Nota: La mayoría de los personajes que utilizo son de propiedad de J. K. Rowling.
Bueno, aquí les dejo el primer capítulo, espero que les guste. ...Dejen reviwes!
BiBiLuNa
Capítulo 1. Ella tenía los ojos verdes.
La mañana era fría y el cielo estaba cubierto de nubes que amenzaban a tormenta, sin embargo a Oliver Wood le inundaba esa sensación de felicidad que cada año le acompañaba en el expreso de Hogwarts. Ése era su último y séptimo año.
Hacía poco más de unas horas que el tren había partido de la estación. Los gemelos Weasley, que se habían acomodado en el compartimento del capitán de quidditch, no hacían más que gastarle bromas a Angelina Jonshon, que se hallaba a lado de los pelirrojos. Durante el trayecto se habían dedicado a tirrle del pelo hasta quitarle el coletero, que gracias a un hechizo por parte de George, era un calcetín apestoso que sobrevolaba la cabina. La pobre Angelina se resignó a recuperar su gomilla del pelo hace ya un rato; con el tiempo había aprendido que en los gemelos Weasley surte más efecto esperar a que se aburran que soltarles una sarta de insultos. Aunque también era cierto que su paciencia se estaba acabando, y Katie y Alicia estaban en un rincón del compartimento muertas de asco.
-¡Es asqueroso! -Exclamó Katie cubriéndose con el ejemplar de El profeta que estaba leyendo, pues el suspuesto ''calcetín'' iba directo a su cara.- ¡Dejádlo ya!
-¿Sabes qués es lo más increíble, George?
Le preguntó Fred a su hermano, ignorando por completo el comentario de la cazadora de Griffindor. George lanzó la prenda por los aires y Fred la atrapó al vuelo.
-Lo más alucinante es el olor del calcetín ¡Mira –Hizo una breve pausa e inhaló profundamente el ''perfume'' de la prenda. –parece que no lo han lavado en años!
Los gemelos adoptaron una expresión de orgullo y satisfacción mientras los demás presentes se taparon la nariz y mostraron una mueca de asco.
-No puedo creer que 'eso' sea mi coletero ¡Devolvédemelo!
Gritó Angelina muy irritada, acercándose con paso decidido a los Weasley.
-¿De verdad quieres...
-...Que te lo devolvamos?
Dijeron los pelirrojos arrimándo la prenda a la nariz de Angelina, de modo que la joven pudo sentir en sus fosas nasales el espantoso hedor que desprendía el calcetín.
La cazadora gritó, apartándose inmediatamente de ellos.
-¡Callaros de una vez! ¿Cómo queréis que piense una buena estrategia si no paráis de gritar?
Exclamó Wood, que hasta ese momento había permanecido al margen de la situación, ojeano su segundo volumen de El mundo del quidditch. Los gemelos no pararon de reír, aunque al cabo de una media hora Angelina consiguió recuperar su coletero sano y salvo. A Wood le tocó aguantar los insoportables comentarios de los bateadores hasta la una en punto, hora en la que la bruja del carrito de la comida acostumbraba a recorrer los pasillos del expreso.
Todos pidieron una cantidad razonable de golosinas, chocolate y otros artículos cuando la mujer llegó al compartimnto.
El resto del viaje lo pasaron hablando y comentando las vacaciones.
-Es horrible... –Comentó Alicia leyendo atentamente una página del periódico en la que se podía ver la cara de un hombre, rodeada de una larga y descuidada melena. Realmente la expresión del hombe daba escalofríos. -¿Qué pasa, Alicia?
-Es Sirius Black, se ha escapado de Azkaban y se ha armado una buena en el ministerio de magia.
Explicó la chica con el terror dibujado en su cara.
-Sí, yo lo he oído. Al parecer está loco; Ha matado un montón de gente. Ojalá lo encuentren pronto y lo envíen a Azkaban.
Opinó Angelina recostándose en el asiento, algo incómoda. Durante unos minutos se hizo el silencio. De pronto se oyó una leve sacudida y a continuación todos pudieron apreciar cómo el tren reducía la velocidad.
-¿Ya hemos llegado?
Se extrañó Geoge, que al instante miró por la ventana buscando el gran castillo, aunque por ésta no se veía más que el agua de la lluvia azotando con fuerza el cristal. -Es imposible.
Observó Oliver Wood mirando con atención su reloj de muñeca. El tren paró en seco justo cuando todas las luces del expreso se apagaban a la vez. Por un momento sólo se escuchaba la tormenta.
-¿Qué ha pasado?
-¡No veo nada!
-¡El tren se ha parado!
-¡Aaaahh!
El pánico cundió deprisa no sólo en ese compartimento, sino también en el resto del vagón, que ahora se hallaba sumido en gritos.
Alguien entró corriendo en la cabina con torpeza.
-¡¡Socorro, socorro! ¿Crabbe? ¿Goyle? ¿Dónde os habéis metido, par de animales?
No podían verlo, pero por el tono de voz, averiguaron rápidamente de que se trataba de Draco Malfoy.
-¡Vete de aquí, Malfoy!
Gritó Fred Weasley a la vez que lo echaba a base de empujones a ciegas. Por desgracia tropezó con Angelina y ambos amigos cayeron al suelo. Malfoy salió disparado de allí maldiciendo al pelirrojo po haberle pegado.
-¿Estáis bien?
Preguntó Oliver Wood desde un punto desconocido, al escuchar la estruendosa caída.
-Sí, Wood, estamos bien.
-Fred o George, quién quiera que seas quítate de encima ¡YA!
-Oh, vaya lo siento, ya decía yo que el suelo estaba demasiado blando, ¡Eran tus piernas!
Exclamó el pelirrojo con un tono de arrepentimiento completamente falso. Angelina se movió de sitio para liberarse de su amigo, y también para que nadie notara que se había ruborizado.
-Que alguien coja su varita y haga luz.
Propuso Katie, que estaba empezando a agobiarse con tanta oscuridad.-Yo tenía por aquí la mía, pero la he perdido con el apagón.George se buscó en los bolsillos, pero su varita no estaba allí. Debía de estar en el suelo, tirada.
-Esperad, voy a salir.
Anunció Oliver Wood dirigiéndose hacia la puerta con dificultad.
-¡Ten cuidado!
Escuchó decir a Alicia al salir del compartimento.Si en la cabina se veía muy poco, en el pasillo era todo oscuridad.
Avanzó a tientas, palpando las paredes apresuradamente. Debió chocar con algo o alguien, pues cayó de bruces en el frío suelo, algo mareado. Fuera lo que fuese lo que le había hecho caer, había pasado por su lado y se había marchado. Intentó incorporarse, pero estaba demasiado desorientado, y los recuerdos más tristes de su vida surgieron en su mente. Se encontraba muy mal. Un escalofrío recorrió su espalda, haciéndole estremecer.Escuchó unas pisadas acercándose a él, y luego notó el tacto de una mano en su brazo.
-¿Te encuentras bien?
Le preguntó una voz femenina, que era muy dulce y le inspiraba confianza.
-...Eh... Sí, más o menos...La voz no le volvíó a hablar, pero sintió como aquella persona le ayudaba a incorporarse. El capitán de quidditch deseó con todas sus fuerzas averiguar la identidad de la joven. No obstante, la oscuridad se lo impidió. La desconocida le cogió la mano al ver que estaba algo desorientado.
Cuando ya se puso de pie, oyó cómo la misteriosa chica se buscaba algo en la túnica, aunque no sabía qué. Intuyó que intentaba encontrar su varita mágica.
-¡Lumus!
Había acertado. Al segundo una pequeña llama de fuego blanco alumbró una mínima parte del pasillo. No se veía muy bien, pero Oliver consiguió identificar su mano, que aún se hallaba cogida a la de la muchacha. No alcanzó a verle el rostro, pero estaba seguro de que era una chica y no un chico, pues la penumbra revelaba su figura esbelta, y además llevaba falda. Sin poder evitarlo, Wood intentó levantar la varita, de modo que pudiese ver la cara de la desconocida. Sintió sus dedos encima de los de ella, y notó que se le hacía un nudo en la garganta. Nunca había experimentado esa sensación al tocar a alguien. En aquel instante de debilidad, en el que Oliver se había quedado paralizado, la chica retiró su mano y el joven perdió la oportunidad de reconocerla. La chica retrocedió unos pasos.
-¡No te vayas! ¿Quién eres?Preguntó el chico, escuchando los pasos de la joven alejarse. Ella se dio la vuelta durante un momento, y gracias al hechizo de luz, Oliver Wood pudo ver sus ojos, unos ojos verde esmeralda, intensos, los más bonitos que había visto en toda su vida. Luego ella se marchó, y a todo correr, si el oído no le fallaba.
Se quedó allí parado, inmóvil. Las luces volvieron entonces, pero el pasillo estaba completamente vacío. Unas cabezas curiosas se asomaban desde los compartimentos, sin embargo ninguna de ellas presentaba aquellos ojos verdes. El tren volvió a moverse y a coger velocidad. Se dio la vuelta y entró en su cabina justo en el instante en que alguien gritaba una palabra que retumbó en todo el expreso.
-¡Dementores!
