Si algún día decides volver
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Disclaimer: La historia es mía y los personajes de Stephenie Meyer. Prohibida su copia. Contiene escenas sexuales +18.
Summary: La veo en fotos, revistas y en televisión. La conozco. Ella me conoció. Mantengo la esperanza de que vuelva, que deje los vicios, que acepte que su vida no gira en torno a excesos. La quiero devuelta, para volver a ser lo que nunca fuimos.
Recomiendo escuchar la canción HACKENSACK de FOUNTAINS OF WAYNE o la versión de KATY PERRY.
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I
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Edward POV
Forks, 11 de Febrero, 1979
Amarro los cordones de mi converse izquierda, mientras mi padre lee el periódico de esta mañana. Se ve relajado, eso me relaja a mí también. Últimamente no puede estar un minuto sentado sin que se pare para ir al baño; la diabetes hace estragos en su cuerpo.
Reviso mi agenda mental, quizá hoy tenía que ir a la casa de nuestra vecina, la Sra. Clancy, para arreglarle su sitial favorito. Su gran masa corporal le pasa la cuenta, aplastando todo lo que queda bajo su trasero. Quizá podría recomendarle un gimnasio, aunque acá en Forks no haya ni de esos.
No sé cocinar, me cruje el estómago; no sé qué hacer. Pienso en llamar a Jessica para que me ayude, pero luego recuerdo que está enojada conmigo porque no acepto que quiera algo más allá de una amistad. A veces siento que me hostiga, pero cocina muy bien. Y mi padre le adora.
—¿A qué hora es la cena? —inquiere, impaciente. Ahora está mejor para comer y eso me alegra.
—No tengo idea, papá —le contesto con sinceridad—. Yo no sé cocinar.
Se queda pensando un momento, con el ceño fruncido y la boca estirada, los lentes se le resbalan por la nariz, pero se las vuelve a posicionar con el dedo índice. Al minuto, alza el dedo que había utilizado para acomodar sus gafas y luego abre la boca para hablar.
—Podríamos pedir unos sándwiches y…
—Sabes que no puedes, tienes diabetes y los glúcidos están prohibidos para ti. No quiero que bajes más de peso —lo regaño. Odio que no se cuide.
Siento una punzada de culpabilidad por la manera en la que le hablo, pero no puedo evitarlo. Doce kilos perdidos por la diabetes y una cuenta carísima para él. Siento mucho que ahora yo tenga que trabajar para él más seguido; y las horas son muy malas. Extraño a mi madre.
Sé que a él también le duele no poder servir de mucho, aunque yo le digo lo contrario, para que no se sienta mal. Antes, Carlisle Cullen era el mejor carpintero del pueblo, ahora era un viejo que tenía a su hijo inútil trabajando en su taller, pagando el peor salario que cualquiera se pudiese imaginar. Muchos me dicen que podría buscar un trabajo mejor, como por ejemplo tía Elizabeth, que me daría el doble por tomar el puesto de junior en su pequeña empresa. La verdad es que no podía dejar a mi padre solo, su trabajo era lo que más le agradaba en la vida luego de que murió mamá.
—Llamaré a Jessica para que venga a hacernos algo, ¿sí? —le digo—. Creo que debo trabajar hoy.
—Ah, sí, sí. Me llamaron para un trabajo tuyo. El director de la preparatoria está aburrido de las goteras del techo, necesita que vayas a arreglarlo. El material es de madera, lo mismo que trabajar en carpintería, ¿no?
Miro mal a mi padre por aceptar ese trabajo para mí. Debo estar en altura para arreglar ese techo. No sé arreglar techos y odio las alturas. Lástima que ahora necesite dinero, aunque… viendo que Jessica pasará por estos lados y estaba enojada conmigo, será bueno irme por un rato, así no tengo que soportar malas miradas.
Cuando llamo a Jessica, las manos me sudan, creo que a veces le temo; es algo agresiva. No me he separado de ella desde aquella noche de graduación que me ayudó a salir de la broma de Emmett McCarty. Le debo tamaña generosidad.
—Lo hago por tu padre, no por ti. —Repito la misma frase internamente; siempre la dice cuando está enojada—. Dile que pasaré por ahí alrededor de las cuatro. Adiós.
Cuelgo el teléfono con fuerza. Tengo rabia. Se cae el retrato de mi madre con el movimiento de la mesita.
—Bruja —susurro al teléfono, como si aquello fuese Jessica.
Le comunico a mi padre que Jessica vendrá a hacerle algo para comer, sin antes darle una mirada triste al retrato de mi madre, Esme, que descansa en el mueble contiguo al sofá predilecto de Carlisle. Sin ella la vida se hace un poco más pesada, sobre todo ahora que mi padre está cargando con la enfermedad.
Me preparo mentalmente para lo que se viene, subirse en unas escaleras y arreglar un techo de metros más alto que yo. De tan solo pensarlo me da escalofríos. Pero el dinero que me pagarán servirá para pagar otro poco de la medicina de papá. Es necesario, tanto como para comer.
Me subo a mi camioneta Chevy del 50, color durazno ya desteñido. Tiene casi 30 años. Fue un regalo que le dio mi abuelo a mi padre el año 1959. Creo que debería pintarlo.
Llueve a cantaros en Forks, no hay ni rastros de la salida del sol. El frío me cala los huesos y los dedos se ponen rígidos contra el manubrio, por lo que debo moverlos constantemente para que no se me estanquen en la misma posición. Odio este frío insoportable, pero no puedo hacer más que quedarme hasta secarme; papá no puede estar solo.
Cuando estaciono frente al instituto de Forks, miles de recuerdos golpean mi cabeza. Por eso es que no me gusta venir, solo me hace recordar feos momentos. Intento buscar un recuerdo que me produzca algún signo de agrado, pero no hay.
Bajo del auto, sintiendo las gotas de lluvia golpeando mi cabeza con fuerza, no duro ni un segundo sin estar completamente mojado. En la entrada espera el director del establecimiento; es gordito y alto, risueño y suda bastante, por lo que siempre anda con un pañuelo bordado, que frota constantemente sobre su frente. Me hace un gesto de saludo con la mano, alegre y emocionado de verme.
—¡Muchas gracias por venir, Edward! —exclama, dando dos pasos hacia adelante, pero retractándose al notar las gotas gruesas contra su escasa cabellera.
—Buenas tardes, Sr. Dublin. ¿En dónde es el problema? —inquiero rápidamente, no tengo ánimos para charlar.
Por el rostro estupefacto del director, noto que mi directa y escasa forma de entablar conversación le es una total y horrible sorpresa, sobre todo porque fue mi mayor apoyo cuando estuve estudiando ahí. Sí, puede ser bastante feo de mi parte, pero ya estaba cansado de trabajar para los demás, siendo enviado como un simple obrero de mi padre.
—Bien. Podríamos ir a por el problema directamente, sí… —divaga.
Lo sigo por el recorrido que él utiliza, veo sus pies ir hacia el pasillo más próximo, justo frente a la repisa de cristal que contenía los premios y diplomas de alumnos destacados. A su lado descansaba el anuario, el cual contenía recuerdos de todos los años. Quizá estoy yo por ahí, aunque no me atrevo a mirarlo, el simple hecho de observarme hace diez años me da un poco de vergüenza y hace de este viaje algo más que incómodo.
El Sr. Dublin me muestra unos pequeños agujeros del techo ya podrido por la madera vieja. Noto que está tan arcaico, que en algún momento podría desquebrajarse. Es algo más serio, quizá necesitaré la ayuda de mi colega.
—Veo que necesitaré remodelar todo esto, ya está por caerse —le indico con mi dedo mientras le voy diciendo el problema.
El hombre asiente, aunque sé que no entiende absolutamente nada. Desde que estaba en este instituto, el pobre hombre era un cabeza dura, alguien poco autoritario para tener tal nivel en el lugar.
—Entonces le dejo hacer su trabajo, yo mientras iré a hacer lo mío. Muchas gracias, Edward —se despide afectuosamente de mí.
Suspiro cuando se va por el pasillo y entra a la salita pequeña, su oficina. Miro al techo nuevamente, buscando lo más fácil para hacer. No, definitivamente necesito de la ayuda de Jasper.
Jasper es mi primo, mi madre era una Whitlock, la segunda hija de Lucius Whitlock. Su hermana era la madre de Jasper, Martha Whitlock. Desde pequeños nos llevamos bien, ambos somos unos desdichados de la vida. Intento no pensar tan mal por él, al fin y al cabo recibirá la herencia de su padre el cual nunca lo quiso reconocer hasta hace unas semanas. Yo, en cambio, moriría trabajando de carpintero. O bueno, hasta que mi padre se fuese al mundo de los muertos.
Tomo el banquillo y subo dos peldaños, sintiendo la altura en la que me estaba inmiscuyendo. Inspecciono con los dedos la mojada madera, que ya está gris. Está completamente podrida, creo que no podrá resistir más temporales de Forks.
Pongo mis manos en la cintura y respiro profundamente, aguantando el frío casi asfixiante del lugar. También está húmedo, algo que no aguanto. Odio Forks, sin embargo, no tengo la suficiente valentía de irme de aquí.
Giro mi cabeza, distrayéndome un poco de la soledad y el silencio profundo del pasillo. Hoy es domingo, por lo cual, no hay nadie ni mucha actividad que digamos. Pero algo me llama la atención, es una fotografía de la generación del año 1969. La mía.
Sonrío apesadumbrado, no es algo que me gusta recordar, tampoco me genera buenas sensaciones. Solo hay algo…, alguien que me llama la atención.
—Bella —gimo.
Me palpita la cabeza, siento nauseas. No me había acordado de ella hace un buen tiempo. Qué cambiada está a como sale en la fotografía.
Me acerco al anuario y acaricio la fotografía gris y pastosa. Sus ojos tristes me llaman la atención, lo más probable es que aquel día no fue de los mejores, su mirada lo dice. A pesar de todo, sonríe, apelmaza el efecto casi horrible de la foto, con todos los chicos a su alrededor. Yo estoy en la otra esquina, observando a la nada; tampoco fue un buen día para mí aquella vez.
No sé cómo ni cuándo dejé de pensar en ella, como fue que de un día para otro mis pensamientos se hicieron humo. Quizá estaba tan ocupado en la diabetes de mi padre, que simplemente el ver televisión se hizo un lujo. Sí, solo ahí podía ver a Bella, ya que ella estaba felizmente situada en su mansión.
Comienzo a sufrir nuevamente su partida. Es intolerable. ¿Por qué me siento así? Es estúpido. Ambos jamás fuimos algo, ni siquiera amigos. Tampoco se debe acordar de mí. Soy un tarado.
Sacudo la cabeza para olvidarla, aunque sé que será difícil, dado que es la única mujer por la que he esperado cerca de 15 años. La amo desde que tengo uso de razón. O bueno, desde que la conocí; a los 13 años.
Era el primer periodo de la clase, un viernes a las 8.15; justo en matemáticas. Odiaba las matemáticas, y más ahora que era un nuevo año y todavía quedaban los meses restantes. No conocía a nadie a mí alrededor, nunca me quise integrar a ellos, porque la mayoría eran muy diferentes, no terminaban por agradarme.
—¿Puedo sentarme aquí? —me preguntó una chica de voz poco chillona en comparación a las demás de la clase. Su aroma a fresas había calado hondo en mis fosas nasales, mareándome levemente.
No me preocupé en mirarla, no me interesaba ningún niño de mi edad. Menos aquella niña, que había profanado mi tranquilidad. Solo quería ir con mamá para que me abrazara cada vez que salía de clase y que me diese chocolate caliente como siempre. ¡Quería a mamá! Y luego ir al trabajo de papá para que me enseñara a hacer la cuna de mi hermanita, la que vendría pronto. Estaba muy emocionado por verla.
—Sí. Y rápido, que la Srta. Travelech ya ha llegado —gruñí.
Sentí como depositaba suavemente sus libros en la mesa y luego cruzaba sus manos y las dejaba ahí. Era bastante delicada, claro, como todas las niñitas que habían ahí.
—¿Eres nuevo? —me preguntó amigablemente.
La miré por el rabillo del ojo, solo noté una melena salvaje y rizada de color castaño, tan oscuro y frondoso que tapaba bastante su cara. Era pálida, lo vi en sus manos.
—No. Nací aquí y he estado toda mi vida en esta escuela —dije, ahora más tranquilo al notar que la chica era más agradable que los demás.
La mayoría terminaba hablándome de objetos caros y tecnología futurista, de juguetes tan estrafalarios como ridículos. Lo que más me causaba gracia era que ninguno podría pagarlo, eran demasiado caros, todos se ilusionaban, pero yo no servía para aquello. En 1962 era imposible pagarlo.
—¿Y por qué estás sentado solo? —volvió a cuestionar.
Me dolía contestar aquello. A pesar de todo, yo nunca había querido estar solo.
—Bueno… No encajo con esos chicos —le contesté, encogiéndome de hombros.
Dio una pequeña risita, lo que me estremeció ligeramente. Poseía una muy linda melodía.
—Yo tampoco creo encajar mucho, aquí la mayoría parece tener su propio círculo y soy nueva…
—Eso ya lo sé —dije secamente.
—Auch.
—Ok, lo siento. No soy muy amigable que digamos —me disculpé, girándome levemente para poder mirarla por primera vez.
Casi me caí del pupitre. Era la chica más linda que había visto en mi corta vida. Grandes ojos marrones, con pestañas negras decorando su alrededor; una nariz respingada y larga; unos labios llenos y de fuerte color coral. Su cabello, rizado levemente y amontonado en un lado de su hombro, no era muy largo, pero sí sedoso y femenino. Lo que más me atrajo fue el leve rubor de sus mejillas.
Ambos nos quedamos mirando un largo rato, sin decir ni hacer nada.
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Agito mi cabeza para evitar pensar en ello. Solo me hace mal. Me da una nostalgia enorme y me hace reír por lo estúpido que fui de niño. Era un amargado, odiaba a mí alrededor. Pero solo ella había puesto en mí una chispa de entusiasmo.
Si tan solo hubiese sido fiel a mi amistad…
Sigo con mi trabajo, pasándome por la mente cualquier escenario menos doloroso. Aunque mi mente me juega chueco, porque las preguntas rutinarias con respecto a ella se hacen cada vez más grandes.
A veces me pregunto ¿en dónde estás?, sabiendo ya la respuesta a aquello. En L.A. O teniendo citas con guapos actores de cine. La última vez que la vi, estaba con Christopher Walken en una linda cita, a pesar de que ya llevaban años de diferencia.
Termino con el techo, inspeccionando toda la madera podrida; veo que me hará falta la ayuda de Jasper. Espero que no tenga cosas que hacer.
Desde lejos veo acercarse el director. Ahora tengo menos ánimos de aguantar palabrería, quiero salir del lugar, todo me trae recuerdos. Pero no alcanzo a irme, él ya está a mi lado con una sonrisa bobalicona.
—¿Y qué tal? —me indica al techo con su cabeza.
Inspiro aire y luego lo exhalo, intentando calmarme.
—Todo bien. Vendré mañana con Jasper para cambiar la madera y restaurar el techo, así no tendrá goteras en su escuela. ¡Nos vemos mañana, Sr. Dublin! —me escabullo rápidamente con aquellas palabras de despedida.
—Dale mis saludos a tu padre, ¿eh?
Asiento levemente, tomo mi maletín con las herramientas y salgo disparado hacia la lluvia. Doy un respingo en cuanto la primera gota moja mi rostro. Hace mucho frío. Me subo a la camioneta, temblando, y de inmediato enciendo la calefacción.
Tengo una sensación amarga creciendo en mi garganta, como si volviese el vómito que he guardado por tantos años. Me río con pesar. Nunca podré olvidarla, ni aunque me borrasen la memoria. ¡Pero quiero hacerlo! Odio con todo mi corazón el sentimiento que crece más y más todos los días.
Quizá un trago haría bien. Sí. Eso limpiará mis nervios. O por lo menos me hará olvidar por unas horas, si es que me embriago, claro.
—Lo de siempre, Will, gracias —pido, sentándome en la barra.
—Te ha pillado la lluvia, ¿eh, Edward? —dice el viejo Will.
Asiento distraídamente, él sabe cómo soy. Callado, tranquilo. Me gusta estar en mi propio mundo, mi propio dolor.
—Ese hombre sí que es un afortunado —comenta un hombre a mi lado, mirando hacia la televisión que hay en lo alto, justo en la esquina. Veo que Will ha decidido comprar una de último modelo. Debe irle bien, pienso.
Comienzan a conversar sobre Christopher Walken, un actor de televisión ya bastante famoso. A mí no me interesa, o eso creí. Con tan solo escuchar su voz se elevaron mis bellos.
—Isabella —susurro para mis adentros.
Era ella, la Isabella que conocí hace tantos años y se fue a Los Ángeles a probar suerte. Entabla una conversación con Christopher Walken, en una aproximación bastante dolorosa. No lo culpo, sí que es guapo, cualquier mujer famosa como ella puede acercársele y quién sabe intentar algo más.
Están en un evento, al parecer es noticia que ellos puedan ser pareja. O eso se deja entrever.
—Ya cámbiale. Pon western —exclama uno de los que juega billar cerca de la entrada al segundo piso.
—No. Espera —digo.
Noto que darán una entrevista de ella. Cielos. Es tan guapa. Demasiado, en realidad. Viste un vestido rojo carne, su cabello rizado hacia un lado de su hombro, su piel crema hace juego con aquellos colores que resaltan su cutis tan bien cuidado, y sus ojos…, sus cuencas chocolate están marchitas, rotas y dolidas. Su mirada es de tristeza, tanto así que a mí también me duele en lo más profundo de mi alma.
Trago de golpe el ron, el cuerpo entero me da cosquillas y sé que pronto caeré. El alcohol acaba conmigo en un segundo.
Manejo intranquilo por el mismo recorrido de todos los días. Ya no me molesta la monotonía. A veces no sé si es costumbre, pero si llegasen a perturbar mi vida, no me sentiría cómodo. A pesar de todo, me gusta hacer siempre lo mismo, me hace sentir seguro.
Estaciono frente a mi casa, pero me quedo un momento divagando dentro de mi mente, creyendo quizá que lo mejor sería no volver a pisar la casa de mi padre, solo demuestro ser un hombre infeliz y eso le duele mucho. Sé que por un momento él buscará de mí algo más, me pedirá que me case, que tenga hijos, que le haga feliz… No sé cómo hacerlo, ni con quién. Desde que mamá se fue no he podido entender cómo es que el amor que mi padre nunca terminó por profesar le ha vuelto loco. Yo amo, sin correspondencia, sin un receptor, y ya me estoy volviendo loco.
Gimo y apego mi frente en el manubrio y de pronto sonrío, pues los recuerdos golpean mi cabeza como si fuesen remolinos estrellados que reavivan mi felicidad por segundos.
Hace tanto que no sé de ella, hace tanto que no veo su rostro en vivo.
—Mamá cree que estoy en casa de Ángela —me dijo, sentándose de golpe en el asiento del lado derecho.
—No me gusta que le mientas —proferí un tanto preocupado.
—No seas gruñón, Tony —su tono de voz era divertido.
Rodé los ojos y no pude ocultar una sonrisa.
—Sabes que no me gusta que me digan Tony, Bella —susurré lentamente, poniendo mi codo en el manubrio para observarla mejor.
Se cruzó de brazos con aire indiferente.
—Pero a mí me gusta decirte así. —Hizo un puchero ridículo.
Negué ante su forma infantil de expresarse, a pesar de que quería reírme junto a ella. Siempre alegaba que parecía un viejo, que mi forma de ser me adquiría una madurez notable, pero sabía que muy en el fondo, si yo no hubiese sido así, ella nunca habría madurado lo suficiente para irse de mi lado.
—Supongo que hoy me llevarás al lago —me instó inconscientemente.
Le sonreí abiertamente.
—Es tu lugar favorito.
Sus mejillas se sonrojaron profundamente, hasta el punto en que solo me provocaron ternura. Acerqué mi mano hasta su rostro para acariciar su piel, ella no se apartó, cerró los ojos y de golpe juntó sus labios con los míos. Yo lo deseaba hace tanto que hasta me parecía un sueño.
Su beso era delicado, esponjoso, cálido y mojado. Sabía a frutas y a tranquilidad.
Sus brazos se enredaron en mi cuello, invitándome a seguir. Se acomodó sobre mí, a pesar de que el auto era pequeño e incómodo. Yo no sabía qué hacer, era Isabella la que estaba sobre mí, la persona con la que soñé día a día, la única chica que adornaba mis fantasías. Era como un sueño.
—No seas tímido —me susurró contra los labios.
Tomó ambas manos y las puso contra sus muslos. El ardor en cada parte de mi cuerpo se hizo notar enseguida.
—Bella —jadeé—. Me sorprende.
—Shh… —siseó—. Déjate llevar.
Suspiro y golpeo el manubrio con rabia. Todos esos recuerdos deberían irse a parar al demonio. ¿Por qué insisto? ¿Por qué no sé nada de ella?
Hola. Este es el primer capítulo del fanfic. Es de la perspectiva de Edward así que ahí saben lo que sucedió, Bella nunca volvió ni luego de diez largos años. ¿Qué sucederá en el futuro? ¿Qué es de Bella? ¿Qué pasará por su mente? Eso se vendrá en el próximo capítulo que será actualizado el mismísimo domingo :D
La historia se me ocurrió gracias a la canción HACKENSACK, la que expuse arriba para que la escucharan. Si notan la letra se darán cuenta que quise darle un significado también al fanfic.
Espero sus rr y sus comentarios en el grupo :333
Muchos besos.
