Este fic participa en la actividad "Amigo invisible" del Foro ¡El cometa de Sozin!

Mah Jong es un juego muy popular en China, Japón y Corea. Para jugarlo hay que conocer bien las formas (manos) válidas para ganar. Hay una página en que se puede jugar Mah jong japonés online contra un ordenador: mahjongdragon punto com. También existe el Mah jong connect, pero eso no es Mah Jong propiamente. Hay un anime que trata del Mah Jong, no es excepcionalmente bueno, pero es entretenido, se llama Akagi.

Gracias Fanatla por tu review, me hiciste sonrojar. Espero que disfrutes este capítulo.

Capítulo 2

Gruñó molesto ante los insistentes golpes en la puerta. Sus dedos viajaban a través de su larga lista, revisando una y otra vez la agenda programada para hoy: la agenda que sólo el conocía y de la que no sabía nadie más.

No tenía por qué abrir. Si no estaba en la lista, si no estaba programado para este día y esta hora, no tenía ninguna razón para abrir. Pero la curiosidad le ganó. Aquí, su trabajo eterno era aburrido: recibir las almas, todos con aquella expresión de incertidumbre, de miedo al hecho inevitable de estar muertos. Siempre lo mismo, nada interesante. Pocos habían sido aquellos que le habían entretenido.

Se levantó y entreabrió la puerta e hizo una mueca de desagrado al ver quién estaba del otro lado.

-Iroh- dijo con resentimiento, apretando los dientes.

-¡Hola, estimado guardián! Teníamos tiempo de no vernos-.

-¿Qué quieres?- preguntó Yama, el guardián del mundo de los muertos.

-Oh, sólo quiero ser amigable y jugar un partido de Pai sho-.

La puerta se cerró en su cara.

-¡Hey! Eso es muy descortés!- dijo Iroh -vine a proponerte algo-.

Pero la puerta permanecía cerrada.

-¡Vamos, es una apuesta inocente! Si ganas, volveré a mi lugar en el mundo de los muertos-.

Unos instantes después la puerta volvió a abrirse.

-¿¡Me lo juras?- preguntó el guardián.

-Te doy mi honorable palabra- respondió Iroh.

-Bien,- respondió el guardián- pero será bajo mis condiciones- dijo haciéndolo pasar.

El lugar adentro era obscuro. Era una estantería infinita, que albergaba innumerables velas, ardiendo y emitiendo una luz tenue. Un alma cada una de ellas, todas dormidas, preparándose para la próxima vida a través de la purificación de la que sólo es capaz el fuego: Quemando la memoria de la vida pasada para poder encarnar en otro cuerpo. El silencio adentro era absoluto. No era raro que el guardián de la puerta estuviera tan aburrido. Lo único interesante era su toro, pero el animal se la pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo. Al ver a Iroh, lo saludó cortésmente.

-¡MOOOOoooo!- dijo el toro, y Iroh acarició su mollera.

-He traído mi tablero de Pai Sho- dijo Iroh.

-Si voy a apostar contigo, será bajo mis condiciones- dijo enojado el guardián- yo elegiré el juego-.

Iroh tragó saliva con dificultad, no esperaba una cosa así. Conocía muchos juegos, pero era el mejor en Pai Sho. Si apostaban con un juego diferente, sus posibilidades de ganar disminuían grandemente. Así que para balancear la situación, elevó la apuesta.

-Bien, pero si tu eliges el juego, yo soy el que arriesga más, y por lo tanto debo ganar más si salgo victorioso- replicó Iroh

-¿Qué quieres?- gruñó

- Si tú ganas, volveré y descansaré como un alma más en una de tus estanterías - dijo Iroh - pero si yo gano, me darás a mí, y a un acompañante de mi elección un permiso de un día para ir al mundo de los vivos-.

-¿Sólo un día?- preguntó el guardián.

-Sí, es razonable, ¿no?- respondió Iroh.

-¿Quien sería tu acompañante?-

-Una de las almas que guardas aquí, por supuesto-.

-¡Ya lo sé! ¡Quiero saber cuál de ellas!-.

-La que a mí me plazca- respondió Iroh.

-Sabes que no puede ser la de tu hijo, esa alma ya no está aquí: hace tiempo que ha reencarnado en otro cuerpo- dijo Yama.

-Lo sé- respondió Iroh con algo de nostalgia.

Yama se quedó pensativo unos momentos. La primera vez que había conocido a Iroh, es decir, el día de su muerte, éste había hecho una apuesta y ganado su estadía eterna en el mundo de los espíritus. Y el guardián se había convertido en el hazmereir de todo el mundo espiritual. Esta era su oportunidad de recobrar el orgullo perdido. Y si perdía, no era demasiado: sólo un día de permiso, uno solamente. Y además, era imposible perder, después de todo él elegiría el juego.

-Bien- dijo confiado el guardián- queda en firme nuestra apuesta-.

-¿A qué jugaremos?- preguntó Iroh.

-Mah Jong-.

-Pero se necesitan cuatro para jugar Mah jong- replicó el general.

-No te preocupes. Sacaré de mi estantería dos almas al azar para que jueguen con nosotros- respondió Yama.

-Pero y si no saben jugar?-.

-Solo interesa que ocupen un lugar en la mesa y hagan circular las fichas-.

-Bien- aceptó Iroh.

Se sentaron en la pequeña mesa, iluminada sólo por la luz de las almas. El Mah jong es como un juego de naipes, sólo que lleva algo de tiempo tiempo, y requiere mucha concentración y memoria. Son muchas partidas para completar un juego, y sus reglas son... complicadas.

Para cuando el juego iba por la mitad de su desarrollo, los puntajes eran desfavorables para Iroh. Cada mano que lograba ganar era de un puntaje muy bajo, y el guardián le llevaba ya una ventaja considerable: tenía que admitir que su malhumorado rival era más hábil que él en este juego. Estando exhausto y abrumado por su mala suerte solicitó al guardián un descanso y un buen té.

Yama trajo entonces un hermoso juego de té. Era de plata y bien pulido. Podía uno verse el rostro reflejado en él. El té no era el más sabroso que Iroh hubiera probado en su vida, pero era aceptable, y logró aliviar un poco la ansiedad que sentía por esta apuesta de Mah Jong en la que se jugaba la libertad.

Cuando los cuatro jugadores hubieron vaciado sus tazas, dejaron a un lado el hermoso juego de té para continuar con el juego, que seguía avanzando sin permitir al general sobrepasar a Yama en el puntaje.

Estaban la última partida de la última ronda. Iroh había tenido suerte esta vez, su juego era casi perfecto. Sólo esperaba dos fichas que completaran su mano: un dos y un nueve de bambú.

Tenía también un dragón rojo, sonto, completamente inútil que sólo esperaba ser intercambiado por alguna de las fichas que necesitaba, las cuales se negaban a aparecer.

Entonces, en su turno, llegó el dos de bambú, estaba ahí frente a él, sólo tenía que cambiarlo por este dragón rojo que le sobraba. Pero se detuvo. El siempre prudente Iroh observó la reluciente tetera que se encontraba a las espaldas del cancerbero. El juego de éste se reflejaba nítidamente: el guardián estaba esperando un dragón rojo para ganar.

Iroh dejó ir el dos de bambú, conservando el dragón, y tuvo que cambiar todo su juego. La mano pura que estaba hermosamente ordenada, a sólo dos fichas de ganar era ahora un desastre. Las circunstancias lo levaron a tomar medidas desesperadas: intentaría armar una mano siete pares.

El juego avanzaba y Iroh podía sentir las gotas de sudor bajar por su sien. El cancerbero por su lado se estaba desesperando por no encontrar su maldito dragón rojo.

Por su parte Iroh había logrado formar todos los pares menos uno: el de la ficha de la que no podía deshacerse: el pinche dragón. De manera que ambos contrincantes estaban esperando la misma ficha. Podía estar en el muro muerto o en manos de alguno de los otros dos jugadores. La ficha podría no aparecer y entonces la mano estaría empatada, pero el puntaje seguía a favor de Yama. Si la ficha no aparecía en manos de Iroh, éste iba a perder.

Llegó su turno, tomó la ficha del muro y cuando la volteó sintió salir un suspiro involuntario. Ahí estaba el dragón rojo, en su mano. Sonrió al cancerbero y declaró su victoria:

-Siete pares, cuatro fan, sesenta y cuatro puntos, yo gano!- dijo Iroh

El guardián se quedó congelado por un instante mientras la ira se agolpaba en su rostro, enrojeciéndolo.

-Maldita sea!- rugió, y todas las almas se estremecieron con aquel estruendo- ESA era MÍ ficha!- gritó

-Vamos, amigo mío. A veces se gana y a veces se pierde-.

-Moooooo!- dijo el toro.

El guardián tiró al suelo todas las fichas de un manotazo. Luego recogió la ficha ganadora y la lanzó contra Iroh con todas sus fuerzas. Iroh la atrapó en la palma de su mano, fingiendo que no le había dolido.

El guardián se fué por un momento, y volvió con dos conjuros escritos en papel que decían 活着:vivo.

-¡Dime qué alma quieres para que te largues de aquí de una buena vez!- gritó el cancerbero aún enfurecido.

-Quiero al avatar Aang- respondió Iroh tranquilamente.

Se me presentó una dificultad lógica: sacar al Avatar Aang y devolverlo (aunque fuera sólo por un día) en el mundo material, no es tan sencillo. Y aunque a veces no lo logro, me gusta que mis historias tengan coherencia. No voy a exponer en la historia todo el embrollo mental que hay en mi cabeza para explicar cómo es que el alma de Aang y la de Korra son y no son la misma cosa. Sería aburridísimo de leer y desviaría la atención del argumento principal.

De todo ello, yo saqué una conclusión -que es completamente irrelevante en este contexto-: El Loto Rojo tiene razón. El Avatar en realidad es causa de desbalance, y en el caos hay orden.

En fin, suficiente de mis elucubraciones. Gracias por leer. Tenemos por lo menos tres capítulos más por delante.

Salud!

La leyenda de Korra pertenece a sus respectivos autores. Este es sólo un trabajo de ficción meramente recreativo.