No confiaba en nadie. No podía evitarlo.
Desde que sus padres la alejaron de todo el mundo por el simple hecho de nacer de esa forma.
Si, la alejaron por nacer como un monstruo.
Se vio enfrascada en la multitud sin darse cuenta. Solo quería ver un rostro amable. Solo quería sentir la brisa de la ciudad. Solo quería sentirse viva.
Quería sentirse normal.
Era difícil. Pero al ver a ese chico bien parecido, con una sonrisa en su rostro, sintió que ese era su día. Que era ahora o nunca. Que era la oportunidad de vivir un poco.
La invitó a tomar un café. Se reprimió varias veces, pero un día, luego de uno de sus miles de mensajes de texto, terminó aceptando. ¿Qué más podía hacer?
No podía seguir así, alejándose. Sintiéndose tan diferente como sus padres le dijeron que era.
Él la miraba con gusto. Con cariño.
Era una relación desinteresada. Llena de detalles.
Fue atento.
Fue respetuoso.
Como nadie lo había sido en muchos años. Como nadie lo había sido nunca.
Luego simplemente todo se fue a negro.
Se vio encerrada en una habitación. En la oscuridad. La puerta la separaba del resto del mundo. Solo oía una música difusa que traspasaba las paredes. Las vibraciones hacían que el alfombrado palpitara en un ritmo constante.
La cama se sentía extraña. Era obvio, no era su cuarto, lo tenía claro. El lugar no se parecía en lo más mínimo a algún lugar antes visitado.
Miró nuevamente la puerta.
Empezó a desesperarse.
En parte era tranquilizador estar encerrada. Podía recordar la voz de su padre diciéndole que mientras estuviese al otro lado de la puerta no podría herir a nadie. Quiso reír, pero ni siquiera era capaz de esbozar una sonrisa. ¿Alguna vez había sonreído siquiera?
No tenía ninguna razón para sonreír.
El monstruo debía permanecer encerrado. Así eran las cosas.
No escuchó paso alguno. Ningún vestigio de alguien acercarse. Simplemente la puerta de abrió de manera brusca. Como una ráfaga. Su corazón empezó a latir fuertemente. Estaba asustada. Estaba en terreno desconocido, y no recordaba nada después de haber salido con Hans.
Su cerebro hizo clic demasiado tarde.
Ahí estaba Hans. Sonriendo de manera tosca. De manera perversa. Era repulsivo verlo. Ver esa cara de él, luego de haber llevado esa mascara durante tantas semanas.
"Despertaste, Elsa."
Estaba aterrorizada. Pero debía controlarlo. Debía hacerlo.
Contrólalo, no tengas miedo, no dejes que salga.
Siguió diciéndose a sí misma mientras aferraba sus manos a la sabana de la cama.
Podía sentir como su cuerpo se iba saliendo de control.
El estrés era suficiente para hacer que el monstruo saliera. No podía, o todo terminaría peor. Tenía que terminar todo eso de la manera más calmada posible.
"¿Q-que quieres de mí?"
Su sonrisa creció considerablemente.
"Eres tan inocente, pero no imaginé que tanto."
Apretó la mandíbula. Esos ojos oscurecidos por el entorno empezaban a formar parte de lo que serían sus próximas pesadillas.
No entendía lo que pasaba por su mente. Él sabía mejor que nadie que ella no tenía nada. A menos que fuese en el tema económico. Ahí podría entender sus acciones. Sus padres habían sido importantes. Grandes accionistas, empresarios, trabajadores de esfuerzo. Era lo único que podía pasársele por la mente.
"¿Quieres mi dinero?"
"Oh, querida, si, sabes que eso quiero, y pretendía tenerlo de una manera pacífica, pero eres tan cerrada que me es cada vez más difícil e irritante el conseguirlo."
Se quedó mirándolo, perpleja. Si, era verdad. Su insistencia era demasiada. Pero iba demasiado bien. Pensó que no sería como los demás.
Se equivocó.
Aquellos que normalmente se acercaban por quien era, luego la pisoteaban por el suelo al darse cuenta de su personalidad fría y severa. No podía hacer nada. Así había sido criada. Mientras menos se acercarán a ella, era mejor.
Así nadie saldría lastimado.
No fue herida lo suficiente así que pudo mantenerlo encerrado. Nadie lo sabía. Rogaba que fuese así de nuevo. Que nada se saliera de control
¿Qué iba a decir la gente? ¿Cómo iban a tildarla si alguien la veía? No quería iniciar una cacería de brujas.
"Supongo que tendré que hacer las cosas por las malas, de todas formas, no tienes a nadie. A nadie le importará si desapareces."
Hans se movió por la habitación. Como un animal. Se movía erráticamente. Pisaba con fuerza. Sus ojos apenas pestañeaban.
Empezó a temer por su vida.
Cada vez que hacía un movimiento brusco, sus manos se humedecían por el miedo. Las sabanas ya estaban mojadas. Se formaba una capa de escarcha en sus dedos que mantenía todo húmedo.
Intentó apegarse lo más posible al respaldo de la cama. Lo más alejada del hombre. Lo más protegida.
Vio vapor saliendo de la boca de Hans. Maldición. Ya no podía más. La situación estaba saliéndose de control.
"Por favor, Hans, si quieres mi dinero, puedes tenerlo, no lo necesito."
"Eso no sería satisfactorio. Planeo quedarme con todo de todas formas. Inclusive con tu cuerpo."
El castaño terminó subiéndose a la cama. Arrastrándose, con sus ojos desorbitados.
Atacó.
Sus manos casi la alcanzan.
Dio un salto, arrinconándose en una de las esquinas de la habitación. Librándose del agarre.
"No me toques."
Si llegaba a tocarla, estaría perdida. No lo dejaría.
"Prometo que te gustará. Luego simplemente te quedaras dormida para siempre."
De un salto llegó a su lado. Respirando alteradamente. El vapor salía sin parar. Estaba tan enfrascado en su persecución que no era consciente del frio a su alrededor.
"Me gustas, Elsa, eres linda y todo, pero creo que lo nuestro no funcionará."
La agarró de la mandíbula. No se dio cuenta.
Solo sintió el dolor.
Sus huesos crujieron dentro de su rostro.
Luego escuchó el quejido de su atacante.
Era demasiado tarde.
El monstruo la necesitaba para vivir.
Una pared de hielo se formó entre ambos. Los ojos de Hans estaban sorprendidos y temerosos.
Era el vivo recuerdo de la mirada de su madre cuando usó sus poderes por primera vez. Seguida por la mirada de odio y desprecio de su padre cuando hirió por casualidad a su pequeña hermana. Dejándole un recuerdo plateado permanente en su cabeza.
Luego la alejaron de ella, luego la alejaron de todos.
Quiso reprimir los recuerdos. Quiso hacerlo. Pero ya era tarde. El dolor comenzaba a suprimirle los pulmones. Su respiración estaba sin control.
El monstruo había salido.
Sus ojos solo podían ver a Hans.
Aun sentía el dolor que había dejado en su mandíbula. Su cuerpo se movía por sí solo. Su poder se desbocaba.
Ya no era un secreto.
Los picos de hielo se formaban en las paredes, en el suelo, en el techo. El frio ya era demasiado fuerte. La ventisca movía al hombre de un lado a otro. Arrasando con algunos objetos. Moviendo el polvo de lado a otro.
Se quedó ahí. Parada. Inerte en aquella esquina. Mirando como su poder hacía añicos la seguridad de su atacante.
Él le diría a los demás. Le diría a todos. Llamaría a la policía. No debía dejarlo salir. No debía. Su vida estaría arruinada.
No.
Ella no era una asesina.
No iba a ser igual de repulsiva que Hans. No. No iba a permitirlo.
La ventisca se detuvo, dejando al chico tambaleando en esquina opuesta, intentando recuperar el aliento. Cuando lo hizo se levantó. Sus ojos se encontraron. Él se tomó el tiempo de arreglarse el cabello, aun con aquella expresión de miedo e incredulidad. Unos raspones sangrantes en su cara, y sudor corriéndole por la sien.
Se veía aún más atemorizante que antes.
"¿Qué demonios te pasa? ¡Eres un monstruo!"
La palabra resonó en su mente, como lo había hecho miles de veces.
Si, era un monstruo. No había forma alguna que pudiese hacer su vida normal sin hacerle daño a alguien. Sin asustar a alguien. Sin ser un fenómeno.
Sus manos temblaban, y sus piernas comenzaban a flaquearle. Estaba agotada. El poder consumía su energía. Consumía su mente.
Escuchó la puerta abrirse y cerrarse.
Él había huido. La había encerrado nuevamente. Había utilizado una llave. Nadie la rescataría.
¿Quién querría salvarla de todas formas?
Ni siquiera existía alguien en el mundo que la aceptara por quien era. Mucho menos alguien querría cuidarla.
Sintió las lágrimas formarse en sus ojos, pero no alcanzaron a caer. La temperatura siguió bajando. Su miedo siguió creciendo.
Él iba a volver. Iba a decirle a todos. Iba a hacerle daño.
Iba a volver a matarla y cumplir sus objetivos.
No quería.
No quería morir. No estaba preparada.
Su vida siempre había sido una mierda desde el inicio. No quería morir sin haber tenido una vida de verdad. Una vida de la que pudiese sentirse orgullosa. Realizada.
Escuchó algo en la puerta. Como alguien metiendo una llave. Alguien queriendo deshacer las ataduras de la puerta. Probablemente era Hans. Temió por su vida.
Puso sus manos frente a ella.
Si venía con alguien más era su fin.
No era capaz de descongelar todo su alrededor y fingir que era una chica normal. No lo era. No era capaz. Siempre que lo intentaba, terminaba empeorándolo.
La puerta se abrió.
Una chica entró a la habitación. Fue atacada por el viento congelado. Por el frio contrastante del lugar.
No podía permitir que ella, que no tenía nada que ver, pudiese ser lastimada por su monstruo sin control. Había cosas que no debía ver en esa habitación, incluyéndose.
"Vete"
Los ojos turquesa se abrieron de golpe. Brillaban con una magia, con una inocencia, con un entusiasmo que no había visto hace años.
Simplemente la chica se quedó ahí, de pie, mirándola a los ojos. No se movía. Solo que mantenía con su mirada fija y sus labios entreabiertos.
Le dio otra advertencia. No podía dejar que la chica se acercara más, sin embargo, cada vez era más difícil mantenerse de pie. El cansancio era demasiado. No podía mantenerla a raya.
La chica habló por primera vez. Su voz sonaba rasposa. Probablemente lastimada por el frio. Ella tenía que salir de ahí, o sería demasiado tarde. Podría enfermarse, o darle hipotermia.
Iba a morir si se quedaba ahí.
Le dijo que se fuera, de la manera más cortante y amenazante que pudiese. Estaba estresándose más de lo que creía posible. No solo estaba Hans, si no que ahora aparecía esa chiquilla de la nada a meter la nariz donde no le correspondía.
Estaba mirando sus manos azules por el frio. No entendía como la chica no se movía. Estaba ahí, congelándose, y no retrocedía ni un solo centímetro. No parecía asustada. No parecía ni siquiera lo suficientemente sorprendida. ¿Qué pasaba por su mente?
"¿Tu hiciste esto?"
Rayos. ¿Por qué no se iba? Era obvio que fue ella. Era obvio. Era completamente obvio que era ella el monstruo que había congelado la habitación. Se sentía tan débil. Solo quería dejarse caer y dormir profundamente hasta que todo terminara. El dolor en su pecho, y la angustia que subía por la boca de su estómago se intensificaba.
No podía seguir así. Quería sacarla de ahí, y congelar el lugar hasta sus cimientos.
Pero tampoco podía acercarse, o le haría daño, al igual como su poder se llevó el cuerpo de Hans como si se tratara de una hoja en el viento.
"¿Hans te hizo daño?"
Hans. Si. Había herido a Hans. ¿Qué estaría haciendo en esos momentos? ¿Curándose? ¿Gritando? ¿Buscando ayuda?
No había escape. Probablemente él llegaría y encontraría a la chica. Quizás termine hiriendo a ambas, haciéndoles todo lo que su mente perversa era capaz de imaginar. Le dieron ganas de vomitar. Le dieron ganas de llorar. No iba a ser capaz de salir de ese lugar a menos que controlara sus poderes.
Dio un salto al escuchar la puerta cerrarse de golpe. Temió que fuera alguien más así que levantó sus manos nuevamente. Preparada para protegerse.
Era la chica.
Le daba ánimo, que le ofrecía protección.
Que estupidez.
¿Qué poder tenía ella para protegerla? ¿Qué poder tenía ella para protegerse a sí misma de ese monstruo de hielo?
Solo pudo decírselo. Era un peligro. Ella sobre todas las cosas. Ella sobre Hans. Con solo mover un dedo podría acabar con Hans, pero no estaba segura de controlar el poder. Lo mismo le podría hacer a ella.
La pelirroja solo se rio de ella. O eso creía.
"A mí me pareces muy linda."
¿Qué? No entendía. ¿Por qué no estaba asustada en lo más mínimo? ¿Por qué se reía? Realmente debía estar con mucho alcohol en su cuerpo.
Anna.
Anna.
Anna.
Su nombre es Anna.
Alguna conexión extraña pasó por su cuerpo. Como si lo supiera. ¿De dónde lo había escuchado? No era un nombre poco común, pero no había conocido muchas personas tampoco. La observó de nuevo, intentando tener una pista del porque le sonaba tan familiar.
Su rostro estaba palideciendo. Sus manos seguían azuladas. Estaba siendo arrastrada en ese ambiente agradable. Estaba tranquilizándose. No debía. El frio no le molestaba, pero a un humano normal podía causarle graves consecuencias.
"Estas congelándote aquí dentro, debes irte."
"De acuerdo, Estás Congelándote Aquí Dentro, ¿No tienes un apodo o algo? Algo más corto, claro."
Quiso fruncir los labios al ser atacada por esa burla. Se sentía apenada. Pero al escuchar la risa de la chica, todo dejó de importarle. Nunca había escuchado a alguien reírse cerca de ella. A alguien tan cómodo consigo mismo. Alguien tan libre.
Era como volver a ser una niña, donde era normal y aceptada. Donde lo único que hacía día a día era ser feliz. Donde era feliz. Sintió como su cuerpo se llenaba de una calidez desconocida. Una calidez que jamás había sentido. O al menos no lo recordaba.
Ella la impregnaba de ese optimismo, de esa calidez. Realmente alguien la miraba a los ojos queriendo indagar dentro, sin buscar nada, sin esperar nada a cambio, solo conocer a la persona bajo el hielo.
"Mi nombre es Elsa."
Sus palabras sonaron extrañas. Como que no eran de ella. No entendía por qué. Dejó de pensar al ver esa sonrisa. Esa sonrisa que era para ella. No para alguien más.
Solo para ella.
La chica bloqueó la puerta con un mueble. Fue cosa de segundos. No entendía porque lo hacía. Tampoco recibió una respuesta satisfactoria. Quería protegerla. No podía. Debía insistir. Era demasiado riesgoso. Ambas terminarían lastimadas.
Esa chica era muy terca y tenaz. No podía seguir peleando. No podía seguir diciéndole que hacer, porque no le haría caso.
Frunció el ceño una última vez. No había forma. Simplemente le tiraba abajo todos sus argumentos.
A Anna no le importaba salir lastimada. No le daba miedo la situación. No le temía a nada. Solo estaba ahí. Intentando protegerla. Intentando ser una heroína.
Sintió sus ojos humedecerse.
Iba a lastimarla si se quedaba. Iba a matarla.
"...Puedes morir si te quedas aquí, está muy frio para ti. No puedo controlarlo…"
Era la primera persona que conocía que de verdad se interesaba en ella. Hans siempre le causó extrañeza, pero no tenía razones para dudar. En cambio, esos ojos turquesa eran tan honestos. No podía dejar que el monstruo la lastimara. Tampoco podía estar con ella. Iniciar una relación. Simplemente todo acabaría con la más mínima cosa.
Todos a su alrededor estaban destinados a sufrir por el hielo. Todos terminarían acabados por la reina del hielo.
Todo se congelaría, y al final de la historia todos los corazones dejarían de latir.
Miró al frente y se encontró con esos ojos frente a ella. Podía notar cada detalle de su cara. Cada matiz de su rostro. Cada peca. Aquel mechón plateado de su cabello. Todo era tan nuevo, pero a la vez tan conocido. Todo era tan deslumbrante. Su sonrisa también estaba ahí. Llena de confianza. De determinación. Una determinación que jamás había visto.
Esa chica era única.
"No te preocupes, Elsa, juntas podemos detener esta tormenta."
Su nombre jamás se había escuchado de mejor forma. Nunca había salido con tanto cariño de la boca de alguien.
Nunca alguien se había preocupado tanto.
Su cuerpo perdió fuerzas. Sus piernas flaquearon. Su cabeza daba vueltas. Sintió unos fuertes brazos sujetándola. Impidiendo que llegara a tocar el suelo. Rodeó el cuello de la chica, ansiosa con la cercanía. Se soltó deprisa dándose cuenta de su error.
Podría congelarla al mínimo tacto.
"No te haré daño. Vamos, recuéstate."
Sintió su cuerpo caer en la cama. Casi como una pluma fue dejada ahí. Anna pasó una de sus manos, ahora ya templada, por su rostro.
"Estás ardiendo. Debiste exigirte demasiado."
No pudo decir nada. Estaba demasiado cansada. Estaba demasiado inundada con aquellas nuevas sensaciones. Solo tocó esa mano con la suya, en busca de calidez.
La última vez que había sentido esa calidez, era con su hermana, pero luego de aquel incidente, jamás volvió a hacerlo.
Por alguna razón sentía que la pelirroja era un lugar seguro. No pensaba más en Hans. Solo quería aprovechar esos segundos con una persona tan buena como ella.
Cerró los ojos.
Si. La tormenta se había acabado. Su respiración estaba normal. Podía oír como el hielo a su alrededor se derretía por completo. Era una magia diferente a la suya. No era destructiva. Era tranquilizadora. Era su opuesto. Podía oler el aroma floral de su acompañante. Podía sentir su peso a su lado.
"Descansa, en la mañana todo habrá acabado. Y podríamos ir a comer unos sándwiches. ¡Oh! ¿Y crees que puedas hacer nevar? ¡No he hecho muñecos de nieve desde que era una niña!"
Escuchó nuevamente la risa. Meciéndola como un arrullo. Era tan familiar y confuso a la vez.
¿Eso era un sueño?
No podía creer la suerte que tenía. Miró a la chica. Sus ojos estaban cerrados. Una sonrisa se formaba en su rostro. Era parte de ella. Siempre sonreía. Y por unos segundos quiso ser la que provocara esas risas. Ese buen ánimo. Quiso que esa chica estuviese a su lado. Compartir sus emociones y alegrías.
Era tonto.
Pero era cierto.
La vida es muy corta.
Y por primera vez en mucho tiempo, sentía la verdadera libertad.
