Habían pasado cerca de dos semanas desde que Fanny Fullbright, en un intento por quitarse ese peso de encima, le había mandado a Hoagie, su ex novio, todas las cosas que le llenaban de recuerdos su habitación.
Cuando sacó todos los presentes que él le había dado y las cosas que le había prestado, sintió su habitación vacía como una casa nueva sin amueblar. La presencia del chico era evidentemente nula y eso le había hecho respirar con facilidad por primera vez en un largo tiempo.
Sin embargo, esa tarde, ella se quedó con sus ojos clavados en una caja que se atrevía a posar los objetos a sus anchas sobre su cama. Sujetaba sus piernas firmemente casi temiéndole al objeto inanimado frente a ella.
Pensó en tirarlo, quemarlo y regalarlo.
Recordó sin querer ese día que Hoagie apareció en su pórtico sin su sonrisa usual. Estaba serio y ésta vez a él le tocó alzar su voz para reclamarle que su amor no era algo que sólo se podía devolver. Sus pertenencias nunca las esperó de regreso y ya hasta se había olvidado de ellas. Pero esa baraja de cartas que él le dio cuando aprendió a hacer su primer truco de magia, esa foto en el que ella parecía molesta pero sus ojos expresaban lo contrario, esa chamarra que él había insistido que no era "demasiado femenina" para que ella la usara... Todo eso simbolizaba el amor que le tenía. Ese amor existió y si ella se deshacía de esas cosas, era como si lo negara. Esas cosas le pertenecían a ella.
Por primera vez, Fanny se quedó callada al ver al hombre destrozado en pánico por ser olvidado. Aceptó la caja y él se fue.
Habían pasado ya tres horas desde su encuentro, y ella no fue valiente hasta cuatro horas después, cuando temió abrir su vieja herida y volvió a encontrarse con objetos que le recordaban sus buenos momentos junto a Hoagie.
En ese momento lo odió con todo su ser; había prometido no herirla y hacer todo en su poder para nunca hacerlo, pero todos los gritos y el rompimiento le dolió en su corazón, que comenzó a recordar memorias al azar y entonces se comenzó a odiar a sí misma por sabotear la única relación verdadera que había tenido.
Lloró de rabia, impotencia, frustración y tristeza. Comenzó a lanzar todos los objetos al azar para descargar su ira, dejando al final al único Simio Arcoiris que conservaba, al cual lo golpeó con todas sus fuerzas, deseando que fuera Hoagie quien le escuchara quejarse.
Cansada de llorar, lanzó su rostro a la almohada deseando dejar de sentir.
Cuando su nariz se despejó y su corazón se regularizó, un olor familiar llamó su atención. Se olió sus ropas y sus sábanas, pero todas olían al suavizante de telas de tres dólares que compraba en el supermercado.
Miró a su alrededor y reparó en el peluche gordinflón que le devolvía la mirada sonriente. Nerviosa, lo llevó a su nariz, para inhalar el aroma de la colonia de Hoagie que en cualquier otra circunstancia, le parecería repulsiva.
Golpeó al primate un poco más antes de abrazarlo con anhelo e imaginar su inerte cuerpo devolviéndole el abrazo que tanto le hacía falta. Pidió perdón en susurro antes de caer hecha un ovillo sobre el colchón con el juguete aún en brazos, exhalando la esencia y esperó el sueño que le quitara el dolor de su corazón aunque fuera por un momento.
