3. Elizabeta.

Ella era grande, no tanto pero pareciera que más de lo que era. Usaba tacones de cuatro centímetros, falda verde oscura, camisetas sueltas sujetas a la cintura con un cinturón de rosado pálido que contrastaba con cualquier color que usara encima de la cadera. Se dejaba el pelo suelto y apenas adornado con una flor en su oreja. Se ponía el delantal y lo alisaba con las manos, suspiraba y luego contenía la respiración, se peinaba las cejas con los dedos y se observaba en el espejo en busca de la más neutral expresión que pudiera poner. Guardaba el espejo de mano en el bolsillo del delantal, alisaba de nuevo y luego tomaba la bandeja con las tacitas y la tetera con el café muy cargado y subía las escaleras apenas haciendo ruido con el frufrú de su falda larga. No tocaba la puerta, entraba y caminaba lo más digna que podía y dejaba la bandeja sobre la mesa, le servía a su amo, Roderich, y luego al primo de este, Gilbert, y a este último le dirigía una rápida mirada inquisitiva ¿habría notado su nuevo lápiz labial? Y el chico nada de nada, miraba a los papeles, muy serio y luego levantaba la vista, y cuando miraba a Elizabeta en su cara aparecía la estúpida sonrisa de quien ve a su amigo de la infancia y está listo para molestarlo. No era la forma en que Elizabeta le miraba a él. Con los ojos de una mujer enamorada.

El muchacho de cabellos platinados se adelantaba sobre la tacita y los pequeños postres, a lo que Elizabeta responde dándole una palmada como si de un niño pellizcando la cena en la cocina se tratara. Empezaba la guerrilla de gritos susurrados y las miradas hostiles que esconden cierta amistad en ellas. Pronto se escuchó el sonido de las hojas de papel siendo movidas y la suave voz de un hombre.

—por favor cállense ya. Gilbert, para de molestar a Elizabeta— Roderich le dedica una mirada de disculpas a la mujer a la que esta responde sonriendo y se marcha, no sin antes dirigirle una última mirada a Gilbert que apunta a sus labios y luego forma un circulo con los dedos pulgar e índice, como diciendo 'excelente'.

4. Kiku.

Un japonés se sentaba en el pasto fresco, sin miedo alguno a mancharse la ropa, su cabello está cortado como un platillo hondo, solo que en la parte de atrás es más corto de manera tal que se alarga de forma diagonal hasta llegar a ser un flequillo más o menos pasado de la oreja; su pelo es tan negro que contrasta con todos los demás colores como si se tratase de la única rosa blanca en un rosal de rosas rojas. Lleva ropa de lucha tradicional de su país, y acaba de guardar con delicadeza y una brutalidad de lobo su katana en su funda. Medita con los ojos cerrados por varios minutos antes de volver a abrirlos y desvainar un arma de filo esta vez un pequeño cuchillo cuyo puño tiene inscrito un dragón chino y unos kanjis indescifrables, lo blande delante de su rostro y luego apunta el filo a su nariz, baja las manos hasta la mitad de su abdomen y se prepara para apuñalar la carne cálida de su cuerpo. Hoy en la mañana, antes de las seis, quería volver a blandir su katana y ver una última vez el sol naciente antes de morir, y así lo planeaba hacer antes de que una voz lo detuviera justo cuando el cuchillo había rasgado sus ropas. No sabe si fue un 'detente' o un '¿hola?'.

Kiku respira sobresaltado, aquella voz no parecía de este mundo para nada, busca a su alrededor, a las rosas, a los árboles, a la casa de estilo victoriano en la que vive desde hace ya unos años junto a algunos otros protegidos de guerra –por su familia allá en Japón que consideraba un desperdicio que la belleza de un omega como él se marchitara por la guerra-, busco detrás de la carreta pero no había nadie que pudiera haber pronunciado nada. Kiku se levanta con las piernas temblando y guarda el cuchillo.

— ¿Dónde estás?

— ¿Me escuchas?— respondió aquella voz tan suave, tan delicada, pero tan fría, tan viciosa.

— ¿Dónde estás?

—qué alegría, ha pasado un tiempo desde la última vez que un humano me ha escuchado, mucho menos ha hablado conmigo. Me haces feliz.

— ¿Dónde estás?— pregunto ya desvainando su katana. Si ha de luchar, lucharía; la voz de inmediato trata de distraerlo de su ansiedad.

—para, por favor. Soy inofensivo. De hecho los humanos de todos los siglos me han llamado un milagro.

— ¿Quién eres?— pregunta Kiku acercándose hacia donde la voz más se escuchaba, casi llegando a donde estaba el corral de los conejos y las gallinas, no tuvo que seguir avanzando puesto que delante de él se podía ver perfectamente la figura de un hombre con alas, sentado con las piernas una sobre la otra y la mano sobre su costado izquierdo. El japonés casi salta de la sorpresa si no fuera porque el pavor lo inmovilizo por completo y lo pego al suelo como si fuese un árbol y sus raíces.

—Me llamo Ivan, pero tu gente nunca me llama así, todos me dicen ángel, supongo que es porque soy uno— respondió el hombre, moviendo sus alas con algo que parecía modestia y algo de vergüenza. —como veras, he sido herido. No puedo volar y no puedo caminar ¿puedes ayudarme?

Kiku no se lo pensó mucho, pese a que su instinto le gritaba dar la media vuelta, su moral estaba fuertemente pegada con sus acciones, tan así que apenas pidió ayuda el ángel, Kiku ya estaba sujetándose sobre su rodilla para tomar su brazo y pasarlo por sus hombros, le ayudo a pararse y al instante se sintió diminuto, aquel hombre era enorme, más que cualquier otro hombre que haya visto y de seguro debía ser un Alpha. Pero no sabía si los géneros humanos eran también parte de los ángeles por lo que no pensó mucho en ello y simplemente se llevó al ser alado a su habitación donde le desnudo el pecho y procedió a hacerle una curación bastante primitiva, simplemente para estar seguro de que no estaba infectado ni iba a seguir desangrándose. lo vendo con jirones de un kimono que guardaba en su closet y luego lo hizo acostarse mientras le preparaba una infusión. Cuando volvió a su cuarto allí no había solo un ángel, sino que también un demonio. Se hubiera preocupado por el herido si no fuese porque este era quien tenía acorralado al demonio en el piso con un fierro presionado contra su cuello. El demonio dirigió sus ojos azules brillantes como si fuesen una luz en la oscuridad y pronto una sonrisa lasciva cruzo sus labios. Kiku se arrepentía de todo lo que había hecho ese día y se preguntaba si era acaso un castigo de sus dioses por estar a punto de deshonrar a su familia.


Este es un poco cortito, pero a mi defensa no creo que pudiera darles una mejor introducción a sus historias.

Ahora que lo pienso, tiendo a escribir historias con varios personajes en ellos ¿eh? Me recuerda a otro fic que escribí donde aún experimentaba un poco con la trama, pero al fin me atreví a escribir algo como esto, más lleno de fantasía; si a algo le gusta a un escritor es mezclar las realidades y las fantasías lo más que se pueda y siempre quise hacer un omegaverse donde no todo girase alrededor de "oh no, mi celo ¡mierda! Ahora estoy embarazado porque alguien me violo"; creo que ese género merece un poco más de trabajo que esa trama un poco… mal trabajada (?

Gracias a los que se den el tiempo de leer este fic. Ya nos veremos con más de estos chiquillos malos.