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Media hora mas tarde, estaba de vuelta en casa, con el libro envuelto en papel marrón claro bajo el brazo. Durante todo el trayecto, apretaba el arcano tomo contra mi pecho, inundado de sentimientos contradictorios.

"No puede ser", me repetía una y otra vez. "No puede ser. ¡Este libro no existe! Lovecraft lo inventó. No puede ser".

Casi al final de mi viaje a casa, sonreí, mas calmado. Claro que no podía ser. Debía tratarse de un absurdo fraude. Otro timo, como tantos otros que dan vueltas por ahí sobre el Libro Maldito.

Creo que no era el primer "Necronomicón" que veía. Al fin de cuentas, si hasta por la Internet se lo podía encontrar. Supuestos "fragmentos" de la blasfema obra, todos ellos falsificaciones echas a veces por fanáticos del gran escritor de Providence, quienes al igual que yo, a veces deseaban creer que lo que él escribió era verdad.

Sí, tenia que ser eso. Un fraude.

Sintiéndome un idiota entré en mi estudio. Encendí la luz, deposité el libro sobre mi escritorio y me saqué el abrigo. Me prepare una taza de café y coloqué un CD de música clásica en mi equipo de audio. Me senté en mi sillón, al cabo de un rato, mas relajado.

Eché un vistazo a la habitación que me rodeaba. Cerca, en una esquina, una biblioteca llena de libros apretados unos contra otros era el mueble más vistoso del lugar. Sonreí, me levanté y pasé un dedo por los títulos de los escritos de mi colección particular. Todos ellos versaban sobre el mismo tema. Todos estaban centrados en la obra de un hombre que había vivido hace muchos años en Estados Unidos, en Rhode Island.

¿Su nombre? Howard Phillips Lovecraft.

Lovecraft había sido un gran escritor de relatos y novelas de terror y ciencia ficción. Prácticamente, sus escritos habían revolucionado el género en su tiempo.

Mientras que algunos autores insistían con las casas encantadas, con sus clásicos fantasmas torturados vagando por sus habitaciones, Lovecraft había explorado otro territorio: el del Horror Cósmico.

Su magna obra era el ciclo de los Mitos de Cthulhu, un conjunto de cuentos y de novelas que hablaban de terribles deidades primigenias, espantosas criaturas venidas de más allá de las estrellas, quienes en un remoto pasado habían gobernado la Tierra y que volverían a hacerlo, en un futuro no tan lejano, cuando las estrellas estuvieran en posición y los encantamientos apropiados fueran recitados.

Por supuesto, Lovecraft no solo había inventado todo aquél fascinante mundo oscuro ficticio donde se movían sus personajes: también había sido el creador del libro más buscado, más temido, más soñado…

El Necronomicón.

De acuerdo con el genio de Providence, el saber de los dioses primigenios se ocultaba allí, compactado en una sola obra escrita por un árabe loco llamado Abdul Alhazred.

Un libro que, se decía, podía traer la locura a quien lo leyera.

Suspiré. Me volví hacia el escritorio. El libro envuelto en papel marrón seguí allí, esperando. Menee la cabeza, riendo por lo bajo. Estaba claro que había tirado mi dinero a la basura. Aquello no podía ser más que otro de los tantos Necronomicones que había por el mundo.

Volví a sentarme en mi silla y abrí el envoltorio. Con aire critico, contemplé el libro y su titulo, y empecé a leerlo…