Capítulo 2

Dado que la antigua población de Imerovigli colgaba en la misma ladera del volcán, no había casi carreteras que llegaran hasta allí y por tanto tampoco coches. Una escalera aparentemente interminable serpenteaba entre las casas encaladas y las diminutas iglesias de cúpulas azules. Isabella sabía que si giraba a la derecha, podría bajar por unos escalones más anchos que terminaban en un pequeño muelle. Pero no era allí adonde quería ir aquella mañana, sobre todo teniendo en cuenta que en aquel muelle la esperaba el bote que había de llevarla al bate de Aro esa misma tarde, para cenar juntos en la fiesta.

En lugar de ello, vestida con un sencillo vestido de lino blanco, y su bolso de paja a juego con su pamela y sus sandalias, se dirigió al ágora del pueblo, el centro comercial donde los nativos vendían sus productos. Inmediatamente advirtió una diferencia entre la zona turística, a la que se había acostumbrado, y la residencial, pero no porque las casas estuvieran peor cuidadas. Más bien al contrario: de hecho parecían aún más limpias y luminosas bajo el sol. Los cambios eran menos perceptibles. Calles más estrecha, con pavimentos encalados. Y la gente con la que se cruzaba era más griega. Hombres de pelo blanco jugando al backgammon en pequeñas mesas dispuestas en plena calle, o tomando su café de la mañana, mientras ancianas con delantal barrían los portales de las casas o regaban las macetas de flores.

Continuó caminando hasta que descubrió una zona entoldada. Enseguida reconoció el aroma a limones y melocotones frescos. El mercado hervía de actividad, con los campesinos anunciando a gritos sus productos y los nativos llenando sus bolsas y carros de la compra. Aminoró el paso, examinando la fruta tan diversa que había. Al final compró medio kilo de higos y de uvas, que guardó en su bolso de paja, y acabó mezclándose con aquella multitud que parecía moverse al son de una música invisible.

—¿Sabías que eso es afrodisíaco? —le preguntó de pronto una voz profunda y masculina, muy cerca de su cuello.

Bella aspiró profundamente. El desconocido no tenía acento, y el aroma a lima no procedía del puesto de fruta que tenía delante, sino del hombre que se encontraba justo detrás de ella.

—¿De veras? Yo había oído lo contrario.

—Tiene un alto contenido en fibra.

Bella se echó a reír.

—Eres americano.

—¿Qué esperabas?

Sólo entonces se volvió hacia él, y a punto estuvo de rozarlo con el ala de su ancha pamela. Por segunda vez se quedó sin aliento mientras miraba fijamente aquellos ojos esmeralda y aquella sonrisa tan luminosa como sensual.

—Eres el nadador…

—Y tú la curiosa espectadora del acantilado…

Definitivamente, la situación se estaba animando.

Como hombre viajado que era, contaba con experiencia suficiente para justificar la vieja frase: «El mundo es un pañuelo». Pero tropezarse de pronto con la diosa que había divisado en la terraza de aquella villa constituía uno de sus mejores ejemplos, si no el mejor.

Su sonrisa se amplió.

Suponía que todo dependía de cómo se desarrollaran los siguientes minutos.

Sí que era hermosa… Aunque no en un sentido convencional. Sus rasgos eran algo irregulares: los ojos demasiado grandes, la boca demasiado llena… Pero su tez naturalmente bronceada era fina y sin mancha alguna, sus senos destacaban maravillosamente bajo el vestido, tenía un cuerpo arrebatador…

Exactamente el tipo de distracción que necesitaba para aprovechar su tiempo en la isla.

—Te has quedado mirándome fijamente —murmuró ella, escondiéndose bajo la amplia ala de su sombrero.

—Y tú —la rodeó para fingir un repentino interés por el puesto de higos frente al que se había detenido—. ¿Es tu primera vez en Grecia?

—En realidad, no.

—¿Vives aquí?

—No.

—Yo tampoco.

Habían echado a andar y se acercaban al final de la hilera de no tenía intención de ponerle fácil la escapatoria. Aún no. No hasta que se hubiese empleado a fondo para seducirla… o morir en el intento.

Por razones que no podía desentrañar, la idea de que terminara perdiéndola de vista en aquel laberinto de calles le incomodaba. Quizá porque había experimentado una sensación de «destino» en la manera en que se habían encontrado. O tal vez porque, francamente, la perspectiva de volver al velero, con su hermano leyendo aquellos papeles que ya debía de saberse de memoria le deprimía terriblemente. En cualquier caso, no estaba dispuesto a dejar que la oportunidad se le escapara entre los dedos.

—Tómate un café conmigo.

La joven parpadeó varias veces, como sorprendida por su invitación. La expresión de sus ojos verde olivo le confirmaron asimismo a Edward que estaba realmente intrigada.

—Escucha, yo no soy un «cazaturistas». Y tampoco ando buscando un ligue para pasar el rato —«mentiroso», se acusó para sus adentros—. Simplemente dispongo de un poco de tiempo libre y me apetecía compartir un café con una mujer hermosa.

Eso sí que era verdad.

—De acuerdo.

No estaba haciendo nada malo, reflexionó Bella. Sólo estaba descansando después de haber caminado más de lo que había previsto, y además con unas sandalias diseñadas más para su lucimiento que para su comodidad. Perfectamente habría podido sentarse sola en aquel romántico café de la cumbre del acantilado.

Intentó beber un sorbo del fuerte café griego que había pedido, pero no pudo pasarlo. De alguna forma, su propio cuerpo le recordaba que no estaba sola. Que estaba sentada frente a uno de los hombres más guapos y sensuales que había conocido.

Ni siquiera había sido consciente de que existían hombres como Edward. Era así como había dicho que se llamaba, ¿no? Sin apellido. Y él tampoco le había preguntado por el suyo.

—Disfrutemos de nuestra mutua compañía. Nada más… y nada menos —le dijo Edward en ese momento mientras se inclinaba hacia ella, sobre la mesa—. ¿Sabes? Te lo digo por si acaso tienes la equivocada impresión de que pretendo aprovecharme de ti o algo parecido…

Bella se retrajo inmediatamente, azorada. Tuvo que recordarse que no estaba haciendo nada malo, nada de lo que tuviera que preocuparse. Y sin embargo, estaba preocupada. Bajó la mirada a su diminuta taza.

—¿Qué otros lugares de Grecia conoces? —le preguntó él.

Bella alzó la vista, pensando que tenía una bonita voz de barítono.

—Atenas. Rodas. Olimpia.

—¿Olimpia? Yo nunca he estado. Me gustaría ir.

Por la manera en que lo dijo, parecía como si le hubiera gustado ir allí con ella. Lo cual era ridículo. Ni siquiera lo conocía.

Aun así, aquel hombre la atraía con una intensidad que resultaba inquietante. No podía apartar la mirada de él: desde su largo cabello cobrizo, que parecía pedir a gritos una caricia, hasta su boca generosa o sus manos grandes. Se aclaró la garganta antes de hablar.

—Pues deberías. Visitar Olimpia, quiero decir.

La media sonrisa que él esbozó pareció insinuarle que había adivinado lo que había estado pensando… o, mejor dicho, sintiendo. Algo que por otra parte era imposible. A no ser que estuviera experimentando la misma conexión casi eléctrica que ella.

—¿Te gusta nadar? —le preguntó él.

Bella lo miró subrepticiamente.

—¿Por qué lo preguntas?

—Tienes cuerpo de nadadora. Esbelto y musculoso a la vez.

Resbaló la mirada por su cuerpo mientras hablaba. La reacción de Bella no habría podido ser más intensa que si la hubiera tocado. Los pezones se le endurecieron bajo la fina tela del vestido. Hasta la braga empezó a humedecérsele.

—Er… no. No tengo muchas oportunidades de nadar.

—Supongo entonces que eres de algún estado del norte.

Habían convenido en no hablar de lo que estaban haciendo en Grecia, ni de dónde procedía cada uno.

—Concentrémonos en el aquí y el ahora —le había dicho él.

Por eso a Bella le sorprendía tanto que hubiera roto su propia regla.

—Quizá.

—No era una pregunta.

—No.

—Y tú todavía no me has preguntado de dónde soy yo.

Bella sacudió la cabeza:

—Ni pienso hacerlo.

Aunque la conversación era bromista, desenfadada, su propia reacción no lo era en absoluto. Le gustaba el tono ligero y juguetón de aquel diálogo. Sobre todo cuando parecía ocultar un profundo deseo: el de llegar a conocerse mejor. Y actuar en consecuencia.

Miró nerviosa el reloj. ¿Llevaban allí ya veinte minutos? Le parecía mentira que se le hubieran pasado volando.

—Gracias por el café —le dijo, reacia a dar por acabado aquel encuentro, pero consciente de que no se atrevería a prolongarlo ni un minuto más.

Se dispuso a levantarse. Él también lo hizo, como si estuviera acostumbrado a levantarse caballerosamente cada vez que una mujer entraba o salía de una habitación. Sólo que no estaban en una habitación, sino en una cafetería al aire libre.

—Ha sido un placer. ¿Puedo acompañarte un rato?

A Bella le salió una sonrisa nacida en lo más profundo de su alma. Ciertamente, no era la primera vez que la cortejaba un hombre. Pero ella nunca había estimulado ese tipo de situaciones. Ni se había sentido tentada de hacerlo.

Con Edward, sin embargo… Bien, tenía que admitir que estaba disfrutando con aquel inofensivo flirteo.

—No sé cómo podría impedírtelo —se colgó el bolso del hombro—. Aunque no creo que sea una buena idea que me acompañes durante demasiado trecho.

En realidad no le preocupaba demasiado que la vieran con él. Eran un par de turistas disfrutando del paisaje. Nada más… y nada menos.

De repente sintió una punzada de lo que únicamente cabía identificar como arrepentimiento. Ojalá solamente hubieran sido un par de turistas. Una pareja de turistas entretenidos con una simple y natural conversación…

Porque realmente no lo eran: la situación no tenía nada de natural. Porque por dentro no dejaba de sentir una curiosa mezcla de atracción prohibida y ansia de aventura mientras desandaba el camino del mercado y se internaba con él por el laberinto de estrechas callejuelas.

—Me pregunto cómo sería este lugar hace mil años —dijo Edward casi para sí mismo.

Otro tiempo, otro lugar… Las palabras resonaron en la mente de Bella.

—Supongo no sería muy distinto —susurró ella, consciente de la aceleración de su pulso—. Sólo que sin electricidad y sin móviles, claro.

Edward aminoró el paso, obligándola a hacer lo mismo mientras se aproximaban a un oscuro pasaje. A Bella empezaron a sudarle las manos… junto con otras más delicadas partes de su anatomía.

—¿Crees que en aquel entonces un hombre que quisiera besar a una mujer lo habría tenido tan fácil como ahora?

Bella tuvo la sensación de que la boca se le llenaba de arena mientras miraba a la anciana que estaba sentada en un rincón cercano, tejiendo, o hacia al otro lado, donde un hombre caminaba ayudado por un bastón. Aunque lo que estaba explorando en realidad era su propia reacción a la sugerente pregunta.

Quería que la besara: de pronto se dio cuenta de ello con creciente expectación… y al borde del pánico.

—¿Aquí mismo, en plena calle? —musitó.

Vio que tenía la mirada clavada en ella, con una expresión misteriosa y atenta, vigilante. La tentación personificada.

—Mmmm… Quizá habría podido robarle un beso en alguno de estos oscuros pasajes.

Bella contempló el pasadizo al que se estaban acercando. Pese a que lo esperaba, nada la preparó para el momento en que Edward la tomó de la mano y se internó allí con ella. Sin aliento, su gemido fue ahogado por un tórrido beso.

La estaba besando. Tal y como había ansiado hacer durante la última media hora que había pasado sentado frente a ella en el café, hipnotizado por su belleza. Y sin embargo, la realidad de sentir esa boca contra la suya superó todas sus fantasías.

Había planeado darle un rápido beso, sin más. Internarse con ella en el pasadizo y paladear brevemente el sabor de sus labios, probarlos levemente. Sentir la textura de esa lengua contra la suya por un fugaz instante. Pero cuando ella abrió su boca como una fragante gardenia mientras se ponía de puntillas y le rozaba el pecho con sus senos, todo su plan estalló de pronto para verse sustituido por otro mucho más ambicioso… y erótico.

¿Qué tenía aquella mujer que le hacía ansiar perderse en ella, en su cuerpo, hasta olvidarse de sí mismo? Olvidarse de sí mismo y de la razón por la cual se encontraba en Grecia, para imaginarse un escenario completamente distinto. Olvidarse de que, aunque momentáneamente se hallaran ocultos a la mirada del público, seguían estando en plena calle. En cualquier caso, nada pudo hacer para evitarlo.

La acorraló contra la fresca pared del pasadizo, avanzando una pierna entre las suyas hasta que pudo sentir el calor de su sexo contra el muslo. De repente vio que abría mucho los ojos, de asombro. Temeroso de haber ido demasiado lejos, se dispuso a apartarse.

Pero entonces su bolso cayó al suelo con un ruido sordo y fue ella quien lo atrajo hacia sí con las dos manos, presa del mismo arrebato de pasión que él había experimentado antes.

Sí que era preciosa… Era maravillosa la sensación de su cuerpo apretándose contra el suyo… Edward la acariciaba inquieto por todas partes, desde el cuello hasta el pecho, los muslos, por dentro y por fuera… Ella profundizó el beso. Las lametadas de su lengua se tornaron más urgentes mientras movía la cabeza de un lado a otro. Se le cayó la pamela(2) al suelo y la melena se derramó sobre sus hombros desnudos como una cascada de seda…

Edward deslizó las manos bajo el borde del vestido para levantárselo y embeberse del cálido contacto de la cara interior de sus muslos… hasta que el dorso de sus dedos tropezó con la fina tela de su braga.

Soltó un ronco gruñido de deseo ante el pensamiento de que, si hubiera querido, habría podido penetrarla en aquel mismo momento, allí mismo…

—Por favor —susurró ella contra su boca—. Yo… esto…

Edward la besó con mayor intensidad. Aunque la objeción de la joven era evidente, se consolaba con el hecho de que su cuerpo era pura mantequilla en sus manos ansiosas.

Exploró la braga con el pulgar y palpó la zona humedecida, con el clítoris duro e hinchado. Maldijo para sus adentros.

Ella le clavaba los dedos en los hombros como si su vida dependiera de ello y fuera a caer en cualquier momento al suelo, pese a que la estaba sujetando contra la pared con su cuerpo. Un tirante del vestido resbaló por su hombro desnudo y él se inclinó para besar la porción de piel que había quedado al descubierto.

Sabía a sol y a deseo. Con gesto urgente apartó el borde de la braga para deslizar los dedos en el húmedo interior de su sexo. La oyó contener el aliento mientras se aflojaba en sus brazos, temblorosa. ¿Había conocido nunca a una mujer tan receptiva a sus caricias? Lo dudaba. Una espesa niebla nublaba su mente. Sólo podía concentrarse en ella y en su propia y creciente necesidad de penetrarla.

—Por favor… por favor… —murmuró de nuevo, sacudiendo débilmente la cabeza—. No… puedo.

Contra sus propios deseos, Edward retiró las manos y la falda del vestido volvió a caer sobre sus muslos. Casi al mismo tiempo le acunó el rostro con exquisita ternura. El suculento aroma de su sexo llenaba sus sentidos.

—¿Por qué? —le susurró, volviendo a besarla.

La confusión y otro sentimiento que no logró identificar en un primer instante cruzaron por el rostro de Bella, mezclados con una inequívoca pasión.

—Estoy comprometida.

Sólo entonces pudo poner nombre Edward a aquel otro sentimiento: tristeza.

—Mi dulce, hermosa Isabella —murmuró mientras le acariciaba los altos pómulos con los pulgares, barriendo con la mirada su boca entreabierta, sus ojos enormes—. Yo no te estoy pretendiendo para siempre, sino aquí y ahora… —la besó de nuevo—. ¿Me darás lo que te pido?

Pensó que estaba a punto de aceptar cuando la sintió apretar las caderas contra las suyas. Pero, de repente, se mordió el labio al tiempo que apartaba la mirada.

—No… no puedo darte nada. No tengo derecho.

Edward intentó protestar, pero su resolución lo obligó a apartarse de ella.

—Lo siento… lo siento —susurró mientras recogía el bolso y se alejaba corriendo, toda despeinada, caído todavía el fino tirante de su vestido.


(1) backgammon; El antiguo juego de mesa para dos jugadores llamado tablas reales se rebautizó chaquete.

(2)Pamela; Tipo de sombreros grandes para el sol