Capítulo 1: Testigos y cómplices.
El verano estaba presente, y no era, únicamente, el intenso calor que inundaba el ambiente lo que le hacía evidente la presencia de la estación, para él significaba volver a ese maldito lugar, con ese grupo de niños a los que apenas conocía y que en realidad no sentía la necesidad de conocer. Nuevamente debía volver a ese horrible campamento de verano. No tenía otra opción.
Esa mañana se hizo, lo más que pudo, del ánimo para poder enfrentar tal fastidio nuevamente, debía soportarlo, no por él, no por la absurda esperanza de hacer amigos, no por dar una buena impresión; sino por su madre y sus hermanos. Lo último que quería era ser una carga para su madre, y si en algo le ayudaba asistiendo a ese infierno de dos semanas, entonces lo haría.
Cada año en esa fecha, se desarrollaban programas de excursiones, viajes y campamentos para niños. En estos programas existían cupos especiales para niños integrantes de familias en riesgo social, con problemas de ingresos, o hablando más social y fríamente, para "niños pobres". En aquel entonces, el muchacho tenía unos ocho años de edad (la primera vez que asistió tenía seis), y ya a esa corta edad estaba preocupado de todo lo que provocaba, su madre, aún cuando trabajaba, tenía problemas con los gastos de ambos, y a eso debía sumarle todos los gastos que generaba su pequeño hermanito. Los gastos que genera un bebé son realmente impresionantes. Su madre siempre intentaba no cargar aquellas preocupaciones a su pequeño, pero evidentemente era inevitable.
Hayato era en extremo cuidadoso con lo que hacía, decía, o incluso, lo que pensaba; había madurado demasiado rápido, y su madre se había percatado de eso. De vez en cuando, lo llevaba de compras para que eligiera algún juguete a gusto, pero siempre se reusaba, y concluía en que podían usar ese dinero en algo más esencial. A pesar de estar consciente de su situación, y los intentos de su madre por "permitirle" ser egoísta, su propia existencia le parecía un hecho en extremo egoísta. Muchas veces se ponía a pensar en cómo sería la vida de su madre si él no existiese, y llegaba a pensar que seguramente podría tener muchas más comodidades. Aunque ella nunca le dio motivos para pensar aquellas cosas, él había creado su propia perspectiva de la situación. Una bastante triste.
Cuando se despidió de ella, más tarde aquel día de sus ocho años, le sonrió con tal naturalidad que logró tranquilizarla por completo, eso lo contentó. Su actuación había sido perfecta, debía aplaudirse.
Durante todo el viaje, sentado al final del autobús, se la pasó mirando por la ventana. Incluso el cambiante paisaje le era insípido, él no quería estar ahí, pero su prioridad estaba decidida y no daría marcha atrás. Suspiró resignado.
Cuando por fin llegaron a las instalaciones designadas, los guías llevaron a los niños a sus respectivas cabañas, las que debían compartir por esas dos semanas con otros 3, lo terrible era que los integrantes podían variar, o no. Para el caso de Hayato, cualquiera de esas opciones era igual de apocalíptica. Aún cuando siempre aparentaba ser un chico simpático, sin buscar resaltar o llamar la atención, prefería pasarlo en soledad. No confiaba en nadie, y realmente odiaba ser hipócrita.
Aunque su teatrito no funcionaba con todos. En años anteriores había tenido encuentros, por demás desagradables, y al parecer este año las cosas serían aún más problemáticas. Parecía que algunos rumores se habían esparcido entre los presentes, sin embargo, si ese era el caso, no pretendería acabar con ellos, desde un punto de vista más frío y calculador, incluso podría ser su vía de escape, no tendría que hacerse el tonto con todo aquel que intentara hablarle. En cierta, forma le habían hecho un favor.
El resto de ese primer día transcurrió de lo más normal, a pesar de que nadie se le acercó, como en oportunidades anteriores, no se molestó en lo absoluto, era un pequeño alivio el no tener que tratar con los otros. Aún así, pudo notar las constantes miradas que recaían sobre él, eso sí podría ser un problema.
La campana sonó de manera particularmente estruendosa. Apretó los ojos con fuerza sin lograr mantener la concentración. Sus odios se llenaron de ruidos diversos; el viento colándose por la ventana, las mesas y sillas chillando al ser arrastradas, los incontables pasos de los estudiantes, sus odiosas voces entremezclándose caóticamente, la voz de aquella muchacha intentando llamar su atención.
— Hayato… ‒ escuchó en un tono confuso. — Hayato. ‒ escuchó nuevamente. Y así repetidas veces. La voz se hacía más y más clara. — ¡Hayato! ‒ cayó finalmente.
— ¡Ah! ‒ pegó un salto en la silla, despertando de golpe. Alzó la vista hacía el pizarrón al frente del salón. ¿Había estado soñando? No. Aquello no había sido un sueño, sino un recuerdo.
— Oye… ¿Ya volviste a la tierra? ‒ inquirió nuevamente.
— Sakura… ‒ la miró aún mareado. — ¿Qué hora es?
La chica lo miró confundida. ¿Le preguntaba por la hora cronológica, o por el periodo de clases? Suspiró con pesadez, no quería divagar en eso, de modo que señaló el reloj que se encontraba a la derecha del pizarrón (a la izquierda desde su punto de vista).
— Ah… ‒ respondió indiferente.
— Nada de "Ah". ¡Sé más responsable, maldición! ‒ refunfuñó cruzándose de brazos.
— Te estás arrugando de nuevo. ‒ rió.
— ¡Cállate! ‒ alegó mostrando un puchero. Luego notó como la mirada del muchacho se fijaba en el asiento anterior al suyo. — Ibuki se fue a encestar un rato. ‒ advirtió.
— Yo no te he preguntado por él.
— Pero lo pensaste. Y no puedes negarlo. ‒ la peli-rosa se adelantó, colocando el dedo índice de su mano derecha sobre la nariz de su compañero.
— Como digas. ‒ respondió restándole importancia al asunto, apartando sutilmente la mano de la chica. Se levantó de su sitio, tomó su bolso para guardar los libros que aún estaban en el pupitre, y como si fuese algo automático, recordó las escenas que había rememorado en el sueño. Suspiró cerrando los ojos y decidió que sería mejor olvidarse de ello, o al menos por el momento. Sakura era demasiado metiche.
— Por cierto ‒ dijo buscando algo en su maletín. — Ibuki me dijo que te diera esto cuando despertaras. ‒ extendiéndole un pequeño saquito de tela color arena, atado con un cordón azul.
— ¿Y no podía dármelo él? ‒ dijo a modo de queja fingida. Recibió el saquito de la chica, quien inmediatamente se dio la vuelta. — ¿Ya te vas? ‒ cuestionó.
— Sí. Sólo esperaba a que despertaras. ‒ colocando su mochila correctamente en su espalda. — Shin me está esperando. ‒ agregó.
— Ohh~ ‒ un gesto pícaro se hizo presente en su rostro. — Entonces vas enserio con Tetsukado. ‒ canturreó.
— No soy como dicen los rumores. ‒ intervino ofendida. Ciertamente, Sakura tenía una falsa fama de ser una chica fácil, la realidad era muy contraria, pues, la muchacha era sumamente detallista y selectiva. Era claro que aquellos rumores habían surgido por despecho. — Es un buen chico. Deberías aprender un poco de él.
— No eres de mi gusto. No sé qué podría aprender de él. ‒ renegó con ligereza.
— Que odioso eres. ‒ rió de buena gana. Estaba tan acostumbrada a los comentarios del muchacho que podía leer sus verdaderas intenciones sin problema alguno. Ambos se entendían fácilmente.
— Bien, me voy. Hasta mañana. ‒ dicho y hecho, la chica se despidió haciendo un gesto con la mano y salió del salón.
Observó el diminuto costal que sostenía en la mano, haciendo presión con los dedos en un intento de descubrir qué contenía. Él no era realmente una persona curiosa naturaleza, incluso llegó a plantearse que "mientras menos información extra manejase, menos complicaciones tendría" Lo de recién había sido un mal habito que estaba comenzando a adoptar hace un tiempo reciente.
Tras unos cuantos segundos de meditarlo, decidió abrirlo. Lo alzó desde la parte cerrada e hizo deslizarse hacia afuera los objetos que contenía, dejando a la vista un par de anillos de madera tallados muy toscamente.
Sonrió nostálgico, al ver las argollas.
— Si será idiota.
Guardo las piezas en el bolsillo de su camisa, así evitaría que se perdieran. Tomó sus cosas y abandonó el salón poco después. Los pasillos vacios de la escuela eran como un paraíso para él, sin esos mortificantes barullos venenosos que se esparcían a diario.
— ¿Te vas tan tarde? ‒ le llamó una voz adulta que conocía a la perfección. — Las clases terminaron hace un buen rato. ¿Otra vez durmiendo en historia?
A veces, llegaba a olvidar lo bien que ese hombre le conocía, incluso, podía decir que sabía mucho más que él de sí mismo.
— Es demasiado aburrido, y más cuando te lo enseña una momia en persona. ‒ le devolvió la broma sin cortarse en lo absoluto.
— Una momia. ‒ rió divertido por la osadía del muchacho. — Decirte que no debes llamarlo así porque es tu profesor no servirá de nada ¿verdad? ‒ le revolvió los cabellos fraternalmente.
El chico sonrió ampliamente en señal de darle la razón.
— ¿No está Ibuki contigo? Eso es raro.
— Está con su adorado balón de basket.
— Suena como si estuvieras celoso. ‒ mirándolo con picardía.
— ¿Celoso? ‒ repitió con falsa inocencia. — De ninguna manera, las cosas son y serán como siempre lo han sido. ‒ dijo con cierto deje de melancolía.
— ¿No piensas aceptar sus sentimientos?
Un escalofrío le recorrió la espalda y una extraña amargura se albergó en su boca. No solía sacar el tema, pero tampoco era algo que pudiese evitar en su totalidad.
— Yo… Ya hemos hablado de eso. No hay más vueltas que darle. ‒ declaró desviando la mirada.
— Hayato. ‒ le llamó amable. — No tengo derecho a meterme en tus decisiones, pero tampoco me gustaría que…
— Ya lo sé. ‒ interrumpió al de cabellos azulados esbozando una sonrisa triste. — Está bien así, es lo mejor.
— ¿Lo mejor para quién? ‒ insistió. Lo conocía demasiado bien como para notar cuánto le afectaba realmente, incluso si trataba de ocultarlo. — Sólo no te hagas más daño, ¿sí? ‒ suspiró. Al ver el gesto dolido del muchacho prefirió amenizar la plática. Realmente odiaría verlo sufrir, a ese chico que desde muy pequeño sólo parecía querer autodestruirse. Quería ayudarlo, salvarlo de alguna forma, pero ese no era su papel, eso lo había entendido hace mucho.
— Más daño. – musitó repitiendo aquellas palabras, eso era imposible. No puedes cambiar lo que has sido toda una vida, y mucho menos si es por gente que no lo vale. — No prometo nada.
El mayor suspiró cansado. No existía fuerza humana que fuese capaz de hacerlo cambiar de opinión, y por la misma razón seguía cada paso que el muchacho daba. En ese proceso de crecer evitando crear problemas a su madre, nadie tuvo la gentileza de mostrarse como responsable de sus actos, excepto él. A pesar que su tiempo como docente sólo se limitaba a remplazos del Profesor de Biología, su función como Doctor de escuela le permitía ver mucho más allá. Ichirouta Kazemaru, con apenas veintisiete años, era uno de los pilares fundamentales del recinto educacional, por su vocación y amplio abanico de valores, en muchas ocasiones los alumnos recurrían a él antes que al Psicólogo escolar, cuya oficina parecía olvidada. Era feliz con su trabajo, no por el lado de la remuneración -sin desmerecer lo que eso significaba- sino, porque se sentía pleno prestando ayuda a los jóvenes, escuchar sus problemas y tratar de aconsejarlos de la mejor forma, ver como poco a poco esos problemas se resolvían, le llenaban por completo. Por su pequeña sala con tres camillas había pasado cientos y cientos de estudiantes, algunos por problemas físicos, otros por problemas emocionales, otros por la simple y regalada gana de perder clases, en fin, había visto y escuchado de todo dentro de esas cuatro paredes.
— Hayato… – reprochó. Volvió a suspirar, no había sido capaz de persuadirlo antes, mucho menos tendría oportunidad ahora.
— Lo intentaré. No te enojes, "mamá". – bromeó, acudiendo a la confianza que informalmente se tenían. Cuatro años no pasan en vano.
— Oh, por favor, no. Sabes que las cosas serían muy distintas, si yo fuera tu madre.
— Eso sería tan aterrador. – mencionó con burla. — Una madre de espalda ancha y trasero plano no es nada atractiva. – agregó pasando por el lado del mayor.
— ¡Hey! ¡Aun estamos en la escuela, para que te ubiques un poco! – reclamó con fingido enojo. En tanto el muchacho sonrió avanzando de espaldas por el pasillo.
— ¡Si no me lo dice, jamás lo habría notado! – ironizó divertido. — ¡Hasta mañana!
Cuando el menor desapareció de su vista suspiró pesadamente, cerrando la puerta del salón con el cuidado de no generar exceso de ruido, luego de tantos años ya iba siendo hora de invertir en algunos arreglos para el inmueble.
