N/A1: Hola, ¿cómo están? Quise participar del cumpleaños de Levi, pero, como siempre, no logro alcanzar las fechas plazo. De todos modos, subo este fic igual. No quise hacer uno nuevo, porque quería darle una segunda parte a este hace tiempo. Así que los invito a leer, y nos leemos más abajo.

Resumen: Hacer un regalo puede pasar de ser divertido a ser un terrible desafío. Si pudieses decirle algo a Levi, ¿qué le dirías?


TANGIBLE


Ojos azules y vacíos, a medida que llueve contra su voluntad

Plumas cayendo fuera de una almohada como si el tiempo fuese a tenerse

No puedo recordar mucho

Pero sé que sucedió de forma apacible, tan apacible…

Aurora


Estaba tan solo. Mikasa lo pensaba todo el tiempo. Estaba solo a un punto que podía exasperarla, a un punto que ni ella misma hubiese podido tolerar. Después de todo, Eren y Armin siempre habían estado a su lado, emulando a una familia. Mas para Levi no había nada. Nunca había nada realmente bueno, excepto por la mera admiración que recibía de todos quienes lo rodeaban, sin embargo, ningún cariño realmente sincero.

Hange era quién podía decirse «su amiga», no obstante, el concepto incluía su insufrible acoso permanente contra el Capitán, quien solía terminar más agotado a su lado que a gusto. Y el Comandante Erwin Smith siempre estaba ocupado, imperaban sus deberes; y Mikasa sabía que aquello era ineludible, pero solía preguntarse si alguna sola vez Erwin le habría dicho a Levi que lo consideraba alguien importante.

No sabía si Levi precisase ese tipo de afectos, de todos modos. Pero se convenció luego de pensar en que, como todo ser humano, necesitaba cumplir los factores básicos de su pirámide de motivación.

La situación había empeorado con el paso del tiempo. Recordaba perfectamente el año anterior, cuando se había enterado que Levi cumplía años en Navidad, que él solía pasar los festivos en completa soledad… pero también recordaba que el Año Nuevo anterior lo habían pasado juntos, que ella le había exigido acompañarlo hasta su hogar, y las consecuencias fueron que ella se embriagara, que le regalase su primer beso ―y unos cuantos más―, que durmiese en sus brazos con la más pura inocencia. Y aunque pensó que luego de eso crecería una linda relación entre ambos, por el contrario, él se encerró tras sus paredes, refugiándose del daño que podría ocasionarle el hecho de sentir.

Entonces, Mikasa pensaba que Levi no solo era alguien muy solitario, sino también muy vulnerable. Vulnerable a los sentimientos. Se le antojó como una tontería, pero recapituló todo lo que sabía que él. Y tontamente sonrió: ¿dónde estaba aquel hombre de aura maligna que ella solía odiar? ¿Dónde estaba el monstruo despiadado que todos decían que era?

No lo era, en lo absoluto.

Era más humano que todos tras esas murallas, incluso más humano que los comentarios cizañeros y desalmados que clamaban en su contra.

Se aproximaba la Navidad. Otra Navidad más, y Mikasa sabía que Levi estaría completamente solo. De nuevo. Y le preocupaba que no le permitiese visitarlo de nuevo, que no le diese el espacio de tomarlo y sacarlo de aquella lúgubre neblina absorbente.

Lo pensó durante toda una noche. Casi no durmió. Y al día siguiente, se levantó con renovada energía. Iba a hacerle un regalo a Levi, uno que no olvidaría jamás. Uno que, de seguro, le robaría el aliento y le quitaría esa tonta idea de aislarse de los demás. Tenía que demostrarle que él era importante, más de lo que su conocimiento le permitía distinguir, y ella sería la mente ingeniosa que llevaría a cabo esa tarea.

Si nadie más lo hacía, entonces ella no tenía problemas en ser la primera.

.*.

Pero, pensándolo mejor, ¿qué podría regalársele a Levi? El año anterior había descubierto una caja de bombones que le había sido obsequiada por su cumpleaños, sin embargo, él los había apartado hacia un rincón con despectivo desinterés y, para colmo, había optado por dárselos a ella… dárselos a ella de una forma muy particular. Suspiró exhausta, tras darse cuenta de que la comida no era un buen regalo.

Prosiguió con la idea de obsequiarle un perfume… empero, ¿sabía ella los olores que disfrutaba Levi? Le gustaba el olor a limpio, mas dudaba de que existiese un perfume prefabricado con ese aroma. Entonces, la idea fue descartada.

Tal vez algo que vestir. Tal vez una caja de té. Tal vez una escoba nueva, para que supiera que ella sí sabía algunas cosas de él. O tal vez un cuadro, un reloj, cojines para su sillón, ¿un par de plantas decorativas?

¡Nada!

Entonces comprendió que lo material no podía equiparar los sentimientos. No podía contrastarlos siquiera, ¡no podía decirle con una caja de té lo mucho que él significaba para ella! Era su amigo, y podría haber sido algo más si él lo hubiese querido… pero no lo quiso. ¿Cómo explicarle…?

Lo que había sido una buena idea, de pronto se convirtió en un enorme desafío: hacerle un regalo a un amigo. Sobre todo cuando se pretende obsequiar algo que resalte, algo trascendental, algo inolvidable.

Mikasa no quería echarse atrás, no quería perder, no en ese ámbito. Necesitaba fervientemente demostrarle a Levi cuánto valía, cuánto significado tenía su mera existencia en este mundo, y no sabía cómo. ¿Cómo se supone que se palpa un sentimiento? No podía envolverlo en un precioso papel de regalo, ni ponerle un listón; no podía reunir sus sentimientos, ni los de los demás en una caja y entregársela como se entrega cualquier cosa tangible.

Y ese era el problema, quería regalarle de forma tangible algo intangible.

Mas la solución estaba frente a sí, y lo había pensado ella misma, dándose la respuesta de forma evidente: una caja llena de sentimientos.

¿Qué tal si les pedía a todos los cercanos a Levi escribirle en bonitas cartas con bellos papeles todo lo que pensaban de él? Todo lo bueno, claramente. Podría reunir las cartas en una caja y entregársela a Levi, para que, por una vez en su vida, él supiera de las marcas que había dejado en los demás, lo que los demás pensaban de él y los sentimientos que él despertaba en las personas, aunque él nunca lo hubiese imaginado.

Se sintió, de pronto, una genio. Lo haría, sin dudar. Y, por supuesto, haría cada detalle del regalo ella misma.

Primero, visitó el centro de la ciudad con el fin de conseguir los papeles que necesitaba para las cartas. Compró todos los que fueron necesarios, y mejor si le sobraban. Incluso, se dedicó a comprar sobres en los que meter las cartas para que fuesen más íntimas y los escritores no sintiesen vergüenza de revelar sus sentimientos. Las cartas serían entregadas selladas.

Nunca en su vida había sentido su corazón palpitar con tanta fuerza. Mucho menos en el momento en que comenzó a repartir los materiales entre los soldados de la Legión para que pusieran manos a la obra. Sabía de antemano que nunca había espacio para tales cosas, así que por tales motivos decidió entregar los papeles con vasta anticipación.

Las reacciones hablaron a su favor. Sus compañeros estaban sorprendidos, jamás se lo habrían esperado de Mikasa, mas no enjuiciaron sus decisiones. Nunca había espacios tan acogedores como aquel dentro de la Legión, por ende, recibieron la propuesta con el corazón ensanchado de ánimo y buena disposición.

Hange por poco termina echando abajo el edificio. Sus emocionados gritos dejaron en evidencia cuánta motivación habría tras sus palabras hacia Levi. Lo mismo Erwin, quien con las espesas cejas arqueadas, aceptó la petición que hacía Mikasa. Y le preguntó si había algún trasfondo específico para toda esa parafernalia, y ella le contestó con la verdad: nadie le hacía sentir a Levi lo mucho que valía. Y tras esa respuesta, Erwin no se pudo negar.

No obstante, lo más divertido sucedió tras comenzar con la producción del regalo. Los inconvenientes no dejaron de aparecer porque sus ideas fuesen claras. Armin y Eren se lo dejaron en claro en todo momento.

―Ahora debes preocuparte de la caja ―comentó Eren, mientras se sostenía la barbilla, mostrándose dubitativo.

―¿Por qué no la compras hecha? Es más práctico, Mikasa ―sugirió Armin.

―Quiero que lo hagamos todo desde cero ―rezongó Mikasa, un poco molesta por las funestas recomendaciones.

―¿Nos hemos perdido de algo? ―inquirió Eren―. Tú odiabas al Capitán Levi.

―Y tú lo admirabas apasionadamente. No veo por qué cuestionas mi idea ―se defendió.

―Lo sigo admirando y mucho. Le tengo mucho aprecio. O no estaría aquí ayudándote. Solo que jamás me hubiese esperado que fueses tú la gestora de una idea de este calibre.

―Si hacemos la caja de roble, ¿será muy difícil trabajar la madera? ―irrumpió Armin―. Deberíamos regalarle algo de calidad.

Mikasa agradeció la intervención tomando su palabra para evadir las preguntas de Eren.

Durante la tarde, se aventuraron por el espeso bosque para buscar la madera que necesitaban para crear la caja que tanto esmero les estaba tomando. Al llegar al castillo, se escabulleron hacia los establos para conseguir herramientas; lo hicieron con la mesura y la velocidad de un ratón escurridizo que esconde un trocito de comida. La única diferencia es que ellos cargaban un enorme tronco de árbol.

―Espero que tengas claro que no vamos a decir palabras mágicas para que esto se convierta en una caja de la nada ―protestó Eren, dando vueltas el tronco de un lado a otro para ver cómo empezaban a cortar.

―Puedo hacerlo sola ―gruñó Mikasa, quitándole la pequeña sierra que el joven traía en las manos―. Si vas a rechistar todo el tiempo, mejor lo haré yo. Así te doy tiempo de escribir tu carta.

Y Eren no pudo refutar.

Mikasa trabajó toda la tarde, raspándose las manos, haciéndose magulladuras, cortándose… si tan solo Levi hubiese visto sus manos sangrar en ese momento. Pero Armin sí la vio. Él no se marchó. Contempló cada segundo que Mikasa avanzaba cortando y puliendo la madera hasta dejarla perfecta para armar una caja. Él la vio poniendo tanto esfuerzo como cuando hacían los deberes para la escuela.

En un momento, tomó un pañuelo de su bolsillo para limpiar las manitos trabajólicas que no tomaban respiro. Las sobó limpiando la sangre que ya estaba seca, y le regaló a Mikasa una sonrisa fraterna. El corazón de su amiga lo sorprendía enormemente, aun cuando muchos la considerasen una frívola, despiadada y egoísta.

Armin se ofreció a lijar la madera para dejarla suave y brillante. Los trozos listos, Mikasa los comenzó a martillar, asegurándose de alinearlo todo para darle la forma que esperaba: perfecta.

Y mientras avanzaba y avanzaba en el arte de su pequeña caja, y el ocaso se dejaba caer, ensombreciendo algunas esquinas, Mikasa no dejaba de pensar en lo solo que debía sentirse Levi.

Sus padres, cuando era pequeña, le habían enseñado que la idea de los regalos era suplir alguna necesidad de la persona, con el motivo de hacerle sentirse considerada en la vida ajena. Y eso jamás se borraría de su memoria.

Entonces, cuando lo pensaba se daba cuenta: Levi necesitaba amor, tanto, tanto amor. Alguien tenía que darle amor.

Porque así no se quiera, el amor es el motor de la vida. Aquello que nos hace seguir luchando, incluso por las razones perdidas. Y no el amor romántico, no. El amor, tan simple como el amor… natural, en todos sus aspectos, en todas sus versiones y umbrales sensitivos. Ella vivía porque amaba a Eren y a Armin. Y viviría cien años más, solo porque quería con todo su ser a Levi.

Ella podía darle amor. Todo el del mundo si él así lo quisiera. Puesto que él le había demostrado con un simple beso todo cuánto sentía por ella. Mas ella pudo percibir sus miedos, los percibió en sus labios temblorosos y en su lengua vacilante, temerosa de ahondarse hasta un punto de no retorno.

Como anhelaba besarlo de nuevo.

Antes de que pudiese salirse de su embeleso, Armin se dio cuenta de que Mikasa estaba llorando; silente, cabizbaja, martillando cada vez más lento un clavo que llevaba inserto bastante tiempo ya.

―Está quedando muy bella, Mikasa ―Armin no entendía―. Le gustará muchísimo, te lo aseguro.

Y Mikasa le sonrió, adolorida pero sinceramente.

―Y podrías grabarle las alas de la libertad en la tapa… y algunas enredaderas por los bordes ―le sugirió. Y a Mikasa le pareció esplendido.

.*.

Las cartas también significaron un desafío, pero no uno malo. Resultó ser que cada soldado debió recopilar todas las cosas que atesoraban de Levi, y eso les llevó a darse cuenta de la persona que él era, haciendo que las cartas fuesen realmente sinceras y no fuesen escritas por mero cumplimiento. Cada palabra estaba traspuesta en el papel con el más puro de los sentimientos.

Incluso, Mikasa acordó una cita con Historia, su reina, para que ella pudiese profesar sus sentimientos también. Después de todo, también tenía algo para decir:

«…porque a pesar de su genio huraño, usted siempre nos entrega el valor que ni nosotros mismos sabemos que poseemos. Gracias por eso», escribió Historia.

«… y aunque parezca que sus decisiones son irracionales, éstas nos han llevado al éxito muchas veces. No puedo negar que usted es un excelente Capitán, y nuestra confianza es suya», escribió Jean.

«Usted nunca perdió la confianza en mí, ni mucho menos me apuntó, señalándome como un monstruo. Gracias por toda su entrega, Capitán. Y por las veces que ha entregado su vida por nosotros», le dijo Eren.

«Gracias por destacar mis habilidades. Sé que no soy fuerte, pero usted me animó a potenciar mis habilidades como estratega. Yo no me olvido de eso», comentó Armin.

«…puede que nunca te haya dicho que eres mi mejor amigo, pero lo eres. Gracias por el perdón que tantas veces me has entregado, gracias por tu valor, por tu confianza, gracias por tu entrega, gracias por todo, por, simplemente existir», Erwin parecía emocionado.

«Te quiero como se quieren a las viejas amistades añejadas en roble. Gracias por aceptarme tal y como soy, gracias por estar a mi lado en los momentos más sórdidos que nadie más ha visto. Levi, eres el mejor. Te adora tu Hange», y podría decirse que esa era la más consentida.

Y así.

Muchas cartas más. Cartas y cartas de todos quienes tenían algo para decirle a Levi. Palabras que él nunca hubiese creído que serían para él, palabras que hubiesen roto el corazón de cualquiera, y que estaban escritas con un amor que Levi no conocía, porque nunca nadie había tomado la iniciativa de enseñárselo.

Nadie excepto alguien tan obstinado como Mikasa Ackerman.

Mas cuando llegó el momento de escribir su carta, Mikasa se dio cuenta de qué tenía tanto que decir, que la hoja que tenía no era suficiente. Y así quisiera acortar su discurso lo que más pudiese, no podría evitar terminar escribiendo una carta de amor. Una carta de amor y reclamo.

Porque no podía dar vuelta atrás y devolver el tiempo, no podía deshacerse de todo lo que sentía por él, ni mucho menos de aquella furiosa motivación que la había llevado a hacerle un regalo de tal magnitud. Quería reclamarle que no tenía ningún de derecho de haberle abierto su corazón de la forma en que había hecho hacía un año atrás, para luego dejarla a la deriva llena de cuestionamientos; quería decirle que no tenía ningún derecho de besarla una vez sin prometerle otra; quería decirle que sus ojos lucen preciosos a la luz de la luna y que tiene una sonrisa hermosa, aunque la hubiese visto una sola vez en la vida; y quería decirle que tal vez ni siquiera se mereciera ese regalo de su parte, por el simple hecho de llevar ignorándola un año, matándola con su indiferencia, consumiéndola con la incertidumbre cada vez que se acercaba un poco más hacia ella.

¿Cómo explicarle lo que sentía por él? Como desmembrar todo el sentimiento, si no podía explicarlo con claridad. Mas cuando intentaba escribirle una sencilla carta de cumpleaños, terminaba escribiendo cosas que no tenían sentido y que la llevaban a tocar los tópicos más sensibles.

Tenía la cabeza sujeta entre sus manos, mientras se apoyaba en su escritorio, intentando resolver la problemática. Decidió que agradecerle por todas las veces que le salvó la vida, todas aquellas veces en que puso la seguridad de ella por sobre la de él, sería suficiente para una carta con motivo cumpleañero. Y eso debía bastar.

Sin embargo, en el último momento decidió que lo más indicado sería darle las indicaciones para que pudiese comprender el motivo del obsequio. Su propia carta iría al principio, sobre todo el lote de cartas, funcionando a modo de instructivo para que pudiese guiarse durante el recorrido sentimental que supondría aventurarse en aquella caja.

«Tal vez te estés preguntando por qué decidí hacer algo de este tipo. Es porque creo que vives engañado en una realidad cruda. Y el mundo lo es, pero a decir verdad, hay luz incluso en la más profunda oscuridad. Aquí está. Cuando termines de leer, es probable que te comiences a ver con otros ojos. Quizás la imagen que tienes de ti se distorsione, mas espero que tergiverse en algo que valga la pena. Este eres tú para todos nosotros, esto has sido durante todos estos años, este es el tú que veremos en un mañana. Gracias por todo, Capitán».

Ella era la mente tras toda esa idea. No necesitaba decir mucho más, sus intenciones quedaban implícitas en el regalo mismo. No obstante, decidió que sería mejor poner dos cartas. Aquella al comienzo, y otra al final. Una más breve:

«Desde hace un año te tengo atascado dentro de mí. Te siento en los espacios de cada latido de mi corazón. Estoy cayendo en cada palpitar. Por favor, devuélveme mi cordura».

Pero esa petición era vana. Ella había perdido todo y había caído ya, sin vuelta atrás.

.*.

―¿Procuraste que los sobres cupiesen en la caja primero? ―Eren sonó molesto y burlesco al mismo tiempo.

Entonces Mikasa llevó su vista hacia la caja, y luego a Eren. Y Eren contempló la caja también, y luego a Mikasa. Ambos se miraron; Mikasa algo confundida, Eren intentaba ocultar una sonrisa, apretando sus labios.

―Demonios, tienen que caber. Está lista. ¿Cómo voy a hacerla de nuevo? Mañana es su cumpleaños y Navidad. No tengo más tiempo.

―Oremos ―dijo Armin, mientras atento observaba a Mikasa que tomaba los sobres para meterlos en la caja.

Afortunadamente, los sobres cupieron compactamente, dejando un pequeño margen de medio centímetro por cada borde.

Tras cerrar la caja, Mikasa sintió un alivio que no había experimentado en años. La satisfacción de haber logrado algo, y algo realmente bueno. Sabía que las satisfacciones eran escasas en el mundo que ellos vivían, pero detalles como aquel hacían la sangre circular con rapidez por sus venas.

Aun cuando la más grande retribución vendría de mano de la reacción de Levi.

.*.

Tal y como lo esperaba, Levi se había ido temprano a su cabaña aquel día. No estaba ahí para cenar con la Legión, dejándoles a todos un gusto amargo tras pensar que las cartas que habían escrito con tanto esmero, no iban a llegar a sus manos. Pero Mikasa les dejó en claro que su obstinación estaba por sobre la de cualquier otra persona, y el obsequio llegaría a él de todos modos.

Sabía dónde vivía. Lo recordaba perfectamente.

Tras llegar a la cabaña, el rostro de Levi era todo un poema decasílabo. La sorpresa era tal que se quedó perplejo en la puerta ahora abierta, sin poder siquiera saludar a Mikasa.

―¡Feliz cu…

―¿Cómo llegaste aquí? ―la interrogó, halándola hacia el interior de la cálida cabaña―. ¿No ves la hora? ―jadeó, con preocupación.

―Te recuerdo que soy una soldado d…

―Eso no significa que estés exenta de los ataques nocturnos de algún psicópata.

La hizo sonreír. Estaban hablando, y él estaba preocupado por ella. Tal como había sucedido la primera vez que se habían encontrado allí, y estaba por cumplirse un año ya. Los ojos de Mikasa brillaron por la humedad que brotó a raíz de la alegría, e inhaló aire, ensanchando su pecho mientras contemplaba a Levi quedamente, y éste no tuvo fuerzas para resistir ante esa imagen tan vivificante que resultó ser el regalo navideño más precioso.

―Feliz cumpleaños ―musitó Mikasa, alzando frente a su rostro la cajita de madera que tanto la enorgullecía.

Era deslumbrante. Estaba tallada, lijada y barnizada. Tenía un tamaño similar al de una caja de té.

¿Lo será?, pensó Levi, tras recibir el obsequio y admirarlo con minuciosa atención, cada detalle. Reparó en que la caja había sido hecha a mano, no comprada. Un sentimiento que casi termina por asfixiarlo secundó el impacto al pensar que la artesana responsable de aquella preciosa pieza de madera fuese Mikasa Ackerman.

―¿Qué significa esto? ―preguntó él. No era una pregunta ofensiva ni mucho menos indignada; era una pregunta inocente, incluso agotada. Levi no lograba comprender cuáles eran las pretensiones de Mikasa.

―¿Cómo que qué? ―ella parecía confundida―. Es lo que parece. Es un presente por tu cumpleaños.

Levi seguía perplejo. Mas eso no evitó que comenzara a cuestionarse todo el escenario.

Por consiguiente, ocurrió una conversación unilateral de la culpa que Levi cargaba y las ansias muertas de Mikasa por responder a sus increpaciones.

―¿Por qué hiciste esto? ―suspiró él―. No te das cuenta que no lo merezco.

«No, es cierto. Puede que no lo merezcas», pensó Mikasa.

Sin embargo, frente a Levi se mantuvo en una sola pieza y en perenne silencio.

―No merezco tu tiempo y tu dedicación ―bufó exasperado.

«No, claro que no los mereces. Si tú ni siquiera has dedicado un minuto de vida a darme una explicación».

―Hace un año que no nos hablamos como lo hacíamos antes. Y aun así tú eres todo, sigues siendo todo…

«Porque yo no soy como tú».

―¿Por qué me haces esto? ―gimoteó.

«Porque eso sí te lo mereces. La consecuencia de tus actos».

―Sé que debí hablarlo contigo.

«Pero no lo hiciste».

―Pero no lo hice.

«Es lo que digo; cobarde».

―Gracias ―soltó con abrupta torpeza―. Gracias. No sé qué más decirte.

Mikasa habló por primera vez en ese entonces:

―Esperábamos a que vinieses a cenar con nosotros, juntos con la Legión. Era la idea, sin embargo, tras dame cuenta que no te habías quedado ni que pensabas asistir, decidí que lo mejor era hacerte una visita. No ibas a dejarme con el presente en las manos. Es importante que lo recibas y lo abras… y lo uses. Sobre todos en días como estos… que tengas buenas noches.

Mas cuando la joven intentó moverse para salir rápidamente por la puerta, Levi la sostuvo del brazo impidiéndole continuar. Era un idiota, sí, pero no lo suficiente como para dejarla partir así como si nada. Ya había fallado demasiado, cruzando al límite de lo cretino. Sabía que era un inútil demostrando sus sentimientos, tímido y torpe, pero consideró que por ella valdría la pena.

Ella se había tomado la molestia de hacerle un regalo. Y él no hacía más que rechistar como una esposa sentimentalista y chillona. Más le valía callar, tragarse el orgullo y aceptar de una vez por todas, aquella dulce correspondencia de parte de ella.

―¿Y ahora qué? ―se estremeció la joven, enseñando su inquietud a través de aquel especial brillo en sus ojos.

―No lo sé ―murmuró Levi―. Tan solo quédate. Qué bueno verte aquí de nuevo.

―Aún así, ¿no irás a la cena con la Legión? ―inquirió, no queriendo perder.

―Iría… si no estuviese tan cansado. Han sido días raudos y ajetreados, todos tan impalpables ―jadeó, retirándose hacia el interior de su morada―.Perdóname, me duele la cabeza.

―Irás mañana temprano ―advirtió Mikasa, tan segura de su repuesta, que se sintió sorprendida ante su entereza. Levi volteó a verla por sobre su hombro―. Se los debes.

Él no le respondió.

Cogió la pequeña caja, se dirigió hacia el interior de la sala de estar y sitúo el obsequio sobre la mesa de centro. Aquello fue la invitación implícita para que Mikasa lo acompañase también. No dudó en seguir sus pasos y sumarse a su lado, haciéndose un espacio en el sillón.

Levi, mientras, contemplaba la caja como si ésta entrañase un maravilloso secreto. Temía abrirla y que se terminase la sorpresa. Le gustaba esta nueva sensación de incertidumbre que Mikasa había propiciado con un gesto tan angelical como un presente navideño… o de cumpleaños. O ambas.

Mikasa, por su parte, contempló el perfil de Levi: respingado y suave; su rostro añoso aún tan juvenil. Era otro año más sobre sí, y ella no podía concebir que así fuese, si el tiempo no dejaba rastros en su fisonomía, ni una marca excepto la arruguilla odiosa en su ceño que él mismo se había ganado con sus insufribles rabietas.

Mas eso era todo. Su rostro impasible permanecía, sus espesas pestañas, sus ojos azules, su boca pomposa. Mikasa tragó con dificultad. Su boca era lo que más le gustaba de él y la manera tan natural y refinada en que ésta combinaba con su pequeña nariz. Y no podía creerse que aquel rostro fuese el de un hombre cuyo pasado lo delataba de criminal, mucho menos la estampa de un Capitán intrépido.

―Tal vez deba volver al castillo ―musitó Mikasa al darse cuenta que el único panorama viable entre ambos era estar sentados en el sillón, mirando hacia la nada.

―No ―la detuvo.

―¿Por qué no? ―preguntó ella con tonta inocencia.

―Porque no quiero.

Mikasa entreabrió los labios dejando escapar un pequeño respiro.

―¿Por qué me alejaste? ―averiguó. Después de todo, no había otra razón de estar ahí; el obsequio era como parte de una excusa, tenía buenas intenciones, pero era el pretexto que le permitía haberse acercado a él después de tanto tiempo―. No te rechacé.

―Estabas ebria…

―¡No lo estaba! ―jadeó exasperada, recordándole a Levi que las veces que ella tomaba esa actitud era cuando defendía a Eren―. Bebí, pero estaba consciente de todo lo que hice.

―Estabas dolida por las actitudes de Eren…

―Sí, no lo negaré ―giró su rostro, haciendo bailar sus mechones negros―. Pero quizás ese fue el agente de cambio. Sabías desde mucho antes que te quiero, sin importar lo demás…

Levi giró a verla con grandes ojos, para luego recuperar su estoicismo y escrutar a Mikasa con recelo.

―Te quiero ―insistió ella.

―Te amo ―le respondió Levi, callándola.

La palabra era tan fuerte. Y Mikasa estaba segura de que luego de todo ese tiempo, terminaría amándolo también, mas no podía decirlo tan fácilmente como él. Mucho menos luego de que él la alejase de manera tan severa. ¿Qué confianza tendría entonces?

Pero, ¿por qué estaba ahí para empezar?

―¿Aún? ―evadió responder.

―¿Por qué debería detenerme?

Y así pretendía que ella se olvidase de él. Estúpido.

―¿Por qué debería hacerlo yo? ―exigió saber―. Tienes derecho a enamorarte de mí, pero yo no de ti.

―No, no tengo ningún derecho. Pero no siempre respeto las reglas. No las asociadas a mi vida, por lo menos. Lo que sucede aquí es que yo siempre he asumido que algo entre nosotros es imposible, por el simple hecho de que no hay nada bueno en mí, nada que pueda ofrecer. No quiero arruinarte.

Mikasa calló unos minutos, mientras masticaba las palabras de Levi en su cabeza, sin intención de tragárselas. No obstante, recordó porqué había decidido hacer aquella caja para él, porqué era tan imperante que él dejase de creer que no había nada bueno de sí. Vaya tontería.

―Estoy cansada de ese discurso ―escupió maltrecha―. Me agobian tus pensamientos tan autodestructivos. Eres una persona… ¿qué es lo que está tan mal contigo?

―¿Tú qué sabes de mí para empezar? ―gruñó él, y ese comentario desatinado solo logró herir a Mikasa con una de las más certeras realidades entre los dos; él la conocía, ella a él no tanto.

―Como si fuese mi responsabilidad el hecho de no saber nada de ti. Recrimíname cuando sea producto de mi falta de interés el que no te conozca, pero no si eres tú el que se encierra tras una maldita coraza ―se removió ansiosa en su asiento, mirando en dirección a la puerta de la calle para escapar del lamentable escenario.

Pero Levi lo notó. Y se odió a sí mismo por hacerla sentir así.

―Analiza tus reacciones. Despierto la peor parte de ti.

―Lo sabes, y no haces nada para cambiarlo ―Mikasa clavó su mirada en la caja ahora puesta en la mesa de centro y la contempló con melancolía, sabiendo cuanto cariño y esfuerzo había tras ella.

Como un fantasma, como si nunca hubiese estado ahí, y como si a la vez lo estuviese ―efímero, omnipresente―, Levi cogió la mano de Mikasa, tras corroborar que ella no la quitase de un solo tirón, y la acarició con suavidad, aun cuando sus manos ásperas y torpes no estaban hechas para eso.

―¿Cómo es que puedas querer esto? ―dijo, llevándose la mano de la joven a la altura del rostro, para sentirla contra la piel de sus mejillas, y posteriormente llenarla de besos breves y suaves.

―Tal vez yo veo algo en ti que tú no ―musitó, acercándose a él―, y eso es aquello que sí sé de ti.

Mikasa sostuvo la mirada del hombre frente a sí, y este último no podía terminar de creer que ella fuese tan determinada cuando de él se trataba. Si era de saber común el que ella se desviviese por Eren Jaeger, desplazando a segundo lugar todo que viniese en la lista de preocupaciones, e incluso, solía posponer todo al final, dándole a Eren por lo menos los diez primeros puestos de su lista de prioridades. Así era, así la conocía Levi. Por tales razones se negaba a creer ser el poseedor de tanta atención.

Y se preguntaba qué pasaría si cedía. Si la dejaba entrar en su vida, esta vez para siempre, y se quedaban juntos viviendo como una pareja. La idea era hasta surreal, despertar con ella y besar su piel de porcelana, hacer el desayuno juntos, trabajar para construir el nido, recrearse con ella ― ¿qué cosas le gustaría hacer?―, comprar juntos, salir de pronto en la noche a dar vueltas sin ningún sentido… tocarla, tocarla mucho, más de lo debido. Era todo cuánto quería y se estaba negando.

―¿Qué es? ―le preguntó.

―¿Qué? ―intentó espabilar Mikasa. Llevaba varios minutos sumergida en los preciosos orbes azules de Levi.

―Esta caja ―indicó con su cabeza, mirando su obsequio―. ¿Es té? Sabes que me gusta el té.

―¿Crees que sería capaz de regalarte algo tan simple como té? ―le sonrió tenuemente―. Puedo ir y comprarlo, resulta sencillo. En cambio, esta caja tiene más significado de lo que hubieses imaginado. No te instaré a abrirla de inmediato, será cuando quieras hacerlo.

Y aquellas palabras solo consiguieron que Levi se mostrase más atraído por el contenido de la caja. No llegaba a comprender qué pretendía Mikasa Ackerman, pero de seguro era algo bueno… de todos modos, todo lo que viniese de ella lo era. Incluso sus niñerías tontas.

Incluso eso y más.

Era perfecta. A sus ojos no tenía otra definición. Levi pensaba que Mikasa, simplemente, sobrepasaba todas las expectativas jamás impuestas; y a pesar de que él se hubiese comportado como un verdadero cretino con ella, ella seguía siéndolo todo: magnánima, majestuosa, sublime, imperecedera, maravillosa, espléndida, ¡todo!

Vaya que hacerle un regalo, cuando lo máximo que él podía merecer era una buena patada en el culo por su genio insoportable y sus actitudes dañinas para ella.

Se refregó el ceño, sobó sus sienes y luego alzó la mirada hacia ella.

―Te amo ―le dijo nuevamente, suspirando suavemente y deleitándose con el momento en que la hizo derretir con sus palabras―. Gracias.

Y ya no sabía si agradecía el regalo, sus expresiones exquisitas, su presencia misma allí en el lugar, o su existencia. O tal vez, todo junto.

―Dame un beso ―pidió ella, luchando contra el carmín brillante de sus mejillas y el calor ascendente que quería obligarla a retractarse. Solo que no podía, ni podría jamás. Era el deseo que anhelaba cumplir desde hacía un año ya.

La mirada casi agónica de Levi le dejó ver que él también deseaba cumplir con ese deseo. Pero él temía perder la cordura si la tocaba de nuevo. No recordaba cómo había hecho para contener las ansias ardorosas que lo habían asaltado aquella noche hacía un año, aquella noche en que Mikasa lo había halado de la camisa para recostarlo sobre sí misma en el sillón. Sabía que no podría detenerse esta vez, por lo que decidió darle un beso casto, lo más sencillo posible para no obnubilar su juicio.

El beso se le antojó a Mikasa tan inocente como torpe, infantil. Se acercaron al mismo tiempo suavemente, lentamente, con la mirada fija en los labios del otro, excepto en el último momento en que se miraron unos segundos antes de cortar la distancia. Levi la besó con cuidado, ejerciendo una presión casi tímida sobre la boca de la Mikasa, amoldándose a sus labios con una caricia húmeda y mullida. Se quedó quieto, manteniendo la unión de sus labios por unos segundos, para luego dejarla ir.

―Dije: dame un beso ―insistió Mikasa, observando a Levi con las pupilas enteramente dilatadas, y sus ojos brillosos, ansiosos.

―Eso fue un beso ―se defendió él.

―Quiero un beso como los de aquella vez ―refunfuñó ansiosa―. No uno, quiero muchos.

―No tenemos bombones de chocolate―jadeó él, cuando Mikasa tomó las riendas del momento, y se sentó sobre sus piernas, tal como la primera vez. Estaban en la misma posición, en el mismo sillón…

―Mejor aún ―suspiró Mikasa―. Así no hay nada que se interponga entre nosotros.

―Abusiva ―se quejó al sentirla tan cerca, tan desinhibida.

Abusiva, sí. Puesto que abusaba del amor de Levi para calmar su ansiedad, como él se lo había dicho hacía un año atrás.

―Hace un año lo fui, probablemente ―murmuró―. Pero ahora no estoy segura de poder gozar de ese privilegio simplista… ahora estoy en igual de condiciones contigo.

Levi estaba a centímetros de Mikasa, mirándola; se veía tenso, adolorido, como si cada palabra que ella enunciase fuese un golpe duro contra su alma. Hacía un año atrás había sucedido y él, como un adolescente, se había dejado llevar. Un año más tarde volvía a ocurrir, y aun año más tarde comprendía que no podía hacer nada para evitarlo.

Abrir la boca para expeler el oxígeno no había sido buena idea, o dependiendo de cómo mirase, había sido la mejor idea del mundo. Mikasa lo asaltó sin piedad, coartándole las palabras cuando justo él iba a protestar contra sus argumentos, aunque fuese por última vez a modo de cerciorarse de la veracidad de sus confesiones.

En un comienzo, le costó seguir el ritmo de la joven, puesto que sentía que la completa situación era surreal. No estaba seguro de lo que estaba haciendo, y esa dubitación suya despertó un arranque en Mikasa producto de la frustración que le provocaba no encajar con él; irritada, le tomó el rostro para mantenerlo fijo en un solo lugar y someterlo a ceder. Después de todo, él siempre cedía, y no tenía motivos para negarse ahora.

―No…

El jadeo distorsionado de Levi impulsó a Mikasa a continuar, pasando por alto sus insistencias. Los dedos de la joven se enterraron con firmeza en el suave cabello negro, peinándolo hacia atrás, dejando expuesta su preciosa frente.

―¿No qué? ―gruñó contra la boca del hombre, aquella que expelía su aliento dulce y febril.

―No sé ―soltó con torpeza.

¿Qué demonios estaba negándole, cuando la tenía sobre las piernas y con su torso presionando el suyo? Y qué decir de sus manos hacendosas que iban de la espalda a las caderas y a los muslos, repitiendo un viaje cíclico a medida que la misma Mikasa se perdía en las rutas que Levi dibujaba sobre ella.

―Entonces, cállate.

Vaya que hacerlo callar a él. Ganar la guerra nunca fue tan imperante como en aquel momento.

Levi, abandonando su juicio moral, tomó a Mikasa en brazos para llevarla hasta su habitación, y ella no logró percatarse de lo que estaba sucediendo, porque su mente divagaba en las sensaciones que la anegaban cuando besaba a Levi de esa forma.

La dejó caer sobre la cama sin sutileza alguna, sin consideración siquiera. La esponjosidad del colchón la dejó rebotando unos segundos, mientras de pie frente a ella, Levi observaba la escena. Mikasa se veía preciosa: llevaba puestos pantalones ajustados a su figura, botas largas que en sus piernas contorneadas lucían perfectas, una blusa y sobre ésta un chaleco que llevaba abierto, y sobre su cuello la infaltable bufanda. Su cabello se dispersó sobre la cama del mismo modo en que las gotas de pintura estallan en el suelo. Sus ojos estaban húmedos y sus mejillas rojas. Y tras contemplarla varios segundos, Levi no logró comprender por qué, por qué él.

―Puedo preguntar ―su voz se volvió oscura, más grave de lo normal―, ¿hasta dónde quieres llegar?

―Hasta el final ―musitó ella, de pronto, perdiendo su confianza. Le molestaba que Levi cuestionase sus decisiones.

―Tú nunca has… ―Levi se detuvo tras pensar que la respuesta a esa pregunta no le incumbía en lo absoluto. Sin embargo, Mikasa sí conocía bien aquel matiz suyo; sabía qué había tras aquella hesitación momentánea y su renuncia a preguntar.

―No, yo nunca he ―le respondió, ansiosa por saber qué le diría él tras confesarle su pureza.

―Entonces, ¿por qué estás adelantándote tanto? Nunca has tocado a nadie.

―Puedes enseñarme ―sugirió ella, con suma inocencia.

―¿Y crees que es así de mecánico? ―escupió, haciéndola callar de golpe―. No me parece que funcione de ese modo.

―¿Entonces? ―exigió saber, sintiéndose insultada. Él no le respondió; se quedó viéndola en silencio―. Permíteme decirte que existe una gran diferencia entre inocencia e ignorancia. Podré no tener experiencia, pero eso no significa que no entienda cómo funcionan las cosas.

Entonces, fue el turno de Levi para atacarla. Se subió a la cama, para posicionarse sobre ella, y aunque Mikasa creyó que él la tomaría ahí mismo, en cambio, la abrazó y giró con ella para colocarla sobre él, sentándola a horcajadas.

―Y ahora espero que pongas en práctica tus palabras ―la hizo tragar con firmeza―. Hazme cualquier cosa, pero hazme algo ―suspiró, acomodándose sobre la cama, haciéndole ver a Mikasa lo esplendido que lucía con la cabeza recostada y con los ojos bien abiertos.

Mikasa pensó en que era una buena forma de dar comienzo. Era para ella la manera en que él saldaba las deudas que tenía con ella, y vaya que eran muchas, muchísimas. Todas durante un año, incluso una por cada día, por cada silencio, por cada mirada esquivada, por cada beso que no había llegado, por cada día que necesitó un abrazo y él no estuvo presente.

Mas habían cosas que le causaban inquietud: ¿cuándo pasaron de ser amigos a esto? Y para empezar, ¿cuándo comenzaron a caerse bien siquiera? La verdad, Mikasa no recordaba, pero sí sabía que había pasado de forma tan apacible, tan apacible…

Justo como ahora, que ella con sus dedos temblorosos comenzaba a desabotonar la pulcra camisa ante a ella, aquella apertura de la tela que dejaba expuesta antes sus ojos una imagen más pulcra aún, blanquecina, como mármol esculpido.

Se preguntó si sería necesario rememorar las razones de estar ahí: entregarle su regalo de cumpleaños. Aquello que iba a hacer no tenía, en lo absoluto, nada que ver con un obsequio, no estaba estimado siquiera en sus planes. Y ahora se encontraba allí, desvistiendo a Levi con la más pura inocencia de quién lo intenta por primera vez, y la respiración parsimoniosa del hombre le dio a entender que todo estaba bien, estaba entregado a ella.

Por un momento, pensó que se sentía extraño desvestir a un hombre, cuando el único que cuerpo al que Mikasa le había quitado la ropa había sido el propio. Pero tras ver a Levi con el torso descubierto consideró que no podía ser muy diferente. Era humano, y uno bastante sensible. Lo comprobó tras repartir caricias sobre su piel y notar como su dermis se erizaba lentamente.

Él la hacía sentir en el aire.

Lo tomó de los brazos para sentarlo en la cama y hacerlo llegar hasta ella. Lo abrazó con tanta fuerza como con temor, aquel que le susurraba maliciosamente en el oído que Levi la abandonaría de nuevo. Mas comprendió con la incitación que él mismo suscitó que no la abandonaría jamás, porque iba a sellarla así como un pergamino, con lacre, timbrándola con arrebatada posesión.

Tal vez Mikasa perdió cosas aquel día, no obstante, ganó otras. El recuerdo diáfano de la primera vez que la desgarraron con sublime lasitud, con vehemente gracia y belleza, con dolorosa pericia y dedicación, con apasionante arte y talento. Debía ser tortuoso, sin embargo, se sentía liberador, relajante, como un drenaje de sus cargas negativas tras la emancipación de la energía atosigante. Lo supo en el momento en que él tomó cartas en el asunto, despertando los puntos sensitivos de su organismo, lo supo cuando él la tuvo desnuda en su cama y la configuró a su voluntad, cuando la recorrió por completo, con el fin de no permitirle un solo lugar sin ser corrompido… sí, lo supo cuando sintió que la rompía con el dulce amor que le profesaba, y era su soporte, sosteniéndola para contener la clavada palpitante que recorría sus ingles, sus caderas, su bajo vientre.

Y así como Levi le dejaba una profunda herida que sería una marca hasta el día de su muerte, ella entintaba de rojo sus sábanas, su nívea piel, para hacerle entender que ella era real, que estaba ahí y era suya. Aquella tinta que Levi se juró amar porque le pertenecía. Y dolía tanto. Le dolía tanto como a ella, pero ella no podría entenderlo: los niveles inconmensurables de amor que lo desgarraban a cada segundo más que pasaba dentro de ella.

Fueron como un espejismo en medio de las tinieblas; así de efímeros, como una tenue capa de neblina intentando ser atrapada entre las manos. Levi cumplió su sueño de manchar a Mikasa, de romperla, de echarla a perder, y sin embargo lo hizo con una dulzura que ella no hubiese esperado de él jamás.

Apacible, tan apacible… con una lentitud tortuosa que dio paso a una extensa ceremonia de ella soltando tenues gemidos, breves suspiros por cada beso cansino que Levi arrastraba sobre su piel sudorosa.

«Maravillosa», pensaba Levi. Ella era, simplemente, esplendorosa.

«Deslumbrante», pensaba Mikasa. Él era, realmente, sempiterno; quedaría impreso en su alma por un infinito.

Cuando Levi se cansó de ir lento, se aferró a los almohadones de plumas tras la cabeza de Mikasa para darse impulso y llevarla al abismo. Pero al hacerlo los rompió, soltando una lluvia surreal de blancas plumas, dispersas en el aire. Y se entregó a ella, dejándose ir como si hubiese saltado hacia un precipicio, como si su vida estuviese en manos de ella, porque él se hallaba en un estado increíblemente vulnerable. Se dejó caer como una roca lanzada al agua, incrustándose en el fondo y salpicando gotas explosivas… sí, se dejó caer, mientras rodaba con ella en la cama, posicionándola de nuevo sobre sí, reponiéndose mientras intentaba controlar sus espasmos, y mientras la misma Mikasa intentaba recuperar el aliento y el control que tenía sobre sus extremidades.

Pero algo seguía ardiendo en su interior, algo que la incitó a moverse de nuevo, ansiosa por acabar con el segundo explosivo de placer que había quedado a medio detonar. Y al hacerlo solo logró desesperar a Levi, quien se removió agitado, inquieto, levantándola gracias a la fuerza de sus muslos y sus manos para evitar que la extrema sensibilidad lo hiciera perecer ahí mismo.

Y Mikasa sonrió. Sonrió con abotagada alegría cuando fue testigo de cuán precioso se veía Levi arqueando la espalda para enterrar la cabeza en el montículo de plumas, exhibiendo su cuello firme y pulcro, mientras sus manos la estrujaban violentamente y daba cortos respiros.

.*.

―¿Cómo se siente?

Esa fue la primera pregunta de Levi tras su primer encuentro.

Era Navidad y era su cumpleaños. Mikasa no iba a permitirle pasar la noche durmiendo.

Decidió que lo mejor que podía hacer era cocinarle una exquisita cena que disfrutarían juntos, con luces de velas incluidas y la mesa regada de distintos platillos. Esta vez estaba sobria, esta vez nada iba a quemarse. Preparó carne asada con hierbas, arroz y distintas salsas para aderezar. Realizó una entrada con una ensalada de otoño, y si se les antojaba postre, Mikasa había dejado una tartaleta de frutas en el horno.

Entonces, se encontraban allí, en el comedor compartiendo una cena en una mesa hermosa. Y más hermoso el escenario aún porque Levi lucía encantador: tenía el cabello revuelto, los ojos húmedos y la mirada endulzada, sus mejillas aún estaban rojísimas por el pasional encuentro, y sudaba. Sí, sudaba porque la cena estaba tan buena, que estaba satisfecho, mas comía por gula y por estar con Mikasa.

―¿Qué cosa? ―Mikasa aludió a su pregunta. No estaba pecando de inocente, la cuestión era sincera.

Estaba tranquila, tanto, como si no hubiese titanes a las afueras de las murallas. Se había atado la cabellera, haciéndose un moño tomate ridículo que tenía varios mechones de pelo desperdigados. Comía con genuino interés en su plato, respondiéndole a Levi casi por inercia.

―No finjas demencia, por favor ―susurró con letargo.

Mikasa alzó su mirada con preocupación. Entonces lo comprendió.

―¿En serio me estás preguntando eso? ―arqueó ambas cejas.

―¿Qué con ello? ―Levi se encontraba desparramado en la mesa; un codo en la superficie y la mano del mismo brazo sujetándose la cabeza.

La sutil sonrisa de Mikasa le robó el alma. Bellísima.

―De seguro no es muy diferente de cómo lo sientes tú ―siguió comiendo.

―Quiero que me lo describas ―insistió, contemplándola con seriedad, mas con ternura, con amor, con pasión y todo junto.

Mikasa se detuvo. Lo observó unos segundos, mientras mascaba.

¿Cómo explicarle? Como hacerle entender siquiera que se sentía tremendamente afortunada de ser de las pocas jóvenes que podían ostentar su primera vez como la experiencia más perfecta jamás vivida. Si incluso el dolor había sido dulce, incluso el dolor… porque todo en él era un lenitivo para ella.

¿Cómo se siente? No podría explicárselo. Su amor estaba expuesto en una caja de madera que aún no era abierta. De momento le diría lo más banal, lo más corpóreo que podía explicarle.

―Se siente como si…―dudó brevemente―, como si tuvieras comezón, y lo que tú haces es rascar con mucha fuerza esa comezón que alivia hasta lo impensable ―se encogió de hombros, y volcó la atención a su plato―. ¿Lo hice bien? ―inquirió respecto a su capacidad descriptiva.

Cuando volvió a verlo, él estaba sonriéndole.

―Te odio ―le dijo.

―¿Y eso por qué? ―se extrañó Mikasa, mostrándose serena.

―No puedo seguir comiendo ―suspiró Levi, dejando caer el cubierto en la mesa a la vez que soltaba un largo suspiro.

El sudor en su frente le robó una pequeña risilla a Mikasa; le gustaba que él disfrutase de aquellas simplezas. Así le gustaba, satisfecho y contento. Así lo querría por siempre, era su más profundo deseo.

―Has comido suficiente. Te perdono esta vez ―le dijo ella―. Puedes retirarte a descansar.

Y él le obedeció.

―Ah, y sí ―añadió antes de levantarse de la mesa―. Buena descripción.

.*.

Entrada la madrugada, el silencio cayó sobre la morada para que sus residentes consiguiesen un sueño reparador. Excepto por Levi. No, claramente que no. Levi, usualmente, dormía de forma escasa, y en aquel momento en que su pecho no cesaba de latir violentamente le parecía inútil siquiera intentarlo. De pronto le pareció como si el hecho de haber estado con Mikasa hubiese transcurrido hacía días, y no hacía un par de horas atrás. Tal vez aún no caía en la cuenta de que lo había hecho, de que realmente ella le había correspondido en la forma más íntima posible.

Por un momento pensó que infartaría. Jamás había conocido la felicidad a niveles tan exuberantes. Aunque fuese más correcto asegurar que, derechamente, no había conocido la verdadera felicidad hasta entonces. Y a pesar de sentirse desorientado a causa de su falta de experiencias en aquellos temas, por primera vez se desligó de los cuestionamientos, antes de devanarse la cabeza con sinsentidos.

Optó por abrir su regalo de cumpleaños. Después de todo, esa era la razón que tenía la pequeña caja de estar ahí.

Mikasa yacía dormida en su cama. Y no quiso despertarla. Tampoco sabía cómo reaccionar si es que ella estuviese presente en medio del momento en que él abriese su regalo. Prefirió que fuese mejor de ese modo.

Se dirigió a su sala de estar y posó la caja en sus muslos. La abrió y se encontró con un montón de sobres sellados. Su ceño fruncido y la inclinación de su cabeza evidenciaron la idea nula que tenía sobre el contenido.

.*.

Mikasa despertó en medio de la noche. Sentía frío y aquello solo podía significar una sola cosa: estaba sola en el cuarto. Giró su cuerpo en la cama, buscando el calor de Levi, pero solo se encontró con el gélido roce de las sábanas y el soplo ambiental que le erizó la piel.

Le preocupó que las inseguridades de Levi hubiesen tomando protagonismo en la escena. No dudó en ir a buscarle, un tanto exasperada, esperando de todo corazón que no fuese el caso. Y por supuesto no lo fue. Ni lo sería jamás.

Mucho menos ahora que él sostenía, por lo menos, la tercera carta de la caja. Y leía, leía, leía. Mikasa se había aventurado por el pasillo que guiaba a la sala de estar, y ahora estaba apoyada en el medio punto que daba paso a la estancia. Desde allí, podía atisbar a Levi perfectamente; estaba mordiendo su labio inferior, un gesto de máxima concentración.

Se acercó a él, intentando ser evidente en la escena para no importunarlo. Se sentó a su lado, apoyando su cabeza en el hombro de Levi para leer a la par con él. Y él en ningún momento evidenció ápice de inquietud, ni fastidio. La dejó unírsele con una naturalidad increíble.

―Le dije a Jean que era de cumpleaños ―rezongó Mikasa tras darse cuenta de que Jean le había escrito con motivo navideño.

―La intención es lo que cuenta, ¿no lo sabías? ―murmuró Levi.

Por un momento, Levi dejó de leer, solo para mirar detenidamente a Mikasa. La mirada de la joven estaba iluminada por un millón de preguntas que Levi supo descifrar de inmediato: ¿te gustó?, ¿me excedí?, ¿debí escoger otra cosa?, ¿no te molesta?, ¿qué piensas?... y así, muchas más. Y no podía responderlas todas, pero sí podía dejarle en claro el panorama.

Su mano cálida tomó el rostro de Mikasa para acariciarlo.

―Más allá del contenido de la caja ―pausó, deleitándose unos segundos con el rostro de Mikasa―, quiero agradecerte por… todo ―Mikasa sostuvo su mano, apretándola con firmeza contra su rostro. Quería demostrarle a Levi que podía hablar aunque le costase; ella iba a oírle―. Gracias por hacerme ver algo que ni yo mismo fui capaz de ver, gracias por tener el valor de hacerlo, aun cuando yo no pude… gracias por aceptar ser parte de mi vida a este nivel que no le hubiese concedido a nadie.

»Y tomando en consideración que eres un mocosa sentimental, quiero aclarar que no estoy restándole importancia a tu regalo. Quiero que sepas que valoro enormemente, no solo el contenido, sino también todo el tiempo, dedicación, trabajo y disposición que debió costarte esto.

―No lo malinterpreté ―gruñó Mikasa―. De nada ―sonrió luego―, alguien debía hacerlo.

Antes de que Mikasa lo hubiese previsto, Levi la tomó de la nuca, halándola con repentina violencia para besarla con fuerza, arrastrarla consigo y hundirla en su pecho. Luego la recostó poco a poco hasta acunarla en su regazo.

―Perdóname ―exigió como solo Levi podía exigir ―. Siento mucho haber roto nuestros lazos. Tan solo entiende que soy hombre roto acostumbrado a la soledad, a su propia miseria, temeroso de arrastrar a los demás a su vertedero…

Y mientras hablaba, acariciaba el cabello de Mikasa, llevándola a un sueño profundo de nuevo.

Mikasa no recordaba que estuviese lloviendo antes de caer dormida. Mas cuando despertaba a pequeños intervalos reconocía el siseo que se propagaba a las afueras de la cabaña, y cuando el agua caía con brutalidad, le oía clavetear contra la techumbre. Aún se encontraba en la sala de estar, recostada en el sillón, usando los muslos de Levi como almohada. A ratos, miraba hacia el ventanal y podía ver las gotas cayendo lentamente… apacibles, tan apacibles…

Y al rato, volvía a dormir.

Pensó en decirle a Levi que arreglase las goteras de su hogar, porque el agua se colaba por las rendijas y repiqueteaba en su rostro de vez en cuando. No recordaba que dentro de la cabaña estuviese húmedo, pero lo estaba, creando una atmósfera tormentosa, tan triste y solitaria…

Quiso volver a dormir, pero llovía dentro de la cabaña, llovía tanto…

Entonces, cuando alzó la vista pudo ver que, en efecto, sí llovía. Llovía desde un azul profundo tan precioso, que hacía destellos y los destellos eran gotas. Juró, por un segundo, que estaba a la intemperie, viendo el cielo tormentoso con sus propios ojos. Y no lo entendía.

Entonces dedujo que estaba soñando. Nada de eso era real.

Solo era la lluvia.

.*.

Mikasa no dimensionaba, ni dimensionaría jamás lo que su regalo había significado para Levi. Significaba haberle mostrado las huellas de carbono que él imprimía en cada persona, y aunque algunos luego no estuviesen más en su vida, por algún u otro motivo, no podrían borrarlo jamás, porque él era parte de ellos en diferentes medidas. También le mostró que él era importante, que los demás nunca olvidaban lo que él hacía por ellos… le mostró de la manera más inexplicable cuanto le quería.

Por eso, a la mañana siguiente, Levi decidió asistir al castillo. Era una deuda imperante que le comprometía.

Allí, en el castillo, muchos seguían celebrando la Navidad. Y, ciertamente, esperando por él. Por ende, cuando le vieron entrar al comedor fue como si los rostros de todos se hubiesen iluminado.

Levi traía consigo la caja en las manos. Era su forma de decirles que había leído cada una de las cartas escondida allí, era su forma de decirles que era el mejor regalo que pudiesen haberle hecho jamás. Y se sumó a su mesa de siempre, donde Erwin y Hange aguardaban por él para darle un abrazo bien merecido.

Mikasa ingresó al salón luego de esperar un poco para disuadir la sorpresa que hubiese supuesto el verle ingresar junto a Levi. Desde lejos, ella contempló al que ahora era la persona que había sellado marcas de fuego en su vida, su cuerpo y su alma.

Mikasa le sonrió solemnemente a Levi, mientras admiraba cómo sus compañeros se acercaban a preguntarle por el obsequio y él les respondía cortante, mas intentado esconder la sonrisa que amenazaba con escapar.

Levi le devolvió la mirada con complicidad, y se preguntó si era digno de merecer tanto. Aún tenía miedo de que Mikasa fuese a renunciar. Mas Mikasa le hizo ver con la sonrisa más genuina que tenía que ella no podría renunciar jamás.


.

N/A2: No es la gran cosa, lo admito. Pero quería subirlo igual. Nunca tengo el tiempo suficiente para publicar en las fechas exactas. Jajaja, si yo fuese amiga de Levi, sería una mierda de amiga xD! Regalo más atrasado que el mío no hay :c jajaja

Espero que les haya gustado. Es muy cliché y exuda romance, pero tenía ganas de escribir algo bien meloso. No, no me basta con In Fine Temporis. Y para ese también estoy preparando azúcar, así que... no sé. Quizás es porque se acerca febrero… o tan solo me estoy justificando (? Jajaja

Muchas gracias por leerme, y por su apoyo. Ah, y me dejan review, porque YOLO :D

Bye, se cuidan.

Matt.