Cokeworth, julio 24, 1999.

Hechicera,

Abrir tu mensaje liberó un perfume sobre mí... El perfume de tu voz, impregnado en tus letras. Un elíxir de tus generosas lágrimas, que mi ser ha bebido en esta Cokeworth donde el sol es un disco opaco, tras el manto gris claro de las nubes.

Tus palabras, tu recuerdo, vivifican las calles desoladas, y a mí. Tu nombre es perfume de sinceridad. No necesito preguntar si me escribes de corazón. No necesito formularme preguntas de las que hace mucho, conozco las respuestas.

Estás tan llena de verdad como las que me dijiste en la nevada Inverness… Las verdades con tu voz de matices de cristal, de acento profundo, con tus mejillas un poco ruborizadas, pero la mirada brillante y firme de quien supo decirme verdades. Mis verdades.

Aun así, pese a lo que te digo, cuando me preguntabas si volvería a escribirte debo decir que… por un tiempo no lo supe. Mis certezas han desaparecido y con ellas, mi historia. Vivo despojado del pasado. Y era importante, porque yo había logrado esa oscura alquimia de prolongar mi pasado en una sola hora, hasta llevarla delante de mí en el calendario, pues al cabo de noches de sublimar el dolor, obtuve una piedra de toque que me otorgó un oscuro poder: convertir el pasado en presente, convertir el pasado en futuro… y hoy no tengo nada. He perdido esa piedra. He perdido los tiempos. Todo se ha ido.

Cuando me dices que puede ser un logro el expresar lo que antes no podía, puede no ser una conquista, sino el fruto de esa pérdida.

Y no me aferro a lo desaparecido. Es que me siento desnudo. Los criterios de mi vida se esfumaron. No tenía preparadas nuevas razones. Yo no recuerdo la última vez que lloré de desconsuelo, pero la primera de esta nueva vida fue hace una semana. No soporté ver la Luna a través de mi ventana, en la casa a oscuras. ¡Mi ventana! Yo odiaba esa Luna como odiaba el gorjeo de las aves en junio, pues ni cantos ni lunas jamás fueron compañía, sino testigos helados de noches de insomnio, de incertidumbre, de recuerdos que me martirizaban. Y herido por la plata de la Luna me derrumbé a mitad de la sala, caí de rodillas entre mis libros que no debían ser míos, entre los recuerdos que debían haberse evaporado, entre el pasado que ya no debía existir para acosarme y lloré a raudales, a espasmos, con ese contradictorio llanto de tristeza, alegría, alivio, desesperación.

No ha vuelto a sucederme, y así ayer resignado a la muerte, hoy resignado a la vida o sometido a ella, he demorado en responderte, pues las certezas de antes ya no existen.

Debo contarte que han sido semanas extrañas: los mensajes que yo confiaba se harían menos frecuentes, al contrario, aumentan: los benefactores del colegio pidiéndome que regrese, los prefectos felicitándome por mi restablecimiento, mensajes personales de alumnos, algunos asegurando que no los engaño, solicitudes para que hable en el diario sobre "la verdad de mi misión". ¿Qué verdad? No existe la verdad. Sólo existe lo que creemos es verdad. Y los mensajes se acumulan. Los primeros, abiertos; el resto, en sus sobres. Es un montículo que crece, con el que no puedo lidiar. Preguntas, invitaciones, solicitudes. Me marean. ¿Para qué todo esto? Está hecho. Él está muerto. ¿Qué más quieren de mí?

No sólo eso. Pocos se han atrevido a llamar a mi puerta, pero lo han hecho. Hoy algunos toman valentía por creer que en realidad yo era bueno. ¡Qué ridículos! ¿Qué es ser bueno? Se me adjudica haber hecho un bien. Yo nunca quise hacer un bien. Yo quise justicia, pero muchas veces la teñí de deseo de venganza y no pocas me movió el odio puro. Mas he debido soportar a varios que me llaman bueno: profesores preocupados, el inoportuno Niño, del que me vi obligado a aceptar un abrazo, que odié porque sus lágrimas me intranquilizaron, así como a la directora, a quien tuve que dejar pasar.

Sentados frente a frente, en conversación accidentada, de silencios incómodos, en especial los de ella, pues me hicieron ver que su mente ronda temas centrales sin atreverse a abordarlos. Mejor así. Su darme certezas de que el ministro me exoneró de acusaciones, me arrancaron una sonrisa de burla. Creo que teme que yo acepte el puesto que ella deba abandonar. Y no pude evitar satisfacción cuando me dio a entender que pude haberla matado en la torre, de haber querido. Ironía y orgullo. Ese soy yo.

Me parece verla ahora. "No me gusta tu cicatriz", afirma casi inexpresiva, pero preocupada, mirando las líneas pálidas que asoman quebradas por el cuello de mi camisa. Me encojo de hombros: "no intento gustar a nadie", respondo. Pero ella insiste en la doble naturaleza de la herida e intuye que las pócimas no ayudan bien contra el dolor. Gran conclusión. No obstante, si bien es una molestia, no me quiebra. "El dolor no importa. Sólo te desentiendes de él", desdeño.

Se va, sin haber llegado a nada, y vuelvo a agradecer quedar solo.

Cuando dejé de tener su recuerdo presente y contradictorio, llamaron a mi puerta. Era el ave, trayendo un sobre que tomé, lleno de silencio estruendoso…

Fui rápido a la mesa y con un pase la desalojé de mensajes y sobres cerrados, que revolotearon y que al posarse en el suelo me revelaron sin apartar la vista del sobre, sacudido. Tu letra. Era tu letra.

Tu letra elegante y ágil, que expresaba tu ser de suave misterio, con cierta oscura sensibilidad. Tu letra, inolvidable para mí.

Sobre la mesa de madera desgastada, el sobre lacrado recibió la tenue luz de la tarde, y la de las velas, al anochecer.

Demoré esas horas porque leerte haría la diferencia. Lo que me dijeras marcaría una frontera. Podía no abrir el sobre, guardarlo o destruirlo y no pasaría más. Pero abrirlo sería liberar magia de un arcón, sin saber a dónde llevaría, ciertamente no a la nada.

Como sabes, Cokeworth regularmente es neblinoso y frío. A últimas fechas he descubierto que el clima me alivia físicamente. Recargado en un muro de la acera solitaria tomé el sobre de un bolsillo de la casaca y lo abrí, buscando respirar el aire de tus palabras, en la tarde húmeda.

He viajado por mundos al leerte. Me has hecho sentir que veo paisajes con ojos nuevos y volver a otros intactos dentro de mí. Nuevamente recorrió mis venas la savia de tus ideas y la calidez de tus frases, que hilvanan esa magia que me condujo a ti la primera vez. Descubrí que el olvido no ha sido opción para ninguno de los dos. Y que el fuego de tus ojos serenos brilla por igual animando cada frase, donde me conviertes en una letra más de ese otro libro infinito que eres tú.

Te entiendo bien cuando dices que no me esperabas. No es ironía. Tampoco yo me esperaba. Y sé que no es fácil llegar a mí. No es fácil estar conmigo, nada es sencillo a mi alrededor. Las barreras han sido mi defensa, mi refugio y posiblemente mi razón.

Caminé releyéndote. Me dices que te formulaste preguntas. Ahora soy yo quien se formula preguntas. ¿Qué hiciste con los poemas que escribiste en el castillo y en Inverness? Yo oculté los que me obsequiaste. Y otra, más grave: ¿por qué cuando veo tu letra experimento la misma conmoción que cuando te veía? ¿Qué me sucede, que con saber de ti revivo el estremecimiento que sentía al verte, de abrir una puerta, tras la cual vendría un mundo donde yo no sería más el que creía ser? Evoco tus cabellos, tus ojos, tu boca, la expresión inteligente de tus ojos y revivo esa certeza de que hay algo clave para todos, sólo sabido por ti. Es la sensación, peligrosa en ocasiones, de que conoces mis secretos sin habértelos dicho. Tu letra es verte, es el mismo estremecimiento. Las mismas respuestas llegadas sin preguntas.

Nocturno… El nombre que me regalaste la primera noche que conversamos largamente. Lo recuerdo, pero escrito por ti, es escucharte…

No creo que sea un egoísmo el sentir. O ambos somos egoístas. Yo experimenté ansiedad por la posibilidad de perderte. No te lo decía, pero me intranquilizaba.

Sí, me daba cuenta que cerca de ti, yo fluía diferente... Era una corriente de agua entre ambos, un conjuro vivo que se echaba a andar con conversar, con interactuar contigo. Yo mismo notaba cómo mi mente se afinaba, cómo tus ideas me incentivaban, liberando una identidad más libre, sin máscaras de hierro forjado.

Contigo era yo, sin necesidad de actuar al herir y después actuar que no me importaba. Sin verme en la necesidad de hacerme odiar. Ni de huir, como el último año, cuando me ausentaba para no verme obligado a ejercer represalias contra los estudiantes. Contigo no existía eso, tú no me condenabas a ser creíble en el odio, pues tu presencia, la caricia de tus ojos, me permitían ser sin coacción, sin trampa.

En tu carta, trazada de letras en runas que me hechizan, donde me hablas de tus dudas, de tus motivaciones, en los vuelos de tu prosa honesta de magia poética sentirte vulnerable me acerca a ti, y a la vez sé que esa fragilidad es parte de una espada.

Madame Pince. ¿Sabes que ella ha fallecido? Buscando hacer un bien con dureza fue perjudicial su acto, pues después de Inverness ese diciembre te alejé, pero quiero decirte que pese a ello, nunca te olvidé.

Me sugieres que no debería dejar apagar una luz, pero todavía espero saber qué hacer con ella. ¿Qué hago con el presente? No te pido que me respondas lo que me corresponde desentrañar solo, mas tus letras han abierto la frontera de un país ignoto.

Me querías vivo. ¡Aquí me tienes! ¡Para mi risa, para mi desencanto o para la ironía con que la vida se cobra todos mis sarcasmos! ¡Por azar, por fortuna o por mala suerte para todos, heme aquí! ¡Estoy de pie abriendo los brazos para seguir siendo odiado en la frontera del ayer y del quizás!¡Nadie puede decirnos en cuál mundo hemos despertado, ni si su frontera puede abrirse a un nuevo país y si tú y yo estamos en él. Antes yo lo sabía todo, hoy no sé nada y no me importa. Nunca se dirá que el tenebroso Snape ha temido soltar amarras en el valle de la muerte que es nacer. Y aunque no terminemos juntos, oh, antiguo amor mío hecho de sombras, perdido en las brumas del tiempo, yo te llevo conmigo. ¡En lo más profundo de mi ser!

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Inverness, julio 27, 1999.

Nocturno…

Recibir otro pergamino de tus manos, fue nuevamente un ataque certero contra la rutina serena e impasible que rodea estos muros de roca.

Es increíble que siendo el paisaje tan hermoso e inspirador aquí, las propias sombras internas hagan que no pueda apreciarse en plenitud.

Ah, sí entiendo lo que dices de la luna de plata en la ventana, y los cantos de las aves…

Esas son delicadezas que solo se degustan sin velos. El llanto interior las convierte en torturas, porque son alegrías selectas, pero inalcanzables para quienes aún sufren…créeme que sé lo que se siente.

Y hablando de llantos, descubrí que son tan necesarios como respirar.

Me da la impresión que es la primera vez que te sucede, pero me aventuraría a decirte, que no será la última.

Es imperioso desagotar las lágrimas, ya sea en pequeñas o grandes dosis, caudalosas como los ríos que se alimentan de las nieves que mueren cuando llega el verano.

Todo aquello que se guarda, o se contiene, termina contaminando al espíritu, inclusive al propio cuerpo.

Me reconforta saber que ya pasaste esa etapa. Quizás la primera de muchas que vendrán.

No pienses que hablo como si fuese una experta en todos los secretos de las emociones.

Con absoluta humildad, puedo hablarte de mi propio dolor, porque lo conozco bien, y sé que con las adversidades se lucha cada día de un modo diferente.

A veces se gana, a veces es la angustia quien se lleva el ánimo del día, pero el secreto está en no dejarla avanzar, ni propagarse.

El pocionista elevado que vive en ti, te recordará que cada preparado es un proceso.

Que cada paso, que cada ingrediente, debe cumplir un orden preciso para abordar el final que se desea.

Querido Nocturno, no debes inquietarte ante los cambios. Ellos ya están en ti, aunque ese pasado de la piedra, ese ayer al que te aferrabas como a lo malo conocido, intente empujarte hacia atrás.

No te voy a negar que el mundo está lleno de falsos y entrometidos que te considerarán una rareza digna de ser investigada. Claro que querrán saber de ti con una curiosidad morbosa, enfermiza, y te perseguirán para que hables, para que cuentes…son pobres almas, dignas de lástima, con existencias chatas y vacías.

A ellos sí debes cerrarles las puertas, y volverte de roca si es necesario. Quien no logre diferenciar lo sagrado de lo banal, no merece puertas abiertas.

En eso, no confrontaré contigo, pero déjame decirte, que tampoco es un acierto generalizar.

Habrá personas que a su manera, se preocuparán por tu suerte.

Algunos, como la directora, tal vez más distantes, temerosos, pero no te confundas, no creo que sea más que respeto.

Nadie que pretenda tu mal, te hablará del dolor de una herida. No veas conspiraciones donde solo hay ánimos de post guerra.

Los tiempos de post guerra son difíciles para todos, e implican reconstrucción, y parte de esa reconstrucción incluye el dolor de las ruinas.

Y el chico…

No puedo ser objetiva cuando hablo de él.

Todavía lo recuerdo en su tercer año, no me olvido de sus ojos entre pícaros y nobles.

Entiendo que te cueste aceptar que él te aprecie, o que le inspires afecto. Sería un ingrato si no valorara la protección y la confianza que le diste. No lo analices desde el fastidio, o el cansancio que todavía te condiciona, lógico en tu situación, bajo una luz que no es la correcta. No te angusties, ni te sientas mal por no poder entender sus lágrimas.

Los procesos siguen su curso, mi valorado pocionista…

No te olvides de tus manos creadoras, de tu excelencia, aprende a revincularte con el tiempo. No te olvides de ti…

Comienza a pensar en tus días como ese proceso exquisito que merece sumo cuidado.

Es tu vida, y cuando digo "vida", respiro profundo y vuelvo a celebrar que no te hayas ido.

Y creo que decir que eres bueno o malo, es irrelevante.

Es un juicio poco profundo, una valoración lineal, sin matices.

El concepto que nos forjamos de una persona, es el resultado del trato, de las acciones, y de la propia sensibilidad.

Es de inteligentes, y lo eres, permitir que cada quien considere lo que le plazca, en tanto tú y las personas que te importan, conozcan tu verdadera esencia.

Me honra que me valores, y que rescates del olvido aquellos días de la biblioteca del colegio, que fue nuestro refugio especial.

No me agrada saber que Madame Pince falleció, pero me pregunto inevitablemente, quien estará rondando mis libros en este momento…porque nunca dejaron de ser mis libros, por más que otra persona estuviera a cargo de cuidarlos. Esos aromas me van a pertenecer para siempre, y es mi decreto, mi sentencia; cierta clase de magia no puede cuestionarse. Yo sentí que los libros me habían elegido, y tal vez sí, como dices, sea egoísta.

Si por un segundo, me atreví a fantasear con aquel pasado, y si tal vez logro llevarte a él, a lo mejor nos podamos sentir orgullosos de ese egoísmo, o complicidad, como prefieras...

Cerré mis ojos, y me imaginé que volvíamos a estar juntos en Hogwarts, y sonreí, y me llené de una profunda dulzura al leer que todavía te acuerdas de mis poemas, y que los guardas.

Si tu verdadera pregunta se refiere a si hice pedazos los pergaminos de los versos que te dediqué, la respuesta es no.

Ellos están cerca, siempre estuvieron cerca, aunque en un cofre y bajo llave, y a raíz de que los trajiste al presente, mis manos volvieron a buscarlos, y mi corazón, a leerlos.

Tus palabras, y mis palabras, me regresaron a aquella atmósfera tan personal, la mansedumbre de las noches en el castillo, la postal oscura del lago, las dos tazas de té con esas esencias que solías agregar para experimentar nuevas delicias, tus ojos en mis ojos, las manos entrelazadas…el aroma de las velas…

Nunca, y créeme que nunca pude alcanzar con alguien ese halo misterioso y adictivo que me acercaba a ti…

Los besos envenenados de sabores, como solíamos decir cuando nos degustábamos, porque todo era arte, Nocturno…

El arte es inconfundible, aún cuando duele.

Sabes que no soy con otros, como fui contigo.

Que soy solitaria por decisión propia, distante, que hasta puedo parecer soberbia, indiferente o descorazonada, y que es muy reducido el círculo de gente que me interesa y que me conoce bien.

Ya ves que somos selectivos, que nos parecemos, que es una rara ley natural, y que nuestras diferencias son apenas matices que enriquecen esta extraña relación donde somos dos caminos que convergen, que se encuentran…

Me intriga saber qué sentirás después de leer esto que te envío…

¿Recuerdas?

¿Hago mal en volver estrenar este regalo?

¿Podré hacer que te sientas mejor?

Lee…

Lee en voz alta, escúchate pronunciando mis líneas, y luego haz al revés; lee en silencio, y te aseguro que escucharás mi voz…

Seducción nocturna

El perfume enhebra las miradas

mientras el tono de la voz acerca una fugaz idea de cielo.

Existe una tibia, sutil delicadeza en la sonrisa que se entrega en cuentagotas,

en pequeñas dosis de miel sobre los labios

que sueñan con la fuerza del instinto, desatando su poder sobre la piel.

Se presume la tormenta

en el atisbo de brisa entre las manos que se toman suavemente,

fascinadas con el tiempo que se ansía eternizar

partidarias del deseo de obsequiarle minutos a la noche

y halagarla como reina…

para que retrase su entrega frente a la espada del alba.

Adoraría convertir en inmortal este viaje de la noche apasionada

y no me importaría, amor, en tanto estés conmigo

renunciar para siempre a la luz de la mañana.

Me llamaste "antiguo amor", Nocturno…

No creas que una palabra tan inmensa, podría pasar desapercibida, por el contrario, es un conjuro poderoso, tan fuerte…

Por eso te invito a recordarme, a llenar el presente de palabras.

Escribe, déjate llevar por la magia de la pluma, la magia impredecible de ese arcón que es mucho, mucho más que una metáfora.

Porque no importa si caes, si lloras, si tardas, si te pierdes, si las sombras vuelven a intentar confundirte. Todo eso será temporal, y habrá luz. Tienes la luz, y creo que con esto, estoy diciéndote que ella está lista para que la tomes entre tus manos.

Recuerda que los caminos convergen, y que ahí, en ese punto donde la senda se vuelve una, me tendrás, esperándote, mi amor antiguo, antiguo y nuevo, mi amor de poemas escondidos…simplemente…

Mi amor.