Capítulo 2:
Yuuichi miró al muchacho detenidamente unos instantes, dejando de respirar por un segundo y luego volvió a la realidad.
— Perdona, últimamente se ha vuelto muy rebelde. – dijo el muchacho con un gesto de culpa y un tono algo nervioso.
— No es problema, no está haciendo nada malo. – respondió el mayor regalándole una sonrisa. El gato miró la escena con desagrado, no comprendía para nada las relaciones humanas.
— De todas formas… No quiero que ocasione problemas. – agregó el de ojos calipso.
Taiyou Amemiya, era un muchacho dos años menor que él, su cabello de color anaranjado y vistosamente desordenado era algo que no podía pasar desapercibido. Su familia se había mudado hace no más de tres meses a la casa de al lado. Una anécdota que siempre recordaba era la del gato.
La anterior dueña era una mujer de edad algo avanzada, pero a pesar de su cuerpo cansado siempre se le veía animada y radiante, cuidando la gran variedad de las plantas de su jardín o mimando a su pequeño compañero. Aunque vivía sola, de cuando en cuando sus hijos la visitaban, en varias ocasiones le pidieron que se fuera con alguno de ellos, pero la mujer se reusaba completamente, no quería ser una carga para ellos y tampoco entrometerse en sus vidas. Aun así, la soledad no era algo que le preocupara, porque tenía a su pequeño Ran, un gatito de llamativo pelaje rosa y unos hipnóticos ojos verde-azulados.
Poco tiempo después del fallecimiento de la mujer, sus hijos tomaron la decisión de vender la casa. Algunos de los muebles fueron vendidos, otros donados a la caridad y similares, de igual manera ocurrió con las plantas, aquellas que con tanto amor cuidaba a diario, algunas podían apreciarse en el parque a unas cuadras de allí. Lo único que se mantuvo intacto en el lugar, era la infaltable presencia del felino y el castaño en el patio delantero. En incontables ocasiones intentaron regalarlo, darlo en adopción, y variedad de opciones, pero el gato se negaba cooperar. Al poco tiempo los hijos de la mujer se vieron superados por la situación, y optaron por dejar al gato ahí.
Durante un par de meses el pequeño se las arregló como pudo, sobreviviendo a su suerte o con las inconstantes "caridades" que los vecinos le daban. El gato no era agresivo ni esquivo, bien podía dejarse acariciar de vez en cuando, pero jamás dejaba la propiedad.
Otro par de semanas pasó, y finalmente la noticia que todos esperaban había llegado. La casa había sido al fin comprada, algo que alegraba a los vecinos y al mismo tiempo les preocupaba, el minino era casi un símbolo en el barrio, y el que la casa tuviera nuevos propietarios implicaba un destino incierto para el pequeño.
Cuando al fin llegó el día de la mudanza, lo evidente ocurrió. El camión cargado de muebles y cajas embaladas se estacionó fuera de la propiedad, seguido de un pequeño auto de color azul cielo. Del camión bajaron dos hombres con overoles de color gris y anaranjado, del auto bajaron el matrimonio y su hijo.
Desde el árbol del jardín, el felino observaba toda la escena que comenzaba a armarse, sus brillantes ojos vigilaban detenidamente a los adultos, que movían objetos desde el vehículo hacia el interior de la vivienda. Movía la cola por el costado de la rama donde descansaba, como si se tratase de un metrónomo, un lento vaivén que parecía esperar el momento preciso para detenerse.
Así dejó pasar un par de horas, hasta que sintió una mirada sobre sí. Miró de reojo hacia la puerta principal viendo como ésta se cerraba tras dejar pasar a los adultos. Volvió a cruzar miradas con el muchacho, quien le sonrió de manera algo triste. Alzó las orejas en señal de sorpresa, y ladeó la cabeza como si estuviera pensando en qué debía hacer.
El integrante más joven de la familia Amemiya se recargó en el robusto tronco del árbol, cruzando los brazos por detrás de la espalda y dirigiendo la mirada al piso.
El gato se extrañó, y sin saber por qué, bajó por el lado contrario al que se encontraba el chico. Apenas sus patitas tocaron tierra, rodeó el árbol hasta encontrarse con el perfil del peli-naranja.
"¿No te sientes solo?" preguntó el muchacho como si le hablara al viento. Aquella sonrisa entristecida permanecía en sus labios.
Con mucha cautela se acercó un poco más, quedando a pocos centímetros de él. El muchacho lo miró desinteresado, en ese momento su mente pareciera estar en otro lugar, uno muy distante. El felino no pudo evitar estremecerse. Aquel desgaste en su mirada le había conmovido, pero no porque el muchacho le provocara lástima, sino por empatía. Esa tristeza la conocía muy bien, y no necesitaba hablar su idioma para entenderlo, el chico era muy similar a él, sin saber su historia podía asegurar que ambos habían pasado por lo mismo.
El chico de ojos calipso suspiró con ligereza intentando ordenar sus pensamientos y calmar su corazón, luego se inclinó hacia el felino quedando de cuclillas frente a él.
"Lamento haber irrumpido en tu hogar." dijo sonriendo, esta vez de forma sincera y cálida.
El cuadrúpedo bajó una oreja con algo de confusión. Era un chico extraño, si lo comparaba con el resto de los humanos que conocía –aunque todos le parecían extraños en realidad– pero no emitía signos de ser una mala persona.
"Si no te molesta, ¿compartirías esta casa con nosotros? continuó extendiéndole la mano, enseñándole la palma.
Desde una ventana del segundo piso de la casa aledaña, el joven de ojos ambarinos miraba la escena con sorpresa, pero a la vez una tierna sonrisa se dibujó en sus labios. Aunque no era capaz de escuchar las palabras del muchacho, tuvo el presentimiento de que se trataba de algo bueno. Sin más cerró la cortina.
— No lo hace, descuida. Ra… ‒ cortó abruptamente sus palabras al recordar que ese ya no era el nombre de la criatura. — Kirino es un chico muy bueno. ‒ sonrió nuevamente.
Amemiya alzó una ceja no muy convencido de sus palabras, él conocía a su gato y Kirino no era lo que se podía llamar "una blanca paloma". Al final optó por restarle importancia al asunto.
— Ahora que lo noto… ‒ mintió sutilmente. — ¿Qué haces fuera de la casa? ‒ por supuesto que se había dado cuenta desde el principio, pero sería una grosería decirlo, peor aún, seguramente parecería algún tipo de stalker, acosándolo indiscriminadamente.
— Ah, eso… Pues, creo que están preparando una fiesta sorpresa. ‒ mencionó divertido por lo tremendamente irónico del caso, el festejado no debería saberlo.
El menor lo miró con un gesto de sorpresa, rápidamente pudo captar las palabras del oji-ambar y procesarlas de manera fugaz. Inmediatamente se tensó ¡Lo había olvidado!
El felino nuevamente posó sus orbes celestes en la figura de su dueño, con clara actitud de "estás bromeando…", bajando así sus puntiagudas orejitas. Ya estaba fastidiado.
— Entonces… ¿Hoy es tu cumpleaños? ‒ advirtiendo lo obvio. Ciertamente no podía sentirse más estúpido. "Grandioso, Taiyou, ahora háblale del clima" se reprendió mentalmente.
— Así es. Aunque no veo la necesidad de hacer tanto alboroto por eso. ‒ alzó los hombros suspirando con cansancio.
— ¡No se cumplen años todos los días! ‒ reclamó con espontanea energía el de ojos calipso, ruborizándose en el acto, a causa de semejante tontería.
El mayor sonrió enternecido alzando una ceja. A pesar de las diferencias entre ambos, había afianzado una muy buena relación con el pequeño solecito, sin importar la ocasión, el menor siempre era por demás atento con él, tanto que a veces resultaba obvio el hecho que le gustaba. No era que a Yuuichi le gustara jugar con sus sentimientos, por el contrario, cuando estaban juntos se sentía completo, pero respetaba el luto que aún guardaba el menor.
En ese aspecto, ambos eran totalmente iguales. La vida les había arrebatado de la manera más cruel y trágica a las personas que más amaban.
Taiyou lo miró un tanto preocupado, conocía muy bien ese semblante pensativo del mayor, no necesitaba de telepatía para saber en qué estaba pensando. El ambiente se volvió tenso de pronto. La brisa, agitando y revolviendo las hojas de los árboles cercanos, no ayudaba mucho. El menor estuvo a punto de formular una palabra pero el repentino timbre del teléfono sacó a ambos de su mundo.
— ¿Un mensaje? ‒ preguntó al aire el de ojos miel. Sacó el aparato de su bolsillo y tras un par de toques, la pantalla con el dichoso mensaje apareció. Taiyou lo miró curioso, provocando una nueva sonrisa en el peli-azul. Se hizo de fuerzas para levantarse del sitio donde estaba, se acercó a la cerca donde el menor estaba apoyado, colocándose a su lado dejando la pantalla visible para él también.
— ¿Fey? ‒ comentó sorprendido al ver la imagen adjunta. — ¿Desde cuándo se mensajean? ‒ alzó una ceja.
— ¿Estás celoso? ‒ bromeó empleando un tonito pícaro.
— ¿¡ce-celoso…!? ‒ Amemiya se sobresaltó frente al comentario, claramente mal intencionado, del mayor. — ¿Po…por qué debería estar ce-celoso…? ‒ tartamudeó desviando la mirada con la cara completamente roja.
Yuuichi sonrió entrecerrando los ojos, satisfecho de alguna forma. Volvió a mirar la fotografía bajo el mensaje: "¡Feliz Cumpleaños Sr. Popular!" escrito con letras simulando apariencia de globo en un color rojo chillón; en la imagen se veía al chico de ojos agua marina, sonriendo ampliamente mientras sostenía un pequeño cupcake, de biscocho azul oscuro bajo la crema amarilla a su vez decorada con chispitas anaranjadas y una pequeña vela blanca encendida. Bajó un poco más en el mensaje encontrándose con otro texto: "Saru no es muy buen fotógrafo, pero era lo que tenía en el momento." No pudo contener la risa al leer lo último.
Miró a Taiyou esperando algún tipo de reacción, pero parecía haberse sumido nuevamente en sí mismo. De inmediato, el sonido de un nuevo mensaje se hizo presente, pero no pareció llamar la atención del menor. Yuuichi dio un vistazo a la pantalla, no podía ocultar su sorpresa al leer el texto que incluía. En ese mismo instante guardó el aparato en su bolsillo.
Por su parte, Amemiya, al ver la fotografía había comenzado a rememorar todo lo ocurrido en los últimos seis meses, por más que intentaba no lograba sobreponerse al pasado. De repente la cerca se agitó violentamente, logrando sacarlo de sus pensamientos. Miró a su alrededor, dentro de su campo de visión, encontrándose solo. Antes que pudiese moverse de su lugar un par de brazos rodeó su torso colándose entre sus brazos, siendo jalado hacia el suelo. Posó sus manos en los brazos que lo apresaban, apretando su espalda contra el pecho de su captor.
— No es necesario que te contengas. ‒ susurró en su oído con seriedad, pero en completa serenidad, para luego acomodar su frente en el hombro derecho de Taiyou.
El joven de ojos calipso se estremeció por completo. Su corazón se comprimió con fuerza y enseguida se relajó, casi como si hubiese sido una orden divina todas aquellas emociones afloraron en su pecho, presionando su garganta, ralentizando su respiración y nublando su visión. Los sollozos no se hicieron esperar, y las lágrimas se dejaron caer amargamente por sus mejillas. Lo último que quería era arruinarle el día a Yuuichi, y aún así lo había hecho. Se sentía el ser más egoísta sobre el planeta, tan idiota, tan patético.
Aunque su objetivo era ayudar a Taiyou, no podía evitar hacerse daño a sí mismo, y recordar su propia historia, que a pesar de haberlo aceptado –en cierta forma‒ tampoco se había sobrepuesto completamente. Seguramente debían ser un par de masoquistas. Soltó el agarre en el cuerpo del menor, sujetándolo con cuidado por los hombros, señalándole que se girara un poco.
Con movimientos algo torpes, siguió las silenciosas instrucciones del mayor, pasando ambas piernas por sobre la derecha de éste, su costado derecho apoyado en el torso del contrario y su cabeza reposando en el espacio de su cuello. Sus emociones estaban completamente revueltas, por un lado estaba la amargura y la tristeza de su pasado; por el otro, la oleada de nerviosismo y ansiedad que el mayor le producía. En cierta forma una escena algo ridícula que mantuvieron por unos cuantos minutos.
— ¿Mejor? ‒ preguntó el mayor resoplando suavemente sobre el flequillo del más joven.
— Sí. ‒ musitó avergonzado, soltando un suspiro entrecortado.
Luego de ese pasajero "diálogo" ambos guardaron silencio. El último mensaje visto había sido recibido satisfactoriamente.
"Sólo tú puedes salvarlo. No lo dejes ir, abrázalo con fuerza."
