**Bueno, como no sé si se veía en el capítulo anterior (¿) los personajes de este fic no me pertenecen, si no a la comunidad de hetamérica. Gracias~**

La noche se despedía dando paso a la tibia luz del sol, habían sobrevivido la noche, quizás por clemencia de sus captores. Un rayo de luz golpeó los ojos del castaño, forzándolo a abrirlos, se encontraba algo desubicado, como si la noche anterior no hubiese sido real, pero la cruda realidad no perdona. Una vez su vista y su mente se aclararon los recuerdos del ayer golpearon su mente tan rápido y duro que lograron aguar sus orbes marrón, sacudió su cabeza para centrar su mente.

-Buenos días mijo –se escuchó la voz del padre hablar.

-Buenos días pa' –agachó un poco su cabeza y luego volteó a ver al hombre -¿Dónde estamos?

-Quisiera saberlo… pero por lo que parece nos llevaron muy lejos del pueblo

El castaño suelta un suspiro largo y se acomoda en los brazos de su padre, tenía mucho miedo, por aquellas advertencias y los comentarios de los demás sabía lo que podía pasarle, ser un soldado de aquellas líneas o morir por no serlo. Ambos panoramas igual de malos.

-Papá… ¿qué haremos ahora?

Aquella pregunta no pudo ser respondida, uno de los insurgentes llegaba a descargar a la gente -¡Muévanse! –gritó en un tono autoritario mientras abría las puertas del camión y apuntaba al grupo de hombres y niños con su rifle. Lentamente la gente comenzó a bajar del camión, no era un problema, excepto para algunos heridos. -¡A ver, hagan una línea, pero para hoy! –Otra orden del hombre del rifle. Esta vez, el grupo se organizó rápido quedando en una perfecta línea recta. Los guerrilleros intercambiaron algunas palabras entre ellos, mientras los niños se apegaban a sus padres, presos del miedo. Joaquín no era la excepción, estaba casi pegado hombro a hombro con su padre mientras se agarraba a la manga de la camisa de este último. La espera, silenciosa, de los rehenes se hizo larga, no se escuchaba un sonido ajeno a los murmullos de aquellos que los tenían cautivos. Al fin una acción se escuchó "encadénenlos". El temor circuló cómo una ráfaga de viento, algunos intentaron escapar, corriendo tan rápido como sus piernas daban, pero no pudieron ganarle a las balas disparadas ante ese acto de insubordinación -¿Algún otro valiente? –dijo de nuevo el del rifle con una sonrisa maliciosa. No hubo respuesta –Bien, así me gusta, continúen…

-¿Qué pasará ahora? –susurró el muchacho.

-No se Joa… ellos decidirán a quien dejan y a quien eliminan –al terminar la frase pasa saliva con pesadez.

Al momento comienzan los demás uniformados a poner grilletes en los tobillos de los cautivos, luego los ataron a todos con una sola y larga cadena, dejando a padre e hijo en la mitad de la línea. Suena el golpe de una culata, dado al último miembro de la línea, un hombre de mediana edad, pero en buen estado físico, era la orden para avanzar. Con paso lento comenzaron a andar a modo de marcha adentrándose en el monte, tan espeso que el camión no podía atravesarlo. El día pasó en su totalidad, soldados y rehenes caminando a la par, abriéndose paso entre los árboles y juncos, nunca faltaron los tropiezos y el castigo de estos, golpes con las culatas de las armas.

Llegaron al fin a su destino ya llegada la noche, vieron un campamento rudimentario, un par de chozas, una bodega pequeña y algo que parecía un corral techado, con algunos viejos colchones. Ese sería su alojamiento por el resto de su vida.

-Nos tratan como a pollos… -dijo con molestia en su voz el padre del castaño.

Un disparo al suelo hace que todos den un brinco. –Mañana veremos quién es apto para estar aquí, el que tenga alguna objeción que avise, que hay unas babillas cerca y tienen hambre –un nuevo individuo apareció en el lugar, el cabecilla de ese frente para ser más precisos. Cuando termina de hablar se retira a una casa de madera, bastante pequeña. Los demás uniformados indican que es hora de entrar a aquella rudimentaria celda, nadie se opone y como pueden se acomodan todos, algunos quedan sin colchón para descansar. El castaño comparte con su padre, al menos tendría abrigo para la noche.

Después de toda esa conmoción y la retirada de los captores todo quedó en silencio, la noche fue cayendo de a poco y el frío se colaba sin alguna resistencia por la malla que los encerraba. Se escuchaban las lejanas voces y risas de los guerrilleros, hasta ellos muchas veces se aburren y cansan de estar en el campo por lo que buscaban alguna forma de entretenerse, ¿Quién sabe que podría ser? La mayoría de los secuestrados cayeron presos del cansancio, incluyendo al de ojos castaños.

Cuando la mañana se hizo presente la luz del sol le pegó directo en toda la cara, ese claro sol de madrugada levantó a todos. Su estómago gruñía, pero no era el único, ni siquiera el día anterior había comido algo después del desayuno, para su suerte llegaba una mujer, también de los guerrilleros con una olla y unos cuantos platos.

-Hora de comer, aprovechen, es lo único que comerán en el día… -habló en tono frío la mujer, que fue sirviendo la comida y pasándola dentro de la jaula, el muchacho se acercó y observó el rostro de la mujer, le recordó por un momento a su madre, salvo que la insurgente carecía de brillo en sus ojos, tenía ojeras y un cicatriz en la mejilla ¿es lo que me espera? Pensó el castaño, tomó su plato y se sentó a comer al pie de su padre. –En una hora comenzará la selección… -la mujer volvió a tomar la palabra.- El que no pase aquí será eliminado… -frunció el ceño mientras servía la comida. Se escuchó un 'ugh' colectivo, mas nadie dijo nada, la mujer terminó de servir y se retiró cargando la olla vacía. Todos comieron con mucha gana, todos estaban muy hambrientos que no importaba si la comida no tenía buen sabor o si tenía algún veneno.

-Papá… ¿Qué es peor? –preguntó el castaño a su padre, el hombre guardó silencio por un tiempo antes de contestarle. Pasó saliva pesadamente y lo miró fijamente:

-Para mí, es mejor morir aquí, ya estoy viejo… puede que entre a las filas, pero en un enfrentamiento me van a dar de baja… tu puedes ingeniártelas para vivir aquí y algún día quizá salir… escucha –suelta un suspiro- intenta quedarte con ellos… al menos tendrás más métodos para defenderte que cualquier otro –detestaba tener que decirle eso a su hijo, pero como todo padre procura la supervivencia del pequeño- ¿entiendes?

-Si papá… -aún no entendía del todo el significado de eso, aún era muy joven para eso, pero esa lección le sería útil más adelante.

El resto de la hora se pasó como un fugaz instante, llegaba un par de guerrilleros, diferentes a los del día anterior, estos sin cruzar palabra fueron sacando por grupos de 4 a gente de la jaula. Salió el primer grupo con rumbo al interior del monte, el sol indicó que habían pasado un par de horas, sonaron algunos disparos y de ese grupo regresaron dos personas, era obvio lo que había pasado con los miembros restantes. Un silencioso miedo comenzó a infundirse por el grupo de personas que aún no habían pasado, salió otro grupo de cuatro, el mismo tiempo, los mismos disparos, de este grupo solo regresó uno. El siguiente grupo, mismas circunstancias, este grupo tuvo más suerte, regresaron los cuatro; ahora solo faltaba el último grupo, el castaño, su padre y dos personas más, mayores que su padre. El muchacho pasó saliva pesado y se levantó, ese soldado los hizo seguirlo por la misma ruta en que habían transitado los 12 anteriores, este era un momento decisivo, tenía miedo pero estaba metido en su idea de sobrevivir a eso, como dijo su padre, para poder irse algún día.

Monte adentro el grupo de cuatro fue expuesto a varias pruebas, la mayoría de condición y fuerza, tardó un par de horas, horas agotadoras para el menor de todos. Después fueron reunidos en un claro que había entre tanta vegetación en donde les explicaron su último requisito, cargar el fusible y solo eso. Aparentemente no era complicado pero los dos hombres mayores no aguantaron el peso y lo soltaron, un par de tiros y cayeron al suelo. Eso hizo que el más joven diese un brinco pero agarró con mucha más fuerza el arma, por el miedo y el cansancio le temblaban los brazos, sentía que en cualquier momento se le caería, pero eso sería su fin.

En medio del silencio se escuchó el metal impactar contra el suelo, ¿todo acabó?, sí, pero no para el niño, quien abrió los ojos para encontrarse con el fusil que cargaba su padre en el suelo, sus orbes se abrieron aún más al sentir que era a él a quien apuntaban por la espalda.

-Vas a coger carácter culicaga'o –dijo en tono frío el guerrillero- Le dispararás tú, así que si quieres vivir más vale que no falles –el castaño no podía verlo bien, pero sentía como ese sujeto presionaba la culata contra su columna mientras otro hombre sujetaba a su padre por los brazos.- Pero con prontitud que no tenemos toda la tarde.

El niño no sabía qué hacer, ni siquiera tenía bien sujeto la pesada arma, no podía matar a su padre, menos al verlo forcejear y reclamar ante aquellos hombres por su vida. El silencioso ambiente fue trasformado en ruido y la voz detrás de si ordenándole disparar, las lágrimas brotaban de sus ojos y bajó el fusil. – ¡No puedo! –Gritó el castaño- ¡Es mi padre!

-¡Ah! Con más veras le dispararás, si puede hacerlo lo hará después en problema –dijo el hombre que tenía sujeto al padre del muchacho, el otro soldado desvió por unos segundos su arma para disparar a la pierna del mayor, este cayó de rodillas al suelo tratando de aguantar el dolor. –Si no te apresuras le seguiré disparando hasta que quede como colador… tú decides.-

Que complicada situación, quería soltar eso y salir corriendo, pero el miedo no lo dejaba. Lloraba mirando aún con los ojos muy abiertos a la escena que estaba presenciando, deseaba que eso fuese un sueño, pero la vida no siempre es como queremos. Se escuchó un disparo, el sonido de un cuerpo cayendo al suelo y un grito de agonía.

-Que verraco hacerlo disparar.

-Oye… pero así no era la gracia

-Pero se logró el objetivo ¿o no?

-Supongo que si

El tiempo pareció transcurrir en cámara lenta, tortuosamente lenta para el muchacho, tardó unos segundos más en darse cuenta de lo que había hecho, sí, había disparado él, pero no lo hizo solo, el hombre que estaba detrás lo hizo hacerlo moviendo sus manos, un poco de sangre salpicó su cara, pasó su mano por sus mejillas al sentir algo húmedo, al ver el carmesí cubrir su mano quedó estupefacto, miró hacia el frente de nuevo, a su mano y al frente, como negando lo que había ocurrido. Soltó el arma y corrió a donde su padre herido.

-¡Papá, papá! Lo siento mucho… yo no quería ¡Yo no quería! –gritaba a alarido herido mientras aún más lágrimas caían por su rostro y su nariz moqueaba, intentaba inútilmente limpiarse la cara con sus manos, logrando solo llenarse más de tierra y suciedad.

-Escúchame Joaquín –dijo el padre casi sin voz, la bala había impactado en su pecho, por lo que moriría desangrado, pero no lo harían sin antes dejar su último deseo a su hijo- Como sea… vive y sal de aquí –diciendo esto el hombre cerró sus ojos, aún respiraba pero no por mucho.

-Nos vamos –entre ambos insurgente tomaron al chico por los brazos y lo arrastraron. El pequeño solo lloraba y trataba de correr donde su padre, pero no lo dejaban, de paso se ganó una patada para que se quedara quieto. Arrastrado como un costal fue dejado en la jaula y se fueron dejando allá al niño llorando, los demás cautivos entendieron que pasó pero no se atrevían a decirle nada, lo miraban con lástima, estaba solo.

Caída la noche el castaño había dejado de llorar a mares pero aún seguía sollozando por lo bajo, se acostó en el colchón que no hacía más de un día había compartido con su padre, se arropó con la chaqueta que este había dejado y dejó que el sueño llegase a él, a pesar de todo estaba demasiado cansado y le dolían los ojos de tanto llorar.

La mañana llegó en un parpadeo, ese día también los sacarían de esa jaula, comieron igual que el día anterior y los formaron en fila. El cabecilla se encargaría de las órdenes ese día y de paso amedrentarlos un poco más para matar cualquier deseo que tuviesen por rebelarse, dio un sermón a gritos por al menos 2 horas en que no dejó sentar a nadie y aquel que cuchicheara algo era golpeado.

El muchacho de ojos café permaneció en silencio, estático, durante todo el tiempo. Al final les ordenó regresar a la jaula, después serían trasladados a otro tipo de prisión, un poco más cómoda por haber pasado ese proceso fulminante de selección.

-Oye tú, el enano, el que se pierde en el Quicuyo… -llamó el líder al joven, en un tono despectivo, aun así este se volteó. -¿Cómo te llamas sardino?

-Joaquín –respondió en voz baja.

-Pero hablá como un hombre y te olvidarás de ese nombre, ahora por enano será Quicuyo.- se escuchó la risa de algunos hombres. El niño simplemente se giró y continuó su camino, aunque no quisiese ese sería el apodo que lo acompañaría toda su estadía en aquel lugar.

El tiempo fue transcurriendo de forma pareja, los días se convirtieron en semanas y luego a meses, el entrenamiento de los nuevos reclutas había comenzado y había seleccionado a unos cuantos más, sin contar las peleas contra las fuerzas militares por conseguir territorios o sus roces con los grupos paramilitares. Las condiciones para los que lograban sobreponerse a eso comenzaron a mejorar, conseguían un poco más de comida y un lugar mejor donde quedarse todos. Empujados por la soledad comenzaron a socializar entre todos, compartieron historias y las metas que tenían antes de llegar a ese lugar, la mayoría reducida a poder llegar al día siguiente.

Los meses llegaron a ser años, 7 para ser exactos, todos habían aprendido a matar y a huir cuando fuera necesario, el dolor de tomar una vida en sus manos aún pesaba en la conciencia de la mayoría, el ahora joven de 19 años no era la excepción, pero su mente había ingeniado un mecanismo para no volverse loco por la culpa.

-Oe, Quicuyo… ¿por qué no te cortas el pelo? –le preguntó uno de los hombres que llegó con él y que habían entablado amistad.

-Hasta que salga de aquí lo haré –afirmó el muchacho mientras cortaba algo de madera, se planteó esa meta.

-Te vas a morir como una madremonte

-Quien sabe, a lo mejor no, uno no sabe –soltó una risa mientras cargaba lo que había cortado.

Mucho había cambiado en esos 7 años, la apariencia del muchacho ahora mucho más madura por ejemplo, había crecido y había tonificado su cuerpo gracias al esfuerzo, cicatrices marcaban sus brazos estaba entero, había dejado crecer su cabello, lo recogía en una coleta que le llegaba bastante abajo en la espalda. Su carácter se había endurecido fuera de la aparente comodidad del cuartel que tenía el frente.

-Hoy toca tomarse ese pueblo que está al sur ¿no?- preguntó el chico mientras caminaba a la par del otro con la madera

-Ajá, según escuché no accedieron a darle comida al jefe y los van a joder… será un día pesado

-Me temo que si… -el castaño suelta un suspiro y al llegar a la caseta principal deja la madera allá.

-A veces me asusta esa forma que tomas cuando nos toca hacer incursión –el hombre suelta una leve risilla.

-No me lo recuerdes…

Una serie de recuerdos pasan por la mente del menor de todos en ese lugar de cada vez que le era obligatorio matar a alguien. En esos momentos su mente quedaba en blanco y su corazón parecía que echara su humanidad y empatía por la borda mientras apretaba el gatillo, mataba a sangre fría en ese momento y hasta que regresaba a la normalidad unos cuantos días después.

-Es que cuando te pones así pareces un autómata… eso ni vida se le ve en esos ojos

-Lo sé, pero no es que lo haga a propósito… Ese pueblo, ¿es bastante nuevo no?

-Si según sé, parece ser que los que se salvaron de las otras incursiones terminaron allá

-Que embarrada que vuelvan a tener que vivir eso –dijo el muchacho sentándose en una vieja silla de madera.

-Lo sé, pero ya sabes que como son estas cosas… Ya no podemos hacer nada –el hombre suelta un suspiro antes de salir de allí.

La tarde pasó con normalidad en el frente, unos soldados corriendo como una rutina, otros haciendo quehaceres de mantenimiento y otros preparando las armas. En el cuarto principal estaban discutiéndose las estrategias que serían después informadas a todos los demás miembros.

El reloj marca las 4 de la tarde, es la hora de comenzar con la incursión, todos los soldados se alinean en un bloque y comienzan a marchar con fusil al hombro por el monte. Al otro lado de ese bosque estaba su blanco, ignorante de todo lo que estaba por pasarles esa fatídica tarde, muy similar a la tarde en que él llegó a ese lugar. Es como si el clima cambiara conforme a lo que se avecinaba. 6 de la tarde, el frente comienza a entrar en el pequeño pueblo, comienzan los disparos y la lluvia cae. El pánico corre por el lugar, tal como ese día.