Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer

EL DUQUE Y LA CORTESANA

CAPITULO 2

Caminaba junto a Eleazar Visconti, Marqués de Saluzzo, por los jardines de la finca de Marco Vulturi.

Eleazar era mi acompañante favorito. Estaba cercano a la cincuentena, y era un amante de las artes. Él también apreciaba mucho mi compañía pero no por razones sexuales ya que muy rara vez habíamos compartido el lecho. Pero ambos solíamos enfrascarnos en intensos debates sobre los nuevos artistas que hubiésemos descubierto.

- Me ha deslumbrado la joven discípula de Buonarroti, Sofonisba Anguissola – me explicaba el marqués cuando Marco Vulturi se acercó a nosotros.

- Disculpad – llamó nuestra atención – si el marqués me lo permite, hay alguien a quien quisiera presentaros, mi querida Isabella.

Odiaba cuando Marco hacía esto. Siempre que tenía un nuevo invitado me lo presentaba y me ofrecía cual si fuera un obsequio de bienvenida.

En general no tenía problema alguno con ello; yo tenía muy claro mi papel en estos eventos y al fin y al cabo cobraba por satisfacer a los invitados del anfitrión, pero odiaba que esto interfiriera un interesante debate con Eleazar.

El marqués hizo un gesto de asentimiento y yo le sonreí antes de tomar el brazo que Marco me ofrecía para dirigirme con él hacia la casa.

- Seguramente ya os has enterado que mi primo ha venido de Inglaterra y pasará con nosotros el verano - comentó

- Algo he escuchado, sí

- Mi tío, el duque de Masen, lord Carlisle Cullen, está enfermo y quisiera que su hijo contrajera matrimonio mientras él continúe con vida, a fin de que al momento de traspasarle su título, éste ya tuviera esposa.

- Y le ha enviado a Italia en busca de esposa?

- Digamos que algo así – sonrió – pero dudo que Edward esté de acuerdo con su padre. Diría que es algo así como un "romántico" – se burló sin que yo entendiera bien su comentario.

Llegamos hasta un grupo de hombres que hablaban sobre alguna partida de caza o algo así.

- Edward, primo, hay alguien que quiero que conozcas – dijo Marco haciendo que todos los hombres allí reunidos se giraran a observarnos.

En el grupo había varios hombres que ya conocía y cuatro que no había visto antes. Pero fue el que se giró hacia nosotros dándose por aludido, el que me quitó la respiración.

Un joven de unos veintipocos años, con el cabello cobrizo bastante despeinado y con los ojos verdes más profundos que había visto jamás se acercó a nosotros observándome con atención.

- Ella es Isabella Swan, nuestra más exquisita invitada – le dijo Marco llevando su mano a mi espalda y empujándome levemente hacia él – Querida Isabella, este es mi primo Lord Edward Cullen de quién os hablaba.

- Es un placer conoceros, milord – le dije bajando la mirada ruborizada mientras hacía una reverencia

- El placer es completamente mío, milady – me contestó cogiendo mi mano para besarla inclinándose hacia mí tal si de una señora de la alta sociedad, se tratase.

Era el hombre más atractivo que había visto jamás. Ni las pinturas retrataban a los dioses de una belleza tal. Su mandíbula recta y firme, sus labios finos y rosados, y sus ojos del color de las esmeraldas le otorgaban una belleza que desafiaría a la de aquellos.

Su cuerpo esbelto, enfundado en el jubón morado y las calzas oscuras, rivalizaba con el mismísimo David de Miguel Ángel Buonarroti y por primera vez, desde que dos años atrás había conocido el cuerpo masculino y sus necesidades y deseos, sentí la imperiosa necesidad de ser reclamada en el lecho de un hombre.

- La señorita Isabella comparte tu pasión por la pintura, querido primo – explicó el duque – estoy seguro que encontrarás en ella, sin duda alguna, una beligerante defensora de los pintores italianos.

- Nuestra querida Isabella es una gran conocedora de arte. Sin duda que sus opiniones no deben ser desestimadas – acotó el conde Alistair Picerno quien era también un erudito en lo que al arte concernía.

- Ninguna de las virtudes de la señorita Isabella deberían ser desestimadas – replicó el Barón Alec Cortazzo con un dejo libidinoso que remarcaba una calidad de cortesana, de la que hasta ahora nunca me había sentido avergonzada o arrepentida.

- Estaré encantado de contrastar con vos mis opiniones, lady Isabella – dijo Edward acercándose a mí y ofreciéndome su brazo – Aceptaríais dar un paseo conmigo?

- Desde luego que sí, milord – le contesté tomando su brazo para alejarnos del grupo por uno de los senderos del jardín

- Con vuestro permiso, señores – se dirigió Edward a los hombres antes de marchar.

Caminamos en silencio alejándonos del grupo. El cuerpo de Edward irradiaba un delicioso aroma que me envolvía. Mi mano sobre su brazo sentía cosquilleos que subían a lo largo de mi brazo hasta explotar en mi vientre cual cataclismo.

- Esta es mi primera visita a Venecia – relató – pero habría venido mucho tiempo antes, de haber sabido que una belleza como vos residía por estos lares.

Su comentario me hizo sonrojar y éste aumentó cuando él se giró para observarme.

Deseé con el alma y el corazón que así hubiese sido, que hubiese visitado Venecia años atrás y nos hubiéramos conocido en circunstancias diferentes.

Pero era consciente de que era demasiado improbable que él y yo nos conociéramos de no ser yo una cortesana. Las jóvenes de mi clase social nunca nos codeábamos con los nobles y Edward era un noble.

- Sois muy amable, milord.

- Ya os ha dicho mi primo que siento pasión por la pintura y soy un gran admirador de la belleza. Y vos, lady Isabella, sois la personificación misma de la Madonna de Botticelli.

Mi sonrojo se hizo más pronunciado y mis palabras se atoraron en mi boca.

- Agradezco me halaguéis comparándome con la dulzura y sensibilidad que refleja la Madonna del maestro Botticelli pero no me creo merecedora de tal distinción.

- Creedme si os digo, señorita Isabella, que jamás he visto más allá de los lienzos un rostro y cuerpo femeninos tan deliciosos como los vuestros. Me sentiría muy honrado si aceptase posar para mí en alguna ocasión.

Lo miré con sorpresa.

- Pintáis vos, milord?

- Digamos que lo intento, pero no me creo capaz de hacer justicia a vuestra belleza, milady.

- Me halagáis tanto, milord, que me hace sentir cohibida.

- Oh, lo siento, señorita Isabella, no es mi intención incomodaros – se disculpó rápidamente – pero vuestra belleza me abruma.

Estuvimos largo rato paseando por los jardines de la mansión Vulturi. Edward era un acompañante excepcional.

Departimos mucho sobre pintura, música y literatura. Su sabiduría en estos temas competía ferozmente con los conocimientos del marqués de Saluzzo, pero él agregaba sus constantes galanteos a mi persona.

Me pidió autorización para ser mi acompañante en la cena de esa noche, a lo que no pude ni quise negarme.

Cenábamos en el amplio comedor de la mansión Vulturi. Edward se sentaba a mi lado y comentaba conmigo sobre algunos pintores que había conocido en sus últimos meses de estadía en Francia.

- Edward, amigo – dijo Alec con el tono lujurioso que solía utilizar cuando se refería a alguna de las cortesanas – tal vez dispensaríais a la señorita Isabella esta noche. Me gustaría compartir mi lecho con ella, si a vos os parece bien.

Edward lo observó dubitativo y luego a mí, antes de contestar.

- Si a vos no os importa, me gustaría compartir más tiempo con ella – se giró hacia mí – Si a milady le parece bien, por supuesto.

- Desde luego que sí, milord, será un honor

- Vamos, Alec. Tú ya conoces a Isabella, déjame agasajar a mi primo esta noche – le dijo Marco ante el rostro molesto del Barón.

Acabada la cena, nos dirigimos al salón donde los hombres bebían coñac mientras las cortesanas les hacíamos compañía esperando requirieran alguno de nuestros servicios.

Athenedora tocaba el laúd, Renata masajeaba la espalda del anfitrión y el resto de las chicas simplemente estaban allí.

Edward se sentó a mi lado simplemente hablándome de su país.

Marco se giró dirigiéndose a él

- Edward, querido primo, siéntete libre de ausentarte en cualquier momento. – sonrió socarronamente – Tal vez quieras estar a solas con nuestra exquisita Isabella.

Edward nos observó a Marco y a mí alternativamente. Se puso de pie y me extendió la mano.

- Desearíais acompañarme a un sitio más íntimo, milady?

- Será un placer – me sonrojé por la anticipación, mientras mi entrepierna se humedecía nerviosamente.

Deseaba desesperadamente estar a solas con este hombre, pero temía que él creyera que sólo era uno más de mis tantos compañeros de cama. No podía negar que en parte lo era, al fin y al cabo era una cortesana que había yacido en el lecho de casi cada uno de los hombres que se encontraban en esta habitación y muchos que no lo estaban.

Pero lo que sentía por este hombre en particular era completamente diferente, era algo que nunca había experimentado. Quería gustarle, quería que se sintiera bien conmigo, pero no para aumentar mi fama como cortesana, ni siquiera para aumentar mis ingresos económicos. Quería gustarle porque de alguna forma quería ser importante para él. Quería que me recordara cuando marchase a Inglaterra. Quería que me recordara a mí cada vez que tuviera una mujer en su cama. Cada vez que viera una mujer quería que pensara en mí. Quería que alguna vez sintiera nostalgia de mí. Y cuando al fin tuviera una esposa, quería que pensara cómo habría sido si yo fuera ella y no una cortesana más. Porque de ahora en más yo no podría dejar de pensar en ello.

Nos dirigimos a la alcoba en la que Marco había instalado a Edward.

Era una enorme habitación con grandes ventanales cubiertos por pesadas cortinas de terciopelo rojo. En el centro una cama de grandes dimensiones cubierta con varias almohadas y cojines se erigía por debajo de un impresionante dosel.

A un lado dos sillones junto a un pequeño escritorio y hacia la otra esquina un mueble con su jofaina.

En la pared más alejada una pequeña chimenea donde ardían unos leños.

Entramos a la habitación y nunca me había sentido tan nerviosa como entonces. No era mi primera noche con un hombre ni mucho menos pero nunca había experimentado lo que ahora.

- Lo siento, milord, si me siento un poco nerviosa en este momento – me disculpé

- Tranquila, milady – dijo soltando las finas tiras que sujetaban mi vestido por la espalda.

Sentía su respiración en mi nuca mientras Edward deshacía el entramado de los cordeles con delicadeza. Acercó su cara a mi cabello aspirando su aroma.

- Hueles embriagadoramente bien, Isabella. – susurró en mi oído haciéndome estremecer.

Cuando acabó de desatar mi vestido, el pesado brocado cayó al suelo. Tomándome delicadamente por los hombros me giró de frente a él. Llevé mis manos al frente de mi corsé para desanudarlo pero él las detuvo.

- Déjame hacerlo a mí – me pidió con delicadeza antes de proceder a deshacer los nudos de la prenda. Se tomó su tiempo y lo hizo tan lentamente que el nerviosismo de mi cuerpo iba en aumento.

Cuando finalmente el corsé cedió bajo sus manos, con la misma lentitud subió mi camisa y me la quitó por encima de la cabeza dejándome completamente desnuda y vulnerable frente a él.

Exhaló un profundo suspiro observándome

- Eres deliciosa, Isabella – me dijo con devoción – Te envidiaría la misma Venus

- Aún me comparáis con las musas de Boticelli, milord?

- Llámame Edward, por favor.

- No sé si sea lo más apropiado, milord – me disculpé

- Yo lo prefiero así, Isabella. No quiero que seas mi cortesana...

- Eso es lo que soy, milord

- No para mí – sonrió acercándose – por favor, llámame Edward

- Edward... – musité y él acercó sus labios y los posó sobre los míos.

Fue el tacto más íntimo y delicioso que jamás había sentido.

Sus labios se movieron con delicadeza sobre los míos y poco a poco fueron tornándose más posesivos y demandantes.

Mi cuerpo reaccionaba contra él mientras sus manos recorrían mi espalda y mis costados erizando mi piel.

Sin dejar de besarme desabrochó su jubón y lo dejó caer junto a mi ropa.

Me levantó en sus brazos y me llevó hasta la cama depositándome suavemente sobre ella.

Se quitó su camisa y sus calzas y mi corazón se aceleró al apreciar completamente su cuerpo desnudo. Sus amplios hombros, su firme torso que remarcaba sus músculos, el fino vello que bajaba por su vientre hasta perderse en el triángulo de sus ingles, y el rígido miembro que se erigía en su masculinidad esperando por penetrar en mi cuerpo.

Con suaves movimientos, cual depredador acechando a su presa, se acercó a mí y se tumbó a mi lado en el lecho.

Acariciaba mi rostro bajando por mi cuello, mi pecho y mi vientre hasta alcanzar los oscuros rizos de mi entrepierna.

Sus delicadas caricias me hacían temblar de excitación.

- Eres exquisita, Isabella. Y me tienes completamente extasiado

No había nada que yo pudiera decir, las palabras no salían por mi boca. Temblaba de emoción al estar en un contacto tan íntimo con un hombre tan delicioso e intimidante.

Se acercó nuevamente a mis labios y me besó mientras sus manos acariciaban mis pechos que se endurecían frente a él. Comenzó a masajearlos y su miembro golpeaba firmemente contra mis muslos.

Mis manos acariciaban su pecho cuando se recostó sobre mí. Con mucha delicadeza llevó una mano a mis muslos y separó mis piernas.

Situó su erección contra la entrada húmeda de mi intimidad y susurró

- Me gustaría poder entrar en ti, Isabella

- Hazlo, por favor – jadeé ante la sensualidad de su pedido, mientras sentía cómo poco a poco su miembro se abría paso entre mis íntimos pliegues.

Gemí ante la intromisión sintiendo un delicioso placer cuando toda su longitud estuvo dentro mío.

- Es delicioso sentir tu suave piel apretarse contra mi miembro

- Para mí es exquisito tenerte dentro mío.

- Es aquí donde siempre querré estar, Isabella – susurró y el pesar volvió a invadirme.

El pesar por no poder ofrecerle nada. El pesar por no poder ocupar un lugar en su vida. Por no poder ocupar otro lugar que el de una cortesana con la que compartir lecho durante unas horas.

Y en ese momento odié mi vida. Odié ser esto que era y que me hacía indigna para un hombre como Edward. Odié a mi madre, a mi hermano y a mi tío por haberme convertido en cortesana. Odié a mi padre por haber dilapidado nuestra pequeña fortuna y nuestras dotes. Y me odié a mí misma por amar a ese hombre; por tener estos sentimientos que hasta ahora desconocía. Me odié por desear más, me odié por envidiar a esa desconocida aristócrata que tarde o temprano se convertiría en su esposa y madre de sus hijos.


Hola! Aquí vuelvo con un nuevo capítulo. Espero que les guste.

Ya sabéis, espero vuestros reviews, para saber qué tal.

Besitos!