Lo que Scorpius y Al encontraron en el bosque.
A Scorpius y Al les parecía terriblemente injusto. Es decir, en realidad no había sido culpa suya. Alexander Zabini y su pandilla de Slytherin eran los que habían empezando aquello colándose en los dormitorios de los chicos de primer año de Gryffindor y llenándolos de sus serpientes de papel embrujadas, que habían estallado en una pegajosa y repugnante sustancia cuando habían tratado de sacarlas de allí y habían dejado un olor pestilente en la habitación durante días. También había sido culpa de James, por instarles a tomar la revancha contra los Slytherin. Y era culpa de los demás chicos, por negarse a colaborar en su venganza. Además, estaba Rose, que se había escandalizado al oír su plan y había intentado disuadirles, pero que al final acabó dándoles el hechizo para teñir la sala común de Slytherin de rojo y dorado. Pero sobre todo, la culpa la tenía ese idiota de Filch, que a pesar de sus años seguía intentando cazar a los alumnos fuera de la cama con la misma energía que siempre y les había pillado a punto de entrar en la mazmorra de Slytherin. Pero definitivamente no era culpa suya.
El celador se había regocijado en la desgracia de los chicos y no había parado de repetir que si de él dependiera, les colgaría de los pulgares en las mazmorras como en los viejos tiempos (Al y Scorpius no sabían como de viejos eran aquellos tiempo). Afortunadamente, el profesor Longbottom era el jefe de la casa de Gryffindor y a él le correspondía imponerles el castigo. El profesor de Herbología les había soltado un buen discurso sobre la importancia de saber perdonar y de la unión entre casas y los chicos le escucharon con toda la cara de buenos que supieron poner, esperando que así disminuyera el castigo. Al final, la cosa se había saldado con veinte puntos menos para Gryffindor por cada uno y una noche ayudando a Hagrid con sus tareas de guardabosques en el bosque prohibido.
Podría haber sido peor, sin duda, pero los dos amigos no estaban nada a gusto con la idea. El bosque prohibido era aquel lugar peligroso y sombrío con el que los mayores atormentaban a los nuevos. Scorpius y Albus no sabían cuantas de aquellas historias eran verdad, pero se imaginaban que bastantes.
Hagrid, por el contrario, parecía bastante contento de contar con los dos chicos. Sobre todo con Al. El viejo guardabosques sentía mucho cariño por el chico, al fin y al cabo era hijo de Harry Potter y había algo en él que le recordaba mucho a su padre, más allá del parecido físico. La cosa era diferente con Scorpius. Hagrid siempre había detestado a la familia Malfoy y, por mucho que Albus y Rose le aseguraran que era su amigo y que no tenia nada que ver con su padre, el semigigante era de ideas fijas.
Sin embargo, el guardabosques trató de hacerles el castigo más llevadero a los dos. Les contó que sus padres habían sufrido el mismo castigo cuando tenían su edad y les entretuvo con anécdotas de cuando Harry y Draco estaban en la escuela. Sobretodo se centró en las anécdotas vergonzosas del Malfoy, lo que al principio molestó a Scorpius, pero al final acabó partiéndose de risa cuando Hagrid narró como en cuarto curso, un mortifago que se hacía pasar por "Ojoloco" Moody había convertido a su padre en un hurón.
Con todo, el guardabosques estaba ya un poco mayor y se estaba volviendo despistado, así que no se dio cuenta cuando se separó de los chicos. De repente, Al y Scorpius se encontraron solos en medio del bosque, totalmente perdidos y con solo una linterna.
-Al, ¿qué vamos a hacer? –preguntó el rubio.
-No lo sé. No veo a Hagrid por ninguna parte.
Scorpius soltó una maldición.
-¡Ahora estamos completamente perdidos por culpa de ese enorme zoquete!
-¡No le llames así! Además, no puede ser tan difícil salir de aquí. Solo tenemos que volver por la ruta que hemos estado siguiendo.
Pero pronto se dieron cuenta de que cuanto más andaban más perdidos estaban. Al haber pasado todo el rato charlando con Hagrid no se habían dado cuenta de que camino usaban y todos los senderos parecían iguales en aquel bosque.
-Si nos quedamos quietos alguien acabara por encontrarnos –sugirió Scorpius.
-¿Quién? Se supone que estamos aquí cumpliendo un castigo hasta la madrugada, así que seguramente hasta mañana no se darán cuenta de nuestra ausencia.
Ambos chicos meditaron sobre la idea de pasar toda la noche en el bosque prohibido. Aquel lugar estaba lleno de criaturas feroces y ellos eran solo dos críos de primer año.
-¿Pero qué haremos si nos… atacan los centauros?
-Scorp, ¿por qué van a atacarnos los centauros? Nosotros no les hemos hecho nada.
-Si, pero unos alumnos de séptimo me contaron que hace años, los centauros atraparon a una profesora… ¡y se la comieron!
-No digas tonterías, los centauros no son caníbales. Seguramente todas esas historias sobre bestias salvajes no son más que cuentos para asustar a los críos. Aunque…
Al se detuvo un momento y Scorpius le miró preocupado.
-¿Qué? ¿Qué ibas a decir? –preguntó nervioso.
-Bueno… mi tío Ron me contó que en el bosque viven arañas gigantes –respondió su amigo.
-¿Cómo de gigantes?
-Seguramente más grandes que nosotros.
Los dos intercambiaron miradas asustadas y comenzaron a caminar, muy pegados el uno al otro. A cada paso que daban les parecía oír el sonido de ocho entre las sombras.
-Pero seguro que solo es una broma de tu tío –murmuró Scorpius tratando de convencerse a sí mismo.
-Si, seguro. Muy propio del tío Ron… ¡¿Un momento, qué ha sido eso?
Scorpius giró la linterna hacia la dirección de la que provenía el ruido. Al momento la linterna ilumino al terrible monstruo que tenían detrás. Era largo y ancho, y se arrastraba por el suelo hacia ellos, haciendo un ruido ensordecedor. Estaba casi completamente cubierto de ramas, barro y mugre, pero en algunos lugares se podían distinguir pequeñas zonas de color azul turquesa. Y en la parte frontal, dos enormes ojos comenzaron a emitir una luz deslumbrante que les cegó momentáneamente. A Scorpius se le cayó la linterna al suelo.
El monstruo emitió un nuevo rugido y comenzó a arrastrarse hacia ellos. Al y Scorpius gritaron y echaron a correr en dirección contraria, con el monstruo pisándoles los talones. Los dos chicos no se atrevieron a mirar atrás y continuaron huyendo.
…..
-… y el monstruo nos persiguió a Scorp y a mi hasta que llegamos al límite del bosque –dijo Albus cuando aquel verano contó a su padre y a su tío Ron lo ocurrido la noche de su castigo. Los dos adultos le habían estado escuchando con atención, y se habían sorprendido bastante cuando el muchacho comenzó a describir a la criatura del bosque prohibido –.Y al salir de allí nos encontramos con Hagrid, que nos había estado buscando y… Tío Ron, ¿qué te pasa?
El pelirrojo había llevaba un rato haciendo esfuerzos por no echarse a reír, pero en ese momento estalló en carcajadas. Al principió Harry le lanzó una mirada de reproche, pero en seguida se dejó llevar y comenzó a reír con su cuñado. Al les miraba sin poder creerse que se estuvieran riendo de él mientras le relataba la noche más aterradora de su vida, que aun le provocaba pesadillas.
-¡¿Se puede saber que os hace tanta gracia? –exclamó indignado.
Pero ellos no le respondieron, mientras seguían riéndose como no se habían reído desde hacía mucho tiempo. Ron pensó que tenía que contarle aquello a su padre. Se podían decir muchas cosas de Arthur Weasley, pero de lo que no cabía duda era de la durabilidad de sus hechizos. Tras veinticuatro años, el viejo Ford Anglia seguía dando tanta guerra como siempre.
Y aquí dejo el segundo capítulo. ¿A nadie más le decepcionó que el coche volador no apareciera en más libros? A mí me encantaba: era el único coche del mundo capaz de lanzar fuera a sus ocupantes. Este es mi pequeño homenaje.
Tengo que decir que en agosto me voy de vacaciones a un lugar aislado del mundo y sin internet (¡Sin internet!) así que no podre subir más capítulos en un tiempo, pero prometo que a principios de septiembre volveré con un montón de historias nuevas. ¡No dejéis de leer!
By Sally
