo que detenía a la dependienta?

Akane y Ranma eran ajenos a todo lo que no fuera contestarle al otro. No existían las toses indiscretas, o los continuos suspiros de gente cansada; solo estaba el espacio para que cada uno pudiera hacer callar al otro con algún comentario mordaz e inteligente.

—¿O es que tiene miedo de lo que podría encontrar? –de nuevo con esa mezcla de cortés y familiar.

La estaba retando abiertamente. ¿Cómo se atrevía? Aunque a decir verdad si le asustaba un poco, no lo que él fuera a descubrir sino lo que ella encontrara en sí misma. Había llegado a pensar, bromeando de una manera deprimente, que tal vez se le había pasado el tiempo en que encontraría el amor. Más una cosa era pensarlo para sus adentros como una broma de pésimo gusto, y otra muy diferente era que alguien más, alguien ajeno e impersonal, se lo confirmara.

—No tengo miedo. –honestamente no sabía si lo decía de esa manera para convencerlo o para convencerse.

—Entonces comencemos. –sacó un poco más de lo que era la cuenta dejándolo sobre la mesa. Sonrió misteriosamente, tomó su libro y desapareció de la tienda sin decir más.

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Akane se sintió un tanto decepcionada cuando no le vio regresar al día siguiente. Pensaba que una vez que ella hubiera aceptado sus servicios él estaría ahí para cumplir con ese noble deber, cómo él le había dado a entender, fuera lo que fuera lo que tenía planeado hacerle.

Sería algo tonto pensar que lo vería el 14 de Febrero, pero sin embargo se veía imaginándolo como es que entraba por la pequeña puerta de madera con el mismo libro bajo el brazo y esa estúpidamente bella sonrisa. Probablemente tendría con quien pasarlo, no como ella, o en el peor de los casos probablemente estaría trabajando.

Seguramente alguna mujer estaría enamorada de él; tenía que estarlo para dejar que una persona como él tuviera una profesión como aquella. Una mujer mayor que ya no le importara el compromiso se prestaba para representar ese papel; no como las jóvenes mujeres que insistentemente buscaban a alguien con el que pudieran decir un "para siempre". Con la edad se perdía ese sueño desafortunadamente.

—Son 1.600 yenes. –le dijo a la última clienta del dichoso día de San Valentín. Suprimió un suspiro de alivio para no parecer molesta. —Gracias por su compra. –intercaló lo que consideraba la enésima sonrisa de ese día. —Vuelva pronto.

La tienda tomaba un horario especial en ese tipo de días festivos. Abría más temprano y cerraba hasta que se marchaba la última persona. Hubiera dado un brazo y media pierna por alguien que le ayudara, aunque solamente tuviera las cosas que Akane había dado a cambio por ella.

Las ganancias eran mucho mejores en comparación con el resto del año, era el cansancio lo que desalentaba a cualquiera. Las piernas pesaban y dolían como después de correr después de varias horas. Lo que más quería era llegar a casa a reposar los pies en agua tibia y dormir, dormir, dormir.

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El pedacito de cielo que le tocaba a cada quien le había llegado en forma de una tinajita con agua caliente en la cual poder sumergir los pies hasta que se le arrugara la piel. No quiso contener ese suspiro de alegría que salió de sus labios ligeramente sonrosados.

La sensación de sus músculos distendiéndose era suficiente para hacerla feliz. Si no hubiera pasado tanto tiempo desde su última relación, hubiera dicho que era prácticamente orgásmica. Una buena taza de café caliente era el complemento perfecto para esa noche de relajación bien merecida. Prendería el radio y si se quedaba dormida no importaría, ese día se merecía hacer lo que quisiera. Mañana se tomaría el día para poder liberar stress, descansar y para dormir hasta tarde por primera vez en muchos pero muchos meses.

Mirando sobre su hombro encontraría el plato abandonado de su gato. Siempre procuraba llenar el tazón con agua fresca por si es que algún día su mascota decidía regresar pudiera sentirse bienvenido. A ella le gustaría que le guardaran su lugar, ¿Porqué no habría de hacer lo mismo con alguien a quien ella estimaba? ¿A su gato se le podía considerar como un alguien? Algunas personas, de esas que se dan fachas de psicoterapeutas freudianos, considerarían que ese simple hecho era la muestra de una negación a abandonar un pasado. Un análisis más profundo les diría cosas mucho más perturbadoras cuando supieran que el gato había sido un regalo de su profesor-bastardo manipulador-egocéntrico-e infiel exnovio. Gracias a Dios, ella no conocía a ese tipo de personas.

El cansancio empezó a tomar fuerza. Se apoderaba de sus manos y piernas haciéndolas pesadas e inútiles. Después fueron sus ojos los que parecían hechos de plomo. Pronto ya no sería posible poder mantenerse despierta más tiempo. Ni bien había terminado de formular ese pensamiento cuando la solución le llegó. No tenía porque no dormir todo el tiempo que quisiera; no era como si tuviera que encontrarse con alguien mañana o hacer algo, podía dormir todo el día si ese era su deseo.

Tal y como había predicho, sus ojos no tardaron en cerrarse dejándose llevar por una tranquila bruma somnolienta que solo aparece cuando se está realmente cansado. Las tinieblas de las que estaban hechos los sueños aparecieron pocos minutos después. La luz del sol partió las ondas oscuras dejando entrever un cristalino lago en donde estaba pescando. A su lado estaba una tina pequeña llena de agua pero sin ningún pez.

—Con eso no vas a atrapar nada. –dijo una voz detrás de ella.

—Ya una vez funcionó. Cuando era más joven pesqué una ballena. Era demasiado grande para mí y tuve que dejarla ir. Sé que con esto volveré a pescar una ballena, ya lo verás. Seguro que esta vez la atraparé.

—Pero entonces tendrás que dejarla nuevamente. ¿Es que quieres eso? ¿Quieres sufrir otra vez por tener que dejar ir algo?

—No.

—Entonces debes de seguir mi consejo y entonces encontrarás un pez que sí sea para ti. –le quitó despacio la caña dejándola a un lado.

—¿Tu ayuda? –miró confundida la caña de pescar. ¿Es que no se necesitaba una caña para sacar un pez?

Unos tibios y vibrantes ojos le sonrieron como respuesta. Era todo lo que ella necesitaba para entender que de alguna manera todo estaría bien. Akane extendió la mano para tomar la que se le ofrecía; era tibia y delicadamente fuerte. Manos de caballero. Esos ojos azules, que poseían la misma luz que la del lago, seguían fijos en ella. Envolviéndola. Sabía muy bien que si se dejaba embriagar por esos ojos se perdería en un horizonte lleno de felicidad pero de la misma manera sabía que la dicha podría no ser para siempre, que algún día también se iría.

Los labios de esa persona pronunciaron cosas que ella no logró escuchar. La sirena del barco que recién había aparecido había sido la culpable. Presentía que esas palabras eran las que necesitaba escuchar y era por eso que era tan frustrante que la sirena, que antes escuchara tan lejana, continuara sonando.

De pronto el lago desapareció de sus ojos. La luz del sol fue difuminándose lentamente hasta ser sustituida por esa brillante e impersonal luz artificial del bombillo del techo. Estaba despierta en su salita, aún con los pies sumergidos en el agua que estaba casi fría. Habría dormido un par de horas cuando mucho. El timbre de su apartamento sonó con insistencia casi enfermiza. Akane lo reconoció como la sirena del barco de sus sueños. Habían estado llamando a su puerta.

Enfurruñada y molesta atendió a la puerta. Eran las once de la noche. ¿A quién se le ocurría ir a su casa a esa hora? De puntitas, observó al otro lado de la puerta por la mirilla. Blazer azul marino y pantalones de mezclilla. Sonrisa cínica. Libro bajo el brazo. No podía ser.

—¿Qué hace usted aquí? ¿No ve acaso la hora que es? –aún lo miraba através de la mirilla.

—¿Acaso no quedamos en que le ayudaría con su problemita? –estrujó las manos. —Déjame entrar. Está haciendo frío y creo que lo mínimo que puedes hacer es ofrecerme un café.

—Ofrecerme un café, ofrecerme un café. –se quejó. Sin embargo ya estaba abriendo la puerta.

Ahora que lo pensaba detenidamente. ¿Cómo es que él sabía donde es que ella vivía? Nunca lo había mencionado. Vamos, ni su nombre le había dicho. Un "¿y dónde está mi café?" la sacó de sus cavilaciones. ¡Era insufrible ese hombre!

—Ya voy. –dijo a regañadientes. —Además de ser imprudente en sus horarios, viene y me ordena en mi propia casa.

—Es la única hora libre que tengo. –dijo quitándose el blazer. Llevaba debajo una camisa negra con un signo de interrogación impreso. Elegantemente casual.

—¿Y qué se supone que hace aquí? No son horarios de visitas sociales.

—Creí ya se lo había dicho. –ahí iba de nuevo con esa mezcolanza de cortés y familiar que tanto sacaba de quicio a Akane. —Vine a trabajar.

Akane sacó un par de tazas. Las llenó con cuidado. Dos cubos de azúcar en cada una. Si no le gustaba el azúcar, pues que mal. Ella no estaba ahí para servirle. Es más, esperaba que le desagradara la cantidad de dulce para entonces ella decirle que no le importaba como lo tomara.

—Supongo que para empezar a relacionarnos sería mejor comenzar hablando, no?

—¿De qué quiere hablar? –se arrepintió al segundo de haberlo dicho cuando vio esa sonrisa coronar los labios de ese irreverente hombre.

—Sexo. –respondió él con una naturalidad tremenda.

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Momento cultural…

Gato Cheshire: El gato risón de Alicia en el País de las maravillas.

Noblesse Oblige: En francés "noblesse oblige" literalmente quiere decir que el sentimiento de la nobleza te obliga a actuar de cierta forma, hoy usaríamos la palabra empatía. Este concepto tiene sus raíces históricas en casi todas las religiones principales del mundo. Frecuentemente aparece como un requisito de cuidar a los menos afortunados (a los que menos tienen).


Hola!!! Soy yooo... tu teléfonooo (lo siento, ese es el ringtone que tiene mi hermana en su celular y me está volviendo loca)

He aquí otro nuevo capítulo de "Sex Therapist" que espero les guste. Le he agarrado cierto cariño a este fic, no me pregunten porqué. Es probable que encuentren varios simbolismos en este y varios capítulos más. Un ejemplo sería el platón de agua del gato, que a muchos les parecerá irrelevante; y otro, el sueño que Akane tuvo esta vez. Si no logran entenderlos solo mándenme un M.P (mensaje privado), un review o un correo diciendo sus inquietudes.

Dirán que porqué tardé tanto en publicar si es que ya tengo un borrador de varios capítulos pero han sucedido tantas cosas que se me hizo imposible poder siquiera pasar mis apuntes a la computadora. Entre esas cosas, me lastimé la cabeza xD. Me abrieron con unas tijeritas a la viva México (xDDD) (Sin anestesia) T_T!!

Muchas gracias por tomar su tiempo para leer, y si es posible, de dejar un Review. Un agradecimiento muy especial para: Uzziel (aquí tienes el nuevo cap ^^. Para poder responder mejor a tu review, déjame tu e-mail, recuerda que no nos permiten usar la arroba por lo que deja un espacio antes de poner lo que va después). Karen chan ( Jajaja. ¿Apoco no es lo que siempre hemos querido que nos diga Ran-chan? xD Para poder responder mejor a tu review, déjame tu e-mail, recuerda que no nos permiten usar la arroba por lo que deja un espacio antes de poner lo que va después). Caro (amigaaaaa!!! ^^)

Les dejo mi e-mail para lo que se les ofrezca xD... byelove1 hotmail . com