¡Chan, chan! Ya comienza lo bueno de la historia…

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Disclaimer: Miraculous Ladybug no es de mi propiedad intelectual ni similar, pertenece a Thomas Astruc y ZAGTOON. Lip Smoke pertenece a Mai Nishikata.

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LIP SMOKE

CAPÍTULO I

TABACO

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El nerviosismo corría por todo el cuerpo de Marinette, sobre todo porque estaba justo frente a la entrada de la mansión de aquel hombre que tanto anhelaba ver. La reja del lugar le había permitido entrar y ahora estaba frente a la enorme puerta.

Rápidamente apretó un interruptor que se encontrada junto a aquel objeto que la separada de su sueño. Al poco tiempo alguien que no esperaba abrió. Era muy parecido al varón que conoció, pero estaba completamente despeinado, tenía el torso desnudo, una barba de tres días enmarcaba unas facciones ligeramente demacradas y fumaba, dándole un toque muy desaliñado. ¿Quién era aquella persona que profanaba el hogar de la persona que admiraba?

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– ¿Sí? – Preguntó aquel vagabundo.

– Yo… – Tragó saliva, no tenía por qué tartamudear con un hombre así frente a ella. – Soy una becaria del atelier de la empresa Agreste. Busco a su presidente, el señor Gabriel Agreste para entregarle unos documentos.

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Apesta a tabaco.

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Aquella persona se acercó a la estudiante mirándola directo a los ojos, como si intentase ver a través de ella y así pudiera saber si le mentía o no. Ella mantuvo la mirada firme, no movió ni un solo músculo de su cuerpo; no se vería intimidada por una persona tan mediocre. Sentía su respiración muy cerca, parecía que la quería besar. Aun así, ninguno se movió.

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– No lo entiendo. – Habló el tipo por segunda vez.

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Está comenzando a ser hartante.

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La muchachita sacó su celular amenazando con llamar a la policía, lo que hizo que aquel individuo intentará disculparse o explicar a gritos toda la situación que se estaba presentando pero ella no pensaba darle esa oportunidad.

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– ¡Lo siento, lo siento! De verdad no lo tomes a mal, es sólo que estoy en un apuro ahora mismo.

– Eso es lo que los vagabundos dicen cuando se les descubre.

– ¡Lo digo de verdad! – Aseguró moviendo desesperadamente sus brazos. – ¡T-tengo mis razones!

– ¿Razones?

– ¡Sí, sí!

– Disculpe señor Agreste. – Una voz femenina y algo seductora hizo que la joven mirada al su lugar de origen. – Se ha terminado el tiempo, así que me voy.

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Una mujer de cabello rojizo largo y ondulado, cuerpo esbelto y maquillaje provocativo se disponía a salir. A diferencia de Marinette que portaba el uniforme de trabajo que casi parecía un uniforme escolar japonés, aquella fémina usaba un vestido negro de escote pronunciado, ceñido a su cuerpo voluminoso, acompañado de algunos accesorios en plata, un bolso de mano blanco y unas zapatillas de tipo pump rojas.

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– ¡Oh, sí! Toma tu pago, Tikki.

– Gracias. – Agradeció la mujer que parecía llamarse Tikki con una enorme sonrisa.

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¿Esto es uno de esos "asuntos de adultos"?

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– ¡Oh! Que chica tan linda. – La pelirroja se atrevió a elogiar a la becaria. – Señor Agreste, debería de darle vergüenza.

– Ella trabaja para mí. – Se detuvo por un momento. – Bueno, para la empresa que es mía. Ella es sólo una becaria.

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La mencionada tenía una mala cara, como si creyese que lo que parecía que hacía con esa mujer sería parte de ese trabajo que también tuviese que hacer con el mayor ejecutivo. ¿De verdad ese era el hombre que llevaba admirando por tanto tiempo? Seguro él también pensaba en esas cosas, era natural.

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– Nos vemos la próxima. – Se despidió aquella mujer escultural. – Esperaré tu llamada.

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Marinette sacó de nuevo su celular donde había tecleado el número de emergencia para pedir una patrulla. Después levantó la mirada y le dio la oportunidad de hablar aquel hombre.

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– Te preguntas que hacía esa mujer aquí, ¿no es así?

– …

– Verás… – Un enorme suspiro masculino se escuchó. – Estoy incursionando en nuevas áreas de la moda y es por ello que he decidido participar en ciertos eventos que giran sobre una temática en particular. El tema más próximo es el de un beso inocente.

– ¿Un beso inocente?

– Sí. – Afirmó recuperando la compostura. – Entiendo que suena como un tema que podría no estar relacionado directamente con la moda, pero ese reto es el reto para un diseñador profesional para mí.

– ¿No cree que se presiona demasiado?

– Puede que sí, después de todo soy un hombre que está en los cuarentas. – Rascó un poco detrás de su nuca apenado por sus palabras. – Desgraciadamente son viudo. Y es lógico que hace mucho que no beso a nadie, he olvidado lo que un beso inocente podría significar.

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Gabriel la observó detenidamente, puede que ella tuviera la respuesta.

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– Creo que actualmente eres un ángel que descendió para ayudar a este hombre en apuros.

– ¿Eh?

– Eres joven, una estudiante de instituto. No es difícil de decir que estás en una etapa en la que un beso inocente lo conoces bien. – La tomó descaradamente de la barbilla. – Seré directo. Quiero que me ayuden a recordar ese sentimiento. Claro que te pagaré por este trabajo.

– Tch. – Se sintió asqueada y de alguna forma acosada por esa actitud que le mostraban. – Ni de broma lo acepto.

– ¡Te pagaré 2000 euros por hora!

– No crea que estoy necesitada.

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Apartó aquella mano, tiró los documentos en el piso y se giró para retirarse.

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– Aun tengo dos condiciones. – Le gritó. – La primera es que si aceptas podrás ver como trabajo en casa y la segunda, aquella que seguro consideras más importante…

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Ella se detuvo y se atrevió a verle desafiante, esperando que toda su palabrería no fuese una trampa o algún engaño.

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– No te pondré ni un dedo encima.

– ¿Q-qué has dicho?

– Que no te pondré ni un dedo encima.

– No, lo otro.

– ¿Qué? – Parpadeo por unos segundos. – Podrás ver como trabajo en casa.

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Esas eran las palabras que la había conquistado. Así podría saber si su admiración valía la pena, podría conocer el trabajo de un verdadero diseñador de modas que era reconocido de forma internacional, ¿podría mostrarle que tanto ha mejorado en todo ese tiempo?

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– Está bien. – La ojiazul regresó y se acercó mucho al varón. – Acepto.

– ¡Grac…!

– Yo, Marinette Dupain-Cheng, becaría de uno de los atelier asociados a la empresa Agreste y estudiante de instituto, aceptaré un pago de 50 euros por hora ya que necesito ayudar a mis padres con el pago de mi universidad. – Tomó aire. – Usted tendrá que informar a mis superiores que el tiempo que tendría que suplir a la chica que trabajaba con usted se alargará y que por ende no iré al edificio, vendré directamente a su mansión; mientras tanto yo notificaré a mis padres de que estoy trabajando directamente con el ejecutivo de la empresa.

– … – Aquel hombre no tenía palabras, pero sonreí con satisfacción.

– ¿Tenemos un trato, señor Agreste?

– Claro que sí, señorita Dupain. – Tomó la mano de la joven y la besó en señal de cierre.

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El empresario le pidió que se vieran en la zona comercial de parís, la única instrucción era estar en aquel lugar a la hora indicada. No sabía que es lo que harían. Aquel día era sábado y ya que no tendría que ir a la escuela se tomó su tiempo para arreglarse, aunque saliera con una persona mayor no quería pasar desapercibida por los chicos de su edad.

Era pleno verano por lo que se decidió por un vestido rosa de tirantes, unas sandalias doradas y una mariconera blanca con hebillas doradas. Su cabello decidió dejarlo suelto. Tomó el subterráneo y estuvo ahí. Mientras esperaba sacó una revista de moda donde venía un artículo que habían realizado a Gabriel Agreste. En las fotos de aquel material impreso se veía completamente diferente al hombre que ya iba llegando.

Demasiado casual para su gusto. Pantalón deslavado de mezclilla, tenis blanco y camisa azul cielo. Igual llevaba el cabello alborotado como la última vez. Eso sí, pudo notar que portaba unos anteojos con un armazón tan delgado que parecía no traer ninguno. Repito, demasiado casual.

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– Oh, ¿llevas esperando mucho señorita Dupain? – Preguntó el peliblanco. – ¡Oh!

– E-esto…

– ¿Acaso te gusta mi trabajo? – Preguntó el hombre asomándose en la página que Marinette veía.

– Lo conozco desde hace tiempo. – Le mostró la siguiente página. – Así que ese tema es para su nueva línea de lencería.

– Pensé que si te decía te negarías…

– Si, seguramente.

– Que honesta.

– Bien, ¿qué debo hacer? – Cerró la revista para guardarla en su bolso. Colocó sus manos en la cintura como retando al hombre. – Vamos, dime.

– ¿Aun así lo harás? ¡Gracias al cielo!

– Dígame rápido o me iré.

– No tienes que darle muchas vueltas al asunto. – Una cálida sonrisa apareció en el rostro varonil. – ¿Puede dedicar unos cuantos días a simplemente pasar el rato conmigo?

– ¿Eso es todo? – Su mirada demostraba la gran sorpresa ante las palabras de su acompañante. – ¿Es lo único que quieres?

– Sí.

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Esas fueron las palabras del ejecutivo antes de caminar hacía una cafetería cercana a la zona de boutiques. Era bastante amplia y a pesar de la gran cantidad de gente que había en las tiendas, ninguna parecía interesada en aquel lugar; se encontraba casi desolado, lo que les permitió hablar sin problemas.

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– Qué agradable es poder tomar el té con una estudiante de instituto. – Exclamó el hombre totalmente relajado.

– Es mi trabajo. – Respondió su acompañante seria. – Por cierto, ¿no deberíamos sentarnos en el balcón ya que es la sección de fumadores?

– No, todo está bien aquí. Soy un caballero y no quiero que te sientas incómoda por el calor que se siente fuera.

– Oh, ¿de verdad?

– ¡Oh! – Él movió su rostro.

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La parisina le prestó atención. Había dejado de verla, ahora su mirada se posaba sobre una joven rubia de buenas proporciones, aquel hombre susurraba lo que parecían ser las medidas de calculaba de ella. Y así fue con otra joven de cabello teñido. Después una madre que cargaba a su hijo pequeño. La sonrisa y la emoción de aquel ser eran incomparables, para Marinette eso sólo significaba que era un pervertido al imaginarlas en ropa interior.

Esa fueron sus tortuosas tres horas bebiendo una bebida tras otra. Aquel varón de vez en cuando tomaba notas en su Smartphone sin dejar de apartar los ojos de su objetivo. Tras ese tiempo que fue notificado por una alarma, acordaron verse dos días después en otro lugar después de que la jovencita terminase sus deberes escolares, de parte de ella no había ninguna objeción.

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– Me pregunto si en algún momento dejará de pensar en cosas pervertidas… – Hablaba para sí mientras se iba por su cuenta. – Señor Agreste, usted no es quien yo imaginaba.

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– ¡Wow! Con que un uniforme. – La mirada de él se posaba en los primeros botones de la camisa de la chica que eran cubiertos por el saco. – Son peligrosos.

– No entiendo porque. Yo llevaba mi uniforme cuando nos conocimos.

– Bueno, en eso tienes razón. Pero ahora es diferente.

– ¿En qué?

– Un escenario después de clases es maravilloso. Una chica que quiere sorprender a su novio en su primera vez, mostrarle su cuerpo adornado de bella ropa que resalte sus virtudes físicas.

– Veo que usted no se contiene.

– Y no tendría por qué. – Afirmó seguro. – El cuerpo humano y las expresiones que denota con lo que usa no son algo extraño y pudoroso. Son cosas naturales aunadas a los sentimientos que se tienen y expresan.

– ¿Qué voy a hacer hoy? – Cuestionó sin importarle la palabrería.

– Bueno, hay un lugar al que deseo ir con una estudiante como tú. – Su perfil se mostró afilado. – Será ideal verte al natural.

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El cuerpo de la chica se tensó, pero no dijo nada e intentó reaccionar de forma natural. Asintió y lo siguió. Era alguien que admiraba, por lo tanto no debía de sentirse intimidada por ese nuevo lugar y tampoco mostrarse como era.

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– Una atmosfera juvenil, ¡justo aquí! – Habló firme dentro de la zona de lectura de la biblioteca pública. – Ve a buscar tu libro favorito o sólo estudia.

– Vale. – Aceptó yendo a dejar su mochila y su saco en uno de los lockers del lugar.

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Al parecer ella estaba generando un doble sentido a cada expresión que pronunciaban los labios de aquel ser humano que la había contratado personalmente. No era del todo justo, pero también era válido desconfiar de alguien que recién conocía.

Por un minuto lo observó cuando se alejó de ella por un largo pasillo, buscando un libro que sólo él conocía. ¿Arte? ¿Literatura clásica? ¿Moda? ¿Historia? No tenía la menor idea, pero tan sólo verlo con un semblante de seriedad y observación provocó que el corazón de la muchacha diera un salto diferente a los usuales, mientras sus piernas temblaban ligeramente. Parpadeo varias veces y realizó la tarea que se le había indicado, caminó cerca de otros estantes y tomó un libro de matemáticas diferencial; aprovecharía ese tiempo para completar su tarea.

Regresó a la zona de lectura y se sentó frente a su jefe, no hizo ningún ruido más que el del movimiento de la silla. Sacó sus apuntes y comenzó a realizar los ejercicios que tenía pendientes. Pero algo la dejaba intranquila y se lo quitaría de encima.

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– Señor Agreste. – El modista la miró atento. – Incluido usted, ¿todos los hombres piensan en cosas eróticas, cosas que se relaciones a la lencería como la que usted diseña?

– ¿Cosas eróticas?

– No creo que tenga que explicarlo.

– Sí, por supuesto.

– Al menos podría negarlo un poco.

– Creo que debes de entender que el erotismo y la lujuria son dos cosas completamente distintas y que estás bastante alejadas la una de la otra. – Respiró profundo para continuar. – Es claro que en mi trabajo debo de pensar en todo lo que implica que una mujer use ese tipo de prendas. Pensar en cómo su amante se regocija al ver que ella ha pensado en él o ella, incluso en como la mujer se siente con cierto dominio de su cuerpo que la hacen sentir mejo y que la pueden encaminar a complacerse tanto a ella como a otros.

– … – Marinette no comprendía.

– Este trabajo es mi vocación, no sólo por este tipo de diseños, sino por todos en general. Pero con este… – Uno de sus dedos rozaba su labio inferior. – Puedo imaginar la sensación de la tela sobre su piel, la suavidad, el aroma, el calor. Sus expresiones, lo que piensan, las voces. Es como si yo fuese ellas o su amante; puedo sentir sus ojos, mirándome…

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Ella fue absorbida por esa mirada que parecía lasciva, pero que sólo era la mirada de una persona que describía con pasión su oficio. Más eso bastó para que los latidos de su corazón se aceleraran y su cuerpo respondiera de formas que no se imaginaba. Frunció el ceño y torció la boca, luego giró su rostro. Esta molesta, pero no con él, sino con ella misma.

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– ¡L-lo siento! – Era la primera vez que le veía nervioso. – Supongo que te incomodan este tipo de cosas que pasan por un viejo como yo, ¿verdad? Por favor, no dejes el trabajo.

– No lo haré. – Ella habló lento, para no mostrar lo irritada que se encontraba. – Es tu trabajo. Está bien que profundices tanto en ello.

– ¡No debes hacer eso! – A lo lejos se escuchó una voz femenina, madura. – ¡Cuidado!

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Sobre la becaría había caído un juego de manzana que sin querer había tirado un niño que había escapado del cuidado de su madre, el cual se había tropezado. El pequeño se mostró asustado, no tanto por mojar a la chica sino más bien porque su jugo se había perdido.

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– ¡Lo siento mucho! – Exclamó la madre del niño que había corrido a donde había sucedido el accidente.

– ¡M-mi jugo! – Lloraba por lo bajo el chiquillo.

– De verdad lo siento mucho. Mi hijo no me hizo caso y siguió corriendo. – La mujer seguía disculpándose. – ¡Pagaré por la limpieza!

– No se preocupe. – Al fin la chica cruzó palabras. – Puedo lavarlo yo misma.

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Del otro lado de la biblioteca había algunos chicos que volteaban a ver a Marinette, cuchicheaban y se reían sin apartar la vista de ella. ¿Qué era tan divertido para ellos? No importaba, pues en un segundo ella ya tenía el saco que antes portaba el diseñador y se la llevaba a la los baños del edificio.

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– Ven aquí.

– ¿Eh?

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Ella no objetó y mientras era llevaba los ruidos habían cesado a su alrededor.

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– Lamento haberte tocado. – Ella bufó con esas palabras. – Llamaré a una de mis asistentes para que te traigan una blusa. Limpiate mientras y espera aquí para que no pilles un resfriado.

– No tenía que ir tan lejos. – Se retiró la prenda que le quedaba grande. – Huele a tabaco…

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Se vio en el espejo y fue cuando notó que el jugo había caído sobre toda la parte delantera de su camisa, haciendo que se viera su brasier que era de un color rosa con puntos blancos. Se sintió apenada e inconscientemente se volvió a colocar el saco de su acompañante. Él la sacó rápido de ahí ya que los chicos del fondo sólo la veían con ojos lujuriosos, mientras que él… Sólo la cuido como lo hubiera hecho con su hija. Eso de alguna forma le hizo sentir una punzada en el pecho.

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– Disculpe.

– ¡Perdón! – Seguro era otra persona que necesitaba ir al baño, por lo que abrió la puerta.

– El señor Agreste me pidió que le entregará esto. – Una mujer mayor que ella de cabello negro recogido con un mechó rojo en su flequillo, le entregó una bolsa de papel de una boutique reconocida. – Tómelo.

– ¡Ah sí! Gracias.

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Enseguida la sujetó, la mujer se fue. Ella volvió a cerrar las puertas del baño y se cambió de ropa. La modeló un poco para sí misma en el espejo era un modelo igual al escolar pero le quedaba mejor, más entallada. ¿Cómo había sabido su talla? Bueno, tal vez era la habilidad de un diseñador experto como él.

Salió de ahí y ya era esperada por el director de la empresa de modas Agreste, el cual cargaba su mochila y su saco escolar. No dijo ni una palabra, pero tomó sus cosas, luego salieron de ahí y comenzaron a caminar por las calles aledañas.

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– Señor Agreste, muchas gracias. – Sus mejillas estaban completamente rojas. – P-por la ropa.

– El que sea capaz de dar las gracias es prueba de que es una buena mujer, señorita Dupain.

– Lamento haber dudado de usted.

– ¿A qué se refiere?

– Nada en especial…

– Bueno, supongo que tendrás tus razones.

– Por cierto, aun me debe algo.

– ¿Algo?

– Si, usted me dijo que podría ver cómo trabaja.

– ¡Oh! Eso…

– Sí, eso.

– ¿Quieres ir ahora? – Le preguntó como queriendo persuadirla.

– Sí.

– ¿No crees que sería mejor mañana? Ya es tarde.

– No. – Se colocó frente a él. – Quiero ir ahora.

– ¿Y tus padres?

– Usualmente salía a las nueve de la noche del taller, no hay problema. Además, es probable que usted me regrese a casa.

– Tienes razón.

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Levantó un poco la mano, haciendo una seña con sus dedos anular e índice. Hizo ella se detuviera y en unos minutos ya estaba junto a ellos un vehículo último modelo con todo y conductor. Primero entró ella del lado de la acera quedándose quieta, estática; por el otro lado entro él, recién se sentaba había cruzado las piernas para ver por la ventana.

Verlo tan tranquilo, era un espectáculo único y digno de admirar. A pesar de que su rostro mostraba el paso de los años, sus facciones seguían siendo finas y duras, con una belleza masculina inimaginable.

Llegaron frente a la mansión del hombre, pasaron la gran entrada que servía como filtro de visitante. La estudiante se tensó, por un momento creyó que le harían algo, pero sus ideas locas fueron interrumpidas.

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– En mi casa es donde mejor trabajo.

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Bajaron del automóvil. Ella sólo siguió al parisino por los pasillos del lugar en completo silencio. Apenas entró se sintió en el mismo cielo. Cientos de telas, máquinas de coser sencillas, industrial, enormes tapetes de corte, maniquíes desnudos, otros con ropa, algunos ajustables a diversas tallas, fotos de modelos, de sus colecciones, accesorios. Se podría encontrar todo tipo de aparatos o cosas para hacer lo que muchos llamaban moda en diferentes cosas.

En aquella habitación enorme, ella se veía como una niña. No tocaba nada, ni decía nada, sólo observaba todo, atenta, desde un punto central. Prestaba atención a cada minúsculo detalle, generando cientos de ideas en su mente. Quería que ese fuera su futuro.

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– ¿Te gustaría probarte una de mis nuevas creaciones?

– ¡Claro! – Era la primera vez que se veían tan feliz y animada.

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El hombre le extendió un vestido carmín, rojo y negro, largo. No le prestó la atención y simplemente corrió tras una cortina para cambiarse. Salió y ya estaban preparadas las zapatillas, unos guantes y otros accesorios para ella. Al final se observó en el espejo, parecía una persona más madura. Todo el vestuario era magnífico.

El vestido era largo, con dos secciones de tela que se separaban en bajo a la cadera; la superior era de un rojo quemado con un hombro descubierto, el otro tenía un tirante que concluía en un collar de la misma tela. Abajo era una tela roja con puntos negro, simulando el patrón de una Catarina. En su cadera una flor carmín se posaba, similar a la de su cabello que combinaba ambas telas y que sujetaba su cabello en una coleta de lado. Sus brazos eran cubiertos por unos guantes muy largos. Las zapatillas eran negras, con una plataforma y tacón rojos. Y por último un antifaz con el singular patrón estaba colocado en su rostro.

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– Oh mi… – Estaba sin palabras, era otra persona.

– Sabía que le quedaría perfecto, señorita Dupain.

– ¡Gracias! – Corrió a abrazarle.

– ¿Le molestaría si tomo unas fotografías?

– ¿A mí?

– Claro, sólo es un modelaje normal.

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Asintió con mucha pena, pero le agradaba mucho la idea de tener su atención. Salieron del lugar y se dirigieron al balcón de la habitación del hombre para hacer las fotos en el atardecer. Tras unos cuantos minutos, ella notó a alguien muy conocido a las espaldas de su jefe.

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– ¿Papá?

– ¡Adrien! – El hombre volteó y abrazó al que parecía ser su hijo. – Que bueno que llegaste, quería presentarte a Marinette.

– ¡Lo sabía! Por un momento no pude reconocerte con ese antifaz.

– ¿La conoces? – Le cuestionó el peliblanco.

– ¿Acaso eres una prostituta?

– ¿Qué? – Gritó desesperada la jovencita.

– ¡Adrien, no digas algo así! – Le reprendió el mayor.

– No es mi culpa que ese tipo de personas sean comunes de encontrar seguido en tu habitación. – Rio el muchacho. – Bueno, no diré nada más. Sólo expresé lo que parecía.

– De todas formas, ¿se conocen?

– Sí. – Respondieron los jóvenes al unísono. Ella se mostró roja de ira, mientras que él tronó la lengua.

– íbamos a la misma secundaria. – Continuó ella. – Me confesé antes de cambiar al bachillerato, pero…

– La rechacé.

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Un silencio incómodo se formó en aquel lugar, pero no había mucho que hacer.

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– Hace mucho tiempo que no te había visto. – Trató de ablandar el asunto ella.

– Estoy cursando el instituto en Italia, pero vengo algunos fines de semana a casa, sobre todo porque trabajo modelando la ropa de mi papá al igual que sus… amigas.

– Adrien, ella… – Gabriel intentó detenerlos.

– No te burles de mí, no soy la misma chica que conociste hace años.

– Ya veo… ¿Entonces tengo que creer que estás saliendo con mi padre? – El rubio reía de forma nerviosa. – ¿Ahora resulta que tu gusto cambió? ¿Ahora te van los hombres mayores? ¿Acaso ya han hecho esas cosas?

– No, Adrien… – El ejecutivo estaba nervioso por tanta pregunta acusativa de su hijo. – Lo has malinterpretado tod…

– Señor Agreste… – Le habló la muchacha. – Lo siento. – Estaba al borde del llanto.

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Antes de darse cuenta de que la chica ya estaba besándole, sus ojos se posaban sobre la mirada atónita de su primogénito. Regresó al momento, aquel beso era torpe, suave contra lo áspero de sus labios secos por los años de fumador que llevaba. La mano de ella lo sujetaba fuertemente de la mejilla, buscando que no se fuera, es por ello que él sujeto esa pequeña mano, dándole seguridad. Ella se tranquilizó, abriendo sus labios y permitiendo que profundizara. Sus lágrimas se mezclaron entre sus largas pestañas.

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Amargo…

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– ¡Padre! – Le gritó. – T-tú… ¡Tú no puedes ir haciendo eso con cualquier chica por ahí!

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Lo único que el menor obtuvo como respuesta fue una severa mirada de aquel que no se separaba de la jovencita.

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– Así están las cosas. – Habló fríamente la hija de los Dupain-Cheng, siendo protegida por Gabriel Agreste. – Ahora, discúlpanos.

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Empujó al chico y cerró la puerta de la alcoba del dueño del gran imperio de moda en todo Paris.

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– Me disculpo, señorita Marinette. – Dijo el hombre que conducía un auto deportivo, estacionado a unos metros de la casa de la mencionada. – Te he puesto en una situación incómoda, ¿no es verdad? Adrien se comportó como un idiota. Además… Creo que me dejé llevar un poco.

– No, para nada. – La personalidad tranquila de la fémina había regresado, aunque un leve carmín adornaba sus mejillas. – En realidad creo que fue lo contrario, usted espero a que me tranquilizara para que él no sospechara nada, así que gracias.

– No tienes que agradecerme. Después de todo besaste a un viejo como yo.

– No importa, aunque… – Se quedó en pose pensativa, decidiendo si decirle no. – Bueno, ese fue mi primer beso. No fue desagradable como pensaba, quizás sólo un poco exagerado.

– ¿De verdad? – Estaba feliz. – Espera… – Giró su rostro pálido. – ¿T-tú primer beso? – Al tartamudear se parecía mucho a su hijo.

– Sí. – Ella salió del vehículo. – Ya debo de entrar a casa, adiós.

– ¡Espera!

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Mi primer beso…

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– ¿Lo dices en serio? – Intentaba detenerla.

– Ya dije que sí. – Ella se asomó por la ventana.

– ¿Cómo se supone que debería de asumir la responsabilidad?

– No tienes que responsabilizarte de nada. – Sonrió de lado y encogió los hombros. – Después de todo fui yo quien te besó.

– Pero…

– Ve a diseñar. Debes entregar en tres días, ¿no?

– S-sí, sí, pero… ¡Marinette!

– Me voy, adíos.

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Sabía a tabaco.

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Continuará…

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Muchas gracias a quienes esperaron la continuación de este fic :') Me ha encantado escribir cada una de las palabras de este capítulo 3 No pensé que iba a continuar tan rápido este fanfic, pero fue mejor recibido de lo que yo creía owo Iré lento, ya que sólo tendrá cuatro capítulos y un epílogo ;) ¡Saludos!