Título original: Eight Days.

Autora Original: B.C Daily.

Fecha original: 14 de noviembre de 2016.

Idioma original: inglés.

Disclaimer: no me pertenece absolutamente nada de lo que sigue.


OCHO DÍAS

2. DÍA DOS

(Eight Days - 2. Day Two, by B.C. Daily)

Aunque no está bien que lo diga él mismo, James juega espectacularmente bien a la mañana siguiente.

Es un partido agotador, de tres horas de duración, y bastante más competitivo de lo que cabría esperarse de una mera "exhibición". Han pasado años desde la última vez que jugó en un campo británico en condiciones, y se siente como en casa. Tal vez la comodidad juega a su favor. Con no una, ni dos, sino tres jugadas ejecutadas a la perfección (y anotando siete puntos nada más empezar, oh, sí) siente que puede respirar tranquilo por primera vez en muchas horas (o días, o semanas, o meses). No está tan animado como para verse a sí mismo como el ganador (solo ha sorteado el primero de muchos obstáculos, después de todo) pero sale de los vestuarios limpio, y fresco y saboreando la victoria, por lo que no puede negar que está que no cabe en sí de gozo por la victoria.

Casi, casi puede ver la oferta de los Puddlemere acercase cada vez más.

Solo tiene que seguir así y…

No, no, no seas gafe, tío. Recuerda lo que pasó la última vez.

Sí, es cierto. Pero aún así…

— Buen partido, pervertido.

James se gira. Parpadea, más animado de lo que cabría esperarse de alguien a quien acaban de llamar "pervertido", pero es que él sabe de quién vienen esas palabras, y ante alguien así, es imposible no animarse. Camina desde un puesto de comida próximo, con la acreditación para prensa colgándole del cuello.

Casi le sonríe.

Él casi le devuelve la sonrisa.

Había evitado pasar por la zona de prensa después del partido, como era habitual, aunque por primera vez desde que podía recordar, se había arrepentido un poco de hacerlo. No habría confesado ni bajo tortura que cuando había vuelto al hotel la noche anterior había llamado inmediatamente a su elfo doméstico y le había pedido al pobrecillo que le consiguiese todas las ediciones recientes de El Profeta que pudiera encontrar. Tampoco admitiría cuántas horas había pasado revisando las secciones de deportes de todos esos periódicos, buscando la firma ya familiar:

Lily Evans, Corresponsal junior de El Profeta.

Había encontrado un puñado de sus trabajos. La mayoría eran crónicas; había algunos perfiles de jugadores, una pieza algo más larga comentando el reciente escándalo del penalti de Appleby y una crítica sobre el aumento de las faltas sucias en el campeonato europeo.

Su forma de escribir era aguda e inteligente, y hablaba de Quidditch con un conocimiento y una honestidad que le hicieron reír y encogerse al mismo tiempo. Cuando se había leído todos artículos, James se había sentido bastante decepcionado.

Y todavía había estado más decepcionado cuando no la había visto en la sala de prensa antes del partido.

No se había dado cuenta de cuánto hasta ahora mismo.

— ¿Bueno? — se burla mientras se acerca. — Venga ya, doña periodista. Tres jugadas perfectamente ejecutadas y setenta puntos: estoy seguro de que se te ocurrirá un adjetivo mejor que "bueno".

— Decente — propone, deteniéndose frente a él. Lo hace rabiar un poco más — ¿Competente?, ¿eficiente?, ¿adecuado?

— ¿Adecuado?

— Está bien. Por encima de la media, tal vez.

— Me conformaré con eso — dice. Que Merlín lo mate si no se siente como un chico de doce años, con un puñado de mariposas revoloteándole en el estómago y muriéndose de las ganas de cogerle la mano. Maldita sea. — No te ve he visto antes del partido. En la sala de prensa.

Alza las cejas.

— ¿Estabas buscándome? — cuando lo ve ruborizarse y empezar a abrir la boca en busca de excusas, se ríe. — Yo no te vi después del partido. En la zona de prensa.

— Nunca me paso por la zona de prensa. No si puedo evitarlo.

— Ya me lo imaginaba. Pues hay algo…

— ¿Algo?

— Tengo una propuesta que hacerte.

Una propuesta.

Sí, te besaré hasta que no podamos respirar. Te tocaré hasta que grites. Lameré de arriba abajo tu… James se aclara la garganta.

— ¿Qué clase de propuesta? — pregunta. Ella sonríe rápidamente.

— La clase de propuesta que tienes que aceptar a para disculparte por cómo me sobaste ayer.

Sobar. Acariciar. Retorcer. Jadear. Foll…

— Eso es discutible. Pero te escucho.

Lo intento.

— Quiero escribir un reportaje — anuncia — sobre ti.

— ¿Sobre mí?

— Sí.

Él la mira con recelo.

— ¿Sobre el cazador mentiroso y pervertido? — ella ríe.

— No. Un reportaje de verdad. Un perfil. Aunque me reservo el derecho a volver a lo de "CAZADOR MENTIROSO Y PERVERTIDO" si me dices que no.

— Creo que eso se llama chantaje.

— Estoy dispuesta a discutirlo.

Quiere sonreír. Casi lo hace. Si Lily Evans, Corresponsal lunior de El Profeta, le hubiera pedido la Luna, estaba seguro de que se habría puesto al momento a trabajar para conseguírsela.

Pero la palabra "reportaje" hace que se le erice el pelo de la nuca, oye un "clic" en su cerebro. Tiene el "no" automático y más cómodo en la punta de la lengua. Se había criado en una antigua y conocida familia de sangres puras, el tipo de familia que creía que la prensa solo servía para enchufar a algún amigo o para leer los obituarios; por lo demás, solo tenía chimes y basura. Era ese el motivo de que se negase a hablar con la prensa o a conceder entrevistas, a pesar de que no era el tipo de persona al que no le gustase la atención. A pesar de que era parte de su trabajo. Era una de sus reglas:

1. No volar bajo los efectos del alcohol.

2. No comer pasta.

3. No conceder entrevistas a la prensa.

(Incluso aunque sea una periodista muy guapa la que se lo pide. Podría darle la Luna, eso sí podría hacerlo).

Pese a todo, duda.

— No concedo entrevistas — dice, empezando ya a disculparse. — Nunca he…

— Ya lo sé — corta rápidamente, resulta obvio que se esperaba esta respuesta. Da un paso hacia él. — Peso eso es lo bueno, ¿no? Que nunca lo has hecho. Pero deberías hacerlo. Ahora. Conmigo. Soy muy buena en lo que hago.

— ¿Muy buena? — dice con algo de burla. — Dijiste que Gleason Glyffs estaba "muy sobrevalorado y evidentemente tiene problemas de visión", ¡y ese hombre debería ser considerado un maldito tesoro nacional!

Ella parpadea, sorprendida.

— ¿Has… has leído mis artículos?

Cada puto artículo con el que me he encontrado.

— Leo sobre deportes. Y hago deporte también. Es parte de mi trabajo, ¿sabes?

— Supongo— murmura, y a James no le resulta difícil darse cuenta de que se ha sonrojado, ¿por vergüenza?, ¿orgullo?, ¿placer? —, aunque sigo creyendo lo que dije — aclara —, que Glyffs se está haciendo mayor. Todos los sabemos.

— Sí, pero eso no es lo que decías — se pasa la mano por el pelo para revolvérselo y casi puede oír a su madre riñéndole por no dejárselo tranquilo. — Sí dices eso de él, ¿qué no dirías de mí?

— Solo la verdad — insiste, y eso suena menos tranquilizador de lo que pretende. La bruja no parece tener intención de rendirse y, a regañadientes, James no puede evitar admirarla por eso. Sobre todo cuando coloca una de sus manos con firmeza sobre su brazo. — Mira, ya sé que no nos conocemos bien, y que no te gusta la prensa. Es comprensible. Pero piensa en ello, ¿quieres? Has leído el artículo sobre Glyffs, ¿en serio te ha parecido injusto? ¿O que las críticas eran innecesarias? No voy buscando escándalos, no soy ninguna desalmada, solo estoy buscando una buena historia. Y hay que admitir que James Potter, volviendo de América, con ese rollo de quiero y no quiero, es la cosa más interesante que va a pasar en esta estúpida exhibición, y sería una lástima desaprovecharlo. Además, si de verdad estás interesado en los Puddlemere…

— Nunca he dicho que esté interesado en los Puddlemere.

Lily lo mira escéptica.

— Está bien. Nunca lo has dicho, pero si lo estuvieras, ya sabes a qué tipo de jugadores fichan. No buscan solo el alto rendimiento en el terreno de juego. Quieren personas que puedan venderles a la afición. Y el aire de misterio que te gastas solo te va a alejar de ellos.

James tuerce el gesto, pero tiene que admitir que no está del todo equivocada. Un jugador profesional de Quidditch no juega solo en el campo. Ya se lo habían advertido antes. Su agente, el pobre, había tolerado la reticencia de James hasta cierto punto, pero había empezado a lanzarle indirectas. Sobre todo ahora que los Puddlemere volvían a estar en juego.

A James le gustaba su forma de escribir. Era contundente, pero justa. Y la idea de leer lo que realmente pensaba de él…

No tomes decisiones de negocios con tu polla, Potter, por amor de Dios.

Pero no era solo su pene. Su cerebro también estaba de acuerdo. Y su estómago.

Maldita sea.

— Escucha…

— Hay un pequeño bar muy discreto a un par de calles de aquí — le dice Lily, interrumpiéndolo. — Vamos, te compro una cerveza o algo barato y con mucho alcohol, comemos algo de comida basura, charlamos… Y tú decides lo que puedo usar y lo que no. No te voy a forzar a hablar de nada. Probablemente podría escribir el reportaje sin contar contigo, pero de verdad preferiría que participases. Así que di que sí. Por favor.

— ¿Podré leerlo antes de que lo mandes al cierre? — pregunta James.

Hace una pausa, sopesando sus posibilidades.

— No —decide finalmente. — Eso no sería justo. Pero no te daré ninguna sorpresa, lo prometo.

Lo cierto es que ya está bastante sorprendido, para ser justos. Y con ganas de vomitar.

Es hora de que decidas, gilipollas.

— ¿Cómo se llama?

— ¿Cómo se llama qué?

— El bar pequeño y discreto.

La cara de Lily se ilumina inmediatamente.

— ¿Vas a colaborar, entonces?

— Sí — que Merlín me ayude. — Pero antes de nada, lo de "CAZADOR MENTIROSO Y DIVERTIDO" se queda fuera.

Ella se ríe y aplaude, feliz.

— Sí, sí, sí, fuera, por supuesto. Trato hecho.

— Y no me hagas parecer un imbécil.

— Solo haré que parezcas un imbécil si eres un imbécil — de aclara. — ¿Eres un imbécil?

— Es probable — suspira James.

Ya empieza a arrepentirse. Se le ocurren ocho excusas diferentes para librarse, pero siete de ellas pierden todo el sentido cuando Lily se inclina hacia él y le dice sonriendo:

— Yo no lo creo.

En menudo lío me estoy metiendo.

— La Empanada del Duende.

— ¿Perdón?

— El nombre del bar pequeño y discreto — le explica. — Se llama La Empanada del Duende.

James ahoga una risa.

— Maldita sea. Eso suena a antro no muy discreto.

— Para nada. Te aseguro que pasa muy desapercibido — me va a volver loco. — ¿Quedamos a las ocho? ¿Nos vemos allí?

Nos vemos donde tú quieras.

— Vale, a las ocho.

— Perfecto.

Y mientras la ve alejarse, James piensa:

Menudo lío…


¿Qué tal un review contándome cómo de adorable os parece James?

Un besooo