Capítulo 1.

Cuando era pequeño me encantaba pasear por el borde del río, coger piedras y tirarlas al agua para contar cuantas veces podían saltar antes de desaparecer. Mi madre me había enseñado a tirarlas con efecto y aún recuerdo el día que batí mi récord de siete saltos. Mi madre estaba tan contenta, que quiso celebrarlo y de camino a casa compramos un gran helado de vainilla con virutas de chocolate. Es uno de los últimos recuerdos que tengo de mi madre completamente feliz, sin ningún problema.

Todo había surgido poco a poco, como ocurren todas las cosas. Mi padre había conseguido un trabajo en una nueva ciudad, un trabajo mejor. Así que empacamos todas nuestras pertenencias y nos mudamos a Seoul, dejando toda nuestra vida de pequeña ciudad atrás. La situación al principio era llevadera, casi idílica. Yo me adapté bastante bien al colegio, incluso hice amigos. Mi madre disfrutaba del gran jardín trasero donde cuidaba de las flores y observaba a las mariposas revolotear por allí; y mi padre era jefe en el nuevo puesto de trabajo y todo el mundo le respetaba. Pero esto sólo fue la calma antes de la tormenta.

Un día, sin saber aún el porqué, mi padre empezó a beber mucho más de la cuenta en casa. Al principio mi madre sólo observaba callada en una esquina del comedor. Yo hacía mis deberes en la mesa y mi padre bebía cerveza tras cerveza mirando un programa en la televisión mientras murmuraba por lo bajini palabras que nunca entendí. Cuándo se le acabó la gran caja que había traído, gritó a mi madre que le trajera otra nueva. Fue la última vez que mi madre se enfrentó a él. En cuanto mi padre oyó una negativa por parte de ella, el caos no tardó en llegar.

Mi padre le gritó aún más fuerte y mi madre le reprochaba su actitud sin bajar la voz. Yo observaba todo sin poder procesar lo que estaba pasando. ¿No éramos una familia feliz? En un momento mi madre empujó a mi padre, pues este se lo estaba echando encima, y mi padre, con una rabia que nunca le había visto, levantó su mano pegándole fuerte en la cara. El tiempo se detuvo en ese momento. Mi madre miraba incrédula a mi padre mientras se tocaba la mejilla donde había recibido el golpe. Me levanté de un salto y no andé dos pasos cuando mi madre me miró a los ojos, negando imperceptiblemente a que me quedara en mi sitio. Me arrepiento todos los días de lo cobarde que fui en ese momento.

- Traéme la cerveza. - Mi padre sonrió de medio lado y se sentó de nuevo en el sofá mirando el estúpido programa. Mi madre, con la cabeza en alto y sin dejar que las lágrimas le escaparan, se fue a la cocina para traer lo que el idiota de mi padre había pedido.

Y desde ese día, la vida ya no volvió a ser como antes.

Diez años habían pasado desde ese primer golpe en lo que no había cambiado nada. Sí, había momentos en que parecía que las cosas volvían a ser como era antes, que sólo había sido una etapa mala de mi padre, incluso mi madre sonreía un poco más como solía hacerlo al principio. Yo me lo creí las primeras dos veces, a partir de la tercera sabía que sólo era cuestión de tiempo para que a mi padre se le fuera de nuevo la cabeza y volviéramos al mismo infierno.

Pensé muchas veces en huír, en escaparme lejos. Las primeras veces convencí a mi madre; hubo un día que estuvimos a punto de conseguirlo; pero cuando ese día mi padre dio una paliza a mi madre que por casi la mata mientras no paraba de repetir que me mataría a mí si a ella se le ocurría escapar, dejó de intentarlo. Y yo, no podía abandonarla. Ella mi instó muchas veces que huyera lejos, pero había sido cobarde una vez, no volvería a serlo. Mi madre era todo lo que tenía en la vida. E iba a hacer todo lo posible por escapar de ese infierno juntos.

Me apresure más hacía el supermercado más cercano, mi padre estaba a punto de venir y si no veía sus cervezas en la mesa junto a su vaso de whisky, se volvería loco. Y últimamente estaba muy tranquilo, no quería hacer algo que hiciera saltar la chispa. Cogí la caja de cerveza y una nueva botella de whisky y me dirigí hacia la caja para pagar. El vendedor me echó una mirada evaluativa calculando mi edad y si era adulto para comprar tanto alcohol. Siempre me pasaba lo mismo, tenía una cara demasiado aniñada para que todo el mundo dudara de mi edad.

- El carnet, porfavor.- El dependiente estiró la mano y yo le acerqué tímidamente el carnet mirando de reojo el reloj que adornaba la pared. Quedaba solo media hora para que mi padre llegara a casa. - ¿Todo esto es para tí? - El chico aún seguía mirando y comprobando que el carnet no fuera falso. Tenía que estar acostumbrado a estas preguntas, pero cada vez que ocurría me ponía más nervioso que la vez anterior.

Iba a responder, cuando alguien me rodeó los hombros por atrás y me dió un codazo en las costillas. Me guiñó un ojo y acercó un billete a la caja.

- Estamos de celebración.- Dijo al dependiente sonriendo.- ¡Aprobé el carnet de conducir!

El dependiente aún nos miraba desconfiado, pero sin darle más importancia y diciendo un "enhorabuena" obligado, se encogió de hombros y nos dio el cambio. El chico y yo salimos juntos hacia la salida, mientras este no paraba de parlotear sobre la fiesta que íbamos a hacer juntos. Yo le seguí callado sin saber exactamente lo que hacer, pero no quería que el dependiente me volviera a preguntar nada.

Nos alejamos unos pasos de la tienda y al rodear una esquina el chico paró de hablar y se giró sonriendo hacia mí. Me descubrí asintiendo que tenía una sonrisa agradable y por un minisegundo sonreí de vuelta pero paré al darme cuenta que era un desconocido y que a lo mejor lo único que quería era robarme.

- Gracias.- Me incliné en señal de agradecimiento y estiré el brazo para coger la otra bolsa que él había cogido.

- De nada.- El chico seguía sonriendo sin hacer amago de soltar la bolsa. Me asusté, si iba a robarme. - Te acompaño a casa, esto pesa un poco para llevarlo tú solo.

- No, no.- Negué fervientemente con la cabeza. - Puedo yo solo.

Y antes de que el otro chico se diera cuenta, agarré fuerte la bolsa que él tenía y salí corriendo sin decir nada. Oí cómo me llamaba pero hice caso omiso y corrí con todas mis fuerzas temiendo que me persiguiera.

Cuando me dí cuenta que no había peligro y que el chico realmente no me había seguido, reduje el paso e intente compensar mi respiración agitada. Sin parar de pensar en el extraño suceso y en porque me había ayudado, llegué a mi casa a tiempo y pude colocar las cosas para mi padre.

Me encerré en mi habitación aún pensando en el chico del supermercado. Me quité la chaqueta y noté como algo caía de uno de mis bolsillos. El dinero para comprar las bebidas. Con todo el teatro que habíamos montado y mi huída después, se me había olvidado por completo que no había sido yo quien había pagado. El misterioso chico sólo quería ayudarme. Me avergoncé por haber pensado que era un ladrón y me prometí a mi mismo que le devolvería el dinero si me lo volvía a encontrar.

Oí como mi padre cerraba la puerta de un portazo y me hice un ovillo en la cama. Cerré los ojos rogando porque esa noche fuera una de las noches buenas de mi padre. En algún momento dado me quedé dormido y por primera vez en mucho tiempo, no tuve ninguna pesadilla.


El dinero en mi casa escaseaba bastante. Mi padre perdió el gran trabajo que nos había traído a Seúl, apareció varias veces borracho y siendo demasiado violento con unos compañeros por lo que no tardaron en echarle sin ningún miramiento; y aunque por aquel momento teníamos ahorros, los vicios de mi padre nos arruinaron en un abrir y cerrar de ojos. Tuvimos que mudarnos de nuestra gran casa con jardín a unos apartamentos en una zona un poco problemática de la ciudad. Creo que no había visto a mi madre más triste que aquel día que se tuvo que despedir del lugar que había sido su santuario y de sus queridas mariposas. Aquél día me juré que de una manera u otra mi madre volvería a tener lo que mi padre le había arrebatado.

Mi padre tuvo trabajos sueltos, en los que le echaban a las semanas tras comprobar el estado de embriaguez con el que se presentaba a trabajar. Desde hacía un tiempo, un amigo suyo le había conseguido un trabajo un tanto estable con el que al menos podíamos comprar comida y productos de necesidad básica. Nunca nos había contado en qué consistía, pero viendo las pintas de su amigo, me imaginé que no era un trabajo por el cual sentirse orgulloso. Yo rogaba todos los días porque la policia les pillara y acabara en la cárcel para por fín ser liberados de esta pesadilla.

Sin que mi padre se enterara y para poder traer un dinero extra a casa, trabajaba en todo lo que encontraba. Desde hacía unos meses, había encontrado un trabajo estable en los que paseaba los perros de un vecindario próximo al mío. Tenía como cinco perros fijos y debido a que la gente me recomendaba, pronto iba a tener dos más. Era un trabajo que me hacía olvidar por unas horas lo miserable que era mi vida. Y aunque daba casi todo a mi madre para que pudiera comprar cosas de calidad, yo me guardaba parte en una caja antigua de galletas que escondía debajo de la cama. Quería poder reunir todo lo posible para poder huir, de manera más realista que la última vez, y esta vez nada nos iba a detener.

Saludé a un vecino con la cabeza avanzando más deprisa hacia la casa de los Park aguantándome los quejidos de dolor. Me dolía cada una de las partes de mi cuerpo. La buena racha de mi padre había llegado a su fin y volvía a ser el cabrón sin escrúpulos al que tenía la desgracia de reconocer como padre. Anoche volvió a casa más borracho de lo que había estado en mucho tiempo y murmurando que todo era nuestra culpa, empezó golpeando a mi madre arriconandola en una parte de la habitación. Yo me interpuse entre ellos y mi padre ciego de ira, incluso me pegó aún más fuerte marcándome en todas las partes de mi cuerpo. Apreté los dientes sin dejar que ningún grito se escapara. Mi madre lloraba silenciosa detrás mía y yo rogaba para que mi padre no se cansara de mí y decidiera ir contra ella. Al cabo de unos minutos se alejó de nosotros no sin antes advertirnos lo de siempre, que si se nos ocurría llamar a la policia estábamos muertos. Le odiaba.

El señor Park me abrió la puerta de su casa y me adentre cojeando en ella. Si lo notó, no dijo nada. De lo único que podía agradecer a mi padre era que no me pegara en la cara, lo hacía para que nadie sospechara nunca, pero aún a mi pesar, era lo único que podía agredecerle ya que me ahorraba situaciones incómodas.

Salí de la casa con "Chikin", que me saludó afectuoso nada más verme y me dirigía a las demás casas cuando algo al otro lado de la calle llamó mi atención. En una zona en la que el sol irradiaba toda su luz, una sombra se movía sigilosamente como si estuviera realizando una danza extraña. ¿De dónde venía aquello? No había nada alrededor suyo. Pero antes de que tuviera tiempo de investigar nada más, alguien se situó en frente mía interrumpiendo mi visión. Me sorprendí descubriendo la misma sonrisa de hace unas semanas y sin quererlo, el corazón me dió un vuelco rápido. Era el chico del supermercado.

- No sabía que vivías en el mismo barrio que yo.- Sonreía como si nos conocieramos de toda la vida. - El otro día te dirigiste hacia el otro lado.

- Yo…

- Y tienes un perro igual que el del señor Park.- Se agachó a saludar a "Chikin" sin dejarme dar alguna explicación.- Y hasta se llama igual que el suyo.- Comentó al ver la placa identificadora.

- Es el suyo.- Murmuré por lo bajo.- Sólo lo estoy paseando.

- Ah, tú eres el chico del que los vecinos con perros hablan. - Creí ver que sonría más fuerte.- Entonces ya no tengo ninguna duda en que quiero tus servicios.

Él mantenía su actitud risueña y yo sólo pensaba lo que daría por volver a sonreír como él lo estaba haciendo en ese momento. Creo que me quedé más tiempo del necesario mirándole fijamente. Carraspeando mi garganta pregunté:

- ¿Tú también tienes un perro?

- Si, se llama Mickey. ¿Quieres venir a casa para conocerle?

Pero antes de que tuviera tiempo de contestar, Chikin que había estado demasiado tranquilo para lo que él era, tiró de la correa y salió corriendo cuando divisó algo a lo lejos. Yo que no tenía la correa bien sujeta, se me escapó de entre los dedos sin que pudiera hacer nada para detenerlo.

- ¡Chikin!- Grité su nombre corriendo detrás de él. Si le pasaba algo perdería el único trabajo estable que había tenido y no podía permitírmelo. Me reprendí por haberme despistado con el chico.

El perro de los Park se dirigía veloz a la arboleda cercana a las casas. Estos días había estado lloviendo, todo iba a estar demasiado encharcado, y si el señor Park le veía sucio también podría perder mi trabajo. Apreté más el paso a pesar del dolor palpitante de mi cuerpo.

Me adentré en el bosquecillo y comencé a llamar a Chikin sin recibir ningún ladrido por su parte. A los segundos, el chico del supermercado apareció a mi lado, tan preocupado estaba que no me había dado cuenta que me había seguido.

- Para lo pequeño que eres, corres bastante rápido.- Le miré airado e ignorándolo seguí llamando al perro. Por su culpa había perdido a Chikin. No sé porque me había seguido. De repente a lo lejos se oyó un aullido lastimero y rogando que no estuviera herido, me dirigí al lugar de donde salía el sonido. El chico aún me seguía.

Cuando llegamos al sitio, me encontré a mi mismo soltando todo el aire que había retenido pensando que había pasado algo malo, pero Chikin sólo lloraba porque su correa se había enredado en un arbusto y no podía alcanzar a la ardilla que había estado persiguiendo. En la carrera, Chikin se había metido en un charco y estaba de barro hasta las orejas. Intenté no pensar en cómo iba a lavarle y me centré en sacarle de ahí.

- Te ayudo a sacarle.- Comentó el chico que se había posicionado a mi lado.

- Ya has hecho bastante.- Y sin esperar una réplica por parte de él, me fui directo al arbusto.

Tan centrado estaba observando a que Chickin no se moviera de allí, que no me di cuenta de la pequeña rama que sobresalía del suelo que hizo que me tropezara sin darme tiempo a parar la caída. Y parecía que todo en ese día tenía que ir de mal en peor, porque justo en frente mía había un gran charco y caí cuan largo era manchandome de arriba a abajo. Me di la vuelta para quedarme bocarriba y sólo ese esfuerzo me dejó más débil de lo que ya estaba. Oí como Chickin seguía lloriqueando detrás mía, intenté levantarme pero mi cuerpo me lo impedía. Me tapé los ojos con mi brazo derecho, maldiciendo el día que mi padre había decidido ser dueño y señor de las vidas de mi madre y mía. Iba a perder el único trabajo estable que había tenido en mucho tiempo y después de esto nadie más querría contratarme. Intenté aguantar las lágrimas, pero ellas eran más fuertes que yo y salieron antes de que tuviera tiempo de controlarlas. Me odiaba por ser tan débil.

Noté un peso en mi estómago y al apartar mi brazo de la cara, pude ver como "Chikin" me miraba emocionado moviendo su cabeza. Al momento que yo sonreí, empezó a chuparme la cara, llenándome más de barro si eso era posible.

- Había otro camino más fácil.- Oí la voz del chico en frente mía.- No me dejaste decírtelo.

Me incorporé como pude sin dejar de agarrar a Chickin con un brazo, en caso que decidiera escaparse otra vez, y vi al chico de pie con los pantalones manchados de barro. Su sonrisa no desaparecía e incluso parecía más risueño que antes. La luz del sol irradiaba detrás suya y parecía tan angelical que por un momento pensé que era un ángel mandado del cielo.

- Gracias.- Murmuré avergonzado bajando la cabeza.- Gracias por ayudarme.

- No ha sido nada.

Se acercó a donde estaba con el brazo estirado y sin pensarlo le agarré la mano y me ayudé de él para poder levantarme. El cuerpo me dolió horrores, pero sé que habría sido peor si lo hubiera intentado solo. Le agradecí de nuevo y él asintió con una sonrisa. ¿Este chico siempre sonreía?

- Ahora mismo estamos para una foto.- Río mirándose los pantalones.- Tenemos que hacer algo con este barro que huele a podrido.

- Yo… no sé que voy a hacer… - Miré preocupado a Chikin, que me devolvió la mirada divertida ajeno a todo lo ocurrido.- No puedo llevarle a mi casa porque…

- Vamos a la mía entonces.- Sonrió el chico de nuevo.- No sé donde está la tuya, pero la mía está definitivamente más cerca.- Iba a protestar pero me paró con la mano.- Y no acepto un no por respuesta. En el fondo sé que ha sido por mi culpa que se escapara, te distraje.

- Pero… ya has hecho mucho por mí.- Agarré con fuerza la correa.- Te pido disculpas por olvidarme de devolverte el dinero el otro día, lo teng…

- Ese dinero necesitaba ser usado para algo bueno.- Dijo misteriosamente, perdiendo por un momento ese aspecto risueño que le caracterizaba. - Creeme. No lo necesito.

Me quedé mirándole sin entender nada. ¿Por qué me ayudaba sino me conocía de nada? ¿Por qué me ofrecía su dinero y su casa cuando podía ser perfectamente un ladrón para él? ¿Al menos no era lo que la gente como él pensaba nada más verme? Por un segundo me enfadé y el orgullo empezó a hacer aparición en mí; no necesitaba sus limosnas ni su ayuda, no era ninguna obra de caridad. Pero la realidad me golpeó en forma de ladrido y me dí cuenta que sino aceptaba su ayuda, estaba perdido.

- Algún día te devolveré los favores.- Mi orgullo siempre otorgando su granito de arena- Tenlo por seguro.

- Eso no te lo voy a negar.- Se rió de nuevo.- Eres un poco testarudo, ¿eh? Aunque sólo una cosa más antes de que nos vayamos. Es una regla que tenemos en mi casa.

- ¿El qué? - Me asusté. Me miraba tan fijamente y serio que por un momento pensé en salir corriendo en la otra dirección.

- Nadie puede entrar sino conozco su nombre.- Sonrió, volviendo a su ser y me vi expulsando el aire que sin darme cuenta había retenido. Este chico me iba a volver loco. - Sobretodo por si mi padre me pregunta, no quiero tener que llamarte Chun para siempre. - Se rió de su propio chiste y me vi sonriendo con él.

- Me llamo Kim Tae Hyung

- ¿Te importa si te llamo Tae? - Negué con la cabeza. Me agradó de nuevo oír ese nombre, hacía mucho que nadie me llamaba así y por un momento sentí que volvía a mi infancia- Yo me llamo Jung Hoseok, pero puedes llamarme Hobi, mis amigos así lo hacen.

Le miré sorprendido. ¿Ya me consideraba su amigo? ¡No nos conocíamos ni de hace dos días! Pero verle sonreír, con el brazo estirado hacia mi; me hizo evocar recuerdos de juegos, de risas y de tranquilidad que hacía tanto que no tenía, que hubiera pactado con el mismo diablo por volver a tenerlo.

Le estreché la mano con toda la fuerza que me quedaba. Él, no sé si porque no era de las personas que apretaban o porque no quería lastimarme, ni siquiera apretó su mano. Chikin en ese momento ladró, como queriendo dar a entender que él también quería formar parte de la nueva amistad. Los dos nos reímos y me agaché para acariciarle las orejas sucias.

Y sin perder más tiempo, y antes de que el señor Park pudiera descubrirlo, nos dirigimos a casa de Hobi. Mi nuevo amigo. Y aunque pudiera sonar infantil, estas palabras me hacían creer en nuevo futuro, uno en el que mi madre y yo podíamos ser de nuevo felices.


Hola :)

No había vuelto a subir ningún otro capítulo desde el prologo, pero pensé que nadie lo había leído por aquí y lo deje abandonado (lo tengo en Ao3), pero recibí una review (que muchas gracias por la review, no sabes la ilusión que me ha hecho) y decidí volver a subir. Tengo escrito bastantes capítulos, así que podré ir subiendo mucho más seguido :)

Espero que os vaya gustando ^_^

Besos a montones,

Lili