Disclaimer: Axis Powers Hetalia no me pertenece, el autor es Hidekaz Himaruya.


II

SHE'S A HANDSOME WOMAN

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—¿Ya has terminado el desayuno?

—Sí, mamá…

Ella se acercó a revisar el plato y la taza en los que le había servido, y al comprobar que no mentía, se limpió las manos en el delantal para tomar su rostro y le dio un beso en la mejilla.

—¡No hagas eso! —refunfuñó él, intentando alejarla—. ¡Ya no soy un niño!

—Para mí siempre lo serás —respondió ella, pero accedió a soltarlo—. Ahora apresúrate, toma tu mochila y ve a la escuela.

—Primero paso siempre por Alfred —aclaró, colocándose la mochila a la espalda—. Ya deberías saberlo.

—No es que lo olvide, es que sé que no hace falta recordártelo —explicó ella, regalándole una sonrisa cargada de ternura—. Se han vuelto muy cercanos en este tiempo, ¿verdad?

Arthur se acercó al espejo del pasillo rumbo a la puerta y examinó su cabello con un ligero sonrojo. Le costaba tanto ponerlo en orden que a veces, luego de intentar someterlo con los dedos, se frustraba y simplemente lo dejaba como estaba.

—No estaría mal que venga aquí por las tardes. Ya ha crecido un poco y puede venir sin Berwald o Tino, ¿no crees? Recuerdo cómo era al principio... —Suspiró—. Apenas y lo soltaban... Supongo que temían que algo le pasara. Davie lo cuidaba, pero ellos lo protegían como si fuera hijo de ambos.

—Pero él ya viene por las tardes, mamá...

—Sí, pero apenas le ayudas con la tarea, toma el té y se va. Me refiero a que puede quedarse a dormir con nosotros. Es un niño adorable. Se porta muy bien.

—¡Cuando crezca, va a ser un caballero inglés! —afirmó Arthur, volviendo el rostro para demostrarle a su madre lo seguro que estaba de esa idea—. Por eso yo también le estoy enseñando a comportarse.

—De acuerdo, cariño, me parece muy bien eso. Ahora date prisa o tendrás que hacer correr a Alfred para llegar temprano.

Arthur se despidió de su madre con la mano y se echó a correr. Confiaba en que Alfred esté listo también, de modo que no pierdan más tiempo.

Había pasado ya más de un año desde que el pequeño llegara a su vecindario. No tenía muchos detalles sobre su llegada, solo sabía que era nieto de Davie y era huérfano de madre, por lo que, sin necesitar explicación alguna de su madre, supo que debía abrirle su corazón y hacerlo sentir querido, parte de una familia.

Cosa que en realidad no era muy difícil, ya que la llegada de Alfred significó mucho en su vida. Acostumbrado a permanecer prácticamente solo, tener al pequeño a su cuidado le hizo interpretar el papel de un hermano mayor para él, alguien que le serviría de guía y modelo. De alguna forma Arthur sentía que debía ser un mejor muchacho para que Alfred siga un buen ejemplo, ya que a sus cortos cuatro años él era lo más cercano a cómo debía comportarse un chico en esa ciudad extraña. Arthur se volvió más responsable, siempre estaba pendiente del niño y le ayudaba a practicar sus lecciones.

—¿Ya estás listo? —dijo luego de que la puerta se abrió. Se reprendió mentalmente por no tener la delicadeza de saludar primero. No podía volver a repetirse un comportamiento como ese, no delante de Alfred.

—¡Arthur! —exclamó el niño, corriendo a sus brazos, ya con la mochila a la espalda. Se lanzó sobre él, y este lo recibió gustoso, elevándolo del suelo con gran esfuerzo.

—Te lo encargo mucho… —dijo Tino con una sonrisa. Berwald, a su espalda, se limitaba a observar—. Confiamos en ti. Me gustaría llevarlo, pero tenemos mucho por hacer, hay que trabajar. Además, se ha vuelto muy apegado a ti y quiere estar contigo, así que...

—Buenos días —se apuró a corregir su descuido—. No se preocupe. Lo llevo y lo recojo. Por cierto–

—T'n'm's q' 'rn's, T'n' —musitó Berwald. Se acomodó los lentes y tomó la mano de Tino. A Arthur le pareció un poco extraño ese comportamiento porque a eso se sumó un sonrojo de Tino.

—Q-Quería… Bueno, si dice que están ocupados... Sé que Davie tiene que ayudarles muchas veces también, así que... La idea fue de mi madre en realidad —rió, algo nervioso—. Ella me dijo que a lo mejor Alfred podía quedarse a dormir en mi casa... ¡No sería todos los días, por supuesto! Solo algunas noches y siempre avisando de antemano...

—¡Sí! —exclamó el pequeño, y en un brinco volvió al suelo—. Tino, ¿puedo? Voy a portarme bien. Además, Arthur dijo el otro día que podía contarme cuentos. ¡Por favor! —dijo, tirando del pantalón de este.

—Bueno… Si esas son las condiciones, creo que no tengo porqué oponerme...

—¿Puedo quedarme desde hoy?

—Escucha, Alfred —Tino se acuclilló y colocó su mano sobre su cabeza, acariciando sus cabellos dorados—: Primero vienes para acá, te llevas en la mochila tu ropa de dormir y tu cepillo y pasta dental, nos das un beso a todos y yo mismo te llevo, ¿te parece?

—¡Hurra! —volvió a exclamar, con ambos brazos en el aire esta vez.

—Cuídate mucho y pórtate bien en la escuela —Tino le dio una última caricia en la mejilla, apretándosela un poco, y se incorporó—. Nos vemos más tarde.

Alfred corrió a darle un beso en la mejilla a Berwald, quien algo avergonzado lo elevó del suelo y le dio uno igual. Una vez de vuelta en el suelo, extendió su manita para despedirse y luego alcanzó a Arthur, quien la tomó con seguridad para guiarlo.

—Creo que si no trotamos, llegaremos tarde. ¿Puedes?

—Tú eres grande, y así no puedo... Cuando crezca voy a poder correr a tu lado, ¿verdad?

—Claro que sí… Pero ahora parece que voy a tener que cargarte. Nos resta mucho camino.

—Mejor trotamos un poquito y luego me cargas.

En efecto, les restaba aún bastante camino. En Nashville, la escuela estaba algo alejada de la zona en que vivían: el campo. Para llegar hasta allá, debían recorrer un largo sendero, ensuciando sus zapatos con el polvo. Pero, a fin de cuentas, les gustaba a ambos recorrerlo, porque el paisaje era hermoso. Alfred, siendo muy pequeño cuando Davie lo recogió de Boston, no tenía muy claros recuerdos del lugar, solo sabía que era una gran ciudad por los grandes edificios que los rodeaban.

—Cuando crezcas, podremos trepar a los árboles también. ¿Has visto que hay uno en el jardín de mi casa? Me costó mucho poder treparlo, pero tú, que me tienes como maestro, lo lograrás muy fácilmente. Tienes mucha suerte, eh...

—¡Yo quiero aprender!

—Entonces date prisa y crece —respondió Arthur, tirando de su manita para avanzar más rápido.

—¿Qué haremos hoy?

—Todo depende... Antes de irnos voy a preguntarle a tu maestra qué tan bien te portaste, qué te enseñaron y si hiciste todos tus deberes, además de comerte tu refrigerio. ¡Si todo está en orden, te daré un premio!

El pequeño dio un brinco emocionado y afirmó frenético con la cabeza. Preso de la emoción, se echó a correr por el sendero, lo que forzó a Arthur a ir más deprisa.

—¡Oye, puedes tropezarte! —advirtió—. ¡Si Tino y Berwald ven que te lastimaste, nunca más van a permitirme llevarte! —Sus palabras surtieron efecto, porque el niño se frenó en el acto.

—Lo siento…

—Está bien, al menos no pasó nada. Ya avanzamos bastante...

—Oye, Arthur… —Este prestó oído a lo que le decía—. ¿Cuánto tardaré en crecer?

—¿A qué viene eso? —rió Arthur, enternecido por la pregunta—. Veamos, tu cumpleaños es en julio, así que... aún falta un poco para que cumplas cinco...

—¿Tú cuántos años tienes?

—Yo tengo trece y voy a cumplir catorce. ¡Ya soy un muchacho! —proclamó orgulloso.

—Entonces nunca voy a alcanzarte… ¿Verdad?

—Bueno… —Arthur se puso de cuclillas frente a él. La conversación empezaba a parecerle complicada—. Pues... No... No podremos tener la misma edad nunca... ¡Pero vas a ser tan grande como yo de aquí a un tiempo, eso tenlo por seguro! Y a medida que crezcas, podrás hacer más cosas. Yo te las iré enseñando.

Alfred, que tenía la vista clavada en el suelo, notoriamente triste, lo vio a los ojos y su sonrisa hizo aparición. Arthur sintió que podía volver a respirar con tranquilidad.

—Bien, ahora sí que es muy tarde, así que voy a cargarte —Alfred corrió a colocarse a su espalda. Sus brazos envolvieron el cuello de su amigo y se aferraron a este. Arthur trasladó su mochila a su pecho, se puso de pie y sostuvo las piernas del pequeño—. No te sueltes por nada y tampoco vayas a dormirte.

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—"Y era siempre invierno en casa del gigante, y el viento del Norte, el granizo, el hielo y la nieve danzaban en medio de los árboles. Una mañana, el gigante, acostado en su lecho, pero despierto ya, oyó una música deliciosa. Sonaba tan dulcemente en sus oídos, que le hizo imaginarse que el rey de los músicos pasaba por allí. En realidad, era un jilguero que cantaba ante su ventana, pero como no había oído a un pájaro en su jardín hacía tanto tiempo, le pareció la música más bella del mundo. Entonces el granizo dejó de bailar sobre su cabeza y el viento del Norte de rugir, y un perfume delicioso llegó hasta él por la ventana abierta"[2].

—Entonces, como el gigante fue malo y echó a los niños, ¿lo castigaron con el invierno?

—Bueno, pasa que las flores y plantas sentían que no valía la pena crecer si ya no había niños, así que no crecieron en el jardín del gigante. El invierno y los vientos vieron su oportunidad y decidieron quedarse.

—Pero ahora ha aparecido un... ¿pajarito?

—Exacto. Ese pajarito está trayendo nuevamente alegría al gigante. Pero hay más, algo mejor. Ya lo verás.

—Termina el cuento, Arthur.

—Lo siento, pero ya es hora de dormir, Alfred. Si mañana llegas a casa y te ven con sueño, pensarán que no te cuidamos. Así que recuéstate, ven —Arthur dejó el libro sobre el buró y levantó la cobija que los cubría a ambos para que el niño pueda acomodarse. Una vez listo, la dejó caer sobre sus cuerpos y golpeó la almohada para dejarla más blanda—. Buenas noches, Alfred.

—Pero me vas a contar el resto, ¿verdad?

—Claro que sí… Venga, duerme…

—¿Puedo abrazarte?

Arthur no le respondió. Ya con los ojos cerrados, volvió a levantar el brazo y Alfred rápidamente se acurrucó en su pecho.

Lo envolvió en sus brazos y depositó un pequeño beso en su coronilla antes de dejarse vencer por el sueño.


—He estado pensando…

—¿En qué, Alfred?

—Ahora que ya estoy mucho más crecido... Podríamos viajar en familia, todos. Davie, Tino, Berwald, tus papás, tú y yo...

—Bueno, ciertamente ya estás más grande, pero... Para empezar, ¿a dónde te gustaría ir?

—¡Quiero ver el mar! ¡Quiero conocerlo! Muchas veces he visto en los libros que es muy bonito, ¡pero debe serlo aún más en vivo!

—Bueno, el mar no está precisamente cerca, así que tardaríamos mucho... Tendríamos que ir en auto... Déjame averiguar cuántas horas son de viaje y te digo si es posible, ¿te parece?

—¡Hurra!

—Usando esa expresión... ¿Y así dices que ya has crecido? —se burló Arthur, pateando una piedra que se cruzaba en su camino mientras se acomodaba el morral al hombro. Había visto que los muchachos de su edad ya no usaban mochila y que esta estaba más asociada a los niños pequeños, por lo que le insistió a su madre en que le comprara uno. Desde su punto de vista, tenía mucho más estilo cuando lo utilizaba.

—¡Ya soy muy grande, estoy a unos meses de los ocho! —refunfuñó, haciendo puños

—¡Entonces yo soy mucho más grande! ¡Ya soy todo un muchacho, tengo dieciséis! —respondió Arthur, trepando a una roca que se hallaba a su lado—. Soy más alto que tú.

—¡Pero yo creceré! —replicó, e intentó subirse a la piedra también. Arthur, al verlo tambalear, colocó sus manos sobre sus hombros para impedir que se caiga—. ¡Tú me lo dijiste!

—Claro que crecerás. Yo no miento. ¡Un caballero tiene palabra!

—¿Hoy también puedo quedarme en tu casa a dormir?

—Bueno, a mamá ya no le parece muy bien que durmamos juntos... aunque yo puedo dormir en el piso si pongo muchas mantas... ¿Qué tal si le dices a Tino o Davie, a ver si te dejan? Ahora puedes pedir permiso por ti mismo— dijo, y le sacudió el cabello con cariño—. ¿Quieres que te cuente otro cuento? A este paso voy a tener que gastar mis propinas en más libros... Me quedé sin dinero luego de comprar la bicicleta... No lo habría logrado si no fuera porque mi mamá me ayudó.

—Y ni la usas.

—¡Estoy aprendiendo! No es fácil, pero la dominaré en muy poco tiempo. Ahora, cuando pueda usarla, no te llevaré.

Alfred, al oír eso, elevó el rostro y lo vio directo a los ojos. Arthur detectó de inmediato que lo había herido y estaba a punto de llorar.

—E-Era broma, ¡claro que voy a llevarte! —Preocupado, bajó de la piedra. Alfred permaneció en su lugar y, debido a la vergüenza, ocultó su rostro con el flequillo. Arthur, ya en el suelo, era casi del mismo tamaño, así que volvió a abrazarlo para reconfortarlo—. No seas tonto, ¿cómo voy a olvidarme de ti? —Alfred aceptó el abrazo. Sus manos se aferraron a su espalda y ocultó el rostro esta vez en el cuello de su amigo—. Es más, para que no te canses, voy a aprender más rápido todavía, para poder llevarte, y cuando lo domine, te enseñaré también.

—Podría ir… a tu casa… verte intentarlo... Seguro así también aprendo... —Cada pausa era un gimoteo.

—No estaría mal… —Arthur tomó su rostro entre sus manos y tiró levemente de sus mejillas—. No te pongas así, no seas bobo. ¡Los caballeros no lloran!... Voy a convencer a Tino, Berwald y Davie de que te quedes conmigo hoy, ¿bien? Pero no llores...

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—He hecho una amiguita, ¿sabes? Vi que la molestaban mucho porque su piel es más oscurita que la nuestra, así que salí en su defensa. No me pareció bien lo que hicieron. A ti te molestaban por cómo hablas, ¿no? —Arthur asintió—. Ella se alegró mucho, me regaló unas frutas y me dijo que soy su héroe. ¡A lo mejor no soy un caballero, sino un héroe!

—Me parece muy bien que le hayas ayudado —felicitó, dedicándole una floja sonrisa—. A ver si un día nos cruzamos con ella y me la presentas.

—La defendí el otro día, cuando fui a verte practicar. Te caíste un montón de veces. ¡Fue divertido!

—Yo te dije que aún no lo domino... —respondió mosqueado Arthur—. En todo caso, cuando tengas que aprender, también vas a caerte. Incluso te caerás más que yo.

—No creo. Ya sé cómo no hay que hacerlo viéndote a ti.

Arthur, con el ceño fruncido, volvió el rostro en dirección a su amigo. Este tenía una gran sonrisa dibujada en el rostro. Quiso enojarse con él, pero no pudo: le había quedado una preocupación pendiente desde la otra noche.

Ya habían pasado unos meses desde que Alfred se lo dijo; le había estado dando muchas vueltas al asunto. Le comunicó a su madre su deseo de visitar el mar todos juntos, pero la respuesta que obtuvo no fue la esperada. Su madre le dijo que tardarían más de medio día en llegar a Miami, demasiado tiempo; además, estaba el hecho de que no contaban con mucho dinero, y un viaje de esos les costaría bastante entre el alquiler del auto, la estadía (porque no iban a llegar para irse de inmediato), la comida, etc. En resumen: era imposible. Al menos no podrían en los próximos meses. Su mamá fue más tajante porque, después de todo, acababan de gastar en su bicicleta.

Arthur se sentía culpable porque su intención era cumplirle su sueño para su cumpleaños, y para eso apenas restaban unas semanas. No iba a lograrlo. Debía hallar una solución rápido o al menos alguna forma de darle una sorpresa a Alfred.

—¿Te pasa algo, Arthur? —inquirió el niño al ver que su amigo volvía a mirar al frente. Se acercó a él y le levantó el flequillo para palparle la frente—. No tienes fiebre ni nada... Qué raro que no andas renegando...

—No es nada… Y yo no me la paso renegando, por cierto.

—Desde que crecimos te has vuelto más gruñón. ¿Así son los caballeros cuando crecen?

—¿Qué? ¿Ahora saldrás con que no quieres crecer? —rió Arthur—. No. Un caballero se comporta siempre con moderación y es muy atento. Tú debes ser así, ten en mente siempre eso.

—Arthur, ¿sabes? Ya va a acabar junio, falta muy poco, y estaba pensando–

—¿Sabes? —cortó este, antes de que le exprese sus deseos. Esos deseos que no iba a poder cumplirle—. Estoy convencido de que ya puedo manejarla. En lo que resta del mes lo perfeccionaré y podré llevarte conmigo. Ya lo verás.

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—¡Hace un calor espantoso! —exclamó Alfred, haciendo a un lado las sábanas que lo cubrían de un solo tirón. Tomó su camiseta y empezó a ventilarse con ella, desesperado.

—Corre a la ducha entonces —respondió Arthur desde el suelo, adolorido y cansado luego de pasar mala noche. Alfred muchas veces le dijo que se subiera, pero su madre le había dicho que la condición para permitirles dormir juntos era que no lo hagan en la misma cama—. Date prisa porque yo también quiero usarla. Aséate los dientes y enjuágate bien, no lo olvides.

—Me pregunto… —Con la camiseta desarreglada y el cabello desordenado, Alfred, aún en la cama, se apoyó sobre su codo para contemplar a Arthur—. ¿Por qué, sabiendo qué día es hoy, me dieron permiso de quedarme contigo? Tino y Berwald normalmente no me dejarían...

—Vamos a ir a verlos en un rato, es por eso. Luego te quedas con ellos.

—¿No vas a decirme nada por hoy? —dijo resentido, con un puchero y las mejillas infladas.

—Ya te he saludado desde la madrugada, ¿no recuerdas? Nos quedamos despiertos hasta esa hora... —Se incorporó del suelo y trepó a la cama lentamente, como si estuviera acechándolo—. Tú estabas desmayándote del sueño... ¡Pero yo te mantenía despierto! —exclamó, y se arrojó a hacerle cosquillas al niño—. ¿No lo recuerdas?

—¡B-Basta! ¡Para, Arthur! ¡Para! —chillaba el niño, retorciéndose en la cama y ya con lágrimas en los ojos en medio de su carcajada—. ¡De acuerdo, me ducho ya mismo! ¡Arthur!

—¡Oye, no me des manotazos! —se quejó, y puso fin a su ataque. Tomó las mejillas de su amigo y lo vio directamente a los ojos—. Feliz cumpleaños, Alfred. Espero que tengas un día estupendo y comas mucho pastel.

Alfred se arrojó a sus brazos y lo apretó muy fuerte contra sí, feliz de tenerlo a su lado.

—Tus ojos son bonitos. Muy verdes... —señaló el pequeño con su índice una vez se separaron.

—V-Ve a bañarte ya mismo o mamá no te dará nada... Según me dijo, tenía un pastelito especial para ti por ser un día importante.

El niño salió disparado rumbo a la ducha, no sin antes tomar de su mochila el cambio de ropa que había preparado. Advertido por ese ataque de cosquillas, estuvo listo en apenas cinco minutos: salió de la ducha con los cabellos algo húmedos, pero despejado y con una alegría desbordante.

—Ve a la cocina que mamá debe estar esperándote. Yo bajaré en un momento.

El niño, muy obediente, atendió a sus indicaciones. Tomó su mochila y corrió con rumbo a la cocina mientras Arthur se ocupaba de asearse. Una vez allá, tal como le había dicho su amigo, lo aguardaba un gran desayuno.

—¡Buenos días, señora Kirkland!

—Buenos días, pequeño. Ven aquí para darte un abrazo. —El niño nuevamente obedeció—. ¡Feliz cumpleaños, corazón! Espero que lo pases estupendo el día de hoy.

—¡Lo mismo me dijo Arthur!

—Seguramente te dijo también que tengo algo especial para ti... —Alfred asintió con fuerza, ansioso por recibir su obsequio—. Pues aquí tienes. —La mujer le tendió una caja de tamaño considerable que desprendía un agradable aroma a vainilla. Alfred pudo sostenerla con cierto esfuerzo—. Es un pastel que hice especialmente para ti. ¡Recuerda compartirlo con tu familia, eh! Y no olvides tampoco cepillarte los dientes luego de comerlo.

—¡Seguro! ¿Esperamos para desayunar a Arthur?

—Creo que no. Tiene que llevarte a ver a Davie, Tino y Berwald, ellos también quieren verte el día de hoy, así que deben darse prisa. Tengo listo el desayuno de Arthur en una lonchera para que pueda llevárselo

Precisamente en ese momento, ya vestido con la camisa de mangas cortas y el pantalón de drill, además de los mocasines, Arthur apareció bajando por las escaleras sacudiendo su cabello aún húmedo.

—Mamá, ¿es de mala educación visitar a alguien con el pelo húmedo? Espero que con este sol se seque antes de llegar a casa de Davie... ¿Ya está listo?

—Completamente. Metí todo en tu morral y en una pequeña bolsa. Descuida, ya coloqué todo en la canasta de tu bicicleta.

—Muchas gracias. ¿Vamos, Alfred? ¿Ya recibiste tu regalo?

El pequeño asintió y se adelantó a la puerta aunque sentía que lo estaban excluyendo de algo. Arthur parecía estar escondiéndole algo y eso no le estaba gustando nada. Si eran amigos, ¿por qué ocultárselo? ¿Creía acaso que no iba a entender?

Arthur montó a Alfred en la bicicleta, y luego subió él, siempre con cuidado de que ninguno vaya a caerse, ni siquiera el pastel que le habían obsequiado. Una vez listos, partieron. Aún tenía algunas dudas sobre el manejo de la bicicleta, temía que en algún momento pueda perder el equilibrio y provocar un accidente, pero a medida que cogía impulso y manejaba limpiamente, las dudas se despejaron. Muy pronto estuvieron frente a la casa de Davie sanos y salvos.

—Vamos a que te saluden por tu cumpleaños y luego te daré mi regalo, ¿está bien? No creas que no pienso darte nada. —Luego de llamar tres veces, la puerta se abrió. Frente a ellos apareció Davie con una gran sonrisa. Llevaba puestas aún las pantuflas y el camisón, pero no se avergonzó en lo absoluto—. ¡Davie, hola! Mira, lo traje sano y salvo, ¡y en la bicicleta! ¡Eso demuestra que puedo usarla tan bien como tú!

—Siempre supe que lo lograrías, Arthur. ¡Pero permíteme abrazar al cumpleañero! —Davie tendió sus brazos y Alfred, muy presto al cariño de su familia, se acercó rápidamente para abrazar a su abuelo—. ¡Qué voy a hacer con este chico que no deja de crecer! ¡Va a ser enorme cuando sea un muchacho! Feliz cumpleaños, Alfred...

—Gracias, Davie —respondió el chico, halagado luego de oír eso. Le agradaba la idea de ser alguien grande dentro de poco—. He traído algo conmigo, la mamá de Arthur me lo dio. ¡Es un pastel! Hay que partirlo para que Tino y Berwald puedan comerlo también.

—Despacio, vaquero —bromeó en respuesta Davie, sacudiéndole los cabellos—. Pasa y veremos eso. Arthur, pasa tú también.

Una vez dentro, tal como ocurría en su casa, en la mesa ya estaba dispuesto el desayuno. Berwald y Tino se hallaban sentados a la mesa: el primero a la cabeza; el segundo, a su lado. Ambos chicos saludaron al unísono, pero Alfred se echó a correr rumbo a ellos.

—¡Feliz cumpleaños, Alfred! Apuesto a que hoy será un día genial para ti.

Tino, al igual que Davie, le sacudió el cabello, mientras que Berwald lo tomó por debajo de los brazos para alzarlo y sentarlo sobre su regazo.

—C'm'. F'l'z c'mpl''ñ's... ¿Y' l' d'j'st l' d' 'rth'r?

Arthur no trataba mucho con Berwald, por una parte por lo hermético que era y por otra porque, tal como ocurría en ese momento, no entendía lo que decía. Según sabía por boca de su madre, tenía esa extraña forma de pronunciar las palabras porque nunca se había terminado de adaptar al inglés.

—No, aún no... Primero quiero que desayune. Me alegra que hayas aceptado que salga. Se conocen hace mucho y estoy convencido de que va a cuidarlo mucho.

—¿De qué hablan? —intervino Alfred confundido, no por no entender qué decía Berwald, sino por el tema de conversación en sí mismo—. ¿Qué no me ha dicho Tino?

—Te digo cuando termines de desayunar. Arthur, ¿ya desayunaste?

—Mi madre me ha empaquetado algo. Comeré luego.

—Quizá puedas necesitarlo más tarde. Mejor siéntate y come con nosotros —intervino Davie, y tomó su brazo para llevarlo hasta la mesa—. Nos alegra que estés aquí y te agradecemos todo lo que haces por Alfred. Por cierto, ¿qué dijiste que querías repartir?

—¡Un pastel que me regaló la señora Kirkland! Huele muy rico y podemos comerlo todos... Luego del desayuno, claro.

Tino dejó su lugar y fue por un cuchillo y unos cuantos platos para poder servir el pastel. Sin embargo, para sorpresa de su pequeño, no le sirvió ni a él ni a Arthur pese a que ya habían terminado el desayuno. Al ver que el niño estaba a punto de reclamar, Berwald le hizo una señal a Tino y a Arthur para que le expliquen.

—Tranquilo, Alfred. Voy a guardar tu pastel para que te lo lleves contigo.

—¿A dónde me voy?

—No sé. Es el regalo de Arthur para ti. Solo sé eso. Así que prométenos que vas a portarte bien, no lo harás enojar y harás caso a todo lo que te diga, ¿sí?

Preso de la emoción, el niño se limitaba a ver de un lado a otro a todos los presentes, incrédulo aún. Cuando se repuso, se lanzó a los brazos de Tino para agradecerle, corrió hacia Berwald y le dio un beso en la mejilla, porque sabía que le gustaban los besos tras ver la sonrisa que aparecía en su rostro cuando era Tino quien se lo daba, y le dio otro igual a Davie sin importar que su barba le picara. Finalmente, corrió hacia Arthur, quien lo recibió contento y lo elevó en el aire.

—¡¿Vamos a ir juntos, en bicicleta, lejos?! ¿Hasta qué hora tenemos? ¿Por eso tu mamá te preparó el desayuno? ¿A dónde exactamente iremos?

—C-Calma... Perderá su encanto si te lo digo. ¡Será un secreto! —afirmó, satisfecho de hacer feliz a ese niño que se había convertido prácticamente en su hermano. En ese momento Arthur tuvo claro que le habría encantado tenerlo como hermano menor—. Si ya terminaste, es hora de irnos.

Antes de devolverlo al suelo, como había hecho tantas veces, Alfred se aferró a su cuello y le dio un beso en la mejilla. A Arthur no le avergonzaba que su amigo le manifieste así su cariño, sino que, en realidad, no era muy dado a las muestras físicas de afecto. Si surgían en él espontáneamente, intentaba reprimirse hasta que era imposible, pero no estaba habituado a recibirlas, ni siquiera a su madre le permitía actos semejantes.

A Tino le hizo mucha gracia el desconcierto de Arthur.

—N-Nos vamos...

—Esperen, que Alfred se lleve el sombrero y el bloqueador solar. Va a terminar todo lastimado con este calor —advirtió Tino, y corrió a buscar lo que necesitaban. Una vez de vuelta, le encargó a Arthur que se ocupe de ello—. Cuídense entonces. Confiamos en ti porque ya eres un muchacho.

Él solo les dedicó una tenue sonrisa y tomó la mano de Alfred para iniciar su marcha.

—Eh, antes de subirte a la bicicleta, debes ponerte el sombrero. No queremos que te quemes. Póntelo y yo me echaré mientras un poco de bloqueador, luego te lo echo a ti.

—¡Listo!

—Bien, ahora, no olvides agarrarte fuerte de mí y que no vaya a salir volando tu sombrero —dijo a medida que esparcía la crema sobre la piel de su rostro y sus brazos—. Piensa que es el regalo que te dio Davie el año pasado, ¿sí?

—¿A dónde iremos, Arthur? —inquirió Alfred, ya en marcha. Su mano derecha se aferró a la cintura de su amigo y la izquierda mantenía en su sitio su sombrero. Era necesario porque iban a gran velocidad.

—¿Sabes? Me habría gustado cumplir lo que querías... pero, en vista de que no podemos, quiero, al menos en parte, cumplirlo... No es la gran cosa, pero espero que te guste.

—¡Estoy seguro de que así será! ¡Y cuando llegue tu cumpleaños, te regalaré algo genial también!

—Aún falta mucho para eso... ¡Ahora, agárrate fuerte que iré más rápido!

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Ob-La-Di, Ob-La-Da, life goes on, Bra! La la how the life goes on! Ob-La-Di, Ob-La-Da, life goes on, Bra! La la how the life goes on![3]

—Te gusta mucho esa música, ¿no? ¿No es muy antigua?

—Aquí en Nashville a la mayoría nos gusta el rock y el country. A ti te gusta el country, ¿no?

—Un poco… Tengo hambre... Ya vamos mucho rato...

—Ya no falta nada para llegar... Imagina cuán cansado estoy yo que tuve que pedalear... Apenas lleguemos, nos sentamos y comemos. Te lo prometo.

—Pero sigue cantando. Tu voz es muy bonita.

In a couple of years they have built a home, sweet home…With a couple of kids running in the yard of Desmond and Molly Jones… [3]

Alfred, adormecido con la voz de su amigo debido al cansancio y a lo mucho que le gustaba que le cantara, intentaba pensar. No conocía de Nashville más que la escuela, su casa y la casa de Arthur, por lo que no tenía la más mínima idea de dónde estaban. Sospechaba, por supuesto, que lo estaba llevando a una especie de bosque porque a su alrededor los envolvía cada vez más la espesura de la vegetación. Teniendo en cuenta además sus palabras, aquello de que le habría gustado cumplir su deseo, podía imaginarse que lo llevaría a...

—¡Llegamos! —exclamó Arthur e hizo sonar la campanilla de la bicicleta al sentir a Alfred con el rostro pegado a su espalda. Ya lo imaginaba dormido. Bajó de la bicicleta con cuidado y cargó a Alfred a su hombro—. ¡Ahora pesas horrores!

El niño espabiló al fin y descubrió con sorpresa que sus sospechas no estaban equivocadas.

—¡Un lago! ¡Me has traído al lago!

—Pensé que compensaría bien que no pueda llevarte a ver el mar… —Alfred se echó a correr hasta la orilla, aún incrédulo, mientras él por su parte tendía un mantel sobre la hierba para poder recostarse. Listo eso, extrajo de la canasta de su bicicleta el desayuno que no había tocado y el pastel que les había repartido Tino, además de lo que sea que haya agregado su madre, para ponerlo sobre el mantel—. Ven acá, dijiste que tenías hambre.

—¡Ven tú, sácate los zapatos! —respondió, sacándose los propios junto con las medias. Tiró el sombrero tras de sí y se sumergió en el agua hasta los tobillos—. ¡Ven, está muy fresca!

—¡Oye, no sé si está permitido meternos! —replicó Arthur, pero, contagiado de su alegría, corrió también mientras se quitaba los zapatos y las medias.

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Empapados ambos luego de chapotear y tirarse agua encima, se vieron obligados a quitarse las camisas y tenderlas a su lado a la espera de que el sol termine por secarlas. Yacían tendidos sobre el mantel, adormilados y satisfechos luego de comer todo lo que tenían.

—Me gusta el cielo en verano… Es muy azul —comentó Alfred, con el sueño a punto de vencerlo—. El sol es dorado...

—El verano se parece a ti… —musitó Arthur, a punto de rendirse también—. Tus ojos y tu cabello...

—Tus ojos son del color del bosque…

—Acércate a mí, no sea que nos quedemos dormidos y pase algo —previno el muchacho. Intentó espabilar frotándose el rostro mientras el niño se acurrucaba a su lado. El sol generoso los cobijaba con su calor.

Alfred cayó rendido a los pocos minutos, mientras que Arthur revisaba las camisas de ambos, ya casi listas. Una vez que despierte, tendrían que partir. No era muy tarde, pero tampoco deseaba exponerlos. Estaba cansado y volver en la bicicleta le costaría más en ese estado.

Contaba con que Alfred duerma por lo menos una hora, pero no ocurrió así. En apenas media hora ya tenía la energía repuesta: se levantó de un tirón y lo primero que hizo fue buscarlo con la mirada.

—Creí que dormirías un poco más.

—Bueno, aún tengo un poco de sueño. Es solo que sentí un escalofrío...

—Perdón, es que te dejé solo. Quería revisar las camisas porque en un rato más debemos volver.

Alfred hizo un pequeño mohín y se dejó caer en el mantel nuevamente. Arthur comprendió que esa era su forma de mostrar su descontento, así que se acercó a él conciliador.

—Podemos quedarnos un rato más... Creo que estaría bien porque yo también estoy cansado y no pude dormir... —dijo, acostándose cerca al niño.

El pequeño se talló los ojos y colocó sus brazos bajo su nuca para poder contemplar el cielo. Aún era temprano y si volvían tan pronto como decía Arthur, probablemente llegarían unas horas más tarde de la hora del almuerzo. Ya se habían acabado la comida y eventualmente tendrían más hambre, pero aún era muy pronto para eso. Además, se sentía muy bien, tanto que el sueño volvía a trepar por sus miembros.

—Oye, no vuelvas a dormirte que ahora ya no podré despertarte...

—Me gusta el cielo... Se está poniendo dorado... Y me gusta mucho el lago también... Es muy bonito...

—Pero el mar debe serlo aún más —replicó Arthur. Tenía clavada la espina de no poder llevarlo a donde realmente quería—. Quizá si ahorro pueda llevarte el año próximo, o apenas pueda. Averiguaré cuánto costaría exactamente todo y ahorraré. Te lo prometo.

—¿Puedes... cantarme un poco más?

—¿Prometes no dormirte?

—Te lo prometo.

—Esta es bonita, o al menos a mí me gusta: There are places I remember... All my life... though some have changed. Some forever not for better, some have gone and some remain. All these places have their moments, with lovers and friends I still can recall. Some are dead and some are living. In my life…I've loved them all…(Hay lugares que recordaré…toda mi vida…aunque algunos han cambiado. Algunos para siempre, no para bien, algunos se fueron y algunos permanecen. Todos esos lugares tienen sus momentos, con amantes y amigos que aún puedo recordar. Algunos están muertos y algunos están vivos. En mi vida... Los he amado a todos ellos). [4]

—Continúa... estoy despierto...

But of all these friends and lovers, there is no one compares with you. And these memories lose their meaning when I think of love as something new. Though I know I'll never lose affection for people and things that went before. I know I'll often stop and think about them… In my life... I love you more…(Pero de todos esos amigos y amantes, ninguno se compara contigo. Y esos recuerdos pierden su significado cuando pienso en el amor como algo nuevo. Aunque sé que nunca dejaré de querer a aquellas personas y cosas que se fueron. Sé que a menudo me detendré y pensaré en ellos... En mi vida... te amo más*...)[4]

—Arthur...

—¿Qué sucede?

—Tú eres... No sé... como... un gran amigo. Pero como que a la vez eres más que eso... ¿Qué eres para mí?

—Hemos crecido juntos, te he cuidado desde pequeño, así que no somos simples amigos, Alfred. Entiendo a qué te refieres —dijo este, y giró su cuerpo para poder mirarlo a la cara—. ¿Qué te parece llamarme "hermano"? ¿Te gusta la idea? Me he comportado como tu hermano mayor, después de todo.

—¡Me encanta! ¿Te gusta tener un hermano menor como yo? ¿No doy muchos problemas?

—¡Claro que sí! —Alfred hizo un puchero—. Pero así son los hermanos. Además... no es que yo sea un excelente hermano tampoco...

—¡Sí lo eres! ¡Eres el mejor hermano del mundo! ¡Hoy me lo demostraste!

En su efusividad, Alfred derribó a Arthur sobre el mantel y se lanzó a abrazarlo. Su cabeza terminó perdida en el cuello de su "hermano" y este lo acogió gustoso, acariciando sus cabellos.

—Calma, calma... Lo que hice hoy no es nada... Espera un poco y verás que te llevaré al mar.

Arthur le permitió abrazarlo un rato más. Aún no podía creer que luego de pasar su infancia en soledad llegara a su vida un pequeño que se encargaría de darle un giro total a su mundo, que lo llenaría de felicidad y, sobre todo, de amor. Un cómplice, un compañero del que, de estar en sus manos, no se alejaría nunca. Un hermano.

Alfred era su hermano. A partir de ese día, ese niño se había convertido en su hermano.

Y así, se supone, debía ser para siempre.

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[1]: Si algún lector(a) le picó la curiosidad, se dará cuenta de que, de momento, estoy siguiendo el orden de la lista de canciones del disco. She's a handsome woman es la tercera canción del Pretty Odd.

[2]: Para evitarme problemas con las citas: el cuento es "El gigante egoísta", de Oscar Wilde (mi autor favorito). Un clásico para los niños.

[3]: Es la canción súper conocida "Ob-La-Di Ob-La-Da" del White Album de los Beatles. No puse ese fragmento de forma casual (?)

[4]: Otra canción de los Beatles: "In My Life", del álbum Rubber Soul (YAAS!). Me encanta Arthur como un súper fan del rock, pero especialmente de los Beatles. Muy probablemente luego incluya otra canción.

*En esta parte literal dice "Te amo más", pero igual como que lo que quiere decir es "Te he amado más a ti en comparación con los demás". Es como que esa persona le redefine el amor.

N.A: Quizá parezca raro que en lugar de incluir la letra de la canción que da título al capítulo, prefiera otra, pero creo que es mejor así. La canción abarca todo el capítulo, mientras que los fragmentos que coloqué son momentos. En el caso de In My Life, esta es muy importante.

Como podrán ver, su relación se está cimentando. He tratado de abarcar, de forma algo somera, unos buenos años. No quiero extenderme más porque el fic es más largo y se vienen otras cosas. Espero haya quedado bien.

INGLATERRA CANTANDO ES BEEELLOOO :'DDD Escuchen las canciones e imagínenlo cantando. Me muero de amor por él. Va a cantar más, por cierto.

Nuevamente, muchas gracias por darle una oportunidad.

Ah, sí actualizaré el otro fic de Hetalia que tengo XD solo que la inspiración para este llegó antes (?)

ESCUCHEN LAS CANCIONES QUE PUSEEEE. SE PONDRÁN SADS :CCCC