"Culpabilidad"

¿Cómo puedes diferenciar la realidad de tus sueños si lo llevas en la mente todo el tiempo? Esa era mi única excusa viable para lo que había hecho. No sabía ni cuando empezó, ni cuanto terminó. Se supone que no debía pasar, no así, no de esta manera. No me arrepentía, por más egoísta que se viera. Pero no estaba orgulloso. Culpable. Mil veces culpable, mil veces idiota.

Jan Di se había dormido recién acabamos. Se desvaneció y me di cuenta que todo lo que pasaba no era en mi mente como tantas veces había pasado. Intenté parar pero no pude. Es cómo solo tomar solo un sorbo cuando llevas corriendo un maratón de todo un día. Imposible. ¿Ahora que iba a pasar? Lloré, lloré como un bebé, como nunca en mi vida. Si alguna vez tenía alguna oportunidad con la que consideraba la mujer de mi vida, ahora se reducía a nada. Nada. Duele perder todo. Le pedí perdón una y otra y otra vez. No supe cuántas. Dolía. Dolía. Dolía como cuando rompes algo invaluable, no monetariamente, no, claro que no, era algo sentimental, irreparable. La lleve a su cama, la arrope con sus sabanas. La vi dormir tan tranquilamente. Sonreí. Tan ajena a todo lo que me pasaba. Ojala fuera un sueño, ojala fuera un maldito sueño. Ella ni siquiera estaba consciente de lo que hacía y yo me había aprovechado. Sí, aprovechado. Mande a la mierda toda mi educación. Mi sed de ella era muy fuerte, no supe cómo reaccionar, pero sí lo hice, lo hice de la peor manera que pude haberlo hecho. Lo jodí, jodí todo lo bueno que tenía en mi vida. Jan Di.

Salí del cuarto en cuanto pude, hacía frío, seguía lloviendo, solo tenía unos pantalones de franela puesto. Trataba de castigarme. Calaba el frío, calaba el dolor, calaba la culpabilidad. Grité. Grité con mis fuerzas. Las lágrimas se confundían con la lluvia. Quería ahogarme con ellas. ¿Todo lo que tenía, porque lo perdía? Mis padres y ahora Jan Di. No lo soportaría.

-¡Estúpido!- grité mientras pegaba a un árbol con el puño cerrado. Las astillas se enterraban una tras otra.-¡Egoísta!- otro golpe, muchos más. Las manos sangraban. Dolía. Dolía el cuerpo y el alma. Me tiré al suelo. Esto no podía ser cierto.

Regresé a la casa. El abuelo llegaría en la mañana temprano de la clínica. Me vende las manos. Tenía que despegarme de la mujer que amaba. Por su propio bien. No era digno de ella. Era lo mejor que le podía hacer. Aunque ya no estuviera con Jun Pyo, que él se hubiera casado, no por amor si no por negocios. Tonto. Pero no podía aprovecharme. Me reí. Bueno más de lo que había hecho.

Ya casi amanecería. Jan Di ya tenía que despertarse pronto. Me cambié. Arreglé la casa. Fui a la farmacia más cercana, compré pastillas. Ya no le traería más problemas a Jan Di. Ya no más. Se las puse alado de la cama, junto con un vaso con agua. Me senté en el sillón que había enfrente de ella. Mi mente jugaba y me regresaba a lo que había pasado hace unas horas atrás y mi cuerpo reaccionaba. Me odié. Apreté fuerte mis manos, tratando de concentrarme en el dolor de mis palmas.

Estaba concentrado en mis pensamientos cuando me di cuenta que se movía. Abrió lentamente los ojos. Vi confusión en ellos. Me vio directamente a los ojos. Reprimí las ganas de llorar, de pedirle perdón. Tienes que alejarte de ella. Me repetí. Así que le demostré las miradas más frías que tenía. Me crucé de brazos. Ella lo vio. Se encogió sobre sí misma. Lo estaba recordando todo. Quise abrazarla y decirle que todo iba a estar bien. Quise, no lo hice. Déjala ir. Ya no tienes que ser bueno con ella. Ella tiene que odiarte como tú te odias por lo que le hiciste. Se levantó sin importar que no tuviera nada que la cubriera. Noté su desnudez. Vi las marcas de mis manos. Ni siquiera había sido amable. Era su primera vez. Me comporté como un animal. Tenía toda la piel marcada. Aparté la vista. Se dio cuenta que cómo estaba y se cubrió con las sabanas. Era mi momento. Destruye todo lo bueno que cree de ti.

-Así…que ya te diste cuenta del error que cometí…que cometimos. Está demás decir que lo lamento y que no volverá a pasar- dije en un tono duró. Volteo a verme. Vi el dolor en sus ojos. No podría soportarlo más. Sigue.-No lo tomes con tanta importancia. Fue un…resbalón. Todo el mundo los tiene.- Vi que lagrimas caían de sus ojos. Todo es por tu bien Jan Di. Te amo.

-Toma esas pastillas, no queremos que este problema trascienda.- Dije y me levanté para dar por terminada la conversación. Ella se acercó envuelta en las sábanas. Estiró su brazo y me pegó. Me dio una cachetada. Sonreí.

-¿Esos es lo mejor que tienes, Jan Di?- pregunté con descaró. Me dolía. Me dolía más que a ella, pero quería que se desquitara. Sacará todo el odió que tenía dentro. Que lo quitará conmigo. Abrió los ojos más sorprendida. Y empezó a propinarme de golpes en el pecho con los puños cerrados. Golpe tras golpe. Se iba decayendo. Hasta que cayó al piso. Me sentí terrible. Era un asco de ser humano. Me di la vuelta para salir.

-No te reconozco.- me dijo con voz seca y quebrada. Y fue lo peor que me pudo haber dicho, porque ella era la única persona con la que realmente había sido yo. La que mejor me conocía. La única en mi vida. Termine de salir. Era mejor así.

CONTINUARÁ…