Yu-Gi-Oh! es propiedad de Kazuki Takahashi~

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La lluvia cayó. El sonido provocado por el choque contra las ventanas y el suelo era estruendoso, golpeaba con fuerza. Estaba furiosa. Sin embargo, no le importó mientras viera el reflejo que tanto odiaba desaparecer con las ondulaciones del agua frente a la que estaba. Se abrazó con fuerza, tratando de retener el calor mientras esperaba —esperaba inútilmente— a que la lluvia terminara y el reflejo volviera para admirar algún cambio significativo.

No lo consiguió. Estuvo parado por, al menos, unos veinticinco minutos allí hasta la llegada de alguien con un paraguas con el cual le refugió. El cambio brusco de temperatura le hizo levantar la cabeza y ver a la persona que anhelaba evitar a toda costa, empapándose al punto de quedar igual que él. Su cabello en puntas, como el de una estrella, caía por el peso adquirido con el agua, importándole cada vez menos las cosas.

Una pequeña sonrisa escapó de sus labios.

—Deberías cubrirte a ti mismo, es tu sombrilla —le dijo, acercándose a él. Ambos tenían la misma altura si se quitaban los zapatos y se plantaban en una superficie lo suficientemente firme. La diferencia en ese momento era por las botas, botas que hacían a su compañero más alto que a él—. Señor Rey.

La risa afloró en el otro sin apartar el artefacto con el que lo cubría. No le importaba para nada ese tipo de cosas. Lo que otros dijeran o pensaran... pasaba por alto en su mente mientras las cosas estuvieran así, tranquilas. Nada le importaba.

—Es un mero título. No quita dónde nací o quiénes son mis padres, ¿verdad? —preguntó con un dejo de inocencia. Como si esas palabras calmaran por completo su corazón. No lo hacía, lo alborotaban, lo cansaban. Había logrado escapar de los barrios bajos, pero solo se complicaron las cosas. Ser quien era, lo que era, no simpatizar con nadie, no ser tomado en serio... costaba en verdad.

De allí su decisión a mantenerse en el lugar donde su reflejo era tan claro como el agua durante esos días tranquilos. Miró la piel blanca del otro, alborotado en su interior. Allí comenzaban las diferencias. Para todos —era muy obvio notarlo— era fácil aceptar a cualquiera con la piel blanca, era el ideal, lo perfecto. Él, en cambio, tenía la piel de un tono terracota. Moreno, la piel de alguien extranjero. Señalado con el dedo y acusado demasiadas veces de ser un bastardo colado. Se salvaba por nada gracias a su sorprendente parecido con el Señor Rey.

Al ser aclaradas las cosas, se le daba una identificación como un ciudadano más, en las palabras del sujeto a cargo de la ciudad. Cuánta gracia le causaba todo ello, ser uno más al punto de tener que cargarla a todos lados por su diferente piel.

—Vamos, Yugi —le llamó el otro, sonsacándolo de esos pensamientos pesimistas. Le tomó la mano, fría por el ambiente helado en el cual se encontraban, a salvo de la mirada inquisitiva de cualquier ciudadano común—. Vamos a casa.

Doblegado, asintió mientras emprendían la marcha contra el viento que soplaba, empapándolos más de lo que ya estaban. No pudieron evitar reírse de sí mismos por quedarse atrapados en tal evento de la naturaleza, uno que yacía minutos corrió a toda la población existente —pobres y ricos—. Bromas aquí y gruñidos por allá, llegaron hasta el vehículo del de piel blanca, subiendo a toda prisa.

Este se enfurruñó un poco al pensar lo tediosos que sería secar y evitar el olor después. Yugi se puso el cinturón de seguridad mientras emprendían la marcha hacia casa. Una casa, una común y corriente para muchos, incluido él al sentirse tan fuera de lugar con su piel del color terracota. La agradecía a la par que la odiaba. No le gustaba sobresaltar, ser el señalado en un mundo custodiado por gente de piel blanca como su... compañero. Como sus amigos. Todos ellos, a pesar del arduo trabajo que significó, se los ganó para ser él y no la piel quien les hablara. Demasiado tiempo invertido para ser aceptado sin más prejuicios por su tono distinto de piel. Los quería de un modo distinto al de su Compañero, pero significaban casi todo.

Al pasar por el puente miró hacia la ventana, observando a las pobres almas encerradas bajo el techo de casas pobremente equipadas gracias a sus escasos recursos. Todos ellos con la piel color terracota, como él.

¿Qué había logrado llevarlo a ese mundo? Lo recordaba como si hubiera sucedido minutos atrás: derrotar a Yami. Su actual Compañero. Yami se colocó como El Rey del mundo, de esa pequeña ciudad llamada Heartland, largo tiempo atrás. Ambos poseían casi los diecinueve años y el de piel blanca lo había conseguido a una edad realmente joven: diez años. Una edad prometedora y joven, llevándolo a la cima como un duelista prodigio al vencer a tantos oponentes con más del doble de su edad en experiencia. Yugi recordaba que derrotarlo no fue para nada sencillo y requirió una técnica y suerte, mucho de esta última.

Un solo robo decidió el futuro del duelo. Recordó que su espectáculo fue grande. Tantos años de crecer admirándolo consiguieron un fruto increíble, su único problema fue el entrar a tan grande evento. Calificó, pero su piel lo delataría por lo que, convenciendo de manera difícil a guardias y jueces, permitiendo ser revisado exhaustivamente con el único propósito de no hacer trampa alguna, se puso un traje que cubrió casi todo excepto sus ojos. Habló lo necesario hasta el momento del robo final.

Tesoro del Cielo. Su Silent Magician, un monstruo abucheado al momento de su aparición, alcanzó el nivel seis y, con ello, su poder de ataque se elevó hasta los cuatro mil puntos. La intensidad de los últimos minutos, del último robo de su oponente para convocar a un monstruo de tan alto nivel fue lo suficiente como para generar furor en las masas que los observaban. Heartland no pudo evitar sentir un extraño remordimiento, una confusión. ¿Quién saldría victorioso en ese último encuentro?

A pesar de los esfuerzos del Rey, su Black Magician —el monstruo as, su monstruo favorito, el monstruo que volvía loco al mundo— fue derrotado y, gracias a ello, estuvo con la victoria en la mano. El ataque no pudo ser detenido con ningún monstruo, incluso bajando su poder de ataque. ¿Qué eran los dos mil ochocientos del Black Magician contra sus imponentes cuatro mil puntos? Cayó y perdió. Y se levantó y le quitó la máscara con la cual, desesperadamente, buscaba esconder su piel terracota en un duelo como ese.

Desde ese día... todo se volvió un poco confuso. No pudo recordar las siguientes horas o los días. Solo semanas después, viviendo en el mismo techo que el antiguo Rey de los Duelos. En ese momento, allí, muchos dudaron de su capacidad real, ¿por qué esconderse? ¿Haría trampa? ¿Habría visto el deck de su oponente? Miles de noticieros saltaron con tal chisme, augurando su expulsión de sus calles, odiándolo por su piel.

Luego, la calma tras un segundo duelo no oficial.

—Llegamos, Yugi —susurró Yami a su lado, sacándolo de sus recuerdos. Parpadeó, mirando al frente. Una casa nada ostentosa, hasta simple diría su mente si siguiera pensando en Yami como un ser superior y orgulloso, incluso idiota. No, era alguien distinto. Muy humano para su gusto.

Despistado, siempre con la guardia baja, orgulloso sí, pero en un sentido distinto al cual pensó en un primer momento. Prestó atención, la lluvia no se detenía bajo ningún contexto. Quizás hasta había empezado a demostrar más fuerza que antes o solo era la sensación de confort que había creado en su mundo de recuerdos, además de tener a un chico de piel blanca que le abrazaba tratando de infundirle el calor perdido. Miró a todos los lados, atento por cualquier cosa antes de girarse y besarlo. ¿Qué podía decir en su defensa? Le gustaba mucho Yami mas esas relaciones —las de un chico de piel terracota y una chica de piel blanca— estaban prohibidas. ¡No añadía el que ambos fueran varones!

El corazón le latió con demasiada fuerza en su corazón, recordando la tarde en la cual su Compañero se le confesó. Esa relación prohibida y vista mal a los ojos de cualquiera, estaba siendo escondida con todo. Tenían deslices como aquel, cualquiera podría verlos desde una ventana, no obstante, en ese momento, ¿quién los vería? Remota la posibilidad de alguien escapar de la calidez de sus hogares, remoto que un oficial paseara hasta colocarse en la ventana de Yami o de él.

—Deja de pensar en el color de tu piel, si es lo que estás usando como una barrera —murmuró el muchacho que le recogió, acariciando su mejilla con la yema de los dedos—. Jonouichi, Anzu y Honda ignoran por completo eso y te aceptan porque te los ganaste con tu personalidad —continuó, apartándose un poco para entregarle una pequeña caja entre sus manos, bastante seguro de sus acciones incluso cuando una ola de timidez lo quería golpear—. Espero te guste.

Yami lo entregó con sus dos manos e inclinó la cabeza un poco, siendo imitado por Yugi al momento de recibirlo. Estaba curioso de saber qué sería el regalo dentro de la caja con un bastante alentador color dorado encima. Distraído, fue tomado por la ropa y llevado de nuevo a la boca contraria, donde se alarmó un poco cuando comenzó a pasarse de la línea. Agitado, se separó, sintiéndose más avergonzado que nunca. ¿Yami quería jugar?

Miró hacia la ventana, buscando un poco de alivio a su escape. El de piel blanca rio un poco gracias a su acto, dejándose llevar en busca de salir del vehículo luego de exponerse de esa manera. Yugi cuidó el regalo, apreciando demasiado la envoltura y corrió hasta llegar a la puerta de su hogar compartido con el Rey.

Oh, pensó mientras los recuerdos volvían a su cabeza. Yugi no era el Rey, en ningún momento lo sería de nuevo tras ese duelo no oficial. Fue derrotado por Yami —con trampas, había sido tramado por parte de ambos para dejar en calma las cosas—. A pesar de los encuentros, Yugi quedó en la cima por haberlo derrotado oficialmente y, aunque recuperó su título, para muchos eso era compartido. Ambos eran el Rey. Los Reyes de Heartland en cuestión de duelos. Fuera de eso, no eran absolutamente nadie salvo un inferior por su piel negra y un muchacho demasiado dulce como para permitir la existencia de alguien tan desagradable en su propia casa.

Si supieran la verdad, estaba seguro que ambos serían vistos con asco. Un profundo asco.

Yami abrió la puerta y entró, quitándose los zapatos allí mismo, cosa imitada por Yugi mientras ambos se desplegaban a sus propias habitaciones en busca de un poco de intimidad, además de un buen baño con el agua a cuarenta y tres grados, eso les permitiría relajarse de un modo casi único. Cerró la puerta, caminando con ese objetivo en mente, además de descubrir qué encerraba esa pequeña caja. Subió un tramo corto de escaleras hasta llegar a su habitación y dejar la pequeña caja sobre la mesa de noche que tenía allí. Se dirigió hasta su armario y escogió su ropa, una cómoda, ya no saldría, además de no tener caso alguno en ello.

Escogió un pantalón oscuro y una camisa manga larga cómoda para pasar el resto del día en su hogar. Tras un largo periodo de tiempo con sus preparativos, estaba listo para bañarse y quitarse tan molesta ropa empapada por la lluvia. Se hizo la pregunta de qué habría pasado por su cabeza en ese momento, al grado de no importarle nada salvo ver un nuevo tono de piel para él. Odiaba el color terracota a veces.

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Yami se quedó viendo al techo un largo tiempo durante la noche, preguntándose si estaba haciendo lo correcto. Todo el mundo tenía la ligera sospecha de que existía algo entre ellos, algo oscuro y pervertido incluso. Algo digno de señalar y ver con reproche, casi como si el Rey decidiera exhibirse en total desnudo. No podía evitarlo.

Estaba enamorado. Enamorado de un chico, sí, enamorado de un ser inferior a él por su tono de piel. No podía decir las palabras, se trababan en su garganta, pero por una intensa vergüenza. Por más confiado que él fuera de sí mismo, tener la suficiente confianza al hacer movimientos, fuera de los duelos, él no era nada sobresaliente. Distraído en casi todo, atrapado con la guardia baja en innumerables ocasiones. Complejo de expresar esos sentimientos tan hondos. Se le atoraban por esos repentinos golpes de no confianza.

Relamió sus labios un poco, pensando en las distintas posibilidades. En lo difícil que sería abrirse al mundo. Hacerse eco. Parejas homosexuales eran casi asesinadas a diario por la falta de tolerancia. Irónico nombre tenía su ciudad: Heartlan.

Tierra del Corazón.

Parejas homosexuales cazadas todos los días y expuestas. Las formas de hacerlo variaban muchísimo, luego estaban las parejas heterosexuales entre una persona con la piel terracota de Yugi y la blanca que él poseía. Esas... ni siquiera era capaz de imaginar la burla y el temor que ellos padecían al ser expuestos de un modo cruel. No la tortura reservada a los homosexuales, la reservada a los de razas.

Bajó la mano hasta sus labios, tocándolos con la yema de los dedos. Recordó la calidez del beso, sintiéndose ahogado. Quería poder exponerse de un modo distinto, ser visto como una pareja heterosexual de piel blanca. Tener citas como tal, más allá de esas salidas con las cuales manifestaban una pequeña huelga. Salidas frustradas por la piel de Yugi. ¿No eran capaces de ver quién era él? Si tuviera la piel idéntica a la propia sería... un héroe. Un ser maravilloso, alguien digno de caminar por calles limpias como las de Heartland, caso contrario a su realidad.

Estaba tan furioso. Tanto como para empezar a gritar en defensa de él, armando un escándalo, lo cual odiaba. Odiaba tanto a la corrupta forma de gobierno de su ciudad. Más le daba rabia ser parte de todo ello y no hacer nada. Quedarse encerrado en su propia casa para tener un verdadero momento de paz con Yugi, su novio. Amigos por el día y fuera de la casa, pareja dentro de esas paredes mientras no existiera un ser.

Ni Jonouichi ni Honda ni Anzu comprenderían lo intenso de sus sentimientos. Lo cual era deprimente. ¿Nunca se habrían enamorado?

Llevó su brazo hasta el rostro, cubriendo sus ojos con este, dejándose llevar por recuerdos un poco más apacibles. El día en que lo conoció llegó a su mente. Pasó saliva a la vez que todos esos recuerdos se volvían. Lo inteligente de cubrirse para no ser tachado por su color de piel. Fue audaz. Capaz de entrar al corazón mismo de los duelistas, ser capaz de calificar desde un inicio y llegar a la final.

Conocerlo fue casi un vuelco —la forma de duelo, sus estrategias, consiguió derrotar a los Dioses y al Black Magician junto a Black Magician Girl, nadie lo había puesto en ese aprieto—, un disparo directo a su sentido de duelista. Pelear no por codicia —ganar significaba obtener el título de Rey y un montón de dinero capaz de empezar a cambiar el curso de los de piel oscura— sino por deseo de enfrentarle cara a cara, un duelo justo, donde sus habilidades fueron explotadas al máximo. Tuvo la capacidad de hacer algo que nadie pudo hasta ese momento: darle un desafío, provocar su autosuperación y perder incluso con ello.

Lo salvó cuando le quitó la máscara, revelando tan extraña piel oscura —Yami había nacido como pobre, pero se elevó al máximo gracias a su piel blanca, había crecido con niños de piel blanca, un sector alejado de la sociedad restante—. Un miedo se apoderó de esos enormes ojos morados, casi tratando de escapar ante la sola revelación de su piel. Se quedó cuando le atrapó uno de sus brazos, levantándolo para declararlo el ganador.

Venía de su mundo así que ¿importaba realmente su aspecto físico? Era un jugador audaz, limpio, solo sus cartas de trampa significarían algo en un juego. En la vida real, era imposible esconder cartas para asegurar la victoria, su misma vestimenta, apretada de las mangas, lo impedía. Cuán fácil era olvidar tu origen cuando la piel estaba metida.

—Oye —fue llamado. Bajó el brazo, percatándose de Yugi quien estaba más alegre. Más cómodo. Sonrió al rostro de su novio, dejándole espacio en la cama para poder acomodarse.

Demasiado cerca, pensó. ¿Cómo se suponía que se acostumbrara a la presencia de Yugi en su vida si seguía actuando tan tonto a su lado? Yugi pareció no percatarse de ello, solo se acomodó en ese lugar, mirándole. Su piel morena resaltando mucho contra la palidez de su propio cuerpo. Le gustaba eso. Olía un poco a azúcar quemada. Su ropa, un atuendo difícil de encontrar por su cuenta gracias a las limitaciones impuestas por ese mundo.

Oh, querida Heartland.
Bellezas ves, bellezas ignoras.
Injusticias ves y nada haces para remediarlas.
Querida Heartland,
la ciudad de la desesperanza y desigualdad.

—Gracias —le susurró, como si se tratara de un secreto. Se confundió. Yami le miró con la súplica inscrita en sus rasgados ojos. Yugi sonrió—. Por ser diferente a los demás.

Sonrió mientras se acercaba a su rostro, besándole la mejilla.

—No tienes que agradecerlo. Yugi, no soy diferente a ti por mi piel.

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Miró al frente en ese momento, despertando de su sueño. A su lado no estaba más Yugi con su piel color terracota. Tampoco estaba en su propio hogar, en una zona no-para-ricos, toda Heartland había sido destruida tanto tiempo atrás que se sorprendía de las cosas, de tener la vaga esperanza de despertar de un sueño otra vez y tener la ciudad que perdió en un ataque sin precedentes. Ni siquiera existía una verdadera razón para acabar con Heartland, una ciudad creada para aliviar el dolor de los corazones pobres. Miró hacia adelante, quejándose. Su cuerpo no estaba preparado para aquello.

Lo que le despertó del plácido rumbo de sus sueños —donde él sabía que iba a tener una larga plática con su novio sobre temas triviales— fue el dolor. Intenso, punzante, como un latigazo y la caída de varios metros de altura hacia el suelo. Todo su cuerpo fue bañado en el rojo del dolor, sus párpados lo dejaron en claro. Ahogó un gemido por el sufrimiento físico. Y el emocional.

Su compañero no podía decir que estaba en las mismas condiciones. Estaba muerto, lo había cargado al momento de su muerte... lo había sentido morir mientras le rogaba que se callara y le dejara llegar a salvo —a salvo, donde Jonouichi y demás les esperaban a los dos, triunfantes, una entrada donde los corazones de tantos se aliviarían al ver a la pareja de amigos—. Yami sentía su cuerpo casi triturado y mal pegado. Se sentía como un juguete, de esos a los cuales los niños juegan hasta romperlo y luego lloran para que los reparen o cambien. Una y otra vez. Una y otra vez, Estaba herido en su costado, una de sus piernas había sido atravesada durante el escape que provocó la muerte de Yugi.

Tenía la cabeza dándole vueltas, estaba mareado. Miró las cartas frente a su pequeña mesa. Silent Magician yacía entre ellas, teñida en rojo en la esquina contraria a donde estaban impresos su poder de ataque y defensa. Las demás cartas se le habían unido, también teñidas de rojo, y su estrategia cambió también. Ya no iba solo a defender y a atacar con delicadeza. Estaba dispuesto a tener el alma en un estado Berserker. La pérdida total, donde esos dolores físicos no le afectaran en absoluto.

La mejilla había bajado de inflamación donde el amigo rubio de su Compañero le pegó con fuerza, lanzándolo varios metros lejos, golpeándose en varios lugares mientras su cuerpo aullaba en dolor, rogando un poco de misericordia mientras las heridas punzaban.

Encontró su reflejo en un punto, analizando lo acabado que se encontraba. La piel siempre había sido blanca solo... solo que ahora era fantasmal. Sus venas se dibujaban con tanta intensidad que casi se creía el hecho de estar muerto y ser un alma errante. Casi. La cara la tenía desigual, un lado hinchado gracias al golpe, el otro raspado donde se dio al caer y arrastrarse. El labio partido, reseco y un poco inflamado gracias a los diversos golpes dados contra el suelo mientras cargaba a Yugi y la falta de líquidos en esos días. Su mirada perdida, igual a la de un muerto, le provocó ciertas emociones encontradas. ¿Cómo se sentiría él de verlo así?

Muerto. Qué bien le quedaba esa definición. Las probabilidades de salir de ello una noche más eran remotas. Fiebre, un resfrío del demonio, heridas varias repartidas por todo el cuerpo. No existía lógica alguna para tan deplorable estado. Bajo de peso, carente de un apetito real. Recién se había llevado un completo estudio de la causa de muerte de Yugi. Aunque lograran llegar a ese lugar, no habría vivido, una hemorragia interna lo acabó y solo fue cuestión de tiempo. Sufrir o dejar de hacerlo.

Vivo-Muerto. Así era el mundo. Un momento estaba vivo, amándolo por un segundo más, al siguiente estaba muerto con una tierna sonrisa en el rostro, como si solo durmiera. Limpió su cara, harto de las lágrimas que ya no saldrían más. Estaba enterrado, el único muchacho de piel oscura al cual se le dio un entierro digno. Uno similar al de los blancos. Lo más parecido en esos tiempos, donde casi todos los habitantes de Heartland estaban muertos. La mayoría de ellos, gente como Yugi: pobres, de piel color terracota o más oscura. Nadie vería por ellos. ¿Quién lloraba a los muertos de una raza que despreciaban continuamente?

Apartó las cosas, lo suficiente para sentarse a la orilla de la cama y sentarse sobre esta. Todo su cuerpo se quejó, en especial las piernas, con las cuales ya no caminaba desde hacía mucho tiempo. ¿Tres semanas o más? No estaba al tanto del tiempo, solo lo hizo, apoyando su escaso peso sobre unas piernas débiles. Usó sus manos para no caer, para no ceder ante la fuerza de gravedad y avanzó queriendo salir de esa asfixiante habitación pintada de blanco.

Se encontraba furioso, perdido en un vendaval de odio hacia sí mismo, de frustración, de rabia. Rabia, más rabia y odio, más odio. Se sentía tan inútil, tan perdido. Necesitaba a Yugi, un consuelo de él, un simple "tú puedes" bastaba. Una palabra o verle, verle tal cual fue abandonado de sus manos en cuanto ya no aguantó el peso y se derrumbó, protegiendo un cadáver putrefacto.

Llegó a la puerta, la cual abrió con un destino en mente. Tenía que despedirse, no le importaba que tentara al destino, ya le hastiaba ese destino tan injusto. Era un pobretón con suerte, sus habilidades como duelista le bastaron para ser explotado contra su voluntad. Nadie le llegó a los talones y aun así...

Y aun así existió alguien capaz de hacerle frente y decir ya basta. Debía llegar solo para eso y después, ¿qué haría? Tal vez encontrar consuelo en vengarse de todos, iniciando, claro está, con la mujer que le arrebató a Yugi al tratar este de salvarlo. No llegó más allá de tres pasos fuera de la habitación cuando Honda y Anzu lo regresaron. Se le veía en la cara la enorme cantidad de esfuerzo realizado. Gruñó, intentando intimidarlos para hacerse con el paso. Tiempo atrás —mientras estuviera sano— habría funcionado. Estaba casi muerto, su cuerpo necesitaba enormes horas para poder recuperarse y no las estaba cumpliendo. Debía dormir, necesitaba dormir, no ir a cometer locuras. Yami no quería dormir de nuevo.

No si los recuerdos, los dulces, se iban en su contra y le hacían pensar en las pesadillas. Pesadillas que tenía de antes, pesadillas que solo las campanas de viento lograban apaciguar. Dio pelea antes de ser inyectado, causándole más rabia por las acciones de los amigos de Yugi. ¿No eran capaces de ver lo reacio que se sentía? ¿Del miedo instalado en su propio corazón?

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Lo que más me costó para sacar esto fue, definitivamente, la portada. ¡Maldita portada! Debo decirlo, me cuesta demasiado elegir un nombre y una portada, por lo que me queda un terrible dolor de cabeza cuando tengo que hacer una y no queda como mis expectativas lo exigen. Claro, están sus excepciones como todas las de O'im (bueno, casi todas por la historia principal tienen una que yo hice) ya que esas son las imágenes de los personajes "principales" por llamarlos de una manera.

En fin, eso no es lo que venía a decir. Tal vez cambie la portada de este fic, no sé, hay algo que todavía me está inspirando cierto nivel de desconfianza pero aquí estamos ya.

¡Espero que les haya gustado! Me estresé un poco al iniciarlo, más porque no encontraba la manera de hacerlo, hice como diez mil borradores antes de que este me dijera "continúa" y lo tenemos aqui. Me trabé un poco al final, pero hey, ya no pude seguir. En fin, el título hace referencia a otro fic (Ja ja ja) pero nada el uno con el otro (bueno, quizás un poco).

Ando suelta ahora mismo, un poco loca, ignoren mis desvaríos mentales, por favor. ¡Se los agradecería!

Ahora sí, ¡nos leemos!

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