Disclaimer: Si Harry Potter me perteneciera el protagonista no sería Harry Potter. Además, habría sexo, drogas, rock 'n roll y Slytherin desnudos.
«COLORÍN COLORADO»
«I'm a new soul, I came to this strange world hoping I could learn a bit about how to give and take.
But since I came here felt the joy and the fear.
Finding myself making every possible mistake».
New soul, Yael Naim
1 de septiembre de 1993
Tardé mucho tiempo en llevarme bien con Daphne. Durante mis primeros años se dedicó a hacerme la vida imposible hasta que decidió cambiar de táctica e ignorarme. No hablaba conmigo, ni siquiera me miraba. Como si no existiera. Hasta después de la Gran Guerra no empezamos a tratarnos como hermanas, con nuestros más y nuestros menos pero reconociendo a la otra como a una igual.
Esta historia no trata sobre ningún trauma familiar. Nada tiene que ver con el rechazo que nos profesamos durante años la una a la otra. Cuando mi hermana se esforzaba por hacerme sufrir era demasiado pequeña como para darme cuenta y cuando me desdeñaba ya había aprendido a leer. Y leía. En cada momento libre que tenía podías encontrarme con un libro entre las manos. Eran historias sobre sapos que se convierten en príncipes gracias a princesas que son heroínas en el sentido más pasivo de la palabra.
Por aquel entonces no sabía que esos cuentos no eran perfectos. En ese momento estaba convencida de que el amor tenía que ser así, que yo quería un amor así y que haría todo lo que estuviera en mi mano para conseguirlo.
Blaise Zabini me dijo una vez que ese fue el motivo por el que acabé en Slytherin. Mi obsesión por obtener mi utópico final feliz. No sé si tendría razón, pero sé que poco a poco, de la mano de Trihart y Lance, descubrí que las princesas también pueden matar a un dragón y que los príncipes no van siempre vestidos de azul.
Esta historia trata de una chica. Es una chica como tú, aunque no te parezcas en nada a ella. Una chica que vivió un montón de instantes que no permitirá que caigan en el olvido.
Dionea, mi madre, era todo lo que yo tendría que haber sido si no hubiera acabado siendo como me dio la gana. Todos decían que yo era clavada a ella cuando tenía mi edad y en lo concerniente al físico no mentían. Ambas tenemos el pelo largo y rubio, una cara pequeña con una nariz respingona y unos ojos azules demasiado grandes. A ella le quedan bien, deja los párpados a medio caer y da la impresión de ser una mujer elegante y distante. Yo, según Trihart Vaisey, parezco «un sapo con los iris congelados». Pero obviando eso no tenemos nada que ver. Y prometo, aunque nadie me crea, que al principio me esforcé por ser lo que se esperaba. De hecho pensé que Daphne cumplía esas expectativas paternas hasta que me di cuenta de cómo se las gastaba cuando estaba en el colegio. Porque podía tener un modo de caminar muy regio y una voz suave y sibilina, pero si mi madre hubiera escuchado la mitad de los rumores que circulaban por la Sala Común sobre ella, estoy segura de que yo no hubiera sido la hija a la que se hubiera esforzado tanto por inculcar lo que ella llamaba «buenas maneras».
Ese uno de septiembre llegamos al andén mucho antes de lo previsto. Mamá siempre ha estado obsesionada con la puntualidad y Daphne había heredado esa recalcitrante manía. Ambas estaban perfectamente aseadas, vestidas y desayunadas a las nueve en punto de la mañana, mientras que a esa hora yo seguía revolviéndome entre las sábanas y disfrutando de mi último sueño. Como ellas no parecían entender que si el Expreso de Hogwarts salía a las once con estar media hora antes en la estación era suficiente, me arrastraron hasta allí a las diez menos veinte.
—Astoria, por Salazar, ¿cómo se te ocurre traerte la tostada? —Por mucho que tratara de masticar con disimulo, mis mofletes hinchados no escaparon al censurador escrutinio de Dionea.
«Si no me hubieras sacado de la cama a patadas y arrastrado prácticamente de los pelos hasta aquí quizá hubiera podido desayunar en casa».
Eso es lo que querría haber dicho. En su lugar, haciendo acopio de calma y recordando aquello de que «una señorita jamás replica o mastica en lugares indebidos», murmuré:
—Sí, mamá. —Respuesta equivocada. Parecía que esa señora era todo desdén pero no se le escapaba una—: Digo… lo siento, mamá.
Me miró con pena. No ese tipo de pena que causa traumas, ya te lo he dicho, sino como mira una mujer a una progenie mal rematada. Como si en el fondo supiera que papá y ella eran los culpables de todo por haberme hecho con prisas, sin prestarle atención a los pequeños detalles.
—Daphne, cariño —casi suplicó, girándose hacia mi hermana—, cuida de Astoria, ¿de acuerdo? Y tú —me colocó el pelo por encima de los hombros y volvió a mirarme con toda esa inevitabilidad que tanto me molestaba, ¡me estaba esforzando, joder!—, escríbeme en cuanto llegues. No olvides deshacer el baúl y dejarlo todo colocado. No quiero enterarme de que tienes tu dormitorio manga por hombro igual que en casa porque…
—Claro, mamá —corté, sonriendo de oreja a oreja.
Mi hermana también sonreía. Siempre se le ha dado mucho mejor que a mí fingir. En ese momento me sorprendió: estuvo a punto de engañarme hasta a mí. «Claro, cuidaré de ella», parecía decir a través de esos dientes tan blancos.
Claro.
En cuanto entramos al Expreso volvió a ser la Daphne que yo conocía. O sea, nadie. Caminó hacia uno de los compartimentos del fondo sin girarse siquiera para despedirse, dejándome sola en un pasillo con un baúl más grande que yo repleto de libros. Había tenido que sacar un par de túnicas y una capa de lana pero no creí que los fuera a echar de menos: tampoco tenía intención de salir más de lo estrictamente necesario de mi habitación así que no habría por qué abrigarse.
Habíamos llegado excepcionalmente pronto, como te he dicho, así que la gran mayoría de los vagones estaban desiertos. Escogí uno de los compartimentos centrales, abrí mi equipaje y saqué el primer libro que encontré. Solía leer varias cosas al mismo tiempo, me gustaba que las historias se entremezclaran en mi cabeza creando un universo aún más grande que el que habría podido escribir un solo autor. En mi imaginación había muchos tipos de heroínas y de héroes, había príncipes en forma de exiliado, sapo o heredero al trono. Todos guapos, claro, pero podías encontrarlos de todas las formas y tamaños: el alto y delgado, el corpulento, el rubio, el moreno…
Daba igual. Siempre lo supe aunque lo entendiera más tarde: lo que hace a un príncipe no es su sangre azul ni su capa ondeando al viento. No es su espada ni tampoco es su reino. Es su deseo de proteger a una princesa.
Estaba leyendo cómo uno de esos héroes declaraba sus intenciones ante el villano de turno cuando un golpe sordo y una carcajada me hicieron dar un respingo y levantar la cabeza. Esa fue la primera vez que vi a Trihart Vaisey y a Lance Harper.
Me fijé primero en el segundo, que estaba tirado de mala manera en el suelo. Se giró hasta quedar de lado, se agarró la nuca con ambas manos y se encogió mientras se quejaba del batacazo entre risas: «te vas a enterar, idiota, casi me matas…».
Mis ojos abiertos de par en par pasaron de él a la otra figura, que estaba de pie a su lado y seguía carcajeándose a mandíbula batiente.
La primera vez que vi a Trihart no me enamoré. Ni siquiera me pareció guapo. Tenía esos ojos azules entrecerrados y brillantes por el esfuerzo de la risa, una que sonaba más a un cacareo que al tintinear de la campana que anuncia una boda con perdices en el banquete. El pelo castaño oscuro, casi negro, le tapaba la cara y le daba un aspecto más desaliñado que atractivo. Sus extremidades todavía parecían demasiado largas y como el año anterior, y hasta que le quedó raquítica, seguía usando su famosa camiseta de Lorcan d'Eath para inaugurar el curso.
Pero no fue eso lo que me disgustó. Lo que hizo que lo catalogara como a alguien desagradable desde el primer momento fue la sonrisa. No sabía por qué, pero algo estaba mal con ella. Era como la de un crío que le tira piedras a la niña que le gusta para verla llorar, como la del hijo que llega a su casa lleno de barro y con las rodillas raspadas y sangrantes sin pensar en cómo preocupará eso a su madre.
Era una expresión que delineaba aquel «no me importan las consecuencias» que me habían enseñado a rechazar.
Torcí el gesto y rápidamente cambié la posición de las piernas —que hasta el momento habían estado cruzadas sobre el asiento— a una más propia de una señorita. Nunca tuve muy claro por qué las señoritas tenían que estar tan incómodas pero por mucho que se lo preguntaba a mi madre ella se limitaba a fruncir los labios y a negar con la cabeza. Esa actitud de reproche me hacía sentir pequeña y estúpida, así que decidí imitarla y dedicársela a aquellos desconocidos.
—Vaya —Trihart me miró con sorpresa, como si verdaderamente no hubiera reparado en que había alguien en ese compartimento—. ¿Te han dicho alguna vez que tienes ojos de sapo?
Abrí la boca de par en par, indignada y descolocada. ¿Qué se suponía que tenía que hacer una niña educada ante un ultraje de ese calibre? Porque yo pensaba que tenía cara de idiota pero no se lo decía por decoro.
Mientras boqueaba y decidía, Lance se puso en pie, me miró y empezó a reírse de nuevo. Y así estuvieron un buen rato, señalándome y diciendo tonterías sobre que ese sería un buen sitio para ir hasta la escuela porque estaría libre de insectos.
—De ninguna manera —me opuse cuando ellos arrastraron sus baúles hacia el interior y los colocaron en las bandejas correspondientes—. ¡Fuera de aquí! ¡Hay un montón de sitio libre en el resto del tren!
Lance me miró muy serio y yo, para no ser menos, me puse en pie frente a él con los brazos en jarras. Estaba pensando en si tendría una actitud lo suficientemente digna como para que tomaran en consideración mis demandas cuando ese odioso niño con la cabeza rapada emitió un descomunal eructo a un metro de mi cara.
Mi madre me había enseñado cómo debía comportarme en un montón de situaciones. Situaciones diversas: cuando vas a cenar a un restaurante aburrido en el que sirven una comida ridículamente pequeña y colorida, cuando hablas con el hijo del compañero de trabajo de tu padre, cuando le pides a una dependienta que te arregle el bajo de la túnica, cuando saludas a un familiar viejo que huele a repollo y tienes que fingir que toda esa piel que baila cuando se mueve no te da asco… En fin, muchas situaciones.
Pero nunca creyó conveniente decirme cómo tenía que comportarse una chica cuando se encontraba con dos monstruos abominables. Ante la falta de consejo materno tiré de mi experiencia como lectora y decidí que la situación requería que hiciera las veces de príncipe.
Y como no tenía ningún guante con el que retar a un duelo al villano, le crucé la cara de un tortazo.
—¡Au! —se quejó colocándose una mano en la mejilla.
A pesar de mi declaración de intenciones ninguno dejó de sonreír. El niño bajo y apestoso miró al otro durante unos segundos, como si fueran capaces de comunicarse telepáticamente.
—Sí —asintió con la cabeza y esbozó una sonrisa enorme llena de cosas que se parecían más a las teclas de un piano que a dientes—, está decidido: puedes ser una de nosotros.
—¿Perdona?
—No sé, Lance. —Trihart se rascó la nuca y compuso un gesto escéptico—. Mírala. Parece una niña.
—¡Soy una niña!
—Ya lo sé, sapo —siguió hablando antes de que pudiera llamarlo algo que habría escandalizado a mi madre—, me refiero a que pareces demasiado niña. Con ese pelo tan amarillo y esa falda tan… tan de chica. ¿Sabes al menos quién es Lorcan d'Eath?
—¡Me ha abofeteado, Trihart! ¡En el fondo es todo un hombre! —Lance trataba de persuadir a su compañero de fechorías con los ojos muy abiertos y asintiendo repetidamente con la cabeza—. ¡Imagina la de cosas que lograríamos si tuviéramos una aliada!
El moreno no parecía del todo convencido y me evaluaba con ojos suspicaces de un modo que me estaba poniendo los nervios de punta.
—A ver, sapo, ¿cómo te llamas?
—Me llamo Astoria Greengrass, ¡y no soy ningún sapo!
El tren se puso en marcha en ese momento pero ninguno de los tres nos sentamos. Yo estaba demasiado ofendida como para preocuparme por mi equilibrio, Lance estaba dedicado exclusivamente a darle codazos a su compañero en el costado y este se había puesto más rojo que el estandarte de Gryffindor.
—¿Greengrass?
El vehículo giró y estuvo a punto de tirarnos a los tres al suelo. Yo me senté, con las piernas cruzadas y la cara de vinagre y ellos me imitaron mientras seguían a lo suyo: el uno pinchando al otro y ese otro prácticamente echando humo por las orejas.
—Sí. Greengrass. —Cogí mi libro, que había dejado olvidado sobre el baúl, e hice como si lo leyera. Estaba demasiado molesta y descolocada como para ser capaz de prestarle atención al contenido pero esperaba poder recuperar algo de esa actitud de señorita con la que mi madre insistía tanto.
—Greengrass —repitió y empecé a pensar que además de parecer imbécil era posible que lo fuera—. Como una familiar de Daphne Greengrass o algo así.
—Es mi hermana.
Lance, sin dejar de golpear el costado de su compañero, estalló en carcajadas. Estuve a punto de taparme los oídos ante tal escándalo: jamás había escuchado a nadie reírse de esa forma tan desagradable; parecía como si toda la vajilla buena se hubiera hecho añicos contra el suelo.
—A Trihart le gusta —aclaró Lance.
Fue un alivio que por aquellas ese niño solo tuviera doce años y aún no hubiera empezado a desarrollar su particular forma de expresarse. Hoy en día estoy segura de que habría escogido otro tipo de frase para dejar patente el platónico afecto de su amigo. Algo como: «A Trihart le gustaría comerse las tetas de tu hermana y dejarle los pezones como pasas».
Su sentido del romanticismo está casi tan caducado como mi femineidad.
—No te pareces en nada a Daphne —acusó Vaisey mirándome con suspicacia.
Parece mentira lo poco que me importó esa frase la primera vez que la oí. Parece mentira que tuviera un significado tan distinto al que tuvo la última vez que la escuché.
Al cabo de las dos horas me quedé dormida. Sé perfectamente lo que pasó porque a ellos siempre les ha hecho gracia hablarme de cómo cambió drásticamente su impresión sobre mí por esa tontería. Bueno, tontería. La verdad es que hasta el momento nadie había tenido la oportunidad de explicarme cómo era yo cuando descansaba. Jamás había pasado la noche con una amiga y mucho menos con mi hermana, así que fue ese par el primero que descubrió que además de babear, roncaba como si me estuviera dando un ataque.
Por lo visto ellos se habían sumido en una conversación sobre Sirius Black y como las cosas serias no les hacían ni pizca de gracia se habían dedicado a inventar teorías absurdas sobre el prófugo. En algún momento yo debí de quedarme dormida, como te he dicho, y ellos se percataron del hecho porque, y Vaisey juraba que no exageraba, «rugí como una dragona parturienta».
—Creo que está muriéndose.
Ambos tenían el culo casi fuera de su asiento y se acercaban lo máximo posible a mí para evitar que se les pasara por alto cualquier detalle. Hasta el momento habían reparado en el hilo de baba que se me escapaba entre la boca descolgada, en las piernas abiertas de cualquier manera y en la mejilla aplastada contra el cristal de la ventana.
—¿Ves? ¡Te dije que no era una niña!
Trihart se agachó para mirar por debajo de mi falda. Algo que le estaba poniendo muy fácil ya que tenía las piernas abiertas de par en par.
—Pues no tiene cola. —Cogió con la punta de los dedos índice y pulgar un extremo de mi falda y la levantó un poco para que su compañero corroborara su apreciación—. ¿Ves? Es una chica.
—Puede que tenga chichi en el cuerpo pero tiene cola en el corazón. Te lo aseguro. Mira cómo babea.
—Sigo pensando que le está dando algo, Lance. ¿Qué hacemos si se muere?
El pelirrojo se rascó la nariz hasta que tomó una determinación:
—Pues nos vamos a otro compartimento y hacemos como que no la hemos visto en nuestra vida. —A Trihart debió de parecerle un buen plan porque miró a su compañero asintiendo con la cabeza. Dejó de hacerlo cuando Lace preguntó—: ¿Le tocamos una teta?
—Qué asco. Además, seguro que no tiene. Sería como tocar a un chico.
—Eh… ya.
—En serio, no se parece en nada a Daphne. En nada.
—Ya te lo he dicho, es un hombre de corazón. Entonces, qué, ¿la aceptamos?
Trihart volvió a girarse hacia mí y aunque él dijera después que no, Lance asegura que sonrió cuando murmuró:
—Sí. La aceptamos.
NOTA.
Y aquí está la segunda escenita. Sé que de momento no tienen mucho contenido, de hecho es probable que nunca lo tengan, pero quería hacer referencia en estos dos capítulos a cómo se conocieron cada uno de los personajes.
Poco más que decir además de seguir agradeciéndole a Filbuster su ayuda y a todos vosotros vuestro apoyo. En serio, sois unos amores con todos esos comentarios y todos esos ánimos. A pesar de ser consciente de que esto no tiene muchas pretensiones, espero ser capaz al menos de presentar a los personajes como es debido. Porque, de hecho, va más de eso que de cualquier otra cosa.
Como me lo habéis preguntado por diversas vías lo aclaro aquí también: sí, esto tiene que ver con Mortífago y con Hasta que tu muerte nos separe. No es que aparezcan (aunque sea de refilón) los personajes clásicos, que también, sino que es la historia de los años de esta niña en la escuela antes de que conociera a Draco. Así que habrá referencias por todas partes, por muy sutiles que sean.
Morreos varios, queridos.
