—Hemos llegado tarde.—se quejó Hermione al encontrarse la puerta cerrada, agachando la cabeza.
Las frías mazmorras de Hogwarts escondían entre sus laberínticas paredes la entrada a la clase de pociones, y aunque ella y Harry hubieran estado corriendo desde la Sala Común de Gryffindor para intentar llegar a tiempo, no pudieron atravesarla antes de que se cerrara.
—¿Dónde está Ron? —preguntó el chico, buscando a su amigo.
—Pensaba que iba detrás de ti. —dijo ella, intentando recuperarse del ejercicio físico que había hecho nada más comenzar la mañana.
—Es que iba detrás de mí. —le confirmó Harry recostándose en la pared.
Ambos dejaron pasar los segundos preocupándose por el pelirrojo, quién apareció poco después con una feliz mirada y una sonrisa en el rostro.
Se acercó a sus amigos y ni siquiera pareció percatarse de que habían llegado tarde a la clase del peor profesor de Hogwarts.
—¿Dónde estabas? —preguntó Harry.
—En el cielo. —dijo él, con una mirada soñadora.
Hermione frunció el ceño antes de preguntar, intentando descifrar lo que le había pasado antes de que dijera nada.
—¿Cómo en cielo? —murmuró pensativa. —¿A quién has visto?
Entonces él sonrió con aún más énfasis y dejó que un suspiro respondiera a su pregunta.
Y aunque no fueran palabras exactas, Hermione no necesitó nada más para saber que el chico había visto a una de las alumnas de Beauxbatons.
—Fleur, ¿no? —preguntó ella, dándose cuenta al instante de que había cometido un error al decir su nombre.
—¿Fleur? —repitió. —¿Es así como se llama?
La desesperación consumió su mente y Harry se puso delante, tocando su hombro para intentar sacarle de esa hipnosis amorosa que llevaba sufriendo desde la noche de la presentación.
—Bueno, no importa. —dijo negando con la cabeza. —Solo por verla ya ha valido la pena llegar tarde a clase de pociones.
Y aunque Hermione supiera que su amigo no era plenamente consciente de lo que decía, no pudo evitar fruncir los labios, irritada.
Si hacía falta, le explicaría mil veces que lo que le estaba ocurriendo era por culpa de un hechizo mágico, pero no soportaría que su amigo dijera otra vez que llegar tarde a clase había sido algo bueno.
—Ron. —le llamó Hermione.
—Hm. —murmuró él perdido otra vez entre sus pensamientos.
—Esa chica es una Veela. —continuó. —No estás realmente enamorado de ella.
Pero esa vez, al igual que en otros momentos, tampoco la creyó.
—Eso son celos. —se quejó, cruzándose de brazos. —Es amor, sí estamos enam… Espera, ¿qué es una "Viela"?
—Veela. —repitió Harry.
Y Ron, sin entender nada, quiso volver a preguntar qué significaba eso.
El único problema fue que, casi al instante, un fuerte ruido a sus espaldas les alarmó, girándose al mismo tiempo para encontrarse con la espesa mirada de Severus Snape, quién les observaba fastidiado.
—¿Tenéis pensado entrar en algún momento? —preguntó sarcástico.
Desde el interior del aula se escucharon las risas burlonas de los Slytherin, donde por encima de ellas se escuchó un comentario de Draco que fue rápidamente callado por una seca mirada de Snape.
—Veinte puntos menos para Gryffindor. —murmuró Severus poco después, mientras los tres avanzaban hacia el final de la clase, donde Hermione terminó sentándose al lado de Neville y ambos chicos en la mesa contigua.
El profesor Snape continuó explicando sin repetir nada de lo que decía, informando de la dureza de las clases durante su quinto curso en Hogwarts debido a las pruebas TIMO.
Aprenderían a crear pociones diferentes, con la posibilidad de salir heridos si no se tomaban las explicaciones al pie de la letra. Los exámenes serían más largos, los trabajos más pesados, las clases más complicadas y las notas más bajas.
Nadie pareció estar de acuerdo, pero ni un solo alumno se quejó.
—Comencemos la clase. —añadió después. —Sacad el manual de pociones. Página trescientos cuatro.
[…]
La clase avanzaba despacio con el ruido de algunas plumas escribiendo las palabras de Snape, pero más allá de miradas aburridas y de calderos humeantes con posibles fatídicos finales, nadie era capaz de seguir el ritmo del profesor.
Habían pasado casi dos horas sin interrupción alguna, y justo antes de finalizar la clase, la profesora McGonagall apareció para pedirle a Severus unos minutos de conversación en privado.
—Me pensaba que no se callaría nunca. —murmuró Ron, dejando caer su cabeza sobre la mesa.
Harry seguía tan concentrado en la mezcla que pareció obviar que el profesor no estaba, al igual que Hermione, quien solo apartó la mirada de la poción cuando Seamus Finnigan se giró para preguntarle algo.
—¿Qué es una Veela? —quiso saber, dando a entender que habían escuchado la conversación que habían tenido fuera de la clase.
Todos dejaron de hacer lo que estaban haciendo para prestar atención a Hermione, quien se sorprendió por el interés, comenzando a sentirse demasiado observada.
—Es una raza de semi-magas muy poderosa. —dijo intimidada, agachando la cabeza. —Suelen ser jóvenes y bellas, valiéndose de su principal cualidad, la atracción, para ganar las batallas.
—Yo he escuchado que su magia es diferente. —añadió entonces Dean Thomas.
—Lo es. —asintió ella. —En cierto modo son como nosotros, pero hay algunos hechizos que solo las Veelas pueden conjurar.
La curiosidad comenzó a invadirles y poco a poco la clase de pociones se fue convirtiendo en una clase sobre mitología griega, donde por una vez, todos escuchaban de verdad.
—¿Y es cierto que solo se enamoran una vez? —preguntó Parvati.
—Bueno, no estoy segura de eso. —murmuró pensativa. —Sé que suelen enamorarse de magos inteligentes y audaces, capaces de superar sus conjuros.
Y ante esa respuesta, Draco comenzó a reír, dirigiéndose a Ron de manera despectiva.
—Pues ya puedes ir olvidándote de ella, Weasley. —se burló, consiguendo levantar la risa de varios de sus compañeros.
—Cierra el pico, Malfoy. —murmuró molesto, enfrentándose a él, tejiendo una discusión que acabó dividiendo la clase entre Gryffindor y Slytherin otra vez.
Snape entró segundos después encontrando su aula sumida en una intensa guerra, apuntando con una amarga mirada a Ron y seguidamente a Draco.
—Quiero verles después de clase. —murmuró, haciendo callar a todos los estudiantes de golpe.
Se acercó lentamente a su mesa y entonces dejó caer un suspiro pesado.
—Además, para el próximo día todos haréis una redacción de mil líneas sobre la poción Esencia de Díctamo. —les ordenó, cruzándose de brazos. —Y ahora, si ya habéis dejado de comportaros como unos niños, la profesora McGonagall me ha pedido que os explique una cosa.
[…]
Las siguientes horas de la mañana avanzaron rápido en comparación a la clase pociones, pero ni Harry ni Hermione supieron de la existencia de Ron después de salir de las mazmorras.
Ella tenía la teoría de que Snape le había castigado por decir cualquier tontería; el chico, en cambio, pensaba que era culpa de Draco.
Pero cuando entraron a clase de transformaciones y avanzaron hasta llegar a su mesa, se dieron cuenta de que la ausencia de su amigo no había sido por culpa de nadie.
—Sí que habéis tardado. —se quejó el pelirrojo al verles llegar, adoptando una pose de niño educado que chocaba bruscamente con su verdadera personalidad.
Harry y Hermione compartieron una mirada confusa y entonces se sentaron a su lado, rodeados de alumnos de Gryffindor y Ravenclaw.
—¿Qué haces tan temprano en clase? —preguntó su amiga.
—Yo siempre llego temprano. —respondió orgulloso ladeando la cabeza para volver a mirar el libro que sujetaba entre sus manos.
Y ante esa respuesta ambos se quedaron en blanco.
Pero antes de poder preguntarle nada más, Minerva McGonagall se adentró rápidamente en el aula acercándose a su mesa.
La clase esperaba en silencio las palabras de la profesora, quién miró por unos segundos las mesas vacías que había delante de su escritorio, al lado derecho de la mesa donde Harry, Hermione y Ron estaban sentados.
—Severus ya os ha debido explicar que compartiremos la clase. —dijo captando la atención de Hermione, quien comenzó a crear en su mente una explicación por la actitud de Ron.
—Pero, profesora McGonagall. —la llamó entonces una alumna. —¿Por qué estarán con nosotros si ellos son de séptimo?
Y Minerva sonrió, asintiendo lentamente antes de responder.
Al parecer, los alumnos de sexto y séptimo de Hogwarts tenían reservadas unas horas a la semana para preparar los exámenes más importantes, los ÉXTASIS.
Los estudiantes de Durmstrang y Beauxbatons no hacían esos exámenes debido a una política de educación diferente a la de Inglaterra, por eso los alumnos de quinto eran los elegidos para compartir clase con las escuelas invitadas durante esas horas, las cuales coincidían con Defensa contra las Artes Oscuras y con Trasformaciones.
Y aunque eso a Hermione no llegó a gustarle, continuó escuchando a la profesora McGonagall sin decir nada.
—No deben preocuparse, las clases solo serán algo diferentes. —explicó. —Lo único que pido es elegancia y un buen comportamiento, sin problemas ni peleas.
Y ante sus palabras las campanadas de la torre del reloj resonaron entre las paredes de la habitación.
Los últimos alumnos se adentraron en el aula para dar inicio a la clase, justo cuando Minerva vio aparecer de entre el movimiento del pasillo a las pocas alumnas de Beauxbatons que estarían en su clase.
—Bienvenidas. —dijo con una firme sonrisa, señalando las mesas vacías.
Todos levantaron la mirada para encontrarse con ellas, y fue entonces cuando Hermione supo al instante por qué Ron se estaba comportando de esa forma tan extraña.
El chico pretendía impresionar a Fleur, haciéndose ver como una especie de sabelotodo, atento y educado mago.
Lo único malo de su plan fue que, en realidad, ella apenas le prestó atención durante toda la clase.
—El arte de las transfiguraciones puede resultar sencillo cuando se utilizan los hechizos correctamente. —dijo la profesora McGonagall con voz pausada. —¿Pero qué hacemos cuando la transformación sale mal?
La pregunta se quedó suspendida en el aire mientras Hermione se mantenía en silencio, expectante.
Pero ninguno de sus compañeros parecía saber qué decir, levantando la mano lentamente.
Y en otras circunstancias habría sido su nombre el elegido para responder, pero esa vez, otra persona la adelantó.
—Reparifarge. —respondió una voz diferente, marcada por un suave acento.
Toda la clase enmudeció y Hermione ladeó la cabeza levemente, viendo a la profesora asentir y continuar con su explicación sobre la reparación de transfiguraciones.
Aunque durante unos largos minutos, la atención por parte de la clase solo se centró en ambas.
—La competencia. —dijo Seamus en un susurro divertido, haciendo reír a todos aquellos que le habían escuchado.
Incluyendo, de esa forma, a Fleur, quién miró a Hermione con un gesto cómplice, casi como si quisiera explicarle con la mirada que había respondido a la pregunta solo para llamar su atención.
