Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath

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ACLARACIÓN

Los personajes no me pertenecen, sino a Masashi Kishimoto; al igual, que la historia, ésta es de Lorraine Heath.

Espero la disfruten al igual que yo.

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Capítulo 01

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Konoha, 1854.

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Sakura Haruno, la Duquesa de Yugakure, nunca había estado más asustada en su vida. Algo estaba mal, terriblemente mal, y temía que si le contaba a alguien lo que estaba sucediendo la enviarían directo al manicomio.

Así que mientras la gente llegaba a su baile de caridad, permaneció al pie de las escaleras que guiaban hacia el gran salón pretendiendo que nada pasaba. Con una sonrisa cálida, les agradeció a los más influyentes y acaudalados miembros de la aristocracia por venir a apoyar sus planes de construir un hospital. Era una gran empresa, pero manejar el proyecto le había servido para fortalecer su confianza.

Empezó a ofrecer este evento poco después de su primer año de duelo. Su esposo había muerto en un incendio en una de las residencias del Conde de Konohagure. La razón para que hubiera estado en la misión todavía era un poco turbia, pero su muerte estaba clara. Ella había visto sus restos calcinados y había retirado los anillos ducales de sus dedos vueltos ceniza. Con su muerte había llegado su libertad – liberación del dolor, humillación, y del paralizante miedo. Él había sido una bestia, para ser honesta. Aunque solo un puñado de gente sabía la verdad. No era algo sobre lo que uno se regodeara.

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Después de saludar a los últimos invitados, tuvo un pequeño respiro y se tomó un momento para mirar alrededor. La orquesta situada en el balcón estaba tocando un vals. Lirios, sus flores favoritas, estaban puestos en hermosos floreros, trayendo su dulce fragancia al salón. A través de una puerta cercana, sus invitados pasaban a otra habitación donde eran recibidos por abundante comida y bebida organizada sobre largas mesas. Champaña fluía.

La risa flotaba a través de los salones. Ella amaba las risas sobre todas las cosas. Un sonido de pura alegría cuando había habido tan poca en su vida.

Aunque una vez organizar bailes había sido un trabajo tedioso que con frecuencia disminuía su autoestima porque su esposo siempre encontraba fallas en una cosa u otra, ahora disfrutaba la labor inmensamente porque su baile cumplía el propósito de retribuirle al hombre que, bastante literalmente, la había rescatado de las puertas de la muerte.

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Mirando hacia las escaleras, sintió que su corazón daba un pequeño salto cuando vio a Naruto Uzumaki descendiendo. Con su rubio cabello rizándose sobre su cabeza como un halo, le recordaba a un ángel. Su ángel. Él no solo se había encargado de sus heridas, sino que le había dado un refugio después de la última tremenda golpiza que su esposo le propinó antes de morir accidentalmente.

Era por Naruto Uzumaki que ella ofrecía este evento cada año. Pretendía usar los fondos para abrir un hospital en su honor como forma de pagarle todo lo que había hecho por ella.

Finalmente, se detuvo junto a ella, tomó su enguantada mano, y depositó un beso sobre su dorso.

—Su Gracia, se ve adorable esta noche.

—Dr. Uzumaki, me sorprende que pudiera unirse a nosotros.

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Deseaba no sonar como si estuviera sin aliento, como si ella fuera la que acababa de bajar la escalera y de forma bastante apresurada. No sabía porque siempre la hacía quedar sin aliento, en una manera placentera que implicaba anticipación y no pavor. Considerando los tratos que había soportado en manos de su esposo, estaba en verdad sorprendida por no temerles a todos los hombres.

Pero había algo en Naruto que la hacía sentir tranquila. Tal vez era la diablura que bailaba en lo azul de sus ojos o la manera en que sonreía pícaramente como si fuera muy adepto a guardar los secretos de una dama, especialmente si él fuera la causa de esos secretos. El suyo era el rostro de Adonis, y aunque las ropas de gala lo revestían de elegancia y una apariencia de civilidad, ella conocía el poder que se ocultaba bajo la tela. Él la había cargado con facilidad hace tres años. Aunque prácticamente desmayada en ese momento, fue muy consciente de estar acurrucada en el refugio de sus fuertes brazos. Su voz le había dado calmadas pero insistentes órdenes, urgiéndola a no sucumbir ante las garras de la muerte. Ella sospechaba que la mayoría de sus pacientes sanaban por su firme insistencia de que no hicieran lo contrario.

Él estudió el entorno con la atención de alguien a quien no se le pasaba por alto el más pequeño detalle.

—Tiene una buena asistencia. No estoy seguro que me hubiera sido extrañado.

Frotándose el puente de la nariz, ella dijo, —Sí lo hubiera sido, se lo aseguro. Y tiene razón sobre la asistencia de esta noche. Las donaciones de este año nos darán los fondos para que el trabajo en el hospital comience en serio.

Su azul mirada volvió a posarse en ella.

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—Un hospital será muy apreciado. Usted es muy generosa por entregar su tiempo y tal devoción.

—No es un sacrificio, se lo aseguro. Tal vez si usted tiene un par de horas en estos días, podemos discutir algunos detalles. Quiero asegurarme de que todo satisface sus necesidades.

—Confío en su juicio.

Él nunca sabría lo mucho que significaban esas palabras para ella. Su esposo había buscado controlar cada aspecto de su vida, nunca había confiado en su juicio. Al final, ella había comenzado a dudar también.

—Aun así, valoro su opinión.

—Su Gracia, el hospital no debería tener nada que ver conmigo.

Todo era sobre él.

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—Por favor,— lo urgió, sabiendo que a continuación él diría que no había hecho nada extraordinario al cuidarla. Él le gustaba, bastante, pero él mantenía una distancia respetuosa y siempre era muy formal. Sabía que había crecido en las calles y que era amigo del Conde de Konohagure. De esa forma lo había conocido ya que el conde también había estado presente en esa noche terrible.

—Le da un propósito a mi vida. Voy a construir el hospital con o sin su ayuda, pero al hacerlo por mí sola, puedo arruinar las cosas.

Él sonrió, una suave elevación de sus labios.

—Dudo que usted arruinara las cosas, pero supongo que podría ofrecerle algunos detalles sobre las necesidades de un hospital. Haré espacio en mi agenda para analizar sus planos.

—Lo apreciaría.

—Ahora, ¿Podría hacer un espacio en su agenda de anfitriona para bailar conmigo?

La alegría la inundó. Era el primer baile en el que no usaba su traje de luto. Usando su vestido azul pálido, se sentía joven otra vez, no presionada por las malas decisiones de su juventud.

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—De hecho, puedo. Mi tarjeta de baile está completamente disponible. Las viudas no son tan buscadas como las jóvenes solteras.

—Personalmente, prefiero a una dama con algo de experiencia en la vida frente a las demasiado inocentes.

Los acordes de otro vals comenzaron.

¿Este baile bastará?

Ella no podía contener su placer.

—Lo hará efectivamente.

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Mientras la guiaba al salón de baile, ella experimentó un momento de decepción. Se hubiera sentido mucho más dueña de sí misma si estuviera usando el collar de zafiros que había pertenecido a su madre. Habría combinado perfectamente con el traje y servido de distracción para que no se notara su deforme nariz que estaba ligeramente ladeada hacia un lado – un regalo de despedida de Hidan. Pero cuando había ido más temprano a la caja fuerte a retirar los zafiros, no estaban allí. No sabía cómo podrían haber robado el collar con una caja tan segura y con una única llave. Trató de recordar cuándo había sido la última vez que lo había usado, y si lo había puesto en otro lugar, pero siempre tenía mucho cuidado con las joyas, más por su valor sentimental que por su valor monetario.

Pero sus pensamientos sobre el collar abandonaron su mente cuando Naruto Uzumaki la tomó en sus brazos y la deslizó sobre el reluciente piso de mármol. Su parte favorita de la noche siempre era este único baile con él. Solo la invitaría una vez. Sin importar si nadie más la acompañaba al salón de baile. Después de estos minutos, él no se entrometería en su velada otra vez – como si ella considerara el tiempo pasado a su lado como una intrusión.

Mientras él le sostenía la mirada, se preguntó si la veía como era ahora o como había sido. No deseaba ser vanidosa, pero parecía que en todo caso lo era. Una cicatriz blanca le dividía una ceja. Tenía una pequeña cicatriz en una mejilla. Bajo su traje se ocultaban varias más. Naruto conocía su existencia porque había sido quien la había suturado, quien había puesto hielo sobre las áreas que habían estado hinchadas y con moretones. Él era quién le había dado caldo cuando ella casi no podía mover la mandíbula.

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Había sido una mujer casada quien, en solo unos pocos días, había empezado a sentir afecto hacia un hombre que no era su esposo. Luego Yugakure falleció, y crecieron sus remordimientos por sus sentimientos hacia Naruto. Era totalmente inapropiado por su parte pensar en él como algo más que su médico. Y Naruto, bendito fuera, nunca se había aprovechado de la situación, nunca había dado indicación de verla como algo más que una paciente.

Pero ahora ella casi creía ver deseo ardiente en sus ojos. No hablaban entre ellos. Parecían no necesitar las palabras. Pero ella estaba plenamente consciente de su mano sosteniendo apretadamente la suya, su otra mano presionando la base de su espalda, sus piernas rozando su falda. Él era alto, de hombros anchos, pero ella no se sentía amenazada por su físico. En vez de eso, se sentía a salvo, protegida.

Tal vez era resultado de los días pasados bajo sus cuidados. Los había escondido a su hijo y a ella en su casa. Su amiga, Karin, quien después se convertiría en la Vizcondesa de Otogakure, se había encargado del cuidado de Hidaiko, mientras Naruto había dedicado su tiempo a asegurarse que Sakura se recuperaba de la terrible experiencia. Se había requerido más que sanación física, y él se había encargado magistralmente de sus necesidades emocionales.

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Muchas noches se había despertado de una pesadilla para encontrarlo sentado junto a su cama vigilándola. Él llenó las horas de su recuperación leyéndole a Jiraiya, jugando ajedrez, cargándola hasta el jardín para que pudiera disfrutar de su hijo mientras jugaba al balón con Karin. Parecía saber lo que necesitaba sin que siquiera ella lo dijera. Era tan atento, y aunque se decía a sí misma que solo era porque se estaba encargando de su recuperación, en un pequeño rincón de su corazón no podía evitar creer que él disfrutaba su tiempo con ella, que le daba la bienvenida a las excusas para estar en su compañía un tiempo más largo. Algunas veces hablarían de nada en particular hasta altas horas de la noche, hasta que ella se deslizaba en un tranquilo sueño. Siempre parecía dormir mejor cuando llevaba consigo su voz hacia sus sueños.

Ahora la música migró hacia el silencio, y muy lentamente sus movimientos se detuvieron. Él parecía a punto de decir algo, pedirle otro baile, tal vez. O al menos, ella esperaba que esas fueran las palabras que él pronunciara. No le importaba si lo respetable era compartir solo dos bailes. Ella bailaría todos los bailes con él si solo se lo pidiera.

En su lugar, él le ofreció una pequeña sonrisa y comenzó a llevarla hacia la escalera donde ella podría saludar a cualquier invitado que llegara tarde. Una vez que llegaron a su destino, tomó nuevamente su mano y la besó.

—Gracias por el baile-, dijo. —Fue un placer.

Sus ojos se oscurecieron.

—No, Duquesa, como siempre fue el mío.

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Con esas palabras de despedida, se alejó, perdiéndose en el grupo de invitados. Ella no dudaba que había ido a buscar a sus amigos que estaban aquí. Otros que habían crecido en las calles junto a él apoyaban los esfuerzos de Sakura, más en beneficio del buen doctor que en el de ella, estaba segura. Él parecía inspirar lealtad en la gente. Pero tal vez eso no era tan inusual considerando su habilidad para detener los avances de la muerte.

Aun así con frecuencia deseaba haberlo conocido en circunstancias diferentes, haberlo conocido antes de haberse convertido en una esposa.

De pie en una esquina oscura de la terraza, Naruto Uzumaki bebió el whisky que había hurtado de la biblioteca. Él prefería el ardor de los licores fuertes al de el champan.

Eran más acordes a la oscuridad que residía en su interior.

Bailar con Sakura Haruno, Duquesa de Yugakure, era su momento favorito del año. Aun cuando la actividad era un tormento puro.

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Tres años atrás, había hecho lo necesario para salvarla, aunque no todo fue exactamente legal. No es que alguna vez hubiera sufrido remordimientos por esquivar la ley. Pero no estaba seguro de que ella aceptaría sus delitos. De hecho, estaba bastante seguro que lo despreciaría por su papel en el fallecimiento de su esposo, y por eso él guardaba las distancias cuando preferiría cerrar la brecha entre ellos.

O al menos explorar la posibilidad de cerrarla. Se sentía atraído por ella de maneras en que nunca lo había atraído otra mujer. Poseía una vulnerabilidad que él creía que escondía su fuerza, y le encantaría ayudarla a descubrir ese secreto sobre sí misma, pero temía que al hacerlo descubriera los de él.

Secretos que podrían no solo destruirla a ella, sino a cada alma de aquellos que le importaban.

Así que durante dos años, había venido a este condenado baile. Bailaba una vez con ella. Inhalaba su fragancia a jazmín, sentía el calor de su piel filtrándose a través de sus ropas y de sus guantes para mezclarse con la tibieza de las manos de él. Miraba sus melancólicos ojos esmeralda, y pedía a Dios tener el poder de hacerla reír. Estudiaba su arqueada nariz, la cual a pesar de su causa encontraba encantadora, y se preguntaba si ella estaría consciente de cuántas veces se frotaba el puente de la nariz, cuántas veces parecía intentar esconderla. Él conocía la cicatriz de su ceja, la de la mejilla, y una casi desvanecida que tenía en el mentón de la cual probablemente ella tenía conocimiento. No las veía como defectos, porque eran señales de supervivencia, pero despreciaba las razones por las que las tenía.

En todo caso, con frecuencia pensaba en cómo se sentiría pasar sus labios sobre ellas, y se preguntaba si en el proceso podría sanar las heridas internas tan exitosamente como había curado las externas.

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Añoraba poder quitar los alfileres de su cabello extrañamente rosado. Dudaba que ella supiera que durante algunos de sus momentos de delirio, él se lo había cepillado para evitar que se le llenara de enredos que habrían tenido que cortar. Le caía hasta la cintura y era hermoso. Tan hermoso como ella. Podría mirar sus ojos por horas, pero ya la había mirado lo suficiente por una noche. Un baile. Unos pocos momentos. No se atrevía a torturarse más al hacer algo más. Su habilidad para resistirse a ella pendía de un débil hilo.

Bebió el contenido de su vaso antes de ponerlo a un lado en la barandilla. Momento de irse, de encontrar otra mujer que lo distrajera de sus deseos. Aunque infortunadamente, desde que la había conocido, todas las mujeres habían palidecido en comparación, dejándolo con el deseo. Con frecuencia trabajaba hasta sentirse completamente exhausto para que ella no entrara en sus sueños, porque nunca usaba ropa allí, y su frustración por sus acciones pasadas crecía. Pero incluso sabiendo el precio que había pagado, volvería a hacerlo sin dudar. Haría cualquier cosa para protegerla.

Girando sobre los talones, se detuvo al ver a duquesa descendiendo los escalones que llevaban al jardín.

No debería seguirla. Ella podría tener una cita, pero él pareció incapaz de evitar que sus piernas hicieran la corta caminata que los separaba.

—¿Duquesa?

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Deteniéndose, lo encaró. Bajo la pálida luz que arrojaban las lámparas de gas que bordeaban el camino, él pudo ver su ligera sonrisa. Gentil, cálida, cordial. Ella era la persona más amable que hubiera conocido. En su juventud había anhelado un toque amable, una caricia dulce que pudiera calmar sus heridas. Imaginaba que ella sería bálsamo para su lastimada alma.

—Desearía que me llamaras Sakura— dijo ella suavemente.

—Usted es una duquesa; yo un plebeyo.

—Un plebeyo que trabaja como uno de los muchos médicos de la hokage. Yo diría que eso lo hace especial, Dr. Uzumaki.

Ignorando su argumento – no necesitaba nada que creara una sensación de intimidad entre ellos que podría debilitar su resolución de mantenerse alejado – dijo, —¿Debería estar aquí sola?

—Es mi jardín. Como viuda, no necesito chaperona.— Miró sobre su hombro hacia el salón.

—Hay tanta gente allí, lo que es bueno para la causa, pero estaba comenzando a sentir como si me estuviera sofocando. Solo necesitaba un poco de aire fresco, así que pensé en dar un rápido paseo por el jardín. ¿Le gustaría acompañarme?

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Él sabía la respuesta correcta, la respuesta segura. En su lugar se escuchó diciendo, —Me gustaría mucho.

Luego hizo algo igualmente estúpido: le ofreció el brazo. Ella puso su pequeña mano sobre él, y aunque usaba camisa y chaqueta, podía sentir la presión de cada dedo a través de la tela hasta que pudo jurar que ella estaba gravando con fuego una marca en su piel. La cabeza de ella estaba seis pulgadas debajo de su hombro. Era tan diminuta, lo que lo ponía aún más furioso cuando pensaba en la bestia de su esposo dándole puños, antes de tenderla y forzarla. Él había recibido lo que merecía, y Naruto no tenía remordimientos al respecto. Si eso se añadía al peso de su propia consciencia que así fuera. No sería la primera vez.

Una fría brisa soplaba en esta hermosa noche de verano, manteniendo a raya la niebla. Algunas parejas paseaban. Los susurros de los que se habían alejado del camino se mezclaban con los sonidos de los insectos. La oscuridad creaba una intimidad que hacía fácil creer que los secretos serían guardados.

—¿Por qué Tsunade necesita tantos médicos?,—preguntó la duquesa.

Porque sufre de hipocondría. No es que fuera a compartir la información. No hablaba de los asuntos de aquellos a quienes atendía.

—Ella es la reina y quiere asegurarse de permanecer saludable para sus súbditos. Algunas veces ayuda tener más de una opinión sobre un asunto. La medicina no es una ciencia exacta, y todavía tenemos mucho que aprender.

—Sin embargo debe ser fascinante, ver todo lo que usted ve.

—Fascinante, desgarrador. Prefiero los días en los que mis pacientes se recuperan, a los días en que no lo hacen.

—Extraño, pero nunca pensé que usted perdiera pacientes. Supongo que estuve tan cerca de la muerte cuando logró recuperarme que creí que podía hacer milagros.

—Difícilmente. Soy sólo un hombre, no un trabajador milagroso.

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Se habían adentrado más en el jardín, lejos de las luces, pero los ojos de él se habían adaptado y podía ver claramente hacia donde iban. No parecía haber otras parejas cerca. Deberían regresar. Pero él no siempre hacía lo que debería.

—¿Sabe mucho sobre el funcionamiento del cerebro?, preguntó ella.

—He logrado retirar un tumor o dos, con bastante éxito. ¿Está sufriendo dolores de cabeza?— No le gustaba la idea de que ella sufriera más. Ya había experimentado el suficiente dolor en las manos de su esposo, suficiente para una vida entera, pero también sabía que la gente no siempre tenía la vida despreocupada que realmente merecía.

—No, de ninguna manera. Más que todo son olvidos. Es tonto realmente. Tengo un collar de zafiros que planeaba usar con este traje pero fui a sacarlo de la caja en mi recámara y no estaba.

—Robado, entonces.

—Ese es el asunto. No lo sé. La caja fuerte estaba bien cerrada. ¿Quién lo robaría? Los sirvientes han estado conmigo desde hace años. ¿Por qué de repente comenzarían a robar? Aunque para ser honesta, es más que un solo incidente. Otras cosas han sucedido que me han hecho preocupar.

—¿Cómo cuáles?

—Parece que sigo perdiendo cosas. No sé por qué estoy tan olvidadiza últimamente.

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Él dejó de caminar, puso las manos sobre sus hombros, y la giró para que lo mirara directamente. Se había quitado los guantes cuando dejó el salón en busca de una bebida más fuerte. Le tomó toda su fuerza interior no deslizar sus manos en un placentero recorrido sobre su sedosa piel desnuda, no quitarle los guantes, no jugar con su cabello, no aprovecharse de este momento en que lo estaba mirando con tanta sinceridad. Forzándose para enfocar sus errantes pensamientos hacia el asunto presente, deseó tener más luz, tener sus instrumentos con él para poder examinar más de cerca sus ojos. Por haberla atendido antes, estaba bastante familiarizado con sus profundidades verdosas, el círculo más oscuro alrededor del iris, las pequeñas franjas jaspeadas que capturaban la luz.

—Recibió un golpe bastante fuerte en la cabeza hace tres años. Lo que está experimentando puede ser resultado de una lesión que yo no haya diagnosticado apropiadamente.

—¿Pero por qué hasta ahora?

—¿Cuándo comenzaron?

Ella agitó la cabeza, y él deseó que sus movimientos soltaran sus alfileres, hasta que su cabello escapara de sus ataduras y pudiera pasar sus dedos entre él. ¿Por qué siempre se le hacía tan difícil con ella ser el médico impersonal que lo habían enseñado a ser? Se suponía que debía mirarla como un objeto por analizar, no como una mujer para ser explorada.

—Hace dos, tres meses,— dijo ella, completamente ignorante de estar causando estragos en él. —Justo cuando regresé del campo para la Temporada. ¿El daño de mi cerebro tardaría tanto en manifestarse?

Él no lo creía, pero como le había dicho, la comunidad médica todavía estaba aprendiendo cosas sobre la condición humana.

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—¿Ha sufrido algún otro golpe en la cabeza recientemente? ¿Algún accidente? ¿Se ha caído?

—No, nada. Y lo siento—. Ella se rio ligeramente, un tintineo de campanas que hizo que las entrañas de él se contrajeran ante el recuerdo de la primera vez que había oído ese sonido. Ella había estado viendo jugar a su hijo con Karin en el jardín de Naruto, y su deleite le había dado el primer aire de esperanza de que en realidad se recuperaría, que él había logrado descubrir cada herida que necesitaba atención. Pero ahora tenía que preguntarse si había omitido algo, algo vital que podría atormentarla por el resto de sus días. —No quise causarle preocupación excesiva. Se supone que esta noche es para la diversión.

Pero él estaba preocupado. La gente podía parecer perfectamente bien, pero algo oscuro y siniestro podría estar acechando, esperando para arrebatarles la vida. En su juventud, se había familiarizado demasiado con lo oscuro y siniestro, y sus miedos habían conducido al desastre. Sin importar cuántas vidas salvara, no podría compensar la vida que se había perdido debido a su debilidad.

—Quiero que venga a mi consultorio mañana para un examen.

—¿Realmente cree que es necesario?

—No lo sabré hasta que la revise. Y le enviaré un mensaje al Inspector No Tenpi de Scotland Yard. No soy experto en cajas fuertes. No eran de mi competencia cuando vivía en las calles, pero él debería poder examinar la suya para determinar si alguien la ha abierto sin una llave.

—Olvidé que usted fue un ladrón. Solo había oído fragmentos de rumores sobre su pasado. ¿Fue horrible?

—No todo el tiempo—. Acunó su rostro entre sus manos. Un error. Su piel era tan suave, como la seda más fina. En su garganta, podía sentir su pulso contra los dedos. —Quiero que me prometa que vendrá a verme mañana.

—Sí, está bien. ¿Sigue siendo el mismo lugar a donde me llevó hace años?

Él no pudo evitarlo. Deslizó los pulgares sobre sus mejillas.

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—Sí. Puedo enviar un carruaje para que la recoja.

—No, recuerdo dónde es. Puedo encontrarlo. ¿A qué hora?

Delineándole los labios, él escuchó su suave inhalación.

—A la hora que a usted le convenga—. Quería decirle que él siempre estaría para ella.

Ella simplemente asintió, su mirada fija sobre él. Considerando lo que él sabía sobre su pasado, estaba sorprendido porque ella no hubiera corrido gritando hacia la residencia.

—No quiero que tengas miedo, Sakura.— Se maldijo a sí mismo por la facilidad con que su nombre envolvía su lengua.

—No lo siento cuando estoy contigo—. Deberías, pensó él. Dios la ayudara, pero debería. Cualquier reserva de control que él tuviera se había disipado.

Con una cruda maldición haciendo eco entre los dos, él bajó su boca hacia la suya. Sus labios eran mullidos y suaves como siempre los había imaginado, abriéndose ligeramente, vacilantes, invitándolo a tomarse mayores libertades. Y él era lo suficientemente canalla como para aceptar la invitación.

Ella gimió cuando él deslizó su lengua al interior de su dulce boca. Ella sabía a champaña y él se preguntó si estaba tan receptiva porque había bebido demasiado. Luego sus preguntas se convirtieron en asombro cuando la lengua de ella exploró su boca con igual fervor. Las ventajas de estar con una viuda. No era inocente. Dios, él sabía que estaba lejana de eso. Ella aferró las solapas de su chaqueta. Envolviéndola en sus brazos, la acercó más, hasta que sus cuerpos estuvieron presionados. Podía sentir sus curvas. Maldijo a las ropas que los separaban.

Sus uñas le acariciaron la cabeza justo antes de que sus dedos se deslizaran por su barbilla. Suspirando, ella entrelazó los brazos alrededor de su cuello, acercándose aún más a él.

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Por tres años, había soñado con este momento, fantaseado, imaginado, pero nunca se había atrevido a creer que alguna vez se haría realidad. Él no quería ceder, no quería detenerse. Profundizó más, liberando la voracidad que había controlado – por ella, solo por ella.

Se merecía a alguien mejor que él, alguien que no mintiera, alguien que no tuviera secretos, que pudiera sentarse a su lado junto al fuego sin temer a ser sincero. Pero con ella, siempre tendría que vigilar sus palabras, siempre tener cuidado de lo que revelara. Había dicho que no le temía, pero sabía que si ella supiera exactamente lo que él era capaz de hacer, estaría aterrorizada. No confiaría en él. Dudaba que le gustara; con toda seguridad no lo amaría.

Incluso besarla tenía la posibilidad de llevarlos al desastre – y no solo la vida de él se arruinaría. Debería alejarse ahora. Y lo haría.

Después de un momento más.

Un momento más de suspiros y gemidos. Un momento más de su exuberante cuerpo contra el suyo. Un momento más de sus brazos abrazándolo apretadamente como si nunca quisiera dejarlo partir.

Él quería soltar sus lazos. Quería cargarla en brazos y llevarla a la recámara. Quería hacer todas las cosas que no debería. Pero las satisfacciones venían con un precio, y no podía pedirle a ella que lo pagara.

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Con un gruñido de frustración, él retrocedió. Respirando agitadamente, ella lo miró con expectativa. Mejor desilusionarla ahora que arriesgarse a destruirla. Estar mucho tiempo a su lado no sería bueno para ninguno de los dos.

—Buenas noches, Duquesa—. Girando abruptamente sobre los talones, caminó hacia la puerta trasera que lo llevaría a los establos. Por unos momentos, había experimentado el cielo, y sabía sin dudarlo que pasaría el resto de la noche languideciendo en las profundidades del infierno.

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