Nota Previa: Este fanfic ocurre en un universo alternativo, supongo que se verá en seguida pero aviso para que no haya confusión al leerlo. Es recomendable haber jugado al videojuego de Dragon Age 2 para entenderlo mejor, aparte de que está narrado en primera persona y siempre en orden cronológico. ¡Espero que lo disfrutéis!
Disclaimer: Dragon Age 2 y sus personajes, criaturas y términos son propiedad de Bioware. Todos los derechos reservados.
Kirkwall High School. Capítulo 2.
Primeras impresiones.
Me maldije una y otra vez hasta aburrirme mientras esperaba sentada delante de la sala de profesores a que mi tutor me llamara. Aquella había sido la peor forma de empezar el primer día en el instituto de Kirkwall, y eso que le había prometido a Aveline tan solo dos días antes que me comportaría para no preocupar más a mi madre.
Hacía ya un tiempo que habíamos llegado a la gran ciudad de Kirkwall, para encontrarnos que mi tío ahora vivía en un cuchitril de un barrio situado justo al lado un gueto de elfos porque había perdido la casa de sus padres y casi toda la herencia apostando a los dados. Aquello afectó mucho a mi madre, que hacía años que no sabía nada de su hermano y la situación la pilló por sorpresa, pero tras un par de numeritos dramáticos y escenas victimistas salió a buscar trabajo para acabar sirviendo mesas en un pequeño restaurante familiar.
Mientras tanto, yo y los gemelos nos matriculamos al instituto, y según pasaban los días antes de la ceremonia de apertura, iba quedando con Aveline de vez en cuando para ver cómo le iba. Creo que al Hacedor le gusta que la gente no delinca y esas cosas, porque ella por su parte había conseguido un trabajo en la Guardia de la ciudad y tenía un piso pequeño en un barrio que, al menos, no olía a alcantarilla.
En cuanto a por qué estoy esperando a que mi nuevo tutor me pegue la primera bronca escolar del año, no es difícil de explicar.
Por la mañana me había presentado con Carver y Bethany al Instituto de Kirkwall, dispuesta a comportarme como una alumna mínimamente decente y evitar problemas. El edificio, grande y con aspecto de nuevo, se erigía con tres pisos de altura y era rodeado por un amplio patio. Alumnos a montones entraban por las puertas y se dirigían a la gran sala de actos donde el director, un tal Marlowe Dumar, nos dedicó una aburrida hora de palabrería sobre el futuro y las responsabilidades. Me divertí observando los arcos del tejado, las cortinas de la tarima de la sala, el horario recién entregado de mi curso y algunos alumnos, supuestamente de mi clase, que se dedicaban a hablar sobre mí por ser la novedad. Acabada la ceremonia, acompañé a mis hermanos a su aula con los de primero y me fui a buscar mi clase entre los pasillos de aquel edificio que no conocía de nada; cuando me choqué de frente con un tipo notablemente más bajito que yo que no había visto venir.
— ¡Joder, ¿podrías mirar dónde vas? ¡Pocos enanos que he visto en la vida y he tenido que chocarme con el más ciego de todos!
Y, desgraciadamente, el enano barbudo al que le acababa de gritar era el tutor de mi curso, Bartrand Tethras.— ¿Te crees que esta es forma de hablarle a un profesor? —Empezó a gritarme cuando, al fin, me llamó para entrar en la sala de docentes — ¡Te juro por Andraste que no te voy a abrir expediente por esto sólo porque es el primer día del curso, señorita Hawke! ¡La próxima vez, sé más respetuosa!
El discurso se alargó por diez minutos más, en los que me dediqué a pensar en posibles motivos por los que el Hacedor había hecho que mi tutor, el enano malcarado con el que me había ido a chocar, tenía la primera hora del primer día de clases libre para poder echarme la bronca largo y tendido. Por suerte, se aburrió rápido de mí y tras decirme que me castigaba sin poder ir a una futura excursión a no sé qué ruinas de un Thaig enano muy antiguo, me dejó libre para asistir a la segunda hora de mi primer día lectivo allí.
Aunque en realidad, antes de poder llegar al aula, otro enano decidió interceptarme de camino nada más salir de la sala de profesores.
—Tú sí que sabes cómo causar una buena impresión, pequeña.
—Oh, por favor… —Le miré des de mi "aventajada" posición en las alturas, con cara de resignación y cansancio. —Dime que nadie me ha pegado en la espalda un cartel de "me encanta comer ojos de enano todas las mañanas"… Me niego a creer que el Hacedor me odie tanto como para enviarme a todo enano de Kirkwall a por mi cuello.
El hombre explotó en risas, y en ese momento pude fijarme en dos cosas: primera, que aquel enano era muy raro por no tener barba, algo que creía indispensable en alguien de su raza, o al menos así era en las fábulas. Y la segunda era que no llevaba uniforme pero sí camisa y una chaqueta de cuero larga, por lo que supuse que era otro profesor. Me lo quedé mirando en silencio, con ambas cejas levantadas a causa de la sorpresa, hasta que consiguió controlar sus carcajadas.
— ¡Parece que cada vez vas a mejor! Tranquila, no me importa si comes ojos de enano por las mañanas, hay muchos que ni los necesitan y que estarían mejor sin ellos —dicho eso, me tendió la mano para que se la estrechara —. Varric Tethras, profesor de literatura y escritor a tiempo libre. Más concretamente, tu profesor de literatura, señorita Hawke. —Le miré más extrañada todavía y rió otra vez —Hay pocos alumnos nuevos en cursos que no sean de primero, pequeña. Verás rápido que estoy muy metido en todos los temas sociales de este lugar y conozco a prácticamente todo el mundo —levantó los hombros y siguió —. No sé por qué, los alumnos tienden a confiar en mí, ¿te lo puedes creer? Si la "máquina de rumores" de esta escuela publicara una gaceta semanal, sería su primer subscriptor.
No pude evitar que se me escapara una risita.
—Pues no sabría decirte por qué. ¿Quién confiaría en un enano sin barba?
—Por ejemplo, los alumnos que casi son expulsados en su primer día por insultar a un profesor —bromeó, aunque yo puse cara de circunstancias —. Ya te dije que no te preocuparas, conozco a Bartrand bastante como para saber que hay días en los que a todos nos gustaría encerrarlo en el primer lugar insonoro de la zona: es mi hermano.
—Ya lo he supuesto, ambos habláis por los codos —bromeé y el profesor se puso a reír. A decir verdad, entendía el porqué los alumnos confiaban en él —. Aunque a lo mejor me estoy pasando con las confianzas… Soy un poco bocazas, si me excedo con la lengua puede expulsarme del país cuando deseé, profesor.
— ¡Oh, venga, ahora no me vengas con esas! ¡Has puesto furioso a Bartrand, empezabas a caerme bien! —Me sonrió. A decir verdad, como hombre no estaba mal, aunque tuviera el pelo algo largo y demasiados centímetros de menos; así que supongo que fue natural que me sonrojara un poco. ¡Soy una chica a fin de cuentas, maldición! —Escucha, intentaré que mi hermano te levante el castigo de la excursión, pero tendrás que poner de tu parte: hacer los deberes, meterte en menos líos y aprobar al menos el cuarenta por ciento de tus exámenes.
Bufé, mientras varios grupos de alumnos empezaron a salir de sus aulas por el cambio de primera hora a segunda.
—Me dan igual las ruinas, los Thaigs y todas esas chorradas.
—No te darían igual si supieras que a tu tutor y profesor de historia, Bartrand, siempre pone un examen crucial sobre esa excursión. No ir sería suicidar tu nota de esa asignatura un trimestre entero —me informó con una sonrisa mientras daba media vuelta para irse al aula donde, por lo que supuse, debía dar la siguiente clase —. ¡Cuídate!
Observé cómo se iba a tiempo que el profesor se dedicaba a mandar saludos a varios grupos de alumnos con los que se iba cruzando. Me rasqué la parte de atrás de mi cuello con una sonrisa en los labios para mí misma, pensando que quizá haber insultado a un profesor y haberme saltado la primera hora de clase habían sido cosas productivas, a fin de cuentas. Sin esperar mucho más, me fui hacia mi clase y entré en el aula.
La sala era larga y estaba coronada con una pizarra, una gran mesa de profesor delante y tres filas de mesas dobles para que los alumnos se sentaran de dos en dos. Podría haberme fijado en las ventanas que daban al patio o en las estanterías con libros en la parte de atrás del aula, pero me fue imposible: me llamó más la atención que varios grupos de gente hablando entre ellos se quedaran en silencio nada más verme entrar. Fue un momento, por lo menos, incómodo, más parecido a las pesadillas recurrentes en series de televisión en la que el protagonista se da cuenta de que no lleva pantalones. Sin embargo, llevaba puesta la minifalda, tapando lo que tenía que tapar, y por muy horroroso que fuera en uniforme no era algo por lo que debía llamar la atención: todos íbamos iguales. Así que con aquellos ojos pegados a mi nuca acompañados de cuchicheos me puse a buscar algún asiento libre al lado de alguien que hubiera quedado solo la hora anterior.
Finalmente, encontré el único lugar desocupado: en una de las mesas de la parte central del aula que tocaban la pared de las ventanas, pero el asiento que daba al interior, y al lado de un muchacho con aspecto de melancólico y solitario que escuchaba música con sus auriculares, ignorando todo a su alrededor y mirando hacia fuera. Pude suponer con cierta facilidad el por qué de que aquél asiento estuviera vacía, el elfo no tenía pinta de ser precisamente el más divertido de la granja. Me senté, percatándome que más de la mitad de la clase seguía mirándome.
— ¿Se puede saber qué pasa? —pregunté para mí misma, en voz baja.
Escuché una risita divertida a mi izquierda que provenía de una chica con un piercing bajo el labio. Su piel morena y el enorme escote que regalaba a la vista, gracias a unos botones desabrochados de más de su camisa, hicieron que me quedara con su cara a la primera. Había aparecido de un par de mesas detrás de mí y se había plantado a mi lado, hablándome de forma tan natural que no sabía si sentirme cómoda con ella o molesta por su risita parecida a una burla hacia alguien que te divierte.
—Mujer, no es normal que la alumna nueva que gente jura haber visto en la ceremonia de apertura se presente en el aula una hora más tarde de lo normal —dijo la morena —. ¿Qué has hecho? ¿Te has cargado a alguien? Sería divertida una historia así.
Sus ojos brillaron con interés, casi tanto como sus pendientes dorados, y un ligero escalofrío recorrió mi espalda. Tenía la extraña sensación de que me evaluaba.
—Esto, sí, genial… —dije, mirando hacia otro lado y dándome cuenta de que el chico que tenía dos mesas más adelante, un muchacho rubio con el pelo largo, perilla y coleta, me miraba de forma suspicaz. Cada vez todo aquello me incomodaba más —Sé que es un deporte mundial esto de meterse con la nueva, sobre todo si los rumores apuntan a que ha liquidado a alguien a disparos durante la primera hora…
— ¿Disparos? ¿Eso es verdad? —Escuché que la voz curiosa de alguien varios asientos detrás de mí, aunque fue ignorada por todos los que estaban escuchándonos: parecía que yo era lo más interesante de entre los varios pares de ojos que me miraban a mi alrededor.
—…pero parad ya, por favor. Según qué miradas me dan escalofríos —acabé, bajando algo la voz y mirando de forma acusadora a la chica del escote y al rubio que parecía observarme como su padre fuera Templario y yo acabara de hacer figuras en el aire con magia de sangre.
— ¿Eso va por mi también? —Preguntó tipo de la perilla, levantando una ceja y frunciendo más el ceño. Los dos alumnos sentados delante de mí, la morena y los otros que estaban al loro de la escenita se giraron hacia él —No me metas en el mismo saco que la acosadora de tu derecha cuando yo ni te he saludado, gracias…
Ofendido, el rubio se dio la vuelta mirando al frente, y de forma egoísta me alegré de que un par de ojos menos dejaran de escrutarme. Al escucharle, me di cuenta de que al hablar tenía acento de Ferelden, sin embargo, de nada servía encontrar puntos en común entre yo y un chico al que acababa de ofender por algún motivo oculto. A fin de cuentas, era él el que me miraba como si mi sola existencia ofendiera a su persona.
—Me llamo Isabela—se presentó la morena —. Después tienes al quejica de Anders dos mesas delante de ti. Simpático, ¿verdad? Luego tenemos al borde de Fenris a tu izquierda, contemplando la nada por la ventana —explicó mientras mi compañero parecía no percatarse, o más bien ignorar, todo lo que pasaba dentro del aula —. En las dos mesas a tu derecha estan Sebastian el estudiante de intercambio soso junto a Feynriel el incomprendido. —Ambos miraron a Isabela ofendidos, cosa que era normal, pero me alegré de ver que gracias a eso dejaban de mirarme. — Grace la intimidadora es la que está al lado de Anders, y si viajamos más para la otra punta de la clase encontrarás a la elfa del comentario que ha sido ignorado por todos, Orana la poco agraciada, sentada al lado de su señoría el hijo del director: Saemus. Ser su amiga no te ayudará a aprobar, te aviso. Y yo —señaló un par de asientos que estaban al fondo del aula —me siento allí junto al señor "al-salir-de-aquí-me-alisto-a-los-templarios" Keran…
Los alumnos que habían escuchado la extraña presentación de Isabela, sobre todo los aludidos, se iban ofendiendo y molestando uno a uno hasta que, finalmente, dejaron de mirarnos. Excepto la elfa que tenía los ojos demasiado maquillados y el hijo del director, que gracias a que se encontraban algo lejos de donde estábamos no habían escuchado nada des del principio. Miré a la morena, resultaba ser todo un personaje y, sin embargo, también parecía no caer demasiado bien, aunque no era de extrañar con aquellos comentarios envenenados explicados como quien hace un pronóstico del clima.
—Ya los irás conociendo, o no, tampoco te pierdes nada —siguió mientras ladeaba la cabeza y se reía para si misma—. No me tengas miedo, a miradas no te puedo hacer daño, ¿no? Es sólo que eres… interesante.
Abrí los ojos como platos sin ninguna respuesta inteligente para contestarle, mientras notaba movimiento en el asiento de al lado.
—Isabela, acaba de entrar el profesor —mi compañero de mesa avisó a la chica del piercing, y vi con desesperanza como Bartrand entraba por la puerta.
De repente, Isabela decidió para si misma que era mejor idea dejar de hablarme sin que pudiera dar explicaciones o presentarme, y quedarse con la versión de que llegaba tarde porque había cometido un asesinato por algún pasillo. Al parecer, me había ganado fama de macarra en potencia cuando sólo había cometido el error de chocarme con el enano equivocado.
Asqueada, miré al tal Fenris quitarse los auriculares, hasta que se dio cuenta de mi presencia y me devolvió la mirada. Me fijé que tenía un extraño tatuaje del labio hasta el cuelo y más allá, y empecé a preguntarme si aquello era una moda entre los elfos de Kirkwall, aunque al cabo de un rato sus ojos empezaron a clavárseme como agujas, transformando aquello en una especie de batalla hostil de miradas en la cual decidí perder.
— ¿Qué pasa? —Le pregunté mientras retiraba los ojos de él —Siento si te molesto sentándome a tu lado, esto parece más cómodo que el suelo.
Frunció el ceño y mientras guardaba su i-pod en la mochila, me respondió.
—En absoluto, aunque dejo en constancia que no he dicho nada para que me respondas de ese modo.
Me sentí algo culpable y me dispuse a pedirle perdón, siendo interrumpida por la risa irónica del rubio que me había dejado mal hacía nada. Fruncí el ceño, preguntándome qué demonios podría haberle hecho yo a alguien como él, cuando me di cuenta de que el elfo parecía intentar asesinar con los ojos al tal Anders. Me los miré un par de veces, observando sus miradas desafiantes el uno hacia el otro antes de que ambos volvieran la vista a la pizarra. De golpe creí entender el por qué de la hostilidad del rubio hacia todos lo que estaban sentados dos mesas tras él, pero me parecía tonto que me odiara sólo por estar al lado de su archienemigo o fuese cual fuese la relación de aparente odio de esos dos.
—Una cosa… —le susurré a Fenris, que me miró de reojo —No pretendía…
— ¡Señorita Hawke! —Cerré los ojos con resignación al escuchar la voz de Bartrand, a la vez que me senté recta y vi como se dirigía a mí con cierto retintín —No hay ningún concurso hoy de molestar a tutores, así que estaría bien que se callara y atendiera en clase.
Esta vez absolutamente toda el aula me observaba en silencio, y no pude hacer otra cosa que pedirle perdón de forma escueta al profesor y mirar con desprecio las nubes que cruzaban el cielo para controlar mi frustración.
Siempre me habían dicho que las primeras impresiones son lo más importante cuando quieres conocer gente, y también ayudan a poder formar una nueva idea de ti misma. Pues si eso era verdad, me acababa de construir una mala imagen general a base de primeras impresiones desastrosas. Y el curso nada más acababa de comenzar.
Notas de la autora:
¡Buenas! Allá va el capítulo dos, por fin empieza la "vida de Hawke en Kirkwall" o también se podría decir que, finalmente, empieza el fic por la parte interesante. Porque vamos, el anterior capítulo era un poco prólogo, y sinceramente tenía muchas ganas de hacer aparecer ya a Hawke en el instituto.
No tengo mucho más que decir, sólo que pronto colgaré los siguientes. ¡Gracias por leer!
