Cocoon
Paraíso Unipersonal~
-Capítulo 2-
Disclaimer: Los personajes son propiedad de sus respectivos autores. No busco un fin comercial al usarlos, si no satisfacer un fin meramente ocioso.
—Ahí viene Nanako…
Shura miró animadamente a Aioros, quien se sonrojó al escuchar las palabras de su amigo.
—¿Y-y ahora qué le digo…?— balbuceó.
—Pues si quieres pasar tiempo a solas con ella, invítala a salir. — dijo Shura de manera simple.
Ambos se encontraban parados afuera de la casa de Sagitario, y nuevamente el calor se encontraba haciendo estragos. Aquel verano estaba siendo particularmente molesto.
La vida en la casa de Aries estaba volviendo lentamente a la normalidad luego de lo ocurrido entre Nanako y Mu durante aquellos días, de a poco acostumbrándose ambos a la rutina y personalidad de cada uno, respetándose mutuamente. Mu no tenía el coraje para echarla, y ella no tenía otro lugar al que ir (porque si vamos al caso y nos detenemos a pensar, Milo tampoco era exactamente material óptimo como compañero en el día a día) por lo que no tuvieron otra opción. La realidad era que sólo compartían y hablaban lo mínimo indispensable, por lo que no había chance alguna de conflicto.
—¿P-pero cómo se lo digo…?— Aioros era un manojo de nervios.
Dado que ahora vivía dentro del Santuario, Nanako comenzó a relacionarse con el resto de los caballeros: siempre era amable y respetuosa tal como lo indicaban las reglas del lugar, aunque a su propia manera, quizás algo exagerada.
—¡Ah, buen día! —saludó Nanako con una gran sonrisa, al llegar al entrepiso de la décima casa. Se sorprendió de encontrar a Shura y a Aioros ahí y dedicó una reverencia hacia ambos — Señor Shura, Señor Aioros.
—¡Muy buenos días Nanako! — Shura la saludó animadamente. — ¿Qué te trae por aquí?
—Justo estaba yendo a buscar unos víveres al depósito, Señor Shura.
—Nanako, ¿cuántas veces debo repetirte que no es necesario que te inclines así? — Shura colocó su mano en el hombro izquierdo de Nanako y se agachó un poco para mirarla —Y basta con eso de "Señor"… Con que nos llames por nuestros nombres es suficiente. — le reprochó.
Aioros miró de reojo la mano de Shura, visiblemente celoso.
— ¿Cuándo te vas a dignar a saludar a Nanako? A tu hermano menor no le gustaría ver que estás siendo tan maleducado… Él te admira tanto…
El capricorniano esbozó una sonrisa malvada.
—B-buen día, N-nanako —intentó no sonar tan tímido, pero no salió muy bien. Una gota de sudor recorrió toda su espalda y tragó saliva.
—Entonces Nanako, ya que vas al depósito, si quieres podemos acompañarte.
—No me vendría mal un poco de ayuda, para ser sincera… la fuerza física no es precisamente lo mío —admitió ella.
—No te preocupes, para eso estamos. — Shura se mostraba confiable.
Ambos comenzaron a subir las escaleras, entretenidos en su charla, mientras que Aioros los seguía varios escalones por detrás sin encontrar manera de inmiscuirse en la plática. Se sentía abatido y casi sin energías debido a la temperatura, pero no solamente la del ambiente, sino también la que se generaba en su interior gracias a la presencia de Nanako y lo que sentía por ella.
Paró por unos segundos y miró hacia el cielo: se encontraba completamente limpio, no había ni un rastro de nubes… el celeste era tan intenso que sus ojos se perdían en el espacio, de repente no había límites en el. Cerró los ojos y respiró hondo, casi sintiéndose ir, con el sol calándose por cada poro de su piel, expuesta, mojada por el sudor… y miró hacia las escaleras, hacia Nanako, observando casi en cámara lenta cómo subía cada escalón, sus piernas esbeltas moviéndose por turnos, sus muslos firmes apenas rozándose entre sí a cada paso, levemente brillosos por la transpiración, aprisionados por ese short blanco ajustado que tan bien le quedaba. Su pelo marrón enmarcaba sus caderas, las acariciaba de una manera sutil que solo él podía percibir como lasciva. Suspiró y agradeció ser tan tímido, pues aquello le brindaba autocontrol. Finalmente volvía a necesitar auto controlarse, y eso en sí mismo era toda una victoria.
— ¿Aioros…?
La voz de ella lo sacó de su ensimismamiento.
— ¿Te encuentras bien?
— ¡A-ah, sí, sí! Ningún problema…
Aioros continuó tras ellos y tras algunos minutos finalmente llegaron a la casa de Acuario. Rodearon el templo, el cual no era tan grande a comparación de otros, y al llegar a la parte de atrás se desviaron hacia la derecha, tomando un sendero algo rocoso. La temperatura se había tornado algo más tolerable.
Tradicionalmente todos los víveres y artículos necesarios para la vida normal eran entregados mes a mes en cada casa, teniendo que administrarlos cada uno de la manera que quisiesen; pero esto ya no era así debido a una decisión arbitraria que Saori había tomado hace alrededor de un año: reformar el Santuario, expandiéndolo y agregando diferentes sectores para la recreación de los caballeros, además de construir un depósito de alimentos, bebidas y artículos para el hogar- lentamente, la vida que habían estado llevando todos y las tradiciones del lugar estaban siendo cambiadas por los caprichos de su Diosa. Lógicamente no podían ir contra ella, pero a modo de protesta la mayoría había decidido no utilizar muchos de estos aposentos o hacerlo de manera esporádica, exceptuando el depósito por razones obvias.
—¿Y normalmente haces este trayecto sola? — preguntó Shura.
—Sí, la mayoría de las veces lo hago por mi cuenta.
— ¿En serio? ¡Pero si Mu puede teletransportarse! — refunfuñó Shura. — Ya me va a escuchar…
—No le digas nada, ya lo estoy molestando quedándome en su casa, prefiero hacer estas cosas sola... —Nanako se dio vuelta para mirar a Aioros y continuó. — Aparte no es tan terrible, ¿no?
Aioros la miró y asintió en silencio. La verdad era que, al igual que Shura, pensaba que Mu debería hacerlo por sí mismo, para él era muy sencillo transportarse y volver con lo que necesitaban en segundos, de hecho de esa manera se estaba manejando antes de que Saori trajera a Nanako al Santuario, pero sencillamente no tenía energías para responder de otra manera. Además, él era demasiado caballeroso como para permitir algo así… pero Mu también lo era por lo que le extrañaba que no hubiese dicho nada al respecto… ¿a menos que no supiera? Definitivamente, había algo raro en todo este asunto.
— ¿Mu sabe que estás encargándote de estos trabajos? — ya no tan nervioso el sagitariano la enfrentó, haciéndola sonreír ante la perspicacia de la pregunta.
—Hmmm. —Nanako miró hacia arriba, pensativa. — La verdad es que no lo sabe…
— ¿Pero cómo es que no se ha dado cuenta? Hace ya casi un mes que estás viviendo con él, la última tanda de víveres que Mu trajo por su cuenta debería haberse acabado hace rato…— Shura también estaba dándose cuenta de que había algo raro.
—Sí, de hecho hace ya semanas que se ha acabado. —dijo ella, ante la mirada de ambos caballeros. — En realidad él puede ser bastante distraído con algunas cosas, por lo que empecé a tomar nota de qué alimentos y artículos consume habitualmente y los repongo cada ciertos períodos de tiempo, de manera que no sospeche… dado que yo soy la que cocina, nunca se dio cuenta. — se la veía tranquila mientras explicaba cómo había engañado al pobre Mu. —Además memoricé sus patrones de comportamiento y salidas, para saber cuándo escabullirme y evaluar cuánto traer. Por supuesto que tomo en cuenta el tiempo que me toma llegar hasta aquí y lo que me demoraría el peso de cada tanda. Hasta ahora no me ha salido mal. — terminó de explicar, encogiéndose de hombros.
Shura estalló en carcajadas ante la respuesta de Nanako, al punto en que los ojos le lagrimeaban.
—Vaya que eres inteligente… —le espetó, mirándola de arriba a abajo.
La verdad era que podía entender por qué le gustaba a Aioros: era preciosa, con ese pelo castaño revoltoso y esos ojos miel tan atrayentes, además de inteligente y perspicaz, pero sentía algo más en ella, algo más oscuro y que no podía delinear bien… sólo que sabía que no debería estar nunca junto a su amigo. Sabía con certeza que ella lo destruiría, su experiencia con el sexo opuesto se lo dejó en claro desde la primera vez que la vio. Sólo deseaba que Aioros pudiese darse cuenta lo más pronto posible y se aleje con el menor daño posible. No había probabilidades de que en algún punto no salga herido: con este tipo de mujer, era imposible.
—Realmente es de miedo... — pensó el capricorniano para sí mismo. — ¿Pero realmente será así…? ¿No estaré exagerando? —meditó por unos segundos, intentando alejar esos pensamientos. Él sólo quería que Aioros sea feliz, aunque sea quería ayudarlo para que pueda mantener algo casual. Con ella, solamente debía ser algo casual.
Con tanta plática llegaron al depósito sin darse cuenta y entraron rápidamente. Adentro estaba realmente muy fresco, debido a que el lugar fue construido con una muy buena aislación y que contaba con varias heladeras y freezers; y no olvidemos la ubicación estratégica: que se encontrase a los alrededores del templo de Acuario no era ninguna casualidad dado que las periódicas explosiones de cosmos de Camus le brindaban la frescura suficiente a la zona, colaborando al mantenimiento de los productos, particularmente en días extremadamente calurosos como ese.
— ¿Cómo nos organizamos ahora? — preguntó Shura.
—Humm pues si te parece te encargo la parte de congelados, necesitaría estas cosas… —Nanako tomó una hoja pequeña de papel y una lapicera de una de las bolsas de tela que había traído y procedió a armar una lista. —Gracias a que me ayudan puedo aprovechar para llevar más cosas. —sonrió amablemente y se dirigió a Aioros. — ¿Podrías ayudarme con los artículos de almacén?
La pregunta lo tomó por sorpresa, sonrojándose un poco.
—C-claro. — le respondió, nuevamente nervioso.
—Por dios Aioros no puede ser que no puedas mantenerte calmado por unos minutos…— se reprochó, mientras seguía a Nanako hacia las escaleras. Alcanzó a mirar a su amigo, quién repasaba la lista con aire preocupado.
El depósito estaba dividido por pisos y sectorizado como cualquier otro departamento de ventas: en el subsuelo se encontraban todos los artículos congelados junto a los lácteos y otros alimentos de heladera, en la planta baja se encontraban los artículos para el hogar, en el primer piso había productos de limpieza y de almacén (todo aquello que no necesitase frío), y en el segundo piso accedían a electrodomésticos y una selección de prendas de vestir (todas previamente seleccionadas por Saori, exclusivamente a su gusto).
Nanako comenzó a subir las escaleras, estrechas, acercando su mano al barral como soporte. Pocos centímetros por detrás iba Aioros, respirando con dificultad debido a la repentina cercanía que ambos habían ganado. Observaba cómo ella deslizaba la punta de sus dedos por el frío metal, de una manera juguetona, sugerente… sabía que si miraba hacia abajo se encontraría a centímetros de sus caderas, no quería imaginarse cosas, en aquellas condiciones no había chances de disimular una erección. Tampoco quería que ella lo viese con malos ojos ni que pensase que tenía malas intenciones para con ella, realmente la quería: si aquellos pensamientos arruinasen todo no podría perdonárselo jamás.
Mientras Shura se encontraba muy ocupado revisando las fechas de vencimiento de los yogures, Aioros y Nanako se encontraban en la búsqueda de galletitas frutales dado que eran las favoritas de Mu. Ella llevaba las riendas de la conversación, aunque en realidad él estaba demasiado nervioso para contestarle con otra cosa que no fuesen monosílabos. Finalmente estaban solos.
—No me gusta que estés así, no soy un ogro. — le reclamó ella sorpresivamente, mientras guardaba unos paquetes de avena con frutos secos en el carrito. — ¿Pasa algo malo? — Nanako se paró frente a él y lo miró a la cara. Él le sacaba bastante altura: a sus 1,65mts, el sagitariano le llevaba unos 22cms de diferencia.
—N-no, para nada. — con una de sus manos dentro del bolsillo del jean destrozaba un papel que se encontraba ahí. ¿Por qué tenía que ser tan obvio?
—¿En serio? Estás comportándote así desde que nos encontramos.
El corazón de Aioros latía tan pero tan fuerte que parecía que iba a explotar en cualquier momento, y por más ridículo que fuese, le daba miedo que ella pudiera escucharlo. Para él había mucho en juego.
—¿Será que el calor siempre te pone así de incómodo? Estás muy tenso… vaya… — Nanako apretó con ambas manos el brazo de Aioros, luego dirigiéndolas a sus hombros. — Un buen baño caliente te ayudaría a aflojar esos músculos.
—N-no es una mala idea… cuando v-vuelva a casa seguramente haga eso. —trató de sonar lo más natural posible, aunque era difícil.
—Yo también estoy algo tensa… —ella procedió a masajear ligeramente su cuello, causando que sus pechos se aprieten entre sí, remarcando más su escote frente a un ya asfixiado Aioros. —Ah… —suspiró. — Cómo extraño los onsen… en mi ciudad contábamos con varios, y cuando me encontraba así siempre iba a alguno, hacen maravillas.
Aioros se sintió morir al recordar que Saori había mandado a construir uno dentro de las reformas.
—Pues c-contamos con uno aquí en el Santuario… —dijo bajito. Le iba a reventar el pecho, no aguantaba más. Tragó saliva.
Nanako no parecía sorprendida, pero Aioros no se percató de eso.
— ¿En serio? —preguntó aquella joven.
—S-sí, lo terminaron de construir hace relativamente p-poco tiempo.
—Pues considerando lo tenso que estás te haría bien ir… aunque podríamos ir juntos, ¿no?
— ¿Q-qué? — sorprendido, dejó caer el paquete de galletitas que tenía en la otra mano, causando que el mismo se rompa por el impacto contra el piso, desparramando el contenido.
—Aioros, mira lo que hiciste… —refunfuñó mientras se agachaba a recoger lo que podía. — Que no es una mala idea que vayamos juntos. —le repitió, mirándolo a la cara nuevamente desde el piso.
—¿C-conmigo? — le salió un hilito de voz.
—¿Y con quién más si no? ¿Ves a alguien más por aquí? — Nanako sonrió de oreja a oreja, burlona. Lo codeó con complicidad. —Vamos, aprovechemos para aflojar esos músculos.
—Perdón Nanako, p-pero no puedo aceptar… en estos onsen n-no hay división por g-género.
— ¿Y qué tiene? A menos que tengas otras intenciones, no debería preocuparte… —tiró el anzuelo, mientras se levantaba con las manos llenas de migas. Se las sacudió en las piernas, dando leves palmaditas.
— ¡NO! —Aioros súbitamente levantó el tono de su voz, casi histérico, en una clara descarga de adrenalina y... ¿masculinidad? —No Nanako, no digas eso, no tengo otras intenciones. —la miró fijamente a los ojos, con seriedad. —Es que no quiero que te sientas incómoda.
—Para nada, no pienses en eso. — Nanako le respondió, dándole un golpecito en el hombro y procediendo a continuar con las compras.
Aioros había picado como un tonto, y Nanako se estaba divirtiendo en demasía con toda la situación. Quería empujarlo hacia un punto más allá del arrepentimiento, quería ver a dónde podría llegar, pero con cuidado de que no se rompa como Mu… el rechazo inicial la había dejado descolocada, jamás le había sucedido. Pero en ese momento tampoco quiso debatirse mucho al respecto, sus convicciones eran lo suficientemente maduras como para que no se sacudiesen ante aquel shock. Ahora se planteaba, ¿realmente había sido de tan gran magnitud ese desprecio que sintió de parte de él? ¿Era desprecio o era miedo lo que él sentía? Porque él causó que Nanako sintiese una soledad que hacía tiempo atrás había olvidado: el vacío palpitante ante un beso no correspondido, el frío de una cama sin compartir, la imagen horrible que reflejaba el espejo al encontrarse ella despojada de brazos ajenos. Nanako no podía tolerar la soledad, y era muy consciente de eso.
—Me sorprendió saber que ustedes los Caballeros Dorados están obligados a mantener celibato…
Aioros frunció el ceño al escuchar el comentario de Nanako: no entendía bien qué sucedía pero no le gustaba el rumbo de la conversación.
—Pues sí, pero es una regla muy vieja… ya casi ningún caballero lo practica, y ya habrás visto que Saori lo deja pasar p-por alto. — Sagitario trató de hacer de cuenta que no se sentía incómodo, pero al igual que todas las veces anteriores no le salió muy bien. Tenía que hacerlo mejor, definitivamente.
—Ya veo…
Nanako exhaló sonoramente sonando algo fastidiada, y Aioros aprovechó para tomar el carrito de compras y avanzar algunos metros.
—Se está muy bien aquí dentro, ¿no? —intentó cambiar de tema.
—Bueno, después de todo ustedes son hombres… si no pueden liberar aquellos instintos no alcanzo a imaginar la calidad de Caballeros que sean. En algún punto esa libido no expulsada afectaría sus habilidades, ¿no? — Aioros intentó contestarle, pero ella no se lo permitió. — ¿Y tú Aioros? ¿Mantienes celibato?
Nanako se había puesto agresiva y definitivamente aquello era lo que estaba empezando a molestarlo. Él era un hombre sintiéndose arrinconado por la mujer que amaba, sin saber qué sentía ella, sin posibilidades de cortejarla. ¿En qué momento se había perdido como hombre?
Lamentablemente Aioros no sabía tanto del sexo opuesto, sólo mantenía aquellos valores masculinos que sus padres le habían enseñado de pequeño y que él había tratado de transmitir a su hermano pequeño: la mujer debía ser cuidada, amada y respetada. Nunca jamás había sido expuesto a alguien como Nanako, solamente había tenido una sola pareja y a comparación de ella eran el sol y la luna... Bueno, o eso creía él, hasta que ocurrió aquello. ¿Pero qué más podía hacer Aioros…? Si apenas vio a Nanako por primera vez, aquel día acomodando el jardín de la casa de Aries, sintió el flechazo más fuerte de sus 25 años. Cupido lo había levantado y arrojado al vacío sin preparación alguna.
— ¿Qué clase de Caballero eres? — Nanako insistió.
—P-pues yo…
— ¿Eres un buen Caballero…?
Aioros tragó saliva y abrió la boca para contestar.
— ¡Y-
— ¡AH al fin! ¡Aquí estaban…! este depósito es tan grande que pensé que no los iba a encontrar más… —Shura apareció en el final del pasillo, interrumpiendo a su amigo sin saberlo. Se acercó rápidamente. — ¿Qué pasa Aioros? Estás pálido…
— ¡Ah Shura! Aioros me estaba contando que Saori mandó a construir unos onsen. No sabes lo mucho que me alegró saberlo, los extrañaba tanto… —suspiró. —Ya quedamos para ir juntos. — Le contó con un tono alegre mientras se daba vuelta para revisar lo que Shura trajo en el carrito.
—Vine en mal momento, ¿no…?— le susurró en el oído a Aioros, quien automáticamente le agarró la muñeca a Shura, abriendo los ojos como platos.
—No, no te vayas, no me dejes solo con ella. — Aioros le respondió, sonando asustado.
El capricorniano tuvo un muy mal presentimiento, a pesar de que le resultaba extraño que de todas las cosas que Aioros podía pedirle le dijese que no lo deje solo con la chica que le gustaba: él no encontraba sentido alguno, dado que Aioros no veía a Nanako de la manera en que Shura sí la había identificado. Reparó en que el ambiente se encontraba algo tenso, pero prefirió dejarlo pasar para no complicar las cosas y nuevamente intentó no ser malicioso con respecto a ella.
—Bueno, ¿qué más restaría? — preguntó Shura, claramente tratando de disipar aquel clima incómodo.
—Hmmm pues por lo que estuve viendo ya estaría todo. — sonrió Nanako.
—Entonces podríamos ir yendo a las registradoras, ¿no?
Con ambos Caballeros empujando los carritos, los tres se dirigieron al ascensor y bajaron hasta planta baja, donde los esperaban dos grandes máquinas para escanear códigos de barras. Lógicamente todos los víveres eran gratuitos, pero para poder mantener un control de lo que cada Casa consumía habían implementado esos dispositivos. Una vez finalizada la carga de productos restaba pasar la tarjeta "Nativa Santuario" del Caballero que realizase la compra, y los molinetes se abrirían para poder retirarse con las cosas. Si, Saori había pensado en todo.
—Ahhh pensar que no me alcanzaron las bolsas de tela que traje… —Nanako se rió, mirando a Shura y Aioros. Había tenido que tomar prestadas algunas de las del depósito.
Ya habían salido de allí y ella comenzó a adelantarse en el camino. El calor había mermado un poco más dado que ya estaba comenzando a anochecer.
— ¿Seguro no quieres que te acompañemos? No podemos teletransportarnos como Mu, pero ir a la velocidad de la luz no es una mala idea tampoco… — insistió el Caballero de Capricornio.
—Bastante me ayudaron hasta aquí, no hace falta que se sigan molestando. —ella respondió con una sonrisa. —Después me pondré en contacto para que coordinemos bien lo del onsen.
Nanako se alejó despacio sin mirar hacia atrás, arrastrando aquellas pesadas bolsas como lo había hecho otras veces en el pasado, perdiéndose a los ojos de Shura y Aioros.
—Nanako… no estás teniendo suerte últimamente. — pensó para sí. No entendía por qué debía auto consolarse, pero sabía que no quería otra noche sola. — ¿Debería pasar por lo de Milo…?
Al segundo, casi como si hubieran leído sus pensamientos, sintió un escalofrío. Sin siquiera darle tiempo a reaccionar, alguien posó su mano sobre su hombro, ahora helado por el desconcierto…
— ¿¡Aioros…!? —gritó asustada, al mirar a su lado y ver al Caballero de Sagitario.
—Vamos Nanako, yo te llevo. —él le sonrió, deslizando aquella mano hacia la cintura de ella.
—P-pero ya les dije q-
—No hay peros… no puedo permitir que vayas sola con todo ese peso. Ahora déjame llevarte.
Aquel apabullado Aioros sintió su hombría florecer durante los pocos segundos que duró el trayecto hasta la Casa de Aries: entendía que nada podía hacer si ella tomaba las riendas, pero tenía la certeza de que podía sorprenderla en su terreno. Sólo debía confiar en sí mismo y en lo que sí sabía hacer bien. El valor se apoderaba de él y corría por sus venas. Debía mostrarle, debía mostrarle que sí podía. Él mismo debía volver a sentirlo.
—No era para tanto, ¿no? Llegamos enseguida. — comentó Aioros, sintiéndose orgulloso.
—No quiero sonar malagradecida, pero tenía tiempo de sobra para volver sola… —Nanako no disimulaba su molestia. —… sé que tengo un lindo cuerpo, ¿pero podrías soltarme? — ella lo miró a los ojos: estaban a centímetros, pero no pudo evitar regalarle otra sonrisa burlona.
— ¡Esta mujer…!— Aioros se maldijo mil veces, ella no tardaba nada en querer volver a tomar las riendas… Sagitario no debía dudar o todo fracasaría estrepitosamente.
—Mañana alrededor de las 16hs vendré a buscarte para ir al onsen. —le espetó, haciendo caso omiso al regaño de ella.
—Wow, ¿qué sucedió Aioros? — la voz de Nanako contraatacó sin flaquear ante el avance de Sagitario.
—Nos vemos mañana. —Aioros se despidió con una sonrisa y se fue tan rápido como apareció minutos atrás. No quería dejarla con la última palabra.
Nanako sonrió para sí y entró despacio todas las bolsas a la casa. Su cintura quemaba pero aquel calor era diferente, tenía otro dejo que el habitual, que el desenfrenado, el apasionado… era un toque que no conocía. Cual arte de magia esa oscuridad que estaba inundando sus pensamientos se había despejado, al menos por un rato. Se abrazó a sí misma, tocando sus brazos con la yema de sus dedos, sintiendo la piel de gallina: estaba expectante.
Sabía que mañana iba a ser un buen día.
