Llevo como media hora intentando que la historia de los tres ejes entre en la dura mollera de Marco.
Cuándo parece que por fin se entera de algo, toma aire, cerrando los ojos, para después volver a abrirlos, mirándome y sonriendo.
-Sabes que si todo eso es cierto, te estaré apoyando en todo.
-Claro que lo sé, Marco… -Digo, a la vez que apoyo mi cabeza en su hombro, a lo que el me responde con un abrazo.
Se que no me lo merezco, no de él, pero es lo que necesito.
Nos quedamos así bastante tiempo, no se cuanto. Solo sé que escucho la música que suena del edificio del Ayuntamiento, indicando que ya son las doce del medio de día, lo que me recuerda que tendría que estar el la plaza central reunida con Mattius. Me separo, miro a Marco y le digo:
-Tengo algo muy importante que hacer. Volveré dentro de un rato.
Y sin darle tiempo a responder, echo a correr hacia la plaza.
Corro, temiendo que el excéntrico juglar se haya hartado de esperar. Llego a la plaza: aún hay bastante muchedumbre rondando por todos lados. Tal vez, Mattius haya tardado más de lo que él creía así que me dispongo a ir al callejón donde nos encontramos anteriormente, pero tan solo hay un gato moribundo paseando por allí en busca de algo de comida, tal vez un ratón.
Pienso en el recorrido que acabo de hacer y si este es el callejón correcto. Aquí no suele haber muchas calles como esta, por lo que no creo que me haya equivocado de callejón.
Espero y espero. Empiezo a sospechar que me ha dejado plantada y eso me pone de los nervios.
De repente siento como algo pasa entre mis piernas y me tumba encima de algo peludo. Suelto un chillido hasta que veo que se trata del dichoso perro de Mattius, ¿cómo dijo que se llamaba? ¡Ah, sí! Sirius.
-¡Estúpido chucho! Que susto me has dado… -Gruño a la vez que intento incorporarme de encima del perro, pero cuando lo consigo, Sirius, haciendo fuerza en sus dos patas traseras, se pone en pié cual ser humano, solo que superaría a cualquiera en altura. Apoya sus patas delanteras en mis hombros y me lame con su viscosa gran lengua la frente, a lo que inmediatamente cierro los ojos. -¡Sirius! ¡Que asco! –Chillo a la vez que con el filo de mi camiseta, intento quitarme las babas del perro.
Escucho cierta risitas y se que es Mattius, que estará partiéndose el culo.
-Eso no se lo hace a cualquiera, eres muy afortunada, creo que le gustas –Dice entre carcajada y carcajada mientras Sirius se acerca a su amo-. Buen chico. –Le apremia, acariciándole la cabeza.
-Eso, eso, tú apremia al chucho.
Él sigue riéndose.
-Bueno, ¿dejamos las gilipolleces para más tarde, por favor? –Bufo, cabreada.
-Tsk –chasquea la lengua-, está bien, onna, sin prisas. Pero no es plan ponerse ha hablar de algo así en mirad de la calle, ni siquiera el Quemador sería un lugar seguro, preciosa. –Vacila con un cierto tono de burla, a lo que decido seguirle el juego.
-¿Le vale al Marqués mi humilde casa para conversar sobre un tema de suma importancia?
-Si insiste.
Y sin más vacilaciones ni cosas por el estilo, empiezo a caminar rumbo a la casa.
Siento los pasos de Mattius y de Sirius siguiéndome, pero no se porqué, aún no me fío demasiado del juglar. En poco tiempo, llegamos al hogar. Saco las llaves del bolsillo diestro del pantalón y abro la puerta.
No se oye absolutamente nada, así que me relajo, no tengo muchas ganas de presentar a Marco a este excéntrico y satírico juglar.
Les conduzco hacia la cocina y para que el perro no nos moleste, saco algo de embutido y una ardilla que iba a asar para esta noche y los pongo en un cuenco de madera de roble. Lo acerco a Sirius, que lo acepta en seguida y se echa a comer como una fiera.
-¿Cuánto tiempo lleva el pobre sin comer? –Cuestiono, mirando a Mattius con el ceño fruncido.
-Desde que llegamos a la isla, pero no me regañes, este pueblo de mala muerte no le ofrece muchas oportunidades para cazar algún felino.
-Claro. ¿Cómo no me he dado cuenta? La culpa es nuestra. – de hablar cuando escuchamos un leve portazo. Alguien ha entrado en la casa he intuyo que será Marco, que habrá salido a dar una vuelta a ver a sus camaradas de el Quemador.
-¡Ya he llegado! –Escuchamos decir, a la vez que se asoma por la puerta, confirmando que se trata del Fénix.-Vaya, tenemos visita. –Dice con desdén mientras deja un zurrón en la mesa.
-Marco, él es Mattius, un juglar –Presento-. Mattius, él es Marco, mi nakama.
-Encantado. –Dice Marco, aunque se nota que es por simple cortesía. Mattius solo hace un gesto con la mano a modo de saludo.
-Marco, gracias a Mattius me enteré de toda la historia de los tres ejes.
Probablemente, ambos me tomen por loca, pero es algo que me trae sin cuidado, solo me importa ver a Zoro, aunque solo sea un momento y si, podéis llamarme egoísta, pero ese es el menor de mis problemas.
-Bueno, pues he de deciros que no se mucho más de lo que dije en la plaza. –Intervino Mattius.
-Pues andamos bien… -Murmuró Marco, a lo que el juglar frunció el ceño notablemente.
-Mira, chico, si estoy aquí perdiendo mí tiempo es porque ella me lo pidió –Dice, girándose hacia mí-. ¿Verdad, preciosa?
Yo tan solo suspiro. Marco y Mattius son totalmente opuestos: Marco es tranquilo, simpático y generoso, todo un caballero; Mattius, en cambio, es impaciente, no muy amigable y sarcástico.
-Mattius -le llamo-, en la plaza dijiste algo de unos Pergaminos de Aquisgrán, ¿no es así? –El asintió y dirigí mi mirada a Marco- Creo que hay alguien que puede ayudarnos…
Parece que él piensa en la misma persona que yo, porque veo que asiente.
Pasan un par de días para que en cierto navío llegue una carta, una carta que tal vez llevarían esperando meses, o tal vez, años.
-¡Minna! –Solicita una pelirroja con un sobre en la mano, el cual había sido recibido por un ave tras uno acabaron por llegar a la cubierta del barco esperando a ver a que se debía tanta urgencia.
-Señoritas, ¿serían tan amables de mostrarme sus braguitas? –Pide un esqueleto de pelo afro a la pelirroja y a una morena que acaba de reunirse.
-¡Deja ese asqueroso instinto sexual de esqueleto, Brook! –Regaña la pelirroja propinándole una patada en las cervicales, dejando al esqueleto K.O. mientras que la morena se reía por lo bajo y disimuladamente.
-¿Qué pasa, Nami? –Pregunta un chico con un sombrero de paja a la pelirroja, con los brazos literalmente estirados, agarrándose al palo de mesana.
-Mirad esto. –Respondió la navegante, entregándole la carta junto al sobre al senchou, a lo que el resto se colocó detrás de él para seguir la lectura:
Queridos Luffy y compañía:
Espero que cuándo leáis esto estéis todos bien.
Se que llevo mucho tiempo sin escribiros y esta vez, no es, si no para pediros ayuda. Espero que sepáis que si os pido ayuda, es por algo importante. Necesito que volváis a Rennes, no puedo detallaros mucho, quién sabe si esta carta puede haber estado en manos de algún desgraciado…
Sé que no me defraudareis.
Un fuerte abrazo de vuestros devotos nakamas: Diana, Kurogane y Marco.
-¿Y bien, capitán? –Dice Nami, aunque todos saben la respuesta del Senchou.
Ha pasado poco más de una semana desde que enviamos la carta a Luffy y a los demás. ¿Habrán recibido ya la carta? De ser así, ¿habrán aceptado venir? No lo se.
Son las doce del mediodía. Marco está vendiendo la carne que hemos cazado esta mañana en el bosque, en el Quemador, y a Mattius le toca actuar, aunque no le faltará mucho para terminar el acto matutino, así que he decidido ir a dar una vuelta a Kurogane y a Sirius por el pueblo para después, ir a recoger al juglar, que también le apetecía perder un poco la mente en otros asuntos que no estuvieran referidos a su oficio.
Llegamos a la plaza, la cual está abarrotada, como siempre, por niños (y no tan pequeños) cuyo entretenimiento es escuchar los cantares de gesta o simples leyendas de héroes imaginarios que salvan vidas por doquier.
Nos acercamos como podemos, a través de la muchedumbre, hasta llegar a las cajas de madera que emplea Mattius como escenario, un poco cutre, sí, pero la mayoría de los espectadores ni siquiera pueden verle la cara al juglar.
Esperamos a que recoja el puesto el cual, como siempre, lo carga el pobre Sirius, que empiezo a replantearme si es un perro o un mulo de carga para Mattius.
Una vez está todo listo, salimos de la transitada plaza y dirigimos rumbo a una playa cerca del pueblo, pero en la que no habrá gente que avasalle al juglar con preguntas del tipo "¿Cómo eres capaz de memorizar todos esos cantares?", "¿Por cuántos extraños lugares has pasado?", etc., etc., etc.
El paseo es tranquilo. Kurogane está corriendo junto con Sirius, el cual le sigue el juego, a si que me despreocupo de él, pero no del todo. Miro de reojo al juglar para ver que hace, y lo veo anudando y desanudando una cuerdecita que no superará los veintitrés centímetros, supongo que lo hace para desestresarse.
Aprovecho que cada uno está atento a sus cosas para concentrarme en hacer memoria, más que hacer memoria, en ordenar mis pensamientos desde que vi por primera vez al juglar, hasta el día de hoy. Tres ejes…
-Mamá. –Corta mis pensamientos, cierta voz infantil, aunque algo grave para su edad.
-¿Qué pasa, Kurogane? –Respondo, mirando al pequeño.
-Mira que barco tan raro. –Dijo señalando un punto situado en el mar.
-Tiene una cabeza con forma de león –Interviene Mattius, prestando bastante atención al punto al que señala Kurogane, aunque no consigo visualizar lo que hablan-, ¿o es un girasol?
Un barco con cabeza de león o un girasol… ¡Soy imbécil!
-¡El Thousand Sunny Go! –Grité al ver el navío de mis nakamas.
Lo único que alcanzamos a oír fue esto…
-Gomu Gomu no… ¡Rocketo!
-¡Mamá, mira, un ovni! –Chilló Kurogane, maravillado por ver un UFO salir así de repente.
-¿Cómo que un…? Oh, no… ¡Luffy! –Chille a causa de la emoción por verle de nuevo, aunque también…por la velocidad que llevaba, iba a estrellarse contra nosotros. Hay cosas que nunca cambiarán.
To Be Continued
