¡Hola! Antes que todo muchas gracias por sus comentarios a Natsume, AnnaSaotome83, Tximeletta, Daga Uchiha y a mi adorada hermanita Sophie Brief Nara. Muchas gracias por su amabilidad a todas ustedes :D Y también gracias a quienes apoyaron este humilde fic con favs y follows. Es un honor para mí ^^


Capítulo II


Una tormenta jaspeada de azulosos relámpagos irrumpía con todas sus fuerzas, anhelando igualar la intensidad sublime que sólo el amor correspondido podía brindar. Pero a pesar de la fortaleza desplegada, el llamativo temporal no era capaz de compararse al que bombardeaba los corazones de Mikasa y Eren. El burbujeante huracán de emociones incontrolables, hacía palidecer al de la madre naturaleza como si fuera algo meramente pueril. Por un momento, ella incluso pensó que el piso había comenzado a temblar, pero su presunción estaba equivocada: eran sus piernas las que lo hacían.

Embriagados de amor y drogados en pululantes sentimientos, se miraron mágicamente de hito en hito. Sus rostros están muy cerca; casi tanto como aquella vez en que Eren despertó la coordenada. Ambos contemplaron cada línea de expresión y cada detalle impreso en la suavidad de sus pieles faciales. Labios, ojos, mejillas; todo pasó a ser el centro de atención de sus galopantes miradas arrebatadas por el fulgurante frenesí. Sus almas vivían una epifanía inigualable, ansiando volar una junto a la otra hacia un lugar que soportara los embates más fieros o las contiendas más encarnizadas. Pero como si la naturaleza sintiera celos de aquellos vastos sentimientos, ordenó al viento que los largos cabellos de Eren se interpusieran sobre los ojos de Mikasa. Sin embargo, el propósito no fue cumplido a cabalidad. Los mojados mechones aletearon salvajes y libres, enroscándose al cuello de la fémina en un intento de improvisada bufanda. Muchos años habían pasado desde que le había colocado el entrañable objeto en la ominosa noche que los unió... pero aquel increíble detalle, después de tanto tiempo, volvía a repetirse de otra manera...

Ambos curvaron levemente sus labios ante los caprichos eólicos.

Inopinadamente, Eren retrocedió un paso y ladeó su cabeza para evitar el choque frontal de sus miradas. La miró ocultándose tras el rabillo del ojo, como si fuera un pecado dejarse cautivar por su hermosura. Todavía de soslayo, quedó clavado mirando la cicatriz que ella lucía en la parte superior de su pómulo derecho. Aquella que, a veces, los morenos cabellos ocultaban caprichosamente, como si tuvieran pudor de exhibir la marca indeleble que él mismo le había provocado...

No quería volver a provocarle otra cicatriz. Nunca. Sin embargo... ¿podría evitar aquello realmente?

Se posicionó de frente una vez más y continuó mirándola extasiado, conmovido hasta la raíz más profunda de su esencia. El ciclón que era su alma, intentaba apaciguar definitivamente el incendio de dudas que hacían un último esfuerzo por persistir. Por primera vez, Eren da a luz la idea de que realmente amaba a Mikasa Ackerman. No obstante, por algún motivo desconocido a su propio sentir, la lucha interna que estaba sufriendo no quería menguar. La reyerta entre cerebro y corazón deseaba continuar pulsando de manera visceral. Pero finalmente, llegado un momento que dejó atrás minutos de contienda, la disensión concluyó por fin. La dramática y tenaz lucha interior había llegado a término. Y lamentablemente para la valiente soldado Ackerman, el futuro inmediato no sería precisamente feliz...

Eren, decidido cual vendaval de invierno, contrajo sus facciones y les brindó inusitada severidad. La agresividad que nacía en sus ojos verdes, tan expresivos como la luna llena, casi puso a temblar el espíritu de la mitad asiática.

—Yo no puedo estar contigo, Mikasa —Alejó su rostro y censuró cualquier idea romántica de manera sumamente firme, dispuesto a exterminarla de cuajo.

Tal aclaración fue un golpe directo hacia el alma de la aludida. Una maligna saeta espiritual que la atravesó y la resquebrajó en pedazos que emularon una destrozada telaraña.

—¿Pero por qué? —cuestionó inmediatamente, aunque todavía asimilando la sorpresa encajada—. Si apenas recién, tus ojos me estaban gritando que también me amaban...

—Es imposible que esté contigo. Confórmate con eso —sus cejas lucían tan curvadas que prácticamente se tocaban la una a la otra. Pasaron unos segundos y le quitó la mirada.

—No me conformaré. Quiero saber la razón. Dímela —exigió tajante, quejándose ante la ruin injusticia que estaba cometiendo. Tenaz, se puso por delante para reanudar el contacto visual nuevamente.

—No me eres atractiva Mikasa —argumentó sin demora ante la demanda recibida.

—¿Por qué no te soy atractiva? —preguntó en un murmullo que apenas fue audible.

Repentinamente, la azarosa lluvia mermó su intensidad. Parecía querer escuchar las siguientes palabras con tanta atención como la joven de cabellos azabaches.

—Yo no siento ningún tipo de deseo hacia ti. No me gustas, Mikasa. Yo no te veo como a una mujer y tampoco podría hacerlo. No me atraes, no me dan ganas de besarte, no me dan ganas de acercarme a ti. No siento la atracción que un hombre siente por una mujer. No siento la atracción que se siente hacia una pareja —se dio una pausa de unos segundos, durante los cuales un suspiro abarcó múltiples sentires—. No te veo como un hombre enamorado vería a una mujer.

Mikasa llevó una mano a su pecho, intentando calmar los graves latidos que estaba emitiendo su alicaído corazón.

—Eren... —musitó a duras penas; su voz ahogada por el manto de dolor que la cubrió.

—Es más —arrojaría más leños sobre la hiriente fogata que procuraba crear—. Me desagrada mucho que intentes protegerme siempre, que tu vida gire en torno a mí o que pongas malas caras cuando Historia se me acerca. ¿Cómo voy a sentir atracción por alguien así? Es imposible —cerró dibujando un rictus de diáfana molestia en sus apretados labios.

Mikasa no pudo evadir clavar sus dedos en el pecho. A cada palabra recibida, las intenciones de arrancarse el corazón se hicieron más fuertes. El dolor era muy grande y su órgano circulatorio necesitaba contención de manera urgente.

—No me gustan las mujeres que no tienen vida propia; no me gustan las obsesivas compulsivas —complementó y remató lo antes dicho, agregando dañina severidad en el trayecto.

Ella abrió sus ojos muy sorprendida y su respiración se dificultó por espacio de varios segundos. Por la tensión que recorrió sus venas, su mano derecha se abrió y cerró un par de veces. Necesitaba desahogarla de algún modo.

—Eren... —volvió a repetir su nombre, como si deseara invocar a la verdadera persona que amaba. Quien tenía en frente no parecía el amor de su vida, no era el hombre de quién se había enamorado perdidamente. Al contrario, daba la impresión de que un demonio había usurpado su lugar. Alguien funesto que suplantaba al verdadero Eren y buscaba hacerle daño a toda costa. Todo su semblante lucía diferente; tanto así que gracias a tal comportamiento, Mikasa llegó a pensar que sufría una pesadilla. Pero lamentablemente para ella, su maldita razón se encargó de gritarle que no estaba en una.

Al asimilarlo, una furtiva y espesa lágrima se desprendió de su rabillo derecho y ni siquiera la lluvia fue capaz de eclipsarla. Eren la notó y parpadeó lentamente, mas la ferocidad de su mirada no cambió un ápice siquiera.

Mikasa quitó la lágrima con el dorso de su siniestra, sin creer todavía el volumen y tono de sus altisonantes palabras. Hace poco, el amor de su vida lucía muy emocionado y parecía estar planteándose la fidedigna posibilidad de sentir más hacia ella. Pero ahora, en cambio, le dedicaba palabras tan duras e hirientes que filosas navajas serían perfectamente parangonables. Y aunque Eren podía ser un bruto muchas veces, esta vez ni siquiera parecía ser él quien hablaba. Era un extraño, un desconocido. Así lo sentía ella.

¿Qué rayos estaba pasando? Ante la falta de una respuesta satisfactoria a tal cuestión, Mikasa fue asaltada por las redes de la confusión. Y tal sensación amenazaba con expandirse hasta trastocar su espíritu y doblegar su quicio. Él parecía querer provocarle dolor hasta alcanzar la saciedad.

—Eren —reunió fuerzas para decir su nombre—, yo me di cuenta que te molestan esas cosas y ya te dije que trataría de cambiarlas. ¿Por qué me dices esto ahora? —su mano derecha se cerró, plegándose contra la tela de su mojado pantalón.

—Me desagradas, Mikasa —siseó como una serpiente lanzando virulenta ponzoña. Una toxicidad aberrante hacía acto de presencia a través de sus labios.

Ella, enfatizando lo que diría, negó con su cabeza y prolongó tal acto varios segundos para otorgarle todavía más fuerza. —Mientes; sé que estás mintiendo.

Y tenía razones de sobra para formular la acusación: de un momento a otro, el cambio de Eren había sido radical. Y por lo mismo, era difícil darle natural asidero a unas palabras que parecían herbolarse artificialmente. Sin embargo, el joven soldado no estaba dispuesto a permitir dudas al respecto...

—Que tu obsesión por mí te haga pensar que te estoy mintiendo es problema tuyo. Es tu opinión, pero una opinión no hace una realidad. A mí no me interesas como mujer y esa es la única verdad.

—Pero —languideció su voz— es lógico que no me veas como a una mujer todavía. Recién ahora, hace tan solo un par de minutos, te lo estás planteando como una posibilidad. Yo sé que la verdad es otra completamente diferente —su tono recuperó la fuerza de siempre—, una que no deseas aceptar: me amas tanto que buscas cualquier excusa para tratar de no corresponderme. ¿No te das cuenta que te aferras a cualquier pretexto para intentar que esto no se concrete? Me amas tanto que no quieres hacerme daño con tu muerte. Eso es lo que realmente pasa.

Él esbozó un gesto desdeñoso e irónico a través de sus ojos que se movieron de izquierda a derecha y luego en viceversa; una clara molestia se reflejó en las esmeraldas, a la vez que su semblante despedía la misma señal inequívoca. El énfasis puesto en su lenguaje corporal resultó asolador para ella.

—Entonces te haré una pregunta: ¿realmente crees que quiero besarte?

La pregunta salió tan frontal que asombró a la Ackerman. Pero más que por la pregunta en sí, fue por el tono tan frío usado por Eren. Tan impersonal y apático como el de un muerto, si es que alguno pudiera hablar. Tan gélido como la nieve o inclusive peor que ella. La cara de Eren simulaba un lacerante hielo y sus rasgos se volvieron un enigma imposible de descifrar. A pesar de conocerlo hace tantos años, a pesar de creer que podía leer sus gestos y miradas como nadie más podría, esta vez Mikasa no pudo hacerlo. Era como si el alma de Eren se hubiera encapsulado detrás de un muro de hielo infranqueable. Como si su alma hubiera decidido imitar hábilmente el destino de Annie Leonhart.

Esta vez, la legítima duda de que no la amara tocó el alma de Mikasa y la inundó en dolorosos temores.

—Si iniciaras algo con Jean no me importaría en lo más mínimo —continuó él—. Y si no me importa significa que no es amor de pareja —Sus ojos no temblaron; tampoco lo hizo su voz. Lucía tan seguro de sus palabras que cualquiera las habría asimilado como una verdad absoluta. Incluso ella, quien tanto lo conocía, comenzaba a darle plena veracidad a cada una de ellas.

—Eren... ¿por qué estás siendo tan duro? Es como si quisieras hacerme daño... ¿qué te pasa?

—Me pasa que estoy harto de ti, Mikasa. Eso es lo que pasa —tajante, cerró sus puños para expresar en forma más fehaciente su descontento. El veneno que lanzaba su semblante rayaba en la morbidez.

El mentón de ella tembló y su mano siniestra en su pecho también lo hizo. La palma de su diestra viajó hacia el dorso de la izquierda para darse algo de calor en aquel cruento frío verbal y sentimental. Su corazón latía tanto sufrimiento que parecía palpar cada rincón de su pecho intentando hallar un lugar donde esconderse. Tratando de encontrar un sitio en donde no pudiera escuchar más daño.

—Yo no te amo y no quiero nada contigo. Absolutamente nada—continuó Jaeger; su voz saliendo sin piedad alguna—. Eramos amigos, ¡familia! Pero tú con esto lo echaste a perder todo —la recriminó por enamorarse de quién no debía. Sin compasión, sin ninguna misericordia.

A pesar que la lluvia impedía sentirlo, ella juraría que un sudor frío se paseó por su frente. Simplemente no podía dar crédito a lo recién oído. El Eren que conocía había desaparecido completamente. Su lugar fue tomado por un vil carnicero. Por un demonio ansioso por convertirla en olvidables cenizas que el tiempo se encargaría de dispersar.

—Todo este asunto me hartó. —Un súbito relámpago iluminó su rostro, otorgándole un cariz espectral. Fantasmagórico en su totalidad— Todo esto es tu maldita culpa. ¿Crees que podría amar a alguien como tú? ¿A una obsesiva compulsiva que anda con cara amargada todos los días?

Terminadas las palabras, el consecuente trueno asociado al rayo anterior, remeció el ambiente en forma lúgubre. Pero no lo remeció tanto como Eren lo había hecho...

Fueron expresiones muy duras. Durísimas. Mikasa aguantó el golpe a duras penas. Eren no realizó movimiento alguno, pero sintió una fuerte bofetada en su mejilla. Nunca pensó que el hombre que amaba pudiera decirle cosas de tamaña magnitud.

—Eren... —dijo nuevamente su nombre, queriendo pedirle que cortara su agresión verbal. Pero ni siquiera pudo realizar su petición, puesto que él la interrumpió en seco, desenvainando el fervor de un tigre cazando a una inocente presa.

—¿Quieres llorar? —se mofó, completamente despiadado—. Me cansé de ti y tus obsesiones —ella enmudeció completamente, a lo que él continuó en forma ignominiosa —: Mírate —la apuntó con su índice—, ¿de verdad crees que podría fijarme en alguien como tú? Más que una verdadera mujer, pareces un hombre.

Esas infames y deleznables palabras desmoronaron su castigado corazón. Lo destruyeron. Esos dichos fueron navajas desgarrando todo su ser en mil pedazos. La angustia y la decepción atravesaron a Mikasa como una ferrugienta estaca. Una cruel que había dañado su espíritu en vez de su cuerpo. Era su espíritu el que sangraba. Era su alma la que lloraba.

Ante tanta inquina profesada, Mikasa sólo pudo atinar a decir lo más lógico: —No pensé que pudieras ser tan hiriente, tan... —buscó la palabra adecuada durante unos segundos y luego de encontrarla, la nombró en forma trémula— ... ruin. ¿Qué te esta pasando, Eren? —musitó apenas con voz decaída. Un par de lágrimas afloraron en sus ojos ébano, amenazando con trazar un sendero que serviría de guía para muchas más.

—Así soy yo realmente, ¿o no te has dado cuenta todavía? Yo ya no soy el Eren que conociste, soy alguien distinto y cada vez lo soy más— dijo impasible ante el dolor.

Ella bajó su cabeza, sintiendo como los engranajes de su cerebro funcionaban a mil revoluciones por segundo. ¿Realmente es Eren quien está enfrente? Duele mucho aceptar que sí. Lo amaba con todo su corazón por ser la persona que era, pero por alguna razón esa persona parecía haber desaparecido.

Lo negativo de amar le provocaba una aflicción espantosa. Amar no sólo podía inspirar fortaleza: también podía provocar gran vulnerabilidad. Y precisamente aquella había sido sádicamente aprovechada por Eren...

Sin lugar a dudas, el titán cambiante se había comportado como un vil canalla o algo de peor calaña. Un maldito que no merecía que ella lo amara tanto. Un energúmeno que parecía incapaz de sentir afecto alguno. Sin embargo, a pesar de lo recién acontecido y sus hórridas implicancias, lo cierto era algo radicalmente distinto: en la habitación más profunda de su alma, Eren se inundaba de emociones penosas y llenas de tristeza. Él estaba sintiendo tanto dolor como ella. Las palabras que sus labios proferían estaban destrozándolo de una forma que la joven no hubiera podido imaginar jamás. La única persona que podía agitar su impetuoso corazón de esta manera era ella: Mikasa Ackerman. Y el dolor que sentía ahora mismo, era semejante a una jauría de lobos devorándolo lentamente. No obstante, a pesar de la suprema tristeza que sentía, no tenía más alternativa que hacerlo. Aceptar que la amaba traería consecuencias que no deseaba para ella. ¡No era saludable aceptarlo! Él fallecería pronto y la dejaría completamente sola. Abandonada a su suerte y sufriendo severamente por su muerte.

Sí, ella había dicho que superaría su futuro deceso, pero el dolor que le provocaría sería inconmensurable igualmente. Y aunque barbáricas punzadas se clavaban en su corazón con cada palabra proferida, era lo que debía hacer. Así debía ser y, por más doloroso que le resultara a ambos, ese era el destino que necesitaba forjar. Ella tenía que olvidarlo a toda costa. Ella debía odiarlo para que le costara menos olvidarlo...

Debía protegerla aunque tal cosa fuera lo último que hiciera; aunque aquella protección significara renunciar a la felicidad de tenerla entre sus brazos.

Eso era lo correcto.

«Cree mis mentiras, Mikasa. Créelas porque sólo así podrás olvidarte de mí. Ódiame porque sólo así podrás continuar tu vida y ser feliz con alguien más que si pueda estar contigo. Tu felicidad no está al lado de un muerto...» decía la voz de su mente, a la vez que reprimía con ahínco los gestos que pudieran delatar su enorme angustia.

La chica le quitó la mirada conteniendo gotas de dolor en sus pupilas. Eren pensó que se daría vuelta para marcharse, y, efectivamente, su predicción no erró.

Mikasa giró sobre sus talones, dispuesta a seguir la ruta que dirigía hacia su cuarto. A dejarse abrazar por los brazos de la cruel soledad y perderse entre las dolientes marejadas que la aquejaban. Si todas esas palabras las hubiera dicho otra persona, ni siquiera habría sentido un pequeño porcentaje del sufrimiento que actualmente sentía. Pero al ser Eren quien las profirió, el dolor se multiplicó hasta rozar el infinito. «Amar es darle el poder al otro de destruirte y confiar en que nunca lo hará» era una frase que calzaba perfectamente con su terrible situación. Y, lamentablemente, Eren parecía empeñado en destruirla y convertirla en una pariente eterna de la amargura.

La fémina avanzó a través de la lluvia y el viento que la golpeaba, pero ni siquiera un huracán de grado máximo le habría infundido el daño que las palabras de él si. No podía entenderlo todavía: hacía tan solo unos minutos atrás, Eren inclusive le había perdido perdón por la forma bruta en que muchas veces la había tratado. Y ahora, en cambio, la trataba peor que nunca antes. ¿Por qué? Realmente no podía comprenderlo. Era demasiado contradictorio.

Y, quizás, ese había sido el error que Eren cometió...

Tal vez si el cambio no hubiese sido tan drástico, ella podría haberle otorgado credibilidad a sus venenosos descargos... Pero de esta paradójica manera era imposible darle aquella luz. Su corazón le susurró que lo que le había dicho Eren no era la verdad. Y los susurros pronto adquirieron la fuerza necesaria que los transformó en potentes gritos.

Mikasa, todavía de espaldas y bajo la cornisa, diría lo que estaba sintiendo en este trágico momento sentimental: —Te odio...

Una larga pausa provocó la alteración natural del tiempo, convirtiendo segundos en minutos y minutos en décadas. Eren sintió un nudo feroz en su garganta. Por más que esperara esas palabras, recibirlas fue un golpe que removió su corazón. Y mientras iniciaba su baño de oculta tristeza, Mikasa se encargó de interrumpir sus pensamientos nuevamente...

—Pero te odio por amarte tanto... —debió cerrar sus perlas negras para encarcelar las lágrimas que deseaban cumplir su acibarado destino. Pero a pesar de todos sus esfuerzos, no logró evitar que cayeran a través de sus rabillos—. Eren... digas lo que digas, nunca dejaré de amarte.

Él no pudo hacer menos que parpadear repetidas veces por el asombro. Le había dicho cosas tan hirientes, duras y ofensivas, pero ella a pesar de todo seguía amándolo. Seguía allí sin alimentar sentires oscuros, seguía allí sin odiarlo de verdad.

¿Quizás lo conocía tan bien que dedujo perfectamente que estaba tratando de alejarla?

Una vez más, la pregunta era a la vez una respuesta.

Mikasa, a pesar de saber que Eren le mentía, optó por dar un paso al costado. Hubiera querido seguir a su lado, luchando por él a pesar de todo, pero no tenía sentido continuar cuando el hombre que amaba ya había tomado una decisión. Si eso era lo que Eren realmente quería, entonces no tenía sentido seguir luchando. Por más que le doliera y azotara el alma, tenía que respetar su equivocada decisión. Apretó sus párpados; dio prolongados suspiros y, finalmente, siguió caminando con el alma destrozada en miles de pedazos.

Eren sintió un brutal retorcijón en su corazón. Le había dicho cosas tan duras, malignas e hirientes que nunca se perdonaría a sí mismo. Ella no se merecía algo así por nada del mundo. Cerró sus puños lleno de impotencia desatada. Pero no podía hacer nada, ella tenía que olvidarlo e inclusive odiarlo. No había otra manera para que pudiera ser feliz. No existía otro modo para que no sufriera con su inminente e inevitable muerte.

Pero a pesar de todo, antes de que la joven se perdiera más allá de la cornisa, el soldado estuvo a un tris de detenerla. Avanzó un par de pasos y estiró su brazo hacia ella, como si quisiera atrapar entre los dedos los maravillosos confines de su alma...

¡Cuanto deseaba llamarla y expresarle todo lo que sentía por ella realmente! Pero, para su inmenso pesar, finalmente no lo hizo. Y cuando la silueta de ella se perdió entre las funestas sombras de la noche, la cuchillada que sintió en su corazón no se compararía a nada que haya sentido antes.

Perder el bello vínculo que lo unía a Mikasa, lo quemó por dentro de una manera que no podía soportar.

Era el triste adiós. El definitivo e irreversible adiós...

Y le dolía tanto. Tanto como el fuego del infierno.


¿Continuará?