¡Hola! Gracias a la que mandó el review, la verdad yo no conocía esa adaptación, pero la verdad es bastante entretenido hacerla, y quizá no será malo conocer dos adaptaciones. Además yo modifiqué la historia para hacerla, en cierta forma, diferente a como nosotros la conocemos originalmente. Esto lo hago sin ánimo de lucro y solo para compartir mi visión de la historia.

Disclaimer: Los personajes son propiedad de Kyoko Mizuki y Yumiko Igarashi, yo sólo juego con ellos. La historia pertenece a Jane Austen, esto es una adaptación.


II

Las señoras de Longbourn no tardaron en ir a visitar a las de Netherfield, y éstas devolvieron la visita como es costumbre. El encanto de la señorita White aumentó la estima que la señora Leagan y la señorita Cornwell sentían por ella; y aunque encontraron que la madre era intolerable y que no valía la pena dirigir la palabra a las hermanas mayores, expresaron el deseo de profundizar las relaciones con ellas en atención a las dos menores. Esta atención fue recibida por Annie con agrado, pero Candice seguía viendo arrogancia en su trato con todo el mundo, exceptuando, con reparos, a su hermana; no podían gustarle. Aunque valoraba su amabilidad con Anne, sabía que probablemente se debía a la influencia de la admiración que el hermano sentía por ella. Era evidente, dondequiera que se encontrasen, que Cornwell admiraba a Annie; y para Candy también era evidente que en su hermana aumentaba la inclinación que desde el principio sintió por él, lo que la predisponía a enamorarse de él; pero se daba cuenta, con gran satisfacción, de que la gente no podría notarlo, puesto que Annie uniría a la fuerza de sus sentimientos moderación y una constante jovialidad, que ahuyentaría las sospechas de los impertinentes. Así se lo comentó a su amiga, la señorita O´Brien.

–Tal vez sea mejor en este caso –replicó Patricia– poder escapar a la curiosidad de la gente; pero a veces es malo ser tan reservada. Si una mujer disimula su afecto al objeto del mismo, puede perder la oportunidad de conquistarle; y entonces es un pobre consuelo pensar que los demás están en la misma ignorancia. Hay tanto de gratitud y vanidad en casi todos, los cariños, que no es nada conveniente dejarlos a la deriva. Normalmente todos empezamos por una ligera preferencia, y eso sí puede ser simplemente porque sí, sin motivo; pero hay muy pocos que tengan tanto corazón como para enamorarse sin haber sido estimulados. En nueve de cada diez casos, una mujer debe mostrar más cariño del que siente. A Cornwell le gusta tu hermana, indudablemente; pero si ella no le ayuda, la cosa no pasará de ahí.

–Ella le ayuda tanto como se lo permite su forma de ser. Si yo puedo notar su cariño hacia él, desde luego, sería tonto si no lo descubriese.

–Recuerda, Candy, que él no conoce el carácter de Annie como tú.

–Pero si una mujer está interesada por un hombre y no trata de ocultarlo, él tendrá que acabar por descubrirlo.

–Tal vez sí, si él la ve lo bastante. Pero aunque Cornwell y Annie están juntos a menudo, nunca es por mucho tiempo; y además como sólo se ven en fiestas con mucha gente, no pueden hablar a solas. Así que Annie debería aprovechar al máximo cada minuto en el que pueda llamar su atención. Y cuando lo tenga seguro, ya tendrá tiempo para enamorarse de él todo lo que quiera.

–Tu plan es bueno –contestó Candy–, cuando la cuestión se trata sólo de casarse bien; y si yo estuviese decidida a conseguir un marido rico, o cualquier marido, casi puedo decir que lo llevaría a cabo. Pero esos no son los sentimientos de Annie, ella no actúa con premeditación. Todavía no puede estar segura de hasta qué punto le gusta, ni el porqué. Sólo hace quince días que le conoce. Bailó cuatro veces con él en Meryton; le vio una mañana en su casa, y desde entonces ha cenado en su compañía cuatro veces. Esto no es suficiente para que ella conozca su carácter.

–No tal y como tú lo planteas. Si solamente hubiese cenado con él no habría descubierto otra cosa que si tiene buen apetito o no; pero no debes olvidar que pasaron cuatro veladas juntos; y cuatro veladas pueden significar bastante.

–Sí; en esas cuatro veladas lo único que pudieron hacer es averiguar qué clase de bailes les gustaba a cada uno, pero no creo que hayan podido descubrir las cosas realmente importantes de su carácter.

–Bueno –dijo Patricia–. Deseo de todo corazón que a Annie le salgan las cosas bien; y si se casase con él mañana, creo que tendría más posibilidades de ser feliz que si se dedica a estudiar su carácter durante doce meses. La felicidad en el matrimonio es sólo cuestión de suerte. El que una pareja crea que son iguales o se conozcan bien de antemano, no les va a traer la felicidad en absoluto. Las diferencias se van acentuando cada vez más hasta hacerse insoportables; siempre es mejor saber lo menos posible de la persona con la que vas a compartir tu vida.

–Me haces reír, Patty; no tiene sentido. Sabes que no tiene sentido; además tú nunca actuarías de esa forma.

Ocupada en observar las atenciones de Cornwell para con su hermana, Candice estaba lejos de sospechar que también estaba siendo objeto de interés a los ojos del amigo de Cornwell. Al principio, Terence apenas se dignó admitir que era bonita; no había demostrado ninguna admiración por ella en el baile; y la siguiente vez que se vieron, él sólo se fijó en ella para criticarla. Pero tan pronto como dejó claro ante sí mismo y ante sus amigos que los rasgos de su cara apenas le gustaban, empezó a darse cuenta de que la bella expresión de sus ojos verdes le daban un aire de extraordinaria inteligencia. A este descubrimiento siguieron otros igualmente mortificantes. Aunque detectó con ojo crítico más de un fallo en la perfecta simetría de sus formas, tuvo que reconocer que su figura era grácil y esbelta; y a pesar de que afirmaba que sus maneras no eran las de la gente refinada, se sentía atraído por su naturalidad y alegría. De este asunto ella no tenía la más remota idea. Para ella Terrence era el hombre que se hacía antipático dondequiera que fuese y el hombre que no la había considerado lo bastante hermosa como para sacarla a bailar.

Terrence empezó a querer conocerla mejor. Como paso previo para hablar con ella, se dedicó a escucharla hablar con los demás. Este hecho llamó la atención de Candy. Ocurrió un día en casa de sir O´Brien donde se había reunido un amplio grupo de gente.

–¿Qué querrá el señor Grandchester –le dijo ella a Patricia–, que ha estado escuchando mi conversación con el coronel Hathawhay?

–Ésa es una pregunta que sólo el señor Grandchester puede contestar.

–Si lo vuelve a hacer le daré a entender que sé lo que pretende. Es muy satírico, y si no empiezo siendo impertinente yo, acabaré por tenerle miedo.

Poco después se les volvió a acercar, y aunque no parecía tener intención de hablar, la señorita O´Brien desafió a su amiga para que le mencionase el tema, lo que inmediatamente provocó a Candy, que se volvió a él y le dijo:

–¿No cree usted, señor Grandchester, que me expresé muy bien hace un momento, cuando le insistía al coronel Hathawhay para que nos diese un baile en Meryton?

–Con gran energía; pero ése es un tema que siempre llena de energía a las mujeres.

–Es usted severo con nosotras.

–Ahora nos toca insistirte a ti –dijo la señorita O´Brien–. Voy a abrir el piano y ya sabes lo que sigue, Candy.

–¿Qué clase de amiga eres? Siempre quieres que cante y que toque delante de todo el mundo. Si me hubiese llamado Dios por el camino de la música, serías una amiga de incalculable valor; pero como no es así, preferiría no tocar delante de gente que debe estar acostumbrada a escuchar a los mejores músicos –pero como la señorita O´Brien insistía, añadió–: Muy bien, si así debe ser será –y mirando fríamente a Terrence dijo–: Hay un viejo refrán que aquí todo el mundo conoce muy bien, «guárdate el aire para enfriar la sopa», y yo lo guardaré para mi canción.

El concierto de Candice fue agradable, pero no extraordinario. Después de una o dos canciones y antes de que pudiese complacer las peticiones de algunos que querían que cantase otra vez, fue reemplazada al piano por su hermana Flammy, que como era la menos brillante de la familia, trabajaba duramente para adquirir conocimientos y habilidades que siempre estaba impaciente por demostrar.

Flammy no tenía ni talento ni gusto; y aunque la vanidad la había hecho aplicada, también le había dado un aire pedante y modales afectados que deslucirían cualquier brillantez superior a la que ella había alcanzado. A Candy, aunque había tocado la mitad de bien, la habían escuchado con más agrado por su soltura y sencillez; Flammy, al final de su largo concierto, no obtuvo más que unos cuantos elogios por las melodías escocesas e irlandesas que había tocado a ruegos de sus hermanas mayores que, con alguna de las O´Brien y dos o tres oficiales, bailaban alegremente en un extremo del salón.

Terrence, a quien indignaba aquel modo de pasar la velada, estaba callado y sin humor para hablar; se hallaba tan embebido en sus propios pensamientos que no se fijó en que sir William O´Brien estaba a su lado, hasta que éste se dirigió a él.

–¡Qué encantadora diversión para la juventud, señor Grandchester! Mirándolo bien, no hay nada como el baile. Lo considero como uno de los mejores refinamientos de las sociedades más distinguidas.

–Ciertamente, señor, y también tiene la ventaja de estar de moda entre las sociedades menos distinguidas del mundo; todos los salvajes bailan.

Sir William esbozó una sonrisa.

–Su amigo baila maravillosamente –continuó después de una pausa al ver a Cornwell unirse al grupo– y no dudo, señor Grandchester, que usted mismo sea un experto en la materia.

–Me vio bailar en Meryton, creo, señor.

–Desde luego que sí, y me causó un gran placer verle. ¿Baila usted a menudo en Saint James?

–Nunca, señor.

–¿No cree que sería un cumplido para con ese lugar?

–Es un cumplido que nunca concedo en ningún lugar, si puedo evitarlo.

–Creo que tiene una casa en la capital.

El señor Grandchester asintió con la cabeza, no demasiado contento ante las apremiantes preguntas.

–Pensé algunas veces en fijar mi residencia en la ciudad, porque me encanta la alta sociedad; pero no estaba seguro de que el aire de Londres le sentase bien a lady O´Brien.

Sir William hizo una pausa con la esperanza de una respuesta, pero su compañía no estaba dispuesto a hacer ninguna. Al ver que Candy se les acercaba, se le ocurrió hacer algo que le pareció muy galante de su parte y la llamó.

–Mi querida señorita Candy, ¿por qué no está bailando? Señor Grandchester, permítame que le presente a esta joven que puede ser una excelente pareja. Estoy seguro de que no puede negarse a bailar cuando tiene ante usted tanta belleza.

Tomó a Candy de la mano con la intención de pasársela a Grandchester; quien, aunque extremadamente sorprendido, no iba a rechazarla; pero Candy le volvió la espalda y le dijo a sir William un tanto desconcertada:

–De veras, señor, no tenía la menor intención de bailar. Le ruego que no suponga que he venido hasta aquí para buscar pareja.

El señor Grandchester, con toda corrección, le pidió que le concediese el honor de bailar con él, pero fue en vano. Candy estaba decidida, y ni siquiera sir William, con todos sus argumentos, pudo persuadirla.

–Usted es excelente en el baile, señorita Candy, y es muy cruel por su parte negarme la satisfacción de verla; y aunque a este caballero no le guste este entretenimiento, estoy seguro de que no tendría inconveniente en complacernos durante media hora.

–El señor Grandchester es muy educado –dijo Candy sonriendo.

–Lo es, en efecto; pero considerando lo que le induce, querida Candy, no podemos dudar de su cortesía; porque, ¿quién podría rechazar una pareja tan encantadora?

Candice les miró con coquetería y se retiró. Su resistencia no le había perjudicado nada a los ojos del caballero, que estaba pensando en ella con satisfacción cuando fue abordado por la señorita Cornwell.

–Adivino por qué está tan pensativo.

–Creo que no.

–Está pensando en lo insoportable que le sería pasar más veladas de esta forma, en una sociedad como ésta; y por supuesto, soy de su misma opinión. Nunca he estado más enojada. ¡Qué gente tan insípida y qué alboroto arman! Con lo insignificantes que son y qué importancia se dan. Daría algo por oír sus críticas sobre ellos.

–Sus conjeturas son totalmente equivocadas. Mi mente estaba ocupada en cosas más agradables. Estaba meditando sobre el gran placer que pueden causar un par de ojos bonitos en el rostro de una mujer hermosa.

La señorita Cornwell le miró fijamente deseando que le dijese qué dama había inspirado tales pensamientos. El señor Grandchester, intrépido, contestó:

–La señorita Candice White.

–¡La señorita White! Me deja atónita. ¿Desde cuándo es su favorita? Y dígame, ¿cuándo tendré que darle la enhorabuena?

–Ésa es exactamente la pregunta que esperaba que me hiciese. La imaginación de una dama va muy rápido y salta de la admiración al amor y del amor al matrimonio en un momento. Sabía que me daría la enhorabuena.

–Si lo toma tan en serio, creeré que es ya cosa hecha. Tendrá usted una suegra encantadora, de veras, y ni que decir tiene que estará siempre en Pemberley con ustedes.

Él la escuchaba con perfecta indiferencia, mientras ella seguía disfrutando con las cosas que le decía; y al ver, por la actitud de Terrence, que todo estaba a salvo, dejó correr su ingenio durante largo tiempo. Mientras, ya con la satisfacción de rechazado cortésmente al señor Grandchester, la mente de Candice volaba hacia pensamientos totalmente diferentes a los que la señorita Cornwell consideraría indignos para las damas, y que ella imaginaba ocupaban su mente en aquellos momentos.

La propiedad del señor White consistía casi enteramente en una hacienda de dos mil libras al año, la cual, desafortunadamente para sus hijas, estaba destinada, por falta de herederos varones, a un pariente lejano; y la fortuna de la madre, aunque abundante para su posición, difícilmente podía suplir a la de su marido. Su padre había sido abogado en Meryton y le había dejado cuatro mil libras.

La señora White tenía una hermana casada con un tal señor Phillips que había sido empleado de su padre y le había sucedido en los negocios, y un hermano en Londres que ocupaba un respetable lugar en el comercio.

El pueblo de Longbourn estaba sólo a una milla de Meryton, distancia muy conveniente para las señoritas, que normalmente tenían la tentación de ir por allí tres o cuatro veces a la semana para visitar a su tía y, de paso, detenerse en una sombrerería que había cerca de su casa. Las que más frecuentaban Meryton eran las dos hermanas "del medio", Karen y Susana, que solían estar más ociosas que sus hermanas, y cuando no se les ofrecía nada mejor, decidían que un paseíto a la ciudad era necesario para pasar bien la mañana y así tener conversación para la tarde; porque, aunque las noticias no solían abundar en el campo, su tía siempre tenía algo que contar. De momento estaban bien provistas de chismes y de alegría ante la reciente llegada de un regimiento militar que iba a quedarse todo el invierno y tenía en Meryton su cuartel general.

Ahora las visitas a la señora Phillips proporcionaban una información de lo más interesante. Cada día añadían algo más a lo que ya sabían acerca de los nombres y las familias de los oficiales. El lugar donde se alojaban ya no era un secreto y pronto empezaron a conocer a los oficiales en persona.

El señor Phillips los conocía a todos, lo que constituía para sus sobrinas una fuente de satisfacción insospechada. No hablaba de otra cosa que no fuera de oficiales. La gran fortuna del señor Cornwell, de la que tanto le gustaba hablar a su madre, ya no valía la pena comparada con el uniforme de un alférez.

Después de oír una mañana el entusiasmo con el que sus hijas hablaban del tema, el señor White observó fríamente:

–Por todo lo que puedo sacar en limpio de vuestra manera de hablar debéis de ser las muchachas más tontas de todo el país. Ya había tenido mis sospechas algunas veces, pero ahora estoy convencido.

Karen se quedó desconcertada y no contestó. Susana, con absoluta indiferencia, siguió expresando su admiración por el capitán Carter, y dijo que esperaba verle aquel mismo día, pues a la mañana siguiente se marchaba a Londres.

–Me deja pasmada, querido –dijo la señora White–, lo dispuesto que siempre estás a creer que tus hijas son tontas. Si yo despreciase a alguien, sería a las hijas de los demás, no a las mías.

–Si mis hijas son tontas, lo menos que puedo hacer es reconocerlo.

–Sí, pero ya ves, resulta que son muy listas.

–Presumo que ese es el único punto en el que no estamos de acuerdo. Siempre deseé coincidir contigo en todo, pero en esto difiero, porque nuestras dos hijas del medio son tontas de remate.

–Mi querido señor White, no esperarás que estas niñas tengan tanto sentido como sus padres. Cuando tengan nuestra edad apostaría a que piensan en oficiales tanto como nosotros. Me acuerdo de una época en la que me gustó mucho un casaca roja, y la verdad es que todavía lo llevo en mi corazón. Y si un joven coronel con cinco o seis mil libras anuales quisiera a una de mis hijas, no le diría que no. Encontré muy bien al coronel Hathawhay la otra noche en casa de sir William.

–Mamá –dijo Susana– la tía dice que el coronel Hathawhay y el capitán Carter ya no van tanto a casa de los Watson como antes. Ahora los ve mucho en la biblioteca de Clarke.

La señora White no pudo contestar al ser interrumpida por la entrada de un lacayo que traía una nota para la señorita White; venía de Netherfield y el criado esperaba respuesta. Los ojos de la señora White brillaban de alegría y estaba impaciente por que su hija acabase de leer.

–Bien, Annie, ¿de quién es?, ¿de qué se trata?, ¿qué dice? Date prisa y dinos, date prisa, cariño.

–Es de la señorita Cornwell –dijo Annie, y entonces leyó en voz alta:

«Mi querida amiga:

Si tienes compasión de nosotras, ven a cenar hoy con Luisa y conmigo, si no, estaremos en peligro de odiarnos la una a la otra el resto de nuestras vidas, porque dos mujeres juntas todo el día no pueden acabar sin pelearse. Ven tan pronto como te sea posible, después de recibir esta nota. Mi hermano y los otros señores cenarán con los oficiales. Saludos,

Eliza Cornwell.»

–¡Con los oficiales! –exclamó Susana–. ¡Qué raro que la tía no nos lo haya dicho!

–¡Cenar fuera! –dijo la señora White–. ¡Qué mala suerte!

–¿Puedo llevar el carruaje? –preguntó Annie.

–No, querida; es mejor que vayas a caballo, porque parece que va a llover y así tendrás que quedarte a pasar la noche.

–Sería un buen plan –dijo Candice–, si estuvieras segura de que no se van a ofrecer para traerla a casa.

–Oh, los señores llevarán el landó del señor Cornwell a Meryton y los Leagan no tienen caballos propios.

–Preferiría ir en el carruaje.

–Pero querida, tu padre no puede prestarte los caballos. Me consta. Se necesitan en la granjan ¿no es así, señor White?

–Se necesitan más en la granja de lo que yo puedo ofrecerlos.

–Si puedes ofrecerlos hoy –dijo Candy–, los deseos de mi madre se verán cumplidos.

Al final animó al padre para que admitiese que los caballos estaban ocupados. Y, por fin, Annie se vio obligada a ir a caballo. Su madre la acompañó hasta la puerta pronosticando muy contenta un día pésimo.

Sus esperanzas se cumplieron; no hacía mucho que se había ido Annie, cuando empezó a llover a cántaros. Las hermanas se quedaron intranquilas por ella, pero su madre estaba encantada. No paró de llover en toda la tarde; era obvio que Annie no podría volver.

–Verdaderamente, tuve una idea muy acertada –repetía la señora White.

Sin embargo, hasta la mañana siguiente no supo nada del resultado de su oportuna estratagema. Apenas había acabado de desayunar cuando un criado de Netherfield trajo la siguiente nota para Candice:

«Mi querida Candy:

No me encuentro muy bien esta mañana, lo que, supongo, se debe a que ayer llegue calada hasta los huesos. Mis amables amigas no quieren ni oírme hablar de volver a casa hasta que no esté mejor. Insisten en que me vea el señor Martin; por lo tanto, no os alarméis si os enteráis de que ha venido a visitarme. No tengo nada más que dolor de garganta y dolor de cabeza. Tuya siempre,

Annie.»

–Bien, querida –dijo el señor White una vez Candy hubo leído la nota en alto–, si Annie contrajera una enfermedad peligrosa o se muriese sería un consuelo saber que todo fue por conseguir al señor Cornwell y bajo tus órdenes.

–¡Oh! No tengo miedo de que se muera. La gente no se muere por pequeños resfriados sin importancia. Tendrá buenos cuidados. Mientras esté allí todo irá de maravilla. Iría a verla, si pudiese disponer del coche.

Candy, que estaba verdaderamente preocupada, tomó la determinación de ir a verla. Como no podía disponer del carruaje y no había caballo disponible, caminar era su única alternativa. Y declaró su decisión.

–¿Cómo puedes ser tan tonta? exclamó su madre–. ¿Cómo se te puede ocurrir tal cosa? ¡Con el barro que hay! ¡Llegarías hecha una facha, no estarías presentable!

–Estaría presentable para ver a Annie, que es todo lo que yo deseo.

–¿Es una indirecta para que mande a buscar los caballos, Candy? –dijo su padre.

–No, en absoluto. No me importa caminar. No hay distancias cuando se tiene un motivo. Son sólo tres millas. Estaré de vuelta a la hora de cenar.

–Admiro la actividad de tu benevolencia –observó Flammy–; pero todo impulso del sentimiento debe estar dirigido por la razón, y a mi juicio, el esfuerzo debe ser proporcional a lo que se pretende.

–Iremos contigo hasta Meryton –dijeron Karen y Susana. Candy aceptó su compañía y las tres jóvenes salieron juntas.

–Si nos damos prisa –dijo Susana mientras caminaba–, tal vez podamos ver al capitán Carter antes de que se vaya.

En Meryton se separaron; las dos del medio se dirigieron a casa de la esposa de uno de los oficiales y Candy continuó su camino sola. Cruzó campo tras campo a paso ligero, saltó cercas y sorteó charcos con impaciencia hasta que por fin se encontró ante la casa, con los tobillos empapados, las medias sucias y el rostro encendido por el ejercicio.

La pasaron al comedor donde estaban todos reunidos menos Annie, y donde su presencia causó gran sorpresa. A la señora Leagan y a la señorita Cornwell les parecía increíble que hubiese caminado tres millas sola, tan temprano y con un tiempo tan espantoso. Candy quedó convencida de que la hicieron de menos por ello. No obstante, la recibieron con mucha cortesía, pero en la actitud del hermano había algo más que cortesía: había buen humor y amabilidad. El señor Grandchester habló poco y el señor Leagan nada de nada. El primero fluctuaba entre la admiración por la luminosidad que el ejercicio le había dado a su rostro y la duda de si la ocasión justificaba el que hubiese venido sola desde tan lejos. El segundo sólo pensaba en su desayuno.

Las preguntas que Candy hizo acerca de su hermana no fueron contestadas favorablemente. La señorita White había dormido mal, y, aunque se había levantado, tenía mucha fiebre y no estaba en condiciones de salir de su habitación. Candy se alegró de que la llevasen a verla inmediatamente; y Annie, que se había contenido de expresar en su nota cómo deseaba esa visita, por miedo a ser inconveniente o a alarmarlos, se alegró muchísimo al verla entrar. A pesar de todo no tenía ánimo para mucha conversación. Cuando la señorita Cornwell las dejó solas, no pudo formular más que gratitud por la extraordinaria amabilidad con que la trataban en aquella casa. Candy la atendió en silencio.

Cuando acabó el desayuno, las hermanas Cornwell se reunieron con ellas; y a Candy empezaron a parecerle simpáticas al ver el afecto y el interés que mostraban por Annie. Vino el médico y examinó a la paciente, declarando, como era de suponer, que había cogido un fuerte resfriado y que debían hacer todo lo posible por cuidarla. Le recomendó que se metiese otra vez en la cama y le recetó algunas medicinas. Siguieron las instrucciones del médico al pie de la letra, ya que la fiebre había aumentado y el dolor de cabeza era más agudo. Candy no abandonó la habitación ni un solo instante y las otras señoras tampoco se ausentaban por mucho tiempo. Los señores estaban fuera porque en realidad nada tenían que hacer allí.

Cuando dieron las tres, Candy comprendió que debía marcharse, y, aunque muy en contra de su voluntad, así lo expresó.

La señorita Cornwell le ofreció el carruaje; Candy sólo estaba esperando que insistiese un poco más para aceptarlo, cuando Annie comunicó su deseo de marcharse con ella; por lo que la señorita Cornwell se vio obligada a convertir el ofrecimiento del landó en una invitación para que se quedase en Netherfield. Candy aceptó muy agradecida, y mandaron un criado a Longbourn para hacer saber a la familia que se quedaba y para que le enviasen ropa.

A las cinco las señoras se retiraron para vestirse y a las seis y media llamaron a Candy para que bajara a cenar. Ésta no pudo contestar favorablemente a las atentas preguntas que le hicieron y en las cuales tuvo la satisfacción de distinguir el interés especial del señor Cornwell. Annie no había mejorado nada; al oírlo, las hermanas repitieron tres o cuatro veces cuánto lo lamentaban, lo horrible que era tener un mal resfriado y lo que a ellas les molestaba estar enfermas. Después ya no se ocuparon más del asunto. Y su indiferencia hacia Annie, en cuanto no la tenían delante, volvió a despertar en Candice la antipatía que en principio había sentido por ellas.

En realidad, era a Cornwell al único del grupo que ella veía con agrado. Su preocupación por Annie era evidente, y las atenciones que tenía con Candy eran lo que evitaba que se sintiese como una intrusa, que era como los demás la consideraban. Sólo él parecía darse cuenta de su presencia. La señorita Cornwell estaba absorta con el señor Grandchester; su hermana, más o menos, lo mismo; en cuanto al señor Leagan, que estaba sentado al lado de Candy, era un hombre indolente que no vivía más que para comer, beber y jugar a las cartas. Cuando supo que Candy prefería un plato sencillo a un ragout, ya no tuvo nada de qué hablar con ella. Cuando acabó la cena, Candy volvió inmediatamente junto a Annie. Nada más salir del comedor, la señorita Cornwell empezó a criticarla. Sus modales eran, en efecto, pésimos, una mezcla de orgullo e impertinencia; no tenía conversación, ni estilo, ni gusto, ni belleza. La señora Leagan opinaba lo mismo y añadió:

–En resumen, lo único que se puede decir de ella es que es una excelente caminante. Jamás olvidaré cómo apareció esta mañana. Realmente parecía medio salvaje.

–En efecto, Luisa. Cuando la vi, casi no pude contenerme. ¡Qué insensatez venir hasta aquí! ¿Qué necesidad había de que corriese por los campos sólo porque su hermana tiene un resfriado? ¡Cómo traía los cabellos, tan despeinados, tan desaliñados!

–Sí. ¡Y las enaguas! ¡Si las hubieseis visto! Con más de una cuarta de barro. Y el abrigo que se había puesto para taparlas, desde luego, no cumplía su cometido.

–Tu retrato puede que sea muy exacto, Luisa –dijo Cornwell–, pero todo eso a mí me pasó inadvertido. Creo que la señorita Candice Whitetenía un aspecto inmejorable al entrar en el salón esta mañana. Casi no me di cuenta de que llevaba las faldas sucias.

–Estoy segura de que usted sí que se fijó, señor Grandchester –dijo la señorita Cornwell–; y me figuro que no le gustaría que su hermana diese semejante espectáculo.

–Claro que no.

–¡Caminar tres millas, o cuatro, o cinco, o las que sean, con el barro hasta los tobillos y sola, completamente sola! ¿Qué querría dar a entender? Para mí, eso demuestra una abominable independencia y presunción, y una indiferencia por el decoro propio de la gente del campo.

–Lo que demuestra es un apreciable cariño por su hermana –dijo Cornwell.

–Me temo, señor Grandchester –observó la señorita Cornwell a media voz–, que esta aventura habrá afectado bastante la admiración que sentía usted por sus bellos ojos.

–En absoluto –respondió Terrence–; con el ejercicio se le pusieron aun más brillantes.

A esta intervención siguió una breve pausa, y la señora Leagan empezó de nuevo.

–Le tengo gran estima a Annie White, es en verdad una muchacha encantadora, y desearía con todo mi corazón que tuviese mucha suerte. Pero con semejantes padres y con parientes de tan poca clase, me temo que no va a tener muchas oportunidades.

–Creo que te he oído decir que su tío es abogado en Meryton.

–Sí, y tiene otro que vive en algún sitio cerca de Cheapside.

–¡Colosal! añadió su hermana.

Y las dos se echaron a reír a carcajadas.

–Aunque todo Cheapside estuviese lleno de tíos suyos –exclamó Cornwell–, no por ello serían las White menos agradables.

–Pero les disminuirá las posibilidades de casarse con hombres que figuren algo en el mundo –respondió Terrence.

Cornwell no hizo ningún comentario a esta observación de Terrence. Pero sus hermanas asintieron encantadas, y estuvieron un rato divirtiéndose a costa de los vulgares parientes de su querida amiga.

Sin embargo, en un acto de renovada bondad, al salir del comedor pasaron al cuarto de la enferma y se sentaron con ella hasta que las llamaron para el café. Annie se encontraba todavía muy mal, y Candy no la dejaría hasta más tarde, cuando se quedó tranquila al ver que estaba dormida, y entonces le pareció que debía ir abajo, aunque no le apeteciese nada. Al entrar en el salón los encontró a todos jugando al loo, e inmediatamente la invitaron a que les acompañase. Pero ella, temiendo que estuviesen jugando fuerte, no aceptó, y, utilizando a su hermana como excusa, dijo que se entretendría con un libro durante el poco tiempo que podría permanecer abajo. El señor Leagan la miró con asombro.

–¿Prefieres leer a jugar?–le dijo–. Es muy extraño.

–La señorita Candice White –dijo la señorita Cornwell– desprecia las cartas. Es una gran lectora y no encuentra placer en nada más.

–No merezco ni ese elogio ni esa censura –exclamó Candy–. No soy una gran lectora y encuentro placer en muchas cosas.

–Como, por ejemplo, en cuidar a su hermana –intervino Cornwell–, y espero que ese placer aumente cuando la vea completamente repuesta.

Candice se lo agradeció de corazón y se dirigió a una mesa donde había varios libros. Él se ofreció al instante para ir a buscar otros, todos los que hubiese en su biblioteca.

–Desearía que mi colección fuese mayor para beneficio suyo y para mi propio prestigio; pero soy un hombre perezoso, y aunque no tengo muchos libros, tengo más de los que pueda llegar a leer.

Candy le aseguró que con los que había en la habitación tenía de sobra.

–Me extraña –dijo la señorita Cornwell– que mi padre haya dejado una colección de libros tan pequeña. ¡Qué estupenda biblioteca tiene usted en Pemberley, señor Grandchester!

–Tiene que ser buena –contestó–; es obra de muchas generaciones.

–Y además usted la ha aumentado considerablemente; siempre está comprando libros.

–No puedo comprender que se descuide la biblioteca de una familia en tiempos como éstos.

–¡Descuidar! Estoy segura de que usted no descuida nada que se refiera a aumentar la belleza de ese noble lugar. Archibald, cuando construyas tu casa, me conformaría con que fuese la mitad de bonita que Pemberley.

–Ojalá pueda.

–Pero yo te aconsejaría que comprases el terreno cerca de Pemberley y que lo tomases como modelo. No hay condado más bonito en Inglaterra que Derbyshire.

–Ya lo creo que lo haría. Y compraría el mismo Pemberley si Terrence lo vendiera.

–Hablo de posibilidades, Archibald.

–Sinceramente, Eliza, preferiría conseguir Pemberley comprándolo que imitándolo.

Candy estaba demasiado absorta en lo que ocurría para poder prestar la menor atención a su libro; no tardó en abandonarlo, se acercó a la mesa de juego y se colocó entre Cornwell y su hermana mayor para observar la partida.

–¿Ha crecido la señorita Grandchester desde la primavera? –preguntó la señorita Cornwell–. ¿Será ya tan alta como yo?

–Creo que sí. Ahora será de la estatura de la señorita Candice White, o más alta.

–¡Qué ganas tengo de volver a verla! Nunca he conocido a nadie que me guste tanto. ¡Qué figura, qué modales y qué talento para su edad! Toca el piano de un modo exquisito.

–Me asombra –dijo Cornwell– que las jóvenes tengan tanta paciencia para aprender tanto, y lleguen a ser tan perfectas como lo son todas.

–¡Todas las jóvenes perfectas! Mi querido Archibald, ¿qué dices?

–Sí, todas. Todas pintan, forran biombos y hacen bolsitas de malla. No conozco a ninguna que no sepa hacer todas estas cosas, y nunca he oído hablar de una damita por primera vez sin que se me informara de que era perfecta.

–Tu lista de lo que abarcan comúnmente esas perfecciones –dijo Terrence– tiene mucho de verdad. El adjetivo se aplica a mujeres cuyos conocimientos no son otros que hacer bolsos de malla o forrar biombos. Pero disto mucho de estar de acuerdo contigo en lo que se refiere a tu estimación de las damas en general. De todas las que he conocido, no puedo alardear de conocer más que a una media docena que sean realmente perfectas.

–Ni yo, desde luego –dijo la señorita Cornwell.

–Entonces –observó Candy– debe ser que su concepto de la mujer perfecta es muy exigente.

–Sí, es muy exigente.

–¡Oh, desde luego! exclamó su fiel colaboradora–. Nadie puede estimarse realmente perfecto si no sobrepasa en mucho lo que se encuentra normalmente. Una mujer debe tener un conocimiento profundo de música, canto, dibujo, baile y lenguas modernas. Y además de todo esto, debe poseer un algo especial en su aire y manera de andar, en el tono de su voz, en su trato y modo de expresarse; pues de lo contrario no merecería el calificativo más que a medias.

–Debe poseer todo esto –agregó Grandchester–, y a ello hay que añadir algo más sustancial en el desarrollo de su inteligencia por medio de abundantes lecturas.

–No me sorprende ahora que conozca sólo a seis mujeres perfectas. Lo que me extraña es que conozca a alguna.

–¿Tan severa es usted con su propio sexo que duda de que esto sea posible?

–Yo nunca he visto una mujer así. Nunca he visto tanta capacidad, tanto gusto, tanta aplicación y tanta elegancia juntas como usted describe.

La señora Leagan y la señorita Cornwell protestaron contra la injusticia de su implícita duda, afirmando que conocían muchas mujeres que respondían a dicha descripción, cuando el señor Leagan las llamó al orden quejándose amargamente de que no prestasen atención al juego. Como la conversación parecía haber terminado, Candy no tardó en abandonar el salón.

–Candice –dijo la señorita Cornwell cuando la puerta se hubo cerrado tras ella– es una de esas muchachas que tratan de hacerse agradables al sexo opuesto desacreditando al suyo propio; no diré que no dé resultado con muchos hombres, pero en mi opinión es un truco vil, una mala maña.

–Indudablemente –respondió Terrence, a quien iba dirigida principalmente esta observación– hay vileza en todas las artes que las damas a veces se rebajan a emplear para cautivar a los hombres. Todo lo que tenga algo que ver con la astucia es despreciable.

La señorita Cornwell no quedó lo bastante satisfecha con la respuesta como para continuar con el tema. Candy se reunió de nuevo con ellos sólo para decirles que su hermana estaba peor y que no podía dejarla. Cornwell decidió enviar a alguien a buscar inmediatamente al doctor Martin; mientras que sus hermanas, convencidas de que la asistencia médica en el campo no servía para nada, propusieron enviar a alguien a la capital para que trajese a uno de los más eminentes no quiso ni oír hablar de esto último, pero no se oponía a que se hiciese lo que decía el hermano. De manera que se acordó mandar a buscar al doctor Martin temprano a la mañana siguiente si Jane no se encontraba mejor. Cornwell estaba bastante preocupado y sus hermanas estaban muy afligidas. Sin embargo, más tarde se consolaron cantando unos dúos, mientras Cornwell no podía encontrar mejor alivio a su preocupación que dar órdenes a su ama de llaves para que se prestase toda atención posible a la enferma y a su hermana.


¡Perdón, perdón, perdón! Se me fue el Internet y últimamente anduve muy ocupada. ¡Espero y les haya gustado éste capítulo, y gracias a las que comentaron! A pesar del tiempo, no pienso abandonar este fic, lo juro y que me muera, beso al lagarto si así fuera! xD. ¡Nos vemos!