Disclaimer: Los personajes pertenecen a S. Meyer. Únicamente me adjudico la historia.
Gracias a Lucero Silvero (beta FFTH) por ayudar a corregir tantos horrores... sin ella, no me sentiría cómoda subiendo algo!
ACLARACIONES IMPORTANTES:
- Los fármacos mencionados en esta historia (Clonazepam, Sertralina y Zolpidem) deben ser utilizados exclusivamente bajo prescripción y vigilancia médica y no puede repetirse sin nueva receta médica.
- Además, esta historia está libre de contenido pedófilo. La palabra correcta empleada es "Efebofilia" también conocida como la atracción erótica y sexual por menores púberes y pospúberes, usualmente en el rango de edad desde los 13 a los 17 años.
- Dedicado a cada una de las personas que inspiraron esta historia con sus múltiples experiencias y a cualquiera que haya sido diagnosticado con un Trastorno Obsesivo Compulsivo.
Capítulo II
"El inicio que resultó inapropiado."
"El trastorno Obsesivo-Compulsivo (TOC) es un trastorno de ansiedad caracterizado por pensamientos intrusivos, recurrentes y persistentes, que producen inquietud, aprensión, temor o preocupación, y conductas repetitivas, denominadas "compulsiones", dirigidas a reducir la ansiedad asociada."
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Licenciada: Esme A. Platt de Cullen.
Paciente: Isabella Marie Swan.
- Sesión nro. 2-
—No odio a mi familia. Todos son increíbles y estoy muy agradecida por tenerlos. No soy el tipo de adolescente que cree que su vida es miserable. Es decir, hay momentos trágicos pero no creo que sea justo que me queje de lo que tengo. Tampoco me siento fea. No creo ser fea. Digo… no soy la más bonita, pero sé que no soy una patada en las bolas.
Esme se ríe silenciosamente al oír las palabras que la joven ha escogido. No se lo dice, pero Isabella Swan, o "Bella", como prefiere ser llamada, es una de las jovencitas más hermosa que ha tratado en mucho tiempo. Hay algo en su humildad, su contradicción y su velocidad para cambiar de tema que le recuerda mucho a su hija, Sophie.
—Así que… seh. Aborrezco a esos adolescentes que necesitan llamar la atención. Tampoco soy de esas que prefiere ser ignorada… Es horrendo sentir que todos te ignoran, por supuesto —agrega rápidamente—. Suelo escuchar a las personas más de lo que ellos creen. Soy como una psicóloga para ellos. Lo curioso es que soy buena para escuchar pero también muy buena para hablar…
Esme ha dejado de escribir en su cuaderno para dedicarse a mirarla fijamente y por ese motivo Bella se detiene abruptamente.
—Estoy hablando demasiado, ¿verdad? —Suspira con frustración—. Sí… Me sucede todo el tiempo. Las personas dicen que voy muy rápido y que no pueden seguirme la corriente.
La licenciada lo ha notado desde la primera sesión, pero no hace más que reírse.
—Eso es bueno. Significa que te sientes cómoda —agrega con optimismo.
—¿Tendrá que ver con… ya sabe… mis obsesiones? —pregunta la muchacha con timidez, ligeramente avergonzada.
—Las mujeres hablamos mucho más que los hombres, puede que sea simplemente algo propio de tu personalidad…
Esto no convence a Bella.
—… aunque también podría ser por la ansiedad que llevas acumulada —dice Esme anotándolo en su cuaderno para tranquilidad de Bella.
Poco a poco le cuesta menos reconocer ciertos hábitos que ha adquirido ahora que hay una explicación lógica para ellos. Acumula suficiente ansiedad para tener que soltarla en muchas proporciones.
Esme vuelve a leer las anotaciones que ha escrito en el expediente de Bella Swan la semana anterior, en su primera sesión. Su familia, su obsesión con las mandarinas… pero aún hay algo que le falta preguntar.
—Dime, Bella… ¿te gusta algún chico? —pregunta con casualidad. Lo único que sabe es que ella está momentáneamente soltera, pero aún no indagó lo suficiente en ese tema.
—¿Por qué? —responde Bella a la defensiva.
Esme encoge sus hombros.
—Supongo que una muchacha de diecisiete años tiene cierto interés por algún muchacho. Quizás no. Quizás sí. ¿Crees que podrías comentarme algo respecto a eso?
Y llega el momento. Sabe que tarde o temprano tendrá que sacar a relucir ese tema. Si solamente pudiera mencionarlo de la misma forma en que se lo preguntaron: con casualidad. Pero no, es un tema profundo que le va a tomar más de una sola sesión desarrollar.
Intenta encontrar un modo para hacérselo saber indirectamente, porque no está lista psicológicamente para admitirlo. Menos a una persona mayor.
—Si yo le contara que he cometido un asesinato… ¿le diría a la policía? —Bella tantea acomodándose en el sillón de cuero, frente al escritorio de la licenciada.
Esme planea contestar un "¿perdón?" pero decide guardar la calma e instigar más sobre aquello.
—Debo hacerlo. —Asiente sin problema.
—Pero… ¿no existe una política que debe respetar? ¿No se supone que todo lo que se hable dentro de estas paredes debe permanecer en incógnito?
—Sí, pero…
—¿Guardaría el secreto? —insiste Bella, porque lo que va a confesar es casi tan grave como un asesinato.
—Estoy segura de que no cometiste un asesinato, Bella —le resta importancia al descubrir que simplemente se trata de una fachada para tantear su confianza.
—Pero… ¿y si hice algo malo? ¿Y si cometí un acto ilegal? —Se muerde el labio, preocupada.
La expresión de la muchacha es legítima. Esme se prepara para oír una buena confesión, pero a la vez también se preocupa. ¿Podría ser que esta simple muchacha de diecisiete años haya terminado por coger un cuchillo y seguidamente apuñalado a alguien?
—¿Cómo qué, Bella? —intenta sonar desinteresada porque lo que menos necesita una persona en este tipo de situación es ser juzgada.
La jovencita traga saliva, su cuerpo ha empezado a transpirar y desea desesperadamente sentir el zumo cítrico en su garganta.
—¿Qué pasaría si le cuento que terminé acostándome con un hombre de treinta y un años?
- Dos meses atrás -
¿Qué respondes cuando te preguntan acerca del lugar en donde vives?
Puedes decir que lo amas. Puedes decir que lo odias. O simplemente, puedes contestar que no te interesa. Has nacido allí por distintas razones. ¿Cómo cuáles? Puede tratarse de un producto de la energía que emanan las fuerzas superiores que conducen los hechos en un determinado tiempo y espacio, también conocido como "destino". O quizás has nacido en un lugar determinado porque a tus padres así lo han estipulado. Sin vueltas.
Eso no sucede con Double Springs, la sede del condado de Winston, Alabama. Los habitantes de allí creen en la simplicidad de las cosas, en que todo viene, todo va. Todo surge, todo acaba. La vida es sencilla, es práctica.
Pero, por sobre todo, ellos aman sus tierras. La razón es muy sencilla. Double Springs posee un área total de 3.86 millas cuadradas, lo que equivaldría a 10.01 km². Es el espacio necesario para saber, por ejemplo, en qué momento del día el señor Evans limpia su coche; cuántas veces al día la señora Poppells toma sus caminatas, o incluso saber cuándo la hija del matrimonio Varens, la pequeña Clare, tiene sus prácticas de saxofón.
A algunos puede parecerles una molestia, pero no para los moradores de este pueblo. Todos se conocen y eso permite una convivencia en completa armonía. Los robos son mínimos. Las muertes son veladas por el pueblo entero. Todo el vecindario sabe en qué asunto se involucran los adolescentes, lo cual logra que entre todos haya una particular camaradería.
Tal vez nada importante sucede en Double Springs, pero así lo prefieren sus residentes. ¿Por qué escoger el impetuoso ruido de las calles y la imprudencia nocturna cuando se cuenta con la tranquilidad y eficacia de una vida en el campo?
Todos están satisfechos excepto una minoría casi redundante. Y en esa minoría, se encuentra una muchacha de cabello castaño y ojos verdes que está a punto de perderse las tostadas de su madre por tercera vez en la semana debido a que está ocupada terminando de cepillar su largo cabello.
—Mierda —maldice en voz baja puesto que no acostumbra a decir groserías en frente de su familia.
El desayuno ya está servido y solamente han quedado dos tostadas minúsculas. Suficiente para lograr que pase el resto de la mañana pensando en la hora del almuerzo.
—Si te hubieses levantado temprano, habrías conseguido más tostadas. —su madre responde en forma de reprimenda a una pregunta jamás formulada. Algo muy típico de ella.
Por este tipo de cosas, Bella sabe que, por más que sus diecisiete años la conviertan en la más pequeña, ella no es la malcriada de la casa.
Sin protestar, decide sentarse a la mesa para degustar una de las tostadas con un poco de mermelada de durazno. Pero antes de poder saborearlo en su paladar, percibe la mirada instigadora de su hermana mayor. ¿Ahora qué?
—Mmm… esa camiseta —remarca la muchacha de cabello corto, nariz respingada y ojos claros con aire despectivo. No le ha gustado para nada ver a su hermana usando su ropa, como siempre.
Antes de que Bella pueda procesar una buena respuesta, su madre toma bando en esta incesante lucha de posesiones.
—No empieces —deja en claro que está del lado de su hija más pequeña al mirar fijamente a la mayor. Pero esto no es una sorpresa. Renée siempre toma partido por Bella cuando se trata de "discusiones por prendas" ya que sabe que ella ha cedido cientos de veces por Alice.
Y sin embargo, Alice se muestra indignada. No por esta ocasión en especial, sino porque vuelve a dejar en claro que jamás la apoyará, algo por lo que ella se ha sentido frustrada en los últimos años.
—¿Qué? —Pregunta Bella con frustración—. Por favor, te presté mi camiseta ayer.
—Pero esa es nueva —remarca Alice con reticencia—. Tienes que pedirme permiso antes.
La última frase logra que Bella recuerde de forma inmediata las múltiples ocasiones en que Alice no ha sido capaz de cumplir con aquél trato.
—Tú no me pediste permiso cuando tomaste la mía ayer. —Si Bella va a remarcar un error, prefiere que sea el más reciente para evitar ciertos "no-recuerdo-aquello".
—Es vieja —refunfuña Alice. ¿No puede simplemente decir "lo siento, la próxima vez te pediré permiso"? Pero muy en el fondo sabe que, incluso con esa respuesta, no habría dejado pasar el accidente. Esa camiseta es nueva, por lo tanto, le gusta mucho.
Bella quiere responder. El día no ha empezado bien, aparentemente, y está dispuesta a luchar para obtener la razón en esta discusión. Pero siente cierto temor a elevar la voz y fundamentar sus argumentos cuando su padre se encuentra en la mesa ya que sabe que eso solamente traerá problemas.
—Alice, tú siempre usas mis cosas sin pedirme permiso —sin embargo, decide continuar.
Esta es una de las discusiones más frecuentes entre Alice y Bella. Pero la frustración de Bella es justificada. Una vez, su hermano Emmett le había enseñado que una persona podía exigir el cumplimiento de un deber pese a que éste no lo cumpliese. Así, por ejemplo, una persona que robase podía exigir al otro que no lo hiciese. Aunque sonara hipócrita, todos debían reclamar por el bien.
Por eso, Bella ha sido criada bajo aquél principio. Por más que ella no pida prestado la ropa a su hermana, ella puede exigirle que lo haga. Sin embargo, Alice cree todo lo contrario.
—¡Bueno, basta! —su padre se hace presente. Sus hijas acabaron por fastidiar su desayuno—. Alice, no prestes tu ropa. Bella, no prestes tu ropa. Ninguna use la ropa de la otra. Se acabó.
La solución es ilógica porque ni Alice ni Bella cuentan con suficiente ropa para alcanzar esa independencia. Si Bella necesita de las chaquetas de Alice, Alice necesita de los bolsos de su hermana.
—Quiero desayunar en paz y ustedes vienen con sus discusiones. —Charlie mira a su esposa—. ¿Por qué las sentamos en la misma mesa? Una debería comer aquí, la otra en la cocina. Por el bien de esta familia.
Su padre está siendo drástico y todos en la mesa lo saben. Emmett niega una y otra vez preguntándose cuándo llegará el día en que sus hermanas entiendan que no se debe plasmar cualquier tipo de discusión en la mesa cuando su padre se encuentra presente.
Lo cierto es que a Bella le molesta profundamente que su padre llegue a casa y busque la perfección en su familia. "Nadie tiene problemas. Todos somos felices. Nos llevamos excelente". Ese es el modelo que él desea encontrar cada vez que se sienta en la mesa. Él, un hombre que ha luchado constantemente para obtener lo que desea alcanzar, sabe que toda su familia ha sido completamente bendecida como para quejarse o crear discusiones tan banales como una simple muda de ropa.
"Abandono". Ese es el sentimiento que Bella percibe muy en el fondo de su corazón. Su padre los ha abandonado emocionalmente para que manejaran sus problemas en el dormitorio y trajeran nada más que buenas noticias a la mesa.
Bella no está cansada de discutir con Alice, pero sí con su padre porque a él jamás le ganará. Él tiene la última palabra y ella aún depende económicamente de él como para levantarle la voz. Es difícil convivir con una persona que marca constantemente tus errores y a la que no puedes discutirle porque sabes que no obtendrás más que reprimendas.
Emmett la mira con frustración, indicándole que haga lo correcto, que ceda esta vez y comprenda a su hermana que, aunque sea un año más grande que ella, a veces puede actuar como si tuviera cinco menos.
Bella suspira y se retira hasta el dormitorio para quitarse la camiseta de su hermana y colocarse una suya. De todos modos, ¿qué diferencia habría? Nadie se fija en su forma de vestir.
En el camino, oye a su madre reprender a Alice porque no considera justo que, por enésima vez, ella haya tenido que ceder. Bella siente compasión pero esa sensación se irá en pocos segundos, cuando su hermana se encuentre cien veces más molesta por no contar con el apoyo de ninguno de los miembros de la casa. Es una simple pelea en la que se veía reflejado el grave problema de aceptación de Alice.
Bella vuelve a la mesa y su hermana la fulmina con una mirada que asegura que no le prestará absolutamente nada en los próximos días.
Todos saben que Alice es la caprichosa de la familia. Su madre y su hermano son los únicos que desean revertir esta actitud. Su padre, en cambio, considera que ella es un caso perdido.
Para apaciguar el ambiente, Emmett decide hablar con Bella acerca de un programa de televisión que ambos asisten todos los jueves por la noche. De repente, Bella ya no se siente estresada. Él es el único miembro de la familia que puede remarcarle errores y jamás se sentirá atacada. ¿Por qué? La respuesta es clara y difusa a la vez: Le respeta. Bella no respeta a sus padres, pero sí a su hermano mayor. Un buen hombre fiel, honesto y muy práctico.
—Bien. He terminado. ¿Quién irá en el auto? —pregunta su padre una vez que ha acabado su desayuno.
Emmett y Alice son los únicos que responden a esta oferta.
—¿Y tú, Bella? —pregunta su madre.
—Iré en la bicicleta —contesta la mencionada encogiéndose los hombros.
Los lujos no son una costumbre diaria en la casa de los Swan y el dinero resulta ser una necesidad primordial en toda la familia, lo que lleva a que sus hijos deban aportar dinero a la casa. Emmett, a sus veinte y un años, trabaja como empleado en Labell, la única empresa funeraria del pueblo. Alice, con diecinueve años, acaba de terminar la secundaria y estudia en la Universidad online de Phoenix.
Antes de marcharse, Bella jura ver a su padre llevar a escondidas al auto una extraña bolsa de papel. No quiere saber qué hay dentro de ésta porque eso conseguirá amargarle la mañana. Además, no siente ánimos de preguntarse por qué su padre lleva una bolsa tan grande a la estación de policía.
Pero cuando alcanza a ver, accidentalmente, un par de camisas dentro de ella, se da cuenta que ya es tarde. Ya sabe bien qué hará con ellas y hacia dónde las llevará. Un extraño y amargo sentimiento de ira invade la boca de su estómago haciendo que frunza el ceño ligeramente para luego darse la vuelta y hacer de cuenta que nada ha sucedido porque, si no lo ha visto, no tiene motivos de chistar.
Para cuando se despide de su familia, ha olvidado por completo el contenido de esa bolsa. Nada le produce mayor satisfacción que andar en su bicicleta en un día soleado.
La secundaria no es un problema más en la vida de Bella, porque esta palabra implica cierto tipo de apego, de reconocer que algo le está produciendo un efecto a su estado de ánimo. Ese no es el caso de Bella quien, en su último año, siente que la escuela más que nada es una carga.
No forma parte del equipo de porristas pero tampoco forma parte de la banda musical de la escuela. No sufre de bullying, porque nadie en Double Springs se toma la molestia de hacerle saber a alguien que no es bienvenido porque todos, en su medida, lo son. Es una escuela pequeña. Todos crecieron juntos, todos trabajarán juntos y la mejor arma para fastidiar a alguien es la indiferencia. Es una de las pocas cosas que Bella disfruta de su escuela, además de los postres de albaricoque que ofrecen en la cafetería.
La escuela ha cumplido su aniversario número cincuenta y tres desde su fundación la semana pasada y los aires festivos pueden palparse incluso en estos días. No es que Bella no celebra tal acontecimiento —honestamente, no le encuentra sentido a la emoción que sienten sus compañeros como si fuese una fiesta patria— sino que siente que ha dejado la secundaria hace tres años y que su verdadero lugar se encuentra en otro lugar; la universidad, probablemente.
Llega a su clase de Cálculos Matemáticos pocos segundos más tarde. No se toma la molestia de apresurar el paso debido a que la maestra Jefferson es especialmente distraída para esas cosas. Se sienta en su lugar y saca sus cuadernos en silencio. Permanece de esa forma el resto de la clase, sin hablar con nadie.
Muchos en la escuela creen que Bella es una chica muy bonita. Su cabello es hermoso. Jamás se lo ha cortado y ahora le llega hasta un poco más arriba de la cintura. Tiene una nariz respingada para envidia de muchas de sus compañeras. Sus ojos son claros y profundos, no muy comunes en el pueblo. Ella se considera flacucha, pues no tiene curvas. Pero sigue siendo atractiva. Y sin embargo, nadie habla con ella por ser muy silenciosa. No lo es, simplemente no tiene tema de conversación en común con el resto de sus compañ no se siente especialmente una persona callada. Los muchachos quieren invitarla a salir, pero creen que ella terminará por rechazarlos (cosa muy probable). Algunas chicas sienten profunda envidia por esto y deciden ignorarla. Otras, simplemente, creen que es una buena persona. Lo es, y por eso desean su amistad, pero al igual que los muchachos, creen que serán ignoradas.
Pasa la mayor parte del tiempo pensando en sus problemas y en su extraña obsesión como para darse cuenta de que existe gente que quiere acercarse a ella. No le molesta, pero tampoco le interesa, como muchos aspectos en su vida.
Sin embargo, cuenta con un par de amigos con los cuales platica en la hora del almuerzo.
—¿Saben qué es lo mejor de las vacaciones? —pregunta Bree al resto con una enorme sonrisa dibujada en sus pequeños labios, anticipando las vacaciones de verano que llegarán en solamente tres días.
—¿No más clases de química por un tiempo? —responde Victoria, recordando la excelente calificación que logró en su último examen de química después de haber estudiado durante semanas.
—No. —Bree frunce el ceño. A ella le encanta la química—. Trasnochar en las madrugadas. Levantarse tarde.
Le caen bien sus amigas porque, al igual que ella, sus familias pasan por una crisis económica similar por lo que todos se ven obligados a aportar dinero a la casa. No tienen tiempo para pensar en vacaciones en la playa o viajes de excursión como otros hacen. Excepto Bree, porque ella cuenta con tres hermanos mayores que trabajan. Pero son personas buenas e independientes; no necesitan decirse "te quiero, amigo" todos los días para llevarse bien. Cada quien maneja sus asuntos personales en el espacio de su intimidad, sin ocasionar molestias al otro.
Bree es amorosa. Victoria es algo reservada. Ambas en la medida justa y agradable. Pero Bella siente mayor empatía por Jacob. No por las razones más obvias, sino porque es el único chico que ha hablado con Bella por más de cinco años y no le ha invitado a salir formalmente. La trata como si fuese una hermana más, y eso le agrada.
Lo cierto es que Jacob no es ningún muchacho tonto. Quiere invitar a salir a Bella pero sus intenciones resultan ser tan perversas que prefiere aguantar sus ganas antes de perder la agradable amistad que han conseguido formar. Y no es de sorprender, teniendo en cuenta la diminuta ropa que Bella usa normalmente.
Él, como siempre, la acompaña hasta la salida de la escuela.
—Anoche soñé contigo —confiesa el muchacho de tez morena. Y no está mintiendo.
Bella no sabe muy bien cómo contestar aquello. Decide reírse, que es más fácil.
—¿Debería preocuparme? —aclara indirectamente que las intenciones del muchacho no serán correspondidas. Admite sentirse atraída físicamente por el cuerpo ahora desarrollado de Jacob, pero sabe que sería cosa de una sola noche porque, por más que lo intente (y ya lo ha hecho) no puede verlo de otra forma más que como un amigo.
—Le tirabas leche malteada a Lucy. A propósito. Todos te ovacionaban —cuenta Jacob conteniendo una buena risotada.
Bella no. Se echa a reír con ganas pensando que, muy en el fondo, desea hacerlo.
Lucy Barthon es la única chica en la escuela que Bella detesta. Es un triste intento de una típica chica popular norteamericana. No le cae bien al resto de la escuela por esta misma razón, por intentar sentirse superior al resto. Ni siquiera tiene cabello rubio ni ojos azules como para considerarse una belleza escolar; es una muchacha con cabello castaño y ojos oscuros pero con una bonita sonrisa. Sigue siendo menos exótica que Bella a los ojos de Jacob, pero de que él ha logrado entrar a su cama, lo ha logrado. Y de una manera muy fácil, para su gusto. Si nadie en la escuela cree que Bella Swan está saliendo con Jacob Black es porque éste último ha salido con más chicas de las que Bella puede recordar.
Se despide de su amigo y monta la bicicleta para ir a Big Terrace, que está a pocas calles de su escuela.
Una vez que ha llegado, deja la bicicleta en la entrada. No necesita encadenarla ya que, como todos saben, los robos en Double Springs son verdaderamente escasos.
Entra y se encuentra con Jonathan Woodgate.
—Buenas tardes, señor Woodgate —saluda Bella como si se tratara de un tío al que siempre frecuenta.
—Hola, Bells—responde él mientras revisa algo en la caja registradora. Es la única persona adulta, no miembro de su familia, que la llama de esa forma—. ¿Qué tal las clases?
—Ansiosa por las vacaciones —responde ella con otro tema.
El hombre se ríe mientras ella deja su mochila en un cuarto privado donde seguidamente debe colocarse un delantal de cocina rojo encima con el logo "BIG TERRACE" grabado en letras doradas.
—¿Y la señora Woodgate?—Bella pregunta por la esposa del hombre.
—Ha ido por unas delegaciones. Vendrá en veinte minutos —informa él a modo de casualidad.
Bella asiente y no pregunta por el paradero de Jessica. Ella siempre llega tarde.
Como una forma de aportar dinero a la casa e indirectamente conseguir un par de billetes, Bella trabaja en una pequeña tienda tres horas los días de semana yocho los fines de semana. No es la gran cosa, pero es el único empleo que está dispuesta a aceptar.
Se ubica en una de las dos cajas registradoras con la que cuenta la tienda y espera pacientemente a los clientes. Clientes que quizás no aparezcan.
El señor Woodgate mira con nostalgia lo que hay más allá de la puerta de vidrio de la tienda. Personas que van y vienen. Ninguna de ellas entra a la tienda.
—¿Tiempos difíciles, eh? —se pregunta para sí mismo y Bella no sabe si responder o quedarse en silencio.
La tienda no tiene muchos clientes desde que surgió el rumor sobre las cucarachas. Una pequeña niña juró ver una de ellas entre las latas de condimentos y desde entonces, pocos se han asomado hasta allí.
Pero todavía frecuentan algunas personas. Aquellos que no creen en los rumores de una tienda con tantos años de vigencia y calidad o los que ni siquiera tuvieron tiempo de enterarse de tal incidente.
A Bella no le importa si hay cucarachas o no. Las ha visto hasta en su dormitorio. Pero espera que eso no sea un inconveniente para sus ingresos.
Jessica llega cinco minutos más tarde. Es una muchacha común y corriente pero se le puede encontrar cierto atractivo si se mira directamente hacia sus enormes senos. Naturales, por supuesto. Ella y Bella se llevan bien a pesar de que ésta sea dos años más grande que Bella. Es un poco despabilada e ingenua. Vive en su propio mundo pero Bella sabe respetar eso.
—Acabo de encontrarme con Jimmy—explica el motivo de su tardanza—. No contestaba los mensajes. Parece que ha perdido su teléfono. ¿Sabes algo de eso?
—No —contesta Bella desviando su atención hacia un cliente que ha llegado.
Todos los días, Jessica Stanley habla acerca de James Callaghan, uno de los muchachos más apuestos de la ciudad con solamente dieciocho años. No salen juntos, pero algo pasa entre ellos. Bella no está segura de eso ni quiere estarlo. La mención de ese nombre la pone incómoda y la felicidad de Jessica la hace sentir ligeramente culpable.
Hoy no es un día especialmente productivo. Lleva un par de meses trabajando en la tienda y ya reconoce varias caras familiares. Una de ellas es la anciana Landerson. Ella puede ser amable o puede ser detestable. Depende mucho del clima. Hoy es un día soleado, así que debe estar de malhumor.
—¿Cómo te encuentras, Isabella? —la anciana pregunta ala muchacha cuando llega hasta la caja registradora.
—Bien, ¿y usted? —Bella responde automáticamente mientras guarda los artículos que la anciana ha comprado en una bolsa de papel madera. Mucha comida para gato.
—Esperando por un buen diluvio —murmura la anciana mirando hacia afuera del local. Debe ser la única anciana que prefiere los días helados a los cálidos.
Bella sonríe falsamente. La lluvia le deprime.
Le cobra a la anciana rápidamente. Son solamente diecisiete dólares. Ella le entrega un billete de cien dólares. Bella no sabe cómo reaccionar; inevitablemente luce una expresión abatida porque esto siempre sucede.
—¿No tiene cambio más pequeño?—pregunta Bella, sin querer ofenderla.
La anciana comienza a replicar el motivo por el que no cuenta con cambio más chico. Esto la lleva a una anécdota que implica a su nieto y cómo su padre, es decir, su hijo, ha decidido prestarle dinero a su madre para… y Bella se pierde en el relato y decide ignorarla, buscando al señor Woodgate para conseguir cambio.
—Iré a ver si tienen cambio en la panadería de Walter —suspira el señor Woodgate una vez que la anciana se marcha y ellos se quedan con un billete de cien. El negocio debería tener cambio para billetes grandes, pero debido a las cucarachas, no muchos vendrán en unos cuántos días.
—Únicamente es un período, señor Woodgate —Bella murmura en voz baja, sabiendo que el pobre hombre se lamenta por la situación en general—. Los clientes volverán.
El señor Woodgate siente profundo afecto por la muchacha como si fuese su propia hija. Ha ayudado a llevar el negocio adelante en pocos meses.
—Eres una chica muy lista, Bells. La más sensata en tu familia, apostaría yo —la elogia porque siente que es correcto que ella reciba palabras de aliento.
Sin embargo, Bella no se siente muy cómoda con esos cumplidos. Es la menor de su familia. Debería ser la más inmadura, no un "ejemplo a seguir" para el resto de su familia.
Ellos se distraen de su pequeña conversación cuando escuchan a Jessica levantarle la voz a un cliente.
—Por favor, solamente es un dólar. Olvidé traer monedas. Te pagaré luego —un muchacho barbudo al que Bella identifica como Aaron Walles, bibliotecario de veintinueve años, hace un ligero puchero.
—No voy a regatear contigo, amigo—Jessica deja en claro con estoicismo—. Son trece dólares. Ni más ni menos. Así que, vas a pagar esa maldita gaseosa o mueves tu trasero ahora mismo.
Aaron deja la botella de gaseosa y emite un suave gruñido antes de darse la vuelta y marcharse despectivamente.
—¡Y la próxima trae dinero justo! —Jessica exclama en su dirección.
—Jessica, sabes que no debes gritarle a los clientes. —El señor Woodgate se acerca a ella para calmarla.
—Quería llevarse la gaseosa a menos del precio fijo —Jessica se excusa, creyendo que ha hecho lo correcto.
—Un dólar es un dólar. No hace la diferencia —explica con paciencia. Lo último que necesitan es perder una venta por un insignificante dólar. El señor Woodgate trata de recordar constantemente que ella es su sobrina y que no desea despedirla.
Jessica puede ser temperamental, Bella lo sabe muy bien. Jessica pierde el juicio cuando James no responde sus mensajes, Bella lo sabe aún mejor.
Al rato, ella se pone a barrer un poco el local cuando encuentra un par de niños fisgoneando en la sección de revistas pornográficas.
—¿Qué hacen aquí? ¡Fuera! —levanta la voz a propósito y alza la escoba para espantarlos; los muchachos sueltan la revista que observaban y corren despavoridos hacia la salida de la tienda.
Bella bufa y toma la revista que ha caído al suelo. Y pensar que ésta había sido una de las ideas que ella había propuesto con tal de llamar la atención de los clientes. Misión cumplida.
Vuelve a dejar la revista en su lugar y siente que alguien la está mirando fijamente. Mira hacia aquella dirección y encuentra a un muchacho desgarbado en aquél pasillo. Miraba las revistas y ella le llamó la atención. Bella ubica su rostro. Le ha visto antes en la cafetería de la escuela. Sus ojos están mirando sus piernas debajo de sus pequeños shorts y eso la hace sentir imposiblemente incómoda. Gruñe y se da la vuelta. Quizás las ventas hayan subido, pero el tener ese tipo de clientes no era de completo agrado para ella.
Cuando vuelve a la caja registradora agradece que el muchacho haya decidido marcharse en seguida, quizás decepcionado por la mirada frívola que Bella le había regalado.
Su atención va directo hacia el señor Masen que acaba de ingresar a la tienda en compañía de sus dos hijos.
—Hola —saluda él asintiendo una sola vez hacia el señor Woodgate y se introduce hacia los pasillos para realizar una que otra compra.
A Bella le llama la atención que el señor Masen haya venido solo. Por lo general, su esposa es quien hace las compras diarias. Él muy pocas veces la acompaña, y debían ser casi nulas las veces en las que él venía solo.
No tarda mucho en acercarse hasta la caja registradora de Bella, porque Jessica sigue hablando con el señor Woodgate.
—Hola, Bella —la saluda con una buena sonrisa. La reconoce inmediatamente porque ella se ha encargado de hacer muchos envíos a domicilio a su casa.
Hay algo en la sonrisa de Edward Masen que a Bella le gusta. Es la sonrisa de una buena persona; es fiel y honesto. La típica expresión de un hombre que sedespierta todas las mañanas enamorado de la misma mujer. Ella siente admiración por él. Muy en el fondo, desea tener la misma suerte de Heidi Alison Annick y conseguir casarse con un hombre como él.
—Hola, señor Masen —responde Bella automáticamente observando a los dos pequeños que cargan un montón de golosinas.
—Tenían mucha hambre, ¿no? —Edward se ríe en silencio con sorpresa al ver varias gomitas y chocolates.
Bella no hace más que sonreír ante la inocencia de los pequeños.
—Espérenme en el auto, ¿sí? —dice él mientras ellos se llevan las golosinas entre las manos.
Cada vez que Bella observa al señor Masen no puede creer que sea el padre de un niño de trece años y una niña de cinco. ¿Cuántos años tenía él? ¿Veintinueve? ¿Treinta? Es tan joven que, literalmente, es increíble de pensar. No conoce mucho la historia de los Masen, pero es obvio que se casaron a temprana edad, completamente enamorados y no desperdiciaron un minuto más para concebir a su primer hijo.
Esto le produce mucha ternura. Es un buen padre y buen esposo y todos en el pueblo lo saben. Luce como un hombre que ha alcanzado la felicidad en cosas tan simples y pequeñas. Bella aspira conseguirla. Claro, en otra ciudad…
Antes de pagar las golosinas, él deposita goma de mascar sabor menta y una botella de agua carbonatada.
Edward espera que la compra sea rápida. Está pensando si la familia debería ir a cenar a la casa de sus padres o postergarlo para el fin de semana. Quizás, la segunda opción es la mejor —piensa él— pues los niños deben ir a la escuela a la mañana siguiente, y…
—¿Puedo preguntarle algo? —Bella suena distraída mientras empaca la goma de mascar y la botella en una bolsa de papel madera.
—Sí —responde él. Toda su atención se posa en la muchacha porque no es común que deseé preguntarle algo.
—¿Cómo es que ha venido solo sin su esposa? —Bella pregunta aquello con una buena sonrisa amistosa. No quiere sonar maleducada ni entrometida, pero le ha parecido curioso encontrarlo solo haciendo las compras.
Por alguna razón, Edward baja la guardia y sonríe. Por un momento, llegó a creer que le preguntaría algo extraño.
—Acabo de buscar a los niños de la escuela —encoge sus hombros—. Micah ha sacado un A+ el día de hoy.
—Oh, vaya, felicidades —sonríe Bella —. Ojalá mi padre me diese regalos como éste cada vez que yo sacara una buena nota.
Por un instante, Edward olvida por completo que está hablando con una muchacha que todavía va a la secundaria. Siempre se olvida. Y está a punto de decírselo en forma de broma, pero decide guardárselo.
Es que, si la mira físicamente, ella no luce como una estudiante de secundaria. Luce un poco mayorcita.
—Seguramente se siente orgulloso. —Edward comenta creyendo que esto es seguro.
Bella no quiere entrar en detalles. Hablar de su padre implica sentarse y preparar café para un largo rato. Decide fruncir los labios y encogerse los hombros.
—Todo padre siempre se siente orgulloso de sus hijos —él intenta animarla. No tiene idea de la relación entre ellos, pero esto es un hecho factible, pues él se siente inmensamente orgulloso de los suyos y apenas llevaban pocos logros.
—Usted debería —Bella cambia de tema. Se sintió incómoda al mencionar a su padre en la conversación—, sus hijos son adorables.
El niño, de cabello color cobrizo como el de su padre y la niña, rubia como su madre, parecen hijos de celebridades. Definitivamente, llaman la atención en el pueblo.
—Bueno, su esposa también es hermosa—agrega Bella mientras le entrega la bolsa y éste saca su billetera para pagarle—.Tiene que cuidarla. No hay muchas mujeres así en el pueblo…
Y no las hay. A veces, Bella piensa que el físico no importa demasiado. Otras veces, piensa que en realidad lo es todo, y que una mocosa como ella jamás podrá conseguir un muchacho fiel y maduro que entienda las dimensiones de los problemas por los que atraviesa.
Se queda pensando detenidamente en eso mientras guarda el dinero recibido por él.
Y entonces, le oye hablar de nuevo.
—Tu cabello es muy bonito—dice él, señalándolo. Luce suave y bien cuidado. Jamás había visto una chica con el cabello tan largo.
Bella se sorprende al oír esto. Solamente entonces recuerda que se lo ha cepillado correctamente el día de hoy. No suele hacerlo muy seguido.
Parpadea nuevamente hacia su dirección y para cuando se da cuenta que debe agradecer el cumplido, el señor Masen ya se ha marchado con las bolsas hacia su camioneta estacionada en frente.
Ella no sabe por qué, ni cómo, pero le ha gustado ese cumplido. Le ha gustado recibirlo. Le ha gustado que sea de parte del señor Masen, un hombre bastante atractivo. Se da cuenta que nunca antes le había visto de esa forma, como un hombre que se interesa por una mujer. Siempre le ha visto como un padre devoto y responsable. No sabe qué opinar al respecto, pero no tiene mucho tiempo para hacerlo ya que el señor Woodgate le pide ayuda con unas cajas.
Mientras tanto, Edward Masen sale de la tienda y entra al auto, observando a sus hijos en el asiento trasero.
Mira el volante y se da cuenta que dijo aquél cumplido en voz alta y que sonó un poco extraño.
Sin embargo, no se arrepiente. Le ha gustado mucho el cabello de Bella Swan.
Hola!
He cambiado ligeramente el título por diversas razones, gracias a las que notaron el error! Pero en esencia, sigue siendo el mismo :)
Quisiera aclarar que esta historia contiene romance, aunque el tema principal es la enfermedad que Bella padece y cómo la llevará a cabo. Leí que muchas personas no estaban al tanto del efecto que en realidad causa esto en la vida del enfermo... espero que sea bueno para informar un poco!
No tengo mucho más que agregar, simplemente gracias a cada una por su reviews, espero que esto resulte bueno...
Nos vemos el lunes :)
Mia.
