Ginny Weasley se ha preguntado toda su vida qué tenían en mente sus padres cuando la llamaron así. Sencillamente Ginevra le provoca arcadas, pero seguido de Molly es desquiciante.
Ha llegado a la conclusión de que Ginny no está del todo mal, sobretodo porque siente que encierra de manera perfecta su esencia. Es sencillo, corto, transparente, muy ella. Pero cada vez que tiene que decir su nombre completo, vuelve a surgir la misma pregunta en su mente.
Ha tratado por todos los medios de encontrarle la gracia, pero es sólo que no puede. Ginevra es demasiado serio, demasiado tajante. Muy poco alegre, y definitivamente nada optimista. No le gusta, no le gusta para nada; es más, cree que lo detesta.
Pero es entonces, cuando tiene la profunda mirada de Harry en sus ojos, que lo ve mover sus labios, y sale de su boca el nombre cargado de infinita ternura, como la más grandiosa melodía, o el mejor sabor jamás probado, y descubre que de pronto, su nombre no le desagrada tanto.
Porque desde que Harry ha pronunciado ese "Ginevra Molly Weasley, ya no quiero volver a separarme de ti nunca", que ya casi le agrada llamarse así.
La guerra por fin ha terminado (ésta vez ya no está soñando), y Harry, su Harry, no quiere volver a perderla. A ella, Ginevra Weasley, y ella no puede hacer más que amar su maldito nombre.
