Era la quinta navidad del pequeño Severus Snape y estaba especialmente ilusionado solo por el hecho de que por primera vez podría celebrarlo con su mami, como él la llamaba, y sus abuelos sin que su padre lo estropeara todo pegándoles a su madre y a él sin motivo alguno y quitándole los juguetes que su madre le compraba como regalo de navidad. Su felicidad también era patente debido a que su padre éste había muerto siete meses antes por un accidente. Desde ese entonces, su madre y él habían vuelto a la mansión Prince con sus abuelos, a los cuales adoraba.
Desde principios de diciembre, y mientras su madre trabajaba fabricando pociones en una tienda del Callejón Diagon, el pequeño Sev ayudaba a su querida abuela Sophie a decorar la enorme mansión donde vivían, su abuelo se les unía de vez en cuando. Estaba eufórico a pesar de que su abuela no le dejaba coger las cosas más peligrosas como los cables y las piezas muy pequeñas, pero eso era algo que no le importaba lo más mínimo, se conformaba con que no le gritaran ni le pegaran por cosas que no había hecho.
Su abuela había hecho un planing para que todo estuviera listo para el día de nochebuena. El primer día decidió decorar las habitaciones que se usaban en la última planta. El pequeño Sev le pasaba los objetos y/o adornos que su abuela le pedía mientras ésta lo fijaba todo a las paredes y a las puertas de los armarios. La habitación que más decoraciones navideñas tuvo fue la del propio Severus, que adoraba la época pero que por culpa de su padre nunca pudieron celebrarla como querían.
Después de decorar las habitaciones que se había propuesto su abuela, como todavía era temprano para almorzar, fueron a la cocina y decidieron hacer galletas de chocolate, así su madre cuando volviera de trabajar pudiera comer unas cuantas y comprobara lo buenas que estaban. Cogieron los ingredientes y mientras su abuela le daba las instrucciones de la preparación, el pequeño iba aplicándolas. Estaba contento porque el proceso tenía un cierto parecido con la elaboración de pociones, ya que en ambas había que seguir las explicaciones al pie de la letra porque si no, todo saldría mal y habría que empezar de nuevo.
Estuvo mucho rato entretenido amasando la pasta que habían hecho para poder empezar a hacer las formas de las galletas, que iban desde redondas hasta calderos y pinos de navidad. Una vez que ya estaban las formas hechas y recortadas, les echaban el chocolate por encima y su abuela las metía en el horno. Tras probarlas y comprobar que estaban muy buenas, hicieron dos tandas más para poder comérselas en la merienda aquella tarde,
Cuando Eilen llegó a casa, se encontró a su madre y al niño en la cocina, mientras la abuela hacia el almuerzo y el pequeño Sev vigilaba el horno para que la última tanda de sus riquísimas galletas no se quemaran. Eilen, al ver que su hijo estaba entusiasmado por haberlas hecho, lo felicitó y éste le dio a probar una de la primera tanda. "Están muy buenas bonito, enhorabuena".
Pasaron los días y Sev seguía ayudando a sus abuelos a decorar la mansión para que todo estuviera perfecto para cuando llegaran por fin la navidad de forma oficial, mientras su amada madre iba y venía del trabajo.
