Un rayo de sol primaveral atravesó el cristal de la ventana y penetró de lleno en la pequeña estancia, iluminando parte de las estanterías repletas de gruesos volúmenes y de carpetas llenas de archivos. Alumbró el abarrotado escritorio del centro de la sala, rebosante de pergaminos, plumas, botes de tinta y barras de cera para hacer sellos. Una dorada bandeja descansaba en una esquina, y sobre ella un plato de comida fría, una copa y una botella de buen vino sin descorchar. La luz dio de lleno en la cara de un hombre que, con el rostro hundido entre sus brazos cruzados, dormía.
El hombre parpadeó un par de veces al sentir la luz. Se incorporó, bostezando y paladeando con la lengua seca. Estiró pesadamente los brazos. Al ver la bandeja, soltó una maldición, notando el rugido de las tripas vacías. Más tarde ordenaría que la comida fría se la sirvieran a los perros, aunque le incomodara tal desperdicio de carne.
Echó un vistazo a una pequeña pintura de madera que un embajador le regalara meses ha, que desde entonces descansaba siempre junto a él. Estaba hecho a la usanza del arte de ultramar, tan al este que, siempre que él pensaba en aquella vasta tierra, imaginaba el fin del mundo. Estaba hecha en madera y, pintada sobre ella, la pequeña imagen de un rey en su trono. Él nunca le dio demasiada importancia la figura, ya que cuando lo veía rememoraba las palabras que, en broma, había mascullado su mujer: que parecía un enfermo de peste, consumido por su propio mal, con los ojos tan grandes, penetrantes y profundos que le había otorgado el pintor.
No, a él no le importaba lo más mínimo su retrato, sino las figuras que aparecían junto al trono del rey. Una mujer, bella y de sereno rostro, que sostenía en sus brazos a un niño pequeño envuelto en un manto púrpura, el color de los emperadores. Los ojos de la mujer, según con el ánimo en que contemplara la imagen, observaban al pequeño, al soberano, o a los dos a la vez.
Acercó la mano a la pintura, posando suavemente el índice sobre la mujer. Recorrió su cara, su pecho y su cintura. Luego pareció acariciar la cabecita del niño.
-Te echo de menos –murmuró.
¿Cuánto tiempo llevaba ella fuera? No lo sabía, no lo recordaba; él simplemente se limitaba a observar los días, pasando uno tras otro, refugiado en su despacho, encontrando (o creyendo encontrar) consuelo en el trabajo, que paradójicamente había pasado súbitamente de ser una pesada carga a convertirse en su vía de escape.
Recordaba lejanos aquellos días en los que la felicidad penetró por última vez en los recios y viejos muros de la fortaleza. Días de risas y jolgorio, donde él se había sentido el hombre más feliz sobre la faz del vasto mundo. Ahora, todo le parecía tan vago, tan distante…como un sueño.
Si al menos no hubiera hecho aquella maldita promesa, si no hubiese permitido que el origen de tamaña dicha les hubiese sido arrebatado, el fantasma, el último resquicio del espíritu de aquellos días, todavía estaría presente. La alegría sería una mentira, mas qué mentira, si lograba mantener libre de toda preocupación a un ser completamente inocente. Ella sería feliz, creciendo en su ambiente, con los suyos. Todavía, y aún con la pesada carga de arrastrar día a día el embuste, podría arrancarle una sonrisa de los labios, al igual que siempre lograba su madre.
Alargó la mano, descorchó la botella y se llenó la copa prácticamente hasta el borde. La apuró de un trago.
No, por el Creador; no podía permitirse pensar aquello. Aquellos días estaban lejos; la decisión, tomada. Por mucho que le doliera, permanecía la máxima de que un rey ha de mantenerse firme ante una promesa. Sin embargo, la dichosa promesa estaba acabando con su matrimonio. La mujer del retrato parecía observar al rey.
-Te echo de menos –repitió, sosteniendo la copa por los bordes, haciéndola girar lentamente, como un péndulo-. Por favor, vuelve.
"No puedo seguir aquí. Necesito salir, viajar, que me dé el aire. Necesito volver a Lisieux", fue la muda respuesta, surgida a partir de un recuerdo. Él rememoró la figura solitaria y melancólica pegada a una rica cuna labrada, con un dosel de seda azul. Recordó los sollozos en la oscuridad de la noche, las miradas vacías de vida y ánimo.
"Será por poco tiempo", declaró el mismo día de su partida, observando el equipaje hecho a toda prisa. Acto seguido había posado las esmeraldas de su rostro en él, que permanecía ceñudo. Había hablado, no sólo hacia él, sino que también trataba de convencerse a ella misma. En un alarde de condescendencia había tratado de convencerse de que, al fin y al cabo, su reacción era lógica. ¿Qué bien la había supuesto convertirse en su esposa, en dejar su hogar por una nación completamente distinta a la suya? Necesitaba volver a terreno conocido, con aquellos que realmente sabrían como confortarla.
Volvió a posar la vista en la figura del bebé. ¿Cómo estaría ella? ¿Crecía bien? ¿Estaba sana? Estas y mil y un interrogantes más le carcomían día tras día el cerebro, golpeándole como si de martillazos se tratasen.
Ansiaba volver a verlas, a las dos. Quería formar una familia de nuevo. Anhelaba ver crecer a su hija y volver a ver la felicidad irradiando el rostro de su esposa.
Suspiró, pensando qué hora sería. Trató inútilmente de poner orden al escritorio y, mientras echaba rápidos vistazos a las vitelas, se decía a sí mismo que no podía permitirse acumular despachos ni dejar trabajo atrasado. Apiló los pergaminos en una pequeña montaña, cogió uno al azar y empezó a leer.
Bostezó mientras repasaba el último informe financiero sobre el tesoro real, redactado con la pomposa y rebuscada prosa de su tesorero. Tras tres frases, pasó a la tabla de cuentas y comprobó que eran las correctas. Acto seguido prendió una vela, cogió la barrita de cera, dejó que se derritiera con el calor y vertió unas gotas sobre el pergamino, al final del informe. Luego estampó en ella su sello.
Levantó la cabeza al oír golpes en la puerta. La voz de su consejero, grave y clara, pidió desde el otro lado permiso para entrar. Él lo concedió.
El hombre se quedó plantado en el umbral, observando con disgusto el plato sin tocar del escritorio. El rey, mientras tanto, leía despachos. Pronto llegaría el ocaso y se encenderían las velas y antorchas, rutina que últimamente él ignoraba por completo. A veces, desde la marcha de su mujer, permanecía noches enteras en vela, encerrado entre papeles, con la única luz de un candelabro. Si perseveraba con tal costumbre, le dijo infructuosamente su médico, más pronto que tarde se quedaría ciego.
-Mi señor…-aventuró el hombre, dando un paso.
Él levantó la vista de la mesa con gesto distraído, esbozando una sonrisa que denotaba su profundo agotamiento.
-Lo lamento –se disculpó, señalando la bandeja-. Me quedé dormido antes de probar siquiera la comida. Ordenad que la retiren, y por favor, al salir preguntad al cocinero si falta mucho para la cena.
El consejero quiso suspirar de pura resignación, pues hacía ya dos días que el soberano no se presentaba durante la hora de la cena. Entrelazó los dedos, pensativo, pensando en el motivo de haber interrumpido al rey. Y, en lo peor de todo, en cómo abordarlo.
-Lo haré, señor –respondió, asomándose acto seguido al otro lado de la puerta. A la velocidad del rayo apareció un paje que se apresuró a retirar la bandeja. Él se quedó, como un silencioso guardián, aguardando cerca de la puerta. Stefan se llevó una mano a la sien y suspiró.
-¿Qué queréis decirme?
-¿Señor? –balbuceó el hombre, sintiéndose pillado.
-Que cuál es la mala noticia que os cuesta tanto notificarme.
El consejero carraspeó, incómodo, mientras daba un par de pasos hacia su señor. Mientras tanto, Stefan cogió otro pergamino del montón.
-Mi señor… –comenzó, mesándose nerviosamente la barba-. No es fácil…
-Soltadlo de una vez –saltó el rey, frunciendo el entrecejo.
El consejero asintió.
-Ha habido una incursión. En una aldea al norte, cerca de la ciudad.
El soberano giró súbitamente la cabeza hacia el funcionario, entreabriendo la boca de puro desconcierto. Lo cierto era que, meditó el consejero, nadie se esperaba un nuevo ataque. Ahora lo que todos esperaban era que el rey descargase su justicia sobre los culpables.
-¿Cuántos van? –inquirió, apartándose el flequillo de la cara.
-Con este nueve, señor. Era una aldea pequeña, sin defensas. Al parecer, no hay supervivientes.
Por toda respuesta, Stefan volvió a alargar la mano hacia la botella y la copa, que el paje se había olvidado de retirar. Se sirvió de nuevo y bebió.
"Nueve ataques, Dios Santo…"
-Hay algo más, majestad –continuó pesadamente-. La patrulla que reconoció el terreno declaró que habían llevado a los niños pequeños a la plaza y que los ejecutaron allí mismo.
"La está buscando", quiso mascullar el rey.
Se inclinó sobre el escritorio, evitando mirar al funcionario, cuyo tono de voz, aunque neutral a primera vista, denotaba un profundo disgusto y reproche. Stefan cerró los ojos.
-Mi señor, lamento decirlo pero la violencia de estas criaturas va en aumento. La lista de muertos de menos de dos años ha superado la treintena, y la violencia mostrada va mucho más allá de cualquier grado de crueldad humana.
Stefan no contestó, mas su mirada se ensombreció.
-Ya me encargué de enviar patrullas para dar caza a estas bestias –dijo, observando a su señor asentir nerviosamente con la cabeza.
-Es…-farfulló. Carraspeó para aclararse la garganta-. Habéis actuado bien. Ne-necesito estar solo.
El consejero dejó escapar un suspiro y apretó los labios. Inclinó respetuosamente la cabeza, salió y cerró la puerta, volviendo a dejarle solo con sus papeles. Entonces, sólo entonces, se derrumbó.
Mientras se desplomaba sobre el escritorio, pensaba en la infructuosa lucha mantenida años atrás con tales bestias, en la cantidad de buenos hombres perdidos y en los que todavía habrían de morir. Acto seguido, su mente se centró en el número de muertos.
-Treinta niños…-susurró, tapándose los ojos con las manos-. Dios Mío…
Era su culpa. Si no hubiese permitido que le arrebataran a la niña, esa treintena de bebés, junto a sus familias, todavía vivirían. Aurora apenas casi contaba un año de vida, ¡y ya cargaba a su pequeña espalda con la muerte, con centenares de muertes, todo por su causa!
Volvió a dar un trago. Desde el nacimiento de su hija había procurado beber menos, moderarse, y hasta el día de la desaparición de Aurora, apenas probaba el vino. Sin embargo, ahora era capaz de beberse él solo una botella entera; a veces en compañía de su mujer.
La mujer de la pintura continuaba mirando al rey. El bebé, en cambio, mantenía la mirada fija al frente. El pintor, en lugar de pintarrajear los negros pozos que son los ojos bizantinos, había plasmado el color original del iris de cada miembro de la familia. Tanto el rey como el bebé compartían los mismos ojos pintados con tinta de lapislázuli, profundos y penetrantes. Él giró la cabeza para no mirar a la criatura.
-No me mires –imploró, sintiéndose derrotado, sin poder soportar el reflejo de su propia mirada clavado en él-. Por favor…
Si pudiera volver a traerlas de vuelta junto a él, si volvían a ser una familia…Daría su reino a cambio de que cesara el baño de sangre. Daría su vida a cambio de traer de vuelta su felicidad . Parpadeó.
¿Qué hora sería? La luz solar empezaba a languidecer. Cerró los ojos y, a pesar del poco rato que llevaba despierto, volvió a dormirse.
En su sueño se vio atravesando un bosque, con árboles de ramas desnudas y amenazantes. Miró al cielo, que permanecía rojo como la sangre. Mientras andaba, las ramas se le enredaban y le arañaban por todas partes: la cara, el pelo, los brazos y las piernas, el torso…
Mas a él no le importaban los arañazos. Lo que quería, lo único que deseaba, era atravesar la maraña lo antes posible, pues sabía que al otro lado le esperaba su familia. Echó a correr, apartando las ramas con ambas manos. Jadeaba y se sentía exhausto.
De repente, el bosque terminó. El paisaje cambió de forma abrupta, trasportándolo a una sala que él reconoció como la capilla de su castillo.
Frente al altar, y rodeado de cuatro cirios, yacía un ataúd abierto. Junto al objeto, una mujer parecía aguardar algo. Estaba de espaldas a él, y sin embargo la reconoció enseguida. Se precipitó junto a ella. Antes de mirarla a la cara, echó un vistazo a la caja. No había nada dentro.
-¿Por qué la dejaste ir? –inquirió de pronto la mujer, fulminándolo con la mirada.
Él quiso disculparse, argumentar una respuesta, pero no consiguió articular una palabra. Se apoyó contra el ataúd.
-Ella está muerta, ¿verdad? –acabó por farfullar.
- ¿Te gustaría verla?
Entonces, antes de que pudiera contestar, la mujer se abalanzó sobre él y le empujó dentro. Él cayó y, en vez de chocarse contra la dura madera, siguió cayendo, perdiéndose en la negrura.
-¡Fue culpa tuya! –Oyó gritar a su esposa, que se asomaba por el hueco del ataúd-. ¿Por qué la dejaste ir? ¿Por qué dejaste que me la arrebataran?
Él alzó una mano hacia aquel último resquicio de luz, mientras la oscuridad seguía engulléndole. Gritó.
Despertó incorporándose de un brinco, sudando por todos los poros de su cuerpo y jadeando igual que tras una mañana de ejercicio. Se llevó una mano al pecho mientras trataba de normalizar su respiración. Tiritó.
Se giró hacia la ventana y descubrió que estaba amaneciendo. Se puso en pie y empezó a pasearse en círculos por la estancia a oscuras, tratando de olvidar su pesadilla. Pero las imágenes pugnaban por no salir de su cabeza. Éstas y todas los pensamientos de la tarde le revolvían el cerebro.
En la oscuridad, tomó una decisión. Consiguió prender una de las gastadas velas del candelabro, agarró un pergamino, pluma y tinta y empezó a escribir a toda prisa. Al finalizar, dobló la vitela, estampó su sello y se la metió entre los pliegues de la túnica. Luego se dirigió a la puerta.
Un paje joven dormitaba sentado en el suelo del corredor, el mismo que había retirado su bandeja. Stefan se puso en cuclillas junto a él y le arreó un par de bandazos. El paje meneó la cabeza y parpadeó, somnoliento.
Incluso en la oscuridad distinguió la figura de su rey. Se puso en pie a la velocidad del rayo, firme como un palo. Stefan le tendió el pergamino.
-Necesito que me ayudes –empezó-. Ve a las caballerizas y ensilla uno de mis caballos, uno rápido, y déjalo en la puerta de los siervos. Luego quiero que vayas a la alcoba de lord Lear, el hombre que ayer habló conmigo, y le entregues discretamente este mensaje. ¿Lo has entendido?
El paje asintió quedamente con la cabeza y salió corriendo. Stefan no esperó a perderle de vista, sino que se dirigió a sus aposentos dando zancadas. Sacó una alforja y metió en ella un par de capas vastas, sin decorar, junto a una camisa. Sacó de su arcón su traje de caza, el traje más sencillo que tenía, y se lo puso a toda prisa. Se anudó al cinturón su daga y una bolsa repleta de monedas. Bajó apresuradamente a las cocinas y agarró un pan que había sobrado de la cena y varios trozos de embutido.
Salió al patio y lo atravesó pegándose al muro, ocultándose de los guardias. Cuando llegó a la puerta de los siervos, se encontró a uno de sus veloces caballos de carrera amarrado junto al portón, que estaba abierto, sin guardias. Mientras se alejaba a galope tendido de la fortaleza, Stefan se permitió sonreír.
